Más de medio millar de libros

Porque sé que la gran parte de los que leéis semanalmente estas entradas no conocéis todo de mí, y creo que antes de hablaros de mi futuro, no está de más dejar caer cómo he llegado hasta aquí: cómo he llegado a vender más de medio millar de libros sin ser nadie

Vamos pisando poquito a poquito el mundo real.

En estas últimas semanas desconexión y de retiro interior me ha dado tiempo a pensar en muchas cosas. Lo creáis o no, un escritor se pasa más tiempo pensando y divagando que haciendo cualquier otra cosa. Si hiciera una regla de tres, podría confesar que para escribir una página tengo que pensar dos días enteros.

Pero en realidad no solo me dedico a pensar en lo que voy a escribir o cómo lo voy a escribir. Se trata de algo diferente: de cómo moverse, de cómo crecer, porque nadie quiere fracasar para alcanzar sus sueños. Y al final, aunque lo más importante es escribir y hacerlo bien, hay que centrarse en otras muchas cosas. Sin paños calientes: este blog me ha permitido alcanzar más lectores (y alguna que otra editorial) que el spam repetitivo con el que comencé a nacer en las Redes Sociales.

Me acuerdo de aquella época, y me gustaría retomar la actividad de este blog acercándome más a vosotros. Porque sé que la gran parte de los que leéis semanalmente estas entradas no conocéis todo de mí, y creo que antes de hablaros de mi futuro, no está de más dejar caer cómo he llegado hasta aquí: cómo he llegado a vender más de medio millar de libros sin ser nadieQue sí, lo sé, no es una cifra desorbitada, ni es un bestseller. Pero es un algo. Y ese pequeño atisbo de ego que cualquier artista alberga en su interior nos insta a creérnoslo. Al menos un poco.

Pues bien.

Yo soy una coruñesa nacida en el año 90. Tímida, callada y solitaria, no me resultó nunca muy fácil tener amigos aunque los anhelaba con todo mi ser. Creo que de niña quise ser feliz, aunque es verdad que tendía a estar triste y agobiada durante casi todo el tiempo. Cuando fui adolescente he de confesar que lo que yo vivía en mi presente me llevó a convertirme en alguien tóxico y difícil de tratar, por lo que durante muchos años estuve bastante sola. Sobra decir que no solo me refiero a las relaciones personales, sino también a la literatura.

Como podéis ver, el tiempo no me ha sobrado en ningún momento. Si echo la vista atrás me pregunto, ¿cómo diablos he sacado tiempo y energías para escribir?

No obstante, quiero presumir de esa pequeña Miriam que fue bastante luchadora. Porque considero que las cosas no fueron fáciles y que no he podido hacer muchas cosas de las que me gustaría. Por ejemplo, cuando terminé Bachillerato con bastantes buenas notas quería estudiar Literatura, pero las circunstancias no eran propicias y, además, mi  profesora de lengua castellana (en aquel momento, una especie de gurú para mí) me aconsejó que no hiciera Filología porque me costaría mucho encontrar trabajo. Por eso terminé haciendo un FP de Administración y Finanzas.

Mi afán de huir y de crecer me llevó a comenzar a trabajar con dieciséis años en los multicines de mi pueblo. Creo que odié ese trabajo desde el primer momento y no hacía más que pensar en irme. Pero tener una nómina, aunque sea pequeña, puede salvarnos la vida y al final me aferré a ese lugar como a un clavo ardiendo. En primer lugar, me permitió tener una importante independencia: con dieciocho años conté con el dinero suficiente para pagarme el carné de conducir, pude empezar a pagarme un coche y operarme mis nueve dioptrías. También pude afrontar el pago de unos trámites legales necesarios para romper con un suceso de mi pasado que me ensombrecía el presente.

Ahora, en un parpadeo, ya está en manos de mis queridos lectores cero y yo puedo respirar gozando de esta libertad.

Trabajé allí desde segundo de Bachillerato hasta hace poco más de un año. Tuve que compaginar esa ocupación con otra durante un tiempo eterno para poder subsistir con dignidad. Debido a que era una de las mejores de mi promoción de FP, opté a una entrevista con una pyme de reciente creación que necesitaba una contable. Salió bien y hasta hoy, donde ya llevo cómodamente ocho años.

Como podéis ver, el tiempo no me ha sobrado en ningún momento. Si echo la vista atrás me pregunto, ¿cómo diablos he sacado tiempo y energías para escribir?

Tal vez es que tengo algo de pasión. De único.

O tal vez es que amo tanto esto que no he podido dejar de hacerlo. Aunque haya significado sacrificar horas de sueño y de ocio, aunque haya significado perderme tanto del mundo de afuera. Aunque haya supuesto convertirme en una mujer atípica, silenciosa, feliz.

