Los sueños de nuestros personajes

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El mundo onírico puede ser una gran herramienta literaria para nuestra historia. Si bien es cierto que recurrir a los sueños y a su significado mágico o metafórico puede ser más común en el género fantástico o el terror, os aseguro que puede resultar una faceta creativa muy útil para una novela (o relato) de corte intimista o dramático. Eso sí, si lo usamos con cautela.

Todo depende del cariz que le estemos dando a nuestra narrativa. Si nos enfocamos a un realismo mágico podemos expandir mucho más nuestra imaginación que si queremos mantener ese tono más soberbio. Ante todo, y aunque supongan una rotura puntual con el resto de la novela, tiene que ser coherente y tener un significado concreto más allá de ser una burda pausa o un despiste tramposo al lector. Sí, en efecto, los sueños de nuestros personajes pueden ser un arma de doble filo.

Pero, ¿cómo hacerlo para que resulten útiles, hermosos y, además, nos permitan lucirnos?

¿Dónde situar los sueños?

Permitidme, antes de continuar, hablaros un poco de mi primera novela. En Marafariña aparecen dos sueños que resultan dos partes claves en la obra. Su aparición no es casual, sino que ha sido muy reflexionada y estudiada. Además, puedo decir con cierto orgullo que uno de ellos se ha convertido en uno de los capítulos de la novela favoritos entre los lectores.

Este sueño rompe con el tono de la novela, presentando un mundo diferente al conocido. De hecho, pertenece a un relato corto que publiqué en la plataforma FJE hace algunos años. Se titulaba El tiempo señalado. En realidad se trata de un ensayo que reflexiona sobre el significado de la esperanza religiosa de la vida eterna. En la obra, este sueño se produce justo después de que Ruth sufra un ataque cardíaco. De esta manera…

1º) Permite mantener la intriga sobre qué le ha pasado al personaje y qué sucederá a continuación.

2º) Sirve cómo descanso tras una parte de la trama de especial trascendencia y estrés.

Así, debemos situar este tipo de partes oníricas con criterio. Hacerlo un una parte inapropiada o injustificada genera incomodidad al lector o puede conseguir precisamente el efecto contrario: que pierda el interés y el hilo argumental.

¿Qué utilidad podemos darle?

Cómo decía, el primer sueño de Marafariña busca dar un significado concreto. Implica un punto de inflexión en la psicología y en la vida de Ruth. Estas visiones inconscientes que sufren nuestros personajes mientras duermen son auténtico oro en nuestras manos (o teclas, o plumas). Si somos perspicaces, podemos trasmitir muchísimo en pocos párrafos:

1º) Es una manera diferente y entretenida dar a conocer nuestra ideología sobre un determinado tema.

2º) Es un buen método para que el lector conozca más los miedos/inquietudes/anhelos de nuestro protagonista.

3º) También nos puede servir para desvelar algo trascendental (pero, ¡ojo! cuidado con las premoniciones gratuitas. Pueden restarnos mucha credibilidad).

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¿Y la forma?

Uno de los aspectos más complejos de este tipo de partes es la forma. Está claro que no podemos recurrir a la misma narración que para contar un diálogo cotidiano mientras nuestras marionetas desayunan, una descripciones exhaustiva sobre ese río tan hermoso o un monólogo interior sobre cómo vestirse para la fiesta de ese viernes. Pero tampoco podemos perder la personalidad que nos caracteriza.

Vuelvo a mi caso. Durante las páginas que abarcan en sueño de Ruth mantengo las características primordiales de mi prosa. A saber, un estilo puramente descriptivo y diálogos breves. Sin embargo, para otorgarle ese toque surrealista (que no irreal) me valgo de introducir elementos desconcertantes e improbables que desconciertan y aturden a Ruth sin remedio. He aquí un ejemplo:

Se mantuvo durante varios minutos recreándose en la grandiosa naturaleza, que nunca había sentido tan plenamente cerca. Vio alrededor animales salvajes completamente domesticados: un león acostado junto a un niño, mientras un pequeño rebaño de ovejas pastaba junto a unos lobos que parecían velar por su seguridad, aunque no fuese necesario. Contempló, más a lo lejos, una jirafa alimentándose plácidamente, mientras una familia la observaba sonriente. Más al Este, alcanzó a ver un grupo de pingüinos nadando en un riachuelo cercano, junto a unas focas y una pandilla de nadadores que parecía divertirse en su compañía.

