Leerla es sagrado

Leer a alguien es una muestra importante de fe y dedicación.

Leer a alguien puede ser algo parecido a hacerle el amor. Pero entended aquí, queridas mías, esto de hacer el amor cómo algo que no tiene nada que ver con el acto sexual. No al menos en este caso.

Y haciendo un poco de análisis morfológico, ese «la» de leerla es referido a alguien en concreto. Tal vez a una amiga. A un amigo. A alguien a quién admiro mucho. O tal vez solo estoy hablando de mi misma, en este duro egocentrismo que a veces arrastro y no puedo desprenderme de él. Perdonadme, perdonadme como yo tengo que hacerlo todos los días.

Solo quiero decir que cuando me siento en mi cafetería favorita (se llama Chicori@, trabajan mujeres maravillosas, se ve el bosque y el río desde la terraza) y abrazo su libro en mi regazo siento que la amo. Pero la amo de verdad. Y mientras acaricio el leve relieve de la tina impresa en las páginas, siento que estoy acariciando también las horas de soledad, las lágrimas de frustración, el esfuerzo titánico de abrir el alma y el silencio. Ese silencio extraño, denso como lo que es real, que acompaña a todas esas máquinas de escribir. Como su maldición.

Desde la cafetería también se ve la iglesia. A veces escucho sus campanadas. Ya sabéis mi opinión al respecto de la religión, pero gracias a esa enorme cruz de hierro me he acordado de la palabra que concluye el título de este post. Hablo de fe, hablo de liturgia, hablo de creer y hablo de lo sagrado. ¿Sabéis que para los Testigos de Jehová el bautismo significa dedicación? Algo he aprendido de todo esto. Muchas cosas, en realidad.

Soy la mujer que lee en esa cafetería y estoy con ella. Con esa otra mujer que ha escrito esta historia. Suya, que ahora tomo para mí, porque leer es un acto tan precioso cómo egoísta. El avance de las páginas me retuerce las tripas, porque llegar al final de algo siempre duele y es dulce a la par.

¿Sigo leyendo?

Cierro el libro y me lo llevo al pecho. Lo huelo. Huele a deseos y a angustia por partes iguales. A ilusión y a crecimiento. A ambición y a victoria.

También es sagrado el olor de los libros.

Photo by Larm Rmah on Unsplash


¿Te has quedado con ganas de más? Puedes leer mi último [HILO] en Twitter sobre la ansiedad y el perdón.

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Escribir sobre el amor [real]

Os voy a confesar algo (ya sabéis que me gusta contaros secretos aquí, en nuestra habitación propia, que nadie puede oírnos). Desde niña soy una enamorada del amor. Del amor en todas sus formas, motivos y colores. Del amor de todo tipo, del amor que se puede demostrar y del que no. Del amor imposible y del amor prohibido. Del amor que es fácil pero también del que es difícil. Del que te eleva a unos palmos sobre el terreno. Del que es capaz de hundirte (eso también es real). Del que te cura. Del que te duele. Del que te hace crecer y del que te hace seguir siendo una niña.

El amor. ¡Ay! El amor. Masculino y femenino al mismo tiempo. Abstracto y tan concreto. El amor. El motivo principal que siempre nos ha movido, ¿verdad? Una de las principales semillas que han motivado la existencia de la literatura.

El auto-amor

Creo que nunca he escrito nada en el que el amor no sea una parte fundamental de la trama y de sus personajes. Desde novelas de ciencia ficción y fantasía, pasando por la metaliteratura y la literatura intimista que es con la que más a gusto me encuentro. Y aun con sus delirios y sus desdoblamientos, el amor es fundamental para las vidas que habitan entre mis líneas. Y en las líneas de otras, porque cuando leo busco ávidamente esos ramalazos de cariño, de unión entre seres humanos sean cuales sean, sea cuál sea su situación, sea cuál sea su interior. Malvadas o benévolas. Pequeñas o grandes. Mujeres u hombres. No importa. Entre las páginas impresas de un libro siempre ha habido cabida para cualquier forma de cariño. Siempre ha sido más fácil querer.

Con todo, a veces el amor [real] puede ser diferente al que escribimos o al que leemos. Todo depende, porque no existe una ley universal escrita de cómo debe ser, cómo tiene que evolucionar y cuánto tiene que durar.

Vayamos a la RAE:

amor.

(Del lat. amor, -ōris).

1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.

Nuestra insuficiencia nos lleva a buscar el encuentro y unión con otro ser.

O tal vez no es eso. Yo creo que el amor [real] es otra cosa. ¿Vosotras?

Seré osada. Pero solo cuando he sido capaz de encontrar mi propia “suficiencia” he podido encontrar lo que conozco como el amor real (ahora ya sin corchetes). Cuando he sido capaz de palpar mi propio corazón y abrazarlo, quererlo tal y cómo es, con sus carencias y sus virtudes, con sus vergüenzas y sus cosas bonitas. Con su inseguridad y su altivez. Ahí estaba en mi pecho, tan dentro. Y me ha costado una eternidad saber entender lo que quería decirme.

Las grandes historias de amor

Escribir siempre ha sido la solución a casi todos mis sentimientos, a esas incógnitas, a esas cosas que me daban miedo. De un modo u otro, cuando escribía lo que pensaba conseguía entenderme mejor. Hay muchas páginas que tan solo han existido para mí misma y luego se han destruido. No importa que su vida haya sido así de breve y se haya evaporada, porque a mí me han servido para llegar hasta aquí.

Recuerdo que una de mis primeras historias de amor era sobre una rana y un sapo. Se casaron al conocerse y se amaron para siempre. Una pareja heterosexual y feliz. Otra, titulada El Caldero Mágico, tenía como protagonista al más tímido de la clase que se enamoraba locamente de la chica guapa del instituto (tan altiva y prepotente, tan afilada, como siempre nos han dicho que eran las mujeres). Luego las cosas se fueron complicando. Teníamos a una compañera de piso enamorada locamente de su mejor amiga, mientras ésta ignoraba rotundamente sus sentimientos y terminaba con el héroe de la historia. Después una anciana enamorada de una joven fallecida años atrás. Una testigo de Jehová comprometida con un muchacho, pero enamorada de otra mujer.

2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.

3. m. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo.

4. m. Tendencia a la unión sexual.

Pero las grandes historias de amor no solo hablan de personas. Nuestros personajes también se enamoran de sus lugares, de sus recuerdos, de los libros que escriben, del aroma del café, del anhelo de la eternidad, de aquella playa, de aquel reencuentro, de aquellas flores. Podemos sentir un amor irracional por nosotras mismas o por nuestras hijas, convertirse en algo peligroso y fascinante. También podemos pensar en el amor que despierta en nosotras, tal vez, nuestro trabajo o nuestra vocación. 

7. m. Esmero con que se trabaja una obra deleitándose en ella.

