La escritora transparente

Si miro mi mano a contraluz (pero no sé de dónde viene la luz) veo letras a través de la piel. Por mi sangre corren palabras disueltas, algunas no significan nada y otras lo significan todo. La claridad atraviesa, entonces, mi cuerpo entero como si fuera un algo sin materia, difuso, sin forma. Como una nube que se puede tocar pero se desparrama y huye. Huye sin huir. Entonces se forma un humo rosado que lo envuelve todo, impide que se pueda ver.

Ser escritora es un poco esto.

No sé por qué escribo esta entrada y pienso en mi compañera Ana Castro. Encima de la mesa tengo su fanzine 2º Izquierda. El librito se ha vuelto semi invisible cuando mi mano traslúcida lo ha tocado. Al recordar a Ana pienso en la literatura que nos une y pienso, también, en el dolor que ella conoce tan bien y que todas conocemos en realidad. Acaricio su pequeña obra y espero que, a pesar de los kilómetros que nos separan, sienta esa caricia. Sé que a ella, como a otras muchas locas que escriben, me he unido porque no soporta a veces esta sensación de soledad y no existir. Soy tan transparente que me tropiezo con el suelo que no soy capaz de mantenerme en pie.

Pero siempre estoy de pie. O flotando. Y me elevo. Con las plumas saliendo de mis uñas y la tinta, que es mi sangre, dejándose caer por los folios en blanco. Es como un hechizo maldito al que soy adicta y del que rehuyo constantemente. ¿Sabéis? De algún modo crezco y me pertenezco, pero cuanto más me acerco a mí más lejos me encuentro. Soy literatura, pero también soy una mujer que duda y tiene miedo. Miedo de lo que hace, miedo de por qué lo hace y miedo de a dónde la llevará este camino.

Cuando me siento a escribir aquí quiero decir tantas cosas que al final siento que no digo todo lo que quería decir. Me doy cuenta de que soy incluso transparente para mi propia voluntad, que mis palabras son anárquicas y vuelan a dónde se les antoja. Pobriñas, ellas no quiere tener dueña, no quieren pertenecerme. Pero yo sé de dónde surje este concepto y a dónde pretende ir, lo que es más difícil hacerme comprender a mí misma. Cuando intento encontrarme, vuelvo a perderme.

Creo que la vida no es más que un intento de encontrarnos a nosotras mismas, a nuestra propia voz. Esto lo leí en Feminismo terapéutico de María Fornet. A veces siento que mi voz es tangible, fuerte y sonora. Otras es frágil, no puedo ni escucharla, mucho menos transmitirla. Vuelvo a ser inexistente frente al mundo, y cómo me cuesta. La imposición a no existir pesa en mi corazón, que pasa de ser violeta a ser negro en un pequeño segundo profundo.

Últimamente me preguntáis si estoy bien. Yo también me lo pregunto a menudo, no os creáis. ¿No os parece una pregunta muy difícil de contestar? Creo que lo que necesito es dejar de ser una escritora tan transparente. De algún modo, necesito regresar aquí, pisar el suelo otra vez, agarrar la pluma y arrancar eso que no quiero arrancar porque tengo miedo de irme otra vez.

De agotarme.

Y miedo, también, a llegar a dónde quiero llegar y ser feliz. 

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Escribir sobre el amor [real]

Os voy a confesar algo (ya sabéis que me gusta contaros secretos aquí, en nuestra habitación propia, que nadie puede oírnos). Desde niña soy una enamorada del amor. Del amor en todas sus formas, motivos y colores. Del amor de todo tipo, del amor que se puede demostrar y del que no. Del amor imposible y del amor prohibido. Del amor que es fácil pero también del que es difícil. Del que te eleva a unos palmos sobre el terreno. Del que es capaz de hundirte (eso también es real). Del que te cura. Del que te duele. Del que te hace crecer y del que te hace seguir siendo una niña.

El amor. ¡Ay! El amor. Masculino y femenino al mismo tiempo. Abstracto y tan concreto. El amor. El motivo principal que siempre nos ha movido, ¿verdad? Una de las principales semillas que han motivado la existencia de la literatura.

El auto-amor

Creo que nunca he escrito nada en el que el amor no sea una parte fundamental de la trama y de sus personajes. Desde novelas de ciencia ficción y fantasía, pasando por la metaliteratura y la literatura intimista que es con la que más a gusto me encuentro. Y aun con sus delirios y sus desdoblamientos, el amor es fundamental para las vidas que habitan entre mis líneas. Y en las líneas de otras, porque cuando leo busco ávidamente esos ramalazos de cariño, de unión entre seres humanos sean cuales sean, sea cuál sea su situación, sea cuál sea su interior. Malvadas o benévolas. Pequeñas o grandes. Mujeres u hombres. No importa. Entre las páginas impresas de un libro siempre ha habido cabida para cualquier forma de cariño. Siempre ha sido más fácil querer.

Con todo, a veces el amor [real] puede ser diferente al que escribimos o al que leemos. Todo depende, porque no existe una ley universal escrita de cómo debe ser, cómo tiene que evolucionar y cuánto tiene que durar.

Vayamos a la RAE:

amor.

(Del lat. amor, -ōris).

1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.

Nuestra insuficiencia nos lleva a buscar el encuentro y unión con otro ser.

O tal vez no es eso. Yo creo que el amor [real] es otra cosa. ¿Vosotras?

Seré osada. Pero solo cuando he sido capaz de encontrar mi propia “suficiencia” he podido encontrar lo que conozco como el amor real (ahora ya sin corchetes). Cuando he sido capaz de palpar mi propio corazón y abrazarlo, quererlo tal y cómo es, con sus carencias y sus virtudes, con sus vergüenzas y sus cosas bonitas. Con su inseguridad y su altivez. Ahí estaba en mi pecho, tan dentro. Y me ha costado una eternidad saber entender lo que quería decirme.