Y un poquito más de “oscuridad”:

El ángel depositó al hombre en lo alto de un pedrusco que se encontraba en el centro de ese mar de lava. Únicamente cubierto por unos harapos, dejaba entrever cómo su cuerpo estaba azotado, quemado, degollado y torturado. Estaba encadenado por las muñecas y los tobillos, sin posibilidad alguna de escapar. Fue abandonado en el centro de esa piedra, al son de los aplausos de los espectadores, a los que Ruth se unió sin desearlo.

Es importante resaltar de que el hecho de que se trata de una pesadilla no debe restar, en ningún caso, atención, calidad y cuidado por nuestra parte. Dentro de esa realidad alternativa de la que nos estamos valiendo, tenemos que poner todo nuestro empeño en respetar lo máximo posible la filosofía que mueve el resto de la obra. 

Frecuencia y cantidad

Sabemos qué tipo de sueño introduciremos, en qué lugar lo haremos y cómo vamos a plasmarlo. Pero, ¿cuántas veces es adecuado emplear este recurso?

Por desgracia (o por suerte) no existe ninguna guía del buen escritor ni de cómo debe ser la mejor novela. La literatura, aunque sí que tiene normas gramaticales y de coherencia, goza de una libertad de uso y creación apabullante sin limitaciones físicas de ningún tipo. En términos absolutos, podríamos introducir los sueños más raros y numerosos que nuestras generosas musas tengan a bien regalarnos. Pero eso sería una torpeza y un craso error.

Marafariña tiene unas 600 páginas. A lo largo de la trama el lector encontrará dos sueños largos e importantes. El de Ruth, terminando la primera parte. Y el de Olga, que está situado hacia el final. También se encontrará alguna que otra pesadilla breve (y un pelín tramposa) que servirá de introducción de ciertas partes concretas. Creo que sin estas visiones el libro perdería parte de su hermosura; pero de tener más perderían su trascendencia y su originalidad.

Debemos ser cautos a la hora de elegir cuántos sueños vamos a introducir y la extensión que vamos a darle. Es posible que nuestro personaje principal sufra de unas pesadillas recurrentes por un tema que le genera especial ansiedad, lo que justificaría en cierta parte su aparición frecuente. Pero, de no ser el caso, no recomendaría echar mano de ellos demasiado a menudo, pues provocarían el efecto contrario al que buscamos.

Es necesario hacerlo en su justísima medida. Mucho mejor quedarnos cortos que sobrepasarnos.

Me gustaría que me comentarais vuestros recursos literarios en materia de los sueños, si estáis de acuerdo con estos consejos y si añadiríais alguno más. Y a los lectores, os invito a dar también vuestra opinión al respecto…

Al fin y al cabo, la literatura es sueño. Y los sueños, sueños son.

“No dejes de escribir”

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Hace algunas semanas, se publicó en el Blog La Bolleriza una reseña a mi primera novela Marafariña que terminaba con la frase que da título a este post: “No dejes de escribir, Miriam”.

El significado de estas palabras no es gratuito. No sé si sois capaces de haceros una idea de lo importantes que resultan para una autora pequeña como yo, que todavía sigo luchando con los lastres de los inicios. Porque escribir, desde luego, nunca será solo escribir. Implica muchísimo más: todo lo bueno pero, también, todo el sacrificio vacío que hay detrás de cada una de las páginas.

La cantidad de lectores que me han escrito esas palabras que coronan este post ha sido considerable. Sin embargo, hasta ahora no me había dado cuenta de lo que ello implica, de sus razones, de su verdad. Porque es cierto que nunca me he planteado seriamente dejar de escribir (más allá de algún que otro arranque de desencanto, pero en ningún caso definitivo) ni he anunciado tal cosa en mis redes. El hecho de que vosotros, con vuestras reseñas y vuestros comentarios me instéis a no dejar de escribir me parece un regalo maravilloso.

