La escritora transparente

Si miro mi mano a contraluz (pero no sé de dónde viene la luz) veo letras a través de la piel. Por mi sangre corren palabras disueltas, algunas no significan nada y otras lo significan todo. La claridad atraviesa, entonces, mi cuerpo entero como si fuera un algo sin materia, difuso, sin forma. Como una nube que se puede tocar pero se desparrama y huye. Huye sin huir. Entonces se forma un humo rosado que lo envuelve todo, impide que se pueda ver.

Ser escritora es un poco esto.

No sé por qué escribo esta entrada y pienso en mi compañera Ana Castro. Encima de la mesa tengo su fanzine 2º Izquierda. El librito se ha vuelto semi invisible cuando mi mano traslúcida lo ha tocado. Al recordar a Ana pienso en la literatura que nos une y pienso, también, en el dolor que ella conoce tan bien y que todas conocemos en realidad. Acaricio su pequeña obra y espero que, a pesar de los kilómetros que nos separan, sienta esa caricia. Sé que a ella, como a otras muchas locas que escriben, me he unido porque no soporta a veces esta sensación de soledad y no existir. Soy tan transparente que me tropiezo con el suelo que no soy capaz de mantenerme en pie.

Pero siempre estoy de pie. O flotando. Y me elevo. Con las plumas saliendo de mis uñas y la tinta, que es mi sangre, dejándose caer por los folios en blanco. Es como un hechizo maldito al que soy adicta y del que rehuyo constantemente. ¿Sabéis? De algún modo crezco y me pertenezco, pero cuanto más me acerco a mí más lejos me encuentro. Soy literatura, pero también soy una mujer que duda y tiene miedo. Miedo de lo que hace, miedo de por qué lo hace y miedo de a dónde la llevará este camino.

Cuando me siento a escribir aquí quiero decir tantas cosas que al final siento que no digo todo lo que quería decir. Me doy cuenta de que soy incluso transparente para mi propia voluntad, que mis palabras son anárquicas y vuelan a dónde se les antoja. Pobriñas, ellas no quiere tener dueña, no quieren pertenecerme. Pero yo sé de dónde surje este concepto y a dónde pretende ir, lo que es más difícil hacerme comprender a mí misma. Cuando intento encontrarme, vuelvo a perderme.

Creo que la vida no es más que un intento de encontrarnos a nosotras mismas, a nuestra propia voz. Esto lo leí en Feminismo terapéutico de María Fornet. A veces siento que mi voz es tangible, fuerte y sonora. Otras es frágil, no puedo ni escucharla, mucho menos transmitirla. Vuelvo a ser inexistente frente al mundo, y cómo me cuesta. La imposición a no existir pesa en mi corazón, que pasa de ser violeta a ser negro en un pequeño segundo profundo.

Últimamente me preguntáis si estoy bien. Yo también me lo pregunto a menudo, no os creáis. ¿No os parece una pregunta muy difícil de contestar? Creo que lo que necesito es dejar de ser una escritora tan transparente. De algún modo, necesito regresar aquí, pisar el suelo otra vez, agarrar la pluma y arrancar eso que no quiero arrancar porque tengo miedo de irme otra vez.

De agotarme.

Y miedo, también, a llegar a dónde quiero llegar y ser feliz. 

Photo by Audrey Fretz on Unsplash


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