¿Y qué hay de la novela intimista?

intimismo
1. m. Tendencia literaria centrada fundamentalmente en la expresión de los sentimientos y de las emociones más íntimos.

La literatura “comercial” del siglo XXI

Cuando estudié literatura en el instituto (de esa forma tan superficial y tan mediocre que solo consiguió que la mayoría de mis compañeros no volverían a querer leer un libro en sus vidas) al llegar a la escritura del XX y XXI las definiciones empezaban a complicarse. Los movimientos literarios habían desaparecido como tal, se publicaban historias con géneros tan variopintos como difíciles de clasificar. Recuerdo que la profesora hablaba de novela policíaca y novela fantástica, con una breve definición, metiéndolas en el mismo saco, sin tener demasiado cuidado en quemarse. Esa Miriam joven tenía dudas de lo que eso significaba, ¿ese batido indicaba el fin de la buena literatura y de su historia? ¿Nos habíamos perdido completamente? ¿Ya no había un espíritu real? Esa maestra había dicho, con cierto desdén, que hoy en día la única literatura que triunfaba era la comercial y que si queríamos leer de verdad debíamos limitarnos a los clásicos.

Me pareció una afirmación bastante arriesgada, torpe y desconsiderada. Por aquel momento, aunque no había publicado nada, escribía como nunca por las noches. Y me negaba a pensar que lo hacía con un afán comercial sin más. Tal vez, si no hubiera sido tan tímida, habría tenido el valor de replicarle algo. No sé, quizás decirle que eso no era del todo cierto. Que los escritores de hoy en día eran más reales que las clases sociales altas que en los Siglos de Oro eran los privilegiados que publicaban libros, obras de teatro poesía. Que las mujeres recién habían aparecido en las portadas de esos títulos y que su historia no había hecho más que comenzar. Que, ahora, hoy por hoy, incluso los que no teníamos un gran poder económico teníamos la posibilidad de contar lo que quisiéramos contar.

Eso, claro está, lo escribo con esta fuerza que me concede la edad adulta (bueno, más o menos). En esos años adolescentes mi visión era más idealista: poco me faltaba para ser J.K Rowling, conseguir un contrato millonario y pasarme el resto de mis años escribiendo si ningún tipo de preocupación. No me importó desilusionarme después, eso me permitió seguir dedicándome con locura a esto.

Mis primeras novelas “realistas”

Como ya dije en más de una ocasión, yo comencé escribiendo novela fantástica juvenil pura y dura. Tenía muy claro que quería especializarme en ese género y explotar toda esa imaginación que era tan fuerte, tan brillante y nunca se agotaba. No sé en qué momento dejé de sentir interés por seguir contando este tipo de historias y empecé a escribir lo que en aquel momento quise llamar novela realista.

realismo1.
De real1 e -ismo.

1. m. Forma de ver las cosas sin idealizarlas.

2. m. Modo de expresión artística o literaria que pretende representar fielmente la realidad.

Pero las historias que yo escribí no eran realistas exactamente. El primer libro “adulto” que escribí tenía 400 páginas y se titulaba Una luz en la oscuridad, algo que recordaba a una de esas canciones de Alex Ubago que tanto sonaban por aquel entonces. Por si tenéis curiosidad, la trama trababa de una mujer que había rescatado a un niño en un terremoto en Ecuador y lo había llevado a España de manera ilegal para criarlo junto a su otra hija, después de quedarse viuda. Al poco, la mujer es enviada a prisión y los dos niños deben criarse solos. El núcleo de la historia comenzaba cuando la madre volvía a salir de la cárcel y se encontraba un mundo nuevo y a dos hijos desconocidos para ella.

Realista no es, pero tampoco se trata de una novela fantástica. Creo que podía catalogarse como narrativa de ficción a grandes rasgos. Tampoco llegaba a ser intimista. Pero en el fondo comenzaban a verse esas pinceladas: los sentimientos de la madre (Penélope, como la tía de Olga en Marafariña) y de su hija (Elisa) eran claves para llenar las páginas y páginas de esa historia.

