Las cosas bonitas

Estoy aquí de paso, porque os echaba de menos. Y aunque este retiro todavía se alargará unas semanas más, tenía que contaros algo.

El otro día estaba reflexionando sobre mi propia vida, desde que tengo memoria hasta el día de hoy. Esto está un poco relacionado con un proyecto literario en el que estoy trabajando y que tardará un tiempo en ver la luz, pero yo os voy dejando pequeñas pinceladas para que lo podías disfrutar conmigo. En fin, me disperso (se nota que estoy dispersa, sí). Pensaba en mi vida y llegué a la conclusión de que ha sido, y es, una absoluta locura.

Podría plasmarlo todo en una novela mucho más concreta y biográfica que MarafariñaY por supuesto, no solo me refiero a los momentos más duros y más difíciles, sino a los golpes de suerte que he disfrutado (y disfruto). Estaba parada en un semáforo con la música a todo volumen (sonaba Izal, La piedra invisible) y empecé a tener unas poderosas ganas de llorar. Pero durante unos largos instantes no sabría determinar si era de felicidad o de pura amargura.

También sé que nada me liberará de tener que recorrerlo a diario. También sé que necesito fuerzas para hacerlo.

Supongo que estar en este vaivén es difícil, pero esto es lo real al fin y al cabo. Llevo varias semanas acumulando momentos preciosos por los que siento tanta ilusión que no me cabe dentro y quiero saltar, gritar y sonreír hasta romperme los labios. Al mismo tiempo, hay un laberinto difícil de atravesar que por momento se hace tan grande que empuja lo bueno. En cuanto al laberinto (lo vamos a llamar así) soy consciente de que no puedo hacer nada por resolverlo, no al menos a corto plazo. También sé que nada me liberará de tener que recorrerlo a diario. También sé que necesito fuerzas para hacerlo.

Y mientras lloraba (en el coche, parada en el semáforo, recordad) también pensaba en la cantidad de cosas bonitas que me han sucedido y que están por suceder. Entre ellas, una preciosa fiesta de temática de Harry Potter que organizaron mis amigos para mí. Fiesta, amigos, Harry Potter. Pensadlo: es una fórmula casi perfecta. ¿Acaso no debería, de verdad, sentirme un poquito afortunada y tener el derecho de olvidarme del laberinto negro por momentos? Yo creo que sí. Por cierto, he compartido alguna fotito del evento por mis Redes Sociales, ¡Así que no olvidéis seguirme por ahí!

Cuando el semáforo se puso en verde no me quedó más remedio que sorberme la nariz y avanzar. Y en ese momento pensé que la vida era exactamente eso: no queda más remedio que avanzar. Así que ahí sigo, oscilando en dos sentimientos muy intensos y muy contrapuestos. Creciendo como persona, algo cansada, algo llena de energía, algo yo.

Y mientras suceden cosas maravillosas, sigo corrigiendo y sigo leyendo. Sigo pensando en vosotros y en todo lo que os traeré en los meses próximos. Vosotros también sois la parte de mi vida que me hace que parte de mis lágrimas sean de alegría.

En fin, no olvidéis las cosas bonitas. Jamás.

Volveremos a leernos pronto. Os quiero.

 

Los errores

He cometido más errores en mi vida de los que podría detallar. Y, con ellos, puedo hacer dos cosas: aprender y escribir historias que me ayuden a superarlos.

Con esta frase comienza el prólogo de mi próxima novela en la que estoy trabajando con tesón (y en la que seguiré haciéndolo todo el verano, el próximo otoño, al caer el invierno y al florecer la primavera). Resulta un poco irónico que de esos errores a los que me he querido referir ahí pueda nacer una historia que, a su vez, abarca muchas historias.

Os voy a contar un secreto, ya que estamos en casa, ya que hemos formado esta pequeña comunidad íntima y cálida. Sé que puedo contar con vosotros, tengo esa confianza ciega en que trataréis con honesto cariño todo lo que os diga. Lo justo sería escribir un post cada día para daros las gracias por permitirme liberarme a través de esto (he estado tentada de hacerlo muchas veces), espero que no os olvidéis de todo lo que os debo por estar ahí, mes tras mes, con esa paciencia infinita.

¡Ah! Sí, sí. El secreto.

Hacía mucho tiempo que no podía llorar. Y cuando me refiero al no poder llorar me refiero al llanto de alegría y el de tristeza. Supongo que sabréis lo terrible que es no poder llorar, porque es algo que todos hemos experimentado. Además, sabemos que después de hacerlo nos sentiremos mucho mejor. Pero el estar congelados es un abismo extraño, cómodo e incómodo al mismo tiempo. ¿A qué narrador se le ocurrió la magnífica idea de que nuestra mente fuera tan compleja que ni nosotros mismos podemos dominarla?

