A la segunda persona

No puedo permitirme seguirme mintiendo.

No, no puedes.

Este domingo, como otro de tantos domingos, estaba caminando hacia la playa. Hacía sol y había personas por las calles, dirigiéndonos al mar como si fuera lo que nos puede salvar. Al final buscamos esa pequeña liberación, porque ninguna de nosotras estamos cómodas dentro de la urbe gris. Somos animales salvajes, aunque intentemos negarlo. La Naturaleza es el latido que nos da razones para abrir los ojos un día más.

Hay un puñado de kilómetros hasta la costa. Así puedo pensar mientras los rayos me miman y el aire cálido me irrita los ojos y me despeina. Qué capricho. Y yo que me creía perdida estoy podando mi propio laberinto. Lo estoy poniendo bonito —las tijeras pesan pero ya no me cortan los dedos— y lo decoro a mi gusto —el color violeta, las pisadas blancas de los pensamientos—. Y abro la ventana para que entre esa luz. No voy a seguir privándome de mi misma.

Miro las ovejas. También gallinas. Es la magia do meu país, que parece ajeno a las cosas feas que ocurren más allá. Tengo música en mis oídos pero no la escucho. Entre los recovecos se cuela el sonido de mí misma. ¿Cómo es ese sonido? No lo sé, pero me gusta. Siempre me he respetado mucho. He luchado por mí cada día desde que soy pequeña. ¿Alguien se atreve a negarlo? El sufrimiento y los dolores se han traducido en una persona con grandes metas y afán de crecimiento. Que, al mismo tiempo, disfruta de las pequeñas cosas —como este paseo a la playa, como el café en la terraza de mi bar favorito, como leerme esa novela— en la que otras personas no encuentran más que vulgaridad.

Estoy creciendo —¿me ves?— aunque nadie más sepa darse cuenta. No me importa. Siempre me he bastado. De niña besaba mis propios labios en el espejo y hoy no tengo problemas en hacerlo. Arranco algunas hierbas a mi paso, me las llevo a la nariz y luego las acaricio. Negarme a mí misma sería un crimen, un ultraje. ¿Te acuerdas de cuándo era capaz de reírme? Claro que te acuerdas, me río cada día, con más esfuerzo que nadie pero también con más verdad.

Pasáis la vida de puntillas pensando que es más sencillo, pero arrastráis tras de sí el vacío hueco de no ser nada. O de ser lo que todas las demás son. 

Perdonad. Ya abandono la segunda persona.

Me ha costado llegar a entender que a nadie le tiene que importar lo que hago y lo que soy. Desde Dorotea sé que nadie va a querer y comprender mis historias y mis relatos —y a mí— como yo misma. Son mis mejores amigas, nadie sabrá verlo. Al principio esto me dolía, me parecía que el esfuerzo era fútil y estéril.

Pero María Fornet me dijo: Y si no escribes, ¿qué haces?

Nada.

Lo dicho, os parecía un esfuerzo fútil y estéril.

Y yo, sin embargo, en esos rincones propios —habitaciones—he encontrado las razones para vivir. Mi anhelo y mi esperanza. A través de eso me he escapado muy lejos —y vosotras no podéis—. Voy un poco por encima de las nubes. Da vértigo, da miedo. Da libertad. A veces miro al mundo con indiferencia.

He crecido demasiado. Ahora puedo me puedo permitir detenerme a jugar.

Photo by Dexter Fernandes on Unsplash

Una escritora intensa en Youtube

Os prometía una sorpresita por mis Redes Sociales y aquí esta.

El blog de esta semana viene en un formato diferente, digamos, más audiovisual. A partir de ahora, no solo podréis leerme sino, también, verme… ¡En Youtube!

Así que sin más dilación, os invito a suscribiros a ese medio y a que sigamos juntas hablando de #MujeresEnLaLiteratura.

¡Muchas gracias por verme y leerme!

 

 

 

Agosto

No sabes nada, no busques nada. Eres una loca.

Tenéis que perdonarme, pero este post no es para vosotras. Es para mí.

