La hiedra contagiosa

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Estoy escribiendo una novela.

            Dejo constancia de esto el día 13 de junio del año 2016, en esta nota escrita que estará expuesta en el escritorio de mi habitación hasta la finitud de la misma, o de mí misma. Está redactada a mano, con un bolígrafo verde, asunto que tengo que lamentar. Al contrario de lo que cabría esperar de una escritora como yo, carezco de máquina de escribir. Tampoco tengo impresora, aunque sí un ordenador blanco, enorme y con poca poesía.

            Me gustaría explicar el motivo de dejar este folio pintarrajeado como testimonio del inicio de mi ópera  prima.

            Hay algo muy fuerte que ha brotado dentro de mí, como una flor inmediata en un anodino campo de césped seco. Más que brotar, ha aparecido, como si siempre hubiera estado bajo las raíces de la tierra pero que, por alguna razón, los rayos del sol y el agua de la lluvia no han sido suficientes para desenterrarlo durante todos estos años. Lo he sentido cómo una rotura en el pecho seguida de un fuerte dolor en un lugar indeterminado de mi cuerpo. He supuesto, creo que con acierto, que esa dolencia aguda procedía de la mismísima alma o conciencia, aquella que nadie sabe dónde está… tan solo donde perdura.

            Ese presentimiento se ha expandido desde mi boca, mis orejas, mis pechos, mis caderas, mi vagina, mis rodillas y mis tobillos. Luego, como una hiedra contagiosa, ha invadido el suelo de mi habitación, ha trepado por las paredes y se ha enroscado en la lámpara. Acto seguido se apagó la luz y yo fui prisionera de un pánico tan fuerte que apenas pude reprimir las ganas de orinarme encima como cuando era una niña. Durante unos instantes, unas horas, unos días, no pude ver nada. Mi mundo era blanco. Mi mundo era esa hiedra que quería matarme y el blanco. Recuerdo que intenté chillar, pero no pude. Moverme, pero no pude. Quise ser consciente de lo que me acontecía, teniendo la poderosa certeza de que había llegado mi finitud.

            En mi cuerpo y mente adulta se despertó mi niñez, y la heroína que me acompañó en mis sueños. La vi aparecer, como una bruma, en medio de ese océano blanco de ceguera. De lejos, muy de lejos. Casi no se acercó. Entonces mi corazón empezó a bombear muy deprisa, con tanta fuerza que creí que explotaría. No sé si lo hizo. Porque después me perdí.

            Desde esto han pasado tres días en los que apenas me he movido de mi habitación, que mantengo a oscuras y con las persianas a medio bajar. Tampoco tengo demasiado apetito, tan solo estoy poseída por un cansancio atroz, como si estuviera encubando algún tipo de enfermedad extraña. Tal vez es el pánico, que me está destruyendo por dentro.

            Pero no he comenzado a escribir una novela por motivo de tal cosa. Algo tan vulgar, tan triste y terrible como la hiedra que me ahogó en mi habitación no puede motivar el inicio de algo tan hermoso y vivo como lo es una historia que surge de la nada, como una melodía del viento con las hojas del bosque. Como el caprichoso baile de olas del mar con las gaviotas que las sobrevuelan. Y el atardecer que nunca se demora, ni nunca se anticipa. He empezado a empuñar el bolígrafo porque temo morir, morir de repente, y no haber escrito todo lo que tengo dentro. Y es tanto que, tengo la sutil certeza, de que es precisamente eso lo que me está haciendo perecer más rápidamente.

            Así que aquí permaneceré hasta que logre determinar qué voy a escribir y cómo lo voy a escribir. Lo único que sé es sobre quién voy a escribir. Sobre eso tengo la más absoluta certeza.

 

M.B.V.