Los rituales de escritura [BlogTag]

Es gracias al vídeo de Ana González Duque y al de Javier Miró que me he tomado la libertad de adaptar este BookTag para Youtube a mi espacio. En realidad he encontrado este desafío (o más bien, confesión) en otros blogs, tanto en inglés como en castellano, así que tampoco me voy a colgar la medalla de ser pionera en algo. En fin, que me ha parecido un cuestionario curioso, cuánto menos, y enfocado a lo que más disfruto (y sufro) haciendo: escribir.

Así que aquí estoy, en mi casa, respondiendo al Writing Rituals Tag o el reto de los rituales de escritura.

  • ¿Cuándo escribes? 

Dado que mi jornada laboral es partida, parte por la mañana y parte por las tardes, mis horas para dedicarme a escribir son reducidas. Hace algunos años, era una escritora nocturna. Escribía todas las madrugadas, como si no necesitara dormir, y cualquier día de la semana.

Esta costumbre fue evolucionando con la llegada de una vida más adulta con sus ineludibles obligaciones, así que suelo escribir en casa por la tarde (a partir de las seis hasta las ocho, más o menos) y, en ocasiones, después de la hora de cenar. Aunque he de reconocer que no es una rutina diaria ni mucho menos, son muchas las semanas en las que apenas me siento a dedicarle tiempo a las teclas porque otros temas personales me lo impiden o por propio cansancio. Y ya no hablemos de cuándo las musas no quieren aparecer…

Los fines de semana me gusta dedicarme una buena maratón al proyecto en el que esté trabajando. Ahí el horario es libre y puede variar de entre dos a ocho horas… ¡No sabéis lo bien que me siento después!

  • ¿Cómo te aislas del mundo exterior?

Tengo la suerte de que mi casa es bastante solitaria. Muchos meses mi mujer está trabajando fuera o, cuando está aquí, suele estar en su trabajo cuando yo llego a casa. Y los gatos aprovechan para seguir durmiendo… así que no necesito demasiado para aislarme del mundo: terminar lo que me ha quedado pendiente de la mañana, llamar a quién tenga que llamar, un café caliente y… ¡a escribir!

  • ¿Cómo revisas lo que escribiste el día anterior?

Como he dicho antes, no siempre puedo escribir todos los días (por motivos ajenos o por falta de capacidad de sentarme a hacerlo), pero suelo revisar lo escrito el mismo día que lo he hecho algunas horas más tarde. Generalmente, cuando en la siguiente jornada me pongo a escribir, prefiero hacerlo de manera directa sin más preámbulos. Por eso, procuro dejar acciones atadas al final de cada escritura.

Cuando esto no es posible (bien porque me atasco, bien porque se trata de una parte demasiado extensa) sí que suelo releer exhaustivamente esa parte en concreto cada día que voy a comenzar con ello. Lo hago despacio, deteniéndome en corregir lo más destacable, pero mi objetivo siempre es continuar: ya habrá tiempo de revisarlo todo al terminar.

  • ¿Qué canción es la que te gusta cuando te sientes poco inspirado?

No suelo escuchar música en el acto escribir (antes sí que lo hacía), pero sí que me tomo pausas muy a menudo, también me pongo dos o tres canciones antes de empezar y al terminar. Y, en general, me paso el día escuchando música (conduzco una media de dos horas al día, eso me da tiempo a quemarme varios CDs). Soy una fan incondicional de lo conocido como género indie en castellano (lo siento, pero no suelo seguir ningún grupo ni cantante en inglés…): Love of Lesbian, Rozalén, Vestusta Morla, Izal, Vanessa Martín, Andrés Suárez, Iván Ferreiro… os hacéis una idea, ¿no?

  • ¿Qué haces siempre cuando te encuentras luchando con el bloqueo del escritor?

¡¡Vivo en un permanente bloqueo del escritor!! Y me ha sorprendido leer la cantidad de escritor que afirman no haberlo sentido nunca. Aunque claro, antes de nada voy a definir lo que es para mi el bloqueo (de eso he hablado en otras entradas, como en la de Abandona la novela).

Existe el bloqueo en el que, sin más, las ideas no llegan y la narración no fluye. La mente se ha quedado yerma, como un campo sobre el que no llueve y, simplemente, no nace.

A su vez, existe una especie de parálisis terrible: las ideas están ahí, las ganas también, pero cuando me siento ante el teclado no sale, no puedo. Me vence una sensación de derrota inadmisible, me siento exhausta. Para mí este es un punto crítico y doloroso (tal vez motivado a lo que mis propias letras despiertan en mí) y me veo obligada a tomarme largos periodos de descanso.

Así pues, para vencerlo, el descanso es importante. Mimarme, leer mucho, escribir entradas para este blog, ir a conciertos, al cine, ver series que me motiven y me lleguen de verdad. Y, sobre todo, el deporte. El correr y el caminar para mí han sido dos herramientas que me han salvado la vida, es a lo que recurro a diario para mantenerme en equilibrio conmigo misma.

  • ¿Qué herramientas usas cuando escribes?

¿Herramientas? ¡Bendito Microsoft Word!

  • ¿Cuál es la única cosa que no puede vivir sin una sesión de escritura?

