Escribir sobre el amor [real]

Os voy a confesar algo (ya sabéis que me gusta contaros secretos aquí, en nuestra habitación propia, que nadie puede oírnos). Desde niña soy una enamorada del amor. Del amor en todas sus formas, motivos y colores. Del amor de todo tipo, del amor que se puede demostrar y del que no. Del amor imposible y del amor prohibido. Del amor que es fácil pero también del que es difícil. Del que te eleva a unos palmos sobre el terreno. Del que es capaz de hundirte (eso también es real). Del que te cura. Del que te duele. Del que te hace crecer y del que te hace seguir siendo una niña.

El amor. ¡Ay! El amor. Masculino y femenino al mismo tiempo. Abstracto y tan concreto. El amor. El motivo principal que siempre nos ha movido, ¿verdad? Una de las principales semillas que han motivado la existencia de la literatura.

El auto-amor

Creo que nunca he escrito nada en el que el amor no sea una parte fundamental de la trama y de sus personajes. Desde novelas de ciencia ficción y fantasía, pasando por la metaliteratura y la literatura intimista que es con la que más a gusto me encuentro. Y aun con sus delirios y sus desdoblamientos, el amor es fundamental para las vidas que habitan entre mis líneas. Y en las líneas de otras, porque cuando leo busco ávidamente esos ramalazos de cariño, de unión entre seres humanos sean cuales sean, sea cuál sea su situación, sea cuál sea su interior. Malvadas o benévolas. Pequeñas o grandes. Mujeres u hombres. No importa. Entre las páginas impresas de un libro siempre ha habido cabida para cualquier forma de cariño. Siempre ha sido más fácil querer.

Con todo, a veces el amor [real] puede ser diferente al que escribimos o al que leemos. Todo depende, porque no existe una ley universal escrita de cómo debe ser, cómo tiene que evolucionar y cuánto tiene que durar.

Vayamos a la RAE:

amor.

(Del lat. amor, -ōris).

1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.

Nuestra insuficiencia nos lleva a buscar el encuentro y unión con otro ser.

O tal vez no es eso. Yo creo que el amor [real] es otra cosa. ¿Vosotras?

Seré osada. Pero solo cuando he sido capaz de encontrar mi propia “suficiencia” he podido encontrar lo que conozco como el amor real (ahora ya sin corchetes). Cuando he sido capaz de palpar mi propio corazón y abrazarlo, quererlo tal y cómo es, con sus carencias y sus virtudes, con sus vergüenzas y sus cosas bonitas. Con su inseguridad y su altivez. Ahí estaba en mi pecho, tan dentro. Y me ha costado una eternidad saber entender lo que quería decirme.

Las grandes historias de amor

Escribir siempre ha sido la solución a casi todos mis sentimientos, a esas incógnitas, a esas cosas que me daban miedo. De un modo u otro, cuando escribía lo que pensaba conseguía entenderme mejor. Hay muchas páginas que tan solo han existido para mí misma y luego se han destruido. No importa que su vida haya sido así de breve y se haya evaporada, porque a mí me han servido para llegar hasta aquí.

Recuerdo que una de mis primeras historias de amor era sobre una rana y un sapo. Se casaron al conocerse y se amaron para siempre. Una pareja heterosexual y feliz. Otra, titulada El Caldero Mágico, tenía como protagonista al más tímido de la clase que se enamoraba locamente de la chica guapa del instituto (tan altiva y prepotente, tan afilada, como siempre nos han dicho que eran las mujeres). Luego las cosas se fueron complicando. Teníamos a una compañera de piso enamorada locamente de su mejor amiga, mientras ésta ignoraba rotundamente sus sentimientos y terminaba con el héroe de la historia. Después una anciana enamorada de una joven fallecida años atrás. Una testigo de Jehová comprometida con un muchacho, pero enamorada de otra mujer.

2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.

3. m. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo.

4. m. Tendencia a la unión sexual.

Pero las grandes historias de amor no solo hablan de personas. Nuestros personajes también se enamoran de sus lugares, de sus recuerdos, de los libros que escriben, del aroma del café, del anhelo de la eternidad, de aquella playa, de aquel reencuentro, de aquellas flores. Podemos sentir un amor irracional por nosotras mismas o por nuestras hijas, convertirse en algo peligroso y fascinante. También podemos pensar en el amor que despierta en nosotras, tal vez, nuestro trabajo o nuestra vocación. 

7. m. Esmero con que se trabaja una obra deleitándose en ella.

A amar también se aprende

En mis años como escritora no siempre he tenido la misma concepción del amor. Esta ha ido evolucionando poco a poco hasta llegar a lo que es ahora. Sin lugar a dudas, amar sin ponerle límites a mis sentimientos, con confianza ciega y con sumo cariño, es lo mejor que me ha regalado la vida. Puedo considerarme feliz y afortunada, porque no falta la dosis de amor necesaria en mi día a día. Propia y ajena. Y eso es mucho más de lo que siempre he necesitado.

Pero para llegar a este punto y a este equilibro hay que aprender, equivocarse y sufrir un poquito por ello (¿cuántas páginas acaban en la papelera antes de llegar a la definitiva?). No pasa nada, esos pasos también son amor al fin y al cabo, amor del real, que es hermoso y feo a la par. Amor del día a día, el que nos ayuda a ser más libres y más nosotras mismas. Amor que es fundamental pero que no lo es todo de igual forma, en ese complicado y delicioso equilibro. Podemos jugar con él, podemos abrazarlo bien fuerte y podemos hacerlo crecer, pues es infinito y no termina nunca (¡Cómo Marafariña!).

Photo by Haley Lawrence on Unsplash


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Las novelas mienten

Y las novelas, sin proponérselo, mienten

Citar a Woolf es una costumbre muy bonita que tengo en este espacio. Me vais a permitir que, de vez en cuando, sea repetitiva con estas referencias. Pero ya sabéis que hace tiempo decidí instalarme en esta habitación propia (con un pequeño escritorio, vistas al pueblo, algunos cables cruzando el cielo siempre nublado, la lluvia ensuciando la repisa de la ventana, la orquídea violeta ansiando encontrar un rayo de sol alguna tarde, los gatos durmiendo plácidamente sobre la cama llena de cojines…) ahondo bastante en mí misma, en el significado de lo que hago y en las razones que me hacen sentarme aquí, día a día, incansablemente.

