Querida, pequeña, Miriam:

Sé que dolió, sé que fue lo más duro que tuviste que vivir jamás. No puedo prometerte que lo superarás, pero eso te hará ser fuerte y lograrás ser feliz a pesar de todo.

Lo sé. Sientes que todo se quema, que todo se precipita. Sientes que no entiendes nada y es cierto: todavía no estás lista para entenderlo.

Albergas dentro de ti esas ganas de alegría que, a pesar de todo, siempre has querido mantener. Me enorgullece ver cómo, contracorriente, buscas cualquier momento para refugiarte en esas historias que lo curan todo. Sé que crees que es inútil, que son letras mudas, condenadas a no ser leídas jamás. Sé que estás segura de que tanto esfuerzo no servirá para nada. Me encantaría poder estar ahí a tu lado y enseñarte todo lo que significarán para ti.

Pero tú aguantas y no sé cómo lo haces. Eres una cría valiente, aunque te da miedo llorar tan a menudo y tienes que dormir con una luz encendida. Mientras creces, crece contigo la ansiedad que aprendes a manejar con destreza adulta. Tú caes y te doblegas, pero jamás te has rendido. Y aunque todo se antojaba difícil en casa, aunque todo era insoportable en el colegio, seguías levantándote cada mañana y escondías las lágrimas y el terror porque no querías ser otro motivo de discusión y de problema.

El silencio te ayudaba. Y lo hacían los libros. Me apena tanto saberte tan perdida y no poder intervenir para susurrarte que todo va a ir bien, todo irá bien aunque aún falta mucho tiempo para ello. La madurez te llegó de golpe, cuando tú aferrabas la niñez entre las uñas y no la quería dejar marchar. Sé que dolió, sé que fue lo más duro que tuviste que vivir jamás. No puedo prometerte que lo superarás, pero eso te hará ser fuerte y lograrás ser feliz a pesar de todo.

Luego vino el trabajo y se silenciaron las bocas de aquellos que creían que eras demasiado torpe y los que ansiaban que fueras prisionera. Eras joven y la vida había sido muy despiadada. Sé el cansancio y el nerviosismo que sufriste, pero también sé que no te rendiste ni en los estudios y mucho menos en la literatura. Ojalá pudieras verte cómo yo te veo ahora, pequeña Miriam. Eras tan grande que ensombrecías.

No sé cómo fuiste capaz de hacerlo. Pero ahora estamos aquí, tú y yo. La pequeña y la adulta, nos podemos mirar al frente y sentirnos orgullosas de todo. Ha pasado demasiado tiempo pero, en realidad, fue ayer. Los restos de la lucha son simples ojeras bajo tus ojos, pero la sonrisa de tus labios es sincera y la esperanza rebosa en todos tus gestos.

Te digo que te quiero y tú solo sacudes el rostro lacrimosamente. No logras entender qué es lo que admiro tanto, porque te sientes hundida, crees que eres una perdedora. Me encantaría poder hablarte y contarte todo lo que todavía va a llegar, que en un momento dado lograrías alcanzar esa paz tan anhelada. Ojalá pudiera darte ese aliento que tanto necesitabas, explicarte que la amistad no era eso y que el amor no duele. Desearía que existiera la forma de poder haberte ahorrado todo eso…

Pero, ¡eh! Lo has hecho.

Mírate. ¡Cómo has crecido! Y has terminado esa novela. Y otra más. Y has vuelto a leer libros. Y duermes en paz por las noches. Y te quieres y te admiras como nunca pensaste que lo harías. Y tienes amigos de verdad, amigos que ya nunca te traicionarán. Y tienes un amor, tienes una persona a tu lado que sabes que ya nunca más te abandonará.

Querida, pequeña, Miriam. Gracias.

Gracias por no abandonarte jamás.