A la segunda persona

No puedo permitirme seguirme mintiendo.

No, no puedes.

Este domingo, como otro de tantos domingos, estaba caminando hacia la playa. Hacía sol y había personas por las calles, dirigiéndonos al mar como si fuera lo que nos puede salvar. Al final buscamos esa pequeña liberación, porque ninguna de nosotras estamos cómodas dentro de la urbe gris. Somos animales salvajes, aunque intentemos negarlo. La Naturaleza es el latido que nos da razones para abrir los ojos un día más.

Hay un puñado de kilómetros hasta la costa. Así puedo pensar mientras los rayos me miman y el aire cálido me irrita los ojos y me despeina. Qué capricho. Y yo que me creía perdida estoy podando mi propio laberinto. Lo estoy poniendo bonito —las tijeras pesan pero ya no me cortan los dedos— y lo decoro a mi gusto —el color violeta, las pisadas blancas de los pensamientos—. Y abro la ventana para que entre esa luz. No voy a seguir privándome de mi misma.

Miro las ovejas. También gallinas. Es la magia do meu país, que parece ajeno a las cosas feas que ocurren más allá. Tengo música en mis oídos pero no la escucho. Entre los recovecos se cuela el sonido de mí misma. ¿Cómo es ese sonido? No lo sé, pero me gusta. Siempre me he respetado mucho. He luchado por mí cada día desde que soy pequeña. ¿Alguien se atreve a negarlo? El sufrimiento y los dolores se han traducido en una persona con grandes metas y afán de crecimiento. Que, al mismo tiempo, disfruta de las pequeñas cosas —como este paseo a la playa, como el café en la terraza de mi bar favorito, como leerme esa novela— en la que otras personas no encuentran más que vulgaridad.

Estoy creciendo —¿me ves?— aunque nadie más sepa darse cuenta. No me importa. Siempre me he bastado. De niña besaba mis propios labios en el espejo y hoy no tengo problemas en hacerlo. Arranco algunas hierbas a mi paso, me las llevo a la nariz y luego las acaricio. Negarme a mí misma sería un crimen, un ultraje. ¿Te acuerdas de cuándo era capaz de reírme? Claro que te acuerdas, me río cada día, con más esfuerzo que nadie pero también con más verdad.

Pasáis la vida de puntillas pensando que es más sencillo, pero arrastráis tras de sí el vacío hueco de no ser nada. O de ser lo que todas las demás son. 

Perdonad. Ya abandono la segunda persona.

Me ha costado llegar a entender que a nadie le tiene que importar lo que hago y lo que soy. Desde Dorotea sé que nadie va a querer y comprender mis historias y mis relatos —y a mí— como yo misma. Son mis mejores amigas, nadie sabrá verlo. Al principio esto me dolía, me parecía que el esfuerzo era fútil y estéril.

Pero María Fornet me dijo: Y si no escribes, ¿qué haces?

Nada.

Lo dicho, os parecía un esfuerzo fútil y estéril.

Y yo, sin embargo, en esos rincones propios —habitaciones—he encontrado las razones para vivir. Mi anhelo y mi esperanza. A través de eso me he escapado muy lejos —y vosotras no podéis—. Voy un poco por encima de las nubes. Da vértigo, da miedo. Da libertad. A veces miro al mundo con indiferencia.

He crecido demasiado. Ahora puedo me puedo permitir detenerme a jugar.

Photo by Dexter Fernandes on Unsplash

Las cosas bonitas

Estoy aquí de paso, porque os echaba de menos. Y aunque este retiro todavía se alargará unas semanas más, tenía que contaros algo.

El otro día estaba reflexionando sobre mi propia vida, desde que tengo memoria hasta el día de hoy. Esto está un poco relacionado con un proyecto literario en el que estoy trabajando y que tardará un tiempo en ver la luz, pero yo os voy dejando pequeñas pinceladas para que lo podías disfrutar conmigo. En fin, me disperso (se nota que estoy dispersa, sí). Pensaba en mi vida y llegué a la conclusión de que ha sido, y es, una absoluta locura.

Podría plasmarlo todo en una novela mucho más concreta y biográfica que MarafariñaY por supuesto, no solo me refiero a los momentos más duros y más difíciles, sino a los golpes de suerte que he disfrutado (y disfruto). Estaba parada en un semáforo con la música a todo volumen (sonaba Izal, La piedra invisible) y empecé a tener unas poderosas ganas de llorar. Pero durante unos largos instantes no sabría determinar si era de felicidad o de pura amargura.

También sé que nada me liberará de tener que recorrerlo a diario. También sé que necesito fuerzas para hacerlo.

Supongo que estar en este vaivén es difícil, pero esto es lo real al fin y al cabo. Llevo varias semanas acumulando momentos preciosos por los que siento tanta ilusión que no me cabe dentro y quiero saltar, gritar y sonreír hasta romperme los labios. Al mismo tiempo, hay un laberinto difícil de atravesar que por momento se hace tan grande que empuja lo bueno. En cuanto al laberinto (lo vamos a llamar así) soy consciente de que no puedo hacer nada por resolverlo, no al menos a corto plazo. También sé que nada me liberará de tener que recorrerlo a diario. También sé que necesito fuerzas para hacerlo.

Y mientras lloraba (en el coche, parada en el semáforo, recordad) también pensaba en la cantidad de cosas bonitas que me han sucedido y que están por suceder. Entre ellas, una preciosa fiesta de temática de Harry Potter que organizaron mis amigos para mí. Fiesta, amigos, Harry Potter. Pensadlo: es una fórmula casi perfecta. ¿Acaso no debería, de verdad, sentirme un poquito afortunada y tener el derecho de olvidarme del laberinto negro por momentos? Yo creo que sí. Por cierto, he compartido alguna fotito del evento por mis Redes Sociales, ¡Así que no olvidéis seguirme por ahí!

Cuando el semáforo se puso en verde no me quedó más remedio que sorberme la nariz y avanzar. Y en ese momento pensé que la vida era exactamente eso: no queda más remedio que avanzar. Así que ahí sigo, oscilando en dos sentimientos muy intensos y muy contrapuestos. Creciendo como persona, algo cansada, algo llena de energía, algo yo.

Y mientras suceden cosas maravillosas, sigo corrigiendo y sigo leyendo. Sigo pensando en vosotros y en todo lo que os traeré en los meses próximos. Vosotros también sois la parte de mi vida que me hace que parte de mis lágrimas sean de alegría.

En fin, no olvidéis las cosas bonitas. Jamás.

Volveremos a leernos pronto. Os quiero.