Leerla es sagrado

Leer a alguien es una muestra importante de fe y dedicación.

Leer a alguien puede ser algo parecido a hacerle el amor. Pero entended aquí, queridas mías, esto de hacer el amor cómo algo que no tiene nada que ver con el acto sexual. No al menos en este caso.

Y haciendo un poco de análisis morfológico, ese «la» de leerla es referido a alguien en concreto. Tal vez a una amiga. A un amigo. A alguien a quién admiro mucho. O tal vez solo estoy hablando de mi misma, en este duro egocentrismo que a veces arrastro y no puedo desprenderme de él. Perdonadme, perdonadme como yo tengo que hacerlo todos los días.

Solo quiero decir que cuando me siento en mi cafetería favorita (se llama Chicori@, trabajan mujeres maravillosas, se ve el bosque y el río desde la terraza) y abrazo su libro en mi regazo siento que la amo. Pero la amo de verdad. Y mientras acaricio el leve relieve de la tina impresa en las páginas, siento que estoy acariciando también las horas de soledad, las lágrimas de frustración, el esfuerzo titánico de abrir el alma y el silencio. Ese silencio extraño, denso como lo que es real, que acompaña a todas esas máquinas de escribir. Como su maldición.

Desde la cafetería también se ve la iglesia. A veces escucho sus campanadas. Ya sabéis mi opinión al respecto de la religión, pero gracias a esa enorme cruz de hierro me he acordado de la palabra que concluye el título de este post. Hablo de fe, hablo de liturgia, hablo de creer y hablo de lo sagrado. ¿Sabéis que para los Testigos de Jehová el bautismo significa dedicación? Algo he aprendido de todo esto. Muchas cosas, en realidad.

Soy la mujer que lee en esa cafetería y estoy con ella. Con esa otra mujer que ha escrito esta historia. Suya, que ahora tomo para mí, porque leer es un acto tan precioso cómo egoísta. El avance de las páginas me retuerce las tripas, porque llegar al final de algo siempre duele y es dulce a la par.

¿Sigo leyendo?

Cierro el libro y me lo llevo al pecho. Lo huelo. Huele a deseos y a angustia por partes iguales. A ilusión y a crecimiento. A ambición y a victoria.

También es sagrado el olor de los libros.

Photo by Larm Rmah on Unsplash


¿Te has quedado con ganas de más? Puedes leer mi último [HILO] en Twitter sobre la ansiedad y el perdón.

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Cinco citas para celebrar el #DíaDelLibro

El Día Internacional del Libro es una celebración a nivel mundial para fomentar el placer por la lectura y el reconocimiento de la literatura, en definitiva. El 23 de abril, como ya es harto conocido se celebra el día de Sant Jordi en Cataluña, fecha en la que es costumbre regalar una rosa y un libro. Y, aunque como se suele decir en estos casos, el #DíaDelLibro tendrían que ser todos los días, lo cierto es que me hace muy feliz que exista una fecha señalada para tal motivo.

Yo, como otros muchos, amo la escritura y, cuánto más, la lectura. Y es algo de lo que he querido dejar constancia en las historias que he escrito. Así, para dejar mi granito de arena en un día tan especial (mi fiesta, nuestra fiesta) os dejo cinco citas que podéis encontrar en Marafariña Todas las horas mueren que reflejan el amor por los libros.

Porque sí. Las horas morían. Las vidas morían. Pero los libros, los libros gozaban de la eternidad absoluta. Los libros volvían a nacer cada vez que alguien volvía a leerlos. Volvían a nacer cada vez que se recordaban. Que se sentían. Volvían a nacer infinidad de veces, en diferentes épocas, en diferentes sociedades, en diferentes partes del mundo. Algunas obras habían sobrevivido, incluso, al transcurso de los siglos, desafiando, así, a la mismísima fugacidad de la que apenas nada podía escapar.

—Me encantaría que las leyeses todas —le dijo, una vez hubo cerrado entre las manos ‘Cien años de soledad’ y contemplando la contraportada con ternura—. Todas y cada una de estas obras tienen un pedazo ínfimo de miles de personas. Uno de esos pedazos seré yo ,y cuando tú las leas, las vivas, también serás tú.

—¿Y a ti qué te gustaría estudiar? —le había preguntado Ruth a Olga, cuando ya casi estaban finalizando el segundo plato.
Olga se acomodó en la silla, mostrando seguridad.
—Literatura. Quiero escribir.
—Es la maldición de las mujeres de esta familia —terció Penélope, sonriendo—. Estefanía y yo nacimos con una pluma debajo del brazo. Olga de momento no se ha dignado a escribir, pero devora libros a un ritmo vertiginoso. Hemos nacido únicamente para tal fin… No me imagino hacer otra cosa que no sea dedicarme a esto.

Olivia golpeaba con insistencia las teclas duras de su máquina. Llevaba varias horas envuelta en la droga que suponía para ella escribir, alejada de todo excepto de sus personajes, de su historia que, si bien no era más que pequeños trocitos de ella misma, hacía que se olvidara por momentos de su realidad.

Después, mucho tiempo después, cuando se serenó y logró sobreponerse, volvió a escribir. Y escribió la novela más hermosa y real de toda su vida.
Una novela que nunca llegó a leer nadie, excepto ella misma. Guardada primorosamente bajo llave.