Un café (o dos, o tres) y mis gatos cerca. Eso sí, la mesa debe estar ordenada y la habitación tiene que tener una aroma relajante (incienso, vela aromática…) y estar bien iluminada (preferiblemente por luz natural).

  • ¿Cómo te alimentas durante tu sesión de escritura?

No me gusta comer delante del ordenador. De hecho, soy muy estricta con ello. Para comer, cenar y merendar me gusta levantarme y hacerlo en la cocina. Me obliga a separar una cosa de la otra, aunque esté sola en casa en ese momento.

Sí que es cierto que casi siempre estoy tomando café mientras escribo (puedo tomarme de dos a cinco al día) y, de vez en cuando, picotear algo de fruta o humus con piquitos (qué vicio, por favor). Y chocolate. Pero el chocolate forma parte de los motivos para vivir.

  • ¿Cómo sabes cuando termines de escribir?

Voy a tomarme esta pregunta en el sentido de terminar de escribir la novela, no así su corrección (ese es otro cantar).

La historia se cierra sola. He de confesar que escribo por impulsos, odio tener un plan establecido, odio hacer fichas de personajes, hacerme esquemas y demás. No puedo con eso. Pienso en la novela durante todo el día, pero jamás tomo apuntes de nada. Sí, lo sé, soy un desastre (por eso os digo que para mí, escribir, es lo menos disciplinado que existe).

Pero sé cuándo se termina, aunque a veces me cuesta interpretarlo. Por ejemplo, terminé la secuela de Marafariña cinco veces distintas. Supe que los finales no eran definitivos porque la historia seguía llamándome una vez terminada, los personajes me reclamaban y yo me sentía vacía. Cuando ellos dejan de hablarme, cuando la novela me deja descansar, sé que está terminada.

¡Y hasta aquí este Tag de escritura! Por favor, comentadme qué os ha parecido… ¿Os ha sorprendido alguna respuesta en concreto?

Gracias por leerme una vez más. ¡Felices Letras!

¡Nuevo logo y nuevo diseño web!

Lo sé, lo sé. Este blog se actualiza los miércoles y también sé que desde que tengo la costumbre de contaros mis novedades también por aquí, además de en mis Redes Sociales (donde os invito a seguirme, en FacebookTwitter e Instagram) estoy abriendo mi casa más de la cuenta… ¡Pero os prometo que no es a propósito! (aunque sé que os gusta tanto como a mí vernos más a menudo).

El motivo de esta actualización es que, como podéis percibir, he modificado el diseño de mi página web para hacerla más visual y resumir un poco mi contenido añadiéndole una portadaPelearme con wordpress ha merecido la pena, ya que hace mucho tiempo que tenía ganas de darle un lavado de cara a mi casa, para que estuviera más vistosa para vosotros. Además, hay que empezar a prepararse para lo que se avecina, ¿no?

Pero no solo eso (por favor, no os vayáis todavía). Y es que de manera tan altruista y desinteresada como siempre, Gemma Martínez ha diseñado un logo. ¡Sí, tengo un logo por fin! (otro pasito más hacia mi marca personal).

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La imagen que ha diseñado para representar este espacio es, en realidad, un escaparate poético de las historias que han formado parte de mi literatura durante estos años: una hoja (Marafariña), un reloj (Todas las horas mueren) y una flor violeta… Espera, espera, ¿una flor violeta? ¿Y eso?

Tal vez se avecinan esos cambios de os que tanto os he hablado. Tal vez están cerca, muy cerca.

¿Qué os parece? ¿Os gusta este nuevo enfoque? ¿Hay ganas de saber qué se esconde tras esa flor violeta?

¡Ah! Y no quiero irme sin antes deciros que, además, mis queridos Gemma y David ha iniciado una locura fantástica. Se trata de un juego de cartas llamado Indie Wars que os explican estupendamente en este post en su sitio web. Y no puedo dejar de mostraros mi avatar (que es, por cierto, ideal para este Halloween):

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Miriam Potter y Letra convertida en lechuza

¡Gracias por leerme de nuevo! ¡Que tengáis un fantástico inicio de semana!

 

 

 

Las cenizas

En Galicia el aire hoy no es puro y fresco. La lluvia ha tardado meses en aparecer y el frío llega tímido, como si esta fuera una tierra extraña para él. Pero el otoño ha sembrado las calles, las aceras, las carreteras y los senderos de hojas quebradas a modo de alfombra. Al pisarlas crujen, como queriendo recordarnos a cada paso que todo tiene un ciclo. Todo termina en algún momento, incluso lo que parece que siempre permanece.

Este fin de semana Galicia y Asturias han ardido. El fuego apareció cómo un monstruo poderoso, famélico, y comenzó a devorar lo que había a su paso. Era como una guerra entre la Naturaleza y las cenizas. Todo lo que más amamos, lo poco bonito que todavía nos queda, desaparecía de la peor manera posible ante nuestros ojos. Nuestros refugios, nuestros bosques, nuestras leyendas. Nuestra paz. Todo se iba consumiendo, mientras las llamas se reflejaban en nuestras pupilas líquidas.

