No te vayas, 2016

Me da miedo dejarte ir, porque siempre me da miedo el futuro. No quiero perder todo lo que tengo en los brazos y, en cierto modo, ese 2017 trae consigo un gran agujero del que no puedo ver su interior.

70 libros leídos. Más de 300 páginas escritas. Una nueva novela publicada. Dos relatos propios que forman parte de dos antologías maravillosas. Millones de experiencias nuevas en el corazón. Y gente muy especial que, ahora, forma parte de mi vida.

No te vayas, 2016. Quédate un poquito más.

Aunque te dejo ir si me prometes que dejarás que tu seguidor, aquel llamado, con cierta pretensión, 2017 será tan generoso cómo tú. Si me prometes que, pase lo que pase, me dejará espacio para seguir escribiendo de vez en cuando. Si me aseguras que, a pesar de que todo vaya en contra, no me niegues la presencia de la amistad cada uno de los días que transcurran. Si me juras que, sin ningún tipo de excepción, gozaré del amor más sincero y profundo que tanto necesito a mí lado.

 2016. Hemos vivido momentos tensos, aunque creo que eres uno de los años que más he crecido en mi vida, como persona y como escritora. He aprendido, he sufrido, he reído y he llorado. Del mismo modo que toda la gente, pero de una manera diferente.  Porque tú, regalándome tantos instantes, me has hecho sentirme especial.

Te quiero y te quise, 2016. Y agradezco todo lo que me has dado y lo poquito que me has quitado.

Espero que cuando tú ya no estés, y el 2017 amanezca inevitablemente, pueda acordarme de todo lo que me has enseñado para nutrirme y seguir progresando. Que pueda seguir cumpliendo mis sueños, aquellos que no paran y no paran de crecer. Que son tan infinitos que no puedo sostenerlos sola. Pero, gracias a ti, he encontrado a otras grandes manos que me ayudan a hacerlo, a perseguirlos, a creer en mí. En mí. Que siempre me he creído tan torpe, tan pequeña.

Me da miedo dejarte ir, porque siempre me da miedo el futuro. No quiero perder todo lo que tengo en los brazos y, en cierto modo, ese 2017 trae consigo un gran agujero del que no puedo ver su interior. Mas es imposible detenerlo, porque todo muere y las horas no son una excepción.

Pero irá bien. Lo sé. Marafariña lo sabe y tú y yo lo sabemos. Irá bien, porque lo sentimos en cada latido, porque lucharemos con fuera e intensidad para que así sea.

Dentro de otros doce meses volveremos a encontrarnos aquí, y volveremos a hablar de tu sucesor, este dichoso 2017. Espero que también me de pena dejarlo marchar.

Adiós, 2016.

Bienvenido, 2017.

La Navidad está prohibida

Cuando te hallas sujeta en una cuerda, en tierra de nadie, tarde o temprano llegas a caer.

Ayer mi madre me decía que, a pesar de todo, seguíamos sin ser libres. Yo la miré con expresión de desconcierto, aunque sabía a que se refería con exactitud.

Crecí en un hogar donde la Navidad estaba prohibida. Digamos que en mi infancia no pude empaparme del todo del espíritu navideño por excelencia, al menos no sin sentir el burbujeo de mi conciencia entrenada quejándose por tener miedo a estar haciendo algo mal cuando me entretenía mirando adornos en las tiendas o soñaba con los anhelados regalos de esta época festiva.

Sin embargo, no fuimos de las más perjudicadas. Mi madre siempre hizo la vista gorda dentro de sus posibilidad y, aunque no celebrábamos las fiestas como tal, no podíamos desearle Feliz Navidad a los vecinos ni cantar villancicos en el colegio, sí que teníamos nuestra particular fiesta, escudándonos con motivos muy diferentes. Por ejemplo, los regalos que recibíamos mi hermana y yo eran debido a las buenas notas que teníamos ese trimestre. También podíamos ver los programas que emitían en la televisión e, incluso, disfrutar de las campanadas (eso sí, en lugar de uvas, era preferible buscar otro tipo de sustitutivo).

