Un cúmulo de rechazos editoriales y…

Ya estamos en mayo. En Galicia la primavera se resiste a llegar plenamente, pero la Naturaleza no miente (no como las novelas) y ya hace semanas que las flores se dejan ver en los árboles, los campos y los arbustos. Llueve un poco menos, pero llueve. Y nos quejamos de la lluvia, pero déjala llover.

Ha sido un año largo si cuento desde ese abril de 2017 que decía que había terminado la secuela de Marafariña en un post de Facebook, tal vez os acordéis. Desde entonces, y tras muchas revisiones, correcciones y dudas, el borrador se terminó y estuvo dormitando fuera de los cajones, vivo, incómodo, pidiendo a gritos ser leído. Y con todo el amor, con todos los pedazos de mi alma que aún me quedan, esperé. La novela y yo esperamos juntas, rodeadas del cariño de esas personas que han creído, una vez más, en ella. Y empezamos otra batalla, una nueva. ¿Y si pruebo suerte con una editorial? ¿Y si, tal vez, lo consiga?

Hace tres años…

El #DiaDelLibro compartí una fotografía mía en la presentación de mi opera prima, allá por el 2015, celebrada en la Biblioteca de mi pueblo. Permitidme dejarla por aquí por si alguna de vosotras no la ha visto:

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Hay evidentes diferencias entre esa Miriam que se retuerce los dedos y sonríe plenamente y la Miriam que ahora está sentada con un café escribiendo este post. Y esas diferencias van más allá del corte de pelo y unos cuantos kilos menos (aunque sigo llevando esa camisa habitualmente). Esa Miriam fue la primera vez que jugó su papel de escritora, la primera vez que tuvo la ocasión de crecerse ante el público y demostrar lo que ella sentía frente a ese libro. Y sí, que está mal que yo lo diga, pero fue valiente, muy valiente. Tanto que a día de hoy, todavía, me sorprendo.

Desde entonces, como he dicho muchas veces, he intentando buscar mi lugar. Pero en ese año yo cogí carrerilla, estaba exultante, pletórica. Creo que fue uno de los años más importantes en mi vida, ese año con el que soñé desde niña. Y al año siguiente llegó Todas las horas mueren, una novela mucho más madura y donde muchos lectores apreciaron cierta evolución. ¿Y después? Después la carrerilla se paró y vino la realidad. La realidad que me indicó que el camino de la literatura era hermoso, mágico, que me había sembrado de nuevos amigos pero que, también, estaba lleno de soledad, de desengaños y de dificultades.

Me desmotivé. Y me hundí en varias ocasiones. Escribí la secuela de Marafariña durante dos años, años llenos de altibajos y de vacíos. De silencios. De dolor. Una Miriam del pasado ahogaba la garganta y la libertad de una Miriam nueva que quería huir. Quise dejar de ser escritora muy fehacientemente. No pude. Dejar esta pasión no resulta sencillo. Durante semanas, durante meses, mis letras eran vacías. A mi ese vacío me duele, me anula, me mata un poco. Es mi propia oscuridad. Puede resultar exagerado, pero no lo es.

Mi queridísima mujer me sacó a flote incansablemente y ella siempre creyó en lo que estaba haciendo. Tuve también amigas (¡qué afortunada soy!) que mantuvieron esa llama viva. Al final necesitamos que alguien tenga fe en nosotras, para que nosotras podamos seguir teniéndola en nosotras mismas.

Y aquí estamos otra vez. Todavía con las lágrimas resecas en las mejillas pero manteniendo la mirada viva de esa fotografía, de esa Miriam que ama la literatura sobre todas las cosas.

Buscando un hogar para Olga y para Ruth

Un sueño era publicar una novela. Otro era que fuera leída. Y otro era que fuera muy leída. Pero es verdad que cuando se alcanza un sueño, llegan más. Y más. Y más.

Y tenía la espinita clavada de encontrar un sello editorial que apostara por mi. Así que puedo definir el transcurso del tiempo de los últimos meses como esos en los que he buscando alguien que apostara por mi nueva historia con una ilusión de una niña. No creo que sea un caso excepcional, así que muchas sabréis perfectamente a lo que me refiero.

Pero el mundo editorial es opaco y difícil para mí. Busqué pequeñas firmas que, creía, podían encajar con mi novela. Además, quería que fueran algo que fuera fiel a lo que yo misma creía y esperaba de la literatura. Sí, el filtro es reducido, lo sé. Pero, ante todas las cosas, una escritora tiene que mantener el cariño y el espíritu que la ha movido siempre.

Para mi sorpresa, algunas de esas editoras y editores reconocieron mi nombre y mis títulos. Fue una alegría. Expresaron cierto talento y también decían algo sobre pocas posibilidades, títulos reducidos al año, falta de medios, noesloqueestamosbuscando. Si habéis buscado trabajo alguna vez durante un tiempo prolongado, la sensación es más o menos similar.

Aguanté el tipo. Mi nueva novela lo hizo conmigo. Pero las heridas iban estando ahí, como huellitas silenciosas. Y la motivación caía, peldaño a peldaño, como una daga deslizándose por la piel.

Y cuando mi esperanza daba los últimos coletazos, dos últimos mails negativos fueron la gota que colmó mi pequeño charco. Me permití llorar. Creo que es algo humano, admisible, lógico. Algo bonito, también. Llorar es como esa lluvia que mencionaba al principio. Llora, Miriam. No pasa nada. Eres fuerte igual.

Y al final…

Soy una idealista y una soñadora. Sino no me dedicaría a esto, sino no estaría aquí ahora mismo, escribiendo estas líneas. Y aunque en muchas ocasiones me he planteado abandonarlo todo (¿y quién no lo ha hecho alguna vez? ¡Perdónate, Miriam!), mi obcecación y mi amor real por lo que hago es mucho más fuerte. La literatura me salva la vida todos los días, no puedo darle la espalda así como así.

Han pasado muchas cosas, han sido muchos cafés conmigo misma y otros tanto con personas que me quieren y me comprenden. Y han sido muchos comentarios recibidos a través de estas fantásticas Redes Sociales que me hacen sentirme tan cerca de vosotras. Pero me hace feliz, realmente feliz, poder anunciar que…

Ninguna editorial ha apostado por Marafariña.

Tal vez esto no sea la noticia que yo esperaba dar, tal vez tampoco la más entusiasta. Pero si la vida no nos allana el camino, nos toca allanarlo nosotros con un poquito de constancia. O plantar flores (violetas) en lo alto de esas colinas para que sea más bonito alcanzar la cima.

La auténtica buena nueva feliz es que ya tengo fecha, ya tengo libro, ya tengo portada, ya tengo sinopsis. Y, una vez más, será la honorable auto publicación la que me permitirá acercar el desenlace de Olga y Ruth a vosotras.

Mis lectoras queridas y amadas serán mi sello editorial, serán mi garantía, lo serán todo una vez más.

Y yo lo estoy disponiendo todo para que este proyecto florezca este verano.

En unos días publicaré en este mismo espacio la portada y la fecha de lanzamiento… ¿Os quedáis para verlo?

