Hoy sale a la venta ‘La herida de la literatura’

«Escritora, escritora» me dijo mi gata.

Y ha llegado ya septiembre y Septiembre.

Después de esperar lo que han parecido varias vidas, una de ellas en confinamiento y otras tantas lidiando con lo difícil que es esta ‘nueva normalidad’. Al fin es un hecho, mi nueva novela ve la luz este 15 de septiembre.

Mi herida, a partir de hoy, es vuestra herida.

Mis ausencias eran los huecos entre las líneas que no sabían unirse. Y mientras escribía encontraba tanto alivio como dolor en el acto de hacerlo. En una burlona contradicción, crecía cada vez más y me hacía cada vez más pequeña. Me curaba y me enfermaba.

Me enfermaba. Notaba esa herida sangrar en alguna parte. Las gasas eran ese procesador de textos. La polividona yodada eran los libros abandonados en todas partes.

― Miriam Beizana Vigo, La herida de la literatura

Portada oficial de La herida de la literatura

ISBN: 978-84-17829-18-6
Páginas: 326
Formato: 14 x 21,6 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
Peso: 400 gr

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PVP papel: 16,95 € IVA Inc.

PVP eBook: 5,99 € IVA Inc.

SINOPSIS

«ESCRITORA, ESCRITORA»

Es septiembre de 2004. Es el en el año que ha fallecido Carmen Laforet. También, en el que la literatura deja de enseñarse en los institutos. Una joven de catorce años llamada Melancolía aterriza en la remota ciudad de Melilla, en la única compañía de su madre y los vestigios de una enfermedad extraña que empieza a fraguarse en ella. Atrás dejan su Galicia natal, la pequeña vida conocida.

Varios años más tarde, Mamá ya no está. Sin previo aviso, como una amenaza irresistible, aparecerá en Melancolía la necesidad de escribir una novela sobre la que fue su profesora de literatura cuando era niña, una misteriosa muchacha con nombre de mes.

Esta herida literaria dañará a pasos agigantados su presente. Conviviendo con una gata que parece detestarla e intentando comprender el amor, comienza una búsqueda desesperada de hacer crecer una insólita amistad.

La amistad se vuelve débil cuando se habla de la muerte o de la enfermedad.

― Miriam Beizana Vigo, La herida de la literatura


La herida de la literatura es la cuarta novela larga de la autora coruñesa. Valiéndose de sus propios pedazos, Miriam utiliza esta historia para unir los trazos de algunas de sus mayores obsesiones: el dolor que le provoca la literatura, lo complicado de la amistad, las mentiras del amor y los rincones que ya no le pertenecen.

A caballo entre la realidad y la ficción, viajamos entre el pueblo de su niñez Carballo y la exótica ciudad de Melilla. Con La herida de la literatura ha pretendido acercarnos un poco más su manera de entender la vida, de curarse del dolor y de normalizar las enfermedades mentales, las distintas maneras de amar y los tabúes sobre la intensa relación materno-filial.


Y ya no puedo enredarme más porque, a partir de ahora, sois vosotras las que tenéis que empezad a compartidla, hablad de ella. Y leedla, y vividla. Y sentidla. Acercaros a esta historia tan compleja que, espero, os ayude a descubriros a vosotras mismas y, también, a sumergiros en mi manera de entender la literatura.

Recordad que podéis adquirirla en los puntos de venta habitual (Fnac, Casa del Libro), en vuestra librería favorita y en la página web de Les Editorial.

Pero esto no es todo, esta misma noche tenéis una cita en el Instagram de @Les_Editorial, donde estaré en directo con Bábara Guirao en la presentación online (la única segura y posible por el momento) para hablar sobre La herida de la literatura. Será hoy, 15 de septiembre, a partir de las 20.00h. También podréis ver el vídeo en directo a través de mi página de Facebook Miriam Beizana Vigo.

Será un placer contaros más en persona todos los detalles de esta historia y un honor responder a vuestras preguntas. ¿Nos vemos ahí?

«Yo no miraba a la gata. Leía de nuevo mis letras empapando el papel.

―Carmen Laforet era infeliz. Y Elena Fortún era invisible. Como yo. Invisible.

Pero ellas eran amigas. Y tú no tienes amigas, dijo Letra.»

― Miriam Beizana Vigo, La herida de la literatura

Trans women are women

Escribo este post sintiendo un dolor agudo y una profunda decepción. También como una ignorante. Porque yo creí que eso de la sororidad unida al feminismo nos otorgaba un poder que nadie podría arrebatarnos: la fuerza de comprendernos, de estar juntas, de ser invencibles. Creí que dentro del movimiento para conseguir la igualdad de derechos entre mujeres y hombres no existía espacio para el racismo (error), la homofobia (error), el clasismo (gran error) o la transfobia (error, error, error).

Si bien es cierto que la controversia y la diversidad de opiniones en cualquier ámbito es inevitable, sigo sin apoyar ni comprender los discursos que, desde un punto de vista superior opinan y dan sus argumentos en contra de otro colectivo. Se les llena la boca, los teclados de sus ordenadores, los artículos de los medios digitales de comunicación para dar pie a sus ideas. ¿Y lo más terrible? Que eso está viniendo de parte de mujeres, en su gran parte escritoras (que son las que yo sigo más de cerca) a las que admiro, que ponen en tela de juicio que las mujeres trans puedan incluirse dentro del ámbito de los derechos de las mujeres no trans.

Me suena hasta raro escribirlo.

Entonces me doy cuenta de que no sé nada o que, quizás, soy una ingenua. Porque yo en ningún momento me planteé abrirle o no la puerta a nadie a una manifestación, a un debate, a un grupo, a una organización cuyo único fin es lograr la igualdad de los derechos de las personas. Pero poco a poco fui buceando, cada vez sintiendo más miedo y más dolor, y transformando ese dolor en rabia. 

Y esto me lleva a Kate Millet y a su política sexual. Y leyendo sobre su vida me doy cuenta de que fue duramente rechazada por su condición de mujer lesbiana dentro del colectivo feminista. Claro, podemos pensar que hace ya algunos años de esto y que hoy no sería igual. Pero cuando empiezas a hablar con una compañera mujer hetero sobre las diferencias entre ser una mujer lesbiana y una mujer hetero en materia de privilegios se produce una incomodidad.