Mi otra mitad y yo hablamos durante horas, en una conversación que a mí se me antojó muy dolorosa y, supongo, que para ella tampoco resultó sencilla.

Pues bien, sumado a mi interminable lista de errores, he tenido que añadir alguno más. Hace poco menos de un mes determiné que mi próxima novela (la secuela de Marafariña) ya estaba terminada y era digna de enviarla a mis lectores cero. Esto ocurrió después de que transcurrieran varios meses sin ser capaz de ni acercarme a ella. Entre mis propias páginas y yo se abrió un abismo terrible (pero terrible, terrible) y por eso empecé a publicar post tan apocalípticos como el de Abandona la novela o ¿Por qué no me presento al Concurso Indie 2017?. En fin, que me decidí a ser valiente… para volver a equivocarme.

Justo tras enviar unos cuantos e-mails y mensajes tibios entre aquellos que esperaban leer cómo iba a terminar la historia de Ruth y Olga se sucedieron unas horas extrañas. Mi otra mitad y yo hablamos durante horas, en una conversación que a mí se me antojó muy dolorosa y, supongo, que para ella tampoco resultó sencilla. Porque decirle a alguien a quien quieres que está desgastada y que ha perdido (casi) las esperanzas de volver a escribir con las mismas ganas que antes, que consideras que no lo ha dado todo de sí, es un acto de rebeldía a la tan poco útil condescendencia.

Así que esa misma noche, a horas inciertas y poco adecuadas, comencé a escribir y llamar para disculparme a esos amigos que, con tanta buena fe, se habían dispuesto a leerme de nuevo. Y les pedí perdón por haberles enviado el borrador definitivo que no era el definitivo. Y me sentía de nuevo tan pequeña, tan torpe y tan ridícula que temía al rechazo y a la soledad. Sí, en efecto, me había equivocado de nuevo. Otra vez. El error un millón.

Creo que fue prudente por mi parte haber frenado, recapacitado para hacer resucitar la historia.

Aunque, ahora que lo pienso, decir que eso fue un error es ser un poco dura conmigo misma. Me decía mi otra mitad que si no me hubiera equivocado no me habría dado cuenta de que podría estar mejor y ser más justa con la novela. Lo cierto es que, aunque corrí el riesgo de que mis lectores cero me tomaran por una desequilibrada (aunque a estas alturas es posible que ellos y que vosotros esto ya lo sepáis, le tendré que enseñar a mi terapeuta todas estas entradas, a ver qué me dice), creo que fue prudente por mi parte haber frenado, recapacitado para hacer resucitar la historia.

Así que, error o no, lo que no me gustaría es llamarle fracaso. De todas maneras, creo que ese suceso me sirvió para despertar porque me permitió volver a llorar en esa mezcla de sentimientos que siempre me despierta la literatura (porque al escribir, no pudo evitar hablar de mí misma): tan felices, tan intensos, tan amargos. Fue una manera de pediros perdón y de pedirme perdón por estar tentada de abandonar tantas veces.

Otra vez. El error un millón.

Errores, benditos sean. Porque nos ayudan a crecer, a ser nosotros mismos, a odiarnos para volvernos a querer. Nos ayudan a buscar a nuestros personajes y rodearnos de su abrazo.

¿Vosotros también os habéis equivocado alguna vez?

Los escritores que no están en la Feria del Libro

La inactividad es el peor enemigo de los sueños.

Los sueños están llenos de barreras. Y éste en concreto, el de escribir, del que siempre os hablo, no se trata de ninguna excepción.

Existen múltiples escollos a los que hacer frente, por lo que terminar una novela leíble se convierte en una auténtica hazaña partiendo de lo más básico: la idea principal, las ideas secundarias, desarrollar una trama y sus subtramas, darle vida a nuestros personajes, domarlos a ser posible, definir los capítulos, definir los giros argumentales, cómo queremos terminarla, qué enfoque le daremos, revisar, revisar, revisar, revisar, corregir, revisar otra vez, corregir…

A esta fase más profesional y técnica hay que añadirle la parte más humana (al fin y al cabo escribir es algo muy humano, muy pasional y defectuoso). Este camino de arduo trabajo está minado de altibajos a los que a duras penas nuestras musas pueden sobrevivir durante un largo período de tiempo. Por un lado está la euforia que nos embriaga en los fantásticos momentos álgidos y casi podemos saborear el próximo Premio Nadal entre la tinta que mancha nuestros dedos; después la bofetada del realismo al darnos cuenta de la reseca sensación de invisibilidad; a veces, hay que lidiar con la extraña y molesta culpabilidad de no escribir lo suficiente, de no estar haciendo todo lo que está en nuestras manos. El fracaso. Es una auténtica marabunta lo que puede sufrir el escritor durante el proceso creativo que puede durar de algunos meses, un puñado de años o una eternidad.

