¿Nos ayudamos?

A veces cuándo acaba la sesión nos quedamos charlando unos minutos de cortesía. Los meses de terapia empiezan a cumplir el primer año e, inevitablemente, empieza a haber un estrecho lazo. «M» me dice que ha leído Todas las horas mueren y que está deseando empezar con Marafariña

Yo, que llevo cincuenta y seis minutos llorando, me limpio los rastros de lágrimas y saco a duras penas una sonrisa (aunque cada vez menos a duras penas) y le digo que muchas gracias por leerme, que eso me hace sentirme bien y feliz. Luego me quedo callada, cruzando las manos sobre esa mesa marrón y agacho la cabeza. Le digo que me ha ayudado mucho y que me gustaría poder dedicarme yo a algo así también, al oficio de cuidar y ayudar a la gente.

«M» suelta una risita, ya casi típica en esa habitación. Parece inmune a mi tristeza porque dice confiar en mí. Sacude la cabeza y yo la miro dudosa de lo que quiere decir. Coge el ejemplar y me lo señala con contundencia.

Me dice tenemos esto aquí.

Y yo le digo y eso qué significa.

Significa, dice, que yo hasta ahora no te había leído. Por lo cuál, cuando me hablabas de tu escritura no podía contestarte con conocimiento de causa. Pero te he leído y ahora lo veo muy claramente. Y ya no solo lo importante que es para ti, sino de lo que eres capaz de transmitir con ella. 

Y yo le digo, otra vez, y eso qué significa.

Y «M» me dice que aquí lo tienes todo. Un poder propio, personal, individual, tuyo. Para esto no has necesitado a nadie y, por fortuna, nunca la necesitarás. Estas palabras salen de ti, de alguna parte. Y permítete decirte que ayudan. A mí me han ayudado, me han transmitido y me han enseñado cosas. Aquí, Miriam, está tu tabla salvavidas. Y la de las personas que se acerquen a leerte y a ti. 

Quizás escribo estas palabras en esta entrada, como casi un acto jactancioso para creérmelas. Y para ser consciente de mi propia suerte y de ser consciente de lo que he sido capaz de hacer, blindándome a mí y blindando mi propia autoestima de mujer rota (como la de Beauvoir). Por eso, aún cuando me siento cada noche a escribir, y escucho el tecleo seco pienso que me estoy escuchando a mí misma.

Que tengo tanto que decir, que contar, que aliviar, que sé que no me llegará una vida pero que lo intentaré con todas mis fuerzas.

Me ayudo a mí, pero también quiero ayudaros a vosotras. Y en realidad, aunque «M» no me lo hubiera recordado (porque era algo que ya sabía, sino de qué dedicarme a este oficio), no podría dejar de hacerlo. Respiro en estas páginas, las que escribo y las que leo. Amo la literatura como nunca amaré a nadie y ella me ama a mí con honestidad y contundencia.

Y me promete, cada día, que nunca se irá a ningún sitio.

Y creo que escribo esto porque, como tantas otras veces hablé con mis compañeras (y compañeros) sobre por qué hacemos esto (recuerdo cuando María Fornet me dijo eso de y sino escribimos qué hacemos, como si fuéramos marionetas a su merced, como si nuestra vida no fuera otra cosa), quiero recordarme los motivos. Sí, quizás lo haga por mi. Para mantenerme con vida y alejarme del precipicio.

Pero, también, para ser una herramienta de ayuda. Un escudo de hielo contra la vida real. Un lugar donde podáis encontrar vuestra habitación, unas líneas que os comprendan y sepan cómo os sentís cuándo no hay nadie que sepa escucharos. Lo mágico de la escritura/lectura es que es una actividad individual e íntima que, al mismo tiempo, se comparte con multitud de personas que, como nosotras, se acurrucan en su sofá y dedican las horas a llorar en silencio cosas que no son capaces de comprender.

En definitiva, mujeres mías, pasan las horas (que mueren), las semanas y los meses y yo sigo aquí obcecada en seguir contándoos mis historias y seguir leyendo las vuestras. Pese lo que pese y cueste lo que cueste. Os lo debo y me lo debo a mi misma.