Precisamente jamás sería capaz de dejarlo porque os lo debo a vosotros. Porque desde el principio habéis estado ahí, queriendo y confiando en lo que había venido hacer. Regalándome vuestros halagos y también vuestras honestas críticas que tanto agradezco siempre. Y para decirme cada vez más fuerte que siguiera, que continuara, que estaríais ahí para seguir leyéndome porque os gustaba lo que hacía, porque os hacía felices leer las historias que yo había ideado.

Que alguien me pida que no deje de escribir me parece el cumplido más grande que puede otorgársele a un escritor (cuánto más siendo novel). No es solo un abrazo de aliento desinteresado, es una petición educada, un imperativo halagador. Es una mano tendida en medio de un laberinto del que, a veces, es complicado salir. Es la fe en la literatura nueva, en la que todavía no es nada pero aspira a llegar a serlo.

Sencillamente, quería daros las gracias. Porque han sido unas semanas muy difíciles y os he sentido ahí. Porque he elegido el camino largo y os habéis decidido a acompañarme y a no dejarme sola en ningún momento. Todo lo que hago es para vosotros. Porque nunca dejaré de escribir: os lo prometo, me lo prometo.

 

La hiedra contagiosa

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Estoy escribiendo una novela.

            Dejo constancia de esto el día 13 de junio del año 2016, en esta nota escrita que estará expuesta en el escritorio de mi habitación hasta la finitud de la misma, o de mí misma. Está redactada a mano, con un bolígrafo verde, asunto que tengo que lamentar. Al contrario de lo que cabría esperar de una escritora como yo, carezco de máquina de escribir. Tampoco tengo impresora, aunque sí un ordenador blanco, enorme y con poca poesía.

            Me gustaría explicar el motivo de dejar este folio pintarrajeado como testimonio del inicio de mi ópera  prima.

            Hay algo muy fuerte que ha brotado dentro de mí, como una flor inmediata en un anodino campo de césped seco. Más que brotar, ha aparecido, como si siempre hubiera estado bajo las raíces de la tierra pero que, por alguna razón, los rayos del sol y el agua de la lluvia no han sido suficientes para desenterrarlo durante todos estos años. Lo he sentido cómo una rotura en el pecho seguida de un fuerte dolor en un lugar indeterminado de mi cuerpo. He supuesto, creo que con acierto, que esa dolencia aguda procedía de la mismísima alma o conciencia, aquella que nadie sabe dónde está… tan solo donde perdura.

            Ese presentimiento se ha expandido desde mi boca, mis orejas, mis pechos, mis caderas, mi vagina, mis rodillas y mis tobillos. Luego, como una hiedra contagiosa, ha invadido el suelo de mi habitación, ha trepado por las paredes y se ha enroscado en la lámpara. Acto seguido se apagó la luz y yo fui prisionera de un pánico tan fuerte que apenas pude reprimir las ganas de orinarme encima como cuando era una niña. Durante unos instantes, unas horas, unos días, no pude ver nada. Mi mundo era blanco. Mi mundo era esa hiedra que quería matarme y el blanco. Recuerdo que intenté chillar, pero no pude. Moverme, pero no pude. Quise ser consciente de lo que me acontecía, teniendo la poderosa certeza de que había llegado mi finitud.

            En mi cuerpo y mente adulta se despertó mi niñez, y la heroína que me acompañó en mis sueños. La vi aparecer, como una bruma, en medio de ese océano blanco de ceguera. De lejos, muy de lejos. Casi no se acercó. Entonces mi corazón empezó a bombear muy deprisa, con tanta fuerza que creí que explotaría. No sé si lo hizo. Porque después me perdí.

            Desde esto han pasado tres días en los que apenas me he movido de mi habitación, que mantengo a oscuras y con las persianas a medio bajar. Tampoco tengo demasiado apetito, tan solo estoy poseída por un cansancio atroz, como si estuviera encubando algún tipo de enfermedad extraña. Tal vez es el pánico, que me está destruyendo por dentro.

