El egoísmo

Me voy a permitir citar de la obra La ridícula idea de no volver a verte de mi admirada Rosa Montero para comenzar esta reflexión:

#HonrarALosPadres, pues: qué tremendo mandato, qué obligación subterránea y a menudo inconsciente, qué trampa del destino. Crecemos con el poderoso mensaje de nuestros progenitores calentándonos la cabeza y a menudo terminamos creyendo que sus deseos son nuestros deseos y que somos responsables de sus carencias.

Y, tras esto, hablemos de los sueños.

Los sueños que parecen pertenecer a los ilusos, aquellos que no se resuelven a dejarse someter por la vida y sus miserias. Aquellos que a pesar de todo lo que pueda ocurrir, siguen empeñándose en sacar fuerzas, sacar energía y alegría de donde sea posible para continuar haciendo aquello que anhelan hacer. ¡Qué ilusos y optimistas! ¡Qué patéticos! ¡Y qué egoístas!

Estas metas ensoñadoras pueden ser de muchos tipos y formas, pero quiero centrarme en el arte y, más concretamente, en la literatura. Al fin y al cabo, es lo que a mí más me atañe, lo que me da la vida y lo que espero que me lo siga dando hasta mi finitud. No quiero dar un mensaje tremendista pero, con honestidad, no perdamos nunca de vista el final del camino, no vaya ser que no tengamos tiempo a ser o hacer lo que pretendíamos.

Todos, en mayor o menor medida, cosechamos y trabajamos por algo. En mi caso particular, mi amor absoluto por las letras lo rodea todo. Cuando estoy en casa, cuando voy a trabajar, cuando hago ejercicio, cuando juego con mis gatos, cuando cocino, cuando estoy con mis amigas. Incluso, cuando estoy con mi familia.

Estos sueños requieren de tiempo y de una dedicación plena.

Cuando algo nos llena, nos hace felices, tenemos la mala costumbre de hablar de ello a todo el mundo, siempre y cuando se nos presenta la ocasión. No es algo aislado el hecho de recibir juicios de valor de aquellos que nos rodean, tal vez no con malicia, pero sí con sinceridad.

He escuchado muchas veces, demasiadas, la palabra hobbie para referirse a lo que yo hago. Un hobbie. El hecho de pasarme horas y horas escribiendo, corrigiendo, leyendo, pensando, volviendo a leer es un hobbie. El hecho de aprender la mejor forma de hacer llegar mis novelas al público en las Redes Sociales es un hobbie. La cantidad de correos electrónicos que hago llegar a Blogs de reseña y a buzones de editoriales mudos son un hobbie. Las horas de sueño sacrificadas son un hobbie.

Independientemente de tan burda definición, quería hacer hincapié en otra cosa. Estos sueños requieren de tiempo y de una dedicación plena. Dicho hobbie no se acalla con echar unas partiditas a un videojuego, jugar al badminton o ir de cañas. Requiere una rutina precisa, un tiempo que en la mayor parte de los casos tenemos que sacar de nuestro ocio, pues tenemos otras obligaciones laborales o familiares.

Es triste decirlo, pero he conocido el bienestar conmigo misma y con mi vida muy recientemente, y eso ha sido a base de ser más egoísta.

Hace muchos años que escribo, pero hace tan solo cinco que me he dedicado a ello de manera más constante y determinada. Esto ha sido fomentado principalmente por el hecho de que me he independizado, he dejado el nido. Y a esto viene la cita inicial, el dichoso #HonrarAlPadre y #HonrarALaMadre. Fue complicado irme de casa, más allá del factor económico, lo fue la culpabilidad que me fusilaba.

Fue un proceso difícil el de despertar el egoísmo y aprender a centrarme en lo que yo deseaba hacer. Es triste decirlo, pero he conocido el bienestar conmigo misma y con mi vida muy recientemente, y eso ha sido a base de ser más egoísta. Por supuesto que tenemos que querer y cuidar a los nuestros, pero lo primordial y lo más importante es aquello por lo que queremos luchar y nos hace felices.