Soy muy observadora. Pero ver el mundo y su vida tal y como es puede ser sobrecogedor, algo tétrico. Asusta. Asusta mucho, ¿verdad? Si me dejo llevar por el miedo que siento, puedo acurrucarme en un rincón y no salir de ahí nunca más. Sin embargo, prefiero ser un pelín más obcecada y transportar esa esquina oscura a las páginas de los libros que estoy escribiendo. Y no solo me refiero a las páginas físicas escritas, sino a la cantidad de palabras, frases, oraciones y personajes que se retuercen en mi mente de manera inmaterial. De ese modo escribo en mi cabeza durante todo el día, es la forma que conozco de recordarme que estoy viva, que sigo aquí, que puedo palparme. Que todavía me queda energía, esperanzas y sueños por cumplir. Lapido mi cerebro de letras que, luego, se traducen en un puñado de líneas en la realidad.

Y escribo, pues. Y cuando escribo huyo, me protejo, me cubro, soy libre. Y miento.

La eternidad de los libros

La literatura me ha salvado la vida muchas veces. Sé que lo seguirá haciendo. Es mi bote salvavidas, mi mejor amiga, mi guardiana silenciosa. Ella es capaz de entenderme a la perfección, de acoger mis ideas sin juzgarme, de enseñarme valores nuevos y mejorados, de reprenderme con delicadeza si flaqueo, si estoy equivocada, si me equivoco. La literatura, también, me enseña a perdonarme.

Me he dado cuenta que, aunque lo que escribo tiene tintes biográficos casi siempre (me resulta vacío separar mi verdad de mi ficción) y se enmarca dentro de una literatura que pretende ser realista, tengo una definición de las personas y de los lugares que dista de lo que puedo palpar, tocar y sentir a diario en el mundo que hay afuera de las páginas. Pero no diría que se trata de una reinterpretación, ni un reflejo artístico al uso. Es algo diferente. Y no, aunque sean mentiras, no son mentira deliberadas, sangrantes y malvadas. A mi mentir no me gusta, mis letras jamás pretenden mentir.

Pero mienten. Mienten como bellacas. Mienten porque a veces, cuando me duele, las dejo mentir. Las dejo que hablen de historias cerca del mar, rodeadas del calor del amor más puro e inquebrantable, cercadas por la amistad más honesta e inaudita, abrazadas por el amparo de la eternidad que otorgan los libros, a sabiendas de que la única manera de eternizarse está ahí. Ahí. Justo ahí. Y esta esa gran mentira: en los libros nada termina nunca. En la verdad todo tiene una finitud clara, concisa, inevitable. Este pensamiento, de hecho, fue lo que me llevó a escribir Todas las horas mueren.

Medias realidades

Me vais a permitir que vuelva a echar mano de una cita literaria. Esta vez de mi admirada Elena Ferrante:

—¿Sigues viviendo en la vía Tasso?
—Sí.
—Cae a trasmano.
—Se ve el mar.
—¿Y qué es el mar desde ahí arriba? Un poco de color. Más te valdría estar cerca. Así te darías cuenta de que es todo basura, barro, meados y agua apestosa. Pero a los que leéis y escribís libros os gusta contaros mentiras y no la verdad.

Puede que cuando Lila le dice esto a Lenù (protagonista de la obra, escritora por vocación desde muy joven) se esté marcando una muy acertada pauta entre los que estamos unidos a la literatura y los que no. Se adivina cierto idealismo, cierta ansia de mentirse, cierta necesidad de alivio. Es probable que suframos más, pero que tengamos más urgencia por curar esas brechas que se abren. 

Pero yo procuro no mentirme a mí misma, no contarme mentiras. A mí me gusta cerrar los ojos y sentir lo que siento. Me gusta interpretar de verdad que explosiona en mi cuerpo cuando me siento desolada, cuando lloro con intensidad, cuando me enfado, cuando la decepción me golpea, cuando el cariño me acaricia, cuando la ilusión florece, cuando tengo ganas de reírme a carcajadas o cuando, sin más, sonrió de manera espontánea. Y todo eso (eso de cerrar los ojos y de no mentirme) es escribir, es lo que luego, digamos tras un complejo proceso, terminará germinando en el papel.

Así, esa mentira, es tan solo un velo. Una brecha. Un deseo o una crítica mordaz a lo palpable. Yo creo que es precisamente por eso por lo que nos gusta escribir y nos gusta leer: esas mentiras, tan plagadas de verdad. Creo que encontramos razones en ellas, encontramos alivio, fe, sosiego. Encontramos humanidad. Encontramos mucho de lo que nos pasamos el día, los meses, los años, la vida, buscando.

Y para comprender lo que sucede…

Porque esto me ha pasado desde niña. Cuando el exterior venía a rugirme tragedias, enfermedades, despedidas precipitadas, yo no quería comprender esas razones, no era capaz de lidiar con ese tipo de sucesos. Eran antinaturales, muy diferentes a lo que yo siempre había creído. Fui una cría hipersensible que lloraba en las clases de música, eso tenía que canalizarlo o sino me volvía loca. Me daba cuenta que cuando escribía esos cuentos, me sentía bien. Me daba cuenta que cuando estaba en mi cuarto, a solas, e ideaba esas otras vidas, no me importaba tanto no tener amigas, que mi madre estuviera enferma o comenzar a tener conciencia de la muerte.

Supongo que fue así cómo empezó mi más poderosa e interminable historia de amor. La de teclear suavemente todos los días un ratito, la de dejarme hacer, la de sacar un hueco entre tantas mentiras para contar esa verdad.

¡Ay, el amor! Pero esa gran mentira la dejamos, si queréis, para otro post.

Gracias por leerme… ¡Y felices letras!

 

Photo by Alexander Lam on Unsplash

¿Y qué hay de la novela intimista?

intimismo
1. m. Tendencia literaria centrada fundamentalmente en la expresión de los sentimientos y de las emociones más íntimos.