No podemos decir que hay mujeres que tienen más privilegios que otras, eso atenta contra el feminismo.

¿No podemos decirlo?

Si no podemos decirlo, entonces es que estamos profundamente equivocadas. 

Luego llegan los ataques. Los ataques a dolor a nuestras hermanas, a nuestras amigas, a las mujeres trans que están siendo excluidas cruelmente de algunos grupos feministas. A las que se les están dedicando artículos que explican por qué ellas no deben estar en la lucha feminista. ¿Y lo peor? Es que estos artículos llegan, o son compartidos, por mujeres icónicas del feminismo para mí (y para muchas otras) lo que hace que el impacto sea más árido.

De pronto, sin más, empezamos a quedarnos huérfanas.

Leo y hablo a diario con mujeres trans. Las busco. Curioseo en sus Twitter, leo sus relatos, busco sus historias, entrevistas y novelas. Hace un tiempo no me gustaría etiquetarlas así, como tampoco me gustaba etiquetarme a mí misma. Me he dado cuenta que la no-etiqueta solo nos invisibliza. Por favor, perdonadme. Perdonadme si no lo hago bien, si me equivoco. Todos los días intento mejorar y aprender.

Perdondadme también por escribir este artículo, fruto de una punzada de traición y de desasosiego acumulada durante semanas. Me quedo helada antes estos ataques, ante esta transfobia horripilante que viene de parte de las que debían de daros, darnos, la mano. No quiero ni imaginarme cómo os sentís vosotras, vulnerables, atacadas, siendo ignoradas y excluidas de un movimiento que necesitáis tanto, o incluso más, que nosotras.

Y podría citar los nombres que he identificado durante las últimas semanas como mujeres que consideran que las mujeres trans no son mujeres. Pero lo cierto es que no quiero que esto se convierta en una rivalidad, en una caza de brujas (como decía Kate Millet también). Sólo espero que, con el tiempo, podamos seguir luchando, trabajando y aprendiendo, solventar estos errores de pensamiento y caminar hacia un punto en común.

¿Mientras tanto qué podemos hacer?

Mientras tanto gritemos. Seamos activistas. No nos callemos. Denunciemos las injusticias. Tengamos debates pacíficos. Si son insuficientes, elevemos el tono de voz. Demos un golpe en la mesa.

Seamos consecuentes con el grado de injusticia y dolor que el pensamiento de las feministas TERF están inculcando entre nosotras: entre todas las mujeres, sin distinción, amen a quien amen y sean cómo sean, provengan de dónde provengan.

Trans women are women

Photo by Sharon McCutcheon on Unsplash


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En materia de género y feminismo, podéis verme en viernes 17 de enero en la Librería Berbiriana (en A Coruña) a las 19.00h acompañando a mi querida Silvia López hablando de La política sexual de Kate Millet. 

Escritura y sororidad: cómo, cuándo y por qué

Durante mi infancia y adolescencia, pues, fui prisionera en la realidad y libre en la literatura.

No sé qué me ha ocurrido últimamente, no sé dónde se ha quedado mi anterior yo. Por ahí anda, en un rincón. Navega a mi alrededor. La pobrecita Miriam de antaño está un tanto relegada a ir desapareciendo poco a poco. Pero yo la respeto, ¡vaya si la respeto! Al fin y al cabo, gracias a ella estoy aquí.

¿A qué me estoy refiriendo? Al recurrente crecimiento personal al que no dejo de referirme por activa y por pasiva. Y, tal vez más fuertemente después del 8 de marzo, empieza a perfilarse con más fuerza y con más garra. Es que me estuve haciendo preguntas, ¿sabéis? Me estuve preguntado cómo he llegado hasta aquí, cuándo ha ocurrido y por qué: ¿por qué de repente me importa tanto el movimiento LGTB y movimiento feminista cuando, hasta hace poco, renegaba de todo tipo de Hastags y etiquetas? ¿Estaba equivocada antes y ahora, sin más, he abierto los ojos?

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Una servidora, rodeada de “sororidad” en la manifestación del 8M (A Coruña)

Hay que darse tiempo

Seguro que a vosotras, vuestros padres, también os han dicho eso de: ahora te crees que lo sabes todo, pero espérate cinco años más y me cuentas. Cinco años es una eternidad a según que edades. Yo, mientras escribo este post, tengo 27. Toda una mujer que ya cree saberlo todo de la vida. Pero esto ha sido siempre igual. Cuando tenía 18 me comía el mundo, cuando tenía 23 era todo lo madura que se podía llegar a ser y lo sabía todo, pero todo, de la vida.

Y a mí, hasta hace muy poco, eso del feminismo me chirriaba. Y ya no digamos lo de tener que alzar una bandera de arcoiris por ser lesbiana. No me siento orgullosa de haber pensando así, de mi silencio, de mi hipocresía. Pero estamos en confianza, estamos en casa. Y, además, quiero dirigirme a todas aquellas, y aquellos, que podéis sentiros así. Encerradas en la cláusulita de la comodidad del silencio. Escondidas. Sin molestar demasiado. Sin discutir. Los micromachismos, al fin y al cabo, no molestan tanto. Y las bromitas sobre la sexualidad son inofensivas. ¿Verdad? ¿Verdad? Sí. Claro que sí. Pero poco a poco, en tu trabajo, con tu familia y con tus amigas, prefieres estar más bien callada. Hablar de tu pareja en un género neutro y, de paso, no escandalizarte demasiado por cómo algunos de los chicos del grupo tratan a sus novias y las cosifican. Hay algo horrible en eso, lo estás viendo. Lo ves. Pero no sabes qué hacer. Al fin y al cabo, desde niña, lo has bebido. Desde niña, eso es lo normal. Y tú, lo que tú eres, no es lo normal.

Lo normal

Y, poniéndome un poco firme, muy normal no soy. Menos mal. Siempre he sido una persona aprensiva, con ansias de querer y ser querida, poderosamente insegura, poderosamente altruista (demasiado, demasiado) e ilusamente ilusa. No importa. Me gusta esa yo, me gusta mi naturalidad, me gusta mis ganas de abrirme a las personas, de no tenerle miedo a la amistad, a los abrazos y la honestidad. Las máscaras nunca han ido conmigo, pero las he llevado puestas durante demasiado tiempo.