TENEMOS DERECHO a dedicarnos y a cuidarnos a nosotros mismos, y también a ESCRIBIR si eso nos llena y nos hace felices. Nadie tiene el derecho de juzgar si es una pérdida de tiempo, un burdo hobbie, si no sirve para nada. #HónrateATiMismo antes que al resto del mundo. Homenajéate, sé libre.

Leer

No deja de ser sorprendente que en una clase con una media de veinte alumnos, tan solo fuéramos dos o tres los que tuviéramos inquietudes por las letras

En mi época escolar, escribí bastantes redacciones enfocadas al tema de “leer”. Lo cierto es que tanto el profesorado de lengua y literatura castellana, como el de la lengua gallega, insistían bastante en la necesidad de cultivar un amor por las letras, lo que implicaba cierta dedicación personal, al margen de las estrictas obligaciones estudiantiles.

Me encantaba poder escribir sobre ese tema, y en más de una ocasión recuerdo que la adorable profesora de literatura eligió mi texto para leer ante mis compañeros. No deja de ser sorprendente que en una clase con una media de veinte alumnos, tan solo fuéramos dos o tres los que tuviéramos inquietudes por las letras, más allá de leer la última de “Crepúsculo” o buscar el libro más delgado de la biblioteca para solventar las lecturas obligatorias. Este tema no deja de ser, cuanto menos, preocupante.

Y ya no quiero referirme a un obvio problema de cultura y de desinterés por algo tan importante para la sociedad como lo son los libros escritos que podemos leer, que contienen multitud de conocimientos imprescindibles. Quiero referirme a que no deja de ser amargo que haya un porcentaje tan elevado estudiantes jóvenes que tengan un desinterés absoluto por añadir la lectura a su lista de aficiones, porque ellos serán las generaciones del mañana.

Dicha cuestión puede agravarse todavía más si consideramos lo que puede implicar la ausencia de la pasión por las historias escritas en la sociedad. Casi podríamos referirnos a una dolencia, a una enfermedad. Las carencias que provoca la ignorancia de los libros son obvias, y van mucho más allá de la destreza ortográfica o la riqueza del léxico. El alma se consume más rápido, la vida es más breve, el vacío de las horas es, simplemente, vacío.

Para mí, como lectora, la inexistencia de una lectura en curso es inconcebible. No contar con el abrazo, el aliento, la compañía de un libro es, simplemente, aterrador. Estar sola en una sala de espera, estar sola en la soledad del hogar, tomarme un café sin la grata compañía de un personaje y de su historia… ¡Atroz! Las calles solo serían calles, los atardecer solo serían atardeceres, el amor solo sería amor y la muerte tan solo sería muerte.

La cura para tal mal es complicada y esto los que leemos lo sabemos muy bien. Si bien es cierto que no sufrimos un desprecio generalizado, dedicarse a leer de forma intensiva es, en ocasiones, visto como una rareza. Es más común, y más aceptado, el hecho de perder horas frente al televisor, visionando vídeos en la Red o transcurrir la tarde en la ardua tarea de no hacer nada. Y con esto no quiero abogar porque todas estas formas de matar el rato sean inferiores o deban ser erradicadas, de ningún modo. Hay lugar para todo, incluso para las letras.

De esta forma creo que sería importante que la lectura, al margen de las tecnologías más dinámicas y visuales, siga teniendo una función destacada en la rutina. Que volvamos a retomar las visitas a la biblioteca del barrio y a nadar en todo lo bueno que un buen libro puede reportarnos. Leer dio, da y dará nuevos matices a nuestros días. Nos permite viajar sin movernos, nos deja soñar en cualquier momento del día, nos provoca llantos sinceros y carcajadas desproporcionada.

Leer nos eterniza, más que cualquier otra cosa. Los libros son la materialización de los sueños y de las pesadillas del ser humano. Es la vida misma, pero con matices hermosos.