Las grandes historias de amor

Escribir siempre ha sido la solución a casi todos mis sentimientos, a esas incógnitas, a esas cosas que me daban miedo. De un modo u otro, cuando escribía lo que pensaba conseguía entenderme mejor. Hay muchas páginas que tan solo han existido para mí misma y luego se han destruido. No importa que su vida haya sido así de breve y se haya evaporada, porque a mí me han servido para llegar hasta aquí.

Recuerdo que una de mis primeras historias de amor era sobre una rana y un sapo. Se casaron al conocerse y se amaron para siempre. Una pareja heterosexual y feliz. Otra, titulada El Caldero Mágico, tenía como protagonista al más tímido de la clase que se enamoraba locamente de la chica guapa del instituto (tan altiva y prepotente, tan afilada, como siempre nos han dicho que eran las mujeres). Luego las cosas se fueron complicando. Teníamos a una compañera de piso enamorada locamente de su mejor amiga, mientras ésta ignoraba rotundamente sus sentimientos y terminaba con el héroe de la historia. Después una anciana enamorada de una joven fallecida años atrás. Una testigo de Jehová comprometida con un muchacho, pero enamorada de otra mujer.

2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.

3. m. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo.

4. m. Tendencia a la unión sexual.

Pero las grandes historias de amor no solo hablan de personas. Nuestros personajes también se enamoran de sus lugares, de sus recuerdos, de los libros que escriben, del aroma del café, del anhelo de la eternidad, de aquella playa, de aquel reencuentro, de aquellas flores. Podemos sentir un amor irracional por nosotras mismas o por nuestras hijas, convertirse en algo peligroso y fascinante. También podemos pensar en el amor que despierta en nosotras, tal vez, nuestro trabajo o nuestra vocación. 

7. m. Esmero con que se trabaja una obra deleitándose en ella.

A amar también se aprende

En mis años como escritora no siempre he tenido la misma concepción del amor. Esta ha ido evolucionando poco a poco hasta llegar a lo que es ahora. Sin lugar a dudas, amar sin ponerle límites a mis sentimientos, con confianza ciega y con sumo cariño, es lo mejor que me ha regalado la vida. Puedo considerarme feliz y afortunada, porque no falta la dosis de amor necesaria en mi día a día. Propia y ajena. Y eso es mucho más de lo que siempre he necesitado.

Pero para llegar a este punto y a este equilibro hay que aprender, equivocarse y sufrir un poquito por ello (¿cuántas páginas acaban en la papelera antes de llegar a la definitiva?). No pasa nada, esos pasos también son amor al fin y al cabo, amor del real, que es hermoso y feo a la par. Amor del día a día, el que nos ayuda a ser más libres y más nosotras mismas. Amor que es fundamental pero que no lo es todo de igual forma, en ese complicado y delicioso equilibro. Podemos jugar con él, podemos abrazarlo bien fuerte y podemos hacerlo crecer, pues es infinito y no termina nunca (¡Cómo Marafariña!).

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La habitación propia se queda vacía

Cuando entrevisté a Pilar Bellver en A Librería, dijo esta frase que tengo muy grabada adentro:

Escribiendo la novela sobre el papel llevo unos 10 años. Y mira que todavía hablo en presente. Así que no sé si le he dicho “adiós”; parece que no. De hecho, si hubiera una segunda edición de la novela, ya tengo hechas, redactadas y enviadas a los editores unas cuantas correcciones: he aligerado párrafos, por un lado, pero, por otro, he añadido un episodio de cierto calado a uno de los capítulos finales. Me pregunto si algún día dejaré de escribirla.

La escritora egoísta

Terminar de escribir una novela es un fenómeno raro. No sé ese término existe en realidad. Supongo que todo depende de la implicación real que tengas con la historia, de la dependencia que se haya generado con sus personajes, o su función real en todo esto. En mi caso personal, Marafariña e Inflorescencia (comprendidas para mí como un libro único) siguen estando implicadas intensamente en mi rutina y en pensamiento en el día a día. Con Todas las horas mueren esa relación se apagó poco después de terminar la historia, tal vez como algo más saludable, algo que me hizo liberarme. ¿Cómo explicarlo? La novela de Olivia Ochoa me liberó, se acabó y se fue como algo pasajero. Pero Olga y Ruth siguen ahí, en su esencia poderosa. Como en la propia secuela, a mí también me aparecen hojas secas en la almohada, yo también siento la poderosa llamada de la espesura que no parece resuelta a dejarme marchar.

Creo que no es un hecho aislado, quiero pensar que no es parte de una divagación personal. Sigo hablando de esta historia en presente, como si de un modo u otro no estuviera cerrada. Tal vez no está cerrada porque es imposible cerrar algo en lo que he estado centrada gran parte mi vida. Algo que me ha hecho tan feliz y tan infeliz al mismo tiempo, como una deliciosa tortura en un bucle infinito que no puede terminar jamás.

Pero ahora es vuestra. ¿Y qué hace esta escritora, un pelín egoísta, que la quiere solo para sí? Que quiere ser generosa y abrir las puertas de ese lugar para vosotras pero, al mismo tiempo, tiene miedo, esta reacia, es pequeña, se encoje. Llora. Escucha a sus musas gritar en su cabeza que no se callan, que no se quieren callar.

Nos sentimos abandonadas en pleno aguacero y echamos a correr bajo el azote del agua.