 

 

 

Escritura y sororidad: cómo, cuándo y por qué

Durante mi infancia y adolescencia, pues, fui prisionera en la realidad y libre en la literatura.

No sé qué me ha ocurrido últimamente, no sé dónde se ha quedado mi anterior yo. Por ahí anda, en un rincón. Navega a mi alrededor. La pobrecita Miriam de antaño está un tanto relegada a ir desapareciendo poco a poco. Pero yo la respeto, ¡vaya si la respeto! Al fin y al cabo, gracias a ella estoy aquí.

¿A qué me estoy refiriendo? Al recurrente crecimiento personal al que no dejo de referirme por activa y por pasiva. Y, tal vez más fuertemente después del 8 de marzo, empieza a perfilarse con más fuerza y con más garra. Es que me estuve haciendo preguntas, ¿sabéis? Me estuve preguntado cómo he llegado hasta aquí, cuándo ha ocurrido y por qué: ¿por qué de repente me importa tanto el movimiento LGTB y movimiento feminista cuando, hasta hace poco, renegaba de todo tipo de Hastags y etiquetas? ¿Estaba equivocada antes y ahora, sin más, he abierto los ojos?

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Una servidora, rodeada de “sororidad” en la manifestación del 8M (A Coruña)

Hay que darse tiempo

Seguro que a vosotras, vuestros padres, también os han dicho eso de: ahora te crees que lo sabes todo, pero espérate cinco años más y me cuentas. Cinco años es una eternidad a según que edades. Yo, mientras escribo este post, tengo 27. Toda una mujer que ya cree saberlo todo de la vida. Pero esto ha sido siempre igual. Cuando tenía 18 me comía el mundo, cuando tenía 23 era todo lo madura que se podía llegar a ser y lo sabía todo, pero todo, de la vida.

Y a mí, hasta hace muy poco, eso del feminismo me chirriaba. Y ya no digamos lo de tener que alzar una bandera de arcoiris por ser lesbiana. No me siento orgullosa de haber pensando así, de mi silencio, de mi hipocresía. Pero estamos en confianza, estamos en casa. Y, además, quiero dirigirme a todas aquellas, y aquellos, que podéis sentiros así. Encerradas en la cláusulita de la comodidad del silencio. Escondidas. Sin molestar demasiado. Sin discutir. Los micromachismos, al fin y al cabo, no molestan tanto. Y las bromitas sobre la sexualidad son inofensivas. ¿Verdad? ¿Verdad? Sí. Claro que sí. Pero poco a poco, en tu trabajo, con tu familia y con tus amigas, prefieres estar más bien callada. Hablar de tu pareja en un género neutro y, de paso, no escandalizarte demasiado por cómo algunos de los chicos del grupo tratan a sus novias y las cosifican. Hay algo horrible en eso, lo estás viendo. Lo ves. Pero no sabes qué hacer. Al fin y al cabo, desde niña, lo has bebido. Desde niña, eso es lo normal. Y tú, lo que tú eres, no es lo normal.

Lo normal

Y, poniéndome un poco firme, muy normal no soy. Menos mal. Siempre he sido una persona aprensiva, con ansias de querer y ser querida, poderosamente insegura, poderosamente altruista (demasiado, demasiado) e ilusamente ilusa. No importa. Me gusta esa yo, me gusta mi naturalidad, me gusta mis ganas de abrirme a las personas, de no tenerle miedo a la amistad, a los abrazos y la honestidad. Las máscaras nunca han ido conmigo, pero las he llevado puestas durante demasiado tiempo.

Esperad, que me pierdo del hilo. Pues eso. Lo normal. Una niña criada en un seno de una familia Testigo de Jehová (ultra religiosa = ultra machista = ultra heteronormativa) que ha llegado a mantener una relación con una persona del sexo opuesto que ha durado años y ha terminado, incluso, por ser algo oficial. Una niña que escribía a escondidas historias donde había mujeres que se vestían cómo querían y amaban a otras mujeres. Y mujeres que amaban a hombres pero tenían interés en otras mujeres. Durante mi infancia y adolescencia, pues, fui prisionera en la realidad y libre en la literatura.

Me gusta esa yo, me gusta mi naturalidad, me gusta mis ganas de abrirme a las personas, de no tenerle miedo a la amistad, a los abrazos y la honestidad

Que no. Que no es normal. Que mi cabeza un día, de noche, mientras no podía dormir (y no podía dormir porque los “demonios” me carcomían como pirañas) me reconocí a mí misma que las mujeres me gustaban, que mi fascinación por Hermione Granger no era un simple gusto personal y que aquella chica dos cursos mayor que yo me gustaba como se suponía que me deberían gustar los chicos. Y esa noche fue la más importante de mi vida. Sí. Lo fue.

Pero de la noche a la mañana no te vuelves homosexual y te das cuenta de que la sociedad te ha tratado peor, te lo ha puesto más difícil, por ser mujer. Que en las reuniones religiosas a las que asistías las mujeres tomaban el apellido de sus maridos, no tenían derecho a orar ni a hablar en público y que, además, estaba tan interiorizado que era de lo más normal. Era normal porque las mujeres son unas histéricas, unas criticonas y no saben ser amigas. ¿Os suena esto? Sin embargo, cuando yo quise irme de mi pareja y de esa organización, los que actuaron como histéricos, criticones y malvados fueron ellos, esos señores que mandaban, que tenían el poder. Esos señores que decían que, según la Palabra de Dios, las mujeres estaban por debajo de los varones.

Así que no. No soy normal. Nadie es normal. Nada es normal.

Y yo, entonces, también me enfadé. Y dije, ¿dónde estamos nosotras?

La sororidad

No me importa reconocer la ignorancia que en todos estos temas he tenido durante  años. Lo único de lo que me arrepiento es de haber llegado un poco tarde, de no haber dedicado más tiempo a crecer en mi interior a comprender. A comprenderlas. Me refiero a esas mujeres que, tan enfadadas, gritaban en voz alta y condenaban el patriarcado. Ni siquiera era capaz de entender el movimiento que hace muy poco (muy muy poco, lo sé) empezó a llenar las Redes Sociales con el #LeoAutorasOct. ¿Y por qué no lo entendía? Porque yo leí, desde siempre, a más mujeres. Pero el mundo no se acababa en mí.

Solo tuve que echar un vistazo a los títulos de las librerías. A los libros clásicos que con tanta curiosidad e ilusión leí en su momento, porque la crítica y la cultura me decían que era necesario que lo hiciera. En esos libros clásicos como El retrato de Dorian Gray o El guardián entre el centeno en los que nosotras apenas estamos, somos sombras, y no tenemos voz. Y sentimos ese vacío al terminar de leerlo. Lo sentimos y está justificado. Y yo, entonces, también me enfadé. Y dije, ¿dónde estamos nosotras?

