Leerla es sagrado

Leer a alguien es una muestra importante de fe y dedicación.

Leer a alguien puede ser algo parecido a hacerle el amor. Pero entended aquí, queridas mías, esto de hacer el amor cómo algo que no tiene nada que ver con el acto sexual. No al menos en este caso.

Y haciendo un poco de análisis morfológico, ese «la» de leerla es referido a alguien en concreto. Tal vez a una amiga. A un amigo. A alguien a quién admiro mucho. O tal vez solo estoy hablando de mi misma, en este duro egocentrismo que a veces arrastro y no puedo desprenderme de él. Perdonadme, perdonadme como yo tengo que hacerlo todos los días.

Solo quiero decir que cuando me siento en mi cafetería favorita (se llama Chicori@, trabajan mujeres maravillosas, se ve el bosque y el río desde la terraza) y abrazo su libro en mi regazo siento que la amo. Pero la amo de verdad. Y mientras acaricio el leve relieve de la tina impresa en las páginas, siento que estoy acariciando también las horas de soledad, las lágrimas de frustración, el esfuerzo titánico de abrir el alma y el silencio. Ese silencio extraño, denso como lo que es real, que acompaña a todas esas máquinas de escribir. Como su maldición.

Desde la cafetería también se ve la iglesia. A veces escucho sus campanadas. Ya sabéis mi opinión al respecto de la religión, pero gracias a esa enorme cruz de hierro me he acordado de la palabra que concluye el título de este post. Hablo de fe, hablo de liturgia, hablo de creer y hablo de lo sagrado. ¿Sabéis que para los Testigos de Jehová el bautismo significa dedicación? Algo he aprendido de todo esto. Muchas cosas, en realidad.

Soy la mujer que lee en esa cafetería y estoy con ella. Con esa otra mujer que ha escrito esta historia. Suya, que ahora tomo para mí, porque leer es un acto tan precioso cómo egoísta. El avance de las páginas me retuerce las tripas, porque llegar al final de algo siempre duele y es dulce a la par.

¿Sigo leyendo?

Cierro el libro y me lo llevo al pecho. Lo huelo. Huele a deseos y a angustia por partes iguales. A ilusión y a crecimiento. A ambición y a victoria.

También es sagrado el olor de los libros.

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La escritora transparente

Si miro mi mano a contraluz (pero no sé de dónde viene la luz) veo letras a través de la piel. Por mi sangre corren palabras disueltas, algunas no significan nada y otras lo significan todo. La claridad atraviesa, entonces, mi cuerpo entero como si fuera un algo sin materia, difuso, sin forma. Como una nube que se puede tocar pero se desparrama y huye. Huye sin huir. Entonces se forma un humo rosado que lo envuelve todo, impide que se pueda ver.

Ser escritora es un poco esto.

No sé por qué escribo esta entrada y pienso en mi compañera Ana Castro. Encima de la mesa tengo su fanzine 2º Izquierda. El librito se ha vuelto semi invisible cuando mi mano traslúcida lo ha tocado. Al recordar a Ana pienso en la literatura que nos une y pienso, también, en el dolor que ella conoce tan bien y que todas conocemos en realidad. Acaricio su pequeña obra y espero que, a pesar de los kilómetros que nos separan, sienta esa caricia. Sé que a ella, como a otras muchas locas que escriben, me he unido porque no soporta a veces esta sensación de soledad y no existir. Soy tan transparente que me tropiezo con el suelo que no soy capaz de mantenerme en pie.

Pero siempre estoy de pie. O flotando. Y me elevo. Con las plumas saliendo de mis uñas y la tinta, que es mi sangre, dejándose caer por los folios en blanco. Es como un hechizo maldito al que soy adicta y del que rehuyo constantemente. ¿Sabéis? De algún modo crezco y me pertenezco, pero cuanto más me acerco a mí más lejos me encuentro. Soy literatura, pero también soy una mujer que duda y tiene miedo. Miedo de lo que hace, miedo de por qué lo hace y miedo de a dónde la llevará este camino.

Cuando me siento a escribir aquí quiero decir tantas cosas que al final siento que no digo todo lo que quería decir. Me doy cuenta de que soy incluso transparente para mi propia voluntad, que mis palabras son anárquicas y vuelan a dónde se les antoja. Pobriñas, ellas no quiere tener dueña, no quieren pertenecerme. Pero yo sé de dónde surje este concepto y a dónde pretende ir, lo que es más difícil hacerme comprender a mí misma. Cuando intento encontrarme, vuelvo a perderme.

Creo que la vida no es más que un intento de encontrarnos a nosotras mismas, a nuestra propia voz. Esto lo leí en Feminismo terapéutico de María Fornet. A veces siento que mi voz es tangible, fuerte y sonora. Otras es frágil, no puedo ni escucharla, mucho menos transmitirla. Vuelvo a ser inexistente frente al mundo, y cómo me cuesta. La imposición a no existir pesa en mi corazón, que pasa de ser violeta a ser negro en un pequeño segundo profundo.

Últimamente me preguntáis si estoy bien. Yo también me lo pregunto a menudo, no os creáis. ¿No os parece una pregunta muy difícil de contestar? Creo que lo que necesito es dejar de ser una escritora tan transparente. De algún modo, necesito regresar aquí, pisar el suelo otra vez, agarrar la pluma y arrancar eso que no quiero arrancar porque tengo miedo de irme otra vez.