Así que, ¿nos ayudamos?

P.D. Qué gusto poder escribir aquí otra vez. Bienvenida a casa, Miriam.

Photo by Tim Chow on Unsplash

Ellas, nosotras, vosotras: Testigos de Jehová

Hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Tal vez es que yo ya no paseaba demasiado por las calles del pueblo donde me crié, porque muchos motivos habían propiciado mi mudanza hacia tres años. O tal vez cuatro. No supe cómo reaccionar, pero en ese instante me costaba caminar con normalidad como si me hubiera vuelto torpe de repente.

Quería saber si me miraba o no. Y sí, me miraba. Incluso se detuvo en su caminar. Yo, por inercia, me paré también. Pensé en el análisis que estaba realizando de mí misma. La miraba. Conocía ese maquillaje tímido en el rostro pero, sobre todo, reconocía el uniforme del servicio de campo: una falda por debajo de las rodillas (preferiblemente hasta los tobillos) y una blusa recatada y formal. Llevaba la misma chaqueta de lana de siempre y el cabello recogido en una coleta sin gracia. No me salieron las palabras, porque me sentía culpable y avergonzada. Porque era consciente de lo que se decía de mí en la Congregación de los Testigos Cristianos de Jehová.

—Miriam.

Dijo. Y sonrió. Yo di un paso al frente. Yo también le sonreí, con una mezcla de alegría y extrañeza. Al fin y al cabo, Patricia y yo habíamos sido amigas durante algún tiempo. Unas amigas especiales, eso sí. Porque nuestros planes eran salir a predicar la palabra de puerta en puerta los sábados y los domingos por la mañana, o quedar para repasar la Atalaya alguna tarde de lunes. O nos sentábamos juntas en las reuniones y en las asambleas. Y hablábamos, sí. Hablábamos de muchas cosas. Patricia confiaba en mí, y yo confiaba en ella. Sin embargo, jamás le conté cómo me sentía en realidad, jamás le confesé la losa que arrastraba. Patricia, mi amiga Patricia, se enteró de todo como los demás: mis ausencias a las reuniones y el posterior anuncio de la expulsión pública de la organización.

Le tendí la mano pero ella me abrazó y me dio dos besos. Cuando la volví a mirar, elevando la mirada pues era muy alta, tenía lágrimas en los ojos. Sabía que ella no podía hablar conmigo. Que ninguno de ellos podía hablar conmigo. Cuando una testigo de Jehová era expulsada, se convertía en una apestada, una repudiada, en un ser detestablemente invisible. Me había acostumbrado a esa situación, pero no por ello me resultaba menos complicada. Para mí, por el momento, las personas no podían ser invisibles.

—Te veo tan bien, Miriam.

Volvió a decir mi nombre. Siempre me ha emocionado que las personas pronunciaran mi nombre. Me hacían sentirme viva.

—Gracias, Patricia.

—Te queda bien el pelo corto. Y se te ve feliz. Tenía miedo de que no estuvieras bien. Pero yo sabía que sí. Yo sabía que tú antes no estabas bien.

Llevaba en la mano una pareja de revistas. Por qué permite Dios el sufrimiento. Tal vez Patricia se hacía esa misma pregunta, pero seguía mostrando ese rictus eternamente sosegado. Sentí una punzada de dolor en el pecho.

—Sí… gracias. Pero han sido unos años largos. No ha sido fácil poder llegar a sentirme así —confesé, como queriendo otorgarme un mérito vacío.

—Lo creas o no, se te respeta. De verdad. Para mí fue doloroso escuchar que ya no estabas entre nosotros, ya sabes lo que eso implica pero… —Me cogió de la mano. Di un respingo—. Te conozco, fueron muchos años siendo compañeras. Sé que tenías fe auténtica, y también sé que pusiste todo de tu parte por seguir siendo quién tenías que ser.

—Ya —respondí, sin entenderla.

—Sé que eres lesbiana —replicó. Yo me atraganté con mi respiración y tosí—. Lo siento, no te lo he dicho como algo despectivo. Sé que intentaron hacer que fueras diferente. Estar con ese hermano no tuvo que ser fácil para ti.