Y “nosotras” estábamos en mis propias novelas en las que, sin darme cuenta, hacia un alegato feminista y de sororidad. Esta última palabra era desconocida para mi unos años atrás cuando, un día, HULEMS publicó un post sobre las novedades literarias en las que se anunciaba Todas las horas mueren. En él rezaba este párrafo:

Este libro es un verdadero monumento a la sororidad femenina

Qué importancia, qué belleza y qué transcendencia tuvo para mí, desde entonces, esa palabra. Y yo, sin saberlo, había dado un paso, había contribuido a que la literatura, a que el mundo, fuera un pelín más diverso, un pelín más feminista. Empecé a comprender muchas cosas, tantas cosas, que me volví torpe y me abrumé a la hora de manejar todos esos conocimientos.

sororidad. (Del ingl. sorority).

Agrupación que se forma por la amistad y reciprocidad entre mujeres que comparten el mismo ideal y trabajan por alcanzar un mismo objetivo

Tal vez, entonces, no somos tan malas amigas, tan criticonas, tan falsas y tan desdeñosas como siempre se nos hizo creer. Tal vez, el espíritu que nos mueve es más bondadoso, más altruista y más cariñoso. Tal vez no se nos acaba el amor por ser madres, por ser esposas. Tenemos amor que desborda para nuestras hermanas, para nuestras amigas, para nuestras desconocidas. Tenemos amor, amor que nos crece a cada segundo.

Lo que ahora quiero hacer

Llevo toda la vida intentando comprender, pues, quién soy. Creo que con este color violeta y con ellas, mis hermanas, estoy consiguiendo entender qué es lo que me sucedió desde siempre. Siempre he querido hacer algo, algo más, y creo que en este frente hay mucho que hacer. Siento cierta responsabilidad ahora, cuando empuño la pluma y hablo de esas mujeres. Ahora con conciencia, ahora con cierta rabia. Ahora ya no nos conformamos con que nuestros personajes femeninos hablen: queremos que griten, que griten bien fuerte por todas aquellas que han tenido que estar calladas. Incluso esa parte de nosotras mismas que, también, hemos tenido que mantener mudas. Esas heridas permanecen ahí, pero nos ayudaremos de ellas para continuar unidas.

Por eso desde hace la varias semanas, tanto en este web como en A Librería he enfocado mi actividad al hastag #MujeresEnLaLiteratura.

 

Photo by Victor Dittiere on Unsplash

La literatura y la visibilidad de las enfermedades mentales

El pasado día 25 de enero celebrábamos el aniversario del nacimiento de Virginia Woolf. Además de conmemorar a una de las mejores escritoras británicas (y universales) y de remarcar a un icono del feminismo de los años 70, existieron diversos hilos y artículos que hablaban sobre la importancia de la visibilidad de las enfermedades mentales también en el ámbito de las artes, en particular de la literatura. La autora vivió una vida marcada por una aguda bipolaridad que, finalmente, la llevó al suicidio en 1941.

Escribiendo este artículo no puedo evitar acordarme de Sylvia Plath. La autora de La campana de cristal se suicidó metiendo la cabeza en el horno con tan solo treinta años de edad, tras luchar durante toda su corta vida con graves altibajos emocionales.

Los demonios y las musas

No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente.

Virginia Woolf

Como otros muchos temas trascendentales, las dolencias de la mente fueron un tabú, motivo de una tortura oculta y enterrado en el secretismo más cruel. Hoy por hoy, su visibilización está mucho más naturalizada, pero todavía queda mucho por hacer.

Tanto Woolf como Plath dejaron la huella en sus obras del dolor que hirió sus mentes y mitigó su salud. Esa sombra era parte de ellas como lo era el color de su pelo o su don para la pluma. Casi podríamos pensar que se trata de una especie de maldición que acaece a un número cada vez más importante de personas en todo el mundo, tratándose de la primera causa de muerte no natural en España. Tal vez en su momento, ellas no fueran consciente del gran testimonio que dejaban tras de sí: un diario sincero y abierto de par en par para que, sus lectores presentes y futuros, pudieran saber cómo se sentía y cómo funcionaban sus mentes.

No resultan vacuas las referencias a la depresión y a otro tipo de enfermedades de la mente en las obras literarias. De hecho, se les ha otorgado cierto significado poético y romántico, tintándolas en el tupido velo del desamor o de la despedida. Pero, sabemos, estas dolencias no siempre están ligadas a un drama personal o a una tragedia íntima que nos ha desolado. En la gran parte de los casos, esa faceta oscura de nuestra cabeza nos pertenece casi al nacer. O aparece, sin más. Lo más grave es que existen personas que todavía no son conscientes de lo que les ocurre y que, además, tiene cura o, por lo menos, un tratamiento.

Aún era yo la criatura encogida y amargada a la que le han roto un sueño.

Carmen Laforet

Muchas otras grandes plumas sufrieron trastornos mentales que, sin embargo, no impidieron que su literatura brillara con luz propia. Tolsoi, Hemingay, Pizarnik o Allan Poe son otros nombres que vienen en a mi mente. Tal vez, si lo reflexionamos bien, no hay ninguno que, en mayor no menos medida, haya sido víctima de una dolencia psicológica más o menos intensa.

Ahora se me viene a la mente mi querida Carmen Laforet que se consideraba enferma psíquicamente. Ese espíritu y pensamiento torturado está impregnando en Nada y en La isla y los demonios. Una figura que, ahora, consideramos tan sobresaliente, vivió minada por la baja autoestima de sí misma hasta terminar consumiéndose. Es curioso como en su frágil fortaleza, los lectores que hemos llegado más tarde, podemos arañar las pinceladas de su camino, plagado de aprendizaje y de autoconocimiento. Y, además, podemos abarcar con un pesar inmenso la amargura y depresión que tintó su vida.

Mi experiencia personal

Siempre que he dejado marca en las páginas que he escrito hasta ahora sobre trastornos mentales no lo había hecho siendo consciente de la importancia que recae en su representación. Tal vez desde hace muy poco tampoco tenía identidad de ningún tipo de movimiento social como la libertad LGBT o el feminismo. Pero mis ideas van madurando y mi necesidad de lucha lo hace con ellas. Si he escrito pensando en otorgar justicia y comprensión al romance homosexual y el papel de la mujer, ¿por qué no iba a hacerlo saliendo en defensa de aquellos que sufrimos algún tipo de dolencia psicológica?

Tenía que estar tan emocionada como la mayoría de las demás chicas, pero no lograba reaccionar. Me sentía muy tranquila y muy vacía, como debe de sentirse el ojo de un tornado que se mueve con ruido sordo en medio del estrépito circundante.

Silvia Plath

Si habéis leído Marafariña podéis encontrar múltiples referencias en Esther, Olga, Valentín y la propia Ruth, quiénes reflejan diferentes trastornos tales como la depresión, la psicopatía o el TLP. Lo más importante en la trama radica en la manera en la que esta enfermedad afecta tanto al personaje que la padece como a su alrededor y a las acciones que lleva a cabo. Creo que es un retrato bastante fiel de cómo la ausencia de tratamiento (o un tratamiento poco efectivo) puede llevarnos a sufrir nosotros mismos y a resquebrajarnos de nuestros entorno.