De agotarme.

Y miedo, también, a llegar a dónde quiero llegar y ser feliz. 

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Escritura íntima y la identidad personal

Muchas veces me hacen esta pregunta, que si no me da miedo. Miedo a qué, pregunto. Miedo a exponerte así en lo que escribes, a contar tanto de ti. Sonrío y tengo dos respuestas. La primera es que yo al escribir soy valiente, la segunda es que yo no me expongo. Es la novela la que lo hace.

Estos sentimientos suelen ocurrir sobre todo cuando trabajamos durante años en nuestra opera prima que, de un modo u otro, es la novela a la que más ligados nos sentimos. De hecho, como he dicho en más de una ocasión, Marafariña la publiqué en un primer momento bajo el seudónimo de M.B.Vigo. Más tarde, por diferentes motivos, preferí usar mi nombre completo.

La identidad de la escritora

Creo que cuando escribimos, sea una historia personal o no, tenemos que aprender a desligarnos íntimamente de nuestras letras. Está claro que, de un modo u otro, muchas cosas nuestras estarán reflejadas ahí de manera inevitable. Pero no se trata de un diario personal, ni tampoco de nuestras memorias. Si escribimos ficción, debemos de considerar que de ficción se trata, y así lo entenderán nuestros lectores. Por eso los protagonistas no llevan nuestro nombre (o no siempre) y nos gusta describirlos de maneras diferentes. Esas mentiras son las que, tarde o temprano, nos terminan protegiendo.

Esta identidad del escritor debe ser reservada y tener el mismo derecho a la intimidad personal tanto si firma con un pseudónimo como con su nombre completo. Quiero decir, aunque en mis novelas figure en la portada Miriam Beizana Vigo, esa Miriam que se conoce a través de sus libros no deja de ser la Miriam escritora, sin más. Porque sí, es verdad que ser escritora es, tal vez, lo más importante de mí, pero hay mucho más que me pertenece y es una identidad desligada de mi otra identidad, la que no tiene miedo a escribir libros.

Digamos que estamos divididos en millones de cuadraditos. Muchos de ellos los compartimos en función de qué roles empleemos en cada situación: en el trabajo, con la familia, con la pareja, con los amigos o al escribir. Y después está la parte en la sombra, como la cara oculta de la luna. Esa parte, si hablamos sobre ella o escribimos sobre ella, lo hacemos desde el subconsciente. A veces nosotros ni siquiera sabríamos reconocernos en nuestros escritos, mucho menos los lectores. La verdadera ficción está, pues, saturada de una verdad escondida.

Sobre escribir de lo íntimo

¿A qué llamo escribir de lo íntimo? En un primer momento hablo de sentimientos, de heridas, de vergüenzas y ese tipo de cosas que tanto le cuesta expresar al ser humano. Una gran parte de este tipo de ideas surgen de la niñez y la adolescencia (donde lo horrible se vuelve aún más horrible; y lo bonito es lo más hermoso que se haya visto nunca). Desde una perspectiva más adulta, o eso quiero pensar, podemos analizarlo de tal forma que puede resultar muy útil en el ámbito de la escritura. Tanto si hablamos de un primer día de instituto, de los problemas para hacer amigos o de las horas de soledad en nuestro cuarto.

Yo nunca sentí demasiado pudor a la hora de escribir, porque cuando escribo no pienso en que esas palabras se vayan a publicar y serán leídas por otros. Esto es porque tardará mucho tiempo en que algo así suceda. Digamos que lo hago sin pretensión. Digamos que durante el proceso creativo Miriam está a solas con Miriam. Y Miriam no puede sentir vergüenza de sí misma. Y, si lo hace, se esfuerza por ser valiente no hacerlo. De ahí emana todo. De todas maneras, y siendo totalmente honesta con vosotros, he de decir que hicieron falta algunos años y mucha práctica para escribir de lo íntimo sin autocensurarme.

Sí. Es lo que estáis pensando. Lo íntimo incluye el ámbito sexual de nuestra novela, inexcusable en muchas historias. Para mí, una de las partes más difíciles de tratar. Sobre todo si pensamos en que nuestros amigos o nuestros padres leerán esas páginas algún día. Cuesta escribir sobre sexo, los dedos se congelas y el rubor sube por la faringe hasta las mejillas. Pero es un momento delicioso también, donde podemos ser inteligentes, dejar fluir la poesía. También podemos otorgarle fealdad, quitarme importancia, convertirlo en algo físico. A veces soez. En fin, las posibilidades son infinitas. Y por algo nos gusta llamarnos escritores.

La vulnerabilidad de nuestra intimidad

Pero, como he dicho, seguimos estando desligados de nuestra historia y jamás debemos de permitir que nada ni nadie traspase esa línea que nos protege y nos permite ser artistas libres. Por suerte y por desgracia, las Redes Sociales nos hace ser personas accesibles para nuestros lectores. Para mí es algo mucho más positivo que negativo, pero también me ha llevado a sufrir ciertas experiencias desagradables. Dado que, como sabéis, he escrito dos novelas hasta la fecha plagadas de verdad y de mí misma, los comentarios negativos han aparecido, en algunas ocasiones, colados entre los mensajes bonitos.