Y aunque estos días esto ha sido noticia, lo cierto es que es algo que sufrimos de manera habitual aquí. Durante este verano demasiado largo para A Costa da Morte y las Rías Baixas he visto diferentes focos de camino al trabajo. Hace unas semanas un peligroso incendio tiñó de negro un monte que está al lado del Centro Comercial más importante de la ciudad y a pocos metros de una multinacional de combustible. Si lo piensas, la tragedia pudo haber sido apoteósica.

Tal vez os habréis dado cuenta de que la única bandera de un gallego son sus bosques. Que su manera de reivindicar el país del que se siente es cuidarlo. Que es el himno de este pueblo pacífico y sosegado. Su forma de ser libres. Cuando nos lo quitan, cuando nuestra senda habitual es atacada por las llamas, cuando aquel bosque mágico donde nos gusta perdernos los domingos es asesinado, cuando nuestras hermosas ciudades son rodeadas por una muralla de fuego, nos sentimos desolados. Estos días, en mi tierra, se sufrieron en un silencio aterrador.

Pero con estos os digo. Que aunque nos los quemen, nosotros lucharemos por defenderlo. Que nuestras nubes comenzaron a llover porque Galicia ama Galicia y jamás dejaría que sucumbiera. Porque cuando las aguas se volvieron negras, todo un ejército de voluntad asió los guantes de la fortaleza para devolver la vida a este lugar. Lo volveremos a hacer. Lo volveremos a hacer cuantas veces sea necesario. Este país no se rinde, no se cansa, no flaquea. No pierde el tiempo en batallas absurdas, solo entrega el corazón por proteger lo suyo. Lo suyo que es de todos. Porque nuestra tierra es la tierra de todos los que quieran conocerla.

Florecerá. Os lo prometo. Volverán esos bosques a estar vivos. La lluvia aliviará el dolor. La magia que habita en estos lugares nos ayudará a recuperar nuestro verde libre. Y en nuestra memoria siempre estarán aquellos que perecieron en estos días negros y oscuros, como almas heroicas que han velado por lo más hermoso que nuestros ojos han visto jamás.

Nunca máis.

Más de medio millar de libros

Porque sé que la gran parte de los que leéis semanalmente estas entradas no conocéis todo de mí, y creo que antes de hablaros de mi futuro, no está de más dejar caer cómo he llegado hasta aquí: cómo he llegado a vender más de medio millar de libros sin ser nadie

Vamos pisando poquito a poquito el mundo real.

En estas últimas semanas desconexión y de retiro interior me ha dado tiempo a pensar en muchas cosas. Lo creáis o no, un escritor se pasa más tiempo pensando y divagando que haciendo cualquier otra cosa. Si hiciera una regla de tres, podría confesar que para escribir una página tengo que pensar dos días enteros.

Pero en realidad no solo me dedico a pensar en lo que voy a escribir o cómo lo voy a escribir. Se trata de algo diferente: de cómo moverse, de cómo crecer, porque nadie quiere fracasar para alcanzar sus sueños. Y al final, aunque lo más importante es escribir y hacerlo bien, hay que centrarse en otras muchas cosas. Sin paños calientes: este blog me ha permitido alcanzar más lectores (y alguna que otra editorial) que el spam repetitivo con el que comencé a nacer en las Redes Sociales.

Me acuerdo de aquella época, y me gustaría retomar la actividad de este blog acercándome más a vosotros. Porque sé que la gran parte de los que leéis semanalmente estas entradas no conocéis todo de mí, y creo que antes de hablaros de mi futuro, no está de más dejar caer cómo he llegado hasta aquí: cómo he llegado a vender más de medio millar de libros sin ser nadieQue sí, lo sé, no es una cifra desorbitada, ni es un bestseller. Pero es un algo. Y ese pequeño atisbo de ego que cualquier artista alberga en su interior nos insta a creérnoslo. Al menos un poco.

Pues bien.

Yo soy una coruñesa nacida en el año 90. Tímida, callada y solitaria, no me resultó nunca muy fácil tener amigos aunque los anhelaba con todo mi ser. Creo que de niña quise ser feliz, aunque es verdad que tendía a estar triste y agobiada durante casi todo el tiempo. Cuando fui adolescente he de confesar que lo que yo vivía en mi presente me llevó a convertirme en alguien tóxico y difícil de tratar, por lo que durante muchos años estuve bastante sola. Sobra decir que no solo me refiero a las relaciones personales, sino también a la literatura.

Como podéis ver, el tiempo no me ha sobrado en ningún momento. Si echo la vista atrás me pregunto, ¿cómo diablos he sacado tiempo y energías para escribir?

No obstante, quiero presumir de esa pequeña Miriam que fue bastante luchadora. Porque considero que las cosas no fueron fáciles y que no he podido hacer muchas cosas de las que me gustaría. Por ejemplo, cuando terminé Bachillerato con bastantes buenas notas quería estudiar Literatura, pero las circunstancias no eran propicias y, además, mi  profesora de lengua castellana (en aquel momento, una especie de gurú para mí) me aconsejó que no hiciera Filología porque me costaría mucho encontrar trabajo. Por eso terminé haciendo un FP de Administración y Finanzas.