Feliz. Murakami dice que un escritor tiene que ser feliz mientras escribe. Me he dado cuenta que durante el proceso de escritura de mi próxima novela no he conseguido serlo, sino todo lo contrario. He sufrido, me he torturado, me he creído incapaz y la he abandonado muchas veces. Ahora, en un parpadeo, ya está en manos de mis queridos lectores cero y yo puedo respirar gozando de esta libertad. Entonces pienso (horas y horas pensando, sí) que, tal vez, no es del todo cierto que no he sido feliz escribiendo en final de Olga y Ruth.

Que yo venía aquí a deciros que lo he reflexionado y esta niña algo torpe y tímida ha conseguido acariciar su sueño de publicar libros. Es verdad que no he podido hacerlo con ninguna editorial (todavía) ni que tampoco soy una autora indie superventas. Pero más de medio millar de lectores han disfrutado con mis letras y eso, en realidad, tendría que ser suficiente.

 

Nueva reseña para ‘Marafariña’

Poco a poco voy retomando el ritmo después de las vacaciones y la boda, y sigo buscando cuál es la mejor manera de llegar a todos vosotros, mi familia. Y también a nuevos y potenciales lectores.

Desde que empecé con esta nueva web, exclusivamente enfocada a mi figura como autora y a mis obras, me he limitado a compartir una entrada personal cada miércoles. En las otras secciones podíais encontrar información sobre nuevas colaboraciones en otras webs, así como las reseñas que iban surgiendo de mis novelas publicadas actualmente, Marafariña y Todas las horas muerenpero no eran noticias que actualizara en el blog principal.

Lo cierto es que la cantidad de personas que leéis semanalmente esta página habéis crecido más de lo que cabía esperar, también los que estáis suscritos al portal y podéis recibir cada una de las nuevas entradas en vuestro e-mail.

Es hora de seguir abriendo la puerta.

Y aunque ya hace más de dos años que Marafariña se publicó, siguen llegando reseñas de la misma. Y la última que he recibido ha sido tan especial que no he podido contener el ansia de compartirla dedicándole un post único en este lugar (aunque también podéis acceder a ella en la sección correspondiente), práctica que llevaré a cabo a partir de ahora (a no ser que me digáis lo contrario…) y que, además, os ayudará a descubrir nuevos espacios literarios a tener en cuenta.

Se trata de la crítica realizada por Susana, del portal Libros Susther, que os invito a visitar pinchando en este enlace. Casi se me saltan las lágrimas al leer su generosa honestidad y la tibieza como, en un momento tan indicado, resucita la historia de Olga y Ruth.

Os dejo las partes que más me han gustado:

¿Tan bueno es Marafariña? Solo os digo que si tuviera una editorial (uno de mis sueños más inalcanzables) lo publicaría sin dudarlo.

Es de agradecer que aquí se haga hincapié en el amor, natural, libre y sin tapujos, entre dos chicas que se quieren. Olga ha tenido relaciones con mujeres y no le supone ningún problema; Ruth se enamora de ella y, por su parte, acepta lo que es sin darle más importancia que las consecuencias que ese amor tendrá en su complicado círculo. A mi modo de ver es una óptima manera de normalizar lo que es normal.

Incluso para recalcar lo que menos le ha convencido:

Algunos párrafos eran tan largos y describían con tanto detalle un bosque, una playa o los sentimientos de la una por la otra que no he podido evitar leer unos pocos fragmentos en diagonal.

En fin, otro gran impulso de energía de cara a la publicación de la secuela. Mientras tanto, si no la has leído, recuerda que podéis adquirirla en Amazon y en Lektu. Y, si ya lo has hecho, estaré encantada de que me dejes tu opinión en estos portales o en Goodreads.

¡Gracias por leerme!

La homofobia [no] está prohibida

“No debes acostarte con un varón igual a como te acuestas con una mujer. Es cosa detestable.” (Levítico 18:22.)

Me siento liberada de la rabia y la ira. Este es el principal motivo por el que, a lo largo de estos años, he sido capaz de escribir ciertas historias y hablar de ciertos temas sin enfurecerme, teniendo la capacidad de dar una visión panorámica de algunos hechos que he vivido y superado en mis propias carnes. Muchos sabéis a lo que me refiero, sobre todo si habéis tenido el gusto de leer Marafariña (novela que he publicado hace más de dos años pero que, por diversos motivos, seguís leyendo hoy en día. Editoriales: gracias por no creer en ella)Hoy en día no es algo que yo misma haya dejado olvidado, pues desde hace muchísimos meses sigo inmersa en este proceso de documentación y de descubrimiento mientras trabajo en la secuela de Olga y de Ruth.

Se tocan asuntos muy peliagudos a lo largo de las más de seiscientas páginas de esa obra, pero hoy creo que me parece acertado centrarme en tan solo uno de ellos: la homosexualidad entendida a través de los ojos religiosos.

Sin embargo, para “protegerse” han anunciado en sus últimas publicaciones que la homofobia está prohibida (les encanta prohibir) para cualquier Testigo Cristiano, pero que no hay que olvidar que Jehová Dios condena las prácticas homosexuales.