            Pero no he comenzado a escribir una novela por motivo de tal cosa. Algo tan vulgar, tan triste y terrible como la hiedra que me ahogó en mi habitación no puede motivar el inicio de algo tan hermoso y vivo como lo es una historia que surge de la nada, como una melodía del viento con las hojas del bosque. Como el caprichoso baile de olas del mar con las gaviotas que las sobrevuelan. Y el atardecer que nunca se demora, ni nunca se anticipa. He empezado a empuñar el bolígrafo porque temo morir, morir de repente, y no haber escrito todo lo que tengo dentro. Y es tanto que, tengo la sutil certeza, de que es precisamente eso lo que me está haciendo perecer más rápidamente.

            Así que aquí permaneceré hasta que logre determinar qué voy a escribir y cómo lo voy a escribir. Lo único que sé es sobre quién voy a escribir. Sobre eso tengo la más absoluta certeza.

 

M.B.V.

¿Pero eres escritor o tienes escritura?

—¿Tú escribes porque sí o porque no?
—La verdad, no me lo había planteado.
—¿Pero eres escritor o tienes escritura?

La cita pertenece a mi última lectura, La mujer loca de Juan José Millás. No siempre es sencillo encontrar un libro justo para lo que lo necesitas. Muchas veces los que leemos o escribimos somos tan torpes que sin una novela bajo el brazo no somos capaces de seguir.

Para mí esta mujer loca ha sido como una especie de antídoto agudo con efectos secundarios. Como otras muchas obras que existen, Millás ahonda en la gramática, en la lengua, en el trauma de ser escritor y en la mentira de querer serlo. Cuando me topo con historias así respiro tranquila. Para mí la literatura significa tanto, significa todo, que el poder encontrar referencias de otras almas que la viven como yo (o incluso más) me hacen creer que esta obsesión no es del todo perjudicial.

Hace tiempo, cuando asistí a cierta terapia, se me subrayó una faceta de mi carácter que, si bien no puede llamarse patología, se sufre como tal. Hipersensibilidad. No fue ninguna sorpresa, desde niña fui demasiado aprensiva y me pasaba los días sumida en una explosión de emociones constante. Recuerdo como siempre terminaba llorando en clase de música cuando la profesora encendía el radiocasete y era víctima de las risas de mis compañeros. La profesora se acercaba a mí y me preguntaba por qué lloraba. Y yo contestaba que lloraba porque lo sentía muy adentro.

Y lo sentía. Pero es curioso que esa sensibilidad tan humana solo se acentuaba con la música. Ni siquiera el cine o los libros lograban hacerme llorar de esa forma. Tal vez, por esa razón, comencé a refugiarme en ellos tan pronto y me obsesioné de esa manera. Y es que en sus personajes encontraba la manera de entenderme, de quererme y de saber que lo que yo sentía a veces era normal, que no era una niña loca.

Volviendo al tema de la hipersensibilidad. Aunque no se considere una enfermedad psicológica, como he dicho, yo quería encontrar la manera de mitigarla. Sentir tan fuerte las relaciones humanas, el amor, la amistad, los problemas en el trabajo me suponía un desgaste de energía brutal. Mi terapeuta me dijo: Pero tú escribes. Desgasta esa sensibilidad para escribir y conviértela en acero para la vida.

La profesora se acercaba a mí y me preguntaba por qué lloraba. Y yo contestaba que lloraba porque lo sentía muy adentro.

 

 

 

 

Escribir tiene que doler

Mientras Marafariña se unía a esa locura de los sueños convirtiéndose en lo real.

Nunca puedo sentirme libre del todo porque el vínculo con las letras siempre tiene un remanso en mi mente en cualquier momento, en cualquier circunstancia, en cualquier lugar. Digamos que la musa, o las musas, no se muestran demasiado respetuosas. No las culpo. Si yo tuviera dentro algo como Marafariña estaría berreando por dejarlo salir a cada momento.