Agosto siempre ha sido mi mes favorito del año, desde que soy una niña. Las vacaciones de verano, la playa, la ausencia de relojes, el perderme. El tener horas y horas a solas con lo que más amo en el mundo: mi literatura, solo mía, de nadie más. Agosto y el mes en el que aprendí a quererme, a mimarme, a ser yo. Agosto, el mes en el que esa niña con los ojos llorosos se miraba al espejo y me preguntaba a mí, a la Miriam adulta que todo lo debería saber, cuándo acabaría esto y cuándo llegaría la felicidad. Cuándo llegaría la libertad.

Agosto. Ya no encuentro a esa niña por ninguna parte. O sí, a veces sí. Cuando se me despeinan las cejas, cuando se me tuerce el labio y cuando tengo ganas de llorar pero no debo porque estoy en una oficina gris o estoy en un ambiente distendido en el que tales lágrimas no encajan. De niña lloraban con más facilidad y sin pudor. Nunca me dio vergüenza llorar, era mi manera de expresarme, porque hablar me costaba (aunque escribir me resultaba tan, tan sencillo. Ojalá todo fuera tan sencillo para mi como escribir), porque ser, simplemente ser, me costaba. Yo creía (en ese agosto) que eso se me pasaría al crecer. Pero crecí, crecí, crecí. Y esas sombras crecieron conmigo. Se anudaron a mis muñecas huesudas, a mis tobillos, a mi corazón sombrío. Lo ocupaban todo. Y, en cierto modo, lo ocupan.

Agosto. De niña miraba al mar. Sonreía. Había momentos pequeños en los que era capaz de ser feliz sin mirar nada más. Mi abuela y su olor a perfume (incluso en la playa) me hacían feliz. Mi abuela siempre fue algo importante en mi felicidad pero, las abuelas, se pagan poco a poco, sin remedio.

Agosto y esta niña ya no existe, pero la playa a veces tiene magia. A veces me duele seguir siendo esa niña, a pesar de que estoy más cerca de los treinta que de los veinte, que tengo un trabajo gris y una rutina estricta y precisa. El despertador suena cada mañana y solo yo puedo apagarlo, solo yo puedo tener energías para levantarme de la cama. Y sí, me arropa mi amor. Pero hay tantos vacíos alrededor, como precipicios, que a veces me da miedo, tanto miedo, salir del colchón. Agosto. Agosto. Agosto. ¿En qué te has convertido? Eres un mentiroso. Me prometiste que siempre serías así.

Agosto. Agosto y tu maldito agostamiento.

Esos círculos. ¿Los ves? Cada vez dejas que sean más pequeños. Pero me permites mis letras (mis letras, mis queridas letritas, mis personajes, mi yo, pequeña, mi yo) y es mi vía de escape. Me permites vivir y sobrevivir así. En cualquier punto. Literatura, yo te escribo y tú me contestas. Y me abrazas. Y me quieres. Me quieres como nada en este mundo ha sabido quererme y comprenderme. Tú me hieres, pero para abrirme y sacarme de dentro esa sombras tan oscuras. ¿Quién las provoca? ¿Agosto, tal vez? ¿Yo misma? ¿Esa niña que, de un modo u otro, se eternizó siempre dentro de mí?

Cuándo se iba a acabar todo, pequeña Miriam.

Dijiste que de mayor sería más sencillo.

Lo dije. Sí. Te lo dije, niñita de ojos redondos y lágrimas frías. Y siento que no sea más sencillo pero, al menos, te he enseñado un camino hacia el que escapar.

Rincones, playas, bosques, marafariñas, libros.

Nombres.

Tienes tu identidad, abrázala, quiérela como te enseñé a quererla.

¿Los ves? Son agostos, niñita. Agostos para ti, agostos eternos que te esperan.

 

 

Photo by Maksym Kaharlytskyi on Unsplash

Escritura y sororidad: cómo, cuándo y por qué

Durante mi infancia y adolescencia, pues, fui prisionera en la realidad y libre en la literatura.

No sé qué me ha ocurrido últimamente, no sé dónde se ha quedado mi anterior yo. Por ahí anda, en un rincón. Navega a mi alrededor. La pobrecita Miriam de antaño está un tanto relegada a ir desapareciendo poco a poco. Pero yo la respeto, ¡vaya si la respeto! Al fin y al cabo, gracias a ella estoy aquí.