No fui capaz de responder, pero asentí. Me sorprendía la libertad con la que las palabras de Patricia volaban de su boca. Una hermana bautizada y asidua predicadora aceptaba mi nueva orientación sexual con una tolerancia abrumadora. Quise abrazarla, quise preguntarle por qué había tenido que sufrir tanto. Y quise preguntarle qué pensaba de mi. Pero sus ojos eran limpios, bonitos, sinceros y amigables.

—Pero ahora estoy bien —dije, simplificando un puñado de años en una sola frase.

—Se te ve bien. Se te ve tú. Tú, Miriam, que siempre tenías esos ojos tan tristes.

Patricia tenía que irse. También sabía que miró alrededor para ver si alguien nos estaba mirando. Y que volvería a casa con cierto peso en la conciencia por estar hablando con alguien como yo, alguien con quién no debía hablar.

—A ti también se te ve muy bien, Patricia.

—¡Oh! Bueno. Me voy a casar en un mes con un hermano que conozco desde hace unos meses. Se apellida Ferreiro, como el cantante. Así que a partir de ahora seré Patricia de Ferreiro.

Soltó una risita cargada de pena. Otra mujer más, pensé, como yo. Mujeres cristianas, creyentes, sumisas. Casadas. Que perdían su voz y que perdían, incluso, su apellido. Le dije a Patricia que me alegraba mucho y que esperaba que fuera muy feliz. Ella me contestó que lo sería, estaba segura, con la ayuda de Jehová Dios.

—A ti también te ayuda, lo sé.

Me despedí con un abrazo más frío que el inicial. Mientras la vi alejarse con su maleta cargada de esperanza religiosa, pensé en que realmente estaba equivocada. A mí nunca me había ayudado ningún Dios. De hecho, prefería que el Todopoderoso excusara de mandarme su misericordia.

Sentí pena al perder de vista a Patricia y noté cómo me escocían los ojos. Me vi reflejada en el escaparate de esa cafetería y, al ser consciente de mi propia metamorfosis, sentí miedo. Y también, el sabor de ser una mujer libre.

Photo by Aaron Burden on Unsplash


PODÉIS LEER AQUI MI HILO DE TWITTER SOBRE ESTA EXPERIENCIA PERSONAL

 



Para saber más…

La homofobia no está prohibida

Mis novelas de ficción autobiográfica que hablan sobre mi experiencia:

Marafariña

Inflorescencia

¿Te has quedado con ganas de más? ¡Puedes ver mi último vídeo en Youtube!

Ellas, nosotras, vosotras: Cuéntalo

Esta entrada no estaba programada. De hecho, ahora, mientras la escribo, no estoy segura de si terminaré publicándola. Me sudan un poco las manos y el corazón palpita fuerte. Estoy sintiendo cosas mientras pienso en lo que voy a decir. Contarlo es difícil, pero callarlo es atentar contra nosotras mismas.

Nosotras. Usaré en este espacio (y en los que tengo a mi disposición) el género femenino para enmarcar a ambos. Al fin y al cabo, llevo veintisiete años haciendo lo contrario. Y, aunque muchos se empeñen en ridiculizarlo, no es ninguna estupidez. Así que eso, nosotras.

Escríbelo

Reconozco que no soy demasiado valiente, a pesar de lo que pueda parecer. La única diferencia entre lo que yo puedo contar y lo que otras muchas se han visto obligadas a callar son las herramientas. Y a la literatura es una herramienta poderosa, que puede incluso hacer grande y darle coraje a alguien tan insignificante como yo. Y, como he dicho tantas otras veces, la literatura no es más que la expresión de la verdad (y las mentiras) de la vida. De ahí su importancia, de ahí su trascendencia, de ahí su eternidad.