Elena Ferrante

Nunca se termina en realidad

Entre mis compañeras y amigas escritoras, ocurre algo similar en la mayoría de los casos. Cuando, todavía ahogadas por el agotamiento y exhaustas del cansancio y de las energías depositadas en esta historia (historia que sale de entro, que germina en nuestro interior, que florece) una nueva empieza a colarse de manera incontenible. Y quieres descansar, pero ese afán creativo no te deja. ¿De dónde sale? ¿Quién lo empuja? No lo sé. Pero por mucho que se intente silenciar o dormir, es imposible. Él manda. Ellas mandan, las musas, quiero decir. 

Así que hablar de una terminación en esta profesión dedicación es, en realidad, un eufemismo en sí. Como he señalando tantas veces, una de las pocas cosas eternas que existen es la literatura, su perdurabilidad, su desafío al tiempo. Qué descarada y qué hermosa es, ¿a qué sí? Que se enfrenta a todo, que abandona a sus autoras y autores sin remordimientos. Y nosotras, dejándola ir, poco a poco. Se escurre entre los dedos como un hijo que te abandona. Pero de pronto la nueva hoja en blanco ya no está en blanco, se llena de palabras, de heridas, de personajes, de vivencias, de lugares. No da tiempo a que la habitación propia se quede vacía. Nuestra propia literatura no nos permite sufrir de esa manera, en su inexcusable generosidad.

Por eso Ruth y Olga me han dejado este vacío tan lleno de todo. De esas opiniones que poquito a poco van llegando, me han transmitido parte de su coraje, me han dejado entrar en sus vidas. Son mis mejores amigas, siempre lo serán. Son parte de mí, como otras muchas cosas. Y, de algún modo, ellas y su Marafariña siempre están ahí, día a día, en el interior de esta habitación cálida y mía. Solo mía. De la soledad violeta tan ansiada.

Escribo mientras vosotras me escribís a mi. Mientras sé que, en algún lugar, alguien más está leyendo estas líneas que yo misma creé con el más cuidadoso del mimo que poseo. Tan inexperta. Tan arriesgada al palpar esas palabras, sílabas rotas. Las letras que, como a Millás, se me aparecen a todas horas, impregnadas de hojas, de esencia, de sueños.

Así que, queridas mías, flores mías. Sigo aquí. Agazapada en mi pequeño mundo. Silenciosa. Esperando con respeto lo que tenga que pasar, sintiéndome un poco más escritora (o la escritora que anhelo llegar a ser) y un poco menos esa Miriam llena de congoja, de morriña, de saudade

Inflorescencia me está haciendo feliz y me está haciendo melancólica al mismo tiempo. Tibia dualidad, que me mantiene viva.

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Photo by Anna Sullivan on Unsplash

Si te has quedado con ganas de más, te recuerdo que he inaugurado un canal en Youtube. Puedes ver aquí mi primer vídeo hablando de #MujeresEnLaLiteratura:

¿Y qué hay de la novela intimista?

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1. m. Tendencia literaria centrada fundamentalmente en la expresión de los sentimientos y de las emociones más íntimos.

La literatura “comercial” del siglo XXI

Cuando estudié literatura en el instituto (de esa forma tan superficial y tan mediocre que solo consiguió que la mayoría de mis compañeros no volverían a querer leer un libro en sus vidas) al llegar a la escritura del XX y XXI las definiciones empezaban a complicarse. Los movimientos literarios habían desaparecido como tal, se publicaban historias con géneros tan variopintos como difíciles de clasificar. Recuerdo que la profesora hablaba de novela policíaca y novela fantástica, con una breve definición, metiéndolas en el mismo saco, sin tener demasiado cuidado en quemarse. Esa Miriam joven tenía dudas de lo que eso significaba, ¿ese batido indicaba el fin de la buena literatura y de su historia? ¿Nos habíamos perdido completamente? ¿Ya no había un espíritu real? Esa maestra había dicho, con cierto desdén, que hoy en día la única literatura que triunfaba era la comercial y que si queríamos leer de verdad debíamos limitarnos a los clásicos.

Me pareció una afirmación bastante arriesgada, torpe y desconsiderada. Por aquel momento, aunque no había publicado nada, escribía como nunca por las noches. Y me negaba a pensar que lo hacía con un afán comercial sin más. Tal vez, si no hubiera sido tan tímida, habría tenido el valor de replicarle algo. No sé, quizás decirle que eso no era del todo cierto. Que los escritores de hoy en día eran más reales que las clases sociales altas que en los Siglos de Oro eran los privilegiados que publicaban libros, obras de teatro poesía. Que las mujeres recién habían aparecido en las portadas de esos títulos y que su historia no había hecho más que comenzar. Que, ahora, hoy por hoy, incluso los que no teníamos un gran poder económico teníamos la posibilidad de contar lo que quisiéramos contar.

Eso, claro está, lo escribo con esta fuerza que me concede la edad adulta (bueno, más o menos). En esos años adolescentes mi visión era más idealista: poco me faltaba para ser J.K Rowling, conseguir un contrato millonario y pasarme el resto de mis años escribiendo si ningún tipo de preocupación. No me importó desilusionarme después, eso me permitió seguir dedicándome con locura a esto.

Mis primeras novelas “realistas”

Como ya dije en más de una ocasión, yo comencé escribiendo novela fantástica juvenil pura y dura. Tenía muy claro que quería especializarme en ese género y explotar toda esa imaginación que era tan fuerte, tan brillante y nunca se agotaba. No sé en qué momento dejé de sentir interés por seguir contando este tipo de historias y empecé a escribir lo que en aquel momento quise llamar novela realista.

realismo1.
De real1 e -ismo.

1. m. Forma de ver las cosas sin idealizarlas.

2. m. Modo de expresión artística o literaria que pretende representar fielmente la realidad.