Pero un día, un día cualquiera, sabemos que la hemos terminado. Que nos hemos dejado la piel, la sangre, las entrañas en nuestro texto, que lo hemos hecho lo mejor que hemos podido. Y, además, estamos orgullosos aunque sigamos sintiendo miedo. Creemos en lo que acabamos de escribir y eso hace que nos duela el pecho con alegre violencia. Entonces llega el siguiente paso que, adivinad, no es uno. Son cientos.

Es una auténtica marabunta lo que puede sufrir el escritor durante el proceso creativo que puede durar de algunos meses, un puñado de años o una eternidad.

El sector editorial es un bloque de cemento de difícil acceso. Allí, en esos gigantes que queremos alcanzar pero no sabemos cómo, reside nuestro sueño ideal de gustarles y que ellos se encarguen de publicar nuestra obra, que la muevan por el país, por el mundo, que nos lleven a presentaciones que estén atestadas de gente y que nos duela la muñeca de firmar ejemplares. El gran monopolio de lo que leemos.

Colecciono un centenar de mails que me han negado el acceso al escaparate de las librerías, el sabor de ser una autora reconocida. Mi impulso de desear ser leída me llevó, pues, a autopublicar. Con todo lo joven que era allá por el 2015, cuando Marafariña vio la luz. Y aunque intenté moverla lo mejor que pude, organizando mi propia presentación, un acto único en el que puede hablarle a un público (si, un público que había acudido a verme) de lo que había escrito. Ha sido uno de los momentos más especiales de mi vida.

Autopublicar y su soledad, sí. Como bien nos ha hablado de esto Jesús Carnerero en su post para Excentrya.

Porque el esfuerzo y la constancia, en realidad, no te lo garantizan todo. No te garantizan nada. También necesitas un empujoncito de suerte que venga de alguna parte. Puede que no llegue nunca.

He de decir que después de dos largos años como escritora autopublicada siento lo siguiente:

1º) Sigo siendo invisible.

2º) Sigo sin contar con ningún apoyo editorial.

3º) Me he desgastado un poquito.

4º) Otro año más que no estoy en la Feria del Libro firmando libros.

Y es que somos muchos, un puñado generoso, de plumas que merecen la pena. Plumas silenciadas por la falta de oportunidades, abrumadas porque cumplir su sueño quizás resulte imposible. Porque el esfuerzo y la constancia, en realidad, no te lo garantizan todo. No te garantizan nada. También necesitas un empujoncito de suerte que venga de alguna parte. Puede que no llegue nunca.

Yo me muevo en ese vaivén de incertidumbre y me agarro a la excusa de que todavía soy joven y puede que mucho se consiga más adelante. Hay mucho por hacer, lo importante es mantenerme ocupada, no parar jamás. La inactividad es el peor enemigo de los sueños.

Antes de terminar, deciros que también tengo una lista de aspectos positivos. Ni mucho menos voy a despedirme hasta la semana que viene con un toque amargo, sobre todo porque vosotros, los que estáis ahí, los que me apoyáis, no os lo merecéis:

1º) De la nada, he conseguido un grupo de lectores fieles, honestos y leales.

2º) Mis historias han hecho mella.

3º) Escribir y autopublicar me ha hecho ganar grandes amistades.

4º) He podido ser leída, eso es más de lo que, hace tiempo, podía soñar.

5º) No he dejado de escribir.

6º) He aprendido muchísimo.

7º) He terminado Marafariña II. Que ya tiene título, que pronto os lo diré.

8º) Estoy escribiendo muchos relatos para concursos.

9º) He empezado una nueva novela.

10º) En realidad, nunca he estado sola.

De la verdad

Y a mí, que me gustan tanto las Redes Sociales como escribir, pensaba en lo feo que sería subir una foto de esa puerta roja que ponía Área Quirúrgica – No pasar. O del suelo blanco. O de una camilla abandonada.

Seguro que habéis leído algo acerca de Patria. Esa novela gruesa que habla sobre la ETA. Esa tan densa. Tan difícil de leer. Esa que habla de la verdad. No he venido aquí a hacer una crítica literaria (aunque os hablaré de esta historia en A Librería en unos días).