Después escribí una bilogía de novela negra, ambientada en una comisaría de policía de A Coruña. La protagonista se llamaba Olivia (como la anciana que regentaría el Café en Fontiña tanto tiempo después) y era, como no, una heterosexual al uso que se enamoraba de otro policía con el que trabajaba. Pero le había dado una importante vuelta de tuerca y esta joven convivía con Olga, su mejor amiga, la cuál se habría enamorado de ella e introduje así mi primer bollodrama antes de si quiera haber salido del armario. Qué cosas. Otra vez, de nuevo, afloraban los sentimientos.

El género intimista

La novela intimista se fue convirtiendo, poco a poco, en mi tipo de literatura favorita. Casi todo lo que buscaba leer respondía a esa necesidad y fue así como me especialicé en leer a autoras sin darme cuenta de ello. Y es que han sido ellas, estas grandes mujeres, las que han focalizado su escritura a desengranar este género tan humano, tan poco comercial, y tan necesario. La literatura que habla de cómo nos sentimos, de por qué, que tiene un fuerte componente filosófico y que, sin embargo, carece de especialización.

Marafariña Todas las horas mueren son dos novelas claramente intimistas, aunque abarquen muchos más géneros (porque la especialización única, creo, ya no existe). Cuando yo trabajaba en ellas todavía no sabía cómo catalogarlas, eso ocurrió después. Hoy sigue siendo difícil ya que, tristemente, no es un tipo de novela que esté en auge y que despierte interés. En ese sentido me encuentro un poco perdida: no existen revistas online para autoras de este género, tampoco blogs especializados (aunque en A Librería tiene su clara representación semana a semana) ni cuentas de Twitter que compartan este tipo de obras exclusivamente. Se ha quedado ahí, como una minoría dentro de la minoría que es la literatura en sí.

Supongo que esto no es del todo negativo, que las épocas de cada cual fluyen y es un ciclo natural. Sin embargo yo estoy resuelta, desde mi humilde oportunidad, de seguir reivindicando un género tan necesario, tan vital, tan literatura pura y dura. Aquel que no entiende mucho de normas narrativas al uso, que experimenta, que se explaya sin miramientos y que ahonda en el amor, en la amargura, en la amistad, en la familia, en la búsqueda de la felicidad. Que pretende abrirse paso entre el corazón del lector que se decide a abrir sus páginas. Que quiere, sin lugar a dudas, dejar una huella que nunca se podrá borrar.

 

Foto de Morgan Basham en Unsplash

Mi habitación propia

Démosle una habitación propia y quinientas libras al año, dejémosle decir lo que quiera y omitir la mitad de lo que ahora pone en su libro y el día menos pensado escribirá un libro mejor

He estado releyendo a Virginia Woolf últimamente y solventando el problema de que, todavía, no había leído su famosísimo ensayo Una habitación propia (del que publicaré una crítica en A Librería a finales de este mes) al que pertenece la célebre frase que abre esta entrada.

No es ningún secreto que mis lecturas son toda una inspiración para mí. Y ya no solo en la faceta como escritora. Quiero referirme a algo que va más allá, digamos mi alma, digamos mi personalidad. O lo más profundo de mi corazón. Que sí, es cierto, es un corazón de escritora (y está lleno de letras, y de tinta, y de personajes). Pero también es un corazón de mujer joven, de mujer algo dolorida, de mujer llena de sueños y de mujer que nunca se cansará de buscar el amor y la felicidad.

Quería reflexionar, si me lo permitís, sobre esa habitación propia. La lectura de Woolf me ha hecho pensar mucho sobre esa búsqueda de independencia económica y una habitación propia e íntima en la que sentarse a escribir. En el caso señalado en la obra, la escritora recibe esas quinientas libras de una herencia, por lo que no tiene que desempeñar ningún trabajo fuera de su casa para ganarse el pan. Para la escritora británica, este requisito era indispensable para escribir una novela mejor.

