Agosto

No sabes nada, no busques nada. Eres una loca.

Tenéis que perdonarme, pero este post no es para vosotras. Es para mí.

Agosto siempre ha sido mi mes favorito del año, desde que soy una niña. Las vacaciones de verano, la playa, la ausencia de relojes, el perderme. El tener horas y horas a solas con lo que más amo en el mundo: mi literatura, solo mía, de nadie más. Agosto y el mes en el que aprendí a quererme, a mimarme, a ser yo. Agosto, el mes en el que esa niña con los ojos llorosos se miraba al espejo y me preguntaba a mí, a la Miriam adulta que todo lo debería saber, cuándo acabaría esto y cuándo llegaría la felicidad. Cuándo llegaría la libertad.

Agosto. Ya no encuentro a esa niña por ninguna parte. O sí, a veces sí. Cuando se me despeinan las cejas, cuando se me tuerce el labio y cuando tengo ganas de llorar pero no debo porque estoy en una oficina gris o estoy en un ambiente distendido en el que tales lágrimas no encajan. De niña lloraban con más facilidad y sin pudor. Nunca me dio vergüenza llorar, era mi manera de expresarme, porque hablar me costaba (aunque escribir me resultaba tan, tan sencillo. Ojalá todo fuera tan sencillo para mi como escribir), porque ser, simplemente ser, me costaba. Yo creía (en ese agosto) que eso se me pasaría al crecer. Pero crecí, crecí, crecí. Y esas sombras crecieron conmigo. Se anudaron a mis muñecas huesudas, a mis tobillos, a mi corazón sombrío. Lo ocupaban todo. Y, en cierto modo, lo ocupan.

Agosto. De niña miraba al mar. Sonreía. Había momentos pequeños en los que era capaz de ser feliz sin mirar nada más. Mi abuela y su olor a perfume (incluso en la playa) me hacían feliz. Mi abuela siempre fue algo importante en mi felicidad pero, las abuelas, se pagan poco a poco, sin remedio.

Agosto y esta niña ya no existe, pero la playa a veces tiene magia. A veces me duele seguir siendo esa niña, a pesar de que estoy más cerca de los treinta que de los veinte, que tengo un trabajo gris y una rutina estricta y precisa. El despertador suena cada mañana y solo yo puedo apagarlo, solo yo puedo tener energías para levantarme de la cama. Y sí, me arropa mi amor. Pero hay tantos vacíos alrededor, como precipicios, que a veces me da miedo, tanto miedo, salir del colchón. Agosto. Agosto. Agosto. ¿En qué te has convertido? Eres un mentiroso. Me prometiste que siempre serías así.

Agosto. Agosto y tu maldito agostamiento.

Esos círculos. ¿Los ves? Cada vez dejas que sean más pequeños. Pero me permites mis letras (mis letras, mis queridas letritas, mis personajes, mi yo, pequeña, mi yo) y es mi vía de escape. Me permites vivir y sobrevivir así. En cualquier punto. Literatura, yo te escribo y tú me contestas. Y me abrazas. Y me quieres. Me quieres como nada en este mundo ha sabido quererme y comprenderme. Tú me hieres, pero para abrirme y sacarme de dentro esa sombras tan oscuras. ¿Quién las provoca? ¿Agosto, tal vez? ¿Yo misma? ¿Esa niña que, de un modo u otro, se eternizó siempre dentro de mí?

Cuándo se iba a acabar todo, pequeña Miriam.

Dijiste que de mayor sería más sencillo.

Lo dije. Sí. Te lo dije, niñita de ojos redondos y lágrimas frías. Y siento que no sea más sencillo pero, al menos, te he enseñado un camino hacia el que escapar.

Rincones, playas, bosques, marafariñas, libros.

Nombres.

Tienes tu identidad, abrázala, quiérela como te enseñé a quererla.

¿Los ves? Son agostos, niñita. Agostos para ti, agostos eternos que te esperan.

 

 

Photo by Maksym Kaharlytskyi on Unsplash