La literatura “comercial” del siglo XXI

Cuando estudié literatura en el instituto (de esa forma tan superficial y tan mediocre que solo consiguió que la mayoría de mis compañeros no volverían a querer leer un libro en sus vidas) al llegar a la escritura del XX y XXI las definiciones empezaban a complicarse. Los movimientos literarios habían desaparecido como tal, se publicaban historias con géneros tan variopintos como difíciles de clasificar. Recuerdo que la profesora hablaba de novela policíaca y novela fantástica, con una breve definición, metiéndolas en el mismo saco, sin tener demasiado cuidado en quemarse. Esa Miriam joven tenía dudas de lo que eso significaba, ¿ese batido indicaba el fin de la buena literatura y de su historia? ¿Nos habíamos perdido completamente? ¿Ya no había un espíritu real? Esa maestra había dicho, con cierto desdén, que hoy en día la única literatura que triunfaba era la comercial y que si queríamos leer de verdad debíamos limitarnos a los clásicos.

Me pareció una afirmación bastante arriesgada, torpe y desconsiderada. Por aquel momento, aunque no había publicado nada, escribía como nunca por las noches. Y me negaba a pensar que lo hacía con un afán comercial sin más. Tal vez, si no hubiera sido tan tímida, habría tenido el valor de replicarle algo. No sé, quizás decirle que eso no era del todo cierto. Que los escritores de hoy en día eran más reales que las clases sociales altas que en los Siglos de Oro eran los privilegiados que publicaban libros, obras de teatro poesía. Que las mujeres recién habían aparecido en las portadas de esos títulos y que su historia no había hecho más que comenzar. Que, ahora, hoy por hoy, incluso los que no teníamos un gran poder económico teníamos la posibilidad de contar lo que quisiéramos contar.

Eso, claro está, lo escribo con esta fuerza que me concede la edad adulta (bueno, más o menos). En esos años adolescentes mi visión era más idealista: poco me faltaba para ser J.K Rowling, conseguir un contrato millonario y pasarme el resto de mis años escribiendo si ningún tipo de preocupación. No me importó desilusionarme después, eso me permitió seguir dedicándome con locura a esto.

Mis primeras novelas “realistas”

Como ya dije en más de una ocasión, yo comencé escribiendo novela fantástica juvenil pura y dura. Tenía muy claro que quería especializarme en ese género y explotar toda esa imaginación que era tan fuerte, tan brillante y nunca se agotaba. No sé en qué momento dejé de sentir interés por seguir contando este tipo de historias y empecé a escribir lo que en aquel momento quise llamar novela realista.

realismo1.
De real1 e -ismo.

1. m. Forma de ver las cosas sin idealizarlas.

2. m. Modo de expresión artística o literaria que pretende representar fielmente la realidad.

Pero las historias que yo escribí no eran realistas exactamente. El primer libro “adulto” que escribí tenía 400 páginas y se titulaba Una luz en la oscuridad, algo que recordaba a una de esas canciones de Alex Ubago que tanto sonaban por aquel entonces. Por si tenéis curiosidad, la trama trababa de una mujer que había rescatado a un niño en un terremoto en Ecuador y lo había llevado a España de manera ilegal para criarlo junto a su otra hija, después de quedarse viuda. Al poco, la mujer es enviada a prisión y los dos niños deben criarse solos. El núcleo de la historia comenzaba cuando la madre volvía a salir de la cárcel y se encontraba un mundo nuevo y a dos hijos desconocidos para ella.

Realista no es, pero tampoco se trata de una novela fantástica. Creo que podía catalogarse como narrativa de ficción a grandes rasgos. Tampoco llegaba a ser intimista. Pero en el fondo comenzaban a verse esas pinceladas: los sentimientos de la madre (Penélope, como la tía de Olga en Marafariña) y de su hija (Elisa) eran claves para llenar las páginas y páginas de esa historia.

Después escribí una bilogía de novela negra, ambientada en una comisaría de policía de A Coruña. La protagonista se llamaba Olivia (como la anciana que regentaría el Café en Fontiña tanto tiempo después) y era, como no, una heterosexual al uso que se enamoraba de otro policía con el que trabajaba. Pero le había dado una importante vuelta de tuerca y esta joven convivía con Olga, su mejor amiga, la cuál se habría enamorado de ella e introduje así mi primer bollodrama antes de si quiera haber salido del armario. Qué cosas. Otra vez, de nuevo, afloraban los sentimientos.

El género intimista

La novela intimista se fue convirtiendo, poco a poco, en mi tipo de literatura favorita. Casi todo lo que buscaba leer respondía a esa necesidad y fue así como me especialicé en leer a autoras sin darme cuenta de ello. Y es que han sido ellas, estas grandes mujeres, las que han focalizado su escritura a desengranar este género tan humano, tan poco comercial, y tan necesario. La literatura que habla de cómo nos sentimos, de por qué, que tiene un fuerte componente filosófico y que, sin embargo, carece de especialización.

Marafariña Todas las horas mueren son dos novelas claramente intimistas, aunque abarquen muchos más géneros (porque la especialización única, creo, ya no existe). Cuando yo trabajaba en ellas todavía no sabía cómo catalogarlas, eso ocurrió después. Hoy sigue siendo difícil ya que, tristemente, no es un tipo de novela que esté en auge y que despierte interés. En ese sentido me encuentro un poco perdida: no existen revistas online para autoras de este género, tampoco blogs especializados (aunque en A Librería tiene su clara representación semana a semana) ni cuentas de Twitter que compartan este tipo de obras exclusivamente. Se ha quedado ahí, como una minoría dentro de la minoría que es la literatura en sí.

Supongo que esto no es del todo negativo, que las épocas de cada cual fluyen y es un ciclo natural. Sin embargo yo estoy resuelta, desde mi humilde oportunidad, de seguir reivindicando un género tan necesario, tan vital, tan literatura pura y dura. Aquel que no entiende mucho de normas narrativas al uso, que experimenta, que se explaya sin miramientos y que ahonda en el amor, en la amargura, en la amistad, en la familia, en la búsqueda de la felicidad. Que pretende abrirse paso entre el corazón del lector que se decide a abrir sus páginas. Que quiere, sin lugar a dudas, dejar una huella que nunca se podrá borrar.

 

Foto de Morgan Basham en Unsplash

Yo no escribo novela lésbica

Ellas no son escritoras de literatura lésbica. Y yo tampoco.