A amar también se aprende

En mis años como escritora no siempre he tenido la misma concepción del amor. Esta ha ido evolucionando poco a poco hasta llegar a lo que es ahora. Sin lugar a dudas, amar sin ponerle límites a mis sentimientos, con confianza ciega y con sumo cariño, es lo mejor que me ha regalado la vida. Puedo considerarme feliz y afortunada, porque no falta la dosis de amor necesaria en mi día a día. Propia y ajena. Y eso es mucho más de lo que siempre he necesitado.

Pero para llegar a este punto y a este equilibro hay que aprender, equivocarse y sufrir un poquito por ello (¿cuántas páginas acaban en la papelera antes de llegar a la definitiva?). No pasa nada, esos pasos también son amor al fin y al cabo, amor del real, que es hermoso y feo a la par. Amor del día a día, el que nos ayuda a ser más libres y más nosotras mismas. Amor que es fundamental pero que no lo es todo de igual forma, en ese complicado y delicioso equilibro. Podemos jugar con él, podemos abrazarlo bien fuerte y podemos hacerlo crecer, pues es infinito y no termina nunca (¡Cómo Marafariña!).

Photo by Haley Lawrence on Unsplash


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Agosto

No sabes nada, no busques nada. Eres una loca.

Tenéis que perdonarme, pero este post no es para vosotras. Es para mí.

Agosto siempre ha sido mi mes favorito del año, desde que soy una niña. Las vacaciones de verano, la playa, la ausencia de relojes, el perderme. El tener horas y horas a solas con lo que más amo en el mundo: mi literatura, solo mía, de nadie más. Agosto y el mes en el que aprendí a quererme, a mimarme, a ser yo. Agosto, el mes en el que esa niña con los ojos llorosos se miraba al espejo y me preguntaba a mí, a la Miriam adulta que todo lo debería saber, cuándo acabaría esto y cuándo llegaría la felicidad. Cuándo llegaría la libertad.

Agosto. Ya no encuentro a esa niña por ninguna parte. O sí, a veces sí. Cuando se me despeinan las cejas, cuando se me tuerce el labio y cuando tengo ganas de llorar pero no debo porque estoy en una oficina gris o estoy en un ambiente distendido en el que tales lágrimas no encajan. De niña lloraban con más facilidad y sin pudor. Nunca me dio vergüenza llorar, era mi manera de expresarme, porque hablar me costaba (aunque escribir me resultaba tan, tan sencillo. Ojalá todo fuera tan sencillo para mi como escribir), porque ser, simplemente ser, me costaba. Yo creía (en ese agosto) que eso se me pasaría al crecer. Pero crecí, crecí, crecí. Y esas sombras crecieron conmigo. Se anudaron a mis muñecas huesudas, a mis tobillos, a mi corazón sombrío. Lo ocupaban todo. Y, en cierto modo, lo ocupan.

Agosto. De niña miraba al mar. Sonreía. Había momentos pequeños en los que era capaz de ser feliz sin mirar nada más. Mi abuela y su olor a perfume (incluso en la playa) me hacían feliz. Mi abuela siempre fue algo importante en mi felicidad pero, las abuelas, se pagan poco a poco, sin remedio.

Agosto y esta niña ya no existe, pero la playa a veces tiene magia. A veces me duele seguir siendo esa niña, a pesar de que estoy más cerca de los treinta que de los veinte, que tengo un trabajo gris y una rutina estricta y precisa. El despertador suena cada mañana y solo yo puedo apagarlo, solo yo puedo tener energías para levantarme de la cama. Y sí, me arropa mi amor. Pero hay tantos vacíos alrededor, como precipicios, que a veces me da miedo, tanto miedo, salir del colchón. Agosto. Agosto. Agosto. ¿En qué te has convertido? Eres un mentiroso. Me prometiste que siempre serías así.

Agosto. Agosto y tu maldito agostamiento.

Esos círculos. ¿Los ves? Cada vez dejas que sean más pequeños. Pero me permites mis letras (mis letras, mis queridas letritas, mis personajes, mi yo, pequeña, mi yo) y es mi vía de escape. Me permites vivir y sobrevivir así. En cualquier punto. Literatura, yo te escribo y tú me contestas. Y me abrazas. Y me quieres. Me quieres como nada en este mundo ha sabido quererme y comprenderme. Tú me hieres, pero para abrirme y sacarme de dentro esa sombras tan oscuras. ¿Quién las provoca? ¿Agosto, tal vez? ¿Yo misma? ¿Esa niña que, de un modo u otro, se eternizó siempre dentro de mí?

Cuándo se iba a acabar todo, pequeña Miriam.

Dijiste que de mayor sería más sencillo.

Lo dije. Sí. Te lo dije, niñita de ojos redondos y lágrimas frías. Y siento que no sea más sencillo pero, al menos, te he enseñado un camino hacia el que escapar.

Rincones, playas, bosques, marafariñas, libros.

Nombres.

Tienes tu identidad, abrázala, quiérela como te enseñé a quererla.

¿Los ves? Son agostos, niñita. Agostos para ti, agostos eternos que te esperan.

 

 

Photo by Maksym Kaharlytskyi on Unsplash

Las novelas mienten

Y las novelas, sin proponérselo, mienten

Citar a Woolf es una costumbre muy bonita que tengo en este espacio. Me vais a permitir que, de vez en cuando, sea repetitiva con estas referencias. Pero ya sabéis que hace tiempo decidí instalarme en esta habitación propia (con un pequeño escritorio, vistas al pueblo, algunos cables cruzando el cielo siempre nublado, la lluvia ensuciando la repisa de la ventana, la orquídea violeta ansiando encontrar un rayo de sol alguna tarde, los gatos durmiendo plácidamente sobre la cama llena de cojines…) ahondo bastante en mí misma, en el significado de lo que hago y en las razones que me hacen sentarme aquí, día a día, incansablemente.

Soy muy observadora. Pero ver el mundo y su vida tal y como es puede ser sobrecogedor, algo tétrico. Asusta. Asusta mucho, ¿verdad? Si me dejo llevar por el miedo que siento, puedo acurrucarme en un rincón y no salir de ahí nunca más. Sin embargo, prefiero ser un pelín más obcecada y transportar esa esquina oscura a las páginas de los libros que estoy escribiendo. Y no solo me refiero a las páginas físicas escritas, sino a la cantidad de palabras, frases, oraciones y personajes que se retuercen en mi mente de manera inmaterial. De ese modo escribo en mi cabeza durante todo el día, es la forma que conozco de recordarme que estoy viva, que sigo aquí, que puedo palparme. Que todavía me queda energía, esperanzas y sueños por cumplir. Lapido mi cerebro de letras que, luego, se traducen en un puñado de líneas en la realidad.

Y escribo, pues. Y cuando escribo huyo, me protejo, me cubro, soy libre. Y miento.