Y yo escribí una pequeña parte (pequeña, sí) de lo que yo misma sufrí y lo que todavía arrastro y arrastraré toda la vida. Algo que en su momento no fue interpretado como algo importante, algo tomado como lo normal, algo que era lícito en las relaciones entre personas de distinto sexo. Intentaba comprenderlo. No quería sentirme sucia, extraña, manchada. Yo no quería. Como, en Marafariña, Ruth tampoco quiso. Si habéis leído esa parte, os estará viniendo a la cabeza. Fue gracias a ella por la que muchas de vosotras, a lo largo de estos tres años, me habéis escrito repetidas veces para contarme vuestras propias experiencias. Compartimos nuestro silencio, compartimos ese dolor, esa herida que no hemos podido mostrar. Lloramos juntas, las mismas lágrimas, la misma extrañeza. ¿Qué nos han hecho? ¿Y por qué creíamos que tenían el derecho a hacernos esto?

Me dio mucho miedo publicar esa parte y, al hacerlo, lo hice sin ninguna intención de demanda feminista o reivindicativa. Salió de mi, sin más, como un demonio agazapado en el pecho que necesité vomitar. Ahora analizo mis propias letras y me siento orgullosa del análisis, de la profundidad y de la comprensión. Me siento orgullosa, ¿sabéis por qué? Porque me perdoné y porque me dejé comprenderme.

Ruth sintió compasión por él, una compasión que la ayudó a serenarse. Llevaban años juntos, desde muy jóvenes, cuando ni siquiera sabían lo que era amar. Se había reprimido, habían evitado todo tipo de contacto, todo tipo de muestras de cariño que pudieran suponer un peligro o un riesgo para su moralidad. Aquello estaba prohibido, terminantemente prohibido. Era fornicación, estaba castigada por la Biblia, por Dios, por la Organización de los Testigos de Jehová, era sucumbir a los pecados carnales más impuros. Al simple deseo de ese mundo carnal. Jaime, que presumía de una conciencia impoluta, se había contenido de manera admirable, sin insinuaciones, sin apenas quejarse. Sin embargo, era evidente que había sufrido con eso, por la necesidad del sexo, de tocarse, de sentir el calor de Ruth, de amar a su novia sin tapujos.

Ella se resignó totalmente a complacerlo, por mucho que todo aquello le resultase difícil, por mucho que no estuviera disfrutando, por mucho que se sintiera casi humillada al verse obligada a comportarse así. Como él quería.

Compasión por él. Compasión por tener que reprimir unos instintos fuertes que no pueden soporta. Qué duro es para ellos, tener un objeto a su lado del que disponer a placer sin preguntaré si ellas así lo desean, si se sienten cómodas, si están bien. Pero más duro es ver que fuimos capaces de excusar esas conductas, que nos sentíamos mal sin saber por qué, porque la Palabra Escrita divina nos decía que no sigan privando de ello a sus maridos, representando los rancios principios tradicionales que todavía arraigamos en este país. ¿Todavía hay alguien que crea que el feminismo no es necesario?

Ruth sacudió repetidas veces la cabeza. ¿Cómo podía contarle eso a Olga? No la entendería, posiblemente le parecería ridículo. Diría que es lo normal, que los tíos hacen esas cosas y que no hay nada de extraño en eso, que era una tontería que se sintiera de ese modo. Probablemente le diría que ella lo habían hecho millones de veces sin reparo, que ya se acostumbraría, que al principio era difícil pero que después todo le resultaría más simple.

La violencia

Pero la violencia se puede llevar a cabo de diferentes formas. La violencia no es solo levantar el puño y pegar, o atenazar las muñecas e inmovilizar. La violencia puede ser más sutil y más dictatorial, más difícilmente denunciable.

Aunque no he vuelto a sufrir episodios tan crudos como aquel (pero he escuchado los vuestros y, creedme, me duelen, me duelen muy adentro), sigo siendo golpeada por los estigmas del machismo del que jamás fui consciente de que estuviera tan arraigado y tan vivo, incluso entre los sectores más jóvenes de la sociedad. Empecé a apreciar esto cuando quise ser parte activa del movimiento, cuando me identificaba con el color violeta y con el #feminismo en sí en Redes Sociales y en mi vida cotidiana. Pero el estallido más importante ocurrió en el 8M.