Y yo, sin escogerlo, sin sentirlo, por lo caprichoso de la vida, todavía la llevo dentro.

Ya son dos años sumergida en la secuela de mi ópera prima de la que no he logrado desprenderme. Cuando finalicé, todavía sin ser consciente de ello, mi primera novela creí, ilusa de mí, que lo peor había pasado. Porque las lágrimas que derramé y, sobre todo, el miedo que sentí en mi viaje a Marafariña eran tan reales como el mismo suelo que piso, o como las secas teclas de este ordenador que golpeo a diario buscando la mejor forma de matar fantasmas inmortales.

No, desde luego. Lo peor no había pasado. Creo que lo peor no termina nunca, en realidad. Vuelve siempre, como las noches o como el invierno. Creer y abrazarse a lo contrario es una insensatez, es mentirse. Y yo no tengo ganas de mentirme.

Pero no quiero desviarme, ni quiero regodearme en lo que me apena. Quiero hablar de lo que es escribir para mí, para hacer comprender a quiénes no lo entienden por qué es lo que más amo en mi vida, por qué es lo que tantas veces me ha salvado del pozo. Por qué corro a refugiarme en mi literatura siempre que las cosas se tuercen demasiado, como una posesa, como una enferma de tinta.

Los últimos dos o tres meses estaba enfrascada en un capítulo crucial. El más crucial desde que esta aventura de Marafariña empezó a ser real y comencé a regalarle un trocito de mi alma a cada página. Desde ese año 2013 que este mundo de abrió, este dichoso capítulo ya rondaba en mi cabeza. Y ahora, llegado el momento, me temblaba el pulso y el alma, tenía miedo de enfrentarme a él. Tenía miedo de ahondar en el pasado, que es tan pasado que parece otra vida, para hacerlo resucitar en la novela, en la ficción. Pensaba que podría después de todo este tiempo, que mis heridas ya estaban más que cicatrizadas y que mi fuerza era infinita… pero es curioso cómo lo que ya no existe puede dañarnos tanto todavía. Porque hay sucesos vividos que siempre formará parte de una misma, aunque pretendamos esconderlos.

Anoche terminé ese capítulo, fue cómo sentir que un jarrón se rompía o una puerta se cerraba. Anoche terminé ese capítulo y yo temblaba como una hoja resquebrajada colgada de un árbol descrito en el papel. Anoche terminé, al fin, por fin. Y me sentí tan vacía, y me sentí tan llena. Y me sentí tan sola embriagada por una felicidad que no sabía con quien compartir, embriagada por una tristeza tan profunda que no encontraba la manera de llorar.

Creo que después de este momento no volveré a echar la vista atrás, porque lo que hay hacia adelante es más verde, más libre, más brillante. Dejaré que esa puerta cerrada se quede así y se pierda en las tinieblas del glorioso paso del tiempo que, de alguna forma, siempre es benevolente.


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Tu personaje y tú

Según la Wikipedia, un personaje es:

Un personaje es cada una de las personas o seres (humanos, animales o de cualquier otra naturaleza) reales o imaginarios que aparece en una obra artística.

En el lateral, la imagen que aparece para encabezar el artículo es la de John Tenniel para la novela de Alicia en el país de las maravillas.

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La creación de cada uno de los personajes que forman parte de la obra literaria es, con total seguridad, una de las labores más complejas y divertidas a las que cualquiera que desee escribir una historia, sea del tipo que sea, debe enfrentarse. Y debe disfrutar.

En mi caso particular, los personajes suelen presentarse en mi mente cogiendo la mano de mi musa mucho antes de que lo haga el resto de la historia. Es casi (solo casi) como empezar la casa por el tejado. No sé si esto es lo habitual o no, pero creo que no me equivoco al decir que la relación que se crea entre el autor y su personaje, o personajes, es intensa, real y muy duradera. Es casi (solo casi) como una historia de amor. Es también un peregrinaje, un aprendizaje, porque mientras él crece y va tomando forma, tú vas creciendo y vas conociendo facetas de ti misma que desconocías hasta el momento.