Ha habido lectores que han arremetido contra mi creencia religiosa, también me han juzgado por mi condición sexual o por el simple hecho de ser mujer. Cuando suceden estas cosas, irremediablemente tiendes a sentir esa vulnerabilidad. Por unos breves instantes te preguntas si ha merecido la pena encajar esa verdad personal entre todas las mentiras de los libros. Pero sí, claro que sí. Claro que lo merece. Esa Miriam escritora tiene que saber responder con elegancia esos ataques, saber ignorarlos, saber dejarlos en su lugar. Cualquier artista que expone su trabajo tiene que ser consciente de que este tipo de comentarios y acciones llegarán en un momento dado; pero también se irán. Tenemos que estar por encima del pavor a las mismas para escribir libres, para escribir mejor.

 

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Abandona la novela

Hay que dejar que esa pasión aminore, porque te está desgastando y tus personajes te necesitan en plenas facultades mentales.

Abandónala. Rómpela. Déjala sola. No te necesita. Quémala. Cómetela. Devórala. Destrúyela. Lánzala lejos, donde no puedas recuperarla. Ahógala en el mar. No vuelvas a por ella. Huye, corre despavorido de sus garras de tinta. No te tortures más por esa novela, esa maldita novela que te está quitando algo más que el tiempo: te está despojando de la energía, del vitalismo del escritor, de la inspiración, de las ilusiones. Te está quebrando las perspectivas. Tú y yo lo sabemos, que ya no puedes más. Vamos, ya. No te lo pienses. Abandónala.

Yo a veces me preguntó por qué razón seguimos adelante con esta atroz tortura. Si escribís, creo que entenderéis a la perfección a lo que se refiere el primer párrafo. Existe mucha felicidad en el acto creativo: además de diversión está la capacidad de evadirte de la realidad. Pero a mí lo que más me gusta de la literatura es la catarsis. Desde que comencé a escribir, lo hice para arrancar de mi interior todo aquello que me hacía daño, convirtiéndose en la propia cura de mis heridas. Así que cuando escribir es tu particular manera de salir adelante, de llorar en cierto modo, tu mayor pasión se puede convertir en un auténtico desafío.

Supongo que ya sabéis a lo que me estoy refiriendo. Porque es imposible que nuestras letras no lleven algo de nosotros mismos. A veces una historia nace en un momento de nuestras vidas en el que la necesitamos; pero a lo largo de los años nuestras perspectiva cambia. Y digo años porque, por lo general, escribir una novela suele transcurrir en un periodo de tiempo largo. Sí, hablamos de años, de muchos meses, de infinidad de días y horas durante los cuáles esa novela, esa misma en la que estás pensando, nos absorbe cada uno de los pensamientos. Estamos a su merced.

Todos sabemos que no serás capaz de abandonarla para siempre.

En mayor o menos medida, para un escritor el libro en el que trabaja es importante. De la charlas compartidas con diferentes amigos y compañeros de las letras, las conclusiones que fui sacando son similares. La obsesión por querer hacerlo bien, por plasmar lo que tenemos en la mente en el papel, por mantener el respeto hacia el lector y hacia los personajes, el estar a la altura, el soportar nuestros estados anímicos…  en fin, ¡Qué os voy a contar!

Y dado que en mi caso personal la novela se encuadra en un mundo realista, dentro de unos sentimientos realistas y conocidos por mí, el agujero entre la ficción y la verdad es hueco. Se produce una unión mágica e insoportable. Una unión que llevo arrastrando desde hace una eternidad. Tengo una extraña impresión de no haber descansado nada en la última década (empecé Marafariña con diecisiete años) y por eso he decidido abandonarla. Y tú, si te sientes así, también deberías hacerlo.

Pero, ¡eh! que no cunda el pánico. Todos sabemos que no serás capaz de abandonarla para siempre.

Aunque esa separación, ese tiempo de libertad, te permitirá respirar y renovarte. Ayudará a mitigar el dolor que te produce volver a ella y, también, que tus sentidos no se emborrachen con la pasión que te hace sentir. Necesita enfriarse. Hay que dejar que esa pasión aminore, porque te está desgastando y tus personajes te necesitan en plenas facultades mentales.

Llevo varios meses sin tocar ese borrador abandonado en el ordenador. E intentando inundarme de energías y de frescura. Poco a poco lo he ido consiguiendo y echaba de menos esta sensación. En parte es gracias a todo el apoyo y entusiasmo que mostráis, día a día, por mi trabajo. En parte es gracias al silencio que he conseguido. Sí, la he abandonado y ha sido una decisión acertada, coherente y egoísta. Pero este abandono voluntario me está permitiendo volver a ella, poco a poco. Si no hubiera sido una huida a tiempo, tal vez no habría podido recuperar las fuerzas.

Por eso, escritor, no temas en abandonarla durante unas semanas. Unos meses. Un año. Créeme que cuando regreses, ella estará ahí, viva y fuerte como el primer día. Y tú la enfrentarás con más fuerza, con más pasión, con más musas.