Pero las historias que yo escribí no eran realistas exactamente. El primer libro “adulto” que escribí tenía 400 páginas y se titulaba Una luz en la oscuridad, algo que recordaba a una de esas canciones de Alex Ubago que tanto sonaban por aquel entonces. Por si tenéis curiosidad, la trama trababa de una mujer que había rescatado a un niño en un terremoto en Ecuador y lo había llevado a España de manera ilegal para criarlo junto a su otra hija, después de quedarse viuda. Al poco, la mujer es enviada a prisión y los dos niños deben criarse solos. El núcleo de la historia comenzaba cuando la madre volvía a salir de la cárcel y se encontraba un mundo nuevo y a dos hijos desconocidos para ella.

Realista no es, pero tampoco se trata de una novela fantástica. Creo que podía catalogarse como narrativa de ficción a grandes rasgos. Tampoco llegaba a ser intimista. Pero en el fondo comenzaban a verse esas pinceladas: los sentimientos de la madre (Penélope, como la tía de Olga en Marafariña) y de su hija (Elisa) eran claves para llenar las páginas y páginas de esa historia.

Después escribí una bilogía de novela negra, ambientada en una comisaría de policía de A Coruña. La protagonista se llamaba Olivia (como la anciana que regentaría el Café en Fontiña tanto tiempo después) y era, como no, una heterosexual al uso que se enamoraba de otro policía con el que trabajaba. Pero le había dado una importante vuelta de tuerca y esta joven convivía con Olga, su mejor amiga, la cuál se habría enamorado de ella e introduje así mi primer bollodrama antes de si quiera haber salido del armario. Qué cosas. Otra vez, de nuevo, afloraban los sentimientos.

El género intimista

La novela intimista se fue convirtiendo, poco a poco, en mi tipo de literatura favorita. Casi todo lo que buscaba leer respondía a esa necesidad y fue así como me especialicé en leer a autoras sin darme cuenta de ello. Y es que han sido ellas, estas grandes mujeres, las que han focalizado su escritura a desengranar este género tan humano, tan poco comercial, y tan necesario. La literatura que habla de cómo nos sentimos, de por qué, que tiene un fuerte componente filosófico y que, sin embargo, carece de especialización.

Marafariña Todas las horas mueren son dos novelas claramente intimistas, aunque abarquen muchos más géneros (porque la especialización única, creo, ya no existe). Cuando yo trabajaba en ellas todavía no sabía cómo catalogarlas, eso ocurrió después. Hoy sigue siendo difícil ya que, tristemente, no es un tipo de novela que esté en auge y que despierte interés. En ese sentido me encuentro un poco perdida: no existen revistas online para autoras de este género, tampoco blogs especializados (aunque en A Librería tiene su clara representación semana a semana) ni cuentas de Twitter que compartan este tipo de obras exclusivamente. Se ha quedado ahí, como una minoría dentro de la minoría que es la literatura en sí.

Supongo que esto no es del todo negativo, que las épocas de cada cual fluyen y es un ciclo natural. Sin embargo yo estoy resuelta, desde mi humilde oportunidad, de seguir reivindicando un género tan necesario, tan vital, tan literatura pura y dura. Aquel que no entiende mucho de normas narrativas al uso, que experimenta, que se explaya sin miramientos y que ahonda en el amor, en la amargura, en la amistad, en la familia, en la búsqueda de la felicidad. Que pretende abrirse paso entre el corazón del lector que se decide a abrir sus páginas. Que quiere, sin lugar a dudas, dejar una huella que nunca se podrá borrar.

 

Foto de Morgan Basham en Unsplash

Mi habitación propia

Démosle una habitación propia y quinientas libras al año, dejémosle decir lo que quiera y omitir la mitad de lo que ahora pone en su libro y el día menos pensado escribirá un libro mejor

He estado releyendo a Virginia Woolf últimamente y solventando el problema de que, todavía, no había leído su famosísimo ensayo Una habitación propia (del que publicaré una crítica en A Librería a finales de este mes) al que pertenece la célebre frase que abre esta entrada.

No es ningún secreto que mis lecturas son toda una inspiración para mí. Y ya no solo en la faceta como escritora. Quiero referirme a algo que va más allá, digamos mi alma, digamos mi personalidad. O lo más profundo de mi corazón. Que sí, es cierto, es un corazón de escritora (y está lleno de letras, y de tinta, y de personajes). Pero también es un corazón de mujer joven, de mujer algo dolorida, de mujer llena de sueños y de mujer que nunca se cansará de buscar el amor y la felicidad.

Quería reflexionar, si me lo permitís, sobre esa habitación propia. La lectura de Woolf me ha hecho pensar mucho sobre esa búsqueda de independencia económica y una habitación propia e íntima en la que sentarse a escribir. En el caso señalado en la obra, la escritora recibe esas quinientas libras de una herencia, por lo que no tiene que desempeñar ningún trabajo fuera de su casa para ganarse el pan. Para la escritora británica, este requisito era indispensable para escribir una novela mejor.

Que sí, es cierto, es un corazón de escritora (y está lleno de letras, y de tinta, y de personajes).

Lo cierto es que no suena mal. Mi alma artística siempre está abogando por esa libertad, he de reconocer que a veces me siento enjaulada con todas mis obligaciones tan técnicas, tan adultas, tan grises. Si hago un cálculo, tan solo puedo dedicar un 10% de mi vida a la literatura. Un porcentaje que divido entre lectura, escritura y los diferentes espacios que procuro sacar adelante. No es una gran cifra y, muchas veces, está atrofiada del cansancio y la desgana que son los propios enemigos de esta creatividad. Digamos que para ganarme esas quinientas libras debo abandonar mi habitación propia muy a menudo.