Supongo que, con el tiempo, fui olvidándome de lo que significaba la Navidad. A mi siempre me producía una profunda tristeza porque me hacía sentirme muy diferente al resto. Aunque esto no era una novedad. Mi vida era muy diferente a la de mis compañeros de colegio y, posteriormente, de instituto. Pero, al mismo tiempo, también era totalmente alejada de la de la Congregación a la que mi familia y yo pertenecíamos por aquel entonces. Cuando te hallas sujeta en una cuerda, en tierra de nadie, tarde o temprano llegas a caer.

Hace tres años fue la primera vez que pusimos un árbol en casa (en una nueva casa, junto con mi pareja) y fue toda una experiencia para mí. Me sentía rara y entusiasmada al mismo tiempo. ¡Un árbol! Lo puse cerca de la ventana, quería que todo el mundo viera las luces que, al fin, me sentía libre de poner. Podía decirle a mis compañeros de trabajo y a mis amistades aquello de Felices fiestas. Al principio me sentía estúpida y torpe, luego me dejé encandilar por la belleza de ese espíritu de fraternidad.

Pero volvamos a lo de no sentirse libre. Ella se refería que, aunque en su perfil de Facebook podía compartir imágenes navideñas con sus amigas, no se sentía segura de actualizar su foto de WhatsApp por temor a que los otros, los que nos juzgan, los que nos persiguen, fueran a ofenderse… fueran a sentirse mal.

Sentirse mal. Ellos.

Porque al ponerles un árbol de Navidad a nuestros antiguos hermanos tal vez les estamos hiriendo en sus creencias. El daño que nosotros hemos sufrido (y sufriremos, seguro, toda la vida) es una nimiedad comparado con la bofetada que supondría decirles que para nosotros, ahora, la Navidad no está prohibida.

Pero yo lo entiendo. Yo tardé una eternidad en sentir esa libertad, si bien nunca podré llegar a saborearla en su plenitud porque hay líneas que jamás podré cruzar. Ahora casi que estoy al otro lado del abismo, amando libremente a quien me plazca sin preguntarme si le haré daño a Dios y a sus fieles seguidores. Pero, eso sí, con prudencia. Siempre con prudencia y con cierto silencio. Por temor a dañar a alguien. Porque conocer eso podría causar mucho dolor. ¿Qué necesidad tienes de hacerlo si puedes evitarlo?

Si puedes estar callada. Si puedes esconderte. Si puedes fingir cuando estás delante suyo. De ellos. De los que lo quieren controlar todo, de los que tienen el derecho a decirte cómo tienes que vivir.

Con mis mis veintiséis años de ahora, toda la experiencia que cargo a mis espaldas y todo lo que he peleado para poder escribir este post sin miedo ya a nada, ya a nadie, creo que no me importa el daño que pueda causarle a alguien ajeno a mí. De hecho, a mí me importa más el bien que pueda hacerle a las personas a las que quiero. Y si mi familia (una pequeña parte de ella, la más importante en realidad) y mis amigos han sabido aceptarme y quererme como soy de verdad, carece de sentido para mí esconderme.

Y carece de sentido seguir prohibiéndome la Navidad.

¿Pero eres escritor o tienes escritura?

—¿Tú escribes porque sí o porque no?
—La verdad, no me lo había planteado.
—¿Pero eres escritor o tienes escritura?

La cita pertenece a mi última lectura, La mujer loca de Juan José Millás. No siempre es sencillo encontrar un libro justo para lo que lo necesitas. Muchas veces los que leemos o escribimos somos tan torpes que sin una novela bajo el brazo no somos capaces de seguir.

Para mí esta mujer loca ha sido como una especie de antídoto agudo con efectos secundarios. Como otras muchas obras que existen, Millás ahonda en la gramática, en la lengua, en el trauma de ser escritor y en la mentira de querer serlo. Cuando me topo con historias así respiro tranquila. Para mí la literatura significa tanto, significa todo, que el poder encontrar referencias de otras almas que la viven como yo (o incluso más) me hacen creer que esta obsesión no es del todo perjudicial.

