Lo que Elena Greco me enseñó de mí

La literatura nunca es vacía (o no debería serlo).

Ha sido un viaje muy intenso el que he vivido con la saga Dos Amigas de Elena Ferrante, traducida al español por Celia Filipeto, y de las que os he hablado individualmente a lo largo de estos meses en A Librería. En ocasiones, una historia nos marca de manera especial sin saber muy bien las razones. Creo que, en este caso particular, lo que ha ocurrido es que me he sentido muy unida a la protagonista, Elena Greco (o Lenù, que estamos entre amigos) y me ha enseñado muchas cosas sobre mí misma.

Siempre he buscado el significado de mis propias letras al escribir. Las dos novelas que he publicado hasta la fecha son una buena muestra de ello. La literatura nunca es vacía (o no debería serlo). Tras ella existe un proceso largo, duro, hermoso, mágico de catarsis de sentimientos reales, de pensamientos humanos, de miedos primarios y de anhelos incontenibles. Es lógico que detrás de este tipo de novelas tan intimistas se esconda un halo intenso de amargura, porque la realidad es demasiado gris para mostrarse, simplemente, feliz. Tal vez por esto, la apuesta editorial por estas obras ha caído en picado, y son otros focos más despreocupados y comerciales los que ocupan los rankings de ventas. Pero, no lo olvidemos: que nos tapemos los ojos ante estos sentimientos sofocantes no nos impedirá tener que enfrentarnos a ellos algún día.

Por supuesto, no lo tuvo sencillo: en su entorno familiar nadie creía que los libros pudieran servirle para nada, mucho menos si ella era la encargada de escribirlos.

De todo esto me ha enseñado Lenù muchísimas cosas. Ella escribió desde pequeña, encontraba en la literatura una manera de identidad. Sin darse cuenta, se convirtió en una niña inteligente y estudiosa, muy volcada en convertirse en alguien que merecía la pena. En alguien mejor. Por supuesto, no lo tuvo sencillo: en su entorno familiar nadie creía que los libros pudieran servirle para nada, mucho menos si ella era la encargada de escribirlos. Durante toda su infancia y adolescencia luchó contra ese lastre de negatividad, las musas se impusieron. La hicieron fuerte. Me sentí muy identificada con esa niña solitaria que escribía, faceta a la que a algunos le resultaba curiosa y, por qué no decirlo, una rareza. Ha sido complicado unir mi pasión por escribir con las aficiones de otros amigos en mi edad más temprana, al fin y al cabo, es una actividad que se disfruta y se sufre en solitario.

Este afán de superación de Lenù la lleva a publicar, con éxito, su primera novela. Una historia más bien autobiográfica de ficción (algo así como mi Marafariña fue para mí), acogida con entusiasmo por la crítica y los lectores, pero con recelo y pavor por parte de su entorno familiar. Lenù se sintió desnuda, tanto como me sentí yo. Pero se sintió un poco más grande, un poco más de lo que me sentí yo. Escribir sobre nosotras, con cierta distancia, curó heridas que parecían incurables. Sacamos un coraje propio que no sabíamos que poseíamos. Y, por supuesto, Lenù se enfrentó a críticas negativas que la torturaban y la hacían arrepentirse de su obra, algo que a mí tampoco me fue ajeno en todo este camino.

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Imagen de la obra teatral The Story of the Lost Child. Lila y Lenù.

 

La inseguridad fue, a lo largo de toda su vida, una de las características principales de su carácter. Fue esta baja autoestima, esta timidez, el quererse demasiado poco, lo que la hizo anclarse a un irrefrenable amistad con Lila Cerullo, la llamada amiga estupenda. Yo también he tenido a más de una Lila en mi vida, amistades que proyectan sobre ti su sombra, que son casi como sanguijuelas, que te hacen daño. Tal vez no deliberadamente, tal vez sí. En ocasiones es difícil darse cuenta o escapar, no te sientes con la suficiente determinación, la suficiente autenticidad para decirle a esa Lila que ya no quieres seguir siendo su amiga.