Mi afán de huir y de crecer me llevó a comenzar a trabajar con dieciséis años en los multicines de mi pueblo. Creo que odié ese trabajo desde el primer momento y no hacía más que pensar en irme. Pero tener una nómina, aunque sea pequeña, puede salvarnos la vida y al final me aferré a ese lugar como a un clavo ardiendo. En primer lugar, me permitió tener una importante independencia: con dieciocho años conté con el dinero suficiente para pagarme el carné de conducir, pude empezar a pagarme un coche y operarme mis nueve dioptrías. También pude afrontar el pago de unos trámites legales necesarios para romper con un suceso de mi pasado que me ensombrecía el presente.

Ahora, en un parpadeo, ya está en manos de mis queridos lectores cero y yo puedo respirar gozando de esta libertad.

Trabajé allí desde segundo de Bachillerato hasta hace poco más de un año. Tuve que compaginar esa ocupación con otra durante un tiempo eterno para poder subsistir con dignidad. Debido a que era una de las mejores de mi promoción de FP, opté a una entrevista con una pyme de reciente creación que necesitaba una contable. Salió bien y hasta hoy, donde ya llevo cómodamente ocho años.

Como podéis ver, el tiempo no me ha sobrado en ningún momento. Si echo la vista atrás me pregunto, ¿cómo diablos he sacado tiempo y energías para escribir?

Tal vez es que tengo algo de pasión. De único.

O tal vez es que amo tanto esto que no he podido dejar de hacerlo. Aunque haya significado sacrificar horas de sueño y de ocio, aunque haya significado perderme tanto del mundo de afuera. Aunque haya supuesto convertirme en una mujer atípica, silenciosa, feliz.

Feliz. Murakami dice que un escritor tiene que ser feliz mientras escribe. Me he dado cuenta que durante el proceso de escritura de mi próxima novela no he conseguido serlo, sino todo lo contrario. He sufrido, me he torturado, me he creído incapaz y la he abandonado muchas veces. Ahora, en un parpadeo, ya está en manos de mis queridos lectores cero y yo puedo respirar gozando de esta libertad. Entonces pienso (horas y horas pensando, sí) que, tal vez, no es del todo cierto que no he sido feliz escribiendo en final de Olga y Ruth.

Que yo venía aquí a deciros que lo he reflexionado y esta niña algo torpe y tímida ha conseguido acariciar su sueño de publicar libros. Es verdad que no he podido hacerlo con ninguna editorial (todavía) ni que tampoco soy una autora indie superventas. Pero más de medio millar de lectores han disfrutado con mis letras y eso, en realidad, tendría que ser suficiente.

 

Los errores

He cometido más errores en mi vida de los que podría detallar. Y, con ellos, puedo hacer dos cosas: aprender y escribir historias que me ayuden a superarlos.

Con esta frase comienza el prólogo de mi próxima novela en la que estoy trabajando con tesón (y en la que seguiré haciéndolo todo el verano, el próximo otoño, al caer el invierno y al florecer la primavera). Resulta un poco irónico que de esos errores a los que me he querido referir ahí pueda nacer una historia que, a su vez, abarca muchas historias.

Os voy a contar un secreto, ya que estamos en casa, ya que hemos formado esta pequeña comunidad íntima y cálida. Sé que puedo contar con vosotros, tengo esa confianza ciega en que trataréis con honesto cariño todo lo que os diga. Lo justo sería escribir un post cada día para daros las gracias por permitirme liberarme a través de esto (he estado tentada de hacerlo muchas veces), espero que no os olvidéis de todo lo que os debo por estar ahí, mes tras mes, con esa paciencia infinita.

¡Ah! Sí, sí. El secreto.

Hacía mucho tiempo que no podía llorar. Y cuando me refiero al no poder llorar me refiero al llanto de alegría y el de tristeza. Supongo que sabréis lo terrible que es no poder llorar, porque es algo que todos hemos experimentado. Además, sabemos que después de hacerlo nos sentiremos mucho mejor. Pero el estar congelados es un abismo extraño, cómodo e incómodo al mismo tiempo. ¿A qué narrador se le ocurrió la magnífica idea de que nuestra mente fuera tan compleja que ni nosotros mismos podemos dominarla?

Mi otra mitad y yo hablamos durante horas, en una conversación que a mí se me antojó muy dolorosa y, supongo, que para ella tampoco resultó sencilla.

Pues bien, sumado a mi interminable lista de errores, he tenido que añadir alguno más. Hace poco menos de un mes determiné que mi próxima novela (la secuela de Marafariña) ya estaba terminada y era digna de enviarla a mis lectores cero. Esto ocurrió después de que transcurrieran varios meses sin ser capaz de ni acercarme a ella. Entre mis propias páginas y yo se abrió un abismo terrible (pero terrible, terrible) y por eso empecé a publicar post tan apocalípticos como el de Abandona la novela o ¿Por qué no me presento al Concurso Indie 2017?. En fin, que me decidí a ser valiente… para volver a equivocarme.