Lo dicho, he estado leyendo Patria durante poco más de una semana. Es una historia que desangra, que hace perder la fe en la humanidad para volver a recuperarla pasadas unas páginas. Y ha coincidido con algunos sucesos tristes y difíciles de asumir en mi entorno personal y familiar. Entonces fui capaz de darme cuenta de la importancia que tienen esas letras impresas en páginas para mí. Son como mi coraje, como mi fuerza. El escudo. La sombra. La burbuja.

La madrugada pasada, sobre las 03.15 horas, estaba a la puerta de uno de esos quirófanos de urgencias. Seguro que habéis estado allí alguna vez. La sala de espera es solitaria, somnolienta. Allí no solo huele a miedo y a incertidumbre. Huele a horas sin dormir, a impotencia y a desencanto. Es como si esos ojos que se encuentran, tan ojerosos, tan rojos, tan perdidos, descubrieran en esos momentos que ahí está la verdad. La verdad de lo que es en realidad la vida.

Y yo estaba en una de esas salas de espera, con mi familia y con otro puñado de desconocidos. No había ventanas, pero de alguna forma se oía la lluvia. Yo estaba acurrucada en una de esas butacas rígidas y frías, con el libro entre las piernas, pensando en que había afrontado esa situación demasiadas veces en los últimos meses. Que el hospital no es un sitio amable pero, a base de la confianza, he aprendido a conocer cómo funciona la vida ahí adentro. Yo leía Patria. Estaba con esos personajes que sufrían tanto, que sentía que me comprendían. En esos momentos pensaba en todas las personas que dormían tan tranquilamente hasta que sonara el despertador. Dichosas ellas. Dichosos los ajenos a esto. Me preguntaba cómo era posible que la gente pudiera dormir a pesar del infierno que allí muchos vivían. En ese edificio blanco. Después pensé en los millones de infiernos que había en todo el mundo.

Luego me levanté y caminé en círculos. ¿Había pasado ya la primera hora? Me quedaban muy pocas páginas para terminar el libro. Tenía la blusa arrugada y miraba a los míos sin saber qué podía decir. En pocas horas, además, amenecería y tendría que ducharme e irme al trabajo. Porque el mundo no se detiene, aunque tú quieras detenerlo.

Y a mí, que me gustan tanto las Redes Sociales como escribir, pensaba en lo feo que sería subir una foto de esa puerta roja que ponía Área Quirúrgica – No pasar. O del suelo blanco. O de una camilla abandonada. O de ese señor que tenía una de las expresiones más tristes que he visto en nunca porque su mujer se debatía entre la vida y la muerte al otro lado. Dije es que no es apropiado. No es apropiado. Y no sé por qué no es apropiado. Porque esto sucede todos los días en el sitio más frío del mundo.

Cogí el libro para terminarlo. Bostecé. Tenía hambre y sueño, pero lo que ocurría fuera de esas necesidades físicas era mucho más trascendental. Qué absurdos somos. La lectura me oprimía el pecho, era terrible y hermosa a la vez. Tardé muy poco en llegar al final y, luego, suspiré con cierto alivio. Casi maravillada. Frente a mí todavía no había movimiento. Había que esperar. Esperar. Tenía la impresión de llevar una eternidad esperando.

Las musas brotaban en medio de esa semiagonía. ¡Caprichosas! Cogí una pequeña libreta y empecé a anotar sensaciones, más que ideas. Buscaría la forma de plasmar todo eso en el papel. Lo escribiré en una novela, será más fácil. Ayudará a otros. Como a mi me ha ayudado Patria. Sentí dulzura al pensar en escribir, y me frustraba no poder hacerlo y no saber cuándo podría hacerlo. Esos crueles ramalazos de egoísmo me hacen sentir fatal, pero yo ya no puedo contenerme.

Del enfado al cansancio. Después la leve alegría. Milagrosamente todo ha ido bien. Mirábamos a esa cirujana como si no pudiéramos asimilar lo que decía. Muchos términos médicos que sonaban mal, pero a los que ya estábamos acostumbrados. Guardé mis cosas en la mochila, también el libro, conteniendo las ganas de besar las solapas en señal de agradecimiento.

Llegué a casa muy tarde. El hogar dormía en penumbras. Un abrazo y un beso en la cama cálida. Los gatos vinieron a acurrucarse cerca. Estaba muerta de sueño pero tenía algo que escribir. Precisamente esto que estás leyendo ahora, porque lo necesitaba. Porque me hizo sentir tremendamente bien. Tal vez, diréis, no es lo apropiado. Pero la verdad de la vida no siempre es apropiada.