Las amadas y odiadas críticas negativas

—Mamá, dijiste que recibir críticas me sería de ayuda, pero ¿cómo es posible, cuando los comentarios son tan contradictorios que no sé si he escrito un libro prometedor o desobedecido los diez mandamientos?

La cita que precede a esta entrada está sacada de la célebre novela Mujercitas de Louisa May Alcott (que reseñé hace algunas semanas en A Librería). En ella, Josephine, la segunda de las cuatro hermanas, reacciona a la cantidad de opiniones variopintas que ha despertado la publicación de su primer libro. A lo largo de los capítulos, podemos ver como la joven escritora se ensalza y se derrumba con facilidad dependiendo de los diferentes artículos que los críticos del momento publiquen en referencia a su trabajo.

Además, y ya que estamos de citas, en la maravillosa novela de Elena Ferrante Las deudas del cuerpo, nuestra Lenù sufre en sus propias carnes el peso de la opinión profesional y personal que adora y desangra su ópera prima:

Me eché a llorar. Era lo más duro que había leído desde la publicación del libro, y no en un periódico de escasa tirada, sino en el diario de mayor difusión de Italia. Lo que me pareció más intolerable era la imagen de mi cara sonriente en medio de un texto tan ofensivo. Regresé a casa andando, no sin antes haberme desprendido del Corriere. Temía que mi madre leyera la reseña y la utilizara en mi contra. Imaginé que querría incluirla también en su álbum para echármela en cara cada vez que le diera disgustos.

Esto me lleva a recordar un Tweet de Lucas Albor, autor de Golondrinas Muertas Bajo la Almohada. Era en el contexto de las críticas que los miembros del Jurado de los Premios Guillermo de Baskerville de Libros Prohibidos. Según el escritor, que despertó críticas positivas como la de dicho portal, o algo menos simpáticas como la de Rafael de la Rosa, hacía tiempo que había dejado de preocuparse en exceso por las opiniones y reseñas que suscitaba su novela.

Como no podía ser de otro modo, yo también experimenté esta montaña rusa en mi resentido ego de escritora novel. Porque, no lo podemos negar, lo que los demás digan de nuestro trabajo nos importa y mucho. De mi primera novela he cultivado opiniones tan diferentes cómo éstas:

Ruth y Olga. Estos dos personajes no funcionan, ni juntos ni por separado. Ruth es la que mayor atención recibe desde el inicio, y sin embargo, con 200 páginas a mis espaldas, sigo teniendo la sensación de no conocerla bien. No queda clara su verdadera opinión sobre lo que ocurre en su vida, haciendo complicado empatizar con ella (lo que va en contra de las intenciones de la autora). Olga es, sencillamente, indescifrable. Vale que lo esté pasando mal, pero entre tanto cambio de humor es muy difícil saber quién es ella en realidad. La explicación de que Marafariña la ha cambiado tampoco suena nada creíble, pues la aldea es bonita y mágica, sí, pero tanto como podría ser otra cualquiera de Galicia (no llega al lector qué la hace tan especial).

y

“Marafariña” es algo importante: una novela diferente a lo que estamos acostumbradas. Cuenta algo distinto, con peso, con profundidad y con un argumento que se sale de los esquemas.

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Creo que esto es culpa del primer error que señalé del libro: deja muy poco a la imaginación y te lo pinta exactamente quiere la autora. Que no me gusta. Quiero yo crear a mi propia Olga. Haré una pataleta mental al respecto.

o bien…

La literatura de esta joven autora gallega me ha conquistado realmente, sobre todo por las descripciones de un lugar tan vivo, natural y vital, en el que se introduce la oposición entre la libertad y la falta de ella. Unas vivencias que se refrendan en las propias de la autora, quien se refugió desde bien pequeña en la literatura como un método en el que verter todas sus frustraciones.

¿Podéis ver los dientes de sierra de mi estado anímico en esos instantes? Si. Es brutal, lo sé. Dan ganas de abandonar las letras o, por el contrario, de sentir que serás capaz de ganar del Premio Nadal algún día. Crees que lo que haces no tiene valor alguno o que eres una pluma de oro destinada a hacer grandes cosas.

Según estas críticas podemos sacar algunas deducciones. Por un lado, que la novela deja mucho que desear y, por otro, que merece la pena leerla. Por la parte que me toca, apoyaré siempre la segunda opción y os invito a todos a leer y disfrutar de Marafariña. Pero, al margen de esto, ¿cómo es posible que un mismo libro cree opiniones tan dispares?

La respuesta es simple: porque TODAS las obras tienen algo que podemos alabar y algo que podemos pisotear.

Lo primero que podemos sentir y pensar cuándo recibimos una crítica negativa es un odio visceral a aquel que ha osado a menospreciar, criticar, pisotear y echar por tierra nuestro trabajo. Al fin y al cabo, llevamos años dedicándonos a escribir y a dejar trocitos de nuestra alma en esas páginas que con tanta ilusión hemos publicado… ¿Cómo puede sentarnos bien el hecho de que alguien diga lo contrario?