Justo tras enviar unos cuantos e-mails y mensajes tibios entre aquellos que esperaban leer cómo iba a terminar la historia de Ruth y Olga se sucedieron unas horas extrañas. Mi otra mitad y yo hablamos durante horas, en una conversación que a mí se me antojó muy dolorosa y, supongo, que para ella tampoco resultó sencilla. Porque decirle a alguien a quien quieres que está desgastada y que ha perdido (casi) las esperanzas de volver a escribir con las mismas ganas que antes, que consideras que no lo ha dado todo de sí, es un acto de rebeldía a la tan poco útil condescendencia.

Así que esa misma noche, a horas inciertas y poco adecuadas, comencé a escribir y llamar para disculparme a esos amigos que, con tanta buena fe, se habían dispuesto a leerme de nuevo. Y les pedí perdón por haberles enviado el borrador definitivo que no era el definitivo. Y me sentía de nuevo tan pequeña, tan torpe y tan ridícula que temía al rechazo y a la soledad. Sí, en efecto, me había equivocado de nuevo. Otra vez. El error un millón.

Creo que fue prudente por mi parte haber frenado, recapacitado para hacer resucitar la historia.

Aunque, ahora que lo pienso, decir que eso fue un error es ser un poco dura conmigo misma. Me decía mi otra mitad que si no me hubiera equivocado no me habría dado cuenta de que podría estar mejor y ser más justa con la novela. Lo cierto es que, aunque corrí el riesgo de que mis lectores cero me tomaran por una desequilibrada (aunque a estas alturas es posible que ellos y que vosotros esto ya lo sepáis, le tendré que enseñar a mi terapeuta todas estas entradas, a ver qué me dice), creo que fue prudente por mi parte haber frenado, recapacitado para hacer resucitar la historia.

Así que, error o no, lo que no me gustaría es llamarle fracaso. De todas maneras, creo que ese suceso me sirvió para despertar porque me permitió volver a llorar en esa mezcla de sentimientos que siempre me despierta la literatura (porque al escribir, no pudo evitar hablar de mí misma): tan felices, tan intensos, tan amargos. Fue una manera de pediros perdón y de pedirme perdón por estar tentada de abandonar tantas veces.

Otra vez. El error un millón.

Errores, benditos sean. Porque nos ayudan a crecer, a ser nosotros mismos, a odiarnos para volvernos a querer. Nos ayudan a buscar a nuestros personajes y rodearnos de su abrazo.

¿Vosotros también os habéis equivocado alguna vez?

Pero… ¿Por qué la literatura?

Supongo que tengo esa imperiosa necesidad de sentir que lo que hago sirve para algo más que para mi disfrute individual, quiero buscarle una trascendencia.

Seguro que a vosotros también os lo han preguntado alguna vez, que por qué dedicáis tantas horas a leer, qué clase de entretenimiento tienen esos libros, por qué disfrutáis tanto leyendo, qué es lo que os hace felices (¡feliz! ¡Qué estado de ánimo tan fuerte y complicado!). ¿Y por qué demonios estáis tan radiantes cuando escribís?

No sé a vosotros pero siempre me ha parecido una pregunta bastante difícil de contestar esa de “pero… ¿Por qué la literatura? sobre todo cuando me la lanzo a mi misma en este intento desesperado de buscar el sentido a mis pasos. Supongo que tengo esa imperiosa necesidad de sentir que lo que hago sirve para algo más que para mi disfrute individual, quiero buscarle una trascendencia. Esta semana tuve una charla con mi otra mitad en referencia a esto y, si os digo la verdad, no sabía cómo explicarme. Ni tampoco supe determinar cuándo empezó todo.

Puede parecer una respuesta banal. Pues porque sí. Y ya está. Desde luego, debería ser suficiente. Pero no todo es siempre tan simple y mucho menos cuando hablamos de la literatura (del arte en general, si queréis). Aquí abro un inciso. Como algunos de vosotros sabéis, de vez en cuando estudio algunas asignaturas por la UNED de Literatura y Lengua Castellana, cuando mi trabajo y la vida real me lo permiten. Una de estas materias fue Introducción a la Teoría Literaria en la que aparecían muchas de estas teorías defendidas a través de la historia que buscaban encontrar este sentido del arte. Y, aunque es posible que la literatura tenga una faceta objetiva, también lo es el hecho de que sus cimientos son bastante opinables.

Pero recuerdo, como si fuera hoy, esa impresión de euforia y de cariño hacia esos personajes y ese suceso que me pertenecía a mí.

Las explicaciones acerca del nacimiento y los motivos de la literatura han sido muy varios. Por un lado está el afán de eternizarse, el de encontrar la belleza, el simple deleite, la distracción, la denuncia social y política, la manera de mostrar la fealdad del mundo, el aprendizaje, la ficción… Pero en realidad dudo que, cuando somos niños y empezamos a escribir cuentos porque sí no estamos motivados por nada de esto (o tal vez sí).

Creo que, cuando era pequeña y escribí mi primera historia breve, lo hice sin pensar, sin más. Pero recuerdo, como si fuera hoy, esa impresión de euforia y de cariño hacia esos personajes y ese suceso que me pertenecía a mí. Es cómo alargar un trocito de tu alma y de tus esperanzas. Como pisar sobre una nube y lanzarse a volar. ¿Sabéis a lo que me refiero? Ojalá ese sentimiento pudiera permanecer para siempre tan inocente y tan tierno.