Que sí, es cierto, es un corazón de escritora (y está lleno de letras, y de tinta, y de personajes).

Lo cierto es que no suena mal. Mi alma artística siempre está abogando por esa libertad, he de reconocer que a veces me siento enjaulada con todas mis obligaciones tan técnicas, tan adultas, tan grises. Si hago un cálculo, tan solo puedo dedicar un 10% de mi vida a la literatura. Un porcentaje que divido entre lectura, escritura y los diferentes espacios que procuro sacar adelante. No es una gran cifra y, muchas veces, está atrofiada del cansancio y la desgana que son los propios enemigos de esta creatividad. Digamos que para ganarme esas quinientas libras debo abandonar mi habitación propia muy a menudo.

A pesar de esto, no puedo evitar sentirme un pelín orgullosa de mí misma. No es altivez ni prepotencia. Pero es necesario quererme un poco y ser capaz de apreciar mis propios logros, aunque no sean victorias (o sí). Careciendo de esa habitación propia y de la libertad que puede regalar una solvencia económica innata, lo cierto es que he conseguido publicar dos novelas de ficción, he trabajado en un proyecto literario remunerado y he sacado adelante, junto con David, el espacio de A Librería y esta página web que estás leyendo ahora mismo. He conseguido escribir un puñado de relatos, la mayor parte de los cuales no han obtenido mérito ni reconocimiento, y eso duele, y frustra y cansa. Pero he seguido. Y también me he leído más de sesenta libros en el último año. Tal vez esa novela podría haber sido mejorY aspiro, desde luego, a escribir esa novela mejor.

Si hago un cálculo, tan solo puedo dedicar un 10% de mi vida a la literatura. Un porcentaje que divido entre lectura, escritura y los diferentes espacios que procuro sacar adelante.

No obstante, diré, que si hubiera contado con una circunstancias diferentes, existirían muchas cosas que indudablemente me habría perdido. Moverte en el mundo laboral es toda una experiencia humana. He conocido gente estupenda y gente detestable, he podido indagar en que existen personas que le otorgan valor a otras personas y he sabido cómo te pueden llegar a doler las rodillas después de estar doce horas de pie sin descanso. He podido vivir cómo al gigante que te paga la nómina no le importan tus problemas personas, los cuales son molestos e insignificantes. He visto que existe muy poca humanidad en el ser humano. Y eso me ha permitido ser más fuerte, crecer y obtener mi propia libertad en este difícil engranaje social.

A veces me he sorprendido a mí misma cuando llegaba a esa habitación propia exhausta y muy tarde. Y, con el estómago vacío, era capaz de escribir insomne durante horas. La pasión literaria era más fuerte que nada. Y lo sigue siendo. A veces creo que puede destruirse el mundo, puede quemarse mi habitación propia que, de un modo o de otro, no dejaré de escribir.

Aunque a veces cuando gritas fuerte ni siquiera se devuelve el eco de tu voz, puede que, tal vez, algún día, escriba un libro mejor.

Es cierto. Ansío tener esa habitación y, sobre todo, gozar de la libertad de poder permanecer en ella todo el tiempo posible. Pero, por desgracia, es una perspectiva lejana hoy por hoy y, además, utópica.

Mientras tanto, seguiré llevándome mi rincón de escritora a cualquier parte en la mochila, en el bolsillo, en la mente y en el alma. Seguiré rescatando cada segundo libre para seguir golpeando con ferocidad las teclas de mis musas y dejando salir las historias que, cada día, quieren brotar de mí. Y, aunque todo podría ser mejor. Aunque a veces cuando gritas fuerte ni siquiera se devuelve el eco de tu voz, puede que, tal vez, algún día, escriba un libro mejor.

