Procura Olvidarme: Asalto a Oz, la Nueva Narrativa Queer de Dos Bigotes

Noticias felices que casi siempre vienen tan sólo de parte de mi gran pasión, la literatura. Donde es el único universo en el que saco fuerzas de flaqueza para seguir escalando por mis sueños, siguiendo las baldosas amarillas y no le tengo miedo a los rayos que pueden caer.

Así que si estoy escribiendo este post y compartiendo esta noticia tan bonita con vosotras es gracias en especial a Gonzalo Izquierdo y Alberto Rodríguez por haberle dado voz a escrita escritora, tan cómoda en su habitación propia y que en otro tiempo huyó de las etiquetas.

Y hoy, en cambio, las luce con orgullo.

Hoy por fin puedo hablar más pormenorizadamente de esta antología de relatos, cuyo título, Asalto a Oz, ya es toda una declaración de intenciones. Un viaje, una aventura transgresora, donde no existe el miedo a lo que está por venir. Nueva Narrativa Queer han querido definir los muchachos de Dos Bigotes. Y yo, tan pequeña, no puedo sentirme más orgullosa de formar parte de la llamada #GeneraciónOz.

Asalto a Oz.jpg
Portada por Raúl Lázaro

Sin título.jpg

 

Compartiendo cartel con Alana Portero, Ángelo Néstore, Aixa de la Cruz, Vicente Monroy, Gema Nieto, Miguel Rual, Lluis Mosquera, Darío Gómez De Barreda, Sara Torres, Álvaro Domínguez, Rodrigo García Marina, Pablo Herrán de Viu, Elizabeth Duval y Óscar Espirita, no puedo negar el absoluto entusiasmo y las ganas de que tengo ya de que lo tengáis en vuestras manos.

Y aprovecho parte del prólogo de Rubén Serrano para definiros lo que os vais a encontrar:

«Tenemos la necesidad de leernos, de encontrarnos y de identificarnos. Este libro es un espacio para todo eso. Nosotros, nosotras, nosotres, los maricas, las bolleras, las personas bi, trans, no binaries, de género fluido, queer, los viciosos, la aberración del sistema, los
enfermos, quienes estamos al margen, quienes no somos tan importantes, quienes somos la mierda para muchos, quienes recibimos palizas en la calle, a quienes nos insultan en el colegio, a quienes nos echan de casa, a quienes medicalizan sus cuerpos, a quienes aún
nos someten a terapias de conversión, a quienes nos hacen sentir vergüenza, a quienes  aún nos persiguen, asesinan y torturan. Nosotros también somos literatura»

Podéis adquirirlo a partir del 25 de noviembre (¡¡este lunes!!) en librerías y en la página web de Dos Bigotes

¡Ah! Y no puedo concluir este post que me hace tan feliz sin hablaros unas poquitas pinceladas de mi relato incluido en este colección: Procura Olvidarme. Una historia intimista, con pequeños tintes de realismo mágico, que trata el crudo tema de la enfermedad, la maternidad, el despedirnos antes de tiempo y la compleja convivencia en pareja. Nació un día en la playa, intentando huir de mi misma.

Poco después, fue la propia vida la que se me escapó.

Otra cosita más os voy a contar antes de despedirme y de desear que adquiráis el ejemplar. El nombre de la protagonista es Tensi, en honor a Lecturalifia, por darle luz a los días más oscuros de mi vida con la literatura.

Relato: A soa enfermidade

Xa fai un tempo que levo deixando caer polas miñas redes (e, tamén, na miña actividade en A Librería) o meu afán por recuperar a literatura escrita na miña lingua nai. Esta semana, que se celebran un ano máis as Letras Galegas en 2019, quixen aportar unhas palabriñas propias. E persoais. Xa sabedes, moi intensas. 

Así que aquí tedes, para vosoutras, un pequeno agasallo. Un relato intimista e costumista. A soa enfermidade é un adianto dunha etapa que quero emprender, xa sabedes, desta muller nova.

Espero que o disfrutesdes moito!

A soa enfermidade.jpg

Marta corre preto do río. Os pensamentos doen no seu interior. Enférmana. Ten a impresión de atoparse nunha estreita rúa sen saída posible.

Dispoñible en Lektu de maneira gratuita (pago social)

Crónica de la presentación de Misteria en Madrid

El 16 de marzo Madrid se llenó de sueños jóvenes y de sororidad. Podéis permitirme usar estas dos palabras para hablar de la presentación del I Premio Misteria, que tuvo lugar en el Café Libertad 8, en el corazón del precioso barrio de Chueca.

WhatsApp-Image-2019-03-20-at-22.20.36.jpeg

CRÓNICA DE LA PRESENTACIÓN DE “MISTERIA”

Ninguna de las ocho autoras nos conocíamos en persona, por lo que en un primer momento los nervios y la rareza estaban asegurados. Sin embargo, y tal vez porque todas teníamos en común el sello de #MujeresEnLaLiteratura, bastaron un par de minutos para rodearnos del calor, del compañerismo y de la ilusión. Además, la presencia del equipo tan cercano y profesional de LES Editorial nos facilitó las cosas.

Noelia Gómez se encargó de colocar la puesta en escena y de que estuviéramos lo más cómodas posible. También la presencia de Thais Duthie, autora de la editorial y organizadora de los eventos, fue de gran ayuda. Y, por supuesto, ahí estaba Bárbara Guirao, la editora a los mandos de este precioso proyecto que enseguida nos infundió ánimos y nos explicó cómo iba a funcionar.

Pero lo esencial era que, sin más, fuésemos nosotras mismas.