Vivimos en el momento dorado de la diversidad y la variedad en la literatura. El auge de las plataformas digitales, la demanda de un público variopinto y el coraje de muchos autores y autoras que se han lanzado (¡por fin!) a escribir lo que realmente querían escribir ha fomentado que apenas quede ningún tipo de género literario por diversificarfantasía con personajes LGBT, ciencia ficción al más puro estilo feminista, mujeres escritoras que se atreven con todo y más y son aplaudidas por ello. Sí, los tiempos cambian (en algunos aspectos para mejor) y es algo que tenemos que celebrar pero, además, seguir luchando para seguir progresando.

Es algo de lo que se ha hablado muchísimo, pero cabe repetirlo de nuevo. Cuando yo era más joven nunca leí una novela por azar que incluyera algún personaje con el que me pudiera sentir libremente identificada. En las novelas de Danielle Steel o Nora Roberts el prototipo de romance heterosexual funcionaba muy bien y no era necesario cambiarlo, Ken Follet tampoco abogó nunca por una visibilidad específica y, mal que me pese, en el mundo mágico de J.K. Rowling tampoco pude disfrutar de ninguna bruja lesbiana. Poco a poco, sí que fui encontrando algún que otro referente, pero relegado a un segundo plano, casi invisible y que no moleste demasiado. Me viene a la mente la novela de El hombre equivocado de John Katzenbach, en la que me encontré una de las primeras parejas de mujeres (muy tiernas, y muy todo eso) dentro de la normalidad (pero no, no eran protagonistas, más faltaría).

Ya he citado muchas veces mi referente, pero nunca está de más. Tomates verdes fritos es otro de estos grandes descubrimientos: novela intimista, con una pareja de mujeres muy sutil, feminismo, racismo e historia en general. Una joya que no se repetirá nunca más. Pero luego ya se abrió ante mí el paraíso: el auge de la literatura indie dio a conocer a un grupo muy subrayable de autoras que apostaron por un tipo de novela cuyo premisa principal aseguraba que en ella nos encontraríamos una novela lésbica. ¡Una novela lésbica! Y no una en realidad: hasta dos, y tres, y cien. Y hay de todo: novela romántica, policíaca, ciencia ficción, fantasía, intimismo. Espera… espera… ¿Esto es real? ¡Qué alguien me pellizque!

Pero hay algo amargo en esto. ¿Lo veis?

Sí. Sé que lo veis.

Y a cuento de esto viene el título de este post. Porque aunque sea verdad que Gemma Jordán Vives, Emma Mars, Clara A. García, A.M. Irún, Adriana Marquina, Fani Álvarez, Marta Catalá y un largo etcétera se han dado a conocer bajo este sello de literatura lésbica os voy a contar un secreto: ellas no son escritoras de literatura lésbica. Y yo tampoco.

Cuando yo me sentaba a escribir mis primeras historias (hace ya mucho tiempo) recuerdo los fuertes reparos que sentía en mi vergüenza interna por querer que mi protagonista mujer se enamorara de otra mujer

No es que tenga en nada en contra de los conceptos y las guías para saber qué nos vamos a encontrar. Pero las etiquetas me resultan molestas. Cuando yo me sentaba a escribir mis primeras historias (hace ya mucho tiempo) recuerdo los fuertes reparos que sentía en mi vergüenza interna por querer que mi protagonista mujer se enamorara de otra mujer; pero al final me decía que eso era demasiado atrevido, que dentro de un tiempo lo leerían mis amigos o mis padres y que me pondría en entredicho. No os podéis imaginar la cantidad de veces que lidié esa batalla conmigo misma. Pero, ¿quería escribir yo una novela lésbica? ¡No! Solo deseaba que dentro de mi novela (en este caso era de fantasía) dos mujeres pudieran amarse de manera tan común como dos personajes de distintos sexos.

Luego este tema fue evolucionando. Con los mismos nombres que había utilizado para escribir mi historia fantástica ideé un mundo más real, enfocando una trama de misterio dramático en una aldea gallega. Fui un poquito más intrépida e hice que la mejor amiga de la protagonista se enamorara de ella, aunque esta nunca pudiera corresponderle de ningún modo. ¡Ay! No sabéis lo orgullosa que estaba de mi chica homosexual (aunque para mí era mucho más que ese término) que, ya entonces, se llamaba Olga. ¿Estaba escribiendo una novela lésbica? Creo que no.

Porque yo leo más cantidad de novela heterosexual que de novela lésbica, pero parece que el mundo heterosexual no puede asumir leer novela lésbica.

Y os contaré un secreto: creo que ninguna autora o autor escribe novela LGBT propiamente dicha. Escriben novela romántica, novela fantástica, novela intimista, novela de ciencia ficción en cuya trama se refleja algún personaje homosexual. No sé en qué clase de mundo seguimos viviendo que hace que este tipo de libros deban tener  un distintivo, como si solo pudieran enfocarse a un público general. Qué rabia. Como si fuera un problema, una barrera, un distintivo. Qué chirriante. Porque yo leo más cantidad de novela heterosexual que de novela lésbica, pero parece que el mundo heterosexual no puede asumir leer novela lésbica.

Publiqué mis dos novelas sin etiquetarlas en realidad, no quería hacerlo. Y esta vez no era porque me sintiera avergonzada o tuviera temor, sino porque no le encontraba el sentido y hoy en día no me arrepiento. Aunque he de reconocer que una buena parte de los lectores vienen de la mano de personas LGBT interesadas en encontrarse en los libros (como yo misma hago) no creo que sea un género exclusivo para ellas. ¿Qué sentido tiene, pues, la libertad y la visibilidad si no podemos llegar a todo el público lector? ¿Existe algún derecho que nos vete el acceso? ¿Es acaso la etiqueta de la bandera de arco iris una aduana a pagar?

 

Fotografía portada: Photo by Denise Chan on Unsplash

Pero… ¿Por qué la literatura?

Supongo que tengo esa imperiosa necesidad de sentir que lo que hago sirve para algo más que para mi disfrute individual, quiero buscarle una trascendencia.

Seguro que a vosotros también os lo han preguntado alguna vez, que por qué dedicáis tantas horas a leer, qué clase de entretenimiento tienen esos libros, por qué disfrutáis tanto leyendo, qué es lo que os hace felices (¡feliz! ¡Qué estado de ánimo tan fuerte y complicado!). ¿Y por qué demonios estáis tan radiantes cuando escribís?