Photo by rawpixel.com on Unsplash

Los rituales de escritura [BlogTag]

Es gracias al vídeo de Ana González Duque y al de Javier Miró que me he tomado la libertad de adaptar este BookTag para Youtube a mi espacio. En realidad he encontrado este desafío (o más bien, confesión) en otros blogs, tanto en inglés como en castellano, así que tampoco me voy a colgar la medalla de ser pionera en algo. En fin, que me ha parecido un cuestionario curioso, cuánto menos, y enfocado a lo que más disfruto (y sufro) haciendo: escribir.

Así que aquí estoy, en mi casa, respondiendo al Writing Rituals Tag o el reto de los rituales de escritura.

  • ¿Cuándo escribes? 

Dado que mi jornada laboral es partida, parte por la mañana y parte por las tardes, mis horas para dedicarme a escribir son reducidas. Hace algunos años, era una escritora nocturna. Escribía todas las madrugadas, como si no necesitara dormir, y cualquier día de la semana.

Esta costumbre fue evolucionando con la llegada de una vida más adulta con sus ineludibles obligaciones, así que suelo escribir en casa por la tarde (a partir de las seis hasta las ocho, más o menos) y, en ocasiones, después de la hora de cenar. Aunque he de reconocer que no es una rutina diaria ni mucho menos, son muchas las semanas en las que apenas me siento a dedicarle tiempo a las teclas porque otros temas personales me lo impiden o por propio cansancio. Y ya no hablemos de cuándo las musas no quieren aparecer…

Los fines de semana me gusta dedicarme una buena maratón al proyecto en el que esté trabajando. Ahí el horario es libre y puede variar de entre dos a ocho horas… ¡No sabéis lo bien que me siento después!

  • ¿Cómo te aislas del mundo exterior?

Tengo la suerte de que mi casa es bastante solitaria. Muchos meses mi mujer está trabajando fuera o, cuando está aquí, suele estar en su trabajo cuando yo llego a casa. Y los gatos aprovechan para seguir durmiendo… así que no necesito demasiado para aislarme del mundo: terminar lo que me ha quedado pendiente de la mañana, llamar a quién tenga que llamar, un café caliente y… ¡a escribir!

  • ¿Cómo revisas lo que escribiste el día anterior?

Como he dicho antes, no siempre puedo escribir todos los días (por motivos ajenos o por falta de capacidad de sentarme a hacerlo), pero suelo revisar lo escrito el mismo día que lo he hecho algunas horas más tarde. Generalmente, cuando en la siguiente jornada me pongo a escribir, prefiero hacerlo de manera directa sin más preámbulos. Por eso, procuro dejar acciones atadas al final de cada escritura.

Cuando esto no es posible (bien porque me atasco, bien porque se trata de una parte demasiado extensa) sí que suelo releer exhaustivamente esa parte en concreto cada día que voy a comenzar con ello. Lo hago despacio, deteniéndome en corregir lo más destacable, pero mi objetivo siempre es continuar: ya habrá tiempo de revisarlo todo al terminar.

  • ¿Qué canción es la que te gusta cuando te sientes poco inspirado?

No suelo escuchar música en el acto escribir (antes sí que lo hacía), pero sí que me tomo pausas muy a menudo, también me pongo dos o tres canciones antes de empezar y al terminar. Y, en general, me paso el día escuchando música (conduzco una media de dos horas al día, eso me da tiempo a quemarme varios CDs). Soy una fan incondicional de lo conocido como género indie en castellano (lo siento, pero no suelo seguir ningún grupo ni cantante en inglés…): Love of Lesbian, Rozalén, Vestusta Morla, Izal, Vanessa Martín, Andrés Suárez, Iván Ferreiro… os hacéis una idea, ¿no?

  • ¿Qué haces siempre cuando te encuentras luchando con el bloqueo del escritor?

¡¡Vivo en un permanente bloqueo del escritor!! Y me ha sorprendido leer la cantidad de escritor que afirman no haberlo sentido nunca. Aunque claro, antes de nada voy a definir lo que es para mi el bloqueo (de eso he hablado en otras entradas, como en la de Abandona la novela).