WhatsApp-Image-2019-03-20-at-22.21.34-1080x675.jpeg

Comenzamos con la lectura de un fragmento del relato ganador Bajo la tierra de Teresa Gispert, a continuación cada una de las autoras presentes tuvimos nuestros minutos de gloria para presentar nuestras historias. Raquel Arbeta nos habló con la frescura que la caracteriza de su texto Crimen carmín; yo misma tuve el gusto de explicar lo que disfruté de ambientar A Raíña en mi Galicia natal; Adriana García Ramos definió de dónde surgió y cómo su historia Solo la muerte puede matarmeTeresa Gispert (la ganadora) explicó que Bajo la tierra nace de uno de esos pueblos donde nunca pasa nada y, además, encomió la gran labor de la editorial (algo que, sin duda, todas secundamos); Alba M. Vila habló de dónde nació esa peculiar y preciosa historia de Ónix y ámbar que se alzó como finalista; a continuación, Haizea M. Zubieta resumió por qué eligió el círculo polar antártico para ambientar su relato CírculoElena Romero Bonillala más jovencita, explicó por qué decidió titular su composición Un buen hombre y romper, así, con la tónica de la temática de manera simbólica; Marina Tena, autora de A, de anónimo, nos confesó si sería capaz de matar.

Toda esta charla estuvo muy bien dirigida por Bárbara que, además, nos hizo una pregunta a cada una y tuvo el detalle de hablar de los relatos de las autoras que no habían podido asistir. También tuvo lugar un breve coloquio sobre la importancia de las mujeres lesbianas en las novelas negras.

WhatsApp-Image-2019-03-20-at-22.08.29.jpeg

Lo más bonito de todo fue ver que a pesar de ser tan diferentes entre nosotras, y que expresábamos nuestra literatura de manera muy dispar, todas teníamos el foco en un objetivo común que ha convertido este Premio Misteria en una experiencia tan enriquecedora: la necesidad de la visibilidad de mujeres LGBT+ en nuestra literatura.

Cabe decir que aquel emblemático local de Madrid estaba a rebosar. Amigas, familiares, curiosos y lectoras fieles nos arroparon con un respetuoso silencio, acompañándonos en las carcajadas y, además, nos regalaron más de un aplauso que fue muy bien recibido. Aquello fue una muestra crucial de que la decisión de LES Editorial por apostar por una antología de relatos de género negro protagonizados por nosotras fue más que acertada.

WhatsApp-Image-2019-03-20-at-22.23.01.jpeg

Para finalizar, tocó afilar nuestras plumas y firmar, todas juntas, todos esos Premios Misteria hechos con tanto mimo, ilusión y cariño. Por mi parte, me quiero quedar con ese momento: las ocho, apelotonadas en una mesa, firmando sin parar y compartiendo charlas, risas y emoción. Realmente enriquecedor.

Podéis adquirir vuestro ejemplar de Miseria en la página web de Les Editorial y en los puntos de venta

¡Autora invitada para la antología Actos de FE!

Si hace nada anunciaba que había sido finalista en la convocatoria del #PremioMisteria organizado por Les Editorial, ahora me toca volver transmitiros otra gran noticia dentro del ámbito literario. Y sí, no quepo en mí de entusiasmo y de alegría… ¡No sabéis lo difícil que ha sido para mí morderme la lengua durante todo este tiempo!

Durante el pasado Celsius 2018 empezaron a fraguarse cosas. Tal vez ir a ese festival fue una de las mejores cosas que me han pasado en los últimos meses, porque he podido conocer gente, acercarme y, sobre todo, darme a conocer. Hubo muchas conversaciones, muchas cervezas, muchas horas. Muchos libros, muchas historias y muchas ganas de contar. Y, sobre todo, me llevé conmigo mi sello de identidad, esa intensidad de la que siempre me he querido hacer eco y que tanto me ha costado hacer encajar en el ritmo del mundo actual. Al final, alguien termina escuchándote.

Agosto

Pero, ¿qué es la ficción especulativa? Según la web de la editorial cuando convocaron dicho premio literario en julio de este año:

ACTOS DE F.E. (Ficción Especulativa) será una antología de carácter bienal cuyo propósito final será, como decíamos, cambiar el mundo (a mejor).

[…]

El tema que Felicidad y Cristina  han elegido este año, el problema que debéis intentar resolver, es: HAMBRE Y ESCASEZ DE RECURSOS. 

Para mí ha sido una de las cosas más importantes que me han sucedido en mi carrera literaria el recibir una invitación de la editorial para formar parte de la lista de las diez autoras invitadas. Era mi primer encargo profesional en el ámbito de las letras, aunque ensombrecido por una realidad: fue una editorial de género la que me dio la oportunidad de tener voz, lo cuál me hace reflexionar y mucho.

Comencé a trabajar en mi pequeña obra para la convocatoria incansablemente durante más de un mes. Codo con codo, mi siempre tan dispuesta Debie que releyó más veces el relato que yo misma. Una historia que se aleja de lo que he escrito jamás y, sin embargo, sigue perteneciéndome, sigue siendo mía. No puedo esperar el día de que la tengáis en vuestras manos.

Pero, ¿cuándo? Pues tendréis que esperar a:

  • El libro conteniendo los 10 relatos seleccionados y los 10 relatos invitados verá la luz en diciembre de 2018, para acabar el año por todo lo alto.

Y, como siempre, tengo que agradecer a mis fieles lectoras beta por su ayuda prestada en esta historia. Y, sobre todo, por la fe mostrada en mí. Gracias a Emma Mars, Carla Plumed y Silvia Paz por sus consejos y su determinación en creer en mí siempre.

¿Ah? ¿Qué por qué el pollito de la portada? ¡Bueno! ¡Eso ya lo sabréis al leer el relato!


Photo by Meg Kannan on Unsplash


¿Te has quedado con ganas de más? ¡Ya está disponible un nuevo capítulo de nuestro podcast #CaféLibrería!

21/10/18 – Capítulo 4: Autoedición y Autopublicación. Y entrevistamos a Caryanna, Maite Mosconi, Alister Marion y Bea Aguilar

PODCAST (3)

La playa en invierno

Marafariña, febrero 2002 

La playa parecía un paraje condenado en invierno. El frío y la soledad convertían la arena y el mar en un juego casi peligroso que no era conveniente interrumpir. El sol brillaba demasiado débil, pero lo suficiente intenso como para proyectar sombras desde las rocas, como si de una amenaza se tratasen. Si en Marafariña era complicado encontrar el silencio absoluto, en la cala resultaba imposible. La naturaleza bramaba salvaje, libre y mortal. Tan hermosa como aterradora, haciendo un alarde eterno de su innegable poder.