Esperad, que me pierdo del hilo. Pues eso. Lo normal. Una niña criada en un seno de una familia Testigo de Jehová (ultra religiosa = ultra machista = ultra heteronormativa) que ha llegado a mantener una relación con una persona del sexo opuesto que ha durado años y ha terminado, incluso, por ser algo oficial. Una niña que escribía a escondidas historias donde había mujeres que se vestían cómo querían y amaban a otras mujeres. Y mujeres que amaban a hombres pero tenían interés en otras mujeres. Durante mi infancia y adolescencia, pues, fui prisionera en la realidad y libre en la literatura.

Me gusta esa yo, me gusta mi naturalidad, me gusta mis ganas de abrirme a las personas, de no tenerle miedo a la amistad, a los abrazos y la honestidad

Que no. Que no es normal. Que mi cabeza un día, de noche, mientras no podía dormir (y no podía dormir porque los “demonios” me carcomían como pirañas) me reconocí a mí misma que las mujeres me gustaban, que mi fascinación por Hermione Granger no era un simple gusto personal y que aquella chica dos cursos mayor que yo me gustaba como se suponía que me deberían gustar los chicos. Y esa noche fue la más importante de mi vida. Sí. Lo fue.

Pero de la noche a la mañana no te vuelves homosexual y te das cuenta de que la sociedad te ha tratado peor, te lo ha puesto más difícil, por ser mujer. Que en las reuniones religiosas a las que asistías las mujeres tomaban el apellido de sus maridos, no tenían derecho a orar ni a hablar en público y que, además, estaba tan interiorizado que era de lo más normal. Era normal porque las mujeres son unas histéricas, unas criticonas y no saben ser amigas. ¿Os suena esto? Sin embargo, cuando yo quise irme de mi pareja y de esa organización, los que actuaron como histéricos, criticones y malvados fueron ellos, esos señores que mandaban, que tenían el poder. Esos señores que decían que, según la Palabra de Dios, las mujeres estaban por debajo de los varones.

Así que no. No soy normal. Nadie es normal. Nada es normal.

Y yo, entonces, también me enfadé. Y dije, ¿dónde estamos nosotras?

La sororidad

No me importa reconocer la ignorancia que en todos estos temas he tenido durante  años. Lo único de lo que me arrepiento es de haber llegado un poco tarde, de no haber dedicado más tiempo a crecer en mi interior a comprender. A comprenderlas. Me refiero a esas mujeres que, tan enfadadas, gritaban en voz alta y condenaban el patriarcado. Ni siquiera era capaz de entender el movimiento que hace muy poco (muy muy poco, lo sé) empezó a llenar las Redes Sociales con el #LeoAutorasOct. ¿Y por qué no lo entendía? Porque yo leí, desde siempre, a más mujeres. Pero el mundo no se acababa en mí.

Solo tuve que echar un vistazo a los títulos de las librerías. A los libros clásicos que con tanta curiosidad e ilusión leí en su momento, porque la crítica y la cultura me decían que era necesario que lo hiciera. En esos libros clásicos como El retrato de Dorian Gray o El guardián entre el centeno en los que nosotras apenas estamos, somos sombras, y no tenemos voz. Y sentimos ese vacío al terminar de leerlo. Lo sentimos y está justificado. Y yo, entonces, también me enfadé. Y dije, ¿dónde estamos nosotras?

Y “nosotras” estábamos en mis propias novelas en las que, sin darme cuenta, hacia un alegato feminista y de sororidad. Esta última palabra era desconocida para mi unos años atrás cuando, un día, HULEMS publicó un post sobre las novedades literarias en las que se anunciaba Todas las horas mueren. En él rezaba este párrafo:

Este libro es un verdadero monumento a la sororidad femenina

Qué importancia, qué belleza y qué transcendencia tuvo para mí, desde entonces, esa palabra. Y yo, sin saberlo, había dado un paso, había contribuido a que la literatura, a que el mundo, fuera un pelín más diverso, un pelín más feminista. Empecé a comprender muchas cosas, tantas cosas, que me volví torpe y me abrumé a la hora de manejar todos esos conocimientos.

sororidad. (Del ingl. sorority).

Agrupación que se forma por la amistad y reciprocidad entre mujeres que comparten el mismo ideal y trabajan por alcanzar un mismo objetivo

Tal vez, entonces, no somos tan malas amigas, tan criticonas, tan falsas y tan desdeñosas como siempre se nos hizo creer. Tal vez, el espíritu que nos mueve es más bondadoso, más altruista y más cariñoso. Tal vez no se nos acaba el amor por ser madres, por ser esposas. Tenemos amor que desborda para nuestras hermanas, para nuestras amigas, para nuestras desconocidas. Tenemos amor, amor que nos crece a cada segundo.

Lo que ahora quiero hacer

Llevo toda la vida intentando comprender, pues, quién soy. Creo que con este color violeta y con ellas, mis hermanas, estoy consiguiendo entender qué es lo que me sucedió desde siempre. Siempre he querido hacer algo, algo más, y creo que en este frente hay mucho que hacer. Siento cierta responsabilidad ahora, cuando empuño la pluma y hablo de esas mujeres. Ahora con conciencia, ahora con cierta rabia. Ahora ya no nos conformamos con que nuestros personajes femeninos hablen: queremos que griten, que griten bien fuerte por todas aquellas que han tenido que estar calladas. Incluso esa parte de nosotras mismas que, también, hemos tenido que mantener mudas. Esas heridas permanecen ahí, pero nos ayudaremos de ellas para continuar unidas.

Por eso desde hace la varias semanas, tanto en este web como en A Librería he enfocado mi actividad al hastag #MujeresEnLaLiteratura.