Porque si un lector audaz es capaz de leer a través de la piel de tinta de dicho personaje, encontrará partes de tu alma que jamás confesarías. Encontrará fragmentos de tu pasado, miedos ocultos y anhelos sepultados. Encontrará todo aquello que extrañas y todo aquello que todavía te queda por ver. También tú puedes llegar a encontrar sentimientos que nunca, hasta ese momento, habías experimentado. Puede ser, incluso, como una preparación: nuestro personaje, nuestro mártir, puede sufrir y experimentar situaciones que nosotros todavía no hemos vivido pero que, con total seguridad, llegarán algún día.

Dejando a un lado las fichas técnicas, los datos que podemos rellenar de cada uno, la definición de su forma de vestir, el olor de su aliento, el color de su pelo, su mal hábito de fumar, su música favorita, relaciones de parentescos, el primer amor o su mascota… En fin, dando por sentado que todo esto lo conocemos a la perfección, llega el momento del diálogo. Un diálogo que proseguirá incluso cuando la obra esté finalizada, incluso mucho después. Porque no es tan fácil decir adiós a ese trocito que has dejado ahí para hacer latir otro corazón.

Hay que matizar que este personaje (o personajes) es decir, nuestra Alicia particular, no tiene que coincidir necesariamente con el protagonista. Resulta curioso, por cierto, que en muchas ocasiones cuando a un autor se le pregunta por el personaje favorito de su obra o relato cite a uno secundario que, tal vez, incluso al propio lector le había pasado más desapercibido.

El limbo que une a la pluma y a su creación es difícil y diferente en cada situación. No todos los autores se sienten, de hecho, unidos a sus vasallos, convertidos en meros peones que no le despiertan sentimientos. Tal cosa, creo, resulta fría y poco enriquecedora. Esa falta de vínculo hará que la literatura no sea del todo real, que le falte la chispa de lo que el miedo, la furia y el amor pueden transmitir en gran medida.

¿No se trata de imitar la vida, pero de hacerlo con franqueza, hermosura y metáforas?

O de inventarla, claro está.

Proceso creativo: ¿Cómo nació “Todas las horas mueren”?

Fontiña se entremezclaba con Marafariña, y Olga y Ruth con Olivia y Dorotea en un macabro juego de mis musas por volverme loca.

Aunque ahora ser celoso de la privacidad resulta todo un reto, dado que las Redes Sociales son un suculento medio de catarsis y de desahogo inmediato, lo cierto es que todos los escritores guardamos nuestras debilidades y flaquezas bajo llave. Esto no tiene nada que ven con la vanidad (tal vez sí, pero un poco), sino más bien con el temor.

Es harto conocido, y reconocido, que escribir un libro es toda una hazaña que, además, implica momentos duros con uno mismo. Al fin de cuentas, ese diálogo entre nosotros y nuestra historia se prolonga durante meses, durante años y con ella se crean vínculos muy reales de difícil definición. El autor debe amar y querer su proyecto, mimarlo con cuidado y dedicarle el tiempo necesario. Durante ese período creativo, dentro de ese círculo secreto, nada puede importunarnos ni detenernos.

Pero, ¿cómo nace la idea precisa de una obra? ¿De dónde me surgió el Café de Fontiña y sus personajes? ¿Por qué?

Al contrario de lo que pueda parecer, no fue algo premeditado. De hecho, estaba totalmente inmersa en la escritura de Marafariña Libro Primero cuando ese precioso aroma a café se acercó a mis fosas nasales sin piedad. Lo primero que me acarició fue el título, que vislumbré con una claridad abrumadora. Y, acto seguido, la figura de Olivia Ochoa me cautivó. Me encontraba en un aeropuerto y todo lo que tenía cerca para tomar notas era mi teléfono móvil. En ello anduve entretenida un buen rato.

