La fe en la escritura

Os voy a confesar algo: yo no tenía pensado volver a escribir para este espacio en un varias semanas. Tal vez cuatro o cinco. Os voy a confesar otra cosa: no tenía pensado volver a escribir acerca de ningún proyecto hasta dentro de varios meses; tal vez cuatro o cinco. O seis. Y, ya que estamos, os voy a confesar alguna más: no tenía ni idea de cómo volvería a sentarme a hablar con vosotros. Ni mucho menos conmigo misma.

Pero ha sido la maravillosa acogida que le habéis dado a Mujeres en la literatura lo que me ha animado a estar aquí otra vez. Sí, al fin y al cabo, hay que tener fe.

 

La creencia vacía

Hoy no voy a hablar de religión. O no exactamente. Los que me leéis y seguís desde hace tiempo sabéis que es uno de los temas fundamentales sobre los que trata mi primera novela (y, os adelanto, tratará la secuela de la misma). Me vais a permitir, pues, contaros una brevísima anécdota personal antes de entrar en materia.

Durante gran parte de mi vida fui una creyente acérrima, hasta que la adolescencia me sorprendió; con ella la rebeldía y, con ella, el llamado despertar sexual. Los problemas empezaron a crecerme como las malas hierbas y empecé a darme cuenta que mi felicidad estaba en el contrapeso de mi tan importante, por aquel entonces, amistad con Dios. Sé que puede sonar una afirmación extraña por mi parte, yo que tanto he abogado por la libertad y he criticado con firmeza las imposiciones religiosas. Pero si quiero ser franca no me da ningún tipo de pudor exponer aquí esta frase. De este modo, conviví con esta contradicción envenenándome dentro durante mucho tiempo. Hasta que un día tomé la fe que todavía estaba viva en mí y me puse a orar.

Orar es, casi, como un ejercicio narrativo. Lo hacía como un hábito diario y me ayudaba a sentirme bien. Hoy en día me doy cuenta de que se trataba de una conversación estimulante y con efectos psicológicos positivos por tres razones fundamentales: nos ayuda al autoconocimiento, tiene un indiscutible poder catártico y, además, es un poderoso placebo. Cuando digo que me puse a orar, me refiero a que me puse a orar por última vez.

Fue un diálogo con Dios conmigo misma muy interesante y largo. Empecé diciendo que sería la última vez que realizaría ese ejercicio de esa manera, que iba a despedirme. Cuando decía que me iba a despedir me refería a que estaba decidida a dejar de tener miedo, a dejar de negarme a mí misma y a liberarme de las raíces religiosas que, en otro tiempo, tan bien me habían hecho sentir. Concluí, rota de llanto, diciendo que si Él realmente era mi amigo, me ayudaría a ser feliz a partir de entonces.

Durante mucho tiempo pensé que Dios había escuchado mis ruegos y, por eso, me alisó el camino. Ahora, desde la perspectiva que me han dado los años, sé que lo que ocurrió fue que mi Miriam interior se llenó de coraje y corrió, rabiosa, a por un presente mejor.

 

La realidad de la ficción

Os cuento esto porque creo que escribir es algo parecido a vivir de esta fe. Es muy difícil para un escritor definir para qué escribe, para quién y si merece la pena. Es complicado saber de dónde nace esa necesidad que, a veces, es tortuosa y nos cuesta; pero a pesar de todo permanece.

Supongo que es una conversación de franqueza, como rezar. Me refiero a que cuando me siento a escribir, a cualquier hora del día, a pesar del cansancio y a pesar de las mil y una cosas que podría estar haciendo en lugar de perder el tiempo en algo que tal vez nunca me vaya a solucionar la vida, lo que realmente estoy haciendo es sacar de mi interior todo lo que me corroe, o todos esos recuerdos tan reales, o esas vivencias latentes, o esos miedos tan pueriles en ocasiones. Brota de mí la verdad, y se plasma en la ficción de una novela. Sé que en esa ficción hay más realidad que la que soy capaz de ver a través de mis ojos cuando miro al mundo.

Quiero decir, contradigo estrepitosamente esta osada (y también acertada) frase de Virginia Woolf en Una habitación propia:

Y las novelas, sin proponérselo, mienten

¿Y cómo puedo decir que contradigo a Woolf? Ya sabéis que aunque seamos inseguras, débiles y cobardicas, las personas que escribimos tenemos un núcleo de ego mínimo en nuestro ser. Quien diga lo contrario miente (miente de verdad, no como las novelas). Así, con ese pedacito de ego que está colocado entre mi corazón y mi cabeza, le digo a Woolf que las novelas no mienten: en sus mentiras se esconde la verdad.

Aunque ella eso ya lo sabe, porque en el mismo ensayo dice:

Manarán mentiras de mis labios, pero quizás un poco de verdad se halle mezclada entre ellas; os corresponde a vosotras buscar esta verdad y decidir si algún trozo merece conservarse.

Si nos da miedo decir la verdad a gritos, creedme, que escribirla disfrazada en personajes, tramas y mundos diferentes resultará más sencillo. Aunque parece un mal chiste hablar de escritura ligada a la palabra sencillez.

Todo este laberinto de citas y reflexiones de una escritora que, cómo veis, tiene muchas ganas de escribiros, me lleva a un único fin: la escritura es, ahora, mi fe. Sentarme frente al teclado es mi manera de rezar. ¿A quién? A mí. La persona más importante de mi vida.

 

Y serenidad

Para concluir, voy a tomar prestada cierta reflexión de mi amiga Silvia. En su entrada de hace unos días, hablaba con mucha intención de Las letras de la serenidad. Ella dice:

No quiero escribir sobre la tristeza. 

Y cuando dice esto quiere decir que, en efecto, todo lo que escriba hablará o tratará sobre la tristeza. Pero lo hará con la serenidad que otorga la distancia de la deliciosa ficción, de la narrativa convertida en un armonioso instrumento silencioso que tocamos con ayuda de las musas y del habito de hablarnos cada día un poquito más.

¿Por qué? ¿Por qué nos funciona a unos cuantos estos de escribir?

¿Por qué a algunos les funciona la fe religiosa?

Son preguntas complejas, trascendentales y, claro está, retóricas. No existe una respuesta concreta, pero la palabra serenidad sí que se subraya bastante bien en ambos ámbitos. Esa manera de expresarnos nos ayuda a liberarnos, nos crece, nos hace fuertes. Alimenta esos huecos que tenemos dentro de una de las maneras más hermosas posibles.

Por eso, y solo por eso, lo hacemos.

 

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