No sé a vosotros pero siempre me ha parecido una pregunta bastante difícil de contestar esa de “pero… ¿Por qué la literatura? sobre todo cuando me la lanzo a mi misma en este intento desesperado de buscar el sentido a mis pasos. Supongo que tengo esa imperiosa necesidad de sentir que lo que hago sirve para algo más que para mi disfrute individual, quiero buscarle una trascendencia. Esta semana tuve una charla con mi otra mitad en referencia a esto y, si os digo la verdad, no sabía cómo explicarme. Ni tampoco supe determinar cuándo empezó todo.

Puede parecer una respuesta banal. Pues porque sí. Y ya está. Desde luego, debería ser suficiente. Pero no todo es siempre tan simple y mucho menos cuando hablamos de la literatura (del arte en general, si queréis). Aquí abro un inciso. Como algunos de vosotros sabéis, de vez en cuando estudio algunas asignaturas por la UNED de Literatura y Lengua Castellana, cuando mi trabajo y la vida real me lo permiten. Una de estas materias fue Introducción a la Teoría Literaria en la que aparecían muchas de estas teorías defendidas a través de la historia que buscaban encontrar este sentido del arte. Y, aunque es posible que la literatura tenga una faceta objetiva, también lo es el hecho de que sus cimientos son bastante opinables.

Pero recuerdo, como si fuera hoy, esa impresión de euforia y de cariño hacia esos personajes y ese suceso que me pertenecía a mí.

Las explicaciones acerca del nacimiento y los motivos de la literatura han sido muy varios. Por un lado está el afán de eternizarse, el de encontrar la belleza, el simple deleite, la distracción, la denuncia social y política, la manera de mostrar la fealdad del mundo, el aprendizaje, la ficción… Pero en realidad dudo que, cuando somos niños y empezamos a escribir cuentos porque sí no estamos motivados por nada de esto (o tal vez sí).

Creo que, cuando era pequeña y escribí mi primera historia breve, lo hice sin pensar, sin más. Pero recuerdo, como si fuera hoy, esa impresión de euforia y de cariño hacia esos personajes y ese suceso que me pertenecía a mí. Es cómo alargar un trocito de tu alma y de tus esperanzas. Como pisar sobre una nube y lanzarse a volar. ¿Sabéis a lo que me refiero? Ojalá ese sentimiento pudiera permanecer para siempre tan inocente y tan tierno.

A mí la idea de dejarlo me enloquecía. De hecho, los años que no pude escribir fueron los más fríos de mi vida. Era como no poder respirar.

Con los años ese alegría pueril fue madurando y volviéndose más ambiciosa. Dejó de ser un juego y se convirtió en un alivio para lo que me preocupaba o una manera de distraerme. Pero esa euforia seguía apareciendo. Crecí y eso creció conmigo. Y seguí escribiendo y seguí leyendo, sin plantearme por qué lo hacía, sin plantearme por qué no podía dejar de hacerlo. Por qué yo seguía encadenada a las letras y mi hermana, que también leía y que escribía poemas, podía dejarlo de lado como si tal cosa. A mí la idea de dejarlo me enloquecía. De hecho, los años que no pude escribir fueron los más fríos de mi vida. Era como no poder respirar.

Y hoy día, ya cerca de los veintisiete años, me acuerdo de esa niña que escribía con vergüenza frente al ordenador en su habitación y me abrumaba la ternura y la verdad que había y hay en ella. A la que muchos le decían que eso, en realidad, no servía para nada. La que no paraba de pensar para qué servía, sin esperar a encontrar la respuesta para seguir haciéndolo. No sé por qué seguí, a pesar del cansancio, de la desesperanza, de que nadie me leía, de la ausencia de recompensas. Pero seguí, seguí hasta ahora. Ahora que todavía pienso seguir.

Como si el coraje de mis musas se materializase en mi misma. Y vuelvo a preguntarme por qué demonios escribo a pesar de todo. Y, aún sin saber la respuesta, no dejo de hacerlo.

Lo único que sé es que a mí la literatura me salva la vida día tras día. Porque a veces me siento triste, siento miedo, me siento mal. A veces la vida se me viene grande y no sé cómo afrontarla. Además, por si no lo sabéis, soy una persona débil y pequeña, insegura que anda siempre perdida. Soy todo eso excepto cuando escribo (y, sobre todo, cuando vosotros me leéis) que me vuelvo fuerte, grande y segura. Como si el coraje de mis musas se materializase en mi misma. Y vuelvo a preguntarme por qué demonios escribo a pesar de todo. Y, aún sin saber la respuesta, no dejo de hacerlo.

Este post es un llamamiento a todos vosotros. A los que estáis conmigo. A los que leéis, a los que escribís, a los que pintáis, a los que componéis música o tocáis un instrumento. A los que aprendéis a bailar, a los que diseñáis, a los que imagináis. A los que hacéis todo eso sin saber por qué, sin importar ningún tipo de beneficio material, pero sacrificándolo todo como si vuestra vida dependiera de ello. Porque en el fondo lo sabemos: nuestra vida depende de ello.

Respondedme, por favor, a la pregunta. Tal vez, entre todos, logremos saber cuáles son las respuestas. 

 

 

Abandona la novela

Hay que dejar que esa pasión aminore, porque te está desgastando y tus personajes te necesitan en plenas facultades mentales.

Abandónala. Rómpela. Déjala sola. No te necesita. Quémala. Cómetela. Devórala. Destrúyela. Lánzala lejos, donde no puedas recuperarla. Ahógala en el mar. No vuelvas a por ella. Huye, corre despavorido de sus garras de tinta. No te tortures más por esa novela, esa maldita novela que te está quitando algo más que el tiempo: te está despojando de la energía, del vitalismo del escritor, de la inspiración, de las ilusiones. Te está quebrando las perspectivas. Tú y yo lo sabemos, que ya no puedes más. Vamos, ya. No te lo pienses. Abandónala.