A pesar de esto, no puedo evitar sentirme un pelín orgullosa de mí misma. No es altivez ni prepotencia. Pero es necesario quererme un poco y ser capaz de apreciar mis propios logros, aunque no sean victorias (o sí). Careciendo de esa habitación propia y de la libertad que puede regalar una solvencia económica innata, lo cierto es que he conseguido publicar dos novelas de ficción, he trabajado en un proyecto literario remunerado y he sacado adelante, junto con David, el espacio de A Librería y esta página web que estás leyendo ahora mismo. He conseguido escribir un puñado de relatos, la mayor parte de los cuales no han obtenido mérito ni reconocimiento, y eso duele, y frustra y cansa. Pero he seguido. Y también me he leído más de sesenta libros en el último año. Tal vez esa novela podría haber sido mejorY aspiro, desde luego, a escribir esa novela mejor.

Si hago un cálculo, tan solo puedo dedicar un 10% de mi vida a la literatura. Un porcentaje que divido entre lectura, escritura y los diferentes espacios que procuro sacar adelante.

No obstante, diré, que si hubiera contado con una circunstancias diferentes, existirían muchas cosas que indudablemente me habría perdido. Moverte en el mundo laboral es toda una experiencia humana. He conocido gente estupenda y gente detestable, he podido indagar en que existen personas que le otorgan valor a otras personas y he sabido cómo te pueden llegar a doler las rodillas después de estar doce horas de pie sin descanso. He podido vivir cómo al gigante que te paga la nómina no le importan tus problemas personas, los cuales son molestos e insignificantes. He visto que existe muy poca humanidad en el ser humano. Y eso me ha permitido ser más fuerte, crecer y obtener mi propia libertad en este difícil engranaje social.

A veces me he sorprendido a mí misma cuando llegaba a esa habitación propia exhausta y muy tarde. Y, con el estómago vacío, era capaz de escribir insomne durante horas. La pasión literaria era más fuerte que nada. Y lo sigue siendo. A veces creo que puede destruirse el mundo, puede quemarse mi habitación propia que, de un modo o de otro, no dejaré de escribir.

Aunque a veces cuando gritas fuerte ni siquiera se devuelve el eco de tu voz, puede que, tal vez, algún día, escriba un libro mejor.

Es cierto. Ansío tener esa habitación y, sobre todo, gozar de la libertad de poder permanecer en ella todo el tiempo posible. Pero, por desgracia, es una perspectiva lejana hoy por hoy y, además, utópica.

Mientras tanto, seguiré llevándome mi rincón de escritora a cualquier parte en la mochila, en el bolsillo, en la mente y en el alma. Seguiré rescatando cada segundo libre para seguir golpeando con ferocidad las teclas de mis musas y dejando salir las historias que, cada día, quieren brotar de mí. Y, aunque todo podría ser mejor. Aunque a veces cuando gritas fuerte ni siquiera se devuelve el eco de tu voz, puede que, tal vez, algún día, escriba un libro mejor.

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Más de medio millar de libros

Porque sé que la gran parte de los que leéis semanalmente estas entradas no conocéis todo de mí, y creo que antes de hablaros de mi futuro, no está de más dejar caer cómo he llegado hasta aquí: cómo he llegado a vender más de medio millar de libros sin ser nadie

Vamos pisando poquito a poquito el mundo real.

En estas últimas semanas desconexión y de retiro interior me ha dado tiempo a pensar en muchas cosas. Lo creáis o no, un escritor se pasa más tiempo pensando y divagando que haciendo cualquier otra cosa. Si hiciera una regla de tres, podría confesar que para escribir una página tengo que pensar dos días enteros.

Pero en realidad no solo me dedico a pensar en lo que voy a escribir o cómo lo voy a escribir. Se trata de algo diferente: de cómo moverse, de cómo crecer, porque nadie quiere fracasar para alcanzar sus sueños. Y al final, aunque lo más importante es escribir y hacerlo bien, hay que centrarse en otras muchas cosas. Sin paños calientes: este blog me ha permitido alcanzar más lectores (y alguna que otra editorial) que el spam repetitivo con el que comencé a nacer en las Redes Sociales.

Me acuerdo de aquella época, y me gustaría retomar la actividad de este blog acercándome más a vosotros. Porque sé que la gran parte de los que leéis semanalmente estas entradas no conocéis todo de mí, y creo que antes de hablaros de mi futuro, no está de más dejar caer cómo he llegado hasta aquí: cómo he llegado a vender más de medio millar de libros sin ser nadieQue sí, lo sé, no es una cifra desorbitada, ni es un bestseller. Pero es un algo. Y ese pequeño atisbo de ego que cualquier artista alberga en su interior nos insta a creérnoslo. Al menos un poco.

Pues bien.

Yo soy una coruñesa nacida en el año 90. Tímida, callada y solitaria, no me resultó nunca muy fácil tener amigos aunque los anhelaba con todo mi ser. Creo que de niña quise ser feliz, aunque es verdad que tendía a estar triste y agobiada durante casi todo el tiempo. Cuando fui adolescente he de confesar que lo que yo vivía en mi presente me llevó a convertirme en alguien tóxico y difícil de tratar, por lo que durante muchos años estuve bastante sola. Sobra decir que no solo me refiero a las relaciones personales, sino también a la literatura.

Como podéis ver, el tiempo no me ha sobrado en ningún momento. Si echo la vista atrás me pregunto, ¿cómo diablos he sacado tiempo y energías para escribir?