A mí la idea de dejarlo me enloquecía. De hecho, los años que no pude escribir fueron los más fríos de mi vida. Era como no poder respirar.

Con los años ese alegría pueril fue madurando y volviéndose más ambiciosa. Dejó de ser un juego y se convirtió en un alivio para lo que me preocupaba o una manera de distraerme. Pero esa euforia seguía apareciendo. Crecí y eso creció conmigo. Y seguí escribiendo y seguí leyendo, sin plantearme por qué lo hacía, sin plantearme por qué no podía dejar de hacerlo. Por qué yo seguía encadenada a las letras y mi hermana, que también leía y que escribía poemas, podía dejarlo de lado como si tal cosa. A mí la idea de dejarlo me enloquecía. De hecho, los años que no pude escribir fueron los más fríos de mi vida. Era como no poder respirar.

Y hoy día, ya cerca de los veintisiete años, me acuerdo de esa niña que escribía con vergüenza frente al ordenador en su habitación y me abrumaba la ternura y la verdad que había y hay en ella. A la que muchos le decían que eso, en realidad, no servía para nada. La que no paraba de pensar para qué servía, sin esperar a encontrar la respuesta para seguir haciéndolo. No sé por qué seguí, a pesar del cansancio, de la desesperanza, de que nadie me leía, de la ausencia de recompensas. Pero seguí, seguí hasta ahora. Ahora que todavía pienso seguir.

Como si el coraje de mis musas se materializase en mi misma. Y vuelvo a preguntarme por qué demonios escribo a pesar de todo. Y, aún sin saber la respuesta, no dejo de hacerlo.

Lo único que sé es que a mí la literatura me salva la vida día tras día. Porque a veces me siento triste, siento miedo, me siento mal. A veces la vida se me viene grande y no sé cómo afrontarla. Además, por si no lo sabéis, soy una persona débil y pequeña, insegura que anda siempre perdida. Soy todo eso excepto cuando escribo (y, sobre todo, cuando vosotros me leéis) que me vuelvo fuerte, grande y segura. Como si el coraje de mis musas se materializase en mi misma. Y vuelvo a preguntarme por qué demonios escribo a pesar de todo. Y, aún sin saber la respuesta, no dejo de hacerlo.

Este post es un llamamiento a todos vosotros. A los que estáis conmigo. A los que leéis, a los que escribís, a los que pintáis, a los que componéis música o tocáis un instrumento. A los que aprendéis a bailar, a los que diseñáis, a los que imagináis. A los que hacéis todo eso sin saber por qué, sin importar ningún tipo de beneficio material, pero sacrificándolo todo como si vuestra vida dependiera de ello. Porque en el fondo lo sabemos: nuestra vida depende de ello.

Respondedme, por favor, a la pregunta. Tal vez, entre todos, logremos saber cuáles son las respuestas. 

 

 

De la verdad

Y a mí, que me gustan tanto las Redes Sociales como escribir, pensaba en lo feo que sería subir una foto de esa puerta roja que ponía Área Quirúrgica – No pasar. O del suelo blanco. O de una camilla abandonada.

Seguro que habéis leído algo acerca de Patria. Esa novela gruesa que habla sobre la ETA. Esa tan densa. Tan difícil de leer. Esa que habla de la verdad. No he venido aquí a hacer una crítica literaria (aunque os hablaré de esta historia en A Librería en unos días).

Lo dicho, he estado leyendo Patria durante poco más de una semana. Es una historia que desangra, que hace perder la fe en la humanidad para volver a recuperarla pasadas unas páginas. Y ha coincidido con algunos sucesos tristes y difíciles de asumir en mi entorno personal y familiar. Entonces fui capaz de darme cuenta de la importancia que tienen esas letras impresas en páginas para mí. Son como mi coraje, como mi fuerza. El escudo. La sombra. La burbuja.

La madrugada pasada, sobre las 03.15 horas, estaba a la puerta de uno de esos quirófanos de urgencias. Seguro que habéis estado allí alguna vez. La sala de espera es solitaria, somnolienta. Allí no solo huele a miedo y a incertidumbre. Huele a horas sin dormir, a impotencia y a desencanto. Es como si esos ojos que se encuentran, tan ojerosos, tan rojos, tan perdidos, descubrieran en esos momentos que ahí está la verdad. La verdad de lo que es en realidad la vida.

Y yo estaba en una de esas salas de espera, con mi familia y con otro puñado de desconocidos. No había ventanas, pero de alguna forma se oía la lluvia. Yo estaba acurrucada en una de esas butacas rígidas y frías, con el libro entre las piernas, pensando en que había afrontado esa situación demasiadas veces en los últimos meses. Que el hospital no es un sitio amable pero, a base de la confianza, he aprendido a conocer cómo funciona la vida ahí adentro. Yo leía Patria. Estaba con esos personajes que sufrían tanto, que sentía que me comprendían. En esos momentos pensaba en todas las personas que dormían tan tranquilamente hasta que sonara el despertador. Dichosas ellas. Dichosos los ajenos a esto. Me preguntaba cómo era posible que la gente pudiera dormir a pesar del infierno que allí muchos vivían. En ese edificio blanco. Después pensé en los millones de infiernos que había en todo el mundo.