Existe el bloqueo en el que, sin más, las ideas no llegan y la narración no fluye. La mente se ha quedado yerma, como un campo sobre el que no llueve y, simplemente, no nace.

A su vez, existe una especie de parálisis terrible: las ideas están ahí, las ganas también, pero cuando me siento ante el teclado no sale, no puedo. Me vence una sensación de derrota inadmisible, me siento exhausta. Para mí este es un punto crítico y doloroso (tal vez motivado a lo que mis propias letras despiertan en mí) y me veo obligada a tomarme largos periodos de descanso.

Así pues, para vencerlo, el descanso es importante. Mimarme, leer mucho, escribir entradas para este blog, ir a conciertos, al cine, ver series que me motiven y me lleguen de verdad. Y, sobre todo, el deporte. El correr y el caminar para mí han sido dos herramientas que me han salvado la vida, es a lo que recurro a diario para mantenerme en equilibrio conmigo misma.

  • ¿Qué herramientas usas cuando escribes?

¿Herramientas? ¡Bendito Microsoft Word!

  • ¿Cuál es la única cosa que no puede vivir sin una sesión de escritura?

Un café (o dos, o tres) y mis gatos cerca. Eso sí, la mesa debe estar ordenada y la habitación tiene que tener una aroma relajante (incienso, vela aromática…) y estar bien iluminada (preferiblemente por luz natural).

  • ¿Cómo te alimentas durante tu sesión de escritura?

No me gusta comer delante del ordenador. De hecho, soy muy estricta con ello. Para comer, cenar y merendar me gusta levantarme y hacerlo en la cocina. Me obliga a separar una cosa de la otra, aunque esté sola en casa en ese momento.

Sí que es cierto que casi siempre estoy tomando café mientras escribo (puedo tomarme de dos a cinco al día) y, de vez en cuando, picotear algo de fruta o humus con piquitos (qué vicio, por favor). Y chocolate. Pero el chocolate forma parte de los motivos para vivir.

  • ¿Cómo sabes cuando termines de escribir?

Voy a tomarme esta pregunta en el sentido de terminar de escribir la novela, no así su corrección (ese es otro cantar).

La historia se cierra sola. He de confesar que escribo por impulsos, odio tener un plan establecido, odio hacer fichas de personajes, hacerme esquemas y demás. No puedo con eso. Pienso en la novela durante todo el día, pero jamás tomo apuntes de nada. Sí, lo sé, soy un desastre (por eso os digo que para mí, escribir, es lo menos disciplinado que existe).

Pero sé cuándo se termina, aunque a veces me cuesta interpretarlo. Por ejemplo, terminé la secuela de Marafariña cinco veces distintas. Supe que los finales no eran definitivos porque la historia seguía llamándome una vez terminada, los personajes me reclamaban y yo me sentía vacía. Cuando ellos dejan de hablarme, cuando la novela me deja descansar, sé que está terminada.

¡Y hasta aquí este Tag de escritura! Por favor, comentadme qué os ha parecido… ¿Os ha sorprendido alguna respuesta en concreto?

Gracias por leerme una vez más. ¡Felices Letras!

Abandona la novela

Hay que dejar que esa pasión aminore, porque te está desgastando y tus personajes te necesitan en plenas facultades mentales.

Abandónala. Rómpela. Déjala sola. No te necesita. Quémala. Cómetela. Devórala. Destrúyela. Lánzala lejos, donde no puedas recuperarla. Ahógala en el mar. No vuelvas a por ella. Huye, corre despavorido de sus garras de tinta. No te tortures más por esa novela, esa maldita novela que te está quitando algo más que el tiempo: te está despojando de la energía, del vitalismo del escritor, de la inspiración, de las ilusiones. Te está quebrando las perspectivas. Tú y yo lo sabemos, que ya no puedes más. Vamos, ya. No te lo pienses. Abandónala.