A lo largo de mi vida he conocido de primera mano y en mi círculo más íntimo cómo actúan y cómo nos pueden afectar estos problemas. Con ocho años sufrí lo que se etiquetó en su día como depresión infantilpor la cual estuve a tratamiento psicológico durante varios meses. Creo que fue muy importante la decisión de mis padres de proporcionarme ayuda externa y, así, ayudarme a no estigmatizar mi problema. Para esa niña de ocho años que una profesional me indicara que cómo yo me sentía tenía una explicación real, fue un auténtico alivio.

Por supuesto, esta enfermedad volvió varias veces a mí (y lo seguirá haciendo durante toda mi vida). Pero con tiempo nos hemos hecho amigas, nos hemos unido y he sabido identificarla y manejarla. Al fin y al cabo, forma parte de mí. Llegar a este equilibrio no es fácil, exige autodominio y ayuda de un terapeuta especializado. En mi caso, fueron casi dos años de tratamiento intensivo y, diré, muy afectivo. A día de hoy, me considero una mujer nueva y muy capaz. Sobre todo capaz.

La visibilidad

Escribir ha sido mi mejor medicación, como para otros muchos antes que yo. Escribir me permitió exteriorizar esos sentimientos negros y comprenderlos mejor. Además, vi que los lectores los identificaban y eran capaces de sentirlos. Una vez más, ahí estaba, la herramienta más valiosa que poseo ayudándome a estar bien; y ayudando a otros a encontrarse. Tal vez esto sea un poco pretencioso, pero soy escritora. En un punto pequeño de mi ser soy pretenciosa.

Pero no solo escribir me ha ayudado. Sin duda, lo que más alivio me ha reportado ha sido la lectura y conocer esas grandes figuras que han vivido episodios similares a los míos. Y que, aún así, han sido capaces de escribir grandes obras maestras que perdurarán en el tiempo. El mérito es doble, o triple, en este aspecto. Es una hazaña que Woolf luchara con su trastorno bipolar y fuera capaz de trabajar en obras como La señora Dalloway Las olas, que Carmen Laforet tuviera la fortaleza de escribir Nada y ganar el Premio Nadal a pesar de su durísima depresión, que Silvia Plath nos dejara su La campana de cristal y sus preciosos poemas. Que dieran visibilidad a aquello que las estaba destrozando poco a poco.

¿Que qué es para mí la felicidad? Creo que carezco de conocimiento, sentimientos y argumentos para dar una respuesta a tal pregunta. Pero diría, con cierta valentía, que la felicidad es el imposible más posible que existe para el ser humano

Todas las horas mueren

 

Photo by Kinga Cichewicz on Unsplash

La fe en la escritura

Os voy a confesar algo: yo no tenía pensado volver a escribir para este espacio en un varias semanas. Tal vez cuatro o cinco. Os voy a confesar otra cosa: no tenía pensado volver a escribir acerca de ningún proyecto hasta dentro de varios meses; tal vez cuatro o cinco. O seis. Y, ya que estamos, os voy a confesar alguna más: no tenía ni idea de cómo volvería a sentarme a hablar con vosotros. Ni mucho menos conmigo misma.

Pero ha sido la maravillosa acogida que le habéis dado a Mujeres en la literatura lo que me ha animado a estar aquí otra vez. Sí, al fin y al cabo, hay que tener fe.

 

La creencia vacía

Hoy no voy a hablar de religión. O no exactamente. Los que me leéis y seguís desde hace tiempo sabéis que es uno de los temas fundamentales sobre los que trata mi primera novela (y, os adelanto, tratará la secuela de la misma). Me vais a permitir, pues, contaros una brevísima anécdota personal antes de entrar en materia.

Durante gran parte de mi vida fui una creyente acérrima, hasta que la adolescencia me sorprendió; con ella la rebeldía y, con ella, el llamado despertar sexual. Los problemas empezaron a crecerme como las malas hierbas y empecé a darme cuenta que mi felicidad estaba en el contrapeso de mi tan importante, por aquel entonces, amistad con Dios. Sé que puede sonar una afirmación extraña por mi parte, yo que tanto he abogado por la libertad y he criticado con firmeza las imposiciones religiosas. Pero si quiero ser franca no me da ningún tipo de pudor exponer aquí esta frase. De este modo, conviví con esta contradicción envenenándome dentro durante mucho tiempo. Hasta que un día tomé la fe que todavía estaba viva en mí y me puse a orar.

Orar es, casi, como un ejercicio narrativo. Lo hacía como un hábito diario y me ayudaba a sentirme bien. Hoy en día me doy cuenta de que se trataba de una conversación estimulante y con efectos psicológicos positivos por tres razones fundamentales: nos ayuda al autoconocimiento, tiene un indiscutible poder catártico y, además, es un poderoso placebo. Cuando digo que me puse a orar, me refiero a que me puse a orar por última vez.

Fue un diálogo con Dios conmigo misma muy interesante y largo. Empecé diciendo que sería la última vez que realizaría ese ejercicio de esa manera, que iba a despedirme. Cuando decía que me iba a despedir me refería a que estaba decidida a dejar de tener miedo, a dejar de negarme a mí misma y a liberarme de las raíces religiosas que, en otro tiempo, tan bien me habían hecho sentir. Concluí, rota de llanto, diciendo que si Él realmente era mi amigo, me ayudaría a ser feliz a partir de entonces.

Durante mucho tiempo pensé que Dios había escuchado mis ruegos y, por eso, me alisó el camino. Ahora, desde la perspectiva que me han dado los años, sé que lo que ocurrió fue que mi Miriam interior se llenó de coraje y corrió, rabiosa, a por un presente mejor.

 

La realidad de la ficción

Os cuento esto porque creo que escribir es algo parecido a vivir de esta fe. Es muy difícil para un escritor definir para qué escribe, para quién y si merece la pena. Es complicado saber de dónde nace esa necesidad que, a veces, es tortuosa y nos cuesta; pero a pesar de todo permanece.

Supongo que es una conversación de franqueza, como rezar. Me refiero a que cuando me siento a escribir, a cualquier hora del día, a pesar del cansancio y a pesar de las mil y una cosas que podría estar haciendo en lugar de perder el tiempo en algo que tal vez nunca me vaya a solucionar la vida, lo que realmente estoy haciendo es sacar de mi interior todo lo que me corroe, o todos esos recuerdos tan reales, o esas vivencias latentes, o esos miedos tan pueriles en ocasiones. Brota de mí la verdad, y se plasma en la ficción de una novela. Sé que en esa ficción hay más realidad que la que soy capaz de ver a través de mis ojos cuando miro al mundo.

Quiero decir, contradigo estrepitosamente esta osada (y también acertada) frase de Virginia Woolf en Una habitación propia:

Y las novelas, sin proponérselo, mienten

¿Y cómo puedo decir que contradigo a Woolf? Ya sabéis que aunque seamos inseguras, débiles y cobardicas, las personas que escribimos tenemos un núcleo de ego mínimo en nuestro ser. Quien diga lo contrario miente (miente de verdad, no como las novelas). Así, con ese pedacito de ego que está colocado entre mi corazón y mi cabeza, le digo a Woolf que las novelas no mienten: en sus mentiras se esconde la verdad.