La eternidad de los libros

La literatura me ha salvado la vida muchas veces. Sé que lo seguirá haciendo. Es mi bote salvavidas, mi mejor amiga, mi guardiana silenciosa. Ella es capaz de entenderme a la perfección, de acoger mis ideas sin juzgarme, de enseñarme valores nuevos y mejorados, de reprenderme con delicadeza si flaqueo, si estoy equivocada, si me equivoco. La literatura, también, me enseña a perdonarme.

Me he dado cuenta que, aunque lo que escribo tiene tintes biográficos casi siempre (me resulta vacío separar mi verdad de mi ficción) y se enmarca dentro de una literatura que pretende ser realista, tengo una definición de las personas y de los lugares que dista de lo que puedo palpar, tocar y sentir a diario en el mundo que hay afuera de las páginas. Pero no diría que se trata de una reinterpretación, ni un reflejo artístico al uso. Es algo diferente. Y no, aunque sean mentiras, no son mentira deliberadas, sangrantes y malvadas. A mi mentir no me gusta, mis letras jamás pretenden mentir.

Pero mienten. Mienten como bellacas. Mienten porque a veces, cuando me duele, las dejo mentir. Las dejo que hablen de historias cerca del mar, rodeadas del calor del amor más puro e inquebrantable, cercadas por la amistad más honesta e inaudita, abrazadas por el amparo de la eternidad que otorgan los libros, a sabiendas de que la única manera de eternizarse está ahí. Ahí. Justo ahí. Y esta esa gran mentira: en los libros nada termina nunca. En la verdad todo tiene una finitud clara, concisa, inevitable. Este pensamiento, de hecho, fue lo que me llevó a escribir Todas las horas mueren.

Medias realidades

Me vais a permitir que vuelva a echar mano de una cita literaria. Esta vez de mi admirada Elena Ferrante:

—¿Sigues viviendo en la vía Tasso?
—Sí.
—Cae a trasmano.
—Se ve el mar.
—¿Y qué es el mar desde ahí arriba? Un poco de color. Más te valdría estar cerca. Así te darías cuenta de que es todo basura, barro, meados y agua apestosa. Pero a los que leéis y escribís libros os gusta contaros mentiras y no la verdad.

Puede que cuando Lila le dice esto a Lenù (protagonista de la obra, escritora por vocación desde muy joven) se esté marcando una muy acertada pauta entre los que estamos unidos a la literatura y los que no. Se adivina cierto idealismo, cierta ansia de mentirse, cierta necesidad de alivio. Es probable que suframos más, pero que tengamos más urgencia por curar esas brechas que se abren. 

Pero yo procuro no mentirme a mí misma, no contarme mentiras. A mí me gusta cerrar los ojos y sentir lo que siento. Me gusta interpretar de verdad que explosiona en mi cuerpo cuando me siento desolada, cuando lloro con intensidad, cuando me enfado, cuando la decepción me golpea, cuando el cariño me acaricia, cuando la ilusión florece, cuando tengo ganas de reírme a carcajadas o cuando, sin más, sonrió de manera espontánea. Y todo eso (eso de cerrar los ojos y de no mentirme) es escribir, es lo que luego, digamos tras un complejo proceso, terminará germinando en el papel.

Así, esa mentira, es tan solo un velo. Una brecha. Un deseo o una crítica mordaz a lo palpable. Yo creo que es precisamente por eso por lo que nos gusta escribir y nos gusta leer: esas mentiras, tan plagadas de verdad. Creo que encontramos razones en ellas, encontramos alivio, fe, sosiego. Encontramos humanidad. Encontramos mucho de lo que nos pasamos el día, los meses, los años, la vida, buscando.

Y para comprender lo que sucede…

Porque esto me ha pasado desde niña. Cuando el exterior venía a rugirme tragedias, enfermedades, despedidas precipitadas, yo no quería comprender esas razones, no era capaz de lidiar con ese tipo de sucesos. Eran antinaturales, muy diferentes a lo que yo siempre había creído. Fui una cría hipersensible que lloraba en las clases de música, eso tenía que canalizarlo o sino me volvía loca. Me daba cuenta que cuando escribía esos cuentos, me sentía bien. Me daba cuenta que cuando estaba en mi cuarto, a solas, e ideaba esas otras vidas, no me importaba tanto no tener amigas, que mi madre estuviera enferma o comenzar a tener conciencia de la muerte.

Supongo que fue así cómo empezó mi más poderosa e interminable historia de amor. La de teclear suavemente todos los días un ratito, la de dejarme hacer, la de sacar un hueco entre tantas mentiras para contar esa verdad.

¡Ay, el amor! Pero esa gran mentira la dejamos, si queréis, para otro post.

Gracias por leerme… ¡Y felices letras!

 

Photo by Alexander Lam on Unsplash

La pequeña literatura

Mi vida está ligada a mi literatura. Mientras viva, de una manera o de otra, en esto seguiré. En sus mil y una facetas.

Siempre temo que llegue un día que no sepa qué escribir en este espacio o en las páginas en blanco de los títulos de los que quiero llenar mi biblioteca. A veces temo que llegue el desgaste, la desgana, el desencanto. Esa sombra que puede aparecer de un momento a otro. Pero al final, de una manera u otra, siempre sucede algo, siempre ocurre el impulso, el trampolín. Un pequeño gesto, un gran acontecimiento y un mínimo detalle que lo cambia todo. Mi vida está ligada a mi literatura. Mientras viva, de una manera o de otra, en esto seguiré. En sus mil y una facetas.

El otro día publiqué en mi muro de Facebook una reflexión que tuvo cierta repercusión. En ella me desahogué un poco con vosotros en un mal día en el que tenía la impresión de que este trabajo vacío no me llevaba a ninguna parte. Por un breve instante, estaba muy perdida y necesitaba contarlo. La cantidad de mensajes fue tan abrumadora que me di cuenta de que desanimarme y entristecerme por los fracasos era mentirme a mí misma y también a los que confiáis en mí, depositando vuestro cariño y vuestro tiempo en el rastro de letras que voy dejando por aquí y por allá.

Los pequeños detalles

Por diferentes circunstancias, desde pequeña, he conseguido encontrarme alegre con cosas muy pequeñas. Ahora, algo más crecida, me he dado cuenta de que el marco familiar en el que he crecido me ha permitido reparar en la textura y en los sonidos de los momentos de una manera peculiar. Esto es debido a que siempre he vivido con la enfermedad crónica rodeándome de un modo u otro, por lo que el paso de los años y el disfrutar del aquí y ahora han sido casi como una ley para mí. Siempre he sido muy consciente de la fugacidad de la vida, de que necesitaba aprovecharla bien si quería llevar a cabo una mínima parte de los sueños que siempre he perseguido con ahínco. Nunca me he permitido parar, pero eso no significa que no sepa descansar.

