Letras, gatos y café: Las Redes Sociales de los escritores

Garantizar un mínimo de calidad, hacerles ver que valoramos su criterio y tememos defraudarles. Y, de no obtener los resultados deseados, que al menos brille el sudor y esfuerzo que hemos depositado en [nuestra obra].

Las Redes Sociales han curado, en parte, la dolorosa enfermedad que supone la soledad del escritor, si bien no queremos considerar el hecho de ser escritor con tal término (aunque, de querer, casi podríamos considerarlo como una especie de trastorno difícil de asumir). Y no tan solo los autores que autopublicamos nos hemos subido al barco de Facebook, Twitter, Instagram o Goodreads. Cada vez más autores consagrados pueden presumir de ser bastante activos en el mundo de la interacción online: Rosa Montero, Alejandro Palomas, Víctor del Árbol, César Pérez Gedilla, Juan Gómez Jurado… La perspectiva entre lector y escritor ha cambiado radicalmente, de un bando y de otro. Es una realidad innegable y oponerse a una interacción más o menos habitual entre ambos es como nadar contra una corriente que, sin más, terminará por arrastrarnos.

Encontrar el equilibro es complicado y dudo que exista un método correcto para utilizar estas herramientas de vital importancia si queremos, ya no solo vender libros, sino ganarnos la simpatía de los lectores, o aquellos potenciales a serlo. No soy, ni de lejos, una experta en marketing de redes, pero durante más de un año he aprendido los entresijos más básicos de este mundo muy alejado de lo real.

Lo más importante es ser fieles a nuestro espíritu, dentro de unas pautas. Fieles tanto a nuestra personalidad real (porque de esta manera, nos será muchísimo más sencillo llevar a cabo nuestra actualización diaria de perfiles) como a la imagen que, como escritores, queremos proyectar. Y, diría, que lo más importante de todo es mostrar amor y auténtico cariño por cada uno de nuestros trabajos, literarios o no, que ofrecemos a lectores y usuarios. Garantizar un mínimo de calidad, hacerles ver que valoramos su criterio y tememos defraudarles. Y, de no obtener los resultados deseados, que al menos brille el sudor y esfuerzo que hemos depositado en él. No hay que olvidar que no escribimos por una meta económica (no, al menos, esencialmente), sino porque amamos la literatura y queremos hacernos un hueco en ella.

Desde mi caso personal, diré que las Redes y el calor de aquellos que han mostrado aprecio por mis historias, son de vital importancia para continuar. Si cayese en el desencanto y en la empachante sinceridad, la mayor parte de mis estados podrían ser algo asi: “Necesito que me digáis que todo esto que hago sirve para algo, ¿de verdad lo estoy haciendo bien?”; “¿Alguien que quiera leer mi último párrafo? ¡No estoy segura de la calidad!”; “¡La maldita hoja en blanco otra vez!”; “Hoy, abandono”; “Todo esto es muy duro… no sé si merece la pena”; “¿Merece la pena?”.

Sí, escribir es duro. Pero no solo eso, porque también es maravilloso. Es reconfortante crear, abrazar a los personajes y dejarlos ir. Por eso queremos ser complacientes, hacer ver lo felices que somos de tener la ocasión de dedicarnos a ello (aunque no exclusivamente, en la mayoría de los casos). Entonces llenamos nuestro facebook de fotos con una taza de café con una frase animosa, cuando en realidad el cansancio hace mella… ¡Pero necesitamos continuar! En nuestro Instagram abusamos de la imágenes de nuestro gato, que no deja de reclamar atención cuando nos abstraemos de la realidad. ¡Y Twitter! No dejamos de pelearnos con #Hastags que, pretendemos, sean optimistas y útiles a la par.

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La unión del escritor y la nívola

Lejos quedan de la realidad los retratos del escritor con el gesto sosegado por la paz y la satisfacción, sentado con tranquilidad frente a una máquina de escribir, un café o un gato

Ya había hablado Unamuno sobre tal tema, llamando con osadía a la novela nívola y desafiando la unión de la realidad y la ficción. Y es que se subestima la cordura de aquel que gasta sus horas escribiendo, aquel que se convierte en un esclavo de una creatividad explosiva, que gobierna sus horas como una maldición.

Lejos quedan de la realidad los retratos del escritor con el gesto sosegado por la paz y la satisfacción, sentado con tranquilidad frente a una máquina de escribir, un café o un gato. Un cansancio que se sofoca con un sencillo restriegue de ojos, como si de esa simple forma se pudiera recuperar la cordura. Mientras se trabaja en una obra (y hablamos de un período de tiempo que oscila entre uno a cinco años como media) el creador se encuentra en un extraño estado de duermevela, es asolado por un vacío importante y, además, es común sufrir episodios de depresión leve. 

Pero esto es algo de lo que poco se habla y la recompensa todavía es menor. La diferentes fases que se sufren en este proceso creativo son muchas y más que la alegría y la satisfacción por el trabajo hecho, es una necesidad casi tóxica que nace del interior y no permite escapatoria. Casi como un trastorno, casi como una enfermedad, que deriva en algo hermoso, tal vez. O en ocasiones, todo el desgaste que hemos sufrido, no llega a merecer del todo la pena. No es falta de talento, en este camino influyen muchos factores.

La unión esposada, pues, del escritor y sus personajes, su historia, es absoluta. Cuando esto ocurre, es cuando el lector puede llegar, de verdad, a vivir una novela en su plenitud. Una ínfima parte de ese vínculo irrompible entre autor y obra traspasa a aquel que se sumerge en las páginas que otorgan vida, o la desploman. Ahí podemos hablar de que se ha alcanzado ese efímero éxito, esa mínima sonrisa.

El otro contrapeso es que el trabajo del artista creador no tiene final, no tiene culmen. Y aunque un escritor debería obligarse a descansar, cuando la inspiración es muy fuerte, resulta imposible. Las ideas bullen, y la necesidad de hacerlas nacer impide las merecidas vacaciones. Cuando termina uno de estos tediosos y largos procesos, comienza de inmediato otro. Hay ilusión, pero también terror: se es consciente de lo que sucederá a continuación.