Aunque ella eso ya lo sabe, porque en el mismo ensayo dice:

Manarán mentiras de mis labios, pero quizás un poco de verdad se halle mezclada entre ellas; os corresponde a vosotras buscar esta verdad y decidir si algún trozo merece conservarse.

Si nos da miedo decir la verdad a gritos, creedme, que escribirla disfrazada en personajes, tramas y mundos diferentes resultará más sencillo. Aunque parece un mal chiste hablar de escritura ligada a la palabra sencillez.

Todo este laberinto de citas y reflexiones de una escritora que, cómo veis, tiene muchas ganas de escribiros, me lleva a un único fin: la escritura es, ahora, mi fe. Sentarme frente al teclado es mi manera de rezar. ¿A quién? A mí. La persona más importante de mi vida.

 

Y serenidad

Para concluir, voy a tomar prestada cierta reflexión de mi amiga Silvia. En su entrada de hace unos días, hablaba con mucha intención de Las letras de la serenidad. Ella dice:

No quiero escribir sobre la tristeza. 

Y cuando dice esto quiere decir que, en efecto, todo lo que escriba hablará o tratará sobre la tristeza. Pero lo hará con la serenidad que otorga la distancia de la deliciosa ficción, de la narrativa convertida en un armonioso instrumento silencioso que tocamos con ayuda de las musas y del habito de hablarnos cada día un poquito más.

¿Por qué? ¿Por qué nos funciona a unos cuantos estos de escribir?

¿Por qué a algunos les funciona la fe religiosa?

Son preguntas complejas, trascendentales y, claro está, retóricas. No existe una respuesta concreta, pero la palabra serenidad sí que se subraya bastante bien en ambos ámbitos. Esa manera de expresarnos nos ayuda a liberarnos, nos crece, nos hace fuertes. Alimenta esos huecos que tenemos dentro de una de las maneras más hermosas posibles.

Por eso, y solo por eso, lo hacemos.

 

Photo by Christopher Campbell on Unsplash

Más de medio millar de libros

Porque sé que la gran parte de los que leéis semanalmente estas entradas no conocéis todo de mí, y creo que antes de hablaros de mi futuro, no está de más dejar caer cómo he llegado hasta aquí: cómo he llegado a vender más de medio millar de libros sin ser nadie

Vamos pisando poquito a poquito el mundo real.

En estas últimas semanas desconexión y de retiro interior me ha dado tiempo a pensar en muchas cosas. Lo creáis o no, un escritor se pasa más tiempo pensando y divagando que haciendo cualquier otra cosa. Si hiciera una regla de tres, podría confesar que para escribir una página tengo que pensar dos días enteros.

Pero en realidad no solo me dedico a pensar en lo que voy a escribir o cómo lo voy a escribir. Se trata de algo diferente: de cómo moverse, de cómo crecer, porque nadie quiere fracasar para alcanzar sus sueños. Y al final, aunque lo más importante es escribir y hacerlo bien, hay que centrarse en otras muchas cosas. Sin paños calientes: este blog me ha permitido alcanzar más lectores (y alguna que otra editorial) que el spam repetitivo con el que comencé a nacer en las Redes Sociales.

Me acuerdo de aquella época, y me gustaría retomar la actividad de este blog acercándome más a vosotros. Porque sé que la gran parte de los que leéis semanalmente estas entradas no conocéis todo de mí, y creo que antes de hablaros de mi futuro, no está de más dejar caer cómo he llegado hasta aquí: cómo he llegado a vender más de medio millar de libros sin ser nadieQue sí, lo sé, no es una cifra desorbitada, ni es un bestseller. Pero es un algo. Y ese pequeño atisbo de ego que cualquier artista alberga en su interior nos insta a creérnoslo. Al menos un poco.

Pues bien.

Yo soy una coruñesa nacida en el año 90. Tímida, callada y solitaria, no me resultó nunca muy fácil tener amigos aunque los anhelaba con todo mi ser. Creo que de niña quise ser feliz, aunque es verdad que tendía a estar triste y agobiada durante casi todo el tiempo. Cuando fui adolescente he de confesar que lo que yo vivía en mi presente me llevó a convertirme en alguien tóxico y difícil de tratar, por lo que durante muchos años estuve bastante sola. Sobra decir que no solo me refiero a las relaciones personales, sino también a la literatura.

Como podéis ver, el tiempo no me ha sobrado en ningún momento. Si echo la vista atrás me pregunto, ¿cómo diablos he sacado tiempo y energías para escribir?

No obstante, quiero presumir de esa pequeña Miriam que fue bastante luchadora. Porque considero que las cosas no fueron fáciles y que no he podido hacer muchas cosas de las que me gustaría. Por ejemplo, cuando terminé Bachillerato con bastantes buenas notas quería estudiar Literatura, pero las circunstancias no eran propicias y, además, mi  profesora de lengua castellana (en aquel momento, una especie de gurú para mí) me aconsejó que no hiciera Filología porque me costaría mucho encontrar trabajo. Por eso terminé haciendo un FP de Administración y Finanzas.

Mi afán de huir y de crecer me llevó a comenzar a trabajar con dieciséis años en los multicines de mi pueblo. Creo que odié ese trabajo desde el primer momento y no hacía más que pensar en irme. Pero tener una nómina, aunque sea pequeña, puede salvarnos la vida y al final me aferré a ese lugar como a un clavo ardiendo. En primer lugar, me permitió tener una importante independencia: con dieciocho años conté con el dinero suficiente para pagarme el carné de conducir, pude empezar a pagarme un coche y operarme mis nueve dioptrías. También pude afrontar el pago de unos trámites legales necesarios para romper con un suceso de mi pasado que me ensombrecía el presente.

Ahora, en un parpadeo, ya está en manos de mis queridos lectores cero y yo puedo respirar gozando de esta libertad.

Trabajé allí desde segundo de Bachillerato hasta hace poco más de un año. Tuve que compaginar esa ocupación con otra durante un tiempo eterno para poder subsistir con dignidad. Debido a que era una de las mejores de mi promoción de FP, opté a una entrevista con una pyme de reciente creación que necesitaba una contable. Salió bien y hasta hoy, donde ya llevo cómodamente ocho años.

Como podéis ver, el tiempo no me ha sobrado en ningún momento. Si echo la vista atrás me pregunto, ¿cómo diablos he sacado tiempo y energías para escribir?

Tal vez es que tengo algo de pasión. De único.

O tal vez es que amo tanto esto que no he podido dejar de hacerlo. Aunque haya significado sacrificar horas de sueño y de ocio, aunque haya significado perderme tanto del mundo de afuera. Aunque haya supuesto convertirme en una mujer atípica, silenciosa, feliz.

Feliz. Murakami dice que un escritor tiene que ser feliz mientras escribe. Me he dado cuenta que durante el proceso de escritura de mi próxima novela no he conseguido serlo, sino todo lo contrario. He sufrido, me he torturado, me he creído incapaz y la he abandonado muchas veces. Ahora, en un parpadeo, ya está en manos de mis queridos lectores cero y yo puedo respirar gozando de esta libertad. Entonces pienso (horas y horas pensando, sí) que, tal vez, no es del todo cierto que no he sido feliz escribiendo en final de Olga y Ruth.