Durante esa semana, soporté conversaciones muy desagradables y violentas con personas de mi entorno antes las que, a mi parecer, debía excusarme y explicarme por mis razones y mis motivos. Debía mostrar una actitud impoluta no solo ante esta lucha, sino ante todas las demás luchas del universo que, repentinamente, eran también nuestra responsabilidad. Escuchar como esos principios eran ridiculizados por un hombre, con tono socarrón, y sacándome de mis casillas para luego señalar la histeria femenina hizo que me temblaran las manos y el corazón. Me sentí estúpida y me sentí violenta.

Le di muchas vueltas a esa conversación. Recuerdo llorar de pura impotencia y preguntarme por qué razón tenían que atacarme por reivindicar los derechos de las mujeres, junto con otras muchas. Y, durante esos días, floreció en mi el pensamiento de esos episodios de mi pasado y pude sentirme igual de mal, igual de sucia e igual de insignificante. Con veintisiete años, siendo una mujer independiente y con cierta fuerza, habían conseguido volver a derrumbarme como cuando era una cría. ¿Y para ello? Para ello solo necesitaron palabras.

Somos Manada

Estas cosas van a seguir ocurriendo, queridas mías. Dirán que es una moda, dirán que exageramos, dirán que queremos beneficios. Nos llamarán feminazis. Pero no, lo único nazi es el machismo inherente, el que sufrimos a diario. El machismo que viola a nuestras mujeres en las calles, el machismo que las golpea con puños o con apalabras. El machismo que hace que aparezcan muertas.

Y para terminar estos párrafos, que me han resultado tan difíciles quiero agradecer a mis amigas y a las personas con las que durante tantas horas he hablando de estos temas y me he sentido escuchada. Quiero agradecer, por supuesto, a mis amigos por entenderlo y por estar de parte del feminismo. Por siempre respetarme como mujer y por mostrarse a nuestro lado. Esta lucha también es vuestra.

Somos manada, mujeres. Y haremos que esta guerra contra nosotras termine.

 

Foto de Johannes Plenio en Unsplash

Ellas, vosotras, nosotras: Alemania

Alemania

Que me dijo que no quería ir más al mar, porque hacía unos días había naufragado uno de los barcos en alta mar y habían muerto algunos de sus amigos. Y yo solo pude apretar los labios al ver a mi marido, un hombre de mar, fornido y fuerte, llorar como si fuera un niño pequeño. ¿Qué podía hacer? Si le habían salido arrugas y más canas que nunca. Pero el pelo no se le caía, ¡eh! era frondoso. Siempre lo había sido. Yo reconocía en sus ojos azules el temor, el reflejo de las olas, el miedo a ahogarse lejos de casa. Sé que tenemos cuatro hijos, mujer, y que tienen que comer. Pero yo al mar no vuelvo. Y yo trabajaba dando de comer a esa cuatro bocas, limpiándoles la ropa, limpiando sus cuartos, cuidando de mi madre mayor (mi padre ya había muerto) y de mi tía, también mayor y, para colmo, alcohólica. Pero no la culpo. Después de la guerra muchos hombres y mujeres se olvidaron de ser felices. Las obligaciones me tenían exhausta. Era una mujer joven, joven lo que se puede considerar hoy en día. Pero vieja en espíritu, de verdad. El pelo rubio y muy rizado. Era guapa, ¿puedo decir que era guapa o es una frivolidad? Si eso, si tal, si puedes, luego lo reescribes. Bien. Que no, que no, que no quiero volver al mar.

… Y claro, ya me dirás tú qué podía hacer. Además, pasaron varios días de marejada y en Carnota nadie iba a faenar. Estaba mi marido derrumabado en el sofá, llorando sus muertos, mientras yo no tenía un minuto de descanso. A pesar de la desgracia, a pesar de la marejada, los platos había que llenarlos y limpiarlos después. Y había que ir al río a lavar la ropa. Me dolían las manos porque la piel de los dedos se me levantaba. Y la niña más pequeña solo tenía dos años, y la mayor apenas diez. Pero la mayor era una mujercita y tenía que colaborar. El siguiente, con ocho años, era un varón. Acompañaba a veces a su padre, pero ya tenía su sillón reservado junto a la chimenea. Y la del medio, con siete años, era traviesa, todavía libre. Y digo todavía porque yo sabía lo que nos esperaba a las mujeres.