Hace tiempo, cuando asistí a cierta terapia, se me subrayó una faceta de mi carácter que, si bien no puede llamarse patología, se sufre como tal. Hipersensibilidad. No fue ninguna sorpresa, desde niña fui demasiado aprensiva y me pasaba los días sumida en una explosión de emociones constante. Recuerdo como siempre terminaba llorando en clase de música cuando la profesora encendía el radiocasete y era víctima de las risas de mis compañeros. La profesora se acercaba a mí y me preguntaba por qué lloraba. Y yo contestaba que lloraba porque lo sentía muy adentro.

Y lo sentía. Pero es curioso que esa sensibilidad tan humana solo se acentuaba con la música. Ni siquiera el cine o los libros lograban hacerme llorar de esa forma. Tal vez, por esa razón, comencé a refugiarme en ellos tan pronto y me obsesioné de esa manera. Y es que en sus personajes encontraba la manera de entenderme, de quererme y de saber que lo que yo sentía a veces era normal, que no era una niña loca.

Volviendo al tema de la hipersensibilidad. Aunque no se considere una enfermedad psicológica, como he dicho, yo quería encontrar la manera de mitigarla. Sentir tan fuerte las relaciones humanas, el amor, la amistad, los problemas en el trabajo me suponía un desgaste de energía brutal. Mi terapeuta me dijo: Pero tú escribes. Desgasta esa sensibilidad para escribir y conviértela en acero para la vida.

La profesora se acercaba a mí y me preguntaba por qué lloraba. Y yo contestaba que lloraba porque lo sentía muy adentro.

 

 

 

 

Escribir tiene que doler

Mientras Marafariña se unía a esa locura de los sueños convirtiéndose en lo real.

Nunca puedo sentirme libre del todo porque el vínculo con las letras siempre tiene un remanso en mi mente en cualquier momento, en cualquier circunstancia, en cualquier lugar. Digamos que la musa, o las musas, no se muestran demasiado respetuosas. No las culpo. Si yo tuviera dentro algo como Marafariña estaría berreando por dejarlo salir a cada momento.

Y yo, sin escogerlo, sin sentirlo, por lo caprichoso de la vida, todavía la llevo dentro.

Ya son dos años sumergida en la secuela de mi ópera prima de la que no he logrado desprenderme. Cuando finalicé, todavía sin ser consciente de ello, mi primera novela creí, ilusa de mí, que lo peor había pasado. Porque las lágrimas que derramé y, sobre todo, el miedo que sentí en mi viaje a Marafariña eran tan reales como el mismo suelo que piso, o como las secas teclas de este ordenador que golpeo a diario buscando la mejor forma de matar fantasmas inmortales.

No, desde luego. Lo peor no había pasado. Creo que lo peor no termina nunca, en realidad. Vuelve siempre, como las noches o como el invierno. Creer y abrazarse a lo contrario es una insensatez, es mentirse. Y yo no tengo ganas de mentirme.

Pero no quiero desviarme, ni quiero regodearme en lo que me apena. Quiero hablar de lo que es escribir para mí, para hacer comprender a quiénes no lo entienden por qué es lo que más amo en mi vida, por qué es lo que tantas veces me ha salvado del pozo. Por qué corro a refugiarme en mi literatura siempre que las cosas se tuercen demasiado, como una posesa, como una enferma de tinta.

Los últimos dos o tres meses estaba enfrascada en un capítulo crucial. El más crucial desde que esta aventura de Marafariña empezó a ser real y comencé a regalarle un trocito de mi alma a cada página. Desde ese año 2013 que este mundo de abrió, este dichoso capítulo ya rondaba en mi cabeza. Y ahora, llegado el momento, me temblaba el pulso y el alma, tenía miedo de enfrentarme a él. Tenía miedo de ahondar en el pasado, que es tan pasado que parece otra vida, para hacerlo resucitar en la novela, en la ficción. Pensaba que podría después de todo este tiempo, que mis heridas ya estaban más que cicatrizadas y que mi fuerza era infinita… pero es curioso cómo lo que ya no existe puede dañarnos tanto todavía. Porque hay sucesos vividos que siempre formará parte de una misma, aunque pretendamos esconderlos.