No obstante, quiero presumir de esa pequeña Miriam que fue bastante luchadora. Porque considero que las cosas no fueron fáciles y que no he podido hacer muchas cosas de las que me gustaría. Por ejemplo, cuando terminé Bachillerato con bastantes buenas notas quería estudiar Literatura, pero las circunstancias no eran propicias y, además, mi  profesora de lengua castellana (en aquel momento, una especie de gurú para mí) me aconsejó que no hiciera Filología porque me costaría mucho encontrar trabajo. Por eso terminé haciendo un FP de Administración y Finanzas.

Mi afán de huir y de crecer me llevó a comenzar a trabajar con dieciséis años en los multicines de mi pueblo. Creo que odié ese trabajo desde el primer momento y no hacía más que pensar en irme. Pero tener una nómina, aunque sea pequeña, puede salvarnos la vida y al final me aferré a ese lugar como a un clavo ardiendo. En primer lugar, me permitió tener una importante independencia: con dieciocho años conté con el dinero suficiente para pagarme el carné de conducir, pude empezar a pagarme un coche y operarme mis nueve dioptrías. También pude afrontar el pago de unos trámites legales necesarios para romper con un suceso de mi pasado que me ensombrecía el presente.

Ahora, en un parpadeo, ya está en manos de mis queridos lectores cero y yo puedo respirar gozando de esta libertad.

Trabajé allí desde segundo de Bachillerato hasta hace poco más de un año. Tuve que compaginar esa ocupación con otra durante un tiempo eterno para poder subsistir con dignidad. Debido a que era una de las mejores de mi promoción de FP, opté a una entrevista con una pyme de reciente creación que necesitaba una contable. Salió bien y hasta hoy, donde ya llevo cómodamente ocho años.

Como podéis ver, el tiempo no me ha sobrado en ningún momento. Si echo la vista atrás me pregunto, ¿cómo diablos he sacado tiempo y energías para escribir?

Tal vez es que tengo algo de pasión. De único.

O tal vez es que amo tanto esto que no he podido dejar de hacerlo. Aunque haya significado sacrificar horas de sueño y de ocio, aunque haya significado perderme tanto del mundo de afuera. Aunque haya supuesto convertirme en una mujer atípica, silenciosa, feliz.

Feliz. Murakami dice que un escritor tiene que ser feliz mientras escribe. Me he dado cuenta que durante el proceso de escritura de mi próxima novela no he conseguido serlo, sino todo lo contrario. He sufrido, me he torturado, me he creído incapaz y la he abandonado muchas veces. Ahora, en un parpadeo, ya está en manos de mis queridos lectores cero y yo puedo respirar gozando de esta libertad. Entonces pienso (horas y horas pensando, sí) que, tal vez, no es del todo cierto que no he sido feliz escribiendo en final de Olga y Ruth.

Que yo venía aquí a deciros que lo he reflexionado y esta niña algo torpe y tímida ha conseguido acariciar su sueño de publicar libros. Es verdad que no he podido hacerlo con ninguna editorial (todavía) ni que tampoco soy una autora indie superventas. Pero más de medio millar de lectores han disfrutado con mis letras y eso, en realidad, tendría que ser suficiente.

 

El final de una novela

Un día, hablando con mi otra mitad, le dije que terminar una novela era complicado. Más bien el terminarla de manera adecuada. Porque si todas las historias terminasen al finalizar, acabarían con la muerte de sus personajes principales: es el único momento cuando ya no hay nada más que contar.

Pero no queremos eso. Si de alguna manera existe la eternidad es mediante el arte, la muerte es extraña y, aunque tiene poesía, a veces no tiene cabida en la hermosura de lo que queremos contar.

Esto me lleva a recordar el libro y la película de Las horas (os he hablado de ella en mi anterior blog). Creo que pocas historias pueden dar tanto de sí con tan poco. Por eso es uno de mis libros y películas favoritas y, por eso, la vuelvo a ver cada cierto tiempo. Es este tipo de novelas sobre la vida que tienen mucho que enseñar. Si no la habéis visto/leído podéis dejar de leer; os doy permiso. Corred a verla, porque puede que os cambie la vida.

Vaya, habéis vuelto. Seguiré hablando entonces del final.

Como decía, Las horas, es un brillante poema sobre el proceso creativo y su finitud. Dos de la mujeres protagonistas escriben y la otra es una ávida lectora. La primera de estas mujeres escritoras es, nada más y nada menos, que Virginia Woolf. Una Woolf obsesionada con el final de su novela La Señora Dalloway. Pero no he venido aquí a hacer una crítica literaria (eso lo hago mejor en A Librería). En un punto de la novela, ella dice:

Alguien tiene que morirse para que sepamos apreciar la vida

Ella también parecía creer que la muerte (y, en su caso particular, el suicidio) ayudaba a alcanzar ese final de la obra. Pero la vida también puede resultar en un final justo, feliciano, tranquilo, triunfal. No creo que el llegar a la expiración de la novela, nuestra novela, tenga que ser necesariamente en el punto más trágico. Pero, eso sí, debe serlo con coherencia.

¿Cuándo zanjar la situación? ¿Cuándo dar por finiquitado ese argumento que puede girar entorno a un amor, a una amistad, a una aventura, a un lugar? ¿Dónde dejar caer la guillotina?

Todo depende del tipo de novela que estemos creando. Como decía, una muerte puede ser un recurso exquisito ante determinados argumentos; pero no es ni por asomo el único (y mucho menos es siempre el adecuado). En general, la mayor parte de las historias contadas tienen una razón de ser y pretenden llegar a un punto. Existe una situación concreta que debe solucionarse. Esa solución es lo que tenemos que saber comunicar.

En el romance, la meta a alcanzar será la unión final de los enamorados (dos o más…) o su definitiva ruptura o separación. En la novela de aventuras, tal vez lo sea alcanzar una reliquia o enfrentarse a un terrible monstruo. En la Ciencia Ficción conseguir protegerse de una invasión extraterrestre. O, por ejemplo, en la policíaca, atrapar al terrible asesino de una serie de crímenes. A veces el motivo está claro. Otras, no tanto.