Luego me levanté y caminé en círculos. ¿Había pasado ya la primera hora? Me quedaban muy pocas páginas para terminar el libro. Tenía la blusa arrugada y miraba a los míos sin saber qué podía decir. En pocas horas, además, amenecería y tendría que ducharme e irme al trabajo. Porque el mundo no se detiene, aunque tú quieras detenerlo.

Y a mí, que me gustan tanto las Redes Sociales como escribir, pensaba en lo feo que sería subir una foto de esa puerta roja que ponía Área Quirúrgica – No pasar. O del suelo blanco. O de una camilla abandonada. O de ese señor que tenía una de las expresiones más tristes que he visto en nunca porque su mujer se debatía entre la vida y la muerte al otro lado. Dije es que no es apropiado. No es apropiado. Y no sé por qué no es apropiado. Porque esto sucede todos los días en el sitio más frío del mundo.

Cogí el libro para terminarlo. Bostecé. Tenía hambre y sueño, pero lo que ocurría fuera de esas necesidades físicas era mucho más trascendental. Qué absurdos somos. La lectura me oprimía el pecho, era terrible y hermosa a la vez. Tardé muy poco en llegar al final y, luego, suspiré con cierto alivio. Casi maravillada. Frente a mí todavía no había movimiento. Había que esperar. Esperar. Tenía la impresión de llevar una eternidad esperando.

Las musas brotaban en medio de esa semiagonía. ¡Caprichosas! Cogí una pequeña libreta y empecé a anotar sensaciones, más que ideas. Buscaría la forma de plasmar todo eso en el papel. Lo escribiré en una novela, será más fácil. Ayudará a otros. Como a mi me ha ayudado Patria. Sentí dulzura al pensar en escribir, y me frustraba no poder hacerlo y no saber cuándo podría hacerlo. Esos crueles ramalazos de egoísmo me hacen sentir fatal, pero yo ya no puedo contenerme.

Del enfado al cansancio. Después la leve alegría. Milagrosamente todo ha ido bien. Mirábamos a esa cirujana como si no pudiéramos asimilar lo que decía. Muchos términos médicos que sonaban mal, pero a los que ya estábamos acostumbrados. Guardé mis cosas en la mochila, también el libro, conteniendo las ganas de besar las solapas en señal de agradecimiento.

Llegué a casa muy tarde. El hogar dormía en penumbras. Un abrazo y un beso en la cama cálida. Los gatos vinieron a acurrucarse cerca. Estaba muerta de sueño pero tenía algo que escribir. Precisamente esto que estás leyendo ahora, porque lo necesitaba. Porque me hizo sentir tremendamente bien. Tal vez, diréis, no es lo apropiado. Pero la verdad de la vida no siempre es apropiada.

Ese edificio blanco

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La rutina en ese edificio blanco hace que la vida se vea desde otra perspectiva.

Las primeras horas pueden resultar realmente bruscas. Son un choque de amargura y ansiedad que a duras penas podemos soportar. Todo corre. Y nuestra rutina y esa cantidad de planes y obligaciones que figuran en nuestra agenda nos parecen una auténtica bobada. Tal vez, por unos instantes, nos podemos permitir el lujo de convertirnos en inválidos emocionales y quedarnos atrofiados por el terror. Ni siquiera necesitamos respirar, como un pequeño privilegio.

En esas preciosas (frías, impersonales, aisladas) salas de espera se congrega un grupo de gente con el que, en pocos minutos, se crean unos vínculos extraordinarios. Es en esas miradas huidizas, en esos suspiros un tanto melancólicos y en esas idas y venidas a la máquina de café. En ese ahora nadie podría comprenderte mejor que esas personas que, cómo tú, son ajenas al trajín urbano de más allá y se concentran en todo lo que ocurre al otro lado de esas puertas que son algo así como un abismo a otro mundo.

Porque, aunque a ti que estás ahí encadenada te parezca imposible que pueda haber alguien ajeno a ese mundo nuevo, sí que los hay. Y son gozosamente afortunados aún sin saberlo.

Cuando ya te has consumido las uñas, te has dado cuenta de que ese libro tan precioso no es capaz de deleitarte, que aunque tengas un hambre voraz los alimentos no tienen sabor en tu boca y la más estimulante conversación está plagada de torpezas, todo lo negativo termina convirtiéndose en el alivio de la resignación. Ya está. Eres una autómata más por esos pasillos largos y suaves. Sonreirás incluso a los que están a tu alrededor. Cuando te pregunten qué tal, podrías encogerte de hombros y decir bien, bien. Conoces ese momento: sabrás que durante esos días, quizás meses, serás capaz de alegrarte con muy poco.

A veces te cuesta respirar y dormir, pero no se lo dices a nadie. No quieres atosigar a los demás con ese agujero negro porque sabes que se terminarán alejando. Se compadecen, pero no lo entienden. Porque, aunque a ti que estás ahí encadenada te parezca imposible que pueda haber alguien ajeno a ese mundo nuevo, sí que los hay. Y son gozosamente afortunados aún sin saberlo. A veces puedes verlos a través de la ventana, libres cómo lo son los pájaros y cómo tú no sabrías serlo jamás.