No rescato esto al azar, ni con ánimo de lanzar una crítica desgarradora a todos aquellos fieles y creyentes, sean del Dios que sean. Siento el más absoluto respeto por los que tienen una fe arraigada y los que son capaces de respetar a los demás a pesar de todo. Pero sí que me gustaría recalcar aspectos, porque sé que todavía hay muchas personas que siguen sufriendo inútilmente y sin ninguna culpa por algo por lo que no deberían sufrir. Y ojalá yo, hace tiempo, hubiera tenido unas palabras cómo estas a las que aferrarme. Precisamente, tuve una conversación sobre esto con unos amigos en los últimos días y no he dejado de darle vueltas y vueltas a eso de tener un lugar al que acudir cuando estamos prisioneros de ideas que atentan contra nosotros mismos.

Tal vez hayáis oído que el año pasado la Watchtower (Organización Mundial de los Testigos Cristianos de Jehová) fue denunciada por considerarse un grupo homofóbico (ideología que en España es ilegal). Ellos, aferrándose a las Sagradas Escrituras, no pueden aceptar libremente que dos personas del mismo sexo se amen o contraigan matrimonio. Sin embargo, para “protegerse” han anunciado en sus últimas publicaciones que la homofobia está prohibida (les encanta prohibir) para cualquier Testigo Cristiano, pero que no hay que olvidar que Jehová Dios condena las prácticas homosexuales.

A propósito de esto, han ido modificando interpretaciones de ciertos pasajes bíblicos para afianzar este pensamiento de condena (condena, atención a la palabra). Aunque creo que la mayor parte de sectas religiosas no simpatizan con cualquier tipo de manera de amar que se salga de lo predefinido, está claro que la Watchtower ha tenido a bien iniciar una guerra abierta. Y, como siempre, las víctimas son los que están abajo. Pisoteados, silenciados, olvidados.

¿Podéis imaginar cómo se siente ese alguien? Si no lo has vivido, es complicado. Pero os lo resumo: es el infierno interior.

Por favor, pensemos en cómo se siente alguien que siente, de manera natural e incontenible, amor por alguien de su mismo sexo. Pensemos en cómo la palabra condena acude a su mente. Junto con otras palabras como: rechazo, asco, atrocidad, pecado, apocalipsis, muerte, abandono, soledad. Pensemos en cuántas miles de personas hoy en día, todavía, cerca de nosotros, siguen siendo obligados a luchar contra sí mismos, a odiarse, a reprimirse, a esconderse. Llevándolos a una especie de suicidio interior del que es muy complicado liberarse. ¿Podéis imaginar cómo se siente ese alguien? Si no lo has vivido, es complicado. Pero os lo resumo: es el infierno interior.

Y no es sencillo darse cuenta que lo que tú sientes no tiene nada de malo. No tienes a nadie con quién hablar con libertad de eso. Además, son sentimientos que no quieres liberar ni entender. Es un vacío muy opaco. Luego está esa constante sensación de asfixia que no te permite respirar. Pero ellos dan soluciones. Existen guías de cómo luchar contra esos impulsos pecaminosos, existen hojas de libros repletas de maneras de reprimir esos pensamientos y sentimientos que, sin ninguna duda, ha puesto Satanás en nuestra alma para que caigamos en dicha condena. Esperad… ¿en serio nos estáis pidiendo que no hagamos lo que nuestro ser, nuestro cuerpo, necesita que hagamos?

Un miembro de la Watchtower que busque asesoramiento con respecto a este tema que le tortura puede toparse con artículos de los que podemos extraer párrafos como éste:

Alguien podría preguntarse: “¿Tiene justificación una persona para ceder a sus impulsos homosexuales por razones de genética o de crianza, o por traumas como el abuso sexual?”. No. ¿Por qué? Ilustrémoslo. Tal vez una persona tenga lo que algunos científicos llaman la tendencia hereditaria al alcoholismo, o quizás se haya criado en un hogar en el que el abuso del alcohol era algo normal. Sin duda, la mayoría de nosotros intentaría comprender a alguien así. ¿Pero sería razonable animarlo a seguir abusando del alcohol o a renunciar a su lucha tan solo porque nació con esa tendencia o fue criado en un entorno nocivo? Claro que no.

Sí, en efecto. Están comparando el alcoholismo con la homosexualidad. Como si fuera una enfermedad dañina y peligrosa. Y creo que tal cosa es denunciable, cuánto menos, a nivel moral. El atentando psicológico hacia el miembro de la Organización que es condenado por homosexualidad es una auténtica brutalidad.

Presumen de ser permisivos escudándose en que, de ninguna manera, su Organización va a oponerse a las Leyes del Estado que permiten lo que ellos llaman otras formas de vida, pero que un hermano cristiano siempre tiene que tener muy presente lo que dice la Biblia. Biblia en la que, por cierto, se habla de amor. Mucho amor:

“En esto todos conocerán que ustedes son mis discípulos, si tienen amor entre sí.” (JUAN 13:35.)

