Sobrevivir en estos libros

«¿Cuándo?» decía yo, queriendo decir: ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo nos sostendrán los libros, el amor? ¿Hasta cuándo serán los libros y el amor más fuertes que esta frase: Un día acabaré por matarme?

Caroline Lamarche, La memoria del aire.

Me he tomado a rajatabla eso de tener tiempo para mí. No sabéis todo lo que estoy leyendo y escribiendo. Y también haciendo mucho ejercicio. Dedicando mi vida y mis energías a mí, a la terapia activa que estoy siguiendo, a volver a ser otra yo. Es un camino difícil pero, tengo que decirlo, es hermoso. El autodescubrimiento siempre me ha parecido algo fascinante.

Lo primero que he intentando hacer es dejar de sufrir mientras escribo. No quiero que duela. Aconsejaba en una presentación mi admirada Rosa Montero que, con los años, hay que aprender a tomar distancia de lo escrito y de nuestras propias novelas. En un primer momento, yo no fui quien de entenderlo. Hoy por hoy, creo que sí, que sé lo que quería decir. Por eso yo también os digo (y me digo): separaos de ellas, que no os toquen demasiado, que no sean vuestro motivo primero para sobrevivir. Encaramarse a algo tan frágil como la literatura es muy peligroso.

Lo segundo es buscar silencio de manera desesperada. Hacía tanto tiempo que no me escuchaba, que no acercaba mi oído a mi propio dolor emocional e intentaba saber qué quería decirme. Ha sido curioso. Me sentía siempre sola y lo único que había ocurrido es que me había dejado sola a mí misma, totalmente abandonada de mis intereses. ¿Cuánto hacía que no escribís por mero placer? ¿Cuándo fue la última vez que me senté a releer mi propio libro, como tanto me gustaba hacer?

¿Por qué, Miriam, has dejado de dedicarte tiempo a ti misma?

Lo tercero ha sido leer. Leer. Leer. Leer libros de mujeres que, como yo, buscan desesperadamente sobrevivir y sobrevivir(se). Esto (y no se bien a qué me refiero con esto) me acompaña desde que soy una niña y sigue ahí, encaramado. Es un poco duro de admitir que siempre va a doler, pero me hace estar altera, no perder nunca la perspectiva. Esta tristeza que me acompaña me hace anhelar la felicidad. Por eso me esfuerzo tanto por reír, por hablar con mis amigas, por conocer escritoras y amantes de los libros con las que charlar durante horas de cosas que solo nosotras entendemos. Leer, leer. Incluso había dejado de disfrutarlo.

«M» me dice que lo más difícil ahora es mantenerme. Pero dice que ella tiene fe en mí. Dice que mi predisposición por quedarme aquí, en este filo, es admirable. Así que ahí me mantengo, me sujeto a las páginas en las que voy escribiendo mi presente y aquí me mantengo.

¿Sabéis? He terminado de escribir un libro esta semana. Otro libro más. Quiero gritar y contaros muchas cosas de esta historia y de las mujeres que aparecen en ella. Pero todavía es pronto.


 

2¡Y hablando de nuevas publicaciones! Ya ha salido a la venta la antología Actos de F.E.: El Hambre, editada por Cerbero donde podéis leer mi relato DOR. Podéis adquirirla en su página web y en los diferentes eventos que habrá en Madrid y en Barcelona.

Por cierto, si vivís en Barcelona, ¿hacéis algo el 23.02.2019?

 

 

La literatura y la visibilidad de las enfermedades mentales

El pasado día 25 de enero celebrábamos el aniversario del nacimiento de Virginia Woolf. Además de conmemorar a una de las mejores escritoras británicas (y universales) y de remarcar a un icono del feminismo de los años 70, existieron diversos hilos y artículos que hablaban sobre la importancia de la visibilidad de las enfermedades mentales también en el ámbito de las artes, en particular de la literatura. La autora vivió una vida marcada por una aguda bipolaridad que, finalmente, la llevó al suicidio en 1941.

Escribiendo este artículo no puedo evitar acordarme de Sylvia Plath. La autora de La campana de cristal se suicidó metiendo la cabeza en el horno con tan solo treinta años de edad, tras luchar durante toda su corta vida con graves altibajos emocionales.

Los demonios y las musas

No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente.

Virginia Woolf

Como otros muchos temas trascendentales, las dolencias de la mente fueron un tabú, motivo de una tortura oculta y enterrado en el secretismo más cruel. Hoy por hoy, su visibilización está mucho más naturalizada, pero todavía queda mucho por hacer.

Tanto Woolf como Plath dejaron la huella en sus obras del dolor que hirió sus mentes y mitigó su salud. Esa sombra era parte de ellas como lo era el color de su pelo o su don para la pluma. Casi podríamos pensar que se trata de una especie de maldición que acaece a un número cada vez más importante de personas en todo el mundo, tratándose de la primera causa de muerte no natural en España. Tal vez en su momento, ellas no fueran consciente del gran testimonio que dejaban tras de sí: un diario sincero y abierto de par en par para que, sus lectores presentes y futuros, pudieran saber cómo se sentía y cómo funcionaban sus mentes.

