De la verdad

Y a mí, que me gustan tanto las Redes Sociales como escribir, pensaba en lo feo que sería subir una foto de esa puerta roja que ponía Área Quirúrgica – No pasar. O del suelo blanco. O de una camilla abandonada.

Seguro que habéis leído algo acerca de Patria. Esa novela gruesa que habla sobre la ETA. Esa tan densa. Tan difícil de leer. Esa que habla de la verdad. No he venido aquí a hacer una crítica literaria (aunque os hablaré de esta historia en A Librería en unos días).

Lo dicho, he estado leyendo Patria durante poco más de una semana. Es una historia que desangra, que hace perder la fe en la humanidad para volver a recuperarla pasadas unas páginas. Y ha coincidido con algunos sucesos tristes y difíciles de asumir en mi entorno personal y familiar. Entonces fui capaz de darme cuenta de la importancia que tienen esas letras impresas en páginas para mí. Son como mi coraje, como mi fuerza. El escudo. La sombra. La burbuja.

La madrugada pasada, sobre las 03.15 horas, estaba a la puerta de uno de esos quirófanos de urgencias. Seguro que habéis estado allí alguna vez. La sala de espera es solitaria, somnolienta. Allí no solo huele a miedo y a incertidumbre. Huele a horas sin dormir, a impotencia y a desencanto. Es como si esos ojos que se encuentran, tan ojerosos, tan rojos, tan perdidos, descubrieran en esos momentos que ahí está la verdad. La verdad de lo que es en realidad la vida.

Y yo estaba en una de esas salas de espera, con mi familia y con otro puñado de desconocidos. No había ventanas, pero de alguna forma se oía la lluvia. Yo estaba acurrucada en una de esas butacas rígidas y frías, con el libro entre las piernas, pensando en que había afrontado esa situación demasiadas veces en los últimos meses. Que el hospital no es un sitio amable pero, a base de la confianza, he aprendido a conocer cómo funciona la vida ahí adentro. Yo leía Patria. Estaba con esos personajes que sufrían tanto, que sentía que me comprendían. En esos momentos pensaba en todas las personas que dormían tan tranquilamente hasta que sonara el despertador. Dichosas ellas. Dichosos los ajenos a esto. Me preguntaba cómo era posible que la gente pudiera dormir a pesar del infierno que allí muchos vivían. En ese edificio blanco. Después pensé en los millones de infiernos que había en todo el mundo.

Luego me levanté y caminé en círculos. ¿Había pasado ya la primera hora? Me quedaban muy pocas páginas para terminar el libro. Tenía la blusa arrugada y miraba a los míos sin saber qué podía decir. En pocas horas, además, amenecería y tendría que ducharme e irme al trabajo. Porque el mundo no se detiene, aunque tú quieras detenerlo.

Y a mí, que me gustan tanto las Redes Sociales como escribir, pensaba en lo feo que sería subir una foto de esa puerta roja que ponía Área Quirúrgica – No pasar. O del suelo blanco. O de una camilla abandonada. O de ese señor que tenía una de las expresiones más tristes que he visto en nunca porque su mujer se debatía entre la vida y la muerte al otro lado. Dije es que no es apropiado. No es apropiado. Y no sé por qué no es apropiado. Porque esto sucede todos los días en el sitio más frío del mundo.

Cogí el libro para terminarlo. Bostecé. Tenía hambre y sueño, pero lo que ocurría fuera de esas necesidades físicas era mucho más trascendental. Qué absurdos somos. La lectura me oprimía el pecho, era terrible y hermosa a la vez. Tardé muy poco en llegar al final y, luego, suspiré con cierto alivio. Casi maravillada. Frente a mí todavía no había movimiento. Había que esperar. Esperar. Tenía la impresión de llevar una eternidad esperando.

Las musas brotaban en medio de esa semiagonía. ¡Caprichosas! Cogí una pequeña libreta y empecé a anotar sensaciones, más que ideas. Buscaría la forma de plasmar todo eso en el papel. Lo escribiré en una novela, será más fácil. Ayudará a otros. Como a mi me ha ayudado Patria. Sentí dulzura al pensar en escribir, y me frustraba no poder hacerlo y no saber cuándo podría hacerlo. Esos crueles ramalazos de egoísmo me hacen sentir fatal, pero yo ya no puedo contenerme.

Del enfado al cansancio. Después la leve alegría. Milagrosamente todo ha ido bien. Mirábamos a esa cirujana como si no pudiéramos asimilar lo que decía. Muchos términos médicos que sonaban mal, pero a los que ya estábamos acostumbrados. Guardé mis cosas en la mochila, también el libro, conteniendo las ganas de besar las solapas en señal de agradecimiento.

Llegué a casa muy tarde. El hogar dormía en penumbras. Un abrazo y un beso en la cama cálida. Los gatos vinieron a acurrucarse cerca. Estaba muerta de sueño pero tenía algo que escribir. Precisamente esto que estás leyendo ahora, porque lo necesitaba. Porque me hizo sentir tremendamente bien. Tal vez, diréis, no es lo apropiado. Pero la verdad de la vida no siempre es apropiada.