Ese edificio blanco

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La rutina en ese edificio blanco hace que la vida se vea desde otra perspectiva.

Las primeras horas pueden resultar realmente bruscas. Son un choque de amargura y ansiedad que a duras penas podemos soportar. Todo corre. Y nuestra rutina y esa cantidad de planes y obligaciones que figuran en nuestra agenda nos parecen una auténtica bobada. Tal vez, por unos instantes, nos podemos permitir el lujo de convertirnos en inválidos emocionales y quedarnos atrofiados por el terror. Ni siquiera necesitamos respirar, como un pequeño privilegio.

En esas preciosas (frías, impersonales, aisladas) salas de espera se congrega un grupo de gente con el que, en pocos minutos, se crean unos vínculos extraordinarios. Es en esas miradas huidizas, en esos suspiros un tanto melancólicos y en esas idas y venidas a la máquina de café. En ese ahora nadie podría comprenderte mejor que esas personas que, cómo tú, son ajenas al trajín urbano de más allá y se concentran en todo lo que ocurre al otro lado de esas puertas que son algo así como un abismo a otro mundo.

Porque, aunque a ti que estás ahí encadenada te parezca imposible que pueda haber alguien ajeno a ese mundo nuevo, sí que los hay. Y son gozosamente afortunados aún sin saberlo.

Cuando ya te has consumido las uñas, te has dado cuenta de que ese libro tan precioso no es capaz de deleitarte, que aunque tengas un hambre voraz los alimentos no tienen sabor en tu boca y la más estimulante conversación está plagada de torpezas, todo lo negativo termina convirtiéndose en el alivio de la resignación. Ya está. Eres una autómata más por esos pasillos largos y suaves. Sonreirás incluso a los que están a tu alrededor. Cuando te pregunten qué tal, podrías encogerte de hombros y decir bien, bien. Conoces ese momento: sabrás que durante esos días, quizás meses, serás capaz de alegrarte con muy poco.

A veces te cuesta respirar y dormir, pero no se lo dices a nadie. No quieres atosigar a los demás con ese agujero negro porque sabes que se terminarán alejando. Se compadecen, pero no lo entienden. Porque, aunque a ti que estás ahí encadenada te parezca imposible que pueda haber alguien ajeno a ese mundo nuevo, sí que los hay. Y son gozosamente afortunados aún sin saberlo. A veces puedes verlos a través de la ventana, libres cómo lo son los pájaros y cómo tú no sabrías serlo jamás.