Anoche terminé ese capítulo, fue cómo sentir que un jarrón se rompía o una puerta se cerraba. Anoche terminé ese capítulo y yo temblaba como una hoja resquebrajada colgada de un árbol descrito en el papel. Anoche terminé, al fin, por fin. Y me sentí tan vacía, y me sentí tan llena. Y me sentí tan sola embriagada por una felicidad que no sabía con quien compartir, embriagada por una tristeza tan profunda que no encontraba la manera de llorar.

Creo que después de este momento no volveré a echar la vista atrás, porque lo que hay hacia adelante es más verde, más libre, más brillante. Dejaré que esa puerta cerrada se quede así y se pierda en las tinieblas del glorioso paso del tiempo que, de alguna forma, siempre es benevolente.


Para saber más…
Podéis adquirir Marafariña Libro Primero en formato digital y físico aquí

Roast Yourself [La auto-critica]

A quien, más o menos, le guste sumergirse en las Redes Sociales, no le resultará desconocido el concepto de Roast Yourself Challenge. Este fenómeno se ha hecho harto popular en la plataforma Youtube y el ejercicio es tan creativo como atrevido: el desafío consiste en interpretar un tema de rap que contenga todos aquellas críticas recibidas por tu trabajo. Algo que puede servir cómo catarsis o cómo auto examen. Por desgracia, la música no es lo mío, pero no quería dejar pasar la oportunidad de ofreceros mi propio Asarse a sí mismo, un ejercicio divertido y también terapéutico:

Una ambiciosa ópera prima de más de 600 páginas, atiborrada de descripciones tediosas e insoportables.

El amor, tu amor, desmesurado por una Galicia que es tan incomprendida y anodina. 

Nada es tan hermoso cómo lo escribes. No existe belleza en absolutamente todo, tienes una versión demasiado idealista de la realidad.

Te regodeas en el drama. Eres la exaltación de la pena. No das tregua a las tristezas, por eso tu literatura nos ahoga con tanta fealdad.

Tu análisis religioso responde a tu necesidad de demostrar algo. ¡Es soporífero, no interesa en absoluto! Has escrito una novela solo para ti.

Tienes complejo lésbico. En tus dos únicas novelas es la concepción del amor que prevalece. ¿En serio no puedes entregarte a un amor heterosexual sin mayor atrevimiento?

Abusas tanto, pero tanto, tanto de las exageradas metáforas… ¡Eres atroz!

Autora autopublicada. ¿Sabes que en realidad eso te define como “nadie”?

Solo persigues sueños que tú misma conviertes en humo.

Peleas con fiereza por opiniones en tu ficha en Amazon…¡Seguro que las compras! ¡Seguro que no son sinceras!

Tu posición en los rankings de ventas dejan mucho que desear. Llegar al TOP100 es algo que ni siquiera puedes soñar.

¡Y aún por encima te atreves a realizar críticas literarias! Qué osadía ¡Con qué criterio puedes llevarlas a cabo! Si tan solo eres una autora pequeña, muy pequeña, casi invisible.

Dices que trabajas mucho, a diario, en esto, en tu sueño. Pero no eres capaz de ver que todo esto que haces no es una ocupación real.

Sí, lo haces con desmedida pasión. Pero ni la pasión, ni tu ínfimo talento podrán llevarte a lo más alto. 

¡Olvídate de leer! ¡Olvídate de escribir! ¡Eso no es la vida real! ¡Eso no te reportará jamás nada!

¡UAF!

Tenéis que probarlo, gritarlo en voz muy alta hasta romperos la garganta. Emplear esas frases que otros han usado para criticaros en su contra. Interiorizarlas para daros cuenta del poco sentido que tienen. Reíros de vosotros mismos, es una buena manera de crecer en todos los sentidos.

Gracias una vez más por leerme. ¡Espero que tanta dureza haya merecido la pena!