 

Photo by Victor Dittiere on Unsplash

Ellas, vosotras, nosotras: Alemania

Alemania

Que me dijo que no quería ir más al mar, porque hacía unos días había naufragado uno de los barcos en alta mar y habían muerto algunos de sus amigos. Y yo solo pude apretar los labios al ver a mi marido, un hombre de mar, fornido y fuerte, llorar como si fuera un niño pequeño. ¿Qué podía hacer? Si le habían salido arrugas y más canas que nunca. Pero el pelo no se le caía, ¡eh! era frondoso. Siempre lo había sido. Yo reconocía en sus ojos azules el temor, el reflejo de las olas, el miedo a ahogarse lejos de casa. Sé que tenemos cuatro hijos, mujer, y que tienen que comer. Pero yo al mar no vuelvo. Y yo trabajaba dando de comer a esa cuatro bocas, limpiándoles la ropa, limpiando sus cuartos, cuidando de mi madre mayor (mi padre ya había muerto) y de mi tía, también mayor y, para colmo, alcohólica. Pero no la culpo. Después de la guerra muchos hombres y mujeres se olvidaron de ser felices. Las obligaciones me tenían exhausta. Era una mujer joven, joven lo que se puede considerar hoy en día. Pero vieja en espíritu, de verdad. El pelo rubio y muy rizado. Era guapa, ¿puedo decir que era guapa o es una frivolidad? Si eso, si tal, si puedes, luego lo reescribes. Bien. Que no, que no, que no quiero volver al mar.

… Y claro, ya me dirás tú qué podía hacer. Además, pasaron varios días de marejada y en Carnota nadie iba a faenar. Estaba mi marido derrumabado en el sofá, llorando sus muertos, mientras yo no tenía un minuto de descanso. A pesar de la desgracia, a pesar de la marejada, los platos había que llenarlos y limpiarlos después. Y había que ir al río a lavar la ropa. Me dolían las manos porque la piel de los dedos se me levantaba. Y la niña más pequeña solo tenía dos años, y la mayor apenas diez. Pero la mayor era una mujercita y tenía que colaborar. El siguiente, con ocho años, era un varón. Acompañaba a veces a su padre, pero ya tenía su sillón reservado junto a la chimenea. Y la del medio, con siete años, era traviesa, todavía libre. Y digo todavía porque yo sabía lo que nos esperaba a las mujeres.

…Una mañana fui a ver a un amigo mío que trabajaba en unas oficinas que buscaban trabajo en el extranjero. Llevaba ropa marrón. Hacía frío. O era el hambre. En invierno hacía frío y en verano también. Todos los días de esos años hizo frío, todos teníamos las entrañas congeladas. Y ese frío, niña mía, ese frío no se va nunca. En mis entrañas de mujer que ha parido cuatro vidas se conglomeraba el hielo como en cualquier otro útero. Era lo que tocaba. Solo era lo que tocaba. Total, que ahí fui, a la oficina. Y mi amigo, Carlos creo que se llamaba, tenía barba y estaba muy delgado. Me cogió de la mano y yo le sonreí. Me dio el pésame por los muertos en el naufragio, como dije, amigos de mi marido. Asentí. Y le dije que el hombre no me quiero volver al mar, le cogió miedo. Y el tal Carlos comprendió que le estaba pidiendo un billete a Europa. Un trabajo de esos remunerados, encerrados en aquellas fábricas, pero en tierra firme al fin y al cabo. Y Carlos me dijo puedo colarlo en uno de los trenes que van a Alemania, buscan mano de obra para la fábrica de bombones. Pero son cuatro hijos los que tenéis. Entre vivir allí y el envío de dinero, la cosa está justa. Y dudé, claro que dudé.  Porque yo era la que cuidaba a los niños, la casa y a mi madre. Pero al final le dije si había trabajo para allí, si allí podían trabajar las mujeres. Sí, puedes trabajar en las máquinas. Cobrarás menos que él, claro está, pero puedes sumarlo. Pero, ¿vas a dejar a los niños en España solos? Porque, ¿sabes? los niños los iba a dejar yo. Mi marido, su padre, no. Él no. Cuando se trataba de dejarlos solos eran solos mis hijos. Pero no te olvides, no se te ocurra olvidarte, que si nos íbamos a ir a Alemania con una mano delante y otra detrás es porque mi marido no quería volver al mar. Eso apúntalo en letras bien grandes. Y yo, como su esposa, intenté buscar la situación. Una mujer tiene que cuidar a los suyos, para eso hemos nacido. Si él era infeliz, yo tenía que buscar la manera de ayudarlo. Además, que quieres que te diga. Yo no quería que se me muriera en el mar.

…Nos íbamos en dos noches. Mi marido me dijo que no era normal que una mujer dejara a sus hijos y a su familia pero, al mismo tiempo, le daba miedo irse solo. Me apoyó, pero me apoyó solo en el silencio del hogar. Entre los vecinos tuve que aguantar las duras críticas de ser una mala madre y una mala hijaQue necesidad tendrá de irse ella también, con que el hombre trabaje es suficiente. Él era valiente, yo era una mala madre. Mala madre. Terminé creyéndomelo. Pero yo lloraba por mis hijos lo que no está escrito. Y yo rezaba mirando a la cruz y me prometí a mi misma que, cuanto antes, volvería a España para llevármelos. Se quedarán con mi madre y con mi tía, estarán bien. Mala madre. Mi marido era valiente y yo era una mala madre.

…Llegamos de noche a Berlín, dormimos en una pensión y, a la mañana siguiente, sin comer, mi marido y yo nos presentamos en Storck, la célebre fábrica de dulces. Ese mismo día empezamos a trabajar. Él con los hombres y yo con las mujeres. Y qué mujeres, querida, qué mujeres. Que no nos entendíamos, que una era polaca, la otra turca y la otra sabe solo dios de dónde, pero ya nos queríamos y nos besábamos y llorábamos por nuestros hijos. Nos trataban bien, era un trabajo largo enfrente a las máquinas, pero las condiciones eran muy buenas comparado con lo que conocíamos en España. ¿Sabes qué hacíamos allí? ¿Sabes estos caramelos con el papel dorado que son muy dulces? Sí, los Werther’s Original. Y también los Ferrero Rocher y los Mon Cheri en época navideña. Nos dejaban comernos algunos mientras los preparábamos. Yo a veces iba cambiando: estaba en las máquinas de chocolate o de envolver según las horas. Poco a poco fueron queriéndome, hice amigas, más bien hermanas. Me sentí parte de algo, de ellas. Ellas que habían dejado familia e hijos. Ellas que eran yo. Y yo era ellas.