…Una mañana fui a ver a un amigo mío que trabajaba en unas oficinas que buscaban trabajo en el extranjero. Llevaba ropa marrón. Hacía frío. O era el hambre. En invierno hacía frío y en verano también. Todos los días de esos años hizo frío, todos teníamos las entrañas congeladas. Y ese frío, niña mía, ese frío no se va nunca. En mis entrañas de mujer que ha parido cuatro vidas se conglomeraba el hielo como en cualquier otro útero. Era lo que tocaba. Solo era lo que tocaba. Total, que ahí fui, a la oficina. Y mi amigo, Carlos creo que se llamaba, tenía barba y estaba muy delgado. Me cogió de la mano y yo le sonreí. Me dio el pésame por los muertos en el naufragio, como dije, amigos de mi marido. Asentí. Y le dije que el hombre no me quiero volver al mar, le cogió miedo. Y el tal Carlos comprendió que le estaba pidiendo un billete a Europa. Un trabajo de esos remunerados, encerrados en aquellas fábricas, pero en tierra firme al fin y al cabo. Y Carlos me dijo puedo colarlo en uno de los trenes que van a Alemania, buscan mano de obra para la fábrica de bombones. Pero son cuatro hijos los que tenéis. Entre vivir allí y el envío de dinero, la cosa está justa. Y dudé, claro que dudé.  Porque yo era la que cuidaba a los niños, la casa y a mi madre. Pero al final le dije si había trabajo para allí, si allí podían trabajar las mujeres. Sí, puedes trabajar en las máquinas. Cobrarás menos que él, claro está, pero puedes sumarlo. Pero, ¿vas a dejar a los niños en España solos? Porque, ¿sabes? los niños los iba a dejar yo. Mi marido, su padre, no. Él no. Cuando se trataba de dejarlos solos eran solos mis hijos. Pero no te olvides, no se te ocurra olvidarte, que si nos íbamos a ir a Alemania con una mano delante y otra detrás es porque mi marido no quería volver al mar. Eso apúntalo en letras bien grandes. Y yo, como su esposa, intenté buscar la situación. Una mujer tiene que cuidar a los suyos, para eso hemos nacido. Si él era infeliz, yo tenía que buscar la manera de ayudarlo. Además, que quieres que te diga. Yo no quería que se me muriera en el mar.

…Nos íbamos en dos noches. Mi marido me dijo que no era normal que una mujer dejara a sus hijos y a su familia pero, al mismo tiempo, le daba miedo irse solo. Me apoyó, pero me apoyó solo en el silencio del hogar. Entre los vecinos tuve que aguantar las duras críticas de ser una mala madre y una mala hijaQue necesidad tendrá de irse ella también, con que el hombre trabaje es suficiente. Él era valiente, yo era una mala madre. Mala madre. Terminé creyéndomelo. Pero yo lloraba por mis hijos lo que no está escrito. Y yo rezaba mirando a la cruz y me prometí a mi misma que, cuanto antes, volvería a España para llevármelos. Se quedarán con mi madre y con mi tía, estarán bien. Mala madre. Mi marido era valiente y yo era una mala madre.

…Llegamos de noche a Berlín, dormimos en una pensión y, a la mañana siguiente, sin comer, mi marido y yo nos presentamos en Storck, la célebre fábrica de dulces. Ese mismo día empezamos a trabajar. Él con los hombres y yo con las mujeres. Y qué mujeres, querida, qué mujeres. Que no nos entendíamos, que una era polaca, la otra turca y la otra sabe solo dios de dónde, pero ya nos queríamos y nos besábamos y llorábamos por nuestros hijos. Nos trataban bien, era un trabajo largo enfrente a las máquinas, pero las condiciones eran muy buenas comparado con lo que conocíamos en España. ¿Sabes qué hacíamos allí? ¿Sabes estos caramelos con el papel dorado que son muy dulces? Sí, los Werther’s Original. Y también los Ferrero Rocher y los Mon Cheri en época navideña. Nos dejaban comernos algunos mientras los preparábamos. Yo a veces iba cambiando: estaba en las máquinas de chocolate o de envolver según las horas. Poco a poco fueron queriéndome, hice amigas, más bien hermanas. Me sentí parte de algo, de ellas. Ellas que habían dejado familia e hijos. Ellas que eran yo. Y yo era ellas.