Yo a veces me preguntó por qué razón seguimos adelante con esta atroz tortura. Si escribís, creo que entenderéis a la perfección a lo que se refiere el primer párrafo. Existe mucha felicidad en el acto creativo: además de diversión está la capacidad de evadirte de la realidad. Pero a mí lo que más me gusta de la literatura es la catarsis. Desde que comencé a escribir, lo hice para arrancar de mi interior todo aquello que me hacía daño, convirtiéndose en la propia cura de mis heridas. Así que cuando escribir es tu particular manera de salir adelante, de llorar en cierto modo, tu mayor pasión se puede convertir en un auténtico desafío.

Supongo que ya sabéis a lo que me estoy refiriendo. Porque es imposible que nuestras letras no lleven algo de nosotros mismos. A veces una historia nace en un momento de nuestras vidas en el que la necesitamos; pero a lo largo de los años nuestras perspectiva cambia. Y digo años porque, por lo general, escribir una novela suele transcurrir en un periodo de tiempo largo. Sí, hablamos de años, de muchos meses, de infinidad de días y horas durante los cuáles esa novela, esa misma en la que estás pensando, nos absorbe cada uno de los pensamientos. Estamos a su merced.

Todos sabemos que no serás capaz de abandonarla para siempre.

En mayor o menos medida, para un escritor el libro en el que trabaja es importante. De la charlas compartidas con diferentes amigos y compañeros de las letras, las conclusiones que fui sacando son similares. La obsesión por querer hacerlo bien, por plasmar lo que tenemos en la mente en el papel, por mantener el respeto hacia el lector y hacia los personajes, el estar a la altura, el soportar nuestros estados anímicos…  en fin, ¡Qué os voy a contar!

Y dado que en mi caso personal la novela se encuadra en un mundo realista, dentro de unos sentimientos realistas y conocidos por mí, el agujero entre la ficción y la verdad es hueco. Se produce una unión mágica e insoportable. Una unión que llevo arrastrando desde hace una eternidad. Tengo una extraña impresión de no haber descansado nada en la última década (empecé Marafariña con diecisiete años) y por eso he decidido abandonarla. Y tú, si te sientes así, también deberías hacerlo.

Pero, ¡eh! que no cunda el pánico. Todos sabemos que no serás capaz de abandonarla para siempre.

Aunque esa separación, ese tiempo de libertad, te permitirá respirar y renovarte. Ayudará a mitigar el dolor que te produce volver a ella y, también, que tus sentidos no se emborrachen con la pasión que te hace sentir. Necesita enfriarse. Hay que dejar que esa pasión aminore, porque te está desgastando y tus personajes te necesitan en plenas facultades mentales.

Llevo varios meses sin tocar ese borrador abandonado en el ordenador. E intentando inundarme de energías y de frescura. Poco a poco lo he ido consiguiendo y echaba de menos esta sensación. En parte es gracias a todo el apoyo y entusiasmo que mostráis, día a día, por mi trabajo. En parte es gracias al silencio que he conseguido. Sí, la he abandonado y ha sido una decisión acertada, coherente y egoísta. Pero este abandono voluntario me está permitiendo volver a ella, poco a poco. Si no hubiera sido una huida a tiempo, tal vez no habría podido recuperar las fuerzas.

Por eso, escritor, no temas en abandonarla durante unas semanas. Unos meses. Un año. Créeme que cuando regreses, ella estará ahí, viva y fuerte como el primer día. Y tú la enfrentarás con más fuerza, con más pasión, con más musas.

De la verdad

Y a mí, que me gustan tanto las Redes Sociales como escribir, pensaba en lo feo que sería subir una foto de esa puerta roja que ponía Área Quirúrgica – No pasar. O del suelo blanco. O de una camilla abandonada.

Seguro que habéis leído algo acerca de Patria. Esa novela gruesa que habla sobre la ETA. Esa tan densa. Tan difícil de leer. Esa que habla de la verdad. No he venido aquí a hacer una crítica literaria (aunque os hablaré de esta historia en A Librería en unos días).

Lo dicho, he estado leyendo Patria durante poco más de una semana. Es una historia que desangra, que hace perder la fe en la humanidad para volver a recuperarla pasadas unas páginas. Y ha coincidido con algunos sucesos tristes y difíciles de asumir en mi entorno personal y familiar. Entonces fui capaz de darme cuenta de la importancia que tienen esas letras impresas en páginas para mí. Son como mi coraje, como mi fuerza. El escudo. La sombra. La burbuja.

La madrugada pasada, sobre las 03.15 horas, estaba a la puerta de uno de esos quirófanos de urgencias. Seguro que habéis estado allí alguna vez. La sala de espera es solitaria, somnolienta. Allí no solo huele a miedo y a incertidumbre. Huele a horas sin dormir, a impotencia y a desencanto. Es como si esos ojos que se encuentran, tan ojerosos, tan rojos, tan perdidos, descubrieran en esos momentos que ahí está la verdad. La verdad de lo que es en realidad la vida.

Y yo estaba en una de esas salas de espera, con mi familia y con otro puñado de desconocidos. No había ventanas, pero de alguna forma se oía la lluvia. Yo estaba acurrucada en una de esas butacas rígidas y frías, con el libro entre las piernas, pensando en que había afrontado esa situación demasiadas veces en los últimos meses. Que el hospital no es un sitio amable pero, a base de la confianza, he aprendido a conocer cómo funciona la vida ahí adentro. Yo leía Patria. Estaba con esos personajes que sufrían tanto, que sentía que me comprendían. En esos momentos pensaba en todas las personas que dormían tan tranquilamente hasta que sonara el despertador. Dichosas ellas. Dichosos los ajenos a esto. Me preguntaba cómo era posible que la gente pudiera dormir a pesar del infierno que allí muchos vivían. En ese edificio blanco. Después pensé en los millones de infiernos que había en todo el mundo.

Luego me levanté y caminé en círculos. ¿Había pasado ya la primera hora? Me quedaban muy pocas páginas para terminar el libro. Tenía la blusa arrugada y miraba a los míos sin saber qué podía decir. En pocas horas, además, amenecería y tendría que ducharme e irme al trabajo. Porque el mundo no se detiene, aunque tú quieras detenerlo.

Y a mí, que me gustan tanto las Redes Sociales como escribir, pensaba en lo feo que sería subir una foto de esa puerta roja que ponía Área Quirúrgica – No pasar. O del suelo blanco. O de una camilla abandonada. O de ese señor que tenía una de las expresiones más tristes que he visto en nunca porque su mujer se debatía entre la vida y la muerte al otro lado. Dije es que no es apropiado. No es apropiado. Y no sé por qué no es apropiado. Porque esto sucede todos los días en el sitio más frío del mundo.