¿A qué me estoy refiriendo? Al recurrente crecimiento personal al que no dejo de referirme por activa y por pasiva. Y, tal vez más fuertemente después del 8 de marzo, empieza a perfilarse con más fuerza y con más garra. Es que me estuve haciendo preguntas, ¿sabéis? Me estuve preguntado cómo he llegado hasta aquí, cuándo ha ocurrido y por qué: ¿por qué de repente me importa tanto el movimiento LGTB y movimiento feminista cuando, hasta hace poco, renegaba de todo tipo de Hastags y etiquetas? ¿Estaba equivocada antes y ahora, sin más, he abierto los ojos?

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Una servidora, rodeada de “sororidad” en la manifestación del 8M (A Coruña)

Hay que darse tiempo

Seguro que a vosotras, vuestros padres, también os han dicho eso de: ahora te crees que lo sabes todo, pero espérate cinco años más y me cuentas. Cinco años es una eternidad a según que edades. Yo, mientras escribo este post, tengo 27. Toda una mujer que ya cree saberlo todo de la vida. Pero esto ha sido siempre igual. Cuando tenía 18 me comía el mundo, cuando tenía 23 era todo lo madura que se podía llegar a ser y lo sabía todo, pero todo, de la vida.

Y a mí, hasta hace muy poco, eso del feminismo me chirriaba. Y ya no digamos lo de tener que alzar una bandera de arcoiris por ser lesbiana. No me siento orgullosa de haber pensando así, de mi silencio, de mi hipocresía. Pero estamos en confianza, estamos en casa. Y, además, quiero dirigirme a todas aquellas, y aquellos, que podéis sentiros así. Encerradas en la cláusulita de la comodidad del silencio. Escondidas. Sin molestar demasiado. Sin discutir. Los micromachismos, al fin y al cabo, no molestan tanto. Y las bromitas sobre la sexualidad son inofensivas. ¿Verdad? ¿Verdad? Sí. Claro que sí. Pero poco a poco, en tu trabajo, con tu familia y con tus amigas, prefieres estar más bien callada. Hablar de tu pareja en un género neutro y, de paso, no escandalizarte demasiado por cómo algunos de los chicos del grupo tratan a sus novias y las cosifican. Hay algo horrible en eso, lo estás viendo. Lo ves. Pero no sabes qué hacer. Al fin y al cabo, desde niña, lo has bebido. Desde niña, eso es lo normal. Y tú, lo que tú eres, no es lo normal.

Lo normal

Y, poniéndome un poco firme, muy normal no soy. Menos mal. Siempre he sido una persona aprensiva, con ansias de querer y ser querida, poderosamente insegura, poderosamente altruista (demasiado, demasiado) e ilusamente ilusa. No importa. Me gusta esa yo, me gusta mi naturalidad, me gusta mis ganas de abrirme a las personas, de no tenerle miedo a la amistad, a los abrazos y la honestidad. Las máscaras nunca han ido conmigo, pero las he llevado puestas durante demasiado tiempo.

Esperad, que me pierdo del hilo. Pues eso. Lo normal. Una niña criada en un seno de una familia Testigo de Jehová (ultra religiosa = ultra machista = ultra heteronormativa) que ha llegado a mantener una relación con una persona del sexo opuesto que ha durado años y ha terminado, incluso, por ser algo oficial. Una niña que escribía a escondidas historias donde había mujeres que se vestían cómo querían y amaban a otras mujeres. Y mujeres que amaban a hombres pero tenían interés en otras mujeres. Durante mi infancia y adolescencia, pues, fui prisionera en la realidad y libre en la literatura.

Me gusta esa yo, me gusta mi naturalidad, me gusta mis ganas de abrirme a las personas, de no tenerle miedo a la amistad, a los abrazos y la honestidad

Que no. Que no es normal. Que mi cabeza un día, de noche, mientras no podía dormir (y no podía dormir porque los “demonios” me carcomían como pirañas) me reconocí a mí misma que las mujeres me gustaban, que mi fascinación por Hermione Granger no era un simple gusto personal y que aquella chica dos cursos mayor que yo me gustaba como se suponía que me deberían gustar los chicos. Y esa noche fue la más importante de mi vida. Sí. Lo fue.