Me refiero a que yo no doy por sentado nada. Un día tranquilo, sin sobresaltos, sin malas noticias es un pequeño privilegio que exploto al máximo. La literatura se abre hueco entre las horas vacías como el líquido que se vierte sobre la espesura de un bosque. Yo vivo así, con esa impresión. No deprisa, no corriendo, no asfixiándome, sino sintiendo. Me ha llevado algún tiempo aprender a hacerlo así. Pero, si lo he conseguido, solo ha sido gracias a que la pluma nunca ha estado a gusto durmiendo en mi bolsillo.

Siempre he sido muy consciente de la fugacidad de la vida, de que necesitaba aprovecharla bien si quería llevar a cabo una mínima parte de los sueños que siempre he perseguido con ahínco. Nunca me he permitido parar, pero eso no significa que no sepa descansar.

Y los pequeños detalles están en todas partes, como la pequeña historia de la que os hablé hace algunas semanas. O en los libros que voy leyendo, que implosionan en mí y se expanden de una manera que me resulta difícil de explicar. O las personas que están a mi alrededor, de las que siento su cariño, su aprecio y su confianza. O de mí misma, protegida en mi pequeña guarida junto a mis dos felinos y a la mujer a la que más amo en el mundo. Con un café caliente sobre el escritorio y un puñado de horas deliciosas para mí. ¿Cómo no aprovecharlas? ¿Cómo no disfrutar, tan si quiera un poco, de todo aquello que he conseguido por mí misma? ¿Qué derecho tiene la Miriam más débil y de arrastrar tras de sí a la Miriam llena de energía que no quiere dejar de hacer y hacer y hacer?

Y esas historias

Me amarga pensar en una novela anclada en la oscuridad, privada de ojos lectores, una novela que no ha tenido su oportunidad. Que yace soterrada. Cuando escribo, temo que esa historia en la que estoy derrochando mis energías, pedacitos de mi alma y mi tiempo no llegue nunca a nada. Pero qué es nada. Temía eso con Marafariña y ha conseguido más de lo que jamás podía llegar a desear. Tenía menos miedo cuando publiqué Todas las horas mueren y resultó más sencillo. Ahora, inexplicablemente, siento más pánico cuando la secuela ya es más tangible, ya la tengo entre mis manos, ya me he podido despedir de ella.

¿Qué derecho tiene la Miriam más débil y de arrastrar tras de sí a la Miriam llena de energía que no quiere dejar de hacer y hacer y hacer?

Entonces, reflexionando sobre esto, he ido a pensar en Mangas Verdes. Mangas Verdes fue una saga juvenil que escribí durante cinco años de mi vida adolescente. La cantidad de horas en soledad que dediqué a esas aventuras son incontables, lo que significaba para mí tener ese micro universo en el que refugiarme me reportó mucha fortaleza y, sobre todo, motivos. Cuando la escribía, por supuesto, lo hacía para que otros, gente que la leyera, la disfrutaran y sintieran lo mismo que yo estaba sintiendo al hacer nacer esas historias. Si en esos momentos hubiera sabido que esas cinco novelas jamás verían la luz, que terminarían desestimadas y rechazadas (incluso por mí) me habría venido abajo, habría dejado de escribir, me habría sumido en un estado de desencanto absoluto. Pero eso yo no podía saberlo y, menos mal: inexplicablemente, de esa saga infantil surgieron muchas de las historias que estoy escribiendo ahora. Volvemos a esos detalles: en esto de la literatura nada, absolutamente nada, es vacío. Aunque pueda parecerlo.

Y no sé si en algún momento rescataré esas novelas. Lo que sí sé es que, de un modo u otro, siguen vivas y yo sigo queriéndolas. Y es en ese sentimiento donde todavía encuentro las ganas y el impulso de seguir escribiendo cada día, cada mes, cada semana, año tras año.

Volvemos a esos detalles: en esto de la literatura nada, absolutamente nada, es vacío. Aunque pueda parecerlo.

Literatura a pequeña escala

Aunque no estoy del todo de acuerdo con eso de pequeña, pero me quería referir a que la ambición es buena, pero la humildad también lo es. Sin atreverme a sumergirme en datos estadísticos, la literatura pequeña pertenece a esa mayoría de historias, textos, formas, novelas, cuentos, relatos… que no están en las estanterías de las librerías ni de los grandes almacenes. Son páginas sesgadas, algunas ocultas o leídas por unos pocos. No hablo aquí y ahora de la honorable literatura independiente, sino de todo lo que se muere durante el proceso creativo. Morir y proceso creativo, ¿por qué tendré esa facilidad para escribir dos contradicciones tan cerca? Pero ya entendéis lo que quiero decir.

Al escribir, como en la vida, tenemos que estar colmados de optimismo y de esperanza. Sino sería imposible. Y, aunque sabemos que muchas de esas letras a las que dedicamos empeño, fuerza e ilusión jamás llegarán a ser lo que queremos que sean, tenemos la obligación moral e implícita con nosotros mismos de seguir haciéndolas brotar. Primeramente, porque dejarlas dentro nos produciría demasiado dolor. Y, en segundo lugar, porque necesitamos vaciarlas para hacer hueco a unas nuevas. Esto funciona así, no para. El ciclo no se detiene jamás, no hay tiempo que perder… pero debemos perderlo al mismo tiempo.

Morir y proceso creativo, ¿por qué tendré esa facilidad para escribir dos contradicciones tan cerca?

Por eso tengo el ordenador lleno de novelas que no se han terminado con un inicio prometedor, de esquemas y borradores que ansío escribir y de personajes que nunca volverán a revivir en ningún caso. Y, aún así, ahí están. Solo míos. O de unos pocos. Y, si llegan a volar del abrazo de mi intimidad y dirigirse a la publicación, tan solo llegarán a unos pocos centenares. Unos pocos centenares que, para una escritora tan pequeña y llena de literatura como yo, es un infinito inabarcable. Me satisface, me hace feliz. Me regocija. Porque yo sé lo que siento con esto, y debería ser suficiente. Y también sé lo que he conseguido hacer sentir, y eso ya es más que suficiente todavía.

 

Foto de Joanna Kosinska en Unsplash

Mujeres en la literatura

Esta Miriam no para de mutar, no para de desear, de anhelar, de buscar.

Hace unas semanas que no me siento a escribir aquí para vosotros y ahora es un poquito extraño. No os puedo negar que os he echado muchísimo de menos y, espero, que ese sentimiento haya sido recíproco. Todo está bien, de verdad. Pero el inicio de un nuevo año me ha otorgado la necesidad de buscar, de pensar, de reflexionar y de encontrarme. Esta Miriam no para de mutar, no para de desear, de anhelar, de buscar.

Y no sé si he llegado a alguna parte o no, pero estos días he leído mucho y he escrito poco. Pero, sobre todo, he pensando y reflexionado. Creo que esta entrada es necesaria para mi. Y, espero, que para vosotros. O para vosotras, mujeres.