Esta reflexión es errónea, escritores y amigos. Ese crítico que ha hablado mal de nuestro trabajo no se está dedicando a menospreciarnos y a infravalorarnos. No nos está diciendo que seamos escoria, que lo abandonemos para siempre. Nos está diciendo todo lo contrario y, por eso, debemos de quererlos. Sí en efecto. Porque si no le importara ni lo más mínimo lo que hemos hecho no le dedicaría un espacio en su blog o web, tampoco perdería el tiempo en dedicarnos unos párrafos y, mucho menos, en leernos.

Creedme. Es tan difícil encajar las opiniones menos amables cómo ser el culpable de escribirlas.

Y puedo hablar de este tema como escritora y como crítica. Porque, como muchos sabéis, llevo un tiempo dedicándome a dar mi opinión sobre mis lecturas. Y aunque resulte muy complicado ser honesta porque yo también estoy al otro lado (en el que espera que alguien le de una palabra de aliento, en el que necesita escuchar algo positivo de lo que ha hecho) creo que es necesario, casi una obligación, no mentir jamás. Porque al hacerlo, no solo estamos siendo fieles a nosotros mismos, sino que brindamos nuestro apoyo más sincero y desinteresando al autor o editorial que nos pide que los leamos.

Cuando recibo una crítica negativa de un conocido o de un desconocido puedo sentirme halagada. Primeramente, porque esa persona o espacio que se ha atrevido a publicar su opinión sincera sobre mi trabajo sabe que tengo la capacidad suficiente para encajarla y que no me derrumbaré ante ella. Segundo, porque está hablando de mi obra y eso es algo que siempre necesitamos. Tercero, porque, para bien o para mal, tanto ese lector como todo su público ya me conocen.

Y cuarto, porque sabe que intentaré, con todas mis fuerzas, limar esas flaquezas señaladas y ensalzar las virtudes. Porque tiene esa fe en que todavía queda mucho dentro que puede salir.

Por eso, todo aquel que escriba, debe abrazar con fuerza las críticas positivas. Pero también debe agarrarse más fuerte aún a las negativas porque en ellas está en aprendizaje necesario para seguir creciendo a pasos agigantados.

Los sueños de nuestros personajes

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El mundo onírico puede ser una gran herramienta literaria para nuestra historia. Si bien es cierto que recurrir a los sueños y a su significado mágico o metafórico puede ser más común en el género fantástico o el terror, os aseguro que puede resultar una faceta creativa muy útil para una novela (o relato) de corte intimista o dramático. Eso sí, si lo usamos con cautela.

Todo depende del cariz que le estemos dando a nuestra narrativa. Si nos enfocamos a un realismo mágico podemos expandir mucho más nuestra imaginación que si queremos mantener ese tono más soberbio. Ante todo, y aunque supongan una rotura puntual con el resto de la novela, tiene que ser coherente y tener un significado concreto más allá de ser una burda pausa o un despiste tramposo al lector. Sí, en efecto, los sueños de nuestros personajes pueden ser un arma de doble filo.

Pero, ¿cómo hacerlo para que resulten útiles, hermosos y, además, nos permitan lucirnos?

¿Dónde situar los sueños?

Permitidme, antes de continuar, hablaros un poco de mi primera novela. En Marafariña aparecen dos sueños que resultan dos partes claves en la obra. Su aparición no es casual, sino que ha sido muy reflexionada y estudiada. Además, puedo decir con cierto orgullo que uno de ellos se ha convertido en uno de los capítulos de la novela favoritos entre los lectores.

Este sueño rompe con el tono de la novela, presentando un mundo diferente al conocido. De hecho, pertenece a un relato corto que publiqué en la plataforma FJE hace algunos años. Se titulaba El tiempo señalado. En realidad se trata de un ensayo que reflexiona sobre el significado de la esperanza religiosa de la vida eterna. En la obra, este sueño se produce justo después de que Ruth sufra un ataque cardíaco. De esta manera…

1º) Permite mantener la intriga sobre qué le ha pasado al personaje y qué sucederá a continuación.

2º) Sirve cómo descanso tras una parte de la trama de especial trascendencia y estrés.

Así, debemos situar este tipo de partes oníricas con criterio. Hacerlo un una parte inapropiada o injustificada genera incomodidad al lector o puede conseguir precisamente el efecto contrario: que pierda el interés y el hilo argumental.

¿Qué utilidad podemos darle?

Cómo decía, el primer sueño de Marafariña busca dar un significado concreto. Implica un punto de inflexión en la psicología y en la vida de Ruth. Estas visiones inconscientes que sufren nuestros personajes mientras duermen son auténtico oro en nuestras manos (o teclas, o plumas). Si somos perspicaces, podemos trasmitir muchísimo en pocos párrafos:

1º) Es una manera diferente y entretenida dar a conocer nuestra ideología sobre un determinado tema.

2º) Es un buen método para que el lector conozca más los miedos/inquietudes/anhelos de nuestro protagonista.

3º) También nos puede servir para desvelar algo trascendental (pero, ¡ojo! cuidado con las premoniciones gratuitas. Pueden restarnos mucha credibilidad).

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¿Y la forma?

Uno de los aspectos más complejos de este tipo de partes es la forma. Está claro que no podemos recurrir a la misma narración que para contar un diálogo cotidiano mientras nuestras marionetas desayunan, una descripciones exhaustiva sobre ese río tan hermoso o un monólogo interior sobre cómo vestirse para la fiesta de ese viernes. Pero tampoco podemos perder la personalidad que nos caracteriza.