Pero de la noche a la mañana no te vuelves homosexual y te das cuenta de que la sociedad te ha tratado peor, te lo ha puesto más difícil, por ser mujer. Que en las reuniones religiosas a las que asistías las mujeres tomaban el apellido de sus maridos, no tenían derecho a orar ni a hablar en público y que, además, estaba tan interiorizado que era de lo más normal. Era normal porque las mujeres son unas histéricas, unas criticonas y no saben ser amigas. ¿Os suena esto? Sin embargo, cuando yo quise irme de mi pareja y de esa organización, los que actuaron como histéricos, criticones y malvados fueron ellos, esos señores que mandaban, que tenían el poder. Esos señores que decían que, según la Palabra de Dios, las mujeres estaban por debajo de los varones.

Así que no. No soy normal. Nadie es normal. Nada es normal.

Y yo, entonces, también me enfadé. Y dije, ¿dónde estamos nosotras?

La sororidad

No me importa reconocer la ignorancia que en todos estos temas he tenido durante  años. Lo único de lo que me arrepiento es de haber llegado un poco tarde, de no haber dedicado más tiempo a crecer en mi interior a comprender. A comprenderlas. Me refiero a esas mujeres que, tan enfadadas, gritaban en voz alta y condenaban el patriarcado. Ni siquiera era capaz de entender el movimiento que hace muy poco (muy muy poco, lo sé) empezó a llenar las Redes Sociales con el #LeoAutorasOct. ¿Y por qué no lo entendía? Porque yo leí, desde siempre, a más mujeres. Pero el mundo no se acababa en mí.

Solo tuve que echar un vistazo a los títulos de las librerías. A los libros clásicos que con tanta curiosidad e ilusión leí en su momento, porque la crítica y la cultura me decían que era necesario que lo hiciera. En esos libros clásicos como El retrato de Dorian Gray o El guardián entre el centeno en los que nosotras apenas estamos, somos sombras, y no tenemos voz. Y sentimos ese vacío al terminar de leerlo. Lo sentimos y está justificado. Y yo, entonces, también me enfadé. Y dije, ¿dónde estamos nosotras?

Y “nosotras” estábamos en mis propias novelas en las que, sin darme cuenta, hacia un alegato feminista y de sororidad. Esta última palabra era desconocida para mi unos años atrás cuando, un día, HULEMS publicó un post sobre las novedades literarias en las que se anunciaba Todas las horas mueren. En él rezaba este párrafo:

Este libro es un verdadero monumento a la sororidad femenina

Qué importancia, qué belleza y qué transcendencia tuvo para mí, desde entonces, esa palabra. Y yo, sin saberlo, había dado un paso, había contribuido a que la literatura, a que el mundo, fuera un pelín más diverso, un pelín más feminista. Empecé a comprender muchas cosas, tantas cosas, que me volví torpe y me abrumé a la hora de manejar todos esos conocimientos.

sororidad. (Del ingl. sorority).

Agrupación que se forma por la amistad y reciprocidad entre mujeres que comparten el mismo ideal y trabajan por alcanzar un mismo objetivo

Tal vez, entonces, no somos tan malas amigas, tan criticonas, tan falsas y tan desdeñosas como siempre se nos hizo creer. Tal vez, el espíritu que nos mueve es más bondadoso, más altruista y más cariñoso. Tal vez no se nos acaba el amor por ser madres, por ser esposas. Tenemos amor que desborda para nuestras hermanas, para nuestras amigas, para nuestras desconocidas. Tenemos amor, amor que nos crece a cada segundo.

Lo que ahora quiero hacer

Llevo toda la vida intentando comprender, pues, quién soy. Creo que con este color violeta y con ellas, mis hermanas, estoy consiguiendo entender qué es lo que me sucedió desde siempre. Siempre he querido hacer algo, algo más, y creo que en este frente hay mucho que hacer. Siento cierta responsabilidad ahora, cuando empuño la pluma y hablo de esas mujeres. Ahora con conciencia, ahora con cierta rabia. Ahora ya no nos conformamos con que nuestros personajes femeninos hablen: queremos que griten, que griten bien fuerte por todas aquellas que han tenido que estar calladas. Incluso esa parte de nosotras mismas que, también, hemos tenido que mantener mudas. Esas heridas permanecen ahí, pero nos ayudaremos de ellas para continuar unidas.