El juego de las olas, la fantástica marea y los misterios que albergaba podían ser una prueba irrefutable de la presencia de un Creador Todopoderoso. Precisamente, la fascinante creación era el principal argumento que las publicaciones de la Watchtower utilizaban para justificar la existencia de Dios. Nada tan complejo podía ser motivo del fortuito azar, pues el azar solo encerraba destrucción y fealdad. Si se contemplaba el universo como una obra de arte, como un cuadro espléndido o una novela estremecedora, estaba claro que un artista real tendría que estar detrás de tal ardua labor. Sin embargo, Ruth tenía más fe en la sabiduría de la propia Naturaleza, de la Madre Tierra. Observando Marafariña y sus rincones, podría defender firmemente que las raíces habían brotado por sí solas, que los troncos habían crecido donde lo estimaban oportuno y que la vegetación había surgido sin más. Que el cielo tan azul se había colocado en las alturas para contemplar su esplendor. Que los mares eran un pedazo de ese mismo cielo que no había soportado la tentación de bajar al mundo. Que las flores eran lágrimas derramadas de alegría.

Sería antinatural creer en un ser omnipotente que hiciera nacer la Tierra, su vida y al ser humano. Y más antinatural sería creer que había inculcado en las personas instintos que, sin más, consideraría pecaminosos y denigrantes. Era antinatural condenar lo natural. Y el amor, su amor por Olga, era tan natural como aquel océano mortal que acariciaba con ternura la arena helada, como aquellas rocas erosionadas por el viento melódico. Lo comprendía y lo aceptaba, lo tenía claro. Pensaba respetarse con pureza a sí misma y no culparse jamás, pues sabía que los latidos de su corazón y su voluntad seguían respondiendo a la honradez y benevolencia que siempre la había caracterizado.
Inspiró la brisa purificadora y catártica. Jamás en su vida se había sentido tan llena de vida, energía y optimismo. Su vitalidad era tal, que casi podía tocarla con la yema de los dedos. Su piel resplandecía en ese día gris, sus cabellos rojizos al viento también brillaban. Sus ojos lucían más verdes que nunca tras sus gafas, sus labios sonreían con la serenidad que otorgaba el aceptarse. Los últimos meses, en los que había recorrido en camino del autoconocimiento, habían sido duros pero había merecido la pena. Casi podía vislumbrar la meta, y no permitiría que nada se interpusiera entre ella y el destino que pretendía alcanzar.

Se agarró las rodillas. El anorak era como un abrazo de calor, pero los pantalones vaqueros no protegían del todo sus piernas. Sus pies estaban desnudos, necesitaba sentir el tacto de la arena para notar la sintonía de la playa.

Fluía la tarde con sus horas eternizadas y Ruth buceaba en sus pensamientos. No tenía prisa, no tenía nada que hacer, era una situación que se daba en contadas ocasiones. La estaba esperando, sabía que llegaría de un momento a otro. La simple idea de verla de nuevo, otra vez, disparaba los latidos en su pecho. La atracción hacia la muchacha catalana de mirada turbia era ya indiscutible, cada día tenía el privilegio de intimar más con ella, de conocer y memorizar sus gestos, cada palmo de su cuerpo, cada una de las entonaciones de su voz, el color de sus cabellos, la presencia de sus demonios y su admirable valentía. La amaba infinitamente, eternamente. Nada divino, nada irreal, podía manchar eso. La semilla que Olga había implantado en Marafariña, en ella, era imposible de extirpar. Perduraría para siempre, como lo que es eterno.

Se levantó, notando su cuerpo entumecido. Se remangó el bajo de los pantalones y, abandonando sus zapatos en la arena, se dirigió hacia la orilla. El mar la atemorizaba y fascinaba a partes iguales. Parecía una manta gigantesca. Notó cómo la punta de sus dedos se humedecía por el oleaje que avanzaba por el terreno. Se acercó un poco más, hasta que el agua le acarició los tobillos. Maravilloso. Echó a andar, con la mirada perdida en el horizonte. Sus pies y el agua jugaban, ella los dejaba bailar. Alcanzó el éxtasis de la calma, que la ayudó a quitarse de encima el cansancio que arrastraba tras de sí.

Entonces la vio, en lo alto del acantilado, mezclándose con la negrura y las sombras. A pesar de las bajas temperaturas, llevaba puestos sus pantalones cortos de baloncesto y una gruesa sudadera negra. Su pelo libre e indomable como lo era ella misma. Tenía un cigarro entre los labios y la miraba. Ruth también la miró y no pudo evitar que destellasen sus pupilas. Era tan bonita, tan hipnótica, tan mágica. Era su mundo, al fin y al cabo. La vio descender despacio y con cuidado, casi con indiferencia, sin mostrar expresión alguna. Su pálida delgadez le daba un aspecto de cristal frágil. Llevaba los ojos maquillados, como era habitual, decía que la hacía sentirse protegida. Olía a tabaco, pero ya se había terminado el cigarro cuando estaba a pocos pasos de ella. Se detuvieron ambas. Ruth mecida por la orilla y Olga torturada por el viento. Mantuvieron un diálogo mudo de miradas y gestos, como una introducción al contacto y el reencuentro. Ruth todavía tenía que concienciarse de que era real.

Fue la muchacha catalana la que, después de descalzarse, se acercó a Ruth y la abrazó con firmeza. Ella se agarró a su pequeño cuerpo y lo atrajo hacia sí. Latido con latido en medio del poderío da Costa da Morte, con la intimidad cubriéndoles las espaldas y el tiempo detenido tan solo para ellas. Ruth sintió un escalofrío de emoción. Buscó su cabello y lo acarició, recorrió su cuello, palpó sus tiernas mejillas, el contorno de sus ojos y su nariz. Olga no dijo nada, con rictus divertido. Luego se separaron y se cogieron de la mano.

—Gallega mía —susurró Olga.

—Ya te echaba de menos.

—Si me has visto esta mañana.