Vuelvo a mi caso. Durante las páginas que abarcan en sueño de Ruth mantengo las características primordiales de mi prosa. A saber, un estilo puramente descriptivo y diálogos breves. Sin embargo, para otorgarle ese toque surrealista (que no irreal) me valgo de introducir elementos desconcertantes e improbables que desconciertan y aturden a Ruth sin remedio. He aquí un ejemplo:

Se mantuvo durante varios minutos recreándose en la grandiosa naturaleza, que nunca había sentido tan plenamente cerca. Vio alrededor animales salvajes completamente domesticados: un león acostado junto a un niño, mientras un pequeño rebaño de ovejas pastaba junto a unos lobos que parecían velar por su seguridad, aunque no fuese necesario. Contempló, más a lo lejos, una jirafa alimentándose plácidamente, mientras una familia la observaba sonriente. Más al Este, alcanzó a ver un grupo de pingüinos nadando en un riachuelo cercano, junto a unas focas y una pandilla de nadadores que parecía divertirse en su compañía.

Y un poquito más de “oscuridad”:

El ángel depositó al hombre en lo alto de un pedrusco que se encontraba en el centro de ese mar de lava. Únicamente cubierto por unos harapos, dejaba entrever cómo su cuerpo estaba azotado, quemado, degollado y torturado. Estaba encadenado por las muñecas y los tobillos, sin posibilidad alguna de escapar. Fue abandonado en el centro de esa piedra, al son de los aplausos de los espectadores, a los que Ruth se unió sin desearlo.

Es importante resaltar de que el hecho de que se trata de una pesadilla no debe restar, en ningún caso, atención, calidad y cuidado por nuestra parte. Dentro de esa realidad alternativa de la que nos estamos valiendo, tenemos que poner todo nuestro empeño en respetar lo máximo posible la filosofía que mueve el resto de la obra. 

Frecuencia y cantidad

Sabemos qué tipo de sueño introduciremos, en qué lugar lo haremos y cómo vamos a plasmarlo. Pero, ¿cuántas veces es adecuado emplear este recurso?

Por desgracia (o por suerte) no existe ninguna guía del buen escritor ni de cómo debe ser la mejor novela. La literatura, aunque sí que tiene normas gramaticales y de coherencia, goza de una libertad de uso y creación apabullante sin limitaciones físicas de ningún tipo. En términos absolutos, podríamos introducir los sueños más raros y numerosos que nuestras generosas musas tengan a bien regalarnos. Pero eso sería una torpeza y un craso error.

Marafariña tiene unas 600 páginas. A lo largo de la trama el lector encontrará dos sueños largos e importantes. El de Ruth, terminando la primera parte. Y el de Olga, que está situado hacia el final. También se encontrará alguna que otra pesadilla breve (y un pelín tramposa) que servirá de introducción de ciertas partes concretas. Creo que sin estas visiones el libro perdería parte de su hermosura; pero de tener más perderían su trascendencia y su originalidad.

Debemos ser cautos a la hora de elegir cuántos sueños vamos a introducir y la extensión que vamos a darle. Es posible que nuestro personaje principal sufra de unas pesadillas recurrentes por un tema que le genera especial ansiedad, lo que justificaría en cierta parte su aparición frecuente. Pero, de no ser el caso, no recomendaría echar mano de ellos demasiado a menudo, pues provocarían el efecto contrario al que buscamos.

Es necesario hacerlo en su justísima medida. Mucho mejor quedarnos cortos que sobrepasarnos.

Me gustaría que me comentarais vuestros recursos literarios en materia de los sueños, si estáis de acuerdo con estos consejos y si añadiríais alguno más. Y a los lectores, os invito a dar también vuestra opinión al respecto…

Al fin y al cabo, la literatura es sueño. Y los sueños, sueños son.

Tu personaje y tú

Según la Wikipedia, un personaje es:

Un personaje es cada una de las personas o seres (humanos, animales o de cualquier otra naturaleza) reales o imaginarios que aparece en una obra artística.

En el lateral, la imagen que aparece para encabezar el artículo es la de John Tenniel para la novela de Alicia en el país de las maravillas.

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La creación de cada uno de los personajes que forman parte de la obra literaria es, con total seguridad, una de las labores más complejas y divertidas a las que cualquiera que desee escribir una historia, sea del tipo que sea, debe enfrentarse. Y debe disfrutar.

En mi caso particular, los personajes suelen presentarse en mi mente cogiendo la mano de mi musa mucho antes de que lo haga el resto de la historia. Es casi (solo casi) como empezar la casa por el tejado. No sé si esto es lo habitual o no, pero creo que no me equivoco al decir que la relación que se crea entre el autor y su personaje, o personajes, es intensa, real y muy duradera. Es casi (solo casi) como una historia de amor. Es también un peregrinaje, un aprendizaje, porque mientras él crece y va tomando forma, tú vas creciendo y vas conociendo facetas de ti misma que desconocías hasta el momento.