Por eso desde hace la varias semanas, tanto en este web como en A Librería he enfocado mi actividad al hastag #MujeresEnLaLiteratura.

 

Photo by Victor Dittiere on Unsplash

Las cosas bonitas

Estoy aquí de paso, porque os echaba de menos. Y aunque este retiro todavía se alargará unas semanas más, tenía que contaros algo.

El otro día estaba reflexionando sobre mi propia vida, desde que tengo memoria hasta el día de hoy. Esto está un poco relacionado con un proyecto literario en el que estoy trabajando y que tardará un tiempo en ver la luz, pero yo os voy dejando pequeñas pinceladas para que lo podías disfrutar conmigo. En fin, me disperso (se nota que estoy dispersa, sí). Pensaba en mi vida y llegué a la conclusión de que ha sido, y es, una absoluta locura.

Podría plasmarlo todo en una novela mucho más concreta y biográfica que MarafariñaY por supuesto, no solo me refiero a los momentos más duros y más difíciles, sino a los golpes de suerte que he disfrutado (y disfruto). Estaba parada en un semáforo con la música a todo volumen (sonaba Izal, La piedra invisible) y empecé a tener unas poderosas ganas de llorar. Pero durante unos largos instantes no sabría determinar si era de felicidad o de pura amargura.

También sé que nada me liberará de tener que recorrerlo a diario. También sé que necesito fuerzas para hacerlo.

Supongo que estar en este vaivén es difícil, pero esto es lo real al fin y al cabo. Llevo varias semanas acumulando momentos preciosos por los que siento tanta ilusión que no me cabe dentro y quiero saltar, gritar y sonreír hasta romperme los labios. Al mismo tiempo, hay un laberinto difícil de atravesar que por momento se hace tan grande que empuja lo bueno. En cuanto al laberinto (lo vamos a llamar así) soy consciente de que no puedo hacer nada por resolverlo, no al menos a corto plazo. También sé que nada me liberará de tener que recorrerlo a diario. También sé que necesito fuerzas para hacerlo.

Y mientras lloraba (en el coche, parada en el semáforo, recordad) también pensaba en la cantidad de cosas bonitas que me han sucedido y que están por suceder. Entre ellas, una preciosa fiesta de temática de Harry Potter que organizaron mis amigos para mí. Fiesta, amigos, Harry Potter. Pensadlo: es una fórmula casi perfecta. ¿Acaso no debería, de verdad, sentirme un poquito afortunada y tener el derecho de olvidarme del laberinto negro por momentos? Yo creo que sí. Por cierto, he compartido alguna fotito del evento por mis Redes Sociales, ¡Así que no olvidéis seguirme por ahí!

Cuando el semáforo se puso en verde no me quedó más remedio que sorberme la nariz y avanzar. Y en ese momento pensé que la vida era exactamente eso: no queda más remedio que avanzar. Así que ahí sigo, oscilando en dos sentimientos muy intensos y muy contrapuestos. Creciendo como persona, algo cansada, algo llena de energía, algo yo.

Y mientras suceden cosas maravillosas, sigo corrigiendo y sigo leyendo. Sigo pensando en vosotros y en todo lo que os traeré en los meses próximos. Vosotros también sois la parte de mi vida que me hace que parte de mis lágrimas sean de alegría.

En fin, no olvidéis las cosas bonitas. Jamás.

Volveremos a leernos pronto. Os quiero.

 

Los errores

He cometido más errores en mi vida de los que podría detallar. Y, con ellos, puedo hacer dos cosas: aprender y escribir historias que me ayuden a superarlos.

Con esta frase comienza el prólogo de mi próxima novela en la que estoy trabajando con tesón (y en la que seguiré haciéndolo todo el verano, el próximo otoño, al caer el invierno y al florecer la primavera). Resulta un poco irónico que de esos errores a los que me he querido referir ahí pueda nacer una historia que, a su vez, abarca muchas historias.