…A los meses, pudimos comprarnos una casa a las afueras, una casa de campo, muy grande. Entonces me enteré de que mi madre estaba muy enferma. No pude viajar a España. Y me dolía por ella y por mis hijos, pero necesitábamos seguir ganando dinero para asegurarnos un futuro. Además, por muy buenas que fueran las condiciones, eso de las vacaciones y los permisos era otro cuento. Allí se trabajaba sí o sí.

Tardé doce meses en poder ir a Galicia. Fui sola, mi marido no pudo acompañarme. Lloré la tumba de mi madre, aguanté las injurias de los vecinos y soporté cómo mis hijos, sobre todo la pequeña, me miraban como una extraña. Durante un tiempo para ellos solo fui la mujer que los había abandonado y vuelto para llevarlos a tierras extrañas donde no entendían cómo hablaban los otros niños. Sufrieron, sí. Porque no fue fácil la escolarización ni la vida. Además, estaba mucho tiempo solos, porque había que trabajar. Y trabajar y trabajar.

… Yo les llevaba caramelos y bombones. El capataz nos regalaba bolsas llenas todos los viernes. Y un extra muy generoso en verano y navidad. Cuando las trabajadoras salíamos cargadas de dulces, algunos niños corrían para que se los dieran. Qué momento, querida, qué momento. Y con qué poco se podía hacer felices a esos críos. Fui feliz trabajando, sí. Muy feliz. Yo en el trabajo descansaba.

…En casa me encargaba de las tareas, pero mis dos hijas mayores crecieron y fueron siendo las responsables de la comida, la compra y la colada. Al tiempo, el niño y la niña mediana entraron a trabajar en la fábrica. La mayor se había casado y se había ido a España. Sí, así de rápido pasan los años. Y en todo este tiempo, el valiente de mi marido cayó en los demonios del alcohol, como mi tía. Y nos pegaba y había gritos. Te lo cuento así, tal cual, pero era algo tan común que ya ni nos sorprendía. Yo le decía a mi hija pequeña que se encerrara en su cuarto con un cubo por si tenía ganas de ir al baño hasta que yo llegar a casa. Qué cruel, ¿verdad? Pero antes no se podían denunciar esas cosas. No.

…Odié a mi marido. Lloraba con mis compañeras en la fábrica, hasta que caí enferma. Del corazón. Lo creas o no, tal vez no lo creas, fue una bendición.  Porque mi estado de salud me permitió volver a España, ya jubilada, con un sustento mínimo para empezar una nueva vida. Compré un piso en Cee con mis dos hijas. Volví sin él. Lo abandoné allí, a él y a su alcoholismo. Mala mujer, decían. Sí. Pero ya no me afectaba. Pero él, el hombre que no quería volver al mar, regresó a las cercanías de ese Océano para morir. Cirrosis. Una muerte lenta, terrible, en soledad. No lo fui a ver al hospital, mis hijas sí (qué benevolentes). Tampoco al entierro. Pero, te parecerá una tontería, aun así lloré su muerte. Supongo que es lo que hacíamos las mujeres, sufrir. Sí. Habíamos nacido para querer y para sufrir…


Apuntes sobre el 8 de marzo: El Día de la Mujer

El Día Internacional de la Mujer se celebró por primera vez el 19 de marzo de 1911 en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza.

Menos de una semana después, murieron 146 mujeres y 71 resultaron heridas en el incendio de la fábrica de Triangle Shritwais de Nueva York. Habían sido quedado encerradas en el edificio sin posibilidad de escapar.

Este día y este pequeño homenaje lo celebraré por ellas.

Nota: Este texto pertenece a un relato real de una mujer muy importante en mi vida. Es mi forma de homenajear su fortaleza, su tesón y su valentía. Este 8 de marzo también es por ella.

Gracias a Deborah por ayudarme a escribir esta historia real.

Photo by Joshua Fuller on Unsplash

Dormir con libros

Esas dos mujeres

Volvíamos a estar en esa sala tan llena de gente pero sintiéndonos tan solas. Ahí las miradas perdidas no se encuentran en ninguna parte e, incluso, en el ruido, hay silencio y huecos. En esas respiraciones ansiosas se comparten los huecos que todos tenemos dentro. El ambiente está tildado de una peste negra, que absorbe las energías. Y, aún así, ahí estamos. Imperturbables. Con las cejas erguidas, sin ganas de tomar café y ni siquiera de leer un libro. No nos quitamos los abrigos y miramos al frente, al techo, a los cordones desatados de nuestros zapatos, cargando con la bolsa naranja de aquí para allá como si fuera nuestro lastre.

Yo me he cambiado de silla y estoy cerca de la puerta. Sola por un momento. Me llama la atención que la mayor parte de personas que cuidan y acompañan son mujeres. Qué curioso. Tal vez sea coincidencia, tal vez no.

Frente a mí hay una señora mayor en una silla de ruedas que tiene magullada la cara y solloza. Está sola porque su familia vive lejos y tardará un par de horas en llegar. Me llama la atención su rostro: la vejez es latente, pero tiene los ojos achinados y sus mejillas redondeadas le dan aspecto de niña pequeña. Algo en ella deja entrever una angustia existencial que no la ha abandonado nunca, algo en ella pide cariño a gritos. Somos muchas mujeres jóvenes que estamos solas, también, que la miramos y nos inunda la pena pero no sabemos hacer nada. Qué torpes y, en cierto modo, qué egoístas somos.

Entonces aparece otra mujer. Lleva una de esas pulseritas blancas que la identifican como paciente que, tal vez no está tan grave, o tal vez siguen faltando camas dónde dejar descansar a los enfermos. Es también anciana. Ella no tiene cara de niña, pero si de chica poderosa. Tiene media melena blanca, lleva un poncho con motivos indios y un pantalón ceñido. Es juvenil. Y atractiva, desde luego. Ve a la otra señora que está sola y en ese instante se hacen amigas. Le dice que ella también está sola, pero ella no llora. No sé cuál de las dos es más valiente: si la que no llora o la que se atreve a llorar. Porque en aquella maldita sala casi nadie se atreve a llorar.