Nuestro silencio

Algunos libros no eran capaces de satisfacer mis gustos personales, ya no digamos, indagar en la tierna madurez de mi alma

He estado intentando llenar un vacío que he soportado toda mi vida y no sabía de dónde salía. Un hueco en alguna parte del pecho, tal vez de la mente. Venga, no puedo negarle su protagonismo al corazón, que el mío es el que lo gobierna todo y no hay manera de hacerlo parar. Y él odia estar en silencio, odia estar enjaulado y odia no poder expresarse. Cuando era niña, y mi corazón también era demasiado pequeño, él no era capaz de hablarme con claridad y yo no era capaz de entenderlo. Por eso he tardado tanto tiempo en entender qué le pasaba a mi voz y, sobre todo, qué le pasaba a la literatura.

Era difícil en aquel momento entenderlo y ahora, tal vez, todavía lo siga siendo. Pero empezaba a notarme invisible. Quiero decir, no encontraba en lo que leía el reflejo de mi propia alma, algunos libros no eran capaces de satisfacer mis gustos personales, ya no digamos, indagar en la tierna madurez de mi alma. Y no me estoy refiriendo al hecho de encontrar mujeres que amasen a otras mujeres (esto, tristemente, ya era desear demasiado), me refiero a que era complicado encontrar personajes de mujeres de verdad. O de mujeres, a secas, que tuvieran un rol relevante que fuera más allá de la cosificación, objeto de deseo o damisela en apuros.

Tardé una eternidad en permitir que esas mujeres amasen a otras mujeres.

Esto sucedía de manera inconsciente, así que tengo que reconocer que este análisis lo estoy haciendo de manera posterior. Tal vez por eso estaba tan obsesionada con personajes como Pippi CalzasLargas o Celia Gálvez de Montalbán, dos de las escasas referencias a personajes femeninos fuertes que podía disfrutar. Todo lo demás, estaba protagonizado en su gran mayoría por héroes masculinos, topificados y masificados, dejándonos a nosotras en la injusta sombra del sexo débil.

Sin lugar a dudas, estos factores externos marcaron mis primeras páginas escritas. La Miriam niña, inspirada en un entorno puramente machista, escribía narrativa protagonizada por chicos que llevaban la acción (era mucho más común, por lo tanto, mejor) y las mujeres estaba a su alrededor, con más fuerza y más inteligencia sí, pero siempre a expensas de él (o ellos). Tardé un tiempo en decidirme que prefería que mis historias fueran protagonizadas por mujeres.

Tardé una eternidad en permitir que esas mujeres amasen a otras mujeres.

Ellas siempre han estado ahí

Salí con la sensación de haber aprendido en un par de horas el conocimiento de muchísimo años de lucha contra la resignación

Sí, lo han estado. Entre las grietas y las sombras. Esto último me lo ha enseñado Pilar Bellver (autora de A Virginia le gusta Vita y V y V Violación y Venganza) en la la presentación literaria a la que tuve el gusto de asistir hace unos días en la fantástica Librería Berbiriana de A Coruña. Salí con la sensación de haber aprendido en un par de horas el conocimiento de muchísimo años de lucha contra la resignación. Me di cuenta de que Bellver es uno de estas titanes que tanto hemos necesitado siempre, que nunca se ha querido callar y ha luchado por seguir manteniendo su propia voz. Pero lo más bonito era ver que allí estábamos otras mujeres escuchándola, acompañándola, sabiendo que lo que nos estaba diciendo era de verdad. Y sabiendo, también, que todavía queda mucho por hacer.

Las estoy buscando incansablemente durante los últimos meses. A esas mujeres que, de un modo u otro se han sentido como yo. Están en los libros, me acompañan y me hacen sentir mejor. Mis lecturas son, en su mayor parte, firmadas por plumas femeninas y eso no creo que vaya a cambiar jamás. Es verdad que el estudio de la literatura me ha empujado siempre ha leerme grandes obras consideradas prodigios coronadas por el sexo masculino por excelencia: Wilde, Salinger, King, Tolkien, Goethe, Dickens, Verne, Dostoyevski y un larguísimo, etc. Por ahí se nos cuela Shelley o Austen, pero con cierta discreción. Echando la vista a nuestra propia literatura, las impresiones no son tan diferentes: Cervantes, García Lorca, Quévedo, Lope de Vega, Cela, Alberti, etc. Lo peor es que nos empezaron a hacer creer que eso era lo mejor, lo que debíamos leer. Así que yo los leí, los leí a todos. Y ahí estaba ese hueco en mi pecho, insoportable. Y me decía: esto no me está llenando cómo debería. Y ya sabía por qué.

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Maravillosa ilustración de Gemma Martínez en apoyo de la iniciativa #LeoAutorasOct

Mis lecturas son, en su mayor parte, firmadas por plumas femeninas y eso no creo que vaya a cambiar jamás.

Luego encontré a Matute, a Laforet, y a Gloria Fuertes, Pardo Bazán, mi Rosalía, a Carmen Martín Gaite, Concepción Arenal, a Elena Fortún. Y más allá, a Virginia Woolf, a Atwood, a Pizarnik, a Plath, a Highsmith, a Munro, a Ferrante. Y vi su poder. Y vi la injusticia con la que se las había tratado.

Qué quiero hacer yo

La diversidad, todavía, hay que buscarla como agujas en los pajares. 

Nuestro camino es pedregoso. El #LeoAutoras y esta demanda constante e imparable de que tengamos el lugar que nos merecemos levanta asperezas, el entorno se pone nervioso y se sienten vulnerables. En realidad, puedo entenderlo. Son siglos de gobierno masculino sin precedente, sin que ninguna mujer osara ocupar su lugar en las artes literarias y dónde ellos gobernaban las tramas a su antojo. Ahora las mujeres somos más feroces, nos cortamos el pelo, llevamos pantalones y hemos tirado los tacones a la basura. Y, si nos maquillamos, lo hacemos solo por nosotras y lo que tengáis que decirnos de nuestro aspecto nos importa poco. Mucho menos nos importa que nuestras protagonistas empiecen a ser mujeres, siempre mujeres, mujeres que rompen con los tópicos y los estigmas a los que han estado siempre tan sometidas.

Yo quiero ser libre; y empezaré a serlo en el silencio de las letras que escribo cada día. Incluso, con cierto dolor, tengo que reconocer que pensaba que en algún momento tenía que escribir alguna historia donde mi protagonista no fuera una mujer o donde ésta tuviera que ser heterosexual. Ahora me puedo reír de tal pensamiento. ¿Para qué? ¿Acaso su representación no nos ha empachado hasta la saciedad? ¿Acaso no hay un catálogo infinito lleno de esas referencias? La diversidad, todavía, hay que buscarla como agujas en los pajares. 

Y finalmente, vosotras.