Yo a veces me preguntó por qué razón seguimos adelante con esta atroz tortura. Si escribís, creo que entenderéis a la perfección a lo que se refiere el primer párrafo. Existe mucha felicidad en el acto creativo: además de diversión está la capacidad de evadirte de la realidad. Pero a mí lo que más me gusta de la literatura es la catarsis. Desde que comencé a escribir, lo hice para arrancar de mi interior todo aquello que me hacía daño, convirtiéndose en la propia cura de mis heridas. Así que cuando escribir es tu particular manera de salir adelante, de llorar en cierto modo, tu mayor pasión se puede convertir en un auténtico desafío.

Supongo que ya sabéis a lo que me estoy refiriendo. Porque es imposible que nuestras letras no lleven algo de nosotros mismos. A veces una historia nace en un momento de nuestras vidas en el que la necesitamos; pero a lo largo de los años nuestras perspectiva cambia. Y digo años porque, por lo general, escribir una novela suele transcurrir en un periodo de tiempo largo. Sí, hablamos de años, de muchos meses, de infinidad de días y horas durante los cuáles esa novela, esa misma en la que estás pensando, nos absorbe cada uno de los pensamientos. Estamos a su merced.

Todos sabemos que no serás capaz de abandonarla para siempre.

En mayor o menos medida, para un escritor el libro en el que trabaja es importante. De la charlas compartidas con diferentes amigos y compañeros de las letras, las conclusiones que fui sacando son similares. La obsesión por querer hacerlo bien, por plasmar lo que tenemos en la mente en el papel, por mantener el respeto hacia el lector y hacia los personajes, el estar a la altura, el soportar nuestros estados anímicos…  en fin, ¡Qué os voy a contar!

Y dado que en mi caso personal la novela se encuadra en un mundo realista, dentro de unos sentimientos realistas y conocidos por mí, el agujero entre la ficción y la verdad es hueco. Se produce una unión mágica e insoportable. Una unión que llevo arrastrando desde hace una eternidad. Tengo una extraña impresión de no haber descansado nada en la última década (empecé Marafariña con diecisiete años) y por eso he decidido abandonarla. Y tú, si te sientes así, también deberías hacerlo.

Pero, ¡eh! que no cunda el pánico. Todos sabemos que no serás capaz de abandonarla para siempre.

Aunque esa separación, ese tiempo de libertad, te permitirá respirar y renovarte. Ayudará a mitigar el dolor que te produce volver a ella y, también, que tus sentidos no se emborrachen con la pasión que te hace sentir. Necesita enfriarse. Hay que dejar que esa pasión aminore, porque te está desgastando y tus personajes te necesitan en plenas facultades mentales.

Llevo varios meses sin tocar ese borrador abandonado en el ordenador. E intentando inundarme de energías y de frescura. Poco a poco lo he ido consiguiendo y echaba de menos esta sensación. En parte es gracias a todo el apoyo y entusiasmo que mostráis, día a día, por mi trabajo. En parte es gracias al silencio que he conseguido. Sí, la he abandonado y ha sido una decisión acertada, coherente y egoísta. Pero este abandono voluntario me está permitiendo volver a ella, poco a poco. Si no hubiera sido una huida a tiempo, tal vez no habría podido recuperar las fuerzas.

Por eso, escritor, no temas en abandonarla durante unas semanas. Unos meses. Un año. Créeme que cuando regreses, ella estará ahí, viva y fuerte como el primer día. Y tú la enfrentarás con más fuerza, con más pasión, con más musas.

El final de una novela

Un día, hablando con mi otra mitad, le dije que terminar una novela era complicado. Más bien el terminarla de manera adecuada. Porque si todas las historias terminasen al finalizar, acabarían con la muerte de sus personajes principales: es el único momento cuando ya no hay nada más que contar.

Pero no queremos eso. Si de alguna manera existe la eternidad es mediante el arte, la muerte es extraña y, aunque tiene poesía, a veces no tiene cabida en la hermosura de lo que queremos contar.

