Olga

216h

Supe que nunca conocería a nadie como Olga.

Olga suponía el descubrimiento de algo nuevo, como una brecha en la cordura, como el sabor a la libertad. Y era tan extraña, auténtica, original. Quería contener mis sentidos, cerrar mis ojos, tapar mis oídos, sellar mis labios… pero su fuerza era como un maremoto devastador. Venía para abrirme el camino, un camino que yo ni tan siquiera sabía que se podía desdoblar en más senderos, en más oportunidades. Fue, casi, como conocer el mundo entero de un plumazo.

Fue especial porque fue la primera vez en mi vida que sentí que podía ser sincera con alguien sin miedo a ser juzgada. Ella lo supo todo de mí. Yo desnudé mi alma, mis más secretos anhelos. Era como si fuera capaz de silenciar mi conciencia. Y, además, me protegía. Porque ella convertía mi cobardía en coraje, con una facilidad apabullante. Con total seguridad, lo hacía sin darse cuenta, como quien es capaz de hacer magia sin ser consciente de ello.

Gracias a Olga crecí mucho. Estuvo conmigo cuando dejé de ser una niña para aparentar ser una mujer. Era el único refugio, mi primera amiga real, mi confidente. Pronto, sus problemas y su amargura, pasó a formar parte de mí misma. Su malestar me torturaba más que el mío propio. Me desharía la piel para arrebatarle todo aquello que le hacía daño. Así transcurrieron primero meses, luego años. Parecía que no hacíamos más que pelear la una con la otra. Dos insignificantes rocas contra la marea. Ahogándonos un poquito más cada anochecer.

Por eso, y aunque no sea correcto decirlo, Olga Castillo siempre será el personaje más especial de Marafariña Libro Primero. Y, por eso, siempre la querré de esta forma tan especial.

No era el momento idóneo para habernos encontrado. De no ser así, era probable que yo nunca hubiera reparado en ella. Ni ella en mí. Éramos como una antítesis de una misma palabra. Muy similares, pero polos opuestos. Por eso me fascinaba tanto y por eso yo le fascinaba tanto. Mientras Olga me enseñaba a cantar, yo le mostraba lo hermoso que podía ser el silencio. Mientras Olga me enseñaba cómo liberarme, yo le enseñaba cómo avanzar a pesar de las cadenas. Mientras Olga brillaba, yo me apagaba.

Creo que lo supimos, siempre, que aquello estaba abocado al fracaso. O, más bien, a terminarse. Porque dudo que pudiera existir fracaso posible. Existió un tiempo y luego se convirtió en algo diferente. Aun así, Olga fue, es y será lo trascendental, el cambio, la barrera, el rugido, la tempestad. Creo que es imparable, creo que es incontenible. A Olga no se le puede sujetar. Pero tampoco se le puede perder.

Por eso, y aunque no sea correcto decirlo, Olga Castillo siempre será el personaje más especial de Marafariña Libro Primero. Y, por eso, siempre la querré de esta forma tan especial.

Tu personaje y tú

Según la Wikipedia, un personaje es:

Un personaje es cada una de las personas o seres (humanos, animales o de cualquier otra naturaleza) reales o imaginarios que aparece en una obra artística.

En el lateral, la imagen que aparece para encabezar el artículo es la de John Tenniel para la novela de Alicia en el país de las maravillas.

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La creación de cada uno de los personajes que forman parte de la obra literaria es, con total seguridad, una de las labores más complejas y divertidas a las que cualquiera que desee escribir una historia, sea del tipo que sea, debe enfrentarse. Y debe disfrutar.

En mi caso particular, los personajes suelen presentarse en mi mente cogiendo la mano de mi musa mucho antes de que lo haga el resto de la historia. Es casi (solo casi) como empezar la casa por el tejado. No sé si esto es lo habitual o no, pero creo que no me equivoco al decir que la relación que se crea entre el autor y su personaje, o personajes, es intensa, real y muy duradera. Es casi (solo casi) como una historia de amor. Es también un peregrinaje, un aprendizaje, porque mientras él crece y va tomando forma, tú vas creciendo y vas conociendo facetas de ti misma que desconocías hasta el momento.

Porque si un lector audaz es capaz de leer a través de la piel de tinta de dicho personaje, encontrará partes de tu alma que jamás confesarías. Encontrará fragmentos de tu pasado, miedos ocultos y anhelos sepultados. Encontrará todo aquello que extrañas y todo aquello que todavía te queda por ver. También tú puedes llegar a encontrar sentimientos que nunca, hasta ese momento, habías experimentado. Puede ser, incluso, como una preparación: nuestro personaje, nuestro mártir, puede sufrir y experimentar situaciones que nosotros todavía no hemos vivido pero que, con total seguridad, llegarán algún día.

Dejando a un lado las fichas técnicas, los datos que podemos rellenar de cada uno, la definición de su forma de vestir, el olor de su aliento, el color de su pelo, su mal hábito de fumar, su música favorita, relaciones de parentescos, el primer amor o su mascota… En fin, dando por sentado que todo esto lo conocemos a la perfección, llega el momento del diálogo. Un diálogo que proseguirá incluso cuando la obra esté finalizada, incluso mucho después. Porque no es tan fácil decir adiós a ese trocito que has dejado ahí para hacer latir otro corazón.

Hay que matizar que este personaje (o personajes) es decir, nuestra Alicia particular, no tiene que coincidir necesariamente con el protagonista. Resulta curioso, por cierto, que en muchas ocasiones cuando a un autor se le pregunta por el personaje favorito de su obra o relato cite a uno secundario que, tal vez, incluso al propio lector le había pasado más desapercibido.

El limbo que une a la pluma y a su creación es difícil y diferente en cada situación. No todos los autores se sienten, de hecho, unidos a sus vasallos, convertidos en meros peones que no le despiertan sentimientos. Tal cosa, creo, resulta fría y poco enriquecedora. Esa falta de vínculo hará que la literatura no sea del todo real, que le falte la chispa de lo que el miedo, la furia y el amor pueden transmitir en gran medida.

¿No se trata de imitar la vida, pero de hacerlo con franqueza, hermosura y metáforas?

O de inventarla, claro está.