Sus labios sabían a sal y a mujer. Aquello encendió todavía más el calor de su cuerpo e incluso el océano pareció convertirse en lava. Olga era hábil en aquel juego de boca con boca, aunque sus caricias eran tímidas todavía, prudentes. No le pasaba desapercibido el profundo respeto y la admirable paciencia que mostraba hacia ella. La hacía sentirse especial y única, la hacía sentirse querida, a rebosar de cariño, algo que nunca había experimentado con anterioridad. Desechó sus manos y buscó sus delgadas caderas, agarró hasta sus huesos entre sus manos y sintió la sangre que recorría sus venas. Luego, aun mecidas en el océano, se contemplaron durante un instante incierto, como ansiando memorizar sus rostros. Podía notar la emoción en la mirada oscura de Olga, la tibieza en la inclinación de sus cejas, la ansiedad en su aliento. El viento las importunaba con insistencia, quería estar cerca de ellas, parecía que las llamaba, que era el espíritu de Marafariña, reclamándolas.

Abandonaron el mar y regresaron a la arena seca. Se sentaron, espalda contra espalda, cada una contemplando una visión diferente. Olga, la costa; Ruth, el bosque en lo alto del precipicio. Sus cabelleras se entremezclaban. Olga comenzó a fumar, el olor del tabaco las engatusó como un hechizo. Estaba callada, más de lo habitual, sin embargo el silencio junto a ella no era incómodo, nunca lo había sido.

—Me encanta la playa en invierno. Me recuerda a un secreto —comentó Ruth, con aires soñadores.

—¿Un secreto?

—Sí. No sé. En realidad casi nadie suele ir a la playa cuando no es verano, pero se están perdiendo su verdadera magia. Es ahora cuando se muestra al natural, tan fría y poderosa.

—Esta playa es un secreto en sí. Podría decirse que es tuya.

—Nuestra —replicó Ruth.

—Nuestra —admitió Olga, y por su entonación sabía que sonreía.

Ruth buscó la mano libre de Olga y enredó sus dedos, pero no se volvió. El tacto de su huesuda espalda la hacía sentirse bien.

—Estás callada. Tal vez ausente.

Olga tardó un rato en responder, rodeada siempre por ese halo de misterio. Era complicado llegar a comprender los pensamientos en los que se hallaba abstraída. No parecía incómoda ni enfadada, tan solo lejos de allí.

—No puedo concentrarme en nada cuando estoy contigo, Gallega. Pienso en ti, en lo que te echo de menos cuando no estoy contigo. Pienso en otra noche más imaginándote, pienso en cada segundo que pasará hasta que vuelva a verte. Y cuando estoy junto a ti, pienso en lo poco que queda para separarnos de nuevo.

—Olga…

—Tú también lo haces, ¿verdad?

Ruth no contestó, pero era evidente que sí. Sin embargo, no le frustraba, sino que le otorgaba energía. Ruth aborrecía sus obligaciones, su rutina religiosa y familiar, el instituto. Pero era algo que siempre había dado por sentado. La presencia de Olga depositaba luz en cada uno de esos momentos.

—Eres mi mundo, Olga. Eres mi Marafariña —sentenció Ruth.

31408111_10213138635033885_7202169403838824448_n.jpg
Olga y Ruth en la playa. Ilustración de por Gemma Martínez

Notó cómo el porte de Olga se tensaba, tal vez de satisfacción o de nerviosismo. Imaginaba que estaría asustada, Ruth también lo estaba. Las olas incansables le recordaban que cada instante se evaporaba y que el tiempo avanzaba inexcusable. Cada nuevo día, la situación se volvía más difícil y peligrosa. No quería pensar demasiado en lo que podría ocurrir, pero imaginaba que Olga se torturaba con el futuro. Le gustaría poder mitigar todo su sufrimiento, apartarlo de ella, poder darle más, todavía más, de lo que le daba.

—Echo de menos la nieve. Ojalá nevara —murmuró entonces Olga—. Cada invierno mis padres y yo íbamos a los Pirineos. Lo adoraba. Durante horas podía estar contemplando la nieve. Siempre pensé que era lo más parecido que había a la magia.

—Yo nunca la he visto.

—Te llevaré, te lo prometo. —Olga se volvió, al fin. Notó su hombro pegado al suyo, su mano sujetándola fuerte. Estaba fría. La estudió, cada arruga, cada surco, cada palmo—. Y te encantará. ¿Te imaginas Marafariña llena de nieve? Sería todavía más hermosa.

—Sí, pero muy diferente, ¿no?

—No hay nada de malo en lo diferente. —Olga tenía la mandíbula tensa—. Tenemos que largarnos de aquí.

—Lo sé —susurró Ruth.

—Pronto empezaré a trabajar para Francisca en el café. Necesitamos dinero y no quiero tener que pedírselo a mi padre.

—¿En el Café Rosalía? —Olga asintió—. Vaya, pero entonces, ¿cuándo podré verte?

—Solo será un pequeño sacrificio, Ruth. Luego estaremos juntas todo el tiempo que queramos. Te abrazaré cada noche, te haré el desayuno todos los días, te acompañaré a la universidad. Nunca estarás sola, nunca más Ruth. Nunca más dejaré que tengas frío.
Olga hablaba con tanta verdad que no tuvo más remedio que creerla. Sus miradas se encontraron en el punto justo en el que los ojos de ambas se humedecieron. El sufrimiento y el pánico de Olga eran tan latentes en su expresión, que le dolía profundamente saberse conocedora de sus emociones. Se sentía inútil frente a la resolución de la joven a la que amaba, sin salida, sin nada que aportar. Pero su muchacha catalana no parecía reprocharle nada.

Entonces ella se puso en pie, dándole la espalda y acercándose de nuevo al mar. Rugía. Ruth la observó, la belleza de su figura tan pequeña, recortando la armonía de ese horizonte gris e infinito. El mundo parecía querer atravesar su fragilidad, pero Olga era imperturbable, indetenible. La persona más fuerte que jamás conocería. Por eso la admiraba tanto, por eso la amaba sin mesura. Le fascinaba en su totalidad, incluso en su amargura, incluso en su llanto. Porque era un llanto de lucha, no de rendición.

—¿Te imaginas que salga mal?