Que siga sucediendo esto implica que queda mucho por hacer y, sobre todo, mucho por ayudar. Y es bastante alarmante que, todavía, existan grupos religiosos que se escudan en las Sagradas Escrituras para torturar psicológicamente a los que, según ellos, aspiran a llevar otras formas de vida. Aunque si navegáis por su portal encontraréis una especie de programa de inserción para hermanos homosexuales, donde presumen de mostrarse comprensivos para con aquellos que sufren esos impulsos pecadores, lo cierto es que son rechazados y sometidos a entrevistas que parecen un auténtico interrogatorio criminal.

A mí me hicieron una de esas entrevistas.

Es complicado hablar de esto sin estar escondida detrás del nombre de un personaje de una novela, pero tal vez sea justo para que se sepa la verdad. Por ahí me presenté yo, en el Salón que visitaba dos o tres veces por semana, con mi falda hasta las rodillas y un jersey verde de manga larga. Recuerdo que me temblaban todo el cuerpo y me sentí una delincuente cuando aquellos dos hombres (que creía amigos, que creía familia) vestidos con elegantes trajes oscuros, se sentaron frente a mí y me dijeron que se me acusaba de algo muy duro y terrible.

¿Podéis adivinar qué era eso tan duro y terrible?

¿Podéis adivinar cuál fue mi respuesta?

Dije que no. Que de ningún modo. Que no. Qué cómo se atrevían. Que yo no era eso. Que yo no era así. Que jamás lo sería.

Y mentía. Y me odiaba por mentir. Porque yo quería decir a plena voz que sí, que en efecto, que sí que lo era. Que, por favor, me dejaran serlo, que me dejaran liberarlo pero que no me repudiasen por ello.

Sé que Marafariña ayudó a muchas personas a comprender qué ocurría dentro de esta secta. También, que llegó a manos que la necesitaban de verdad. Y, además, consiguió remover conciencias dentro de la propia Organización. Desde aquí me gustaría resaltaros a vosotros, a ellos, a todos, uno de los pasajes bíblicos que también cito en Marafariña:

Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley (Gálatas 5:22, 23)

Para saber más…

Los escritores que no están en la Feria del Libro

La inactividad es el peor enemigo de los sueños.

Los sueños están llenos de barreras. Y éste en concreto, el de escribir, del que siempre os hablo, no se trata de ninguna excepción.

Existen múltiples escollos a los que hacer frente, por lo que terminar una novela leíble se convierte en una auténtica hazaña partiendo de lo más básico: la idea principal, las ideas secundarias, desarrollar una trama y sus subtramas, darle vida a nuestros personajes, domarlos a ser posible, definir los capítulos, definir los giros argumentales, cómo queremos terminarla, qué enfoque le daremos, revisar, revisar, revisar, revisar, corregir, revisar otra vez, corregir…

A esta fase más profesional y técnica hay que añadirle la parte más humana (al fin y al cabo escribir es algo muy humano, muy pasional y defectuoso). Este camino de arduo trabajo está minado de altibajos a los que a duras penas nuestras musas pueden sobrevivir durante un largo período de tiempo. Por un lado está la euforia que nos embriaga en los fantásticos momentos álgidos y casi podemos saborear el próximo Premio Nadal entre la tinta que mancha nuestros dedos; después la bofetada del realismo al darnos cuenta de la reseca sensación de invisibilidad; a veces, hay que lidiar con la extraña y molesta culpabilidad de no escribir lo suficiente, de no estar haciendo todo lo que está en nuestras manos. El fracaso. Es una auténtica marabunta lo que puede sufrir el escritor durante el proceso creativo que puede durar de algunos meses, un puñado de años o una eternidad.

Pero un día, un día cualquiera, sabemos que la hemos terminado. Que nos hemos dejado la piel, la sangre, las entrañas en nuestro texto, que lo hemos hecho lo mejor que hemos podido. Y, además, estamos orgullosos aunque sigamos sintiendo miedo. Creemos en lo que acabamos de escribir y eso hace que nos duela el pecho con alegre violencia. Entonces llega el siguiente paso que, adivinad, no es uno. Son cientos.

Es una auténtica marabunta lo que puede sufrir el escritor durante el proceso creativo que puede durar de algunos meses, un puñado de años o una eternidad.

El sector editorial es un bloque de cemento de difícil acceso. Allí, en esos gigantes que queremos alcanzar pero no sabemos cómo, reside nuestro sueño ideal de gustarles y que ellos se encarguen de publicar nuestra obra, que la muevan por el país, por el mundo, que nos lleven a presentaciones que estén atestadas de gente y que nos duela la muñeca de firmar ejemplares. El gran monopolio de lo que leemos.

Colecciono un centenar de mails que me han negado el acceso al escaparate de las librerías, el sabor de ser una autora reconocida. Mi impulso de desear ser leída me llevó, pues, a autopublicar. Con todo lo joven que era allá por el 2015, cuando Marafariña vio la luz. Y aunque intenté moverla lo mejor que pude, organizando mi propia presentación, un acto único en el que puede hablarle a un público (si, un público que había acudido a verme) de lo que había escrito. Ha sido uno de los momentos más especiales de mi vida.