El final de una novela

Un día, hablando con mi otra mitad, le dije que terminar una novela era complicado. Más bien el terminarla de manera adecuada. Porque si todas las historias terminasen al finalizar, acabarían con la muerte de sus personajes principales: es el único momento cuando ya no hay nada más que contar.

Pero no queremos eso. Si de alguna manera existe la eternidad es mediante el arte, la muerte es extraña y, aunque tiene poesía, a veces no tiene cabida en la hermosura de lo que queremos contar.

Esto me lleva a recordar el libro y la película de Las horas (os he hablado de ella en mi anterior blog). Creo que pocas historias pueden dar tanto de sí con tan poco. Por eso es uno de mis libros y películas favoritas y, por eso, la vuelvo a ver cada cierto tiempo. Es este tipo de novelas sobre la vida que tienen mucho que enseñar. Si no la habéis visto/leído podéis dejar de leer; os doy permiso. Corred a verla, porque puede que os cambie la vida.

Vaya, habéis vuelto. Seguiré hablando entonces del final.

Como decía, Las horas, es un brillante poema sobre el proceso creativo y su finitud. Dos de la mujeres protagonistas escriben y la otra es una ávida lectora. La primera de estas mujeres escritoras es, nada más y nada menos, que Virginia Woolf. Una Woolf obsesionada con el final de su novela La Señora Dalloway. Pero no he venido aquí a hacer una crítica literaria (eso lo hago mejor en A Librería). En un punto de la novela, ella dice:

Alguien tiene que morirse para que sepamos apreciar la vida

Ella también parecía creer que la muerte (y, en su caso particular, el suicidio) ayudaba a alcanzar ese final de la obra. Pero la vida también puede resultar en un final justo, feliciano, tranquilo, triunfal. No creo que el llegar a la expiración de la novela, nuestra novela, tenga que ser necesariamente en el punto más trágico. Pero, eso sí, debe serlo con coherencia.

¿Cuándo zanjar la situación? ¿Cuándo dar por finiquitado ese argumento que puede girar entorno a un amor, a una amistad, a una aventura, a un lugar? ¿Dónde dejar caer la guillotina?

Todo depende del tipo de novela que estemos creando. Como decía, una muerte puede ser un recurso exquisito ante determinados argumentos; pero no es ni por asomo el único (y mucho menos es siempre el adecuado). En general, la mayor parte de las historias contadas tienen una razón de ser y pretenden llegar a un punto. Existe una situación concreta que debe solucionarse. Esa solución es lo que tenemos que saber comunicar.

En el romance, la meta a alcanzar será la unión final de los enamorados (dos o más…) o su definitiva ruptura o separación. En la novela de aventuras, tal vez lo sea alcanzar una reliquia o enfrentarse a un terrible monstruo. En la Ciencia Ficción conseguir protegerse de una invasión extraterrestre. O, por ejemplo, en la policíaca, atrapar al terrible asesino de una serie de crímenes. A veces el motivo está claro. Otras, no tanto.

De hecho, ¿nunca os ha ocurrido, como lectores, que al finalizar un libro sentís que esa última página es demasiado vacía? ¿Demasiado silenciosa? ¿Abrupta? ¿Extraña? Lo que ocurre es que hay novelas que no tienen una conclusión al uso; es dónde el escritor tiene que lograr ese equilibrio entre dejar todo perfectamente abarcado (o no) y crear cierto impacto. Lograrlo con poesía, con suma destreza, con elegancia.

En mi caso, los finales que he escrito hasta ahora han sido fruto del calor del momento. Las musas que se vuelven locas y, de vez en cuando, regalan pequeñas joyitas para colocar el punto y final. De todas maneras, creo que lo más aconsejable (no es propio de un buen escritor dejar el asunto en manos del capricho del azar… ¿no?) es buscar inspiración en los grandes clásicos, en las mentes más brillantes que ha dado la literatura. Aprender de sus trucos y hacerlos nuestros. Ese final es, al final, lo que permanecerá en la mente de nuestro lector por más tiempo.

Por cierto, os dejo las últimas frases de mis dos novelas autopublicadas. ¿Qué os han parecido?

Marafariña desaparecía ante Ruth, haciéndose cada vez más y más finita. Más mortal. Nada.

Marafariña Libro Primero

No pienses ni te tortures, como yo, por la mortalidad de las horas. Olvida, mi querida Dorotea, que todas las horas mueren.

Todas las horas mueren

Ese edificio blanco

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La rutina en ese edificio blanco hace que la vida se vea desde otra perspectiva.