Las miro y escribo esta historia en mi cabeza al mismo tiempo. A la primera quise llamarla Angustias. A la segunda la voy a llamar Coraje (que también es un adjetivo femenino). La Angustias y La Coraje. Ahí están mis dos mujeres, a las que ya quiero y a las que probablemente nunca más volveré a ver.

La Angustias le dice a La Coraje que su marido no ha querido venir y eso la pone muy triste. Al parecer ha sido siempre así, admite encogiéndose de hombros, después de casarse él no quiso pasar con ella la luna de miel y volvió al trabajo. Coraje la mira con los labios fruncidos. Ella no habla de ningún marido, tal vez nunca se haya casado. Tal vez es una de estas mujeres rebeldes que no se han casado.. Mientras le acaricia la rodilla a Angustias le susurra ánimos y palabras bonitas. Angustias llora, pero ya llora menos. Mi marido superó un cáncer a la cabeza, dice, yo no me separé de él. Tú no te separaste de él pero él no está aquí contigo, parece pensar Coraje y todas las demás que estamos escuchando alrededor.

Pero yo lo quiero igual, dice Angustias. Toca ser fuertes, le dice Coraje. Ya verás cómo no es nada. Y entonces tú también estás sola, le pregunta. Sí, yo he venido sola porque la familia está muy lejos.

La familia siempre parece estar lejos y a las mujeres siempre nos toca ser fuertes. A ellos no, ellos están casi todos arriba en la cafetería porque hay un partido de no sé qué. Los cuento y creo que hay cuatro o cinco hombre en toda la sala. No los culpo. Permanecer ahí es difícil. Pero a nosotras nos toca ser fuertes.

Sigo mirando a Angustias y Coraje. Son mis amigas y me han enseñado mucho sobre mujeres y sobre feminismo sin apenas darse cuenta, sin ser letradas y sin haber escrito un libro. Me despiertan tanta ternura que siento ganas de llorar. Me las trago y me retuerzo los dedos. Me acuerdo de una vez que íbamos en el tren y mi abuela le ofreció mantecados que acababa de comprar en Astorga a un muchacho que iba sentado a su lado. No sé por qué me acuerdo de ese gesto pero me parece tan precioso que me gustaría levantarme y contárselo a mis nuevas amigas. No me muevo.

En mi despiste veo que Angustias y Coraje se están abrazando muy fuerte. Qué preciosidad de estampa. Entonces Angustias dice que necesita agua y Coraje se ofrece a ir a por una botella pero no sabe a dónde ir. Es mi momento, me digo, yo las ayudo. Pero no, no puedo. Las enfermeras dicen que es mejor que no beba nada porque no saben si hay daños internos. Y es que la pobre Angustias se ha caído por las escaleras. Qué mala pata, dice Coraje. La vida es una mala pata, dice Angustias. Eso hace reír a Coraje, Angustias también se ríe. Yo me rió y unas cuantas más también. Es una risa discreta, porque reírse allí está tan feo como ponerse a llorar.

Por tu estar en las nubes

Me sucede a menudo, sí. Soy una privilegiada. Para mi la literatura es vida, por lo tanto la vida está llena de literatura. Me abstraigo con facilidad, por lo que el aburrimiento nunca ha sido algo que he llegado a sufrir de manera habitual, ni siquiera de niña en el colegio. Me bastaba con ponerme a jugar con las palabras en el espacio exterior que no paraba de hacerse grande en mi cabeza. Me alegra ver que la madurez me ha permitido quedarme con ese don infantil.

Y yo te envidiaba precisamente por eso, aunque creo que nunca lo has sabido, porque no veías barreras entre la vida y la literatura.

Esta es una cita extraída de Nubosidad Variable de Carmen Martín Gaite y me produce alivio ver que otras escritoras antes que yo se han sentido igual (o sus personajes se han sentido igual, para el caso, me vale). Tengo esa poderosa cura en mis manos, ese alivio, ese calor en cualquier parte. No necesito nada, solo mantenerme despierta y en ocasiones ni quiera eso. Bulle con espontaneidad, parece magia. Lo observo todo con la mente abierta de par en par, además, a mí nunca me ha dado miedo sentir. Me gusta sentir todo eso, lo bueno y lo malo. Mi corazón hace demasiado tiempo que está desnudo, entre mis manos, a expensas de lo que tenga que venir. Ya no hablemos de mi mente, aunque ella es más racional.

Como ocurrió con De la verdad, me he puesto a escribir este post de noche al llegar a casa. Era muy tarde y al día siguiente tendría que irme a trabajar porque los trabajos no entienden del componente emocional ni de las torceduras de la vida. Pero no los culpo, porque las musas tampoco (ahí están las jodías, que no me dejaban irme a dormir). Antes podía llegarme a sentirme incluso culpable porque las cosas malas que no dejan de suceder me sirven para rellenar huecos y silencios. Pero no puedo sentirme culpable por aquello que me alivia y me hace sentirme más fuerte. En fin, sé que vosotros lo entendéis.

Y dormir con libros

Después de escribir esto cogí el grueso ejemplar de V y V Violación y Venganza (violeta, hace juego con la colcha de mi cama) y lo coloqué sobre la almohada vacía. También el e-reader (estoy leyendo El Deshielo). En la mesita todavía esta Patria aunque lo he terminado hace tiempo. Y Marafariña (siempre lo tengo conmigo porque me demuestra lo que soy capaz de hacer y, también, que los fantasmas no sobreviven al influjo de la escritura). Ahí está esta pequeña mujer, con la luz apagada, mientras llueve en el patio de luces y pensando en qué debería dormirse allí. No tenía ganas de leer, pero no pensaba en otra cosa que no fuera leer. A veces pienso que me estoy volviendo extraña.

Suerte de mí que yo no padezco de insomnio desde hace años y me dormí al momento con mis dos gatos mirándome con sus ojos entrecerrados. Incluso cuando duermo, los sueños componen historias y a veces al despertarme corro a anotar las ideas que se han ocurrido. En serio, ¿de dónde saca mi mente esas explosivas energías a cada instante?. Mientras me ducho, algunas de esas ideas desaparecen. Otras permanecen. Pero van creciendo durante todo el día porque, saben, que hasta la tarde no tienen permiso para salir frente al folio en blanco (ese folio que, en realidad, nunca está en blanco).