…A los meses, pudimos comprarnos una casa a las afueras, una casa de campo, muy grande. Entonces me enteré de que mi madre estaba muy enferma. No pude viajar a España. Y me dolía por ella y por mis hijos, pero necesitábamos seguir ganando dinero para asegurarnos un futuro. Además, por muy buenas que fueran las condiciones, eso de las vacaciones y los permisos era otro cuento. Allí se trabajaba sí o sí.

Tardé doce meses en poder ir a Galicia. Fui sola, mi marido no pudo acompañarme. Lloré la tumba de mi madre, aguanté las injurias de los vecinos y soporté cómo mis hijos, sobre todo la pequeña, me miraban como una extraña. Durante un tiempo para ellos solo fui la mujer que los había abandonado y vuelto para llevarlos a tierras extrañas donde no entendían cómo hablaban los otros niños. Sufrieron, sí. Porque no fue fácil la escolarización ni la vida. Además, estaba mucho tiempo solos, porque había que trabajar. Y trabajar y trabajar.

… Yo les llevaba caramelos y bombones. El capataz nos regalaba bolsas llenas todos los viernes. Y un extra muy generoso en verano y navidad. Cuando las trabajadoras salíamos cargadas de dulces, algunos niños corrían para que se los dieran. Qué momento, querida, qué momento. Y con qué poco se podía hacer felices a esos críos. Fui feliz trabajando, sí. Muy feliz. Yo en el trabajo descansaba.

…En casa me encargaba de las tareas, pero mis dos hijas mayores crecieron y fueron siendo las responsables de la comida, la compra y la colada. Al tiempo, el niño y la niña mediana entraron a trabajar en la fábrica. La mayor se había casado y se había ido a España. Sí, así de rápido pasan los años. Y en todo este tiempo, el valiente de mi marido cayó en los demonios del alcohol, como mi tía. Y nos pegaba y había gritos. Te lo cuento así, tal cual, pero era algo tan común que ya ni nos sorprendía. Yo le decía a mi hija pequeña que se encerrara en su cuarto con un cubo por si tenía ganas de ir al baño hasta que yo llegar a casa. Qué cruel, ¿verdad? Pero antes no se podían denunciar esas cosas. No.

…Odié a mi marido. Lloraba con mis compañeras en la fábrica, hasta que caí enferma. Del corazón. Lo creas o no, tal vez no lo creas, fue una bendición.  Porque mi estado de salud me permitió volver a España, ya jubilada, con un sustento mínimo para empezar una nueva vida. Compré un piso en Cee con mis dos hijas. Volví sin él. Lo abandoné allí, a él y a su alcoholismo. Mala mujer, decían. Sí. Pero ya no me afectaba. Pero él, el hombre que no quería volver al mar, regresó a las cercanías de ese Océano para morir. Cirrosis. Una muerte lenta, terrible, en soledad. No lo fui a ver al hospital, mis hijas sí (qué benevolentes). Tampoco al entierro. Pero, te parecerá una tontería, aun así lloré su muerte. Supongo que es lo que hacíamos las mujeres, sufrir. Sí. Habíamos nacido para querer y para sufrir…


Apuntes sobre el 8 de marzo: El Día de la Mujer

El Día Internacional de la Mujer se celebró por primera vez el 19 de marzo de 1911 en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza.

Menos de una semana después, murieron 146 mujeres y 71 resultaron heridas en el incendio de la fábrica de Triangle Shritwais de Nueva York. Habían sido quedado encerradas en el edificio sin posibilidad de escapar.

Este día y este pequeño homenaje lo celebraré por ellas.

Nota: Este texto pertenece a un relato real de una mujer muy importante en mi vida. Es mi forma de homenajear su fortaleza, su tesón y su valentía. Este 8 de marzo también es por ella.

Gracias a Deborah por ayudarme a escribir esta historia real.

Photo by Joshua Fuller on Unsplash