La pregunta de Olga le llegó tardíamente debido a la ferocidad de la brisa. La escuchó muy lejana, pero fue suficiente para que se estremeciera de pavor. No podía imaginárselo. Moriría. La idea de perderla, de no poder estar junto a ella, era insoportable. No quería contemplar esa posibilidad, porque se hundía, le flaqueaban las fuerzas y no atendía a razones. Su mundo sin Olga carecía de verdad.

—No digas eso —imploró Ruth, a pocos pasos de ella—. Sería terrible.

—Si sale mal —prosiguió Olga con gélida calma—, si se tuerce, si algo se rompe, tienes que prometerme que no te olvidarás de mí.

—¿Cómo podría?

—La vida puede ser sorprendentemente cruel.

—Olga, me estás asustando. No te entiendo.

La muchacha no hizo amago de moverse. Ruth se acercó más y la rodeó por la cintura con intensidad. Temblaba, pero se aferró a sus manos. Besó su cuello, pleno de suavidad.

—Yo volveré. Si te separan de mí, volveré —masculló Olga en una mezcla de furia y ternura—. Si el destino nos hace alejarnos, volveré. Pero si me pierdo, si por alguna razón estoy nublada de dolor y sin sentido, por favor, recuérdame dónde estás y que vuelva a por ti. No me permitas seguir viviendo sin ti.

No le gustaba el significado ni la posible realidad de esas palabras. Ruth la apretó con más fuerza y notó cómo Olga cedía. Se volvió y la besó. Su aliento estaba impregnado del aroma del tabaco. También sabía a desesperanza. Sin embargo, pronto recuperó la sonrisa y la ternura se apropió de ella. Sus manos, agarrando sus mejillas, fueron un bálsamo.

—Tranquila, Gallega. Eso no pasará. Nunca me iré, no sin ti. Te lo prometo.

—Y yo no te dejaré marchar si no voy contigo —sucumbió Ruth al anhelo.

Abandonaron la playa cuando la noche amenazaba con su temprana llegada. Con los pies helados, subieron con cuidado la pendiente y caminaron por el bosque. Sus manos seguían unidas, sus cuerpos se encontraban. Detenían su camino de vez en cuando, dejaban que el bosque fluyera a su alrededor. La mata negra de la oscuridad las seguía como una amenaza pero, en esos momentos, la ignoraban. Marafariña respetaba su paseo, las observaba detenidamente, intentaba protegerlas. Pero aquello no era posible, no del todo, no tanto como le hubiera gustado.

Cuando traspasaron la linde del bosque y vislumbraron el muro de la casa de Ruth, de forma instintiva soltaron sus manos como si tuvieran ácido. Algo en ese gesto era terrible, pensó Ruth. Al regresar a la realidad, a lo que había más allá de su particular paraíso, debían fingir que tan solo eran amigas y ni siquiera les estaba permitido estrechar más lazos de los necesarios. Olga, resuelta a arañar los últimos minutos juntas, se apoyó contra las piedras y sacó un cigarro antes de irse a casa a cenar.

—¿Desde aquí nos verán tus padres?

—No, no te preocupes.

Aun así, Ruth se mantuvo separada de ella varios palmos. Olga tenía la mano libre escondida en el bolsillo de su pantalón. La escrutaba despacio, como si fuera la primera vez que la veía. Siempre la fascinaba su manera de entornar la mirada, como si pudiera hipnotizarla.

—Eres preciosa, Ruth. —Vibraba su voz, notó ese calambre en su pecho. Se ruborizó avergonzada—. Demasiado preciosa. Podría regalar mi eternidad para pasar la vida contemplándote.

Olga se acercó furtivamente y acarició su mejilla con sus labios. Ruth aspiró su aroma y reprimió el impulso de agarrarla del cuello y sentirla más pegada a ella, tan solo con el afán de escuchar el latido de su corazón una vez más antes de que se fuera.

—Prométeme que me llevarás a la nieve —dijo Ruth, a modo de despedida.

La muchacha catalana de mirada turbia rio. Era preciosa cuando mostraba ese rictus de felicidad.

—Si es necesario, te la traeré yo misma, Gallega.

 

 Publicación Inflorescencia: 2 de julio de 2018

P.D. Gracias a Gemma Martínez por la preciosa ilustración que acompaña a esta relato.

 

INFORESCENCIA (1)

El tren

theworldis youroyster..jpg

Hace ya algún tiempo, os anuncié en este portal (¡muy feliz!) que mi relato El tren había conseguido quedar finalista en el XI Certamen de Cuentos Interculturales de la Ciudad de Melilla. Desde entonces, muchos me habéis pedido que lo hiciera publico para que pudieseis leerlo libremente.

Así que, gracias a la oportunidad que me brinda la plataforma Lektu, podéis adquirir en pdf del relato (con una extensión de 17 páginas) mediante pago social. Tomároslo como un pequeño regalo por mi parte por todo el apoyo, el cariño y la paciencia que me demostráis día a día.

Espero que abracéis bien fuerte a estas dos mujeres poderosas, Lucía y Kamila, que a partir de ahora también son un poco vuestras.

Podéis descargar gratis El tren pinchando aquí

Y por mi parte solo me queda agradecerle a las personas que lo leyeron y me dieron sus sinceras opiniones.

¡Felices Letras!

 

Ellas, vosotras, nosotras: Alemania

Alemania

Que me dijo que no quería ir más al mar, porque hacía unos días había naufragado uno de los barcos en alta mar y habían muerto algunos de sus amigos. Y yo solo pude apretar los labios al ver a mi marido, un hombre de mar, fornido y fuerte, llorar como si fuera un niño pequeño. ¿Qué podía hacer? Si le habían salido arrugas y más canas que nunca. Pero el pelo no se le caía, ¡eh! era frondoso. Siempre lo había sido. Yo reconocía en sus ojos azules el temor, el reflejo de las olas, el miedo a ahogarse lejos de casa. Sé que tenemos cuatro hijos, mujer, y que tienen que comer. Pero yo al mar no vuelvo. Y yo trabajaba dando de comer a esa cuatro bocas, limpiándoles la ropa, limpiando sus cuartos, cuidando de mi madre mayor (mi padre ya había muerto) y de mi tía, también mayor y, para colmo, alcohólica. Pero no la culpo. Después de la guerra muchos hombres y mujeres se olvidaron de ser felices. Las obligaciones me tenían exhausta. Era una mujer joven, joven lo que se puede considerar hoy en día. Pero vieja en espíritu, de verdad. El pelo rubio y muy rizado. Era guapa, ¿puedo decir que era guapa o es una frivolidad? Si eso, si tal, si puedes, luego lo reescribes. Bien. Que no, que no, que no quiero volver al mar.