No puedo terminar este alegato sin ser consciente de que han sido muchas mujeres y amigas las que se han unido a mi camino poco a poco pero con fuerza. Y que, día a día, seguís ahí con esta lucha silenciosa de la que a veces no queremos darnos cuenta. Porque sí, las que me leéis sois en vuestra mayor parte mujeres (pero gracias aquellos lectores que también lo hacéis, que sé que también estáis ahí) y veo vuestros nombres en los comentarios, en las interacciones de Facebook y Twitter. Y pienso en lo titánicas que sois, y en la ternura que derrocháis. Y pienso en esta unión que tenemos sin tener que decirla en voz alta (ni siquiera en voz baja). Y pienso, tal vez dejándome llevar por el calor del momento, que os quiero de verdad y qué no sé que haría sin vuestro cariño y confianza al otro lado. O a mi lado.

Si escribo vuestro nombres esta entrada no terminaría nunca, pero ya sabéis quiénes sois. Mis mujeres, las que estáis desde el principio y las que acabáis de llegar. Las que me aceptáis con ternura, con las que comparto lecturas e ideales y las que me habláis desde el más profundo afecto y cariño.

¿Lo véis? Cómo nos estábamos necesitando.

Como necesitábamos estar las mujeres en la literatura.

 

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Podéis encontrar referencias literarias de mujeres en el portal de literatura A Librería, del que formo parte.

Mi habitación propia

Démosle una habitación propia y quinientas libras al año, dejémosle decir lo que quiera y omitir la mitad de lo que ahora pone en su libro y el día menos pensado escribirá un libro mejor

He estado releyendo a Virginia Woolf últimamente y solventando el problema de que, todavía, no había leído su famosísimo ensayo Una habitación propia (del que publicaré una crítica en A Librería a finales de este mes) al que pertenece la célebre frase que abre esta entrada.

No es ningún secreto que mis lecturas son toda una inspiración para mí. Y ya no solo en la faceta como escritora. Quiero referirme a algo que va más allá, digamos mi alma, digamos mi personalidad. O lo más profundo de mi corazón. Que sí, es cierto, es un corazón de escritora (y está lleno de letras, y de tinta, y de personajes). Pero también es un corazón de mujer joven, de mujer algo dolorida, de mujer llena de sueños y de mujer que nunca se cansará de buscar el amor y la felicidad.

Quería reflexionar, si me lo permitís, sobre esa habitación propia. La lectura de Woolf me ha hecho pensar mucho sobre esa búsqueda de independencia económica y una habitación propia e íntima en la que sentarse a escribir. En el caso señalado en la obra, la escritora recibe esas quinientas libras de una herencia, por lo que no tiene que desempeñar ningún trabajo fuera de su casa para ganarse el pan. Para la escritora británica, este requisito era indispensable para escribir una novela mejor.

Que sí, es cierto, es un corazón de escritora (y está lleno de letras, y de tinta, y de personajes).

Lo cierto es que no suena mal. Mi alma artística siempre está abogando por esa libertad, he de reconocer que a veces me siento enjaulada con todas mis obligaciones tan técnicas, tan adultas, tan grises. Si hago un cálculo, tan solo puedo dedicar un 10% de mi vida a la literatura. Un porcentaje que divido entre lectura, escritura y los diferentes espacios que procuro sacar adelante. No es una gran cifra y, muchas veces, está atrofiada del cansancio y la desgana que son los propios enemigos de esta creatividad. Digamos que para ganarme esas quinientas libras debo abandonar mi habitación propia muy a menudo.

A pesar de esto, no puedo evitar sentirme un pelín orgullosa de mí misma. No es altivez ni prepotencia. Pero es necesario quererme un poco y ser capaz de apreciar mis propios logros, aunque no sean victorias (o sí). Careciendo de esa habitación propia y de la libertad que puede regalar una solvencia económica innata, lo cierto es que he conseguido publicar dos novelas de ficción, he trabajado en un proyecto literario remunerado y he sacado adelante, junto con David, el espacio de A Librería y esta página web que estás leyendo ahora mismo. He conseguido escribir un puñado de relatos, la mayor parte de los cuales no han obtenido mérito ni reconocimiento, y eso duele, y frustra y cansa. Pero he seguido. Y también me he leído más de sesenta libros en el último año. Tal vez esa novela podría haber sido mejorY aspiro, desde luego, a escribir esa novela mejor.

Si hago un cálculo, tan solo puedo dedicar un 10% de mi vida a la literatura. Un porcentaje que divido entre lectura, escritura y los diferentes espacios que procuro sacar adelante.

No obstante, diré, que si hubiera contado con una circunstancias diferentes, existirían muchas cosas que indudablemente me habría perdido. Moverte en el mundo laboral es toda una experiencia humana. He conocido gente estupenda y gente detestable, he podido indagar en que existen personas que le otorgan valor a otras personas y he sabido cómo te pueden llegar a doler las rodillas después de estar doce horas de pie sin descanso. He podido vivir cómo al gigante que te paga la nómina no le importan tus problemas personas, los cuales son molestos e insignificantes. He visto que existe muy poca humanidad en el ser humano. Y eso me ha permitido ser más fuerte, crecer y obtener mi propia libertad en este difícil engranaje social.

A veces me he sorprendido a mí misma cuando llegaba a esa habitación propia exhausta y muy tarde. Y, con el estómago vacío, era capaz de escribir insomne durante horas. La pasión literaria era más fuerte que nada. Y lo sigue siendo. A veces creo que puede destruirse el mundo, puede quemarse mi habitación propia que, de un modo o de otro, no dejaré de escribir.

Aunque a veces cuando gritas fuerte ni siquiera se devuelve el eco de tu voz, puede que, tal vez, algún día, escriba un libro mejor.

Es cierto. Ansío tener esa habitación y, sobre todo, gozar de la libertad de poder permanecer en ella todo el tiempo posible. Pero, por desgracia, es una perspectiva lejana hoy por hoy y, además, utópica.

Mientras tanto, seguiré llevándome mi rincón de escritora a cualquier parte en la mochila, en el bolsillo, en la mente y en el alma. Seguiré rescatando cada segundo libre para seguir golpeando con ferocidad las teclas de mis musas y dejando salir las historias que, cada día, quieren brotar de mí. Y, aunque todo podría ser mejor. Aunque a veces cuando gritas fuerte ni siquiera se devuelve el eco de tu voz, puede que, tal vez, algún día, escriba un libro mejor.

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Yo no escribo novela lésbica

Ellas no son escritoras de literatura lésbica. Y yo tampoco.

Vivimos en el momento dorado de la diversidad y la variedad en la literatura. El auge de las plataformas digitales, la demanda de un público variopinto y el coraje de muchos autores y autoras que se han lanzado (¡por fin!) a escribir lo que realmente querían escribir ha fomentado que apenas quede ningún tipo de género literario por diversificarfantasía con personajes LGBT, ciencia ficción al más puro estilo feminista, mujeres escritoras que se atreven con todo y más y son aplaudidas por ello. Sí, los tiempos cambian (en algunos aspectos para mejor) y es algo que tenemos que celebrar pero, además, seguir luchando para seguir progresando.