Porque si un lector audaz es capaz de leer a través de la piel de tinta de dicho personaje, encontrará partes de tu alma que jamás confesarías. Encontrará fragmentos de tu pasado, miedos ocultos y anhelos sepultados. Encontrará todo aquello que extrañas y todo aquello que todavía te queda por ver. También tú puedes llegar a encontrar sentimientos que nunca, hasta ese momento, habías experimentado. Puede ser, incluso, como una preparación: nuestro personaje, nuestro mártir, puede sufrir y experimentar situaciones que nosotros todavía no hemos vivido pero que, con total seguridad, llegarán algún día.

Dejando a un lado las fichas técnicas, los datos que podemos rellenar de cada uno, la definición de su forma de vestir, el olor de su aliento, el color de su pelo, su mal hábito de fumar, su música favorita, relaciones de parentescos, el primer amor o su mascota… En fin, dando por sentado que todo esto lo conocemos a la perfección, llega el momento del diálogo. Un diálogo que proseguirá incluso cuando la obra esté finalizada, incluso mucho después. Porque no es tan fácil decir adiós a ese trocito que has dejado ahí para hacer latir otro corazón.

Hay que matizar que este personaje (o personajes) es decir, nuestra Alicia particular, no tiene que coincidir necesariamente con el protagonista. Resulta curioso, por cierto, que en muchas ocasiones cuando a un autor se le pregunta por el personaje favorito de su obra o relato cite a uno secundario que, tal vez, incluso al propio lector le había pasado más desapercibido.

El limbo que une a la pluma y a su creación es difícil y diferente en cada situación. No todos los autores se sienten, de hecho, unidos a sus vasallos, convertidos en meros peones que no le despiertan sentimientos. Tal cosa, creo, resulta fría y poco enriquecedora. Esa falta de vínculo hará que la literatura no sea del todo real, que le falte la chispa de lo que el miedo, la furia y el amor pueden transmitir en gran medida.

¿No se trata de imitar la vida, pero de hacerlo con franqueza, hermosura y metáforas?

O de inventarla, claro está.

Acerca de escribir, cambiar, crecer…

Ante de comenzar, cito textualmente de unas palabras que la escritora María Oruña ha publicado en sus Redes esta semana:

¿Qué construye a un buen escritor?
¿El talento? ¿La técnica? ¿La ineludible suma de ambas?
Yo creo en el talento como herramienta fundamental. Y en la técnica como pulidor imprescindible para, a la larga, no quedarse en el camino.
Pero también creo que el buen escritor es, fundamentalmente, quien tiene algo que contar. Y no considero que tenga que haber ido a uno, ninguno, ni a docenas de talleres de escritura creativa. Puede serle útil, desde luego, pero el mejor maestro, en mi opinión, es leer. Y leer de todo, de la forma más heterogénea posible.

Y, como ella misma cita del novelista y poeta Jonh Gardner:

…Pero sólo sobrevivirá el escritor realmente grande, el que entienda plenamente cuál es su oficio, el que esté dispuesto a dedicarle el tiempo necesario y a asumir los riesgos también necesarios, dando por hecho, claro está, que el escritor sea profundamente honesto y, al menos, en su escritura, cuerdo.
En un escritor, la cordura no pasa de ser esto: por idiota que pueda ser en su vida privada, jamás hará trampas cuando escriba.

¿Pueden tratarse de reflexiones más acertadas y más sinceras que estas?

Me parecen brillantes, en su conjunto. Definen la literatura y el escribir con honestidad, con verdad, lejos de los tópicos, lejos de los tediosos discursos de marketing que no tienen alma ni intención artística. Hay esperanza, todavía, cuando figuras de la literatura contemporánea como esta autora gallega nos regalan reflexiones tan verdaderas y valientes como tal.

Llevo más de un año en el mercado literario nacional e internacional, publicando esencialmente en formato digital, aunque he tenido el gusto de realizar varias ediciones de mis novelas en papel. El caso es que, bajo un nombre desconocido y una etiqueta de género intimista que a muchos les resulta soporífera resulta complicado mantenerse fiel a una misma e intentar llegar a lo más alto de los rankings de ventas.

Entonces llegó un punto que asumí mi verdad. Y a partir de entonces estoy más tranquila, y saboreo el llamado éxito a diario, sin necesidad de ser la que más vende, sin necesidad de que mis regalías me permitan dejar mi otro trabajo, sin necesidad de ser aplaudida por una gran masa de lectores. Y esta verdad es la que nace de cada latido, el motivo primero por el cuál la Miriam niña comenzó a escribir en una libreta porque le gustaba imaginar, sin pretensiones, sin ser ambiciosa, sin querer ni tan siquiera ser recordada. Esa Miriam inocente que escribía, solo escribía, para ella.

Y yo he decidido proteger mis novelas y protegerme a mí.

¿Hay sacrificio? Sí.

Porque nada te garantiza que seas buena en tus letras. Hay personas que te dirán que sí, otras que te fusilarán. Y la mayor parte que ni siquiera te dedicarán un minuto de su tiempo.

Con esto quiero decir que he crecido mucho en los últimos meses, sobre todo a raíz del Concurso Indie 2016 donde he estado rodeada durante un tiempo por otros autores con las mismas inquietudes que yo y con otros guiados por diferentes intereses diferentes. Y, la verdad, resulta complicado encajar en ocasiones.