Autopublicar y su soledad, sí. Como bien nos ha hablado de esto Jesús Carnerero en su post para Excentrya.

Porque el esfuerzo y la constancia, en realidad, no te lo garantizan todo. No te garantizan nada. También necesitas un empujoncito de suerte que venga de alguna parte. Puede que no llegue nunca.

He de decir que después de dos largos años como escritora autopublicada siento lo siguiente:

1º) Sigo siendo invisible.

2º) Sigo sin contar con ningún apoyo editorial.

3º) Me he desgastado un poquito.

4º) Otro año más que no estoy en la Feria del Libro firmando libros.

Y es que somos muchos, un puñado generoso, de plumas que merecen la pena. Plumas silenciadas por la falta de oportunidades, abrumadas porque cumplir su sueño quizás resulte imposible. Porque el esfuerzo y la constancia, en realidad, no te lo garantizan todo. No te garantizan nada. También necesitas un empujoncito de suerte que venga de alguna parte. Puede que no llegue nunca.

Yo me muevo en ese vaivén de incertidumbre y me agarro a la excusa de que todavía soy joven y puede que mucho se consiga más adelante. Hay mucho por hacer, lo importante es mantenerme ocupada, no parar jamás. La inactividad es el peor enemigo de los sueños.

Antes de terminar, deciros que también tengo una lista de aspectos positivos. Ni mucho menos voy a despedirme hasta la semana que viene con un toque amargo, sobre todo porque vosotros, los que estáis ahí, los que me apoyáis, no os lo merecéis:

1º) De la nada, he conseguido un grupo de lectores fieles, honestos y leales.

2º) Mis historias han hecho mella.

3º) Escribir y autopublicar me ha hecho ganar grandes amistades.

4º) He podido ser leída, eso es más de lo que, hace tiempo, podía soñar.

5º) No he dejado de escribir.

6º) He aprendido muchísimo.

7º) He terminado Marafariña II. Que ya tiene título, que pronto os lo diré.

8º) Estoy escribiendo muchos relatos para concursos.

9º) He empezado una nueva novela.

10º) En realidad, nunca he estado sola.

Elisa

Aprendo tanto de la vida como de mis propios escritos, como si mis letras pudieran ser mis propias maestras (qué paradoja, ¿eh?). Reflexionar sobre estos aspectos de la vida me hace esclarecer mis dudas, sentir con más naturalidad.

Se habla mucho de lo difícil que es llegar a plasmar literariamente un amor real, puro y verdadero sin caer en los tópicos y en las hipérboles fáciles. Desde luego, es uno de los mayores retos como escritora del género intimista, pero hay muchos más. Y dado que gran parte de lo que escribo es poner voz a mis propias vivencias, me voy a poner cómoda y sincera. Espero que no se os enfríe el café.

La amistad es un agujero de diferentes colores, extensiones y definiciones. Es, como poco, tan complicada de definir como lo es el amor. Si bien es cierto que desde pequeña he tenido un ideal de mis amigos muy sobre valorado, tal vez dejándome llevar por mi carácter sociable y mi terror a la soledad, han sido pocas las ocasiones en las que he llegado a sentir la satisfacción de la confianza y el cariño mutuo. Diría, sí, podría decir, que he sufrido más por el daño de un amigo que por los pedazos de un corazón roto.

La relación con estas personas que no son de nuestra familia, pero que aspiramos a que lo sean de algún modo, es algo que he querido explotar y reflejar en Marafariña a través de diferentes personajes que otorgan un punto de vista dispar de estas uniones. Una de estas figuras fundamentales es Elisa, uno de los roles de la novela que más habéis alabado en vuestras diferentes opiniones y comentarios.

La amistad de Olga y Elisa representa una de las relaciones más difíciles de definir. La sinceridad es la razón primordial entre ellas, pero también lo es el desapego y cierto distanciamiento periódico. Aun así, y como podréis ver en la secuela, pase el tiempo que pase, Elisa permanecerá siempre ahí de algún modo.

Es una mujer que a mí me fascina. No solo por su apabullante belleza y la frivolidad de su comportamiento: es su inteligencia y su sentido de la justicia. Elisa cuenta con su propia manera de entender la vida, jamás ha sentido miedo por la soledad y nunca ha necesitó el apoyo de nadie para encararse a sus miedos. Por eso es una mujer que puede causar tanto miedo como admiración, ya que es complicado entenderla del todo. Ni yo misma podría definirla en su autenticidad, ella es demasiado independiente de mi voluntad narrativa.

Aprendo tanto de la vida como de mis propios escritos, como si mis letras pudieran ser mis propias maestras (qué paradoja, ¿eh?). Reflexionar sobre estos aspectos de la vida me hace esclarecer mis dudas, sentir con más naturalidad. Creo que es necesario dejar de tener miedo a establecer lazos con los demás, dejar de tener miedo a que nos hagan daño o dejar de sentir ese menosprecio hacia nosotros mismos por lo que otros nos han hecho. Como hablé hace algunas semanas sobre que el amor puede ser fácil y no debe doler, creo que la amistad también puede resultar tan gratificante como sencilla.