A las pocas horas, el aletazo de inspiración ya había hecho crecer toda una planta en la maceta de mi imaginación. Me consideré afortunada y maldita al mismo tiempo: mi mente se sobrecargó las semanas posteriores. Por mucho que quisiera relegar la escritura de esa novela para más adelante, no podía ignorarla. Empecé a escribirla despacio, a sabiendas del formato que quería darle y la extensión que tendría. Era tan diferente a mi ópera prima que sentí hasta pavor. ¿Por qué? Tal vez es que la literatura es tan caprichosa que ni nosotros mismos podemos definirnos. Fontiña se entremezclaba con Marafariña, y Olga y Ruth con Olivia y Dorotea en un macabro juego de mis musas por volverme loca. Ambas novelas compartieron el alma, pero Todas las horas mueren desechó los aspectos puramente autobiográficos para criarse en la más absoluta ficción.

Dorotea y sus motivos aparecieron después. Y también Laura. Tampoco formó parte de una ardua tarea de meditación, solo llamaron a la puerta cuando lo consideraron oportuno. Ellas se hicieron encajar y yo nada podía hacer por detener esas vidas que ya habían comenzado.

Un escritor está a merced de lo que los hilos de la historia determinen, es un mero títere, una marioneta sin voluntad. Los personajes y sus lugares crecen y se imponen, sabiéndose libres y poderosos. ¿Cómo importunar o obstaculizar su voluntad? ¡Sería tan insensato coaccionar su libre albedrío!

El egoísmo

Me voy a permitir citar de la obra La ridícula idea de no volver a verte de mi admirada Rosa Montero para comenzar esta reflexión:

#HonrarALosPadres, pues: qué tremendo mandato, qué obligación subterránea y a menudo inconsciente, qué trampa del destino. Crecemos con el poderoso mensaje de nuestros progenitores calentándonos la cabeza y a menudo terminamos creyendo que sus deseos son nuestros deseos y que somos responsables de sus carencias.

Y, tras esto, hablemos de los sueños.

Los sueños que parecen pertenecer a los ilusos, aquellos que no se resuelven a dejarse someter por la vida y sus miserias. Aquellos que a pesar de todo lo que pueda ocurrir, siguen empeñándose en sacar fuerzas, sacar energía y alegría de donde sea posible para continuar haciendo aquello que anhelan hacer. ¡Qué ilusos y optimistas! ¡Qué patéticos! ¡Y qué egoístas!

Estas metas ensoñadoras pueden ser de muchos tipos y formas, pero quiero centrarme en el arte y, más concretamente, en la literatura. Al fin y al cabo, es lo que a mí más me atañe, lo que me da la vida y lo que espero que me lo siga dando hasta mi finitud. No quiero dar un mensaje tremendista pero, con honestidad, no perdamos nunca de vista el final del camino, no vaya ser que no tengamos tiempo a ser o hacer lo que pretendíamos.

Todos, en mayor o menor medida, cosechamos y trabajamos por algo. En mi caso particular, mi amor absoluto por las letras lo rodea todo. Cuando estoy en casa, cuando voy a trabajar, cuando hago ejercicio, cuando juego con mis gatos, cuando cocino, cuando estoy con mis amigas. Incluso, cuando estoy con mi familia.

Estos sueños requieren de tiempo y de una dedicación plena.

Cuando algo nos llena, nos hace felices, tenemos la mala costumbre de hablar de ello a todo el mundo, siempre y cuando se nos presenta la ocasión. No es algo aislado el hecho de recibir juicios de valor de aquellos que nos rodean, tal vez no con malicia, pero sí con sinceridad.

He escuchado muchas veces, demasiadas, la palabra hobbie para referirse a lo que yo hago. Un hobbie. El hecho de pasarme horas y horas escribiendo, corrigiendo, leyendo, pensando, volviendo a leer es un hobbie. El hecho de aprender la mejor forma de hacer llegar mis novelas al público en las Redes Sociales es un hobbie. La cantidad de correos electrónicos que hago llegar a Blogs de reseña y a buzones de editoriales mudos son un hobbie. Las horas de sueño sacrificadas son un hobbie.