De hecho, ¿nunca os ha ocurrido, como lectores, que al finalizar un libro sentís que esa última página es demasiado vacía? ¿Demasiado silenciosa? ¿Abrupta? ¿Extraña? Lo que ocurre es que hay novelas que no tienen una conclusión al uso; es dónde el escritor tiene que lograr ese equilibrio entre dejar todo perfectamente abarcado (o no) y crear cierto impacto. Lograrlo con poesía, con suma destreza, con elegancia.

En mi caso, los finales que he escrito hasta ahora han sido fruto del calor del momento. Las musas que se vuelven locas y, de vez en cuando, regalan pequeñas joyitas para colocar el punto y final. De todas maneras, creo que lo más aconsejable (no es propio de un buen escritor dejar el asunto en manos del capricho del azar… ¿no?) es buscar inspiración en los grandes clásicos, en las mentes más brillantes que ha dado la literatura. Aprender de sus trucos y hacerlos nuestros. Ese final es, al final, lo que permanecerá en la mente de nuestro lector por más tiempo.

Por cierto, os dejo las últimas frases de mis dos novelas autopublicadas. ¿Qué os han parecido?

Marafariña desaparecía ante Ruth, haciéndose cada vez más y más finita. Más mortal. Nada.

Marafariña Libro Primero

No pienses ni te tortures, como yo, por la mortalidad de las horas. Olvida, mi querida Dorotea, que todas las horas mueren.

Todas las horas mueren

Penélope

Y tal vez justo por eso Penélope es uno de mis personajes favoritos: porque, en realidad, nunca he llegado a tenerla.

Al etiquetar mi primera novela, Marafariña, como una obra de ficción autobiográfica en más de una ocasión me habéis preguntado a quién corresponde cada uno de los personajes que la conforman. Los más interesados, por supuesto, mis allegados y amigos que se han buscado con afán entre sus páginas. Pero, os diré, nada es tan sencillo. Y mucho menos la literatura.

A lo largo de diversas entradas en este espacio me gustaría acercaros un poco más las razones y motivos que han movido a cada uno de mis personajes, mis hijos, trocitos de mi alma. Que han sido (y son) mi más absoluto y cálido refugio.

Y hoy quiero hablaros de Penélope.

Penélope es una de mis creaciones más auténticas y entrañables. Es la tía de Olga, sobre la que recaerá el peso de cuidar de su sobrina y su cuñado una vez que Estefanía fallece tras una larga enfermedad. Sobra decir que se trata de una mujer fuerte, altruista, sufridora, empática y que derrocha amor. No existe el egoísmo en su personalidad, vive y se desvive por el bienestar de su familia. Y sí, puedo decir que Penélope es un personaje real.

—¿Y tú cuándo te irás de vuelta a Barcelona?

Lanzó la pregunta sin pensar, sin darse cuenta de que estaba exponiéndose a su tía, exponiéndole su miedo y desazón al pensar en qué harían ella y su padre solos en aquel lugar. Penélope los mantenía unidos y equilibrados, cuidaba de ambos como si fueran dos niños pequeños que necesitaran constante atención.

—Le juré a Estefanía que no os dejaría solos. Y pienso cumplirlo. Ahora velar por tu bienestar y por el de tu padre es mi prioridad. Quiero que estéis bien y pienso quedarme todo el tiempo necesario. No te preocupes por eso.

Ella es alguien a quien quiero con todo mi corazón, pues representa la figura de algo de lo que carezco en mi propia vida. El pilar, el clavo al que aferrarse. La tía, la hermana de una madre que te quiere, que te cuida sin medida. Que lo haría todo, todo y más por ti. Esa que te otorga la más absoluta y tibia certeza de que nunca jamás estarás sola, nunca jamás ocurrirá algo tan devastador como para apartarla de tu lado.

Como he dicho, yo sí que tengo a una Penélope. O la tenía. Porque me entristece enormemente que ella ya no esté, que se haya ido, que haya abandonado eso que teníamos, que nos unía. Sentir que ya no le importa nada y que ha querido cegarse a una realidad que nos es inexcusable.

El proceso creativo de la tía de Olga fue sencillo, porque está plagado de anhelos e inquietudes. Y tal vez justo por eso Penélope es uno de mis personajes favoritos: porque, en realidad, nunca he llegado a tenerla.

 

Será mejor…

La imagen que pintamos de esa figura en nuestra mente se asemeja a la de un ser divino, extraordinario que llegamos a vanagloriar. Y lo que está por encima de la consideración de lo humano, tan vulgar, tan trivial, tan banal, forma parte de otro mundo.

La idolatración puede ser un gran sufrimiento y una poderosa decepción.

Precisamente de esto habla el tema que da título a esta entrada, el cuál venía escuchando esta mañana en el coche de camino al trabajo. Será mejor es una canción del último trabajo discográfico de la artista María Rozalen, probablemente una de sus canciones más profundas y logradas a pesar de su aparente sencillez. No resulta fácil, de todas formas, encontrarle el significado real aunque no pasa desapercibido el desgarrador sentimiento que transmite esa dulce voz rota, un tanto irascible. El videoclip de la misma tampoco ha servido para aplacar dudas. Sin embargo, y por suerte, la cantautora es dada a tratar con su público en los conciertos y actuaciones. En varias ocasiones llegó a explicar su verdadero significado.