Os voy a contar un secreto, ya que estamos en casa, ya que hemos formado esta pequeña comunidad íntima y cálida. Sé que puedo contar con vosotros, tengo esa confianza ciega en que trataréis con honesto cariño todo lo que os diga. Lo justo sería escribir un post cada día para daros las gracias por permitirme liberarme a través de esto (he estado tentada de hacerlo muchas veces), espero que no os olvidéis de todo lo que os debo por estar ahí, mes tras mes, con esa paciencia infinita.

¡Ah! Sí, sí. El secreto.

Hacía mucho tiempo que no podía llorar. Y cuando me refiero al no poder llorar me refiero al llanto de alegría y el de tristeza. Supongo que sabréis lo terrible que es no poder llorar, porque es algo que todos hemos experimentado. Además, sabemos que después de hacerlo nos sentiremos mucho mejor. Pero el estar congelados es un abismo extraño, cómodo e incómodo al mismo tiempo. ¿A qué narrador se le ocurrió la magnífica idea de que nuestra mente fuera tan compleja que ni nosotros mismos podemos dominarla?

Mi otra mitad y yo hablamos durante horas, en una conversación que a mí se me antojó muy dolorosa y, supongo, que para ella tampoco resultó sencilla.

Pues bien, sumado a mi interminable lista de errores, he tenido que añadir alguno más. Hace poco menos de un mes determiné que mi próxima novela (la secuela de Marafariña) ya estaba terminada y era digna de enviarla a mis lectores cero. Esto ocurrió después de que transcurrieran varios meses sin ser capaz de ni acercarme a ella. Entre mis propias páginas y yo se abrió un abismo terrible (pero terrible, terrible) y por eso empecé a publicar post tan apocalípticos como el de Abandona la novela o ¿Por qué no me presento al Concurso Indie 2017?. En fin, que me decidí a ser valiente… para volver a equivocarme.

Justo tras enviar unos cuantos e-mails y mensajes tibios entre aquellos que esperaban leer cómo iba a terminar la historia de Ruth y Olga se sucedieron unas horas extrañas. Mi otra mitad y yo hablamos durante horas, en una conversación que a mí se me antojó muy dolorosa y, supongo, que para ella tampoco resultó sencilla. Porque decirle a alguien a quien quieres que está desgastada y que ha perdido (casi) las esperanzas de volver a escribir con las mismas ganas que antes, que consideras que no lo ha dado todo de sí, es un acto de rebeldía a la tan poco útil condescendencia.

Así que esa misma noche, a horas inciertas y poco adecuadas, comencé a escribir y llamar para disculparme a esos amigos que, con tanta buena fe, se habían dispuesto a leerme de nuevo. Y les pedí perdón por haberles enviado el borrador definitivo que no era el definitivo. Y me sentía de nuevo tan pequeña, tan torpe y tan ridícula que temía al rechazo y a la soledad. Sí, en efecto, me había equivocado de nuevo. Otra vez. El error un millón.

Creo que fue prudente por mi parte haber frenado, recapacitado para hacer resucitar la historia.

Aunque, ahora que lo pienso, decir que eso fue un error es ser un poco dura conmigo misma. Me decía mi otra mitad que si no me hubiera equivocado no me habría dado cuenta de que podría estar mejor y ser más justa con la novela. Lo cierto es que, aunque corrí el riesgo de que mis lectores cero me tomaran por una desequilibrada (aunque a estas alturas es posible que ellos y que vosotros esto ya lo sepáis, le tendré que enseñar a mi terapeuta todas estas entradas, a ver qué me dice), creo que fue prudente por mi parte haber frenado, recapacitado para hacer resucitar la historia.

Así que, error o no, lo que no me gustaría es llamarle fracaso. De todas maneras, creo que ese suceso me sirvió para despertar porque me permitió volver a llorar en esa mezcla de sentimientos que siempre me despierta la literatura (porque al escribir, no pudo evitar hablar de mí misma): tan felices, tan intensos, tan amargos. Fue una manera de pediros perdón y de pedirme perdón por estar tentada de abandonar tantas veces.