Las primeras horas pueden resultar realmente bruscas. Son un choque de amargura y ansiedad que a duras penas podemos soportar. Todo corre. Y nuestra rutina y esa cantidad de planes y obligaciones que figuran en nuestra agenda nos parecen una auténtica bobada. Tal vez, por unos instantes, nos podemos permitir el lujo de convertirnos en inválidos emocionales y quedarnos atrofiados por el terror. Ni siquiera necesitamos respirar, como un pequeño privilegio.

En esas preciosas (frías, impersonales, aisladas) salas de espera se congrega un grupo de gente con el que, en pocos minutos, se crean unos vínculos extraordinarios. Es en esas miradas huidizas, en esos suspiros un tanto melancólicos y en esas idas y venidas a la máquina de café. En ese ahora nadie podría comprenderte mejor que esas personas que, cómo tú, son ajenas al trajín urbano de más allá y se concentran en todo lo que ocurre al otro lado de esas puertas que son algo así como un abismo a otro mundo.

Porque, aunque a ti que estás ahí encadenada te parezca imposible que pueda haber alguien ajeno a ese mundo nuevo, sí que los hay. Y son gozosamente afortunados aún sin saberlo.

Cuando ya te has consumido las uñas, te has dado cuenta de que ese libro tan precioso no es capaz de deleitarte, que aunque tengas un hambre voraz los alimentos no tienen sabor en tu boca y la más estimulante conversación está plagada de torpezas, todo lo negativo termina convirtiéndose en el alivio de la resignación. Ya está. Eres una autómata más por esos pasillos largos y suaves. Sonreirás incluso a los que están a tu alrededor. Cuando te pregunten qué tal, podrías encogerte de hombros y decir bien, bien. Conoces ese momento: sabrás que durante esos días, quizás meses, serás capaz de alegrarte con muy poco.

A veces te cuesta respirar y dormir, pero no se lo dices a nadie. No quieres atosigar a los demás con ese agujero negro porque sabes que se terminarán alejando. Se compadecen, pero no lo entienden. Porque, aunque a ti que estás ahí encadenada te parezca imposible que pueda haber alguien ajeno a ese mundo nuevo, sí que los hay. Y son gozosamente afortunados aún sin saberlo. A veces puedes verlos a través de la ventana, libres cómo lo son los pájaros y cómo tú no sabrías serlo jamás.

Deliciosa flor

49h

El amor es una deliciosa flor; pero es preciso tener el valor de ir a cogerla del borde mismo de un horrible precipicio. Stendhal

No resulta insólito que haya sido en este romántico sentimiento donde ha recaído el mayor peso de la temática de todas las artes a lo largo de la historia. ¡Ay, el amor! Y lo complicado que resulta definirlo, explicarlo, transmitirlo, eternizarlo en las hojas de un libro. Millones de ocasiones se ha intentado buscar la fórmula perfecta de esta marea de sentimientos, tan única y tan especial, reservada solo para un puñado de afortunados y anhelada hasta la saciedad por la mayor parte de las almas. Amar y ser amado, buscar con insistencia ese camino de flores brillantes y rayos cálidos. Querer, con la simpleza de un niño, por toda la eternidad.

Por supuesto que adoro el amor. Es un ingrediente fundamental en mis historias, si es que existe algo que contar que de manera directa o indirecta no toque el músculo más fundamental del ser humano. Si bien es cierto que este protagonista indiscutible puede volverse enfermizo y demasiado doloroso en las historias novelescas. Nos gusta que así sea, nos gusta que desgarre, que duela, que sea imposible, que haya que pelar por él. Nos deleitamos en que nuestros protagonistas sufran mil y una desdichas antes de conseguir la merecida paz de los amantes. Y, al final, soñamos con que todo sale bien, que ese amor ha sobrevivido a mil y uno escollos en esa caída libre, que permanece sin fisuras. Irrompible.

Nuestros personajes se desgastan la vida en amar. Los mantenemos atados a ese mástil en medio de la marea y, en ningún caso, los dejaremos huir. Nos da igual que se ahoguen de ese cariño insano, nos da igual que sepamos que, pase lo que pase, sufrirán. No les dejamos irse, buscar otro tipo de salida. Somos tercos, crueles. Estamos locos. Pero creo que el amor nunca debería estar unido a este tipo de adjetivos, de ninguna manera.

Esto no quiere decir que dicho amor no haya que ganárselo y que no sea un camino arduo y duro. No existe la facilidad en el camino a la dicha, pero esto no quiere decir que sea una auténtica tortura. La constancia, la paciencia, la sinceridad y el cariño son claves a la hora de afianzar entre las manos el más puro y poderoso de los sentimientos. Sí, habrá flores deliciosas en este camino, pero también habrá maleza y días de lluvia. Tal vez duela, pero en ningún caso hasta el punto de destruirnos o anularlos.