Será mejor…

La imagen que pintamos de esa figura en nuestra mente se asemeja a la de un ser divino, extraordinario que llegamos a vanagloriar. Y lo que está por encima de la consideración de lo humano, tan vulgar, tan trivial, tan banal, forma parte de otro mundo.

La idolatración puede ser un gran sufrimiento y una poderosa decepción.

Precisamente de esto habla el tema que da título a esta entrada, el cuál venía escuchando esta mañana en el coche de camino al trabajo. Será mejor es una canción del último trabajo discográfico de la artista María Rozalen, probablemente una de sus canciones más profundas y logradas a pesar de su aparente sencillez. No resulta fácil, de todas formas, encontrarle el significado real aunque no pasa desapercibido el desgarrador sentimiento que transmite esa dulce voz rota, un tanto irascible. El videoclip de la misma tampoco ha servido para aplacar dudas. Sin embargo, y por suerte, la cantautora es dada a tratar con su público en los conciertos y actuaciones. En varias ocasiones llegó a explicar su verdadero significado.

Canta, narra, crítica, analiza la idealización que nos formamos hacia aquellos artistas a los que admiramos. Esto puede oscilar desde un músico o cantante, un escritor, periodista o filósofo. La imagen que pintamos de esa figura en nuestra mente se asemeja a la de un ser divino, extraordinario que llegamos a vanagloriar. Y lo que está por encima de la consideración de lo humano, tan vulgar, tan trivial, tan banal, forma parte de otro mundo.

Incluso más allá de la adolescencia, podemos llegar a sentir este tipo de admiración que es real y nos inspira. Nos alivia y nos hace crecer. En mi caso, muchos nombres de escritores han formado parte de mi altar intocable de figuras de las que imitar sus pasos, algunos de estos son contemporáneos, por los que existe la posibilidad de encontrarte con ellos en un momento dado y, si hay suerte, mantener una breve conversación.

¡Y qué mayor privilegio que tener el gusto de trabajar amistad con alguien en quien te inspirabas! ¡Puede ser muy enriquecedor!

En el citado tema musical se señala, con acierto y hermosura, el peligro de dicho acercamiento. No olvidemos que nuestro Dios particular es tan humano (¡o más!) que nosotros mismos, que tendrá sus propios defectos que no están contemplados por nosotros en ningún caso. A veces podemos llevarnos una terrible decepción, casi dolorosa, como cuando se quiebra un sueño y nos quedamos sin esa ilusión que nos recuerda que todavía somos niños. A Rozalén parece que le llegó a ocurrir, y a mí también.

Pero no siempre tenemos que referirnos a grandes figuras del panorama musical o literario. El mundo independiente ha creado auténticas celebridades en las Redes Sociales, donde este fenómeno fan puede acrecentarse, aunque de otro modo. La cercanía que los autores pueden tener con los lectores (o en otros ámbitos) puede ser bonita y, al mismo tiempo, peligrosa.

Yo he tenido buenas y malas experiencias en ese sentido. Ha habido diferentes Blogueros o escritores independientes que admiraba con sinceridad pero, a la hora de un acercamiento, esa magia parecía perderse. De igual forma, ha ocurrido precisamente lo inverso… ¡Y qué mayor privilegio que tener el gusto de trabajar amistad con alguien en quien te inspirabas! ¡Puede ser muy enriquecedor!

Parece, pues, que la línea se hace cada vez más difusa. Ya no existen tantos dioses (si eso, semi-dioses), ya no se evoca la perfección. Decía Rozalén que sería mejor dejarlos en la vitrina y no rozar ni siquiera su piel. En ocasiones probablemente.

Pero, en otras, nos perderíamos grandes cosas.

Por cierto, disfrutad del videoclip aquí. Es maravilloso.

El egoísmo

Me voy a permitir citar de la obra La ridícula idea de no volver a verte de mi admirada Rosa Montero para comenzar esta reflexión:

#HonrarALosPadres, pues: qué tremendo mandato, qué obligación subterránea y a menudo inconsciente, qué trampa del destino. Crecemos con el poderoso mensaje de nuestros progenitores calentándonos la cabeza y a menudo terminamos creyendo que sus deseos son nuestros deseos y que somos responsables de sus carencias.