Es algo de lo que se ha hablado muchísimo, pero cabe repetirlo de nuevo. Cuando yo era más joven nunca leí una novela por azar que incluyera algún personaje con el que me pudiera sentir libremente identificada. En las novelas de Danielle Steel o Nora Roberts el prototipo de romance heterosexual funcionaba muy bien y no era necesario cambiarlo, Ken Follet tampoco abogó nunca por una visibilidad específica y, mal que me pese, en el mundo mágico de J.K. Rowling tampoco pude disfrutar de ninguna bruja lesbiana. Poco a poco, sí que fui encontrando algún que otro referente, pero relegado a un segundo plano, casi invisible y que no moleste demasiado. Me viene a la mente la novela de El hombre equivocado de John Katzenbach, en la que me encontré una de las primeras parejas de mujeres (muy tiernas, y muy todo eso) dentro de la normalidad (pero no, no eran protagonistas, más faltaría).

Ya he citado muchas veces mi referente, pero nunca está de más. Tomates verdes fritos es otro de estos grandes descubrimientos: novela intimista, con una pareja de mujeres muy sutil, feminismo, racismo e historia en general. Una joya que no se repetirá nunca más. Pero luego ya se abrió ante mí el paraíso: el auge de la literatura indie dio a conocer a un grupo muy subrayable de autoras que apostaron por un tipo de novela cuyo premisa principal aseguraba que en ella nos encontraríamos una novela lésbica. ¡Una novela lésbica! Y no una en realidad: hasta dos, y tres, y cien. Y hay de todo: novela romántica, policíaca, ciencia ficción, fantasía, intimismo. Espera… espera… ¿Esto es real? ¡Qué alguien me pellizque!

Pero hay algo amargo en esto. ¿Lo veis?

Sí. Sé que lo veis.

Y a cuento de esto viene el título de este post. Porque aunque sea verdad que Gemma Jordán Vives, Emma Mars, Clara A. García, A.M. Irún, Adriana Marquina, Fani Álvarez, Marta Catalá y un largo etcétera se han dado a conocer bajo este sello de literatura lésbica os voy a contar un secreto: ellas no son escritoras de literatura lésbica. Y yo tampoco.

Cuando yo me sentaba a escribir mis primeras historias (hace ya mucho tiempo) recuerdo los fuertes reparos que sentía en mi vergüenza interna por querer que mi protagonista mujer se enamorara de otra mujer

No es que tenga en nada en contra de los conceptos y las guías para saber qué nos vamos a encontrar. Pero las etiquetas me resultan molestas. Cuando yo me sentaba a escribir mis primeras historias (hace ya mucho tiempo) recuerdo los fuertes reparos que sentía en mi vergüenza interna por querer que mi protagonista mujer se enamorara de otra mujer; pero al final me decía que eso era demasiado atrevido, que dentro de un tiempo lo leerían mis amigos o mis padres y que me pondría en entredicho. No os podéis imaginar la cantidad de veces que lidié esa batalla conmigo misma. Pero, ¿quería escribir yo una novela lésbica? ¡No! Solo deseaba que dentro de mi novela (en este caso era de fantasía) dos mujeres pudieran amarse de manera tan común como dos personajes de distintos sexos.

Luego este tema fue evolucionando. Con los mismos nombres que había utilizado para escribir mi historia fantástica ideé un mundo más real, enfocando una trama de misterio dramático en una aldea gallega. Fui un poquito más intrépida e hice que la mejor amiga de la protagonista se enamorara de ella, aunque esta nunca pudiera corresponderle de ningún modo. ¡Ay! No sabéis lo orgullosa que estaba de mi chica homosexual (aunque para mí era mucho más que ese término) que, ya entonces, se llamaba Olga. ¿Estaba escribiendo una novela lésbica? Creo que no.

Porque yo leo más cantidad de novela heterosexual que de novela lésbica, pero parece que el mundo heterosexual no puede asumir leer novela lésbica.

Y os contaré un secreto: creo que ninguna autora o autor escribe novela LGBT propiamente dicha. Escriben novela romántica, novela fantástica, novela intimista, novela de ciencia ficción en cuya trama se refleja algún personaje homosexual. No sé en qué clase de mundo seguimos viviendo que hace que este tipo de libros deban tener  un distintivo, como si solo pudieran enfocarse a un público general. Qué rabia. Como si fuera un problema, una barrera, un distintivo. Qué chirriante. Porque yo leo más cantidad de novela heterosexual que de novela lésbica, pero parece que el mundo heterosexual no puede asumir leer novela lésbica.

Publiqué mis dos novelas sin etiquetarlas en realidad, no quería hacerlo. Y esta vez no era porque me sintiera avergonzada o tuviera temor, sino porque no le encontraba el sentido y hoy en día no me arrepiento. Aunque he de reconocer que una buena parte de los lectores vienen de la mano de personas LGBT interesadas en encontrarse en los libros (como yo misma hago) no creo que sea un género exclusivo para ellas. ¿Qué sentido tiene, pues, la libertad y la visibilidad si no podemos llegar a todo el público lector? ¿Existe algún derecho que nos vete el acceso? ¿Es acaso la etiqueta de la bandera de arco iris una aduana a pagar?

 

Fotografía portada: Photo by Denise Chan on Unsplash

Escribir para mí

Hace unos días estaba tomándome algo con un buen amigo. Como casi siempre que quedo con alguien que me conoce bien, lo primero que ha hecho ha sido preguntarme por la escritura. El tema de conversación empezó a evolucionar por otros derroteros hasta terminar en una frase muy esclarecedora: «Es bueno leer aquello que tú disfrutas escribiendo. O, tal vez, debería decir lo que sufres escribiendo».

Es un secreto a voces el sufrimiento de cualquier artista, sobre todo el que se implica emocionalmente en esta tarea. Hace ya mucho tiempo que me di cuenta de que el gusto por escribir y la pasión por hacerlo está ligada de forma íntima a lo que nos cuesta y nos desgasta. Como cualquier otro compromiso, obligación o trabajo es, al fin y al cabo, una carga. Una carga que nos reporta maravillosos beneficios pero siempre tendremos la sensación de que estos llegan tarde y rara vez compensan el alma que nos dejamos en ella.

Es mi alma la que lo necesita antes que nada, me lo pide a gritos, es muy insistente y caprichosa.

No, realmente, no podríamos escribir solo para ellos. Para vosotros.

Por favor, no me entendáis mal. Una novela no sería absolutamente sin aquellos que la tomáis entre vuestras manos y la leéis con cariño y honestidad. No tendría sentido ninguna de mis páginas escritas si nadie dedicara su tiempo a leerlas. Lo sabéis, lo he dicho muchas veces, mis historias os pertenecen y tienen su razón de ser en los que las revivís en vuestras casas cuando yo ya me he despedido de ellas. Este es el ciclo y el acuerdo al que hemos llegado y lo valoro como el tesoro más preciado. Pero os puedo asegurar que, egoístamente, cuando me siento a escribir lo hago para mí.