Stendhal habla del horrible precipicio y me parece una metáfora acertada y preciosa para la historia literaria. En la realidad, no tendremos que acercarnos a ese acantilado en soledad. Habrá una mano fuerte que nos agarrará con firmeza y no permitirá, tan siquiera, que nos acerquemos a ese abismo.

Para Debie.

Pero corre. Corre.

205h

También lo has sentido alguna vez. Eso de estar desnuda, fustigada por ti misma. Maldita sea, también lo has sentido alguna vez. O muchas veces. Millones de veces. Jodidas veces.

Seguro que tú también lo has sentido alguna vez: esa impresión de que, al intentar agarrar la felicidad entre las manos, ésta se rompe en pequeños pedacitos de cristal y se esparce por el infinito. A veces esos pedacitos te causan terribles heridas entre los dedos y en el alma. La sangre emana delicada por la fisuras. Te vacía.

Pongamos que hay muros a tu alrededor. Esos muros representan los obstáculos que se interponen entre tú y tu alegría tan anhelada. Pongamos que, en un acto desesperado, intentas arremeter contra esas paredes gruesas y sólidas. Sí. El daño es real. Es probable que acabes tan debilitada que tardes varias horas, días, meses, años en poder levantarte. Esa pelea es inútil, además de devastadora.

Devastadora.

También lo has sentido alguna vez. Eso de estar desnuda, fustigada por ti misma. Maldita sea, también lo has sentido alguna vez. O muchas veces. Millones de veces. Jodidas veces.

Qué poco ortodoxa es la ira, qué poco tibia es la compasión. Y es casi obsceno usar la literatura para sacar de tu interior las lanzas sangrantes que la vida, el camino, ha dejado ancladas en tu corazón y en tu voluntad. Mermándola. Mermándote.

Pero corre. Corre.

Estás rompiendo la armonía de este texto mientras te balanceas en tu mar de dudas. La inutilidad es un cuchillo sin afilar que penetra igualmente por doquier. Es ese atisbo de sol a lo lejos que no puedes ver porque te quema en las pupilas. Te deja ciega. Y te hace sentirte perdida contigo misma.

Pero estás hablando. Hablas.

No reconoces tu propia voz porque está rota cómo nunca antes lo ha estado. Está tan rota que crees que nunca volverá a ser la misma. Gritas que odias. Odio. Odio. Y que no puedes. No puedo. No puedo. Y que pare. Para. Para. Luego todo es una espiral de un silencio que, sin más, es tan necesario como insoportable. El corazón te duele de tal forma que no puedes pensar con claridad. Después se para. Y, cuando vuelve a latir, notas que lo hace de manera diferente.

El coraje

301h

Hubo un tiempo en el que creía que en la amargura, en la tristeza, se encontraban las auténticas personas valientes. Hubo un tiempo en el que pensaba que en las miradas abrumadas por las lágrimas podíamos encontrar el verdadero espíritu de superación.

He ahondado bastante en la infelicidad, porque tiene algo de poético. La literatura está atiborrada de ella, porque explota los sentimientos humanos. Además, a nadie, ni siquiera al hombre o mujer más feliz del mundo le resulta desconocida. Hablamos de sufrir y todos levantamos la mano. En cambio, atisbar la alegría, la paz, la sonrisa sincera y el afán de sonreír a diario es más complejo. A lo mejor es que, tal vez, entre tanta negrura, la alegría nos incomoda. Parece haberse convertido en algo insólito, aislado, inaudito, puntual.

Hace un par de días estuve charlando con una compañera de letras sobre el tono que utilizo al escribir. Sin pudor, me confesó que mi literatura era muy desasosegante. Que estaba impregnada de dolor. Yo no pude rebatir su argumento, tan solo aclarar que necesitaba sacar muchas cosas de dentro cuándo escribía. Tampoco creo que yo haya sufrido más que nadie, simplemente que es mi forma de superarlo y de llorar. Hay algo dulce en dejar ir los fantasmas en las letras, algo que hace que después te sientas más ligera.

Pero hablábamos del coraje.

A lo mejor es que, tal vez, entre tanta negrura, la alegría nos incomoda. Parece haberse convertido en algo insólito, aislado, inaudito, puntual.