No perdamos la fe en el ser humano. No todavía. Porque cuando yo había perdido todo atisbo de esperanza de volver poder confiar en los demás, aparecieron personas que quisieron mostrarme lo contrario. Y yo les dejé mostrarme. Al fin y al cabo, no hay nada más gratificante que un buen abrazo amigo cuando hace demasiado frío.

El final de una novela

Un día, hablando con mi otra mitad, le dije que terminar una novela era complicado. Más bien el terminarla de manera adecuada. Porque si todas las historias terminasen al finalizar, acabarían con la muerte de sus personajes principales: es el único momento cuando ya no hay nada más que contar.

Pero no queremos eso. Si de alguna manera existe la eternidad es mediante el arte, la muerte es extraña y, aunque tiene poesía, a veces no tiene cabida en la hermosura de lo que queremos contar.

Esto me lleva a recordar el libro y la película de Las horas (os he hablado de ella en mi anterior blog). Creo que pocas historias pueden dar tanto de sí con tan poco. Por eso es uno de mis libros y películas favoritas y, por eso, la vuelvo a ver cada cierto tiempo. Es este tipo de novelas sobre la vida que tienen mucho que enseñar. Si no la habéis visto/leído podéis dejar de leer; os doy permiso. Corred a verla, porque puede que os cambie la vida.

Vaya, habéis vuelto. Seguiré hablando entonces del final.

Como decía, Las horas, es un brillante poema sobre el proceso creativo y su finitud. Dos de la mujeres protagonistas escriben y la otra es una ávida lectora. La primera de estas mujeres escritoras es, nada más y nada menos, que Virginia Woolf. Una Woolf obsesionada con el final de su novela La Señora Dalloway. Pero no he venido aquí a hacer una crítica literaria (eso lo hago mejor en A Librería). En un punto de la novela, ella dice:

Alguien tiene que morirse para que sepamos apreciar la vida

Ella también parecía creer que la muerte (y, en su caso particular, el suicidio) ayudaba a alcanzar ese final de la obra. Pero la vida también puede resultar en un final justo, feliciano, tranquilo, triunfal. No creo que el llegar a la expiración de la novela, nuestra novela, tenga que ser necesariamente en el punto más trágico. Pero, eso sí, debe serlo con coherencia.

¿Cuándo zanjar la situación? ¿Cuándo dar por finiquitado ese argumento que puede girar entorno a un amor, a una amistad, a una aventura, a un lugar? ¿Dónde dejar caer la guillotina?

Todo depende del tipo de novela que estemos creando. Como decía, una muerte puede ser un recurso exquisito ante determinados argumentos; pero no es ni por asomo el único (y mucho menos es siempre el adecuado). En general, la mayor parte de las historias contadas tienen una razón de ser y pretenden llegar a un punto. Existe una situación concreta que debe solucionarse. Esa solución es lo que tenemos que saber comunicar.

En el romance, la meta a alcanzar será la unión final de los enamorados (dos o más…) o su definitiva ruptura o separación. En la novela de aventuras, tal vez lo sea alcanzar una reliquia o enfrentarse a un terrible monstruo. En la Ciencia Ficción conseguir protegerse de una invasión extraterrestre. O, por ejemplo, en la policíaca, atrapar al terrible asesino de una serie de crímenes. A veces el motivo está claro. Otras, no tanto.

De hecho, ¿nunca os ha ocurrido, como lectores, que al finalizar un libro sentís que esa última página es demasiado vacía? ¿Demasiado silenciosa? ¿Abrupta? ¿Extraña? Lo que ocurre es que hay novelas que no tienen una conclusión al uso; es dónde el escritor tiene que lograr ese equilibrio entre dejar todo perfectamente abarcado (o no) y crear cierto impacto. Lograrlo con poesía, con suma destreza, con elegancia.

En mi caso, los finales que he escrito hasta ahora han sido fruto del calor del momento. Las musas que se vuelven locas y, de vez en cuando, regalan pequeñas joyitas para colocar el punto y final. De todas maneras, creo que lo más aconsejable (no es propio de un buen escritor dejar el asunto en manos del capricho del azar… ¿no?) es buscar inspiración en los grandes clásicos, en las mentes más brillantes que ha dado la literatura. Aprender de sus trucos y hacerlos nuestros. Ese final es, al final, lo que permanecerá en la mente de nuestro lector por más tiempo.

Por cierto, os dejo las últimas frases de mis dos novelas autopublicadas. ¿Qué os han parecido?

Marafariña desaparecía ante Ruth, haciéndose cada vez más y más finita. Más mortal. Nada.

Marafariña Libro Primero

No pienses ni te tortures, como yo, por la mortalidad de las horas. Olvida, mi querida Dorotea, que todas las horas mueren.