Que yo venía aquí a deciros que lo he reflexionado y esta niña algo torpe y tímida ha conseguido acariciar su sueño de publicar libros. Es verdad que no he podido hacerlo con ninguna editorial (todavía) ni que tampoco soy una autora indie superventas. Pero más de medio millar de lectores han disfrutado con mis letras y eso, en realidad, tendría que ser suficiente.

 

Toca despedirse

¡Menudos meses! Y ya estamos en agosto. Parece increíble, ¿verdad? En un parpadeo le hemos dado un mordisco al 2017 que ya hace semanas que ha dejado atrás su ecuador (y eso que yo no quería que se terminara el 2016 hace nada…). Si echo la mirada atrás siento que todo ha evolucionado mucho que, interiormente, he conseguido hacerle un hueco a mi autoestima y dejar de torturarme (tanto, algo lo sigo haciendo). Además, no he dejado de trabajar ni un solo día. Y eso, en realidad, es maravilloso.

Esta web, este espacio, nuestra casa, ha sido para mí de gran ayuda en muchos aspectos. Me ha permitido acercarme a muchos lectores nuevos y seguir manteniendo vivas Marafariña Todas las horas mueren. Además, he explotado ideas, he jugado con las musas y he permitido que me conocierais mejor. ¿Hacemos un resumen de entradas, os parece?

En enero, por ejemplo, le escribí una carta de despedida a la pequeña Miriam del pasado. Tenía sabor a cambio, no me lo podéis negar y os dejé el primer adelanto de lo que será la secuela de Marafariña. Entrando en febrero, comencé con los Vídeos en Directo (últimamente en stand by por diferentes razones), os hablé del amor y también de mi personaje favorito. En marzo escribía mi primera entrada puramente feminista y, en lo personal, la situación se me ponía complicada. En abril os hablaba de los sueños literarios incluidos en mis novelas, de nuestra querida Ruth y de las críticas negativas y cómo aprender de ellas. En mayo me refería a cómo debe ser el final de una novela, celebramos El día de las letras Gallegas y, de nuevo, volvía a pasarlo francamente mal en el ámbito personal (está siendo un año duro). Junio fue el mes de la Feria del Libro de Madridganaba un Premio Literario con mi relato El tren y me planteaba abandonar la novela. En Julio muchos os animasteis a responder a la pregunta de ¿Por qué la literatura? y nos fuimos de Senderimo a las Fragas del Eume. Y, la semana pasada, me ayudasteis a ser valiente con la entrada más vista hasta la fecha en este blog.

Creo que han sido unos meses tan duros como maravillosos y, sobre todo, me ha hecho muy feliz que esta familia que hemos formado alrededor de la literatura haya crecido día a día. Tanto en Facebook, como en Twitter e Instagram hemos duplicado la interacción y los seguidores. He conocido a personas maravillosas que sé me acompañarán para siempre en este camino. Me he tomado miles de cafés con conversaciones inolvidables. Y, además, he leído más de cincuenta libros que he ido reseñando en A Librería

Y, en medio de todo esto, sigo escribiendo. Sigo escribiendo cada día, aunque duela, aunque cueste, aunque sea difícil.

Por ello, voy a tomarme un descanso, una especie de fin de temporada. La principal razón son que esa novela me llama y exige mucho de mí, también me apetece desconectar y obtener un poco de silencio con mis musas. Por supuesto, seguiré publicando críticas y seguiré estando disponible en todas mis Redes Sociales y vía mail.

Es un hasta luego con sabor feliz, os lo prometo. Además, a la vuelta, pienso comenzar de lleno a contaros cositas, ahora sí por fin, de mi próxima novela.

Os quiero mucho, de verdad. Gracias por ayudarme a seguir escribiendo.

Lo que Elena Greco me enseñó de mí

La literatura nunca es vacía (o no debería serlo).

Ha sido un viaje muy intenso el que he vivido con la saga Dos Amigas de Elena Ferrante, traducida al español por Celia Filipeto, y de las que os he hablado individualmente a lo largo de estos meses en A Librería. En ocasiones, una historia nos marca de manera especial sin saber muy bien las razones. Creo que, en este caso particular, lo que ha ocurrido es que me he sentido muy unida a la protagonista, Elena Greco (o Lenù, que estamos entre amigos) y me ha enseñado muchas cosas sobre mí misma.

Siempre he buscado el significado de mis propias letras al escribir. Las dos novelas que he publicado hasta la fecha son una buena muestra de ello. La literatura nunca es vacía (o no debería serlo). Tras ella existe un proceso largo, duro, hermoso, mágico de catarsis de sentimientos reales, de pensamientos humanos, de miedos primarios y de anhelos incontenibles. Es lógico que detrás de este tipo de novelas tan intimistas se esconda un halo intenso de amargura, porque la realidad es demasiado gris para mostrarse, simplemente, feliz. Tal vez por esto, la apuesta editorial por estas obras ha caído en picado, y son otros focos más despreocupados y comerciales los que ocupan los rankings de ventas. Pero, no lo olvidemos: que nos tapemos los ojos ante estos sentimientos sofocantes no nos impedirá tener que enfrentarnos a ellos algún día.

Por supuesto, no lo tuvo sencillo: en su entorno familiar nadie creía que los libros pudieran servirle para nada, mucho menos si ella era la encargada de escribirlos.

De todo esto me ha enseñado Lenù muchísimas cosas. Ella escribió desde pequeña, encontraba en la literatura una manera de identidad. Sin darse cuenta, se convirtió en una niña inteligente y estudiosa, muy volcada en convertirse en alguien que merecía la pena. En alguien mejor. Por supuesto, no lo tuvo sencillo: en su entorno familiar nadie creía que los libros pudieran servirle para nada, mucho menos si ella era la encargada de escribirlos. Durante toda su infancia y adolescencia luchó contra ese lastre de negatividad, las musas se impusieron. La hicieron fuerte. Me sentí muy identificada con esa niña solitaria que escribía, faceta a la que a algunos le resultaba curiosa y, por qué no decirlo, una rareza. Ha sido complicado unir mi pasión por escribir con las aficiones de otros amigos en mi edad más temprana, al fin y al cabo, es una actividad que se disfruta y se sufre en solitario.

Este afán de superación de Lenù la lleva a publicar, con éxito, su primera novela. Una historia más bien autobiográfica de ficción (algo así como mi Marafariña fue para mí), acogida con entusiasmo por la crítica y los lectores, pero con recelo y pavor por parte de su entorno familiar. Lenù se sintió desnuda, tanto como me sentí yo. Pero se sintió un poco más grande, un poco más de lo que me sentí yo. Escribir sobre nosotras, con cierta distancia, curó heridas que parecían incurables. Sacamos un coraje propio que no sabíamos que poseíamos. Y, por supuesto, Lenù se enfrentó a críticas negativas que la torturaban y la hacían arrepentirse de su obra, algo que a mí tampoco me fue ajeno en todo este camino.

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Imagen de la obra teatral The Story of the Lost Child. Lila y Lenù.