Cogí el libro para terminarlo. Bostecé. Tenía hambre y sueño, pero lo que ocurría fuera de esas necesidades físicas era mucho más trascendental. Qué absurdos somos. La lectura me oprimía el pecho, era terrible y hermosa a la vez. Tardé muy poco en llegar al final y, luego, suspiré con cierto alivio. Casi maravillada. Frente a mí todavía no había movimiento. Había que esperar. Esperar. Tenía la impresión de llevar una eternidad esperando.

Las musas brotaban en medio de esa semiagonía. ¡Caprichosas! Cogí una pequeña libreta y empecé a anotar sensaciones, más que ideas. Buscaría la forma de plasmar todo eso en el papel. Lo escribiré en una novela, será más fácil. Ayudará a otros. Como a mi me ha ayudado Patria. Sentí dulzura al pensar en escribir, y me frustraba no poder hacerlo y no saber cuándo podría hacerlo. Esos crueles ramalazos de egoísmo me hacen sentir fatal, pero yo ya no puedo contenerme.

Del enfado al cansancio. Después la leve alegría. Milagrosamente todo ha ido bien. Mirábamos a esa cirujana como si no pudiéramos asimilar lo que decía. Muchos términos médicos que sonaban mal, pero a los que ya estábamos acostumbrados. Guardé mis cosas en la mochila, también el libro, conteniendo las ganas de besar las solapas en señal de agradecimiento.

Llegué a casa muy tarde. El hogar dormía en penumbras. Un abrazo y un beso en la cama cálida. Los gatos vinieron a acurrucarse cerca. Estaba muerta de sueño pero tenía algo que escribir. Precisamente esto que estás leyendo ahora, porque lo necesitaba. Porque me hizo sentir tremendamente bien. Tal vez, diréis, no es lo apropiado. Pero la verdad de la vida no siempre es apropiada.

Deliciosa flor

49h

El amor es una deliciosa flor; pero es preciso tener el valor de ir a cogerla del borde mismo de un horrible precipicio. Stendhal

No resulta insólito que haya sido en este romántico sentimiento donde ha recaído el mayor peso de la temática de todas las artes a lo largo de la historia. ¡Ay, el amor! Y lo complicado que resulta definirlo, explicarlo, transmitirlo, eternizarlo en las hojas de un libro. Millones de ocasiones se ha intentado buscar la fórmula perfecta de esta marea de sentimientos, tan única y tan especial, reservada solo para un puñado de afortunados y anhelada hasta la saciedad por la mayor parte de las almas. Amar y ser amado, buscar con insistencia ese camino de flores brillantes y rayos cálidos. Querer, con la simpleza de un niño, por toda la eternidad.

Por supuesto que adoro el amor. Es un ingrediente fundamental en mis historias, si es que existe algo que contar que de manera directa o indirecta no toque el músculo más fundamental del ser humano. Si bien es cierto que este protagonista indiscutible puede volverse enfermizo y demasiado doloroso en las historias novelescas. Nos gusta que así sea, nos gusta que desgarre, que duela, que sea imposible, que haya que pelar por él. Nos deleitamos en que nuestros protagonistas sufran mil y una desdichas antes de conseguir la merecida paz de los amantes. Y, al final, soñamos con que todo sale bien, que ese amor ha sobrevivido a mil y uno escollos en esa caída libre, que permanece sin fisuras. Irrompible.

Nuestros personajes se desgastan la vida en amar. Los mantenemos atados a ese mástil en medio de la marea y, en ningún caso, los dejaremos huir. Nos da igual que se ahoguen de ese cariño insano, nos da igual que sepamos que, pase lo que pase, sufrirán. No les dejamos irse, buscar otro tipo de salida. Somos tercos, crueles. Estamos locos. Pero creo que el amor nunca debería estar unido a este tipo de adjetivos, de ninguna manera.

Esto no quiere decir que dicho amor no haya que ganárselo y que no sea un camino arduo y duro. No existe la facilidad en el camino a la dicha, pero esto no quiere decir que sea una auténtica tortura. La constancia, la paciencia, la sinceridad y el cariño son claves a la hora de afianzar entre las manos el más puro y poderoso de los sentimientos. Sí, habrá flores deliciosas en este camino, pero también habrá maleza y días de lluvia. Tal vez duela, pero en ningún caso hasta el punto de destruirnos o anularlos.

Stendhal habla del horrible precipicio y me parece una metáfora acertada y preciosa para la historia literaria. En la realidad, no tendremos que acercarnos a ese acantilado en soledad. Habrá una mano fuerte que nos agarrará con firmeza y no permitirá, tan siquiera, que nos acerquemos a ese abismo.

Para Debie.

Tu personaje y tú

Según la Wikipedia, un personaje es:

Un personaje es cada una de las personas o seres (humanos, animales o de cualquier otra naturaleza) reales o imaginarios que aparece en una obra artística.

En el lateral, la imagen que aparece para encabezar el artículo es la de John Tenniel para la novela de Alicia en el país de las maravillas.

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La creación de cada uno de los personajes que forman parte de la obra literaria es, con total seguridad, una de las labores más complejas y divertidas a las que cualquiera que desee escribir una historia, sea del tipo que sea, debe enfrentarse. Y debe disfrutar.

En mi caso particular, los personajes suelen presentarse en mi mente cogiendo la mano de mi musa mucho antes de que lo haga el resto de la historia. Es casi (solo casi) como empezar la casa por el tejado. No sé si esto es lo habitual o no, pero creo que no me equivoco al decir que la relación que se crea entre el autor y su personaje, o personajes, es intensa, real y muy duradera. Es casi (solo casi) como una historia de amor. Es también un peregrinaje, un aprendizaje, porque mientras él crece y va tomando forma, tú vas creciendo y vas conociendo facetas de ti misma que desconocías hasta el momento.

Porque si un lector audaz es capaz de leer a través de la piel de tinta de dicho personaje, encontrará partes de tu alma que jamás confesarías. Encontrará fragmentos de tu pasado, miedos ocultos y anhelos sepultados. Encontrará todo aquello que extrañas y todo aquello que todavía te queda por ver. También tú puedes llegar a encontrar sentimientos que nunca, hasta ese momento, habías experimentado. Puede ser, incluso, como una preparación: nuestro personaje, nuestro mártir, puede sufrir y experimentar situaciones que nosotros todavía no hemos vivido pero que, con total seguridad, llegarán algún día.