Porque, sí, el escribir es algo a lo que te tienes que enfrentar solo en realidad.

Y yo he decidido proteger mis novelas y protegerme a mí.

Esto es arriesgado, porque hay personas en este cambio de actitud que han creído que yo me olvidaba de los míos, de todos esos autores que he leído y reseñado (y no son pocos), a los que guardo en mí y a los que he dedicado parte de mi tiempo. Sin embargo, ese tiempo es en esencia mío, cada uno decide a quién y a qué dedicárselo. Es cierto que he sufrido una metamorfosis importante, que he dejado mi Blog personal para centrarme en la crítica literaria en A Librería, que ya no puedo leer a tantos compañeros como antes, que mis metas son otras y que mi actitud también.

Pero escribir es un ejercicio duro. Después de terminar Marafariña Todas las horas mueren estoy exhausta y necesito calma. Ahora estoy escribiendo en el regocijo del silencio y eso exige mucho de mí.

Estoy en el momento de escuchar a los que quieran hablarme, de asumir las críticas y de abrazar los elogios.

Estoy creciendo y aprendiendo, estoy buscando mi lugar, mi propio lugar. Estoy defendiendo mi tierra imaginaria conquistada, mi Marafariña y mi Fontiña. 

Las opiniones y críticas: ¿Cómo conseguir que los lectores valoren nuestro trabajo?

Escribamos algo de categoría, con clase, con talento. Una historia nueva, o renovada, que no solo invite a su lectura, sino que invite a seguir hablando de ella una vez que el e-reader se ha apagado.

¡Dos meses desde que comenzó el Concurso de Amazon 2016 que ya está tocando a su fin! Al menos en lo que el período de promoción se refiere, ya que tendremos que esperar hasta finales de septiembre para conocer a los cinco finalistas de tal batalla.

Aunque en las condiciones oficiales se precisa únicamente que, además de la viabilidad comercial, se tendrán en cuenta otro factores como la originalidad del argumento o la calidad literaria, son muchas las especulaciones con respeto al gran misterio de los criterios de Amazon para dicha selección. De hecho, los rankings que han podido seguirse para aventurar algunos títulos que, tal vez, pueden tener la oportunidad de llegar a lo más alto, son bastante inestables y diferentes entre sí.

Las opiniones y valoraciones que cada novela luce en su ficha por parte de los diferentes lectores puede ser un punto a favor para la visibilidad y para impulsar nuevas compras. Estamos hablando de un punto clave para los escritores porque, además, les permite saber qué sensaciones está causando su nueva obra. Es una especie de foro de intercambios donde el autor puede responder a dichos comentarios y crear un debate sano desde el respeto (es la imagen que interesa y debemos dar, como profesionales).

Muchos me habéis preguntado cómo obtener estas valoraciones, algo que es una hazaña titánica. No solo queremos que una persona descargue nuestra novela y la lea, queremos que deje constancia de qué es lo que le ha gustado, qué es lo que no y si recomendaría el libro a otras personas. No soy, ni de lejos, la autora independiente más valorada, pero sí que en la publicación de mis dos primeras obras he conseguido un número nada desdeñable de estrellitas acompañadas de valoraciones bastante extensas y honestas, lo que siempre es un criterio muy valioso a la hora de elegir algo nuevo que leer (en Agosto 2016, Marafariña tiene 57 comentarios, y Todas las horas mueren 22).

Hay muchos de los lectores que, por inercia y criterio propio, dejarán una opinión al terminar de leer y, con suerte, ésta será contundente y sincera. Pretenden informar aconsejar a futuros compradores sobre el producto (lo sé, es una forma fría de referirse a la literatura, pero para ser leído, es necesario vender nuestras letras). Sin embargo, habrá muchos otros, la gran mayoría, que se evaporarán como fantasmas y nunca sabremos qué le ha hecho pensar nuestro libro.

Una manera de invitar a que dediquen unos minutos de su tiempo a escribir en nuestro escaparate novelesco es dejar una educada (y decorada) petición al finalizar la novela. Con suerte, los que han alcanzando el final han encontrado algo interesante y entretenido y en la misma, no está de más que los animemos a contarlo al resto. Otros, tal vez, opten por dejarnos un mensaje en las Redes o escribirnos un e-mail.

Otra forma es pedirlo de forma insistente, sin excedernos. O recompensarlos de algún modo (sorteos, por ejemplo). Es de vital importancia, eso sí, ser muy agradecidos y educados, aunque en ocasiones lo que han escrito sobre nuestra obra no nos guste, o nos decepcione. Están en su derecho, no lo olvides.

Pero lo primordial, la base de conseguir las ansiadas estrellas no es otra que el alma que logremos desprender con nuestro escrito. Ofrecer al lector algo intenso, profundo, algo que agudice sus sentimientos para bien (o incluso, para mal). Escribamos algo de categoría, con clase, con talento. Una historia nueva, o renovada, que no solo invite a su lectura, sino que invite a seguir hablando de ella una vez que el e-reader se haya apagado. Cuidemos nuestros libros, cuidemos a nuestros lectores y brillemos con luz propia en nuestra narrativa y personajes. Entonces, nacerán.