Otra vez. El error un millón.

Errores, benditos sean. Porque nos ayudan a crecer, a ser nosotros mismos, a odiarnos para volvernos a querer. Nos ayudan a buscar a nuestros personajes y rodearnos de su abrazo.

¿Vosotros también os habéis equivocado alguna vez?

Querida, pequeña, Miriam:

Sé que dolió, sé que fue lo más duro que tuviste que vivir jamás. No puedo prometerte que lo superarás, pero eso te hará ser fuerte y lograrás ser feliz a pesar de todo.

Lo sé. Sientes que todo se quema, que todo se precipita. Sientes que no entiendes nada y es cierto: todavía no estás lista para entenderlo.

Albergas dentro de ti esas ganas de alegría que, a pesar de todo, siempre has querido mantener. Me enorgullece ver cómo, contracorriente, buscas cualquier momento para refugiarte en esas historias que lo curan todo. Sé que crees que es inútil, que son letras mudas, condenadas a no ser leídas jamás. Sé que estás segura de que tanto esfuerzo no servirá para nada. Me encantaría poder estar ahí a tu lado y enseñarte todo lo que significarán para ti.

Pero tú aguantas y no sé cómo lo haces. Eres una cría valiente, aunque te da miedo llorar tan a menudo y tienes que dormir con una luz encendida. Mientras creces, crece contigo la ansiedad que aprendes a manejar con destreza adulta. Tú caes y te doblegas, pero jamás te has rendido. Y aunque todo se antojaba difícil en casa, aunque todo era insoportable en el colegio, seguías levantándote cada mañana y escondías las lágrimas y el terror porque no querías ser otro motivo de discusión y de problema.

El silencio te ayudaba. Y lo hacían los libros. Me apena tanto saberte tan perdida y no poder intervenir para susurrarte que todo va a ir bien, todo irá bien aunque aún falta mucho tiempo para ello. La madurez te llegó de golpe, cuando tú aferrabas la niñez entre las uñas y no la quería dejar marchar. Sé que dolió, sé que fue lo más duro que tuviste que vivir jamás. No puedo prometerte que lo superarás, pero eso te hará ser fuerte y lograrás ser feliz a pesar de todo.

Luego vino el trabajo y se silenciaron las bocas de aquellos que creían que eras demasiado torpe y los que ansiaban que fueras prisionera. Eras joven y la vida había sido muy despiadada. Sé el cansancio y el nerviosismo que sufriste, pero también sé que no te rendiste ni en los estudios y mucho menos en la literatura. Ojalá pudieras verte cómo yo te veo ahora, pequeña Miriam. Eras tan grande que ensombrecías.

No sé cómo fuiste capaz de hacerlo. Pero ahora estamos aquí, tú y yo. La pequeña y la adulta, nos podemos mirar al frente y sentirnos orgullosas de todo. Ha pasado demasiado tiempo pero, en realidad, fue ayer. Los restos de la lucha son simples ojeras bajo tus ojos, pero la sonrisa de tus labios es sincera y la esperanza rebosa en todos tus gestos.

Te digo que te quiero y tú solo sacudes el rostro lacrimosamente. No logras entender qué es lo que admiro tanto, porque te sientes hundida, crees que eres una perdedora. Me encantaría poder hablarte y contarte todo lo que todavía va a llegar, que en un momento dado lograrías alcanzar esa paz tan anhelada. Ojalá pudiera darte ese aliento que tanto necesitabas, explicarte que la amistad no era eso y que el amor no duele. Desearía que existiera la forma de poder haberte ahorrado todo eso…

Pero, ¡eh! Lo has hecho.

Mírate. ¡Cómo has crecido! Y has terminado esa novela. Y otra más. Y has vuelto a leer libros. Y duermes en paz por las noches. Y te quieres y te admiras como nunca pensaste que lo harías. Y tienes amigos de verdad, amigos que ya nunca te traicionarán. Y tienes un amor, tienes una persona a tu lado que sabes que ya nunca más te abandonará.

Querida, pequeña, Miriam. Gracias.

Gracias por no abandonarte jamás.