Dejando a un lado las fichas técnicas, los datos que podemos rellenar de cada uno, la definición de su forma de vestir, el olor de su aliento, el color de su pelo, su mal hábito de fumar, su música favorita, relaciones de parentescos, el primer amor o su mascota… En fin, dando por sentado que todo esto lo conocemos a la perfección, llega el momento del diálogo. Un diálogo que proseguirá incluso cuando la obra esté finalizada, incluso mucho después. Porque no es tan fácil decir adiós a ese trocito que has dejado ahí para hacer latir otro corazón.

Hay que matizar que este personaje (o personajes) es decir, nuestra Alicia particular, no tiene que coincidir necesariamente con el protagonista. Resulta curioso, por cierto, que en muchas ocasiones cuando a un autor se le pregunta por el personaje favorito de su obra o relato cite a uno secundario que, tal vez, incluso al propio lector le había pasado más desapercibido.

El limbo que une a la pluma y a su creación es difícil y diferente en cada situación. No todos los autores se sienten, de hecho, unidos a sus vasallos, convertidos en meros peones que no le despiertan sentimientos. Tal cosa, creo, resulta fría y poco enriquecedora. Esa falta de vínculo hará que la literatura no sea del todo real, que le falte la chispa de lo que el miedo, la furia y el amor pueden transmitir en gran medida.

¿No se trata de imitar la vida, pero de hacerlo con franqueza, hermosura y metáforas?

O de inventarla, claro está.

Acerca de escribir, cambiar, crecer…

Ante de comenzar, cito textualmente de unas palabras que la escritora María Oruña ha publicado en sus Redes esta semana:

¿Qué construye a un buen escritor?
¿El talento? ¿La técnica? ¿La ineludible suma de ambas?
Yo creo en el talento como herramienta fundamental. Y en la técnica como pulidor imprescindible para, a la larga, no quedarse en el camino.
Pero también creo que el buen escritor es, fundamentalmente, quien tiene algo que contar. Y no considero que tenga que haber ido a uno, ninguno, ni a docenas de talleres de escritura creativa. Puede serle útil, desde luego, pero el mejor maestro, en mi opinión, es leer. Y leer de todo, de la forma más heterogénea posible.

Y, como ella misma cita del novelista y poeta Jonh Gardner:

…Pero sólo sobrevivirá el escritor realmente grande, el que entienda plenamente cuál es su oficio, el que esté dispuesto a dedicarle el tiempo necesario y a asumir los riesgos también necesarios, dando por hecho, claro está, que el escritor sea profundamente honesto y, al menos, en su escritura, cuerdo.
En un escritor, la cordura no pasa de ser esto: por idiota que pueda ser en su vida privada, jamás hará trampas cuando escriba.

¿Pueden tratarse de reflexiones más acertadas y más sinceras que estas?

Me parecen brillantes, en su conjunto. Definen la literatura y el escribir con honestidad, con verdad, lejos de los tópicos, lejos de los tediosos discursos de marketing que no tienen alma ni intención artística. Hay esperanza, todavía, cuando figuras de la literatura contemporánea como esta autora gallega nos regalan reflexiones tan verdaderas y valientes como tal.

Llevo más de un año en el mercado literario nacional e internacional, publicando esencialmente en formato digital, aunque he tenido el gusto de realizar varias ediciones de mis novelas en papel. El caso es que, bajo un nombre desconocido y una etiqueta de género intimista que a muchos les resulta soporífera resulta complicado mantenerse fiel a una misma e intentar llegar a lo más alto de los rankings de ventas.

Entonces llegó un punto que asumí mi verdad. Y a partir de entonces estoy más tranquila, y saboreo el llamado éxito a diario, sin necesidad de ser la que más vende, sin necesidad de que mis regalías me permitan dejar mi otro trabajo, sin necesidad de ser aplaudida por una gran masa de lectores. Y esta verdad es la que nace de cada latido, el motivo primero por el cuál la Miriam niña comenzó a escribir en una libreta porque le gustaba imaginar, sin pretensiones, sin ser ambiciosa, sin querer ni tan siquiera ser recordada. Esa Miriam inocente que escribía, solo escribía, para ella.

Y yo he decidido proteger mis novelas y protegerme a mí.

¿Hay sacrificio? Sí.

Porque nada te garantiza que seas buena en tus letras. Hay personas que te dirán que sí, otras que te fusilarán. Y la mayor parte que ni siquiera te dedicarán un minuto de su tiempo.

Con esto quiero decir que he crecido mucho en los últimos meses, sobre todo a raíz del Concurso Indie 2016 donde he estado rodeada durante un tiempo por otros autores con las mismas inquietudes que yo y con otros guiados por diferentes intereses diferentes. Y, la verdad, resulta complicado encajar en ocasiones.

Porque, sí, el escribir es algo a lo que te tienes que enfrentar solo en realidad.

Y yo he decidido proteger mis novelas y protegerme a mí.

Esto es arriesgado, porque hay personas en este cambio de actitud que han creído que yo me olvidaba de los míos, de todos esos autores que he leído y reseñado (y no son pocos), a los que guardo en mí y a los que he dedicado parte de mi tiempo. Sin embargo, ese tiempo es en esencia mío, cada uno decide a quién y a qué dedicárselo. Es cierto que he sufrido una metamorfosis importante, que he dejado mi Blog personal para centrarme en la crítica literaria en A Librería, que ya no puedo leer a tantos compañeros como antes, que mis metas son otras y que mi actitud también.

Pero escribir es un ejercicio duro. Después de terminar Marafariña Todas las horas mueren estoy exhausta y necesito calma. Ahora estoy escribiendo en el regocijo del silencio y eso exige mucho de mí.

Estoy en el momento de escuchar a los que quieran hablarme, de asumir las críticas y de abrazar los elogios.

Estoy creciendo y aprendiendo, estoy buscando mi lugar, mi propio lugar. Estoy defendiendo mi tierra imaginaria conquistada, mi Marafariña y mi Fontiña.