Creo que he estado equivocada, entonces. En realidad, es en la felicidad y en el optimismo dónde se crea la auténtica valentía. No se trata de falsedad, no se trata de la coraza. Se trata de agarrarse bien fuerte a la esperanza, aun a riesgo de hacernos daño en las manos. Apretamos los dientes. Y también lloramos. Abrimos los brazos porque no le tenemos miedo al dolor, porque sabemos que después nos levantaremos. Somos valientes si vivimos para encontrar la dichosa dicha, ni siquiera es necesario llegar a alcanzarla. Tal vez nunca lo hagamos. Pero no, por favor, no perdamos la fe en

He conocido tantas historias de superación en todo este tiempo que ni una vida entera me llegaría para relatarlas. Y, ¿sabéis? He encontrado en aquellos que más han sufrido la energía de querer saborear la paz y la sonrisa permanente. Despiertan mi más profunda admiración los que son capaces de deleitarse tras haber sufrido las injusticias que este camino nos regala. Ese sí que es el auténtico coraje, el real, el devastador. Aquel que nos demuestra lo intensamente desgarrador que puede ser el ser humano.

Querida, pequeña, Miriam:

Sé que dolió, sé que fue lo más duro que tuviste que vivir jamás. No puedo prometerte que lo superarás, pero eso te hará ser fuerte y lograrás ser feliz a pesar de todo.

Lo sé. Sientes que todo se quema, que todo se precipita. Sientes que no entiendes nada y es cierto: todavía no estás lista para entenderlo.

Albergas dentro de ti esas ganas de alegría que, a pesar de todo, siempre has querido mantener. Me enorgullece ver cómo, contracorriente, buscas cualquier momento para refugiarte en esas historias que lo curan todo. Sé que crees que es inútil, que son letras mudas, condenadas a no ser leídas jamás. Sé que estás segura de que tanto esfuerzo no servirá para nada. Me encantaría poder estar ahí a tu lado y enseñarte todo lo que significarán para ti.

Pero tú aguantas y no sé cómo lo haces. Eres una cría valiente, aunque te da miedo llorar tan a menudo y tienes que dormir con una luz encendida. Mientras creces, crece contigo la ansiedad que aprendes a manejar con destreza adulta. Tú caes y te doblegas, pero jamás te has rendido. Y aunque todo se antojaba difícil en casa, aunque todo era insoportable en el colegio, seguías levantándote cada mañana y escondías las lágrimas y el terror porque no querías ser otro motivo de discusión y de problema.

El silencio te ayudaba. Y lo hacían los libros. Me apena tanto saberte tan perdida y no poder intervenir para susurrarte que todo va a ir bien, todo irá bien aunque aún falta mucho tiempo para ello. La madurez te llegó de golpe, cuando tú aferrabas la niñez entre las uñas y no la quería dejar marchar. Sé que dolió, sé que fue lo más duro que tuviste que vivir jamás. No puedo prometerte que lo superarás, pero eso te hará ser fuerte y lograrás ser feliz a pesar de todo.

Luego vino el trabajo y se silenciaron las bocas de aquellos que creían que eras demasiado torpe y los que ansiaban que fueras prisionera. Eras joven y la vida había sido muy despiadada. Sé el cansancio y el nerviosismo que sufriste, pero también sé que no te rendiste ni en los estudios y mucho menos en la literatura. Ojalá pudieras verte cómo yo te veo ahora, pequeña Miriam. Eras tan grande que ensombrecías.

No sé cómo fuiste capaz de hacerlo. Pero ahora estamos aquí, tú y yo. La pequeña y la adulta, nos podemos mirar al frente y sentirnos orgullosas de todo. Ha pasado demasiado tiempo pero, en realidad, fue ayer. Los restos de la lucha son simples ojeras bajo tus ojos, pero la sonrisa de tus labios es sincera y la esperanza rebosa en todos tus gestos.

Te digo que te quiero y tú solo sacudes el rostro lacrimosamente. No logras entender qué es lo que admiro tanto, porque te sientes hundida, crees que eres una perdedora. Me encantaría poder hablarte y contarte todo lo que todavía va a llegar, que en un momento dado lograrías alcanzar esa paz tan anhelada. Ojalá pudiera darte ese aliento que tanto necesitabas, explicarte que la amistad no era eso y que el amor no duele. Desearía que existiera la forma de poder haberte ahorrado todo eso…

Pero, ¡eh! Lo has hecho.

Mírate. ¡Cómo has crecido! Y has terminado esa novela. Y otra más. Y has vuelto a leer libros. Y duermes en paz por las noches. Y te quieres y te admiras como nunca pensaste que lo harías. Y tienes amigos de verdad, amigos que ya nunca te traicionarán. Y tienes un amor, tienes una persona a tu lado que sabes que ya nunca más te abandonará.

Querida, pequeña, Miriam. Gracias.

Gracias por no abandonarte jamás.