Independientemente de tan burda definición, quería hacer hincapié en otra cosa. Estos sueños requieren de tiempo y de una dedicación plena. Dicho hobbie no se acalla con echar unas partiditas a un videojuego, jugar al badminton o ir de cañas. Requiere una rutina precisa, un tiempo que en la mayor parte de los casos tenemos que sacar de nuestro ocio, pues tenemos otras obligaciones laborales o familiares.

Es triste decirlo, pero he conocido el bienestar conmigo misma y con mi vida muy recientemente, y eso ha sido a base de ser más egoísta.

Hace muchos años que escribo, pero hace tan solo cinco que me he dedicado a ello de manera más constante y determinada. Esto ha sido fomentado principalmente por el hecho de que me he independizado, he dejado el nido. Y a esto viene la cita inicial, el dichoso #HonrarAlPadre y #HonrarALaMadre. Fue complicado irme de casa, más allá del factor económico, lo fue la culpabilidad que me fusilaba.

Fue un proceso difícil el de despertar el egoísmo y aprender a centrarme en lo que yo deseaba hacer. Es triste decirlo, pero he conocido el bienestar conmigo misma y con mi vida muy recientemente, y eso ha sido a base de ser más egoísta. Por supuesto que tenemos que querer y cuidar a los nuestros, pero lo primordial y lo más importante es aquello por lo que queremos luchar y nos hace felices.

TENEMOS DERECHO a dedicarnos y a cuidarnos a nosotros mismos, y también a ESCRIBIR si eso nos llena y nos hace felices. Nadie tiene el derecho de juzgar si es una pérdida de tiempo, un burdo hobbie, si no sirve para nada. #HónrateATiMismo antes que al resto del mundo. Homenajéate, sé libre.

La unión del escritor y la nívola

Lejos quedan de la realidad los retratos del escritor con el gesto sosegado por la paz y la satisfacción, sentado con tranquilidad frente a una máquina de escribir, un café o un gato

Ya había hablado Unamuno sobre tal tema, llamando con osadía a la novela nívola y desafiando la unión de la realidad y la ficción. Y es que se subestima la cordura de aquel que gasta sus horas escribiendo, aquel que se convierte en un esclavo de una creatividad explosiva, que gobierna sus horas como una maldición.

Lejos quedan de la realidad los retratos del escritor con el gesto sosegado por la paz y la satisfacción, sentado con tranquilidad frente a una máquina de escribir, un café o un gato. Un cansancio que se sofoca con un sencillo restriegue de ojos, como si de esa simple forma se pudiera recuperar la cordura. Mientras se trabaja en una obra (y hablamos de un período de tiempo que oscila entre uno a cinco años como media) el creador se encuentra en un extraño estado de duermevela, es asolado por un vacío importante y, además, es común sufrir episodios de depresión leve. 

Pero esto es algo de lo que poco se habla y la recompensa todavía es menor. La diferentes fases que se sufren en este proceso creativo son muchas y más que la alegría y la satisfacción por el trabajo hecho, es una necesidad casi tóxica que nace del interior y no permite escapatoria. Casi como un trastorno, casi como una enfermedad, que deriva en algo hermoso, tal vez. O en ocasiones, todo el desgaste que hemos sufrido, no llega a merecer del todo la pena. No es falta de talento, en este camino influyen muchos factores.

La unión esposada, pues, del escritor y sus personajes, su historia, es absoluta. Cuando esto ocurre, es cuando el lector puede llegar, de verdad, a vivir una novela en su plenitud. Una ínfima parte de ese vínculo irrompible entre autor y obra traspasa a aquel que se sumerge en las páginas que otorgan vida, o la desploman. Ahí podemos hablar de que se ha alcanzado ese efímero éxito, esa mínima sonrisa.

El otro contrapeso es que el trabajo del artista creador no tiene final, no tiene culmen. Y aunque un escritor debería obligarse a descansar, cuando la inspiración es muy fuerte, resulta imposible. Las ideas bullen, y la necesidad de hacerlas nacer impide las merecidas vacaciones. Cuando termina uno de estos tediosos y largos procesos, comienza de inmediato otro. Hay ilusión, pero también terror: se es consciente de lo que sucederá a continuación.