 

La inseguridad fue, a lo largo de toda su vida, una de las características principales de su carácter. Fue esta baja autoestima, esta timidez, el quererse demasiado poco, lo que la hizo anclarse a un irrefrenable amistad con Lila Cerullo, la llamada amiga estupenda. Yo también he tenido a más de una Lila en mi vida, amistades que proyectan sobre ti su sombra, que son casi como sanguijuelas, que te hacen daño. Tal vez no deliberadamente, tal vez sí. En ocasiones es difícil darse cuenta o escapar, no te sientes con la suficiente determinación, la suficiente autenticidad para decirle a esa Lila que ya no quieres seguir siendo su amiga.

Este afán de superación de Lenù la lleva a publicar, con éxito, su primera novela. Una historia más bien autobiográfica de ficción (algo así como mi Marafariña fue para mí)

Pero con Lila no todo fue negativo, de hecho, en gran parte de los momentos más crudos de su vida formó parte del pilar al que aferrarse. En muchas ocasiones, podría decirse que salvó a Lenù de sí misma. Así que de Elena Greco también aprendí que las relaciones humanas de amistad son un acto tan maravilloso como complejo, que hay que ser consecuentes, que hay que aferrarse a ellas y huir cuando es necesario. Pero que el verdadero cariño permanece, a pesar de todo.

Por supuesto, Lenù me enseñó muchísimas cosas sobre la intensidad del amor, al que ella se entregó sin medidas, con locura, sin temor a hacerse daño pero haciéndoselo igualmente. Me enseñó que, cueste lo que cueste, hay que perseguir lo que se ama. Y, también, que hay que saber cuándo hay que dejar de hacerlo. Que el fuego es hermoso, otorga calor, pero también puede abrasar las entrañas. Que a lo largo de los años puede crecer, hacerse sólido y dar poder. Que el amor es lo primordial. Y no solo el amor por los demás, el amor romántico, el amor fraternal, el amor familiar. No. Me refiero al amor por una misma, al propio, que es el que nos mantendrá vivas de verdad hasta la finitud de nuestros días.

Pero… ¿Por qué la literatura?

Supongo que tengo esa imperiosa necesidad de sentir que lo que hago sirve para algo más que para mi disfrute individual, quiero buscarle una trascendencia.

Seguro que a vosotros también os lo han preguntado alguna vez, que por qué dedicáis tantas horas a leer, qué clase de entretenimiento tienen esos libros, por qué disfrutáis tanto leyendo, qué es lo que os hace felices (¡feliz! ¡Qué estado de ánimo tan fuerte y complicado!). ¿Y por qué demonios estáis tan radiantes cuando escribís?

No sé a vosotros pero siempre me ha parecido una pregunta bastante difícil de contestar esa de “pero… ¿Por qué la literatura? sobre todo cuando me la lanzo a mi misma en este intento desesperado de buscar el sentido a mis pasos. Supongo que tengo esa imperiosa necesidad de sentir que lo que hago sirve para algo más que para mi disfrute individual, quiero buscarle una trascendencia. Esta semana tuve una charla con mi otra mitad en referencia a esto y, si os digo la verdad, no sabía cómo explicarme. Ni tampoco supe determinar cuándo empezó todo.

Puede parecer una respuesta banal. Pues porque sí. Y ya está. Desde luego, debería ser suficiente. Pero no todo es siempre tan simple y mucho menos cuando hablamos de la literatura (del arte en general, si queréis). Aquí abro un inciso. Como algunos de vosotros sabéis, de vez en cuando estudio algunas asignaturas por la UNED de Literatura y Lengua Castellana, cuando mi trabajo y la vida real me lo permiten. Una de estas materias fue Introducción a la Teoría Literaria en la que aparecían muchas de estas teorías defendidas a través de la historia que buscaban encontrar este sentido del arte. Y, aunque es posible que la literatura tenga una faceta objetiva, también lo es el hecho de que sus cimientos son bastante opinables.

Pero recuerdo, como si fuera hoy, esa impresión de euforia y de cariño hacia esos personajes y ese suceso que me pertenecía a mí.

Las explicaciones acerca del nacimiento y los motivos de la literatura han sido muy varios. Por un lado está el afán de eternizarse, el de encontrar la belleza, el simple deleite, la distracción, la denuncia social y política, la manera de mostrar la fealdad del mundo, el aprendizaje, la ficción… Pero en realidad dudo que, cuando somos niños y empezamos a escribir cuentos porque sí no estamos motivados por nada de esto (o tal vez sí).

Creo que, cuando era pequeña y escribí mi primera historia breve, lo hice sin pensar, sin más. Pero recuerdo, como si fuera hoy, esa impresión de euforia y de cariño hacia esos personajes y ese suceso que me pertenecía a mí. Es cómo alargar un trocito de tu alma y de tus esperanzas. Como pisar sobre una nube y lanzarse a volar. ¿Sabéis a lo que me refiero? Ojalá ese sentimiento pudiera permanecer para siempre tan inocente y tan tierno.

A mí la idea de dejarlo me enloquecía. De hecho, los años que no pude escribir fueron los más fríos de mi vida. Era como no poder respirar.

Con los años ese alegría pueril fue madurando y volviéndose más ambiciosa. Dejó de ser un juego y se convirtió en un alivio para lo que me preocupaba o una manera de distraerme. Pero esa euforia seguía apareciendo. Crecí y eso creció conmigo. Y seguí escribiendo y seguí leyendo, sin plantearme por qué lo hacía, sin plantearme por qué no podía dejar de hacerlo. Por qué yo seguía encadenada a las letras y mi hermana, que también leía y que escribía poemas, podía dejarlo de lado como si tal cosa. A mí la idea de dejarlo me enloquecía. De hecho, los años que no pude escribir fueron los más fríos de mi vida. Era como no poder respirar.

Y hoy día, ya cerca de los veintisiete años, me acuerdo de esa niña que escribía con vergüenza frente al ordenador en su habitación y me abrumaba la ternura y la verdad que había y hay en ella. A la que muchos le decían que eso, en realidad, no servía para nada. La que no paraba de pensar para qué servía, sin esperar a encontrar la respuesta para seguir haciéndolo. No sé por qué seguí, a pesar del cansancio, de la desesperanza, de que nadie me leía, de la ausencia de recompensas. Pero seguí, seguí hasta ahora. Ahora que todavía pienso seguir.

Como si el coraje de mis musas se materializase en mi misma. Y vuelvo a preguntarme por qué demonios escribo a pesar de todo. Y, aún sin saber la respuesta, no dejo de hacerlo.

Lo único que sé es que a mí la literatura me salva la vida día tras día. Porque a veces me siento triste, siento miedo, me siento mal. A veces la vida se me viene grande y no sé cómo afrontarla. Además, por si no lo sabéis, soy una persona débil y pequeña, insegura que anda siempre perdida. Soy todo eso excepto cuando escribo (y, sobre todo, cuando vosotros me leéis) que me vuelvo fuerte, grande y segura. Como si el coraje de mis musas se materializase en mi misma. Y vuelvo a preguntarme por qué demonios escribo a pesar de todo. Y, aún sin saber la respuesta, no dejo de hacerlo.