Todas las horas mueren

Cinco citas para celebrar el #DíaDelLibro

El Día Internacional del Libro es una celebración a nivel mundial para fomentar el placer por la lectura y el reconocimiento de la literatura, en definitiva. El 23 de abril, como ya es harto conocido se celebra el día de Sant Jordi en Cataluña, fecha en la que es costumbre regalar una rosa y un libro. Y, aunque como se suele decir en estos casos, el #DíaDelLibro tendrían que ser todos los días, lo cierto es que me hace muy feliz que exista una fecha señalada para tal motivo.

Yo, como otros muchos, amo la escritura y, cuánto más, la lectura. Y es algo de lo que he querido dejar constancia en las historias que he escrito. Así, para dejar mi granito de arena en un día tan especial (mi fiesta, nuestra fiesta) os dejo cinco citas que podéis encontrar en Marafariña Todas las horas mueren que reflejan el amor por los libros.

Porque sí. Las horas morían. Las vidas morían. Pero los libros, los libros gozaban de la eternidad absoluta. Los libros volvían a nacer cada vez que alguien volvía a leerlos. Volvían a nacer cada vez que se recordaban. Que se sentían. Volvían a nacer infinidad de veces, en diferentes épocas, en diferentes sociedades, en diferentes partes del mundo. Algunas obras habían sobrevivido, incluso, al transcurso de los siglos, desafiando, así, a la mismísima fugacidad de la que apenas nada podía escapar.

—Me encantaría que las leyeses todas —le dijo, una vez hubo cerrado entre las manos ‘Cien años de soledad’ y contemplando la contraportada con ternura—. Todas y cada una de estas obras tienen un pedazo ínfimo de miles de personas. Uno de esos pedazos seré yo ,y cuando tú las leas, las vivas, también serás tú.

—¿Y a ti qué te gustaría estudiar? —le había preguntado Ruth a Olga, cuando ya casi estaban finalizando el segundo plato.
Olga se acomodó en la silla, mostrando seguridad.
—Literatura. Quiero escribir.
—Es la maldición de las mujeres de esta familia —terció Penélope, sonriendo—. Estefanía y yo nacimos con una pluma debajo del brazo. Olga de momento no se ha dignado a escribir, pero devora libros a un ritmo vertiginoso. Hemos nacido únicamente para tal fin… No me imagino hacer otra cosa que no sea dedicarme a esto.

Olivia golpeaba con insistencia las teclas duras de su máquina. Llevaba varias horas envuelta en la droga que suponía para ella escribir, alejada de todo excepto de sus personajes, de su historia que, si bien no era más que pequeños trocitos de ella misma, hacía que se olvidara por momentos de su realidad.

Después, mucho tiempo después, cuando se serenó y logró sobreponerse, volvió a escribir. Y escribió la novela más hermosa y real de toda su vida.
Una novela que nunca llegó a leer nadie, excepto ella misma. Guardada primorosamente bajo llave.

Hace tiempo…

He cometido más errores en mi vida de los que podría detallar. Y, con ellos, puedo hacer dos cosas: aprender o escribir historias que me ayuden a superarlos.

Así comienza el prólogo de la segunda y última parte de Marafariña. Mi tercera novela, que siempre será la primera, y que he terminado de escribir esta semana. Ahora me siento cómo si me hubiera quitado una pesada piedra de encima, como si acabara de salir del agua después de estar siglos sumergida. Me siento libre, un pelín poderosa, enérgica y cohibida.

Y perdida, también.

Es extraño. Tener a mi lado esa historia inconclusa era cálido pero me torturaba. Quería librarme de ella, pero hacerlo bien. Dejarme la poca vida que le quedaba a mis musas entre sus páginas y que brillara con el esplendor que soñé desde niña. Sí, desde niña soñaba con este proyecto literario a todas horas. Hoy ya he puesto el punto y final. Es un día grande, pero también un día frío.

No pretendo ponerme excusas ni sentirme derrotada; nada más lejos. Soy obcecada y seguiré caminando hacia adelante, o hacia la derecha. O hacia arriba. Hace tiempo que he dejado de tener miedo, solo un poco de resquemor porque las cosas bonitas no sucedan con más facilidad que las cosas difíciles. Pero sé que de nada vale sentarse a esperar, ni lamentarse, ni retorcerse en las complicaciones de la senda. No sé en qué maldita hora empecé a obsesionarme con escribir, pero fue lo mejor que pudo pasarme en la vida.

Marafariña. Marafariña. Para mí ya se queda atrás, pronto, muy pronto, será vuestro turno de leerla y darle la despedida que merece. Y, con ella, se irá una Miriam que ya tenía ganas de dejar marchar. Una Miriam que tenía muchos fantasmas, demasiados, y que se sentía un tanto encadenada a la responsabilidad de hacerse justicia a sí misma.

Creo que con esta bilogía he alcanzado cierto culmen personal y literario. También he subido varios escalones en mi crecimiento personal. Y aunque ha sido una senda difícil, impropia, torpe, solitaria, también ha sido lo más hermoso que viviré jamás.

Nunca volveré a abrazar un proyecto cómo éste. Eso me atemoriza pero, a la vez, no sabéis lo feliz que me hace.