De lo contrario, no podría hacerlo. Es mi alma la que lo necesita antes que nada, me lo pide a gritos, es muy insistente y caprichosa. En la literatura reside (y ha residido siempre) mi motivo de vida desde que soy una niña, aunque no siempre he sabido verlo. La necesito. Si no estuviera ahí no tendría sentido nada para mí. Y no es una frase poética ni un alarde, es una realidad. Las veces que he intentado apartarme durante un tiempo de la literatura el resultado ha sido desastroso.

He discutido mucho este tema con otros compañeros de profesión y me he dado cuenta de que hay tantos tipos de escritores como novelas. No es algo que me extrañe, aunque a veces es complicado que nos lleguemos a entender unos con otros. Envidio a aquellos que son capaces de darle a la tecla y que admiten divertirse y evadirse con facilidad, un ejercicio que les permite relajarse (yo escribí así durante muchos años). También a los que no soportan dentro de sí la presión interna por escribir, los que no se torturan por tener que hacerlo, los que lo hacen sin más porque fluye. Y a los que dicen que nunca han sufrido el bloqueo del escritor… ¡Dichosos sean!

Las veces que he intentado apartarme durante un tiempo de la literatura el resultado ha sido desastroso.

Hay una espinita que ronda por ahí a veces. No sé explicarlo del todo bien, pero es una sensación que soy capaz de notar que me produce un placer y una paz. Es la escena de verme a mí misma escribiendo una parte de la que he disfrutado especialmente y, como una adicta, me siento frente al texto en blanco para volver a sentirla. Eso me lleva a frustrarme en ocasiones, porque cuando quiero escribir siento miedo y me angustio. Y no puedo. A veces tardo demasiado en recuperar dicha sensación (¿cómo podemos llamarla? ¿felicidad?). Casi podría recordar esas partes escritas en mis novelas en las que he sentido esa sensación.

Cuando Ruth conoce a Olga en aquella cena familiar.

Cuando Olga se baña en el río y se ríe a carcajadas.

Cuando Dorotea llega a Fontiña por primera vez.

Cuando Olivia y Laura viajan a Argentina.

Cuando esa flor violeta… ¡Ups!

Hay muchas más.

A veces le digo a mi mujer que sufro mucho escribiendo y que antes eso no me ocurría. Entonces ella me dice que siempre he sentido lo mismo pero, una vez transcurrid el tiempo, me agarro a lo positivo que sentía y me olvido de lo que me ha costado. Y yo le agradezco esa honestidad, porque es increíble la facultad de mi mente de intentar colmar mi pasado de optimismo (gracias, mente) y de hacerme creer que ahora todo es más difícil. No, Miriam, esto siempre ha sido igual de duro.

Pero cómo disfruta, en realidad, esta gallega cuando escribe. De verdad. Y ahora pensaréis que soy una contradicción. Pero escribir me permite entenderme y encontrarme a mí misma. Perdonarme. Me permite dejar de estar sola y comprender las razones de ciertas vivencias y las mentiras de otras tantas. Me ayuda a aprender a despedirme, a mitigar la angustia. Escribir me mantuvo a flote siempre, fue mi motivo para respirar. Mi mundo no se puede terminar porque todavía tengo que escribir esta novela.

Cada vez que escribo entradas así me acuerdo de La mujer loca de Millás.

—¿Tú escribes porque sí o porque no?
—La verdad, no me lo había planteado.
—¿Pero eres escritor o tienes escritura?

Así que espero que no os enfadéis conmigo por mi egoísta dedicación a la escritura, por reconocer que, en primera instancia, lo hago todo por mí. Sé que lo entenderéis. Porque sabéis que los que estáis ahí, al otro lado, sois los que me ayudáis a afrontar los bloqueos, a mitigar el cansancio, los que me dais alas, los que le dais poder a mis letras. Si yo me rindo cien veces, vosotros me animáis un millón más.

Pero cómo disfruta, en realidad, esta gallega cuando escribe.

Las cenizas

En Galicia el aire hoy no es puro y fresco. La lluvia ha tardado meses en aparecer y el frío llega tímido, como si esta fuera una tierra extraña para él. Pero el otoño ha sembrado las calles, las aceras, las carreteras y los senderos de hojas quebradas a modo de alfombra. Al pisarlas crujen, como queriendo recordarnos a cada paso que todo tiene un ciclo. Todo termina en algún momento, incluso lo que parece que siempre permanece.

Este fin de semana Galicia y Asturias han ardido. El fuego apareció cómo un monstruo poderoso, famélico, y comenzó a devorar lo que había a su paso. Era como una guerra entre la Naturaleza y las cenizas. Todo lo que más amamos, lo poco bonito que todavía nos queda, desaparecía de la peor manera posible ante nuestros ojos. Nuestros refugios, nuestros bosques, nuestras leyendas. Nuestra paz. Todo se iba consumiendo, mientras las llamas se reflejaban en nuestras pupilas líquidas.

Y aunque estos días esto ha sido noticia, lo cierto es que es algo que sufrimos de manera habitual aquí. Durante este verano demasiado largo para A Costa da Morte y las Rías Baixas he visto diferentes focos de camino al trabajo. Hace unas semanas un peligroso incendio tiñó de negro un monte que está al lado del Centro Comercial más importante de la ciudad y a pocos metros de una multinacional de combustible. Si lo piensas, la tragedia pudo haber sido apoteósica.

Tal vez os habréis dado cuenta de que la única bandera de un gallego son sus bosques. Que su manera de reivindicar el país del que se siente es cuidarlo. Que es el himno de este pueblo pacífico y sosegado. Su forma de ser libres. Cuando nos lo quitan, cuando nuestra senda habitual es atacada por las llamas, cuando aquel bosque mágico donde nos gusta perdernos los domingos es asesinado, cuando nuestras hermosas ciudades son rodeadas por una muralla de fuego, nos sentimos desolados. Estos días, en mi tierra, se sufrieron en un silencio aterrador.

Pero con estos os digo. Que aunque nos los quemen, nosotros lucharemos por defenderlo. Que nuestras nubes comenzaron a llover porque Galicia ama Galicia y jamás dejaría que sucumbiera. Porque cuando las aguas se volvieron negras, todo un ejército de voluntad asió los guantes de la fortaleza para devolver la vida a este lugar. Lo volveremos a hacer. Lo volveremos a hacer cuantas veces sea necesario. Este país no se rinde, no se cansa, no flaquea. No pierde el tiempo en batallas absurdas, solo entrega el corazón por proteger lo suyo. Lo suyo que es de todos. Porque nuestra tierra es la tierra de todos los que quieran conocerla.

Florecerá. Os lo prometo. Volverán esos bosques a estar vivos. La lluvia aliviará el dolor. La magia que habita en estos lugares nos ayudará a recuperar nuestro verde libre. Y en nuestra memoria siempre estarán aquellos que perecieron en estos días negros y oscuros, como almas heroicas que han velado por lo más hermoso que nuestros ojos han visto jamás.

Nunca máis.