Y, tras esto, hablemos de los sueños.

Los sueños que parecen pertenecer a los ilusos, aquellos que no se resuelven a dejarse someter por la vida y sus miserias. Aquellos que a pesar de todo lo que pueda ocurrir, siguen empeñándose en sacar fuerzas, sacar energía y alegría de donde sea posible para continuar haciendo aquello que anhelan hacer. ¡Qué ilusos y optimistas! ¡Qué patéticos! ¡Y qué egoístas!

Estas metas ensoñadoras pueden ser de muchos tipos y formas, pero quiero centrarme en el arte y, más concretamente, en la literatura. Al fin y al cabo, es lo que a mí más me atañe, lo que me da la vida y lo que espero que me lo siga dando hasta mi finitud. No quiero dar un mensaje tremendista pero, con honestidad, no perdamos nunca de vista el final del camino, no vaya ser que no tengamos tiempo a ser o hacer lo que pretendíamos.

Todos, en mayor o menor medida, cosechamos y trabajamos por algo. En mi caso particular, mi amor absoluto por las letras lo rodea todo. Cuando estoy en casa, cuando voy a trabajar, cuando hago ejercicio, cuando juego con mis gatos, cuando cocino, cuando estoy con mis amigas. Incluso, cuando estoy con mi familia.

Estos sueños requieren de tiempo y de una dedicación plena.

Cuando algo nos llena, nos hace felices, tenemos la mala costumbre de hablar de ello a todo el mundo, siempre y cuando se nos presenta la ocasión. No es algo aislado el hecho de recibir juicios de valor de aquellos que nos rodean, tal vez no con malicia, pero sí con sinceridad.

He escuchado muchas veces, demasiadas, la palabra hobbie para referirse a lo que yo hago. Un hobbie. El hecho de pasarme horas y horas escribiendo, corrigiendo, leyendo, pensando, volviendo a leer es un hobbie. El hecho de aprender la mejor forma de hacer llegar mis novelas al público en las Redes Sociales es un hobbie. La cantidad de correos electrónicos que hago llegar a Blogs de reseña y a buzones de editoriales mudos son un hobbie. Las horas de sueño sacrificadas son un hobbie.

Independientemente de tan burda definición, quería hacer hincapié en otra cosa. Estos sueños requieren de tiempo y de una dedicación plena. Dicho hobbie no se acalla con echar unas partiditas a un videojuego, jugar al badminton o ir de cañas. Requiere una rutina precisa, un tiempo que en la mayor parte de los casos tenemos que sacar de nuestro ocio, pues tenemos otras obligaciones laborales o familiares.

Es triste decirlo, pero he conocido el bienestar conmigo misma y con mi vida muy recientemente, y eso ha sido a base de ser más egoísta.

Hace muchos años que escribo, pero hace tan solo cinco que me he dedicado a ello de manera más constante y determinada. Esto ha sido fomentado principalmente por el hecho de que me he independizado, he dejado el nido. Y a esto viene la cita inicial, el dichoso #HonrarAlPadre y #HonrarALaMadre. Fue complicado irme de casa, más allá del factor económico, lo fue la culpabilidad que me fusilaba.

Fue un proceso difícil el de despertar el egoísmo y aprender a centrarme en lo que yo deseaba hacer. Es triste decirlo, pero he conocido el bienestar conmigo misma y con mi vida muy recientemente, y eso ha sido a base de ser más egoísta. Por supuesto que tenemos que querer y cuidar a los nuestros, pero lo primordial y lo más importante es aquello por lo que queremos luchar y nos hace felices.

TENEMOS DERECHO a dedicarnos y a cuidarnos a nosotros mismos, y también a ESCRIBIR si eso nos llena y nos hace felices. Nadie tiene el derecho de juzgar si es una pérdida de tiempo, un burdo hobbie, si no sirve para nada. #HónrateATiMismo antes que al resto del mundo. Homenajéate, sé libre.