Ruth

 

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Fotografía de Elena del Palacio

 

Es difícil y bonito hablar de Ruth.

Ruth siempre será mi mejor personaje, de todos los que han nacido y de todos los que nacerán. Conozco a Ruth mucho más de lo que jamás podría llegar a conocerme a mí misma. Porque ella es lo que yo no puedo entender de mí, es la explicación de mis vacíos sentimentales y ella soporta entre sus manos la fortaleza que yo, en ocasiones, no sé encontrar. Ruth ha sido la que ha dibujado cada uno de los rincones que forman su Marafariña.

Es en su delicadeza, en el tono pálido y pecoso de su piel, en sus pupilas que reflejan la espesura, en sus labios poco carnosos, en su cabello rojizo, en su agilidad torpe dónde se crea esa unión ese vínculo que jamás seré capaz de romper. Hay un lazo en mí muñeca que se une a la suya, fuertemente adherido, por debajo de la piel. Aunque nos dedicásemos toda una eternidad a correr en sentido opuesto, jamás lograríamos romperlo. Sería cómo escapar de mí misma.

Ruth es la hoja al viento, el reflejo en el río cristalino, es la melodía de la brisa del viento, son los pecados sepultados bajo tierra.

Ruth ha crecido en un mundo que no conoce y que nadie le ha enseñado a conocer. Su entendimiento de la realidad es puro e inocente, por eso avanza con ese paso tan sereno y tranquilo. Todavía es ilusa y cree que la maldad no puede hacerle daño. Su conciencia lucha por tener fe y esperanza, pero la curiosidad crece a pasos agigantados, encaramada a cada uno de sus huesos. Además, observa. Le encanta observar, le encanta encontrar cosas hermosas.

Es la oveja mansa que se ha revelado. Revelarse siempre hace daño, siempre termina abriendo heridas. Son heridas que nunca logrará cerrar, pero la harán todavía más poderosa. Y a pesar de la confusión y de redescubrir el Universo a cada paso, no existirá jamás una determinación más firme e inquebrantable que la de esa muchacha gallega corriendo en dirección opuesta al Océano. Le tiene miedo a los fantasmas pero, por ello, no se dejará doblegar jamás.

Hay un lazo en mí muñeca que se une a la suya, fuertemente adherido, por debajo de la piel.

Ruth es la hoja al viento, el reflejo en el río cristalino, es la melodía de la brisa del viento, son los pecados sepultados bajo tierra. Implica la represión y las cadenas alrededor del cuerpo. Implica el sacrificio y la muerte. Y, también, la libertad feroz y la resurrección milagrosa. Es una absoluta dualidad que desconcierta. No resulta sencillo comprenderla; pero sí que lo es sentir un profundo respeto por su rictus de afligida felicidad.

“No dejes de escribir”

86H

Hace algunas semanas, se publicó en el Blog La Bolleriza una reseña a mi primera novela Marafariña que terminaba con la frase que da título a este post: “No dejes de escribir, Miriam”.

El significado de estas palabras no es gratuito. No sé si sois capaces de haceros una idea de lo importantes que resultan para una autora pequeña como yo, que todavía sigo luchando con los lastres de los inicios. Porque escribir, desde luego, nunca será solo escribir. Implica muchísimo más: todo lo bueno pero, también, todo el sacrificio vacío que hay detrás de cada una de las páginas.

La cantidad de lectores que me han escrito esas palabras que coronan este post ha sido considerable. Sin embargo, hasta ahora no me había dado cuenta de lo que ello implica, de sus razones, de su verdad. Porque es cierto que nunca me he planteado seriamente dejar de escribir (más allá de algún que otro arranque de desencanto, pero en ningún caso definitivo) ni he anunciado tal cosa en mis redes. El hecho de que vosotros, con vuestras reseñas y vuestros comentarios me instéis a no dejar de escribir me parece un regalo maravilloso.

Precisamente jamás sería capaz de dejarlo porque os lo debo a vosotros. Porque desde el principio habéis estado ahí, queriendo y confiando en lo que había venido hacer. Regalándome vuestros halagos y también vuestras honestas críticas que tanto agradezco siempre. Y para decirme cada vez más fuerte que siguiera, que continuara, que estaríais ahí para seguir leyéndome porque os gustaba lo que hacía, porque os hacía felices leer las historias que yo había ideado.

Que alguien me pida que no deje de escribir me parece el cumplido más grande que puede otorgársele a un escritor (cuánto más siendo novel). No es solo un abrazo de aliento desinteresado, es una petición educada, un imperativo halagador. Es una mano tendida en medio de un laberinto del que, a veces, es complicado salir. Es la fe en la literatura nueva, en la que todavía no es nada pero aspira a llegar a serlo.

Sencillamente, quería daros las gracias. Porque han sido unas semanas muy difíciles y os he sentido ahí. Porque he elegido el camino largo y os habéis decidido a acompañarme y a no dejarme sola en ningún momento. Todo lo que hago es para vosotros. Porque nunca dejaré de escribir: os lo prometo, me lo prometo.