Me vais a permitir que este miércoles esta entrada sea así, tan mía. Tan de esta Miriam que se siente mejor después de haber escrito este batido de párrafos para desayunar. Esta es mi ventana al mundo y, hoy, necesitaba abrirla otra vez.

Photo by Toa Heftiba on Unsplash

Mujeres en la literatura

Esta Miriam no para de mutar, no para de desear, de anhelar, de buscar.

Hace unas semanas que no me siento a escribir aquí para vosotros y ahora es un poquito extraño. No os puedo negar que os he echado muchísimo de menos y, espero, que ese sentimiento haya sido recíproco. Todo está bien, de verdad. Pero el inicio de un nuevo año me ha otorgado la necesidad de buscar, de pensar, de reflexionar y de encontrarme. Esta Miriam no para de mutar, no para de desear, de anhelar, de buscar.

Y no sé si he llegado a alguna parte o no, pero estos días he leído mucho y he escrito poco. Pero, sobre todo, he pensando y reflexionado. Creo que esta entrada es necesaria para mi. Y, espero, que para vosotros. O para vosotras, mujeres.

Nuestro silencio

Algunos libros no eran capaces de satisfacer mis gustos personales, ya no digamos, indagar en la tierna madurez de mi alma

He estado intentando llenar un vacío que he soportado toda mi vida y no sabía de dónde salía. Un hueco en alguna parte del pecho, tal vez de la mente. Venga, no puedo negarle su protagonismo al corazón, que el mío es el que lo gobierna todo y no hay manera de hacerlo parar. Y él odia estar en silencio, odia estar enjaulado y odia no poder expresarse. Cuando era niña, y mi corazón también era demasiado pequeño, él no era capaz de hablarme con claridad y yo no era capaz de entenderlo. Por eso he tardado tanto tiempo en entender qué le pasaba a mi voz y, sobre todo, qué le pasaba a la literatura.

Era difícil en aquel momento entenderlo y ahora, tal vez, todavía lo siga siendo. Pero empezaba a notarme invisible. Quiero decir, no encontraba en lo que leía el reflejo de mi propia alma, algunos libros no eran capaces de satisfacer mis gustos personales, ya no digamos, indagar en la tierna madurez de mi alma. Y no me estoy refiriendo al hecho de encontrar mujeres que amasen a otras mujeres (esto, tristemente, ya era desear demasiado), me refiero a que era complicado encontrar personajes de mujeres de verdad. O de mujeres, a secas, que tuvieran un rol relevante que fuera más allá de la cosificación, objeto de deseo o damisela en apuros.

Tardé una eternidad en permitir que esas mujeres amasen a otras mujeres.

Esto sucedía de manera inconsciente, así que tengo que reconocer que este análisis lo estoy haciendo de manera posterior. Tal vez por eso estaba tan obsesionada con personajes como Pippi CalzasLargas o Celia Gálvez de Montalbán, dos de las escasas referencias a personajes femeninos fuertes que podía disfrutar. Todo lo demás, estaba protagonizado en su gran mayoría por héroes masculinos, topificados y masificados, dejándonos a nosotras en la injusta sombra del sexo débil.

Sin lugar a dudas, estos factores externos marcaron mis primeras páginas escritas. La Miriam niña, inspirada en un entorno puramente machista, escribía narrativa protagonizada por chicos que llevaban la acción (era mucho más común, por lo tanto, mejor) y las mujeres estaba a su alrededor, con más fuerza y más inteligencia sí, pero siempre a expensas de él (o ellos). Tardé un tiempo en decidirme que prefería que mis historias fueran protagonizadas por mujeres.

Tardé una eternidad en permitir que esas mujeres amasen a otras mujeres.

Ellas siempre han estado ahí

Salí con la sensación de haber aprendido en un par de horas el conocimiento de muchísimo años de lucha contra la resignación

Sí, lo han estado. Entre las grietas y las sombras. Esto último me lo ha enseñado Pilar Bellver (autora de A Virginia le gusta Vita y V y V Violación y Venganza) en la la presentación literaria a la que tuve el gusto de asistir hace unos días en la fantástica Librería Berbiriana de A Coruña. Salí con la sensación de haber aprendido en un par de horas el conocimiento de muchísimo años de lucha contra la resignación. Me di cuenta de que Bellver es uno de estas titanes que tanto hemos necesitado siempre, que nunca se ha querido callar y ha luchado por seguir manteniendo su propia voz. Pero lo más bonito era ver que allí estábamos otras mujeres escuchándola, acompañándola, sabiendo que lo que nos estaba diciendo era de verdad. Y sabiendo, también, que todavía queda mucho por hacer.

Las estoy buscando incansablemente durante los últimos meses. A esas mujeres que, de un modo u otro se han sentido como yo. Están en los libros, me acompañan y me hacen sentir mejor. Mis lecturas son, en su mayor parte, firmadas por plumas femeninas y eso no creo que vaya a cambiar jamás. Es verdad que el estudio de la literatura me ha empujado siempre ha leerme grandes obras consideradas prodigios coronadas por el sexo masculino por excelencia: Wilde, Salinger, King, Tolkien, Goethe, Dickens, Verne, Dostoyevski y un larguísimo, etc. Por ahí se nos cuela Shelley o Austen, pero con cierta discreción. Echando la vista a nuestra propia literatura, las impresiones no son tan diferentes: Cervantes, García Lorca, Quévedo, Lope de Vega, Cela, Alberti, etc. Lo peor es que nos empezaron a hacer creer que eso era lo mejor, lo que debíamos leer. Así que yo los leí, los leí a todos. Y ahí estaba ese hueco en mi pecho, insoportable. Y me decía: esto no me está llenando cómo debería. Y ya sabía por qué.

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Maravillosa ilustración de Gemma Martínez en apoyo de la iniciativa #LeoAutorasOct

Mis lecturas son, en su mayor parte, firmadas por plumas femeninas y eso no creo que vaya a cambiar jamás.

Luego encontré a Matute, a Laforet, y a Gloria Fuertes, Pardo Bazán, mi Rosalía, a Carmen Martín Gaite, Concepción Arenal, a Elena Fortún. Y más allá, a Virginia Woolf, a Atwood, a Pizarnik, a Plath, a Highsmith, a Munro, a Ferrante. Y vi su poder. Y vi la injusticia con la que se las había tratado.