Canta, narra, crítica, analiza la idealización que nos formamos hacia aquellos artistas a los que admiramos. Esto puede oscilar desde un músico o cantante, un escritor, periodista o filósofo. La imagen que pintamos de esa figura en nuestra mente se asemeja a la de un ser divino, extraordinario que llegamos a vanagloriar. Y lo que está por encima de la consideración de lo humano, tan vulgar, tan trivial, tan banal, forma parte de otro mundo.

Incluso más allá de la adolescencia, podemos llegar a sentir este tipo de admiración que es real y nos inspira. Nos alivia y nos hace crecer. En mi caso, muchos nombres de escritores han formado parte de mi altar intocable de figuras de las que imitar sus pasos, algunos de estos son contemporáneos, por los que existe la posibilidad de encontrarte con ellos en un momento dado y, si hay suerte, mantener una breve conversación.

¡Y qué mayor privilegio que tener el gusto de trabajar amistad con alguien en quien te inspirabas! ¡Puede ser muy enriquecedor!

En el citado tema musical se señala, con acierto y hermosura, el peligro de dicho acercamiento. No olvidemos que nuestro Dios particular es tan humano (¡o más!) que nosotros mismos, que tendrá sus propios defectos que no están contemplados por nosotros en ningún caso. A veces podemos llevarnos una terrible decepción, casi dolorosa, como cuando se quiebra un sueño y nos quedamos sin esa ilusión que nos recuerda que todavía somos niños. A Rozalén parece que le llegó a ocurrir, y a mí también.

Pero no siempre tenemos que referirnos a grandes figuras del panorama musical o literario. El mundo independiente ha creado auténticas celebridades en las Redes Sociales, donde este fenómeno fan puede acrecentarse, aunque de otro modo. La cercanía que los autores pueden tener con los lectores (o en otros ámbitos) puede ser bonita y, al mismo tiempo, peligrosa.

Yo he tenido buenas y malas experiencias en ese sentido. Ha habido diferentes Blogueros o escritores independientes que admiraba con sinceridad pero, a la hora de un acercamiento, esa magia parecía perderse. De igual forma, ha ocurrido precisamente lo inverso… ¡Y qué mayor privilegio que tener el gusto de trabajar amistad con alguien en quien te inspirabas! ¡Puede ser muy enriquecedor!

Parece, pues, que la línea se hace cada vez más difusa. Ya no existen tantos dioses (si eso, semi-dioses), ya no se evoca la perfección. Decía Rozalén que sería mejor dejarlos en la vitrina y no rozar ni siquiera su piel. En ocasiones probablemente.

Pero, en otras, nos perderíamos grandes cosas.

Por cierto, disfrutad del videoclip aquí. Es maravilloso.

Proceso creativo: ¿Cómo nació “Todas las horas mueren”?

Fontiña se entremezclaba con Marafariña, y Olga y Ruth con Olivia y Dorotea en un macabro juego de mis musas por volverme loca.

Aunque ahora ser celoso de la privacidad resulta todo un reto, dado que las Redes Sociales son un suculento medio de catarsis y de desahogo inmediato, lo cierto es que todos los escritores guardamos nuestras debilidades y flaquezas bajo llave. Esto no tiene nada que ven con la vanidad (tal vez sí, pero un poco), sino más bien con el temor.

Es harto conocido, y reconocido, que escribir un libro es toda una hazaña que, además, implica momentos duros con uno mismo. Al fin de cuentas, ese diálogo entre nosotros y nuestra historia se prolonga durante meses, durante años y con ella se crean vínculos muy reales de difícil definición. El autor debe amar y querer su proyecto, mimarlo con cuidado y dedicarle el tiempo necesario. Durante ese período creativo, dentro de ese círculo secreto, nada puede importunarnos ni detenernos.

Pero, ¿cómo nace la idea precisa de una obra? ¿De dónde me surgió el Café de Fontiña y sus personajes? ¿Por qué?

Al contrario de lo que pueda parecer, no fue algo premeditado. De hecho, estaba totalmente inmersa en la escritura de Marafariña Libro Primero cuando ese precioso aroma a café se acercó a mis fosas nasales sin piedad. Lo primero que me acarició fue el título, que vislumbré con una claridad abrumadora. Y, acto seguido, la figura de Olivia Ochoa me cautivó. Me encontraba en un aeropuerto y todo lo que tenía cerca para tomar notas era mi teléfono móvil. En ello anduve entretenida un buen rato.

A las pocas horas, el aletazo de inspiración ya había hecho crecer toda una planta en la maceta de mi imaginación. Me consideré afortunada y maldita al mismo tiempo: mi mente se sobrecargó las semanas posteriores. Por mucho que quisiera relegar la escritura de esa novela para más adelante, no podía ignorarla. Empecé a escribirla despacio, a sabiendas del formato que quería darle y la extensión que tendría. Era tan diferente a mi ópera prima que sentí hasta pavor. ¿Por qué? Tal vez es que la literatura es tan caprichosa que ni nosotros mismos podemos definirnos. Fontiña se entremezclaba con Marafariña, y Olga y Ruth con Olivia y Dorotea en un macabro juego de mis musas por volverme loca. Ambas novelas compartieron el alma, pero Todas las horas mueren desechó los aspectos puramente autobiográficos para criarse en la más absoluta ficción.

Dorotea y sus motivos aparecieron después. Y también Laura. Tampoco formó parte de una ardua tarea de meditación, solo llamaron a la puerta cuando lo consideraron oportuno. Ellas se hicieron encajar y yo nada podía hacer por detener esas vidas que ya habían comenzado.

Un escritor está a merced de lo que los hilos de la historia determinen, es un mero títere, una marioneta sin voluntad. Los personajes y sus lugares crecen y se imponen, sabiéndose libres y poderosos. ¿Cómo importunar o obstaculizar su voluntad? ¡Sería tan insensato coaccionar su libre albedrío!