… Y claro, ya me dirás tú qué podía hacer. Además, pasaron varios días de marejada y en Carnota nadie iba a faenar. Estaba mi marido derrumabado en el sofá, llorando sus muertos, mientras yo no tenía un minuto de descanso. A pesar de la desgracia, a pesar de la marejada, los platos había que llenarlos y limpiarlos después. Y había que ir al río a lavar la ropa. Me dolían las manos porque la piel de los dedos se me levantaba. Y la niña más pequeña solo tenía dos años, y la mayor apenas diez. Pero la mayor era una mujercita y tenía que colaborar. El siguiente, con ocho años, era un varón. Acompañaba a veces a su padre, pero ya tenía su sillón reservado junto a la chimenea. Y la del medio, con siete años, era traviesa, todavía libre. Y digo todavía porque yo sabía lo que nos esperaba a las mujeres.

…Una mañana fui a ver a un amigo mío que trabajaba en unas oficinas que buscaban trabajo en el extranjero. Llevaba ropa marrón. Hacía frío. O era el hambre. En invierno hacía frío y en verano también. Todos los días de esos años hizo frío, todos teníamos las entrañas congeladas. Y ese frío, niña mía, ese frío no se va nunca. En mis entrañas de mujer que ha parido cuatro vidas se conglomeraba el hielo como en cualquier otro útero. Era lo que tocaba. Solo era lo que tocaba. Total, que ahí fui, a la oficina. Y mi amigo, Carlos creo que se llamaba, tenía barba y estaba muy delgado. Me cogió de la mano y yo le sonreí. Me dio el pésame por los muertos en el naufragio, como dije, amigos de mi marido. Asentí. Y le dije que el hombre no me quiero volver al mar, le cogió miedo. Y el tal Carlos comprendió que le estaba pidiendo un billete a Europa. Un trabajo de esos remunerados, encerrados en aquellas fábricas, pero en tierra firme al fin y al cabo. Y Carlos me dijo puedo colarlo en uno de los trenes que van a Alemania, buscan mano de obra para la fábrica de bombones. Pero son cuatro hijos los que tenéis. Entre vivir allí y el envío de dinero, la cosa está justa. Y dudé, claro que dudé.  Porque yo era la que cuidaba a los niños, la casa y a mi madre. Pero al final le dije si había trabajo para allí, si allí podían trabajar las mujeres. Sí, puedes trabajar en las máquinas. Cobrarás menos que él, claro está, pero puedes sumarlo. Pero, ¿vas a dejar a los niños en España solos? Porque, ¿sabes? los niños los iba a dejar yo. Mi marido, su padre, no. Él no. Cuando se trataba de dejarlos solos eran solos mis hijos. Pero no te olvides, no se te ocurra olvidarte, que si nos íbamos a ir a Alemania con una mano delante y otra detrás es porque mi marido no quería volver al mar. Eso apúntalo en letras bien grandes. Y yo, como su esposa, intenté buscar la situación. Una mujer tiene que cuidar a los suyos, para eso hemos nacido. Si él era infeliz, yo tenía que buscar la manera de ayudarlo. Además, que quieres que te diga. Yo no quería que se me muriera en el mar.

…Nos íbamos en dos noches. Mi marido me dijo que no era normal que una mujer dejara a sus hijos y a su familia pero, al mismo tiempo, le daba miedo irse solo. Me apoyó, pero me apoyó solo en el silencio del hogar. Entre los vecinos tuve que aguantar las duras críticas de ser una mala madre y una mala hijaQue necesidad tendrá de irse ella también, con que el hombre trabaje es suficiente. Él era valiente, yo era una mala madre. Mala madre. Terminé creyéndomelo. Pero yo lloraba por mis hijos lo que no está escrito. Y yo rezaba mirando a la cruz y me prometí a mi misma que, cuanto antes, volvería a España para llevármelos. Se quedarán con mi madre y con mi tía, estarán bien. Mala madre. Mi marido era valiente y yo era una mala madre.

…Llegamos de noche a Berlín, dormimos en una pensión y, a la mañana siguiente, sin comer, mi marido y yo nos presentamos en Storck, la célebre fábrica de dulces. Ese mismo día empezamos a trabajar. Él con los hombres y yo con las mujeres. Y qué mujeres, querida, qué mujeres. Que no nos entendíamos, que una era polaca, la otra turca y la otra sabe solo dios de dónde, pero ya nos queríamos y nos besábamos y llorábamos por nuestros hijos. Nos trataban bien, era un trabajo largo enfrente a las máquinas, pero las condiciones eran muy buenas comparado con lo que conocíamos en España. ¿Sabes qué hacíamos allí? ¿Sabes estos caramelos con el papel dorado que son muy dulces? Sí, los Werther’s Original. Y también los Ferrero Rocher y los Mon Cheri en época navideña. Nos dejaban comernos algunos mientras los preparábamos. Yo a veces iba cambiando: estaba en las máquinas de chocolate o de envolver según las horas. Poco a poco fueron queriéndome, hice amigas, más bien hermanas. Me sentí parte de algo, de ellas. Ellas que habían dejado familia e hijos. Ellas que eran yo. Y yo era ellas.

…A los meses, pudimos comprarnos una casa a las afueras, una casa de campo, muy grande. Entonces me enteré de que mi madre estaba muy enferma. No pude viajar a España. Y me dolía por ella y por mis hijos, pero necesitábamos seguir ganando dinero para asegurarnos un futuro. Además, por muy buenas que fueran las condiciones, eso de las vacaciones y los permisos era otro cuento. Allí se trabajaba sí o sí.