Qué quiero hacer yo

La diversidad, todavía, hay que buscarla como agujas en los pajares. 

Nuestro camino es pedregoso. El #LeoAutoras y esta demanda constante e imparable de que tengamos el lugar que nos merecemos levanta asperezas, el entorno se pone nervioso y se sienten vulnerables. En realidad, puedo entenderlo. Son siglos de gobierno masculino sin precedente, sin que ninguna mujer osara ocupar su lugar en las artes literarias y dónde ellos gobernaban las tramas a su antojo. Ahora las mujeres somos más feroces, nos cortamos el pelo, llevamos pantalones y hemos tirado los tacones a la basura. Y, si nos maquillamos, lo hacemos solo por nosotras y lo que tengáis que decirnos de nuestro aspecto nos importa poco. Mucho menos nos importa que nuestras protagonistas empiecen a ser mujeres, siempre mujeres, mujeres que rompen con los tópicos y los estigmas a los que han estado siempre tan sometidas.

Yo quiero ser libre; y empezaré a serlo en el silencio de las letras que escribo cada día. Incluso, con cierto dolor, tengo que reconocer que pensaba que en algún momento tenía que escribir alguna historia donde mi protagonista no fuera una mujer o donde ésta tuviera que ser heterosexual. Ahora me puedo reír de tal pensamiento. ¿Para qué? ¿Acaso su representación no nos ha empachado hasta la saciedad? ¿Acaso no hay un catálogo infinito lleno de esas referencias? La diversidad, todavía, hay que buscarla como agujas en los pajares. 

Y finalmente, vosotras.

No puedo terminar este alegato sin ser consciente de que han sido muchas mujeres y amigas las que se han unido a mi camino poco a poco pero con fuerza. Y que, día a día, seguís ahí con esta lucha silenciosa de la que a veces no queremos darnos cuenta. Porque sí, las que me leéis sois en vuestra mayor parte mujeres (pero gracias aquellos lectores que también lo hacéis, que sé que también estáis ahí) y veo vuestros nombres en los comentarios, en las interacciones de Facebook y Twitter. Y pienso en lo titánicas que sois, y en la ternura que derrocháis. Y pienso en esta unión que tenemos sin tener que decirla en voz alta (ni siquiera en voz baja). Y pienso, tal vez dejándome llevar por el calor del momento, que os quiero de verdad y qué no sé que haría sin vuestro cariño y confianza al otro lado. O a mi lado.

Si escribo vuestro nombres esta entrada no terminaría nunca, pero ya sabéis quiénes sois. Mis mujeres, las que estáis desde el principio y las que acabáis de llegar. Las que me aceptáis con ternura, con las que comparto lecturas e ideales y las que me habláis desde el más profundo afecto y cariño.

¿Lo véis? Cómo nos estábamos necesitando.

Como necesitábamos estar las mujeres en la literatura.

 

Photo by Becca Tapert on Unsplash

Podéis encontrar referencias literarias de mujeres en el portal de literatura A Librería, del que formo parte.

Somos el sexo débil

280H

Somos el sexo débil porque no nos cansamos de luchar.

Porque hemos sabido triunfar a la sombra de los que nos tatuaban en la inferioridad. Las que hemos conseguido algunos de los mayores descubrimientos de la ciencia, la medicina, el arte y la humanidad.

Porque aprendimos a decorar con flores la fealdad y aprendíamos a sonreír con honestidad ante las lágrimas más amargas. Porque esas lágrimas siempre nos han pertenecido, pero a pesar de ello, limpiábamos las suyas olvidándonos de las nuestras.

Somos el sexo débil porque no nos cansamos de continuar.

Porque hemos allanado vuestros caminos y todos los caminos, con todo el peso de nuestras miserias que hemos convertido en oportunidades. Porque sabemos gritar más fuerte para quebrar en mil pedazos el silencio más sólido que hayas escuchado jamás.

Porque hemos roto los muros. Los nuestros, los vuestros, los suyos. Sin ayuda de martillos ni herramientas. Lo hemos hecho con nuestros puños que, si bien no son de acero, su voluntad es más inquebrantable que cualquier metal.

Somos el sexo débil porque no nos cansamos de regalar vida.

Porque albergamos en nuestro vientre a vuestros hijos. Pero también a vuestros padres y madres. Abuelas y abuelos. A vuestros hermanos y hermanas. A vuestras amigas y a vuestros amigos. A vuestras mujeres y a vuestros hombres.

Porque hacemos crecer dentro todo aquello que más queréis, todo aquello sin lo cuál no podrías ni sabríais vivir.

Porque somos las mujeres, con o sin vagina, con o sin pechos. Todas y cada una de las mujeres que formamos parte de este mundo. Y de otros mundos.

Somos el sexo débil porque no nos cansamos de construir.

Porque construimos vuestros hogares. Esas casitas de muñecas. Hacemos las camas y la colada. Pero también construimos edificios importantes, trabajamos en fábricas y conducimos vehículos igual o mejor que lo hacéis vosotros. Somos el puente y tendemos los puentes.

Creamos el futuro con las herramientas que nosotras mismas fabricamos y os enseñamos a fabricar. Nos hemos vuelto imprescindibles, siempre hemos sido imprescindibles en el motor que ha movido el mundo.

Somos el sexo débil porque no nos cansamos de defender nuestros nombres.

Porque hemos escrito novelas en la sombra del rechazo. Porque hemos sido las protagonistas de historias terribles. De historias extraordinarias. Porque somos la definición de la hermosura más pura, femenina, masculina, ruda, delicada, real, fantástica.

Porque sabemos amar. Amamos a nuestros hombres y también a nuestras mujeres. Porque queremos disfrutar del sexo con la misma libertad y seguridad. Porque somos nuestras propias dueñas y porque poseemos la mayor de las fuerzas, esa que vosotros no sabríais entender.

Somos el sexo débil porque somos valientes, fuertes e invencibles. 

Porque somos las mujeres, con o sin vagina, con o sin pechos. Todas y cada una de las mujeres que formamos parte de este mundo. Y de otros mundos.