Deliciosa flor

49h

El amor es una deliciosa flor; pero es preciso tener el valor de ir a cogerla del borde mismo de un horrible precipicio. Stendhal

No resulta insólito que haya sido en este romántico sentimiento donde ha recaído el mayor peso de la temática de todas las artes a lo largo de la historia. ¡Ay, el amor! Y lo complicado que resulta definirlo, explicarlo, transmitirlo, eternizarlo en las hojas de un libro. Millones de ocasiones se ha intentado buscar la fórmula perfecta de esta marea de sentimientos, tan única y tan especial, reservada solo para un puñado de afortunados y anhelada hasta la saciedad por la mayor parte de las almas. Amar y ser amado, buscar con insistencia ese camino de flores brillantes y rayos cálidos. Querer, con la simpleza de un niño, por toda la eternidad.

Por supuesto que adoro el amor. Es un ingrediente fundamental en mis historias, si es que existe algo que contar que de manera directa o indirecta no toque el músculo más fundamental del ser humano. Si bien es cierto que este protagonista indiscutible puede volverse enfermizo y demasiado doloroso en las historias novelescas. Nos gusta que así sea, nos gusta que desgarre, que duela, que sea imposible, que haya que pelar por él. Nos deleitamos en que nuestros protagonistas sufran mil y una desdichas antes de conseguir la merecida paz de los amantes. Y, al final, soñamos con que todo sale bien, que ese amor ha sobrevivido a mil y uno escollos en esa caída libre, que permanece sin fisuras. Irrompible.

Nuestros personajes se desgastan la vida en amar. Los mantenemos atados a ese mástil en medio de la marea y, en ningún caso, los dejaremos huir. Nos da igual que se ahoguen de ese cariño insano, nos da igual que sepamos que, pase lo que pase, sufrirán. No les dejamos irse, buscar otro tipo de salida. Somos tercos, crueles. Estamos locos. Pero creo que el amor nunca debería estar unido a este tipo de adjetivos, de ninguna manera.

Esto no quiere decir que dicho amor no haya que ganárselo y que no sea un camino arduo y duro. No existe la facilidad en el camino a la dicha, pero esto no quiere decir que sea una auténtica tortura. La constancia, la paciencia, la sinceridad y el cariño son claves a la hora de afianzar entre las manos el más puro y poderoso de los sentimientos. Sí, habrá flores deliciosas en este camino, pero también habrá maleza y días de lluvia. Tal vez duela, pero en ningún caso hasta el punto de destruirnos o anularlos.

Stendhal habla del horrible precipicio y me parece una metáfora acertada y preciosa para la historia literaria. En la realidad, no tendremos que acercarnos a ese acantilado en soledad. Habrá una mano fuerte que nos agarrará con firmeza y no permitirá, tan siquiera, que nos acerquemos a ese abismo.

Para Debie.

Pero corre. Corre.

205h

También lo has sentido alguna vez. Eso de estar desnuda, fustigada por ti misma. Maldita sea, también lo has sentido alguna vez. O muchas veces. Millones de veces. Jodidas veces.

Seguro que tú también lo has sentido alguna vez: esa impresión de que, al intentar agarrar la felicidad entre las manos, ésta se rompe en pequeños pedacitos de cristal y se esparce por el infinito. A veces esos pedacitos te causan terribles heridas entre los dedos y en el alma. La sangre emana delicada por la fisuras. Te vacía.

Pongamos que hay muros a tu alrededor. Esos muros representan los obstáculos que se interponen entre tú y tu alegría tan anhelada. Pongamos que, en un acto desesperado, intentas arremeter contra esas paredes gruesas y sólidas. Sí. El daño es real. Es probable que acabes tan debilitada que tardes varias horas, días, meses, años en poder levantarte. Esa pelea es inútil, además de devastadora.

Devastadora.

También lo has sentido alguna vez. Eso de estar desnuda, fustigada por ti misma. Maldita sea, también lo has sentido alguna vez. O muchas veces. Millones de veces. Jodidas veces.

Qué poco ortodoxa es la ira, qué poco tibia es la compasión. Y es casi obsceno usar la literatura para sacar de tu interior las lanzas sangrantes que la vida, el camino, ha dejado ancladas en tu corazón y en tu voluntad. Mermándola. Mermándote.

Pero corre. Corre.

Estás rompiendo la armonía de este texto mientras te balanceas en tu mar de dudas. La inutilidad es un cuchillo sin afilar que penetra igualmente por doquier. Es ese atisbo de sol a lo lejos que no puedes ver porque te quema en las pupilas. Te deja ciega. Y te hace sentirte perdida contigo misma.

Pero estás hablando. Hablas.

No reconoces tu propia voz porque está rota cómo nunca antes lo ha estado. Está tan rota que crees que nunca volverá a ser la misma. Gritas que odias. Odio. Odio. Y que no puedes. No puedo. No puedo. Y que pare. Para. Para. Luego todo es una espiral de un silencio que, sin más, es tan necesario como insoportable. El corazón te duele de tal forma que no puedes pensar con claridad. Después se para. Y, cuando vuelve a latir, notas que lo hace de manera diferente.