Tardé doce meses en poder ir a Galicia. Fui sola, mi marido no pudo acompañarme. Lloré la tumba de mi madre, aguanté las injurias de los vecinos y soporté cómo mis hijos, sobre todo la pequeña, me miraban como una extraña. Durante un tiempo para ellos solo fui la mujer que los había abandonado y vuelto para llevarlos a tierras extrañas donde no entendían cómo hablaban los otros niños. Sufrieron, sí. Porque no fue fácil la escolarización ni la vida. Además, estaba mucho tiempo solos, porque había que trabajar. Y trabajar y trabajar.

… Yo les llevaba caramelos y bombones. El capataz nos regalaba bolsas llenas todos los viernes. Y un extra muy generoso en verano y navidad. Cuando las trabajadoras salíamos cargadas de dulces, algunos niños corrían para que se los dieran. Qué momento, querida, qué momento. Y con qué poco se podía hacer felices a esos críos. Fui feliz trabajando, sí. Muy feliz. Yo en el trabajo descansaba.

…En casa me encargaba de las tareas, pero mis dos hijas mayores crecieron y fueron siendo las responsables de la comida, la compra y la colada. Al tiempo, el niño y la niña mediana entraron a trabajar en la fábrica. La mayor se había casado y se había ido a España. Sí, así de rápido pasan los años. Y en todo este tiempo, el valiente de mi marido cayó en los demonios del alcohol, como mi tía. Y nos pegaba y había gritos. Te lo cuento así, tal cual, pero era algo tan común que ya ni nos sorprendía. Yo le decía a mi hija pequeña que se encerrara en su cuarto con un cubo por si tenía ganas de ir al baño hasta que yo llegar a casa. Qué cruel, ¿verdad? Pero antes no se podían denunciar esas cosas. No.

…Odié a mi marido. Lloraba con mis compañeras en la fábrica, hasta que caí enferma. Del corazón. Lo creas o no, tal vez no lo creas, fue una bendición.  Porque mi estado de salud me permitió volver a España, ya jubilada, con un sustento mínimo para empezar una nueva vida. Compré un piso en Cee con mis dos hijas. Volví sin él. Lo abandoné allí, a él y a su alcoholismo. Mala mujer, decían. Sí. Pero ya no me afectaba. Pero él, el hombre que no quería volver al mar, regresó a las cercanías de ese Océano para morir. Cirrosis. Una muerte lenta, terrible, en soledad. No lo fui a ver al hospital, mis hijas sí (qué benevolentes). Tampoco al entierro. Pero, te parecerá una tontería, aun así lloré su muerte. Supongo que es lo que hacíamos las mujeres, sufrir. Sí. Habíamos nacido para querer y para sufrir…


Apuntes sobre el 8 de marzo: El Día de la Mujer

El Día Internacional de la Mujer se celebró por primera vez el 19 de marzo de 1911 en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza.

Menos de una semana después, murieron 146 mujeres y 71 resultaron heridas en el incendio de la fábrica de Triangle Shritwais de Nueva York. Habían sido quedado encerradas en el edificio sin posibilidad de escapar.

Este día y este pequeño homenaje lo celebraré por ellas.

Nota: Este texto pertenece a un relato real de una mujer muy importante en mi vida. Es mi forma de homenajear su fortaleza, su tesón y su valentía. Este 8 de marzo también es por ella.

Gracias a Deborah por ayudarme a escribir esta historia real.

Photo by Joshua Fuller on Unsplash

Dormir con libros

Esas dos mujeres

Volvíamos a estar en esa sala tan llena de gente pero sintiéndonos tan solas. Ahí las miradas perdidas no se encuentran en ninguna parte e, incluso, en el ruido, hay silencio y huecos. En esas respiraciones ansiosas se comparten los huecos que todos tenemos dentro. El ambiente está tildado de una peste negra, que absorbe las energías. Y, aún así, ahí estamos. Imperturbables. Con las cejas erguidas, sin ganas de tomar café y ni siquiera de leer un libro. No nos quitamos los abrigos y miramos al frente, al techo, a los cordones desatados de nuestros zapatos, cargando con la bolsa naranja de aquí para allá como si fuera nuestro lastre.

Yo me he cambiado de silla y estoy cerca de la puerta. Sola por un momento. Me llama la atención que la mayor parte de personas que cuidan y acompañan son mujeres. Qué curioso. Tal vez sea coincidencia, tal vez no.

Frente a mí hay una señora mayor en una silla de ruedas que tiene magullada la cara y solloza. Está sola porque su familia vive lejos y tardará un par de horas en llegar. Me llama la atención su rostro: la vejez es latente, pero tiene los ojos achinados y sus mejillas redondeadas le dan aspecto de niña pequeña. Algo en ella deja entrever una angustia existencial que no la ha abandonado nunca, algo en ella pide cariño a gritos. Somos muchas mujeres jóvenes que estamos solas, también, que la miramos y nos inunda la pena pero no sabemos hacer nada. Qué torpes y, en cierto modo, qué egoístas somos.

Entonces aparece otra mujer. Lleva una de esas pulseritas blancas que la identifican como paciente que, tal vez no está tan grave, o tal vez siguen faltando camas dónde dejar descansar a los enfermos. Es también anciana. Ella no tiene cara de niña, pero si de chica poderosa. Tiene media melena blanca, lleva un poncho con motivos indios y un pantalón ceñido. Es juvenil. Y atractiva, desde luego. Ve a la otra señora que está sola y en ese instante se hacen amigas. Le dice que ella también está sola, pero ella no llora. No sé cuál de las dos es más valiente: si la que no llora o la que se atreve a llorar. Porque en aquella maldita sala casi nadie se atreve a llorar.

Las miro y escribo esta historia en mi cabeza al mismo tiempo. A la primera quise llamarla Angustias. A la segunda la voy a llamar Coraje (que también es un adjetivo femenino). La Angustias y La Coraje. Ahí están mis dos mujeres, a las que ya quiero y a las que probablemente nunca más volveré a ver.