Esto me lleva a recordar el libro y la película de Las horas (os he hablado de ella en mi anterior blog). Creo que pocas historias pueden dar tanto de sí con tan poco. Por eso es uno de mis libros y películas favoritas y, por eso, la vuelvo a ver cada cierto tiempo. Es este tipo de novelas sobre la vida que tienen mucho que enseñar. Si no la habéis visto/leído podéis dejar de leer; os doy permiso. Corred a verla, porque puede que os cambie la vida.

Vaya, habéis vuelto. Seguiré hablando entonces del final.

Como decía, Las horas, es un brillante poema sobre el proceso creativo y su finitud. Dos de la mujeres protagonistas escriben y la otra es una ávida lectora. La primera de estas mujeres escritoras es, nada más y nada menos, que Virginia Woolf. Una Woolf obsesionada con el final de su novela La Señora Dalloway. Pero no he venido aquí a hacer una crítica literaria (eso lo hago mejor en A Librería). En un punto de la novela, ella dice:

Alguien tiene que morirse para que sepamos apreciar la vida

Ella también parecía creer que la muerte (y, en su caso particular, el suicidio) ayudaba a alcanzar ese final de la obra. Pero la vida también puede resultar en un final justo, feliciano, tranquilo, triunfal. No creo que el llegar a la expiración de la novela, nuestra novela, tenga que ser necesariamente en el punto más trágico. Pero, eso sí, debe serlo con coherencia.

¿Cuándo zanjar la situación? ¿Cuándo dar por finiquitado ese argumento que puede girar entorno a un amor, a una amistad, a una aventura, a un lugar? ¿Dónde dejar caer la guillotina?

Todo depende del tipo de novela que estemos creando. Como decía, una muerte puede ser un recurso exquisito ante determinados argumentos; pero no es ni por asomo el único (y mucho menos es siempre el adecuado). En general, la mayor parte de las historias contadas tienen una razón de ser y pretenden llegar a un punto. Existe una situación concreta que debe solucionarse. Esa solución es lo que tenemos que saber comunicar.

En el romance, la meta a alcanzar será la unión final de los enamorados (dos o más…) o su definitiva ruptura o separación. En la novela de aventuras, tal vez lo sea alcanzar una reliquia o enfrentarse a un terrible monstruo. En la Ciencia Ficción conseguir protegerse de una invasión extraterrestre. O, por ejemplo, en la policíaca, atrapar al terrible asesino de una serie de crímenes. A veces el motivo está claro. Otras, no tanto.

De hecho, ¿nunca os ha ocurrido, como lectores, que al finalizar un libro sentís que esa última página es demasiado vacía? ¿Demasiado silenciosa? ¿Abrupta? ¿Extraña? Lo que ocurre es que hay novelas que no tienen una conclusión al uso; es dónde el escritor tiene que lograr ese equilibrio entre dejar todo perfectamente abarcado (o no) y crear cierto impacto. Lograrlo con poesía, con suma destreza, con elegancia.

En mi caso, los finales que he escrito hasta ahora han sido fruto del calor del momento. Las musas que se vuelven locas y, de vez en cuando, regalan pequeñas joyitas para colocar el punto y final. De todas maneras, creo que lo más aconsejable (no es propio de un buen escritor dejar el asunto en manos del capricho del azar… ¿no?) es buscar inspiración en los grandes clásicos, en las mentes más brillantes que ha dado la literatura. Aprender de sus trucos y hacerlos nuestros. Ese final es, al final, lo que permanecerá en la mente de nuestro lector por más tiempo.

Por cierto, os dejo las últimas frases de mis dos novelas autopublicadas. ¿Qué os han parecido?

Marafariña desaparecía ante Ruth, haciéndose cada vez más y más finita. Más mortal. Nada.

Marafariña Libro Primero

No pienses ni te tortures, como yo, por la mortalidad de las horas. Olvida, mi querida Dorotea, que todas las horas mueren.