Este afán de superación de Lenù la lleva a publicar, con éxito, su primera novela. Una historia más bien autobiográfica de ficción (algo así como mi Marafariña fue para mí)

Pero con Lila no todo fue negativo, de hecho, en gran parte de los momentos más crudos de su vida formó parte del pilar al que aferrarse. En muchas ocasiones, podría decirse que salvó a Lenù de sí misma. Así que de Elena Greco también aprendí que las relaciones humanas de amistad son un acto tan maravilloso como complejo, que hay que ser consecuentes, que hay que aferrarse a ellas y huir cuando es necesario. Pero que el verdadero cariño permanece, a pesar de todo.

Por supuesto, Lenù me enseñó muchísimas cosas sobre la intensidad del amor, al que ella se entregó sin medidas, con locura, sin temor a hacerse daño pero haciéndoselo igualmente. Me enseñó que, cueste lo que cueste, hay que perseguir lo que se ama. Y, también, que hay que saber cuándo hay que dejar de hacerlo. Que el fuego es hermoso, otorga calor, pero también puede abrasar las entrañas. Que a lo largo de los años puede crecer, hacerse sólido y dar poder. Que el amor es lo primordial. Y no solo el amor por los demás, el amor romántico, el amor fraternal, el amor familiar. No. Me refiero al amor por una misma, al propio, que es el que nos mantendrá vivas de verdad hasta la finitud de nuestros días.

Letras Gallegas 2017

Esto es debido a que se trata de un idioma plagado de matices de los que he bebido desde niña: existen expresiones, palabras, sensaciones y sentimientos que no sabría expresar de otro modo

Tenéis que perdonarme. Esta semana no os traigo una entrada al uso de las que son habituales en este espacio pero, creo, sabréis entenderlo. Existen momentos puntuales en los que es necesario cambiar en tono y me parece que el Día de las Letras Gallegas es una buena excusa para ello.

Sé que muchos de los que os pasáis por aquí, mi casa, vuestra casa, no sois de Galicia. Incluso, otros tantos, ni siquiera sois de España… ¡Ni de Europa! Tal vez no entendáis muy bien qué significa esto de las Letras Gallegas.

En el Portal de Críticas A Librería que dirijo, en el que cuento con la colaboración y ayuda inestimable de David Pierre y  Silvia Paz, hemos dedicado toda esta semana a celebrar la fiesta de la literatura en gallego. Así que os invito a que los paséis por allí para conocer los pormenores de esta peculiar y especial conmemoración de las letras (creo que nos ha quedado una programación de publicaciones muy enriquecedora): El lunes hoy hablé sobre Rosalía de Castro. Y hoy de la figura homenajeada este año, Carlos Casares.

Como escritora y gallega (etiqueta con la que, como sabéis, me gusta autoreferirme) siento un fuerte compromiso con dicha causa. Si bien es cierto que por diversos motivos no he llegado a cultivar mis letras en mi primera lengua materna, en mi vida diaria, en mi trabajo, con mis amigos… me expreso principalmente en gallego. Esto es debido a que se trata de un idioma plagado de matices de los que he bebido desde niña: existen expresiones, palabras, sensaciones y sentimientos que no sabría expresar de otro modo. Fruto de hecho, muchos han señalado diferentes galeguismos a lo largo de mis novelas, sobre todo en MarafariñaY hablando de novelas, ambas transcurren en esta tierra. Sus personajes gozan del carácter cálido e introvertido del gallego más autóctonos. Lamento no haber reflejado más costumbrismo en su lenguaje, para que los lectores hispanohablantes pudieses llegar a conocer la hermosura de sus palabras propias.

Mi gran reto personal es poder volver a escribir en gallego con la tibieza que lo hacía de niña, aportar mi granito de arena a una cultura literaria con una gran historia, una gran pelea por renacer. Ojalá, pronto, pueda llegar a hacerlo.

P.D. ¡Ah! Y aprovecho la ocasión para anunciaros que desde hace unos días, y por tiempo indefinido, podréis disfrutar de Marafariña y Todas las horas mueren en Kindle por solo 0,99€.