La Angustias le dice a La Coraje que su marido no ha querido venir y eso la pone muy triste. Al parecer ha sido siempre así, admite encogiéndose de hombros, después de casarse él no quiso pasar con ella la luna de miel y volvió al trabajo. Coraje la mira con los labios fruncidos. Ella no habla de ningún marido, tal vez nunca se haya casado. Tal vez es una de estas mujeres rebeldes que no se han casado.. Mientras le acaricia la rodilla a Angustias le susurra ánimos y palabras bonitas. Angustias llora, pero ya llora menos. Mi marido superó un cáncer a la cabeza, dice, yo no me separé de él. Tú no te separaste de él pero él no está aquí contigo, parece pensar Coraje y todas las demás que estamos escuchando alrededor.

Pero yo lo quiero igual, dice Angustias. Toca ser fuertes, le dice Coraje. Ya verás cómo no es nada. Y entonces tú también estás sola, le pregunta. Sí, yo he venido sola porque la familia está muy lejos.

La familia siempre parece estar lejos y a las mujeres siempre nos toca ser fuertes. A ellos no, ellos están casi todos arriba en la cafetería porque hay un partido de no sé qué. Los cuento y creo que hay cuatro o cinco hombre en toda la sala. No los culpo. Permanecer ahí es difícil. Pero a nosotras nos toca ser fuertes.

Sigo mirando a Angustias y Coraje. Son mis amigas y me han enseñado mucho sobre mujeres y sobre feminismo sin apenas darse cuenta, sin ser letradas y sin haber escrito un libro. Me despiertan tanta ternura que siento ganas de llorar. Me las trago y me retuerzo los dedos. Me acuerdo de una vez que íbamos en el tren y mi abuela le ofreció mantecados que acababa de comprar en Astorga a un muchacho que iba sentado a su lado. No sé por qué me acuerdo de ese gesto pero me parece tan precioso que me gustaría levantarme y contárselo a mis nuevas amigas. No me muevo.

En mi despiste veo que Angustias y Coraje se están abrazando muy fuerte. Qué preciosidad de estampa. Entonces Angustias dice que necesita agua y Coraje se ofrece a ir a por una botella pero no sabe a dónde ir. Es mi momento, me digo, yo las ayudo. Pero no, no puedo. Las enfermeras dicen que es mejor que no beba nada porque no saben si hay daños internos. Y es que la pobre Angustias se ha caído por las escaleras. Qué mala pata, dice Coraje. La vida es una mala pata, dice Angustias. Eso hace reír a Coraje, Angustias también se ríe. Yo me rió y unas cuantas más también. Es una risa discreta, porque reírse allí está tan feo como ponerse a llorar.

Por tu estar en las nubes

Me sucede a menudo, sí. Soy una privilegiada. Para mi la literatura es vida, por lo tanto la vida está llena de literatura. Me abstraigo con facilidad, por lo que el aburrimiento nunca ha sido algo que he llegado a sufrir de manera habitual, ni siquiera de niña en el colegio. Me bastaba con ponerme a jugar con las palabras en el espacio exterior que no paraba de hacerse grande en mi cabeza. Me alegra ver que la madurez me ha permitido quedarme con ese don infantil.

Y yo te envidiaba precisamente por eso, aunque creo que nunca lo has sabido, porque no veías barreras entre la vida y la literatura.

Esta es una cita extraída de Nubosidad Variable de Carmen Martín Gaite y me produce alivio ver que otras escritoras antes que yo se han sentido igual (o sus personajes se han sentido igual, para el caso, me vale). Tengo esa poderosa cura en mis manos, ese alivio, ese calor en cualquier parte. No necesito nada, solo mantenerme despierta y en ocasiones ni quiera eso. Bulle con espontaneidad, parece magia. Lo observo todo con la mente abierta de par en par, además, a mí nunca me ha dado miedo sentir. Me gusta sentir todo eso, lo bueno y lo malo. Mi corazón hace demasiado tiempo que está desnudo, entre mis manos, a expensas de lo que tenga que venir. Ya no hablemos de mi mente, aunque ella es más racional.

Como ocurrió con De la verdad, me he puesto a escribir este post de noche al llegar a casa. Era muy tarde y al día siguiente tendría que irme a trabajar porque los trabajos no entienden del componente emocional ni de las torceduras de la vida. Pero no los culpo, porque las musas tampoco (ahí están las jodías, que no me dejaban irme a dormir). Antes podía llegarme a sentirme incluso culpable porque las cosas malas que no dejan de suceder me sirven para rellenar huecos y silencios. Pero no puedo sentirme culpable por aquello que me alivia y me hace sentirme más fuerte. En fin, sé que vosotros lo entendéis.

Y dormir con libros

Después de escribir esto cogí el grueso ejemplar de V y V Violación y Venganza (violeta, hace juego con la colcha de mi cama) y lo coloqué sobre la almohada vacía. También el e-reader (estoy leyendo El Deshielo). En la mesita todavía esta Patria aunque lo he terminado hace tiempo. Y Marafariña (siempre lo tengo conmigo porque me demuestra lo que soy capaz de hacer y, también, que los fantasmas no sobreviven al influjo de la escritura). Ahí está esta pequeña mujer, con la luz apagada, mientras llueve en el patio de luces y pensando en qué debería dormirse allí. No tenía ganas de leer, pero no pensaba en otra cosa que no fuera leer. A veces pienso que me estoy volviendo extraña.

Suerte de mí que yo no padezco de insomnio desde hace años y me dormí al momento con mis dos gatos mirándome con sus ojos entrecerrados. Incluso cuando duermo, los sueños componen historias y a veces al despertarme corro a anotar las ideas que se han ocurrido. En serio, ¿de dónde saca mi mente esas explosivas energías a cada instante?. Mientras me ducho, algunas de esas ideas desaparecen. Otras permanecen. Pero van creciendo durante todo el día porque, saben, que hasta la tarde no tienen permiso para salir frente al folio en blanco (ese folio que, en realidad, nunca está en blanco).

Me vais a permitir que este miércoles esta entrada sea así, tan mía. Tan de esta Miriam que se siente mejor después de haber escrito este batido de párrafos para desayunar. Esta es mi ventana al mundo y, hoy, necesitaba abrirla otra vez.

Photo by Toa Heftiba on Unsplash