No resultan vacuas las referencias a la depresión y a otro tipo de enfermedades de la mente en las obras literarias. De hecho, se les ha otorgado cierto significado poético y romántico, tintándolas en el tupido velo del desamor o de la despedida. Pero, sabemos, estas dolencias no siempre están ligadas a un drama personal o a una tragedia íntima que nos ha desolado. En la gran parte de los casos, esa faceta oscura de nuestra cabeza nos pertenece casi al nacer. O aparece, sin más. Lo más grave es que existen personas que todavía no son conscientes de lo que les ocurre y que, además, tiene cura o, por lo menos, un tratamiento.

Aún era yo la criatura encogida y amargada a la que le han roto un sueño.

Carmen Laforet

Muchas otras grandes plumas sufrieron trastornos mentales que, sin embargo, no impidieron que su literatura brillara con luz propia. Tolsoi, Hemingay, Pizarnik o Allan Poe son otros nombres que vienen en a mi mente. Tal vez, si lo reflexionamos bien, no hay ninguno que, en mayor no menos medida, haya sido víctima de una dolencia psicológica más o menos intensa.

Ahora se me viene a la mente mi querida Carmen Laforet que se consideraba enferma psíquicamente. Ese espíritu y pensamiento torturado está impregnando en Nada y en La isla y los demonios. Una figura que, ahora, consideramos tan sobresaliente, vivió minada por la baja autoestima de sí misma hasta terminar consumiéndose. Es curioso como en su frágil fortaleza, los lectores que hemos llegado más tarde, podemos arañar las pinceladas de su camino, plagado de aprendizaje y de autoconocimiento. Y, además, podemos abarcar con un pesar inmenso la amargura y depresión que tintó su vida.

Mi experiencia personal

Siempre que he dejado marca en las páginas que he escrito hasta ahora sobre trastornos mentales no lo había hecho siendo consciente de la importancia que recae en su representación. Tal vez desde hace muy poco tampoco tenía identidad de ningún tipo de movimiento social como la libertad LGBT o el feminismo. Pero mis ideas van madurando y mi necesidad de lucha lo hace con ellas. Si he escrito pensando en otorgar justicia y comprensión al romance homosexual y el papel de la mujer, ¿por qué no iba a hacerlo saliendo en defensa de aquellos que sufrimos algún tipo de dolencia psicológica?

Tenía que estar tan emocionada como la mayoría de las demás chicas, pero no lograba reaccionar. Me sentía muy tranquila y muy vacía, como debe de sentirse el ojo de un tornado que se mueve con ruido sordo en medio del estrépito circundante.

Silvia Plath

Si habéis leído Marafariña podéis encontrar múltiples referencias en Esther, Olga, Valentín y la propia Ruth, quiénes reflejan diferentes trastornos tales como la depresión, la psicopatía o el TLP. Lo más importante en la trama radica en la manera en la que esta enfermedad afecta tanto al personaje que la padece como a su alrededor y a las acciones que lleva a cabo. Creo que es un retrato bastante fiel de cómo la ausencia de tratamiento (o un tratamiento poco efectivo) puede llevarnos a sufrir nosotros mismos y a resquebrajarnos de nuestros entorno.

A lo largo de mi vida he conocido de primera mano y en mi círculo más íntimo cómo actúan y cómo nos pueden afectar estos problemas. Con ocho años sufrí lo que se etiquetó en su día como depresión infantilpor la cual estuve a tratamiento psicológico durante varios meses. Creo que fue muy importante la decisión de mis padres de proporcionarme ayuda externa y, así, ayudarme a no estigmatizar mi problema. Para esa niña de ocho años que una profesional me indicara que cómo yo me sentía tenía una explicación real, fue un auténtico alivio.

Por supuesto, esta enfermedad volvió varias veces a mí (y lo seguirá haciendo durante toda mi vida). Pero con tiempo nos hemos hecho amigas, nos hemos unido y he sabido identificarla y manejarla. Al fin y al cabo, forma parte de mí. Llegar a este equilibrio no es fácil, exige autodominio y ayuda de un terapeuta especializado. En mi caso, fueron casi dos años de tratamiento intensivo y, diré, muy afectivo. A día de hoy, me considero una mujer nueva y muy capaz. Sobre todo capaz.

La visibilidad

Escribir ha sido mi mejor medicación, como para otros muchos antes que yo. Escribir me permitió exteriorizar esos sentimientos negros y comprenderlos mejor. Además, vi que los lectores los identificaban y eran capaces de sentirlos. Una vez más, ahí estaba, la herramienta más valiosa que poseo ayudándome a estar bien; y ayudando a otros a encontrarse. Tal vez esto sea un poco pretencioso, pero soy escritora. En un punto pequeño de mi ser soy pretenciosa.

Pero no solo escribir me ha ayudado. Sin duda, lo que más alivio me ha reportado ha sido la lectura y conocer esas grandes figuras que han vivido episodios similares a los míos. Y que, aún así, han sido capaces de escribir grandes obras maestras que perdurarán en el tiempo. El mérito es doble, o triple, en este aspecto. Es una hazaña que Woolf luchara con su trastorno bipolar y fuera capaz de trabajar en obras como La señora Dalloway Las olas, que Carmen Laforet tuviera la fortaleza de escribir Nada y ganar el Premio Nadal a pesar de su durísima depresión, que Silvia Plath nos dejara su La campana de cristal y sus preciosos poemas. Que dieran visibilidad a aquello que las estaba destrozando poco a poco.

¿Que qué es para mí la felicidad? Creo que carezco de conocimiento, sentimientos y argumentos para dar una respuesta a tal pregunta. Pero diría, con cierta valentía, que la felicidad es el imposible más posible que existe para el ser humano

Todas las horas mueren

 

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