Todas las horas mueren

Letras, gatos y café: Las Redes Sociales de los escritores

Garantizar un mínimo de calidad, hacerles ver que valoramos su criterio y tememos defraudarles. Y, de no obtener los resultados deseados, que al menos brille el sudor y esfuerzo que hemos depositado en [nuestra obra].

Las Redes Sociales han curado, en parte, la dolorosa enfermedad que supone la soledad del escritor, si bien no queremos considerar el hecho de ser escritor con tal término (aunque, de querer, casi podríamos considerarlo como una especie de trastorno difícil de asumir). Y no tan solo los autores que autopublicamos nos hemos subido al barco de Facebook, Twitter, Instagram o Goodreads. Cada vez más autores consagrados pueden presumir de ser bastante activos en el mundo de la interacción online: Rosa Montero, Alejandro Palomas, Víctor del Árbol, César Pérez Gedilla, Juan Gómez Jurado… La perspectiva entre lector y escritor ha cambiado radicalmente, de un bando y de otro. Es una realidad innegable y oponerse a una interacción más o menos habitual entre ambos es como nadar contra una corriente que, sin más, terminará por arrastrarnos.

Encontrar el equilibro es complicado y dudo que exista un método correcto para utilizar estas herramientas de vital importancia si queremos, ya no solo vender libros, sino ganarnos la simpatía de los lectores, o aquellos potenciales a serlo. No soy, ni de lejos, una experta en marketing de redes, pero durante más de un año he aprendido los entresijos más básicos de este mundo muy alejado de lo real.

Lo más importante es ser fieles a nuestro espíritu, dentro de unas pautas. Fieles tanto a nuestra personalidad real (porque de esta manera, nos será muchísimo más sencillo llevar a cabo nuestra actualización diaria de perfiles) como a la imagen que, como escritores, queremos proyectar. Y, diría, que lo más importante de todo es mostrar amor y auténtico cariño por cada uno de nuestros trabajos, literarios o no, que ofrecemos a lectores y usuarios. Garantizar un mínimo de calidad, hacerles ver que valoramos su criterio y tememos defraudarles. Y, de no obtener los resultados deseados, que al menos brille el sudor y esfuerzo que hemos depositado en él. No hay que olvidar que no escribimos por una meta económica (no, al menos, esencialmente), sino porque amamos la literatura y queremos hacernos un hueco en ella.

Desde mi caso personal, diré que las Redes y el calor de aquellos que han mostrado aprecio por mis historias, son de vital importancia para continuar. Si cayese en el desencanto y en la empachante sinceridad, la mayor parte de mis estados podrían ser algo asi: “Necesito que me digáis que todo esto que hago sirve para algo, ¿de verdad lo estoy haciendo bien?”; “¿Alguien que quiera leer mi último párrafo? ¡No estoy segura de la calidad!”; “¡La maldita hoja en blanco otra vez!”; “Hoy, abandono”; “Todo esto es muy duro… no sé si merece la pena”; “¿Merece la pena?”.

Sí, escribir es duro. Pero no solo eso, porque también es maravilloso. Es reconfortante crear, abrazar a los personajes y dejarlos ir. Por eso queremos ser complacientes, hacer ver lo felices que somos de tener la ocasión de dedicarnos a ello (aunque no exclusivamente, en la mayoría de los casos). Entonces llenamos nuestro facebook de fotos con una taza de café con una frase animosa, cuando en realidad el cansancio hace mella… ¡Pero necesitamos continuar! En nuestro Instagram abusamos de la imágenes de nuestro gato, que no deja de reclamar atención cuando nos abstraemos de la realidad. ¡Y Twitter! No dejamos de pelearnos con #Hastags que, pretendemos, sean optimistas y útiles a la par.

 Pequeños secretos del uso que doy a mis propios perfiles, ¿cuáles son vuestros trucos o estrategias?