Este post es un llamamiento a todos vosotros. A los que estáis conmigo. A los que leéis, a los que escribís, a los que pintáis, a los que componéis música o tocáis un instrumento. A los que aprendéis a bailar, a los que diseñáis, a los que imagináis. A los que hacéis todo eso sin saber por qué, sin importar ningún tipo de beneficio material, pero sacrificándolo todo como si vuestra vida dependiera de ello. Porque en el fondo lo sabemos: nuestra vida depende de ello.

Respondedme, por favor, a la pregunta. Tal vez, entre todos, logremos saber cuáles son las respuestas. 

 

 

¿Por qué no me presento al Concurso Indie 2017?

En ocasiones, he tenido la impresión de haber comenzando la casa por el tejado, de haberme lanzado a la piscina sin saber nadar.

Hace exactamente un año preparaba el lanzamiento de Todas las horas mueren. Había dejado la novela guardada en el cajón durante meses para presentarla al Concurso Indie de Amazon. Al final, el galardón se lo llevó Ningún escocés verdadero (en mi opinión, un trofeo muy merecido, como os conté en su momento en A Librería) y mi obra tuvo que conformarse con los resultados obtenidos que, también publiqué hace algún tiempo en esta web. Creo que el Concurso Indie de Amazon es un buen escaparate para que los autores noveles se hagan ver en medio de la gran cantidad de obras que se suben a diario a esa plataforma mundial. Además, diré, que también es una ocasión idónea para que algunos escritores estrechen lazos y se relacionen entre sí. En mí caso, lo viví con mucho compañerismo (yo tuve la suerte de encontrarme con Lorena Franco, Marta Sebastián o mi querida almeriense Fani Álvarez). , buen ambiente y nada de competencia desleal. No tengo ninguna queja al respecto.

Muchos sois los que me habéis estado preguntando en las últimas semanas si, acaso, la publicación de mi próxima novela será para el Concurso de Amazon de este año. Para confirmaros a todos os diré que no, no tengo intenciones de participar en el Torneo literario este año y, en añadidura, tampoco cuento con ningún proyecto concretado de publicar una nueva obra a lo largo de este 2017.

Vamos a hablar con calma, ¿de acuerdo?

Algunos me leéis desde que empecé, desde que firmé mi primera novela con M.B.Vigo, cuando no conocía muy bien el funcionamiento de las RRSS y, en general, del mundo literario y de la autopublicación. En ocasiones, he tenido la impresión de haber comenzando la casa por el tejado, de haberme lanzado a la piscina sin saber nadar. No me refiero exactamente al contenido de Marafariña ni Todas las horas mueren (en realidad, sigo amando y respetando esas dos obras), pero sí a mi forma de hacérosla llegar y a mi forma de presentarme.

He cometido muchos errores que, durante un tiempo, me han carcomido. He pagado algunas consecuencias que son, en definitiva, solo culpa mía. Y he hecho cambios en el camino. El primero de ellos fue respirar hondo, serenarme y tomarme las letras con mucha calma, porque tenía la impresión de ser víctima de una maratón que yo misma había organizado. En él, había tanto ruido que terminé exhausta sin conseguir apenas resultados.

Creo que el Concurso Indie de Amazon es un buen escaparate para que los autores noveles se hagan ver en medio de la gran cantidad de obras que se suben a diario a esa plataforma mundial.

Así pues, habréis notado que en los últimos meses ha habido cambios sustanciales en mi manera de comunicarme y de transmitir mi trabajo. Me he visto obligada a romper algunos lazos que me resultaba perjudiciales, pero he tenido la oportunidad de afianzar muchos otros. Esta fue una de las principales razones por las que cerré aquel blog, Las mentiras que escribí, por el que muchos llegasteis a conocerme: sí, muchos contactabais conmigo como la escritora de reseñas, las que os podía ayudar con vuestros libros, las que os podía dar algo de publicidad (aunque fuera pequeña). Tuve la incómoda impresión de que había muchos amigos ahí a los que solo le interesaba lo que yo pudiera ofrecer.

Sin querer seguir mi entrada por este camino, os diré que esta gran metamorfosis ha sido motivada por el trabajo en mi nueva marca personal. Me he decidido a tomar un camino más lento pero seguro, más pausado pero firme. Más como soy yo. Un camino que me permita seguir escribiendo, seguir cerca de vosotros, pero poder valorar mi trabajo por mí misma, sin necesidad de halagar a otros para conseguirlo.

¿Es probable, de todos modos, que autopublique la secuela de Marafariña? Es probable. No quiero fallaros en eso. Estoy trabajando todo lo posible porque en 2018 vea la luz el final de la historia de Ruth y Olga. Y, esta promesa para conmigo, para con vosotros, es la principal respuesta a la pregunta que da título a este post.

“No dejes de escribir”

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Hace algunas semanas, se publicó en el Blog La Bolleriza una reseña a mi primera novela Marafariña que terminaba con la frase que da título a este post: “No dejes de escribir, Miriam”.

El significado de estas palabras no es gratuito. No sé si sois capaces de haceros una idea de lo importantes que resultan para una autora pequeña como yo, que todavía sigo luchando con los lastres de los inicios. Porque escribir, desde luego, nunca será solo escribir. Implica muchísimo más: todo lo bueno pero, también, todo el sacrificio vacío que hay detrás de cada una de las páginas.

La cantidad de lectores que me han escrito esas palabras que coronan este post ha sido considerable. Sin embargo, hasta ahora no me había dado cuenta de lo que ello implica, de sus razones, de su verdad. Porque es cierto que nunca me he planteado seriamente dejar de escribir (más allá de algún que otro arranque de desencanto, pero en ningún caso definitivo) ni he anunciado tal cosa en mis redes. El hecho de que vosotros, con vuestras reseñas y vuestros comentarios me instéis a no dejar de escribir me parece un regalo maravilloso.

Precisamente jamás sería capaz de dejarlo porque os lo debo a vosotros. Porque desde el principio habéis estado ahí, queriendo y confiando en lo que había venido hacer. Regalándome vuestros halagos y también vuestras honestas críticas que tanto agradezco siempre. Y para decirme cada vez más fuerte que siguiera, que continuara, que estaríais ahí para seguir leyéndome porque os gustaba lo que hacía, porque os hacía felices leer las historias que yo había ideado.

Que alguien me pida que no deje de escribir me parece el cumplido más grande que puede otorgársele a un escritor (cuánto más siendo novel). No es solo un abrazo de aliento desinteresado, es una petición educada, un imperativo halagador. Es una mano tendida en medio de un laberinto del que, a veces, es complicado salir. Es la fe en la literatura nueva, en la que todavía no es nada pero aspira a llegar a serlo.

Sencillamente, quería daros las gracias. Porque han sido unas semanas muy difíciles y os he sentido ahí. Porque he elegido el camino largo y os habéis decidido a acompañarme y a no dejarme sola en ningún momento. Todo lo que hago es para vosotros. Porque nunca dejaré de escribir: os lo prometo, me lo prometo.