‘La herida de la literatura’ en el podcast A ollada violeta

Cualquier aliciente literario, ahora que el mundo se ha detenido, ya es un gran logro. Sobre todo porque, como habréis notado vosotras también, estamos rodeadas del desencanto que la situación actual nos provoca. Esta soledad que tenemos que soportar, mientras cada vez somos más conscientes de que nuestros proyectos de vida se han congelado sin que sepamos cuándo ni cómo va a volver a moverse en engranaje. Desde luego, estamos siendo protagonistas de todo un alarde de resiliencia confrontándonos al miedo.

Y, mal que nos pese, la lectura se ha convertido en algo difícil. Por lo que yo vivo y por las conversaciones que tengo alrededor con mis compañeras literarias. Y ellas son, en definitiva, las que calman y sosiegan esta situación. Ellas, como yo, son las que echan de menos las presentaciones, los eventos, las librerías. También los cafés y las charlas que no se terminaban nunca, llenas de ensoñaciones, de planes de futuro y de nuestra profesión tan amada y tan difícil al mismo tiempo.

Le comenté a Miriam Couceiro, la primera vez que tomamos una cerveza fría en una terraza de A Coruña, al filo de la lluvia insistente de la ciudad, que hoy en día era peor ser escritora que ser lesbiana. Esta frase pertenece a mi última novela, La herida de la literatura. Y es la que Miriam ha elegido para hablar de mí en el último capítulo de su maravilloso podcast A Ollada Violeta.

Y ya no sólo es que me emocione cómo Miriam habla de mí, con ese cariño tan natural, y esa dulzura que la caracteriza, sino que comparto espacio con mi querida compañera y hermana de letras Tensi Gesteira (de Lecturafilia) y con Belén Edreira (de la Farmacia Literaria).

Además, tenéis que escuchar el programa completo porque el final es una auténtica delicia de intimismo y valentía.

Muchas gracias por tanta sororidad,


Ya disponible un nuevo capítulo de mi podcast Letraheridas

En el hablo de ‘Los años oscuros’ de Eva Gallud y de ‘Carrusel’ de Berta Dávila

Con seis canciones de Paula Mattheus

Mi nueva novela trata, a grandes rasgos, sobre el dolor que provoca la literatura.

De hecho, a día de hoy, si no hubiera ocurrido todo esto, ya estaría en vuestras manos y, quién sabe, ya habríamos hecho un puñado de presentaciones. Y eventos. Y nos habríamos estado abrazando y reencontrando en vuestras, nuestras, ciudades. En fin, la realidad no siempre es la que elegimos. Ahora nos ha tocado esta y, aunque la carencia de abrazos quema en nuestras pieles y la ausencia de voz en las gargantas nos llena de aridez el alma, debemos continuar un poco más.

No me gusta escribir aquí mucho sobre mi vida real, pero esta situación ha sido tan excepcional que me voy a permitir ciertos detalles. Como algunas sabréis, me dedico profesionalmente a las finanzas en el sector industrial y yo seguí desplazándome a trabajar desde que todo esto estalló. Aún así, las horas en casa empezaron a crecer por ajustes en las jornadas por seguridad. Dos meses, más o menos, a solas conmigo misma. Sin ver a nadie, sin abrazar a nadie, con la soledad abrasando mi propio trastorno de ansiedad.

Lo que tenía muy claro es que tenía que sobrevivir. Y escribí. Claro que escribí. Aprovechamos para revisar la nueva novela (que ya es una realidad, aunque vosotras no sepáis nada). También sigo trabajando en otra historia que terminé durante el verano pasado (el verano cero) y, además, en el confinamiento di por finalizada una novela corta. La saturación de historias, en estas primeras semanas, fue brutal.

Pero empezó a doler.

La literatura siempre ha sido algo muy frágil para mí. Algo que amo y odio. Algo de lo que he intentando desprenderme muchas veces porque, en ocasiones, se convierte en mi peor pesadilla esa necesidad imperiosa de transformar los sentimientos en historias intimistasY mientras escribí y releí esas tres historias, todavía inéditas, fui quebrándome un poquito más. Un día lo supe, supe que ya no podía más.

La escritora de antaño no se molestaba con ese dolor que albergan las páginas; pero ahora es distinta. Ahora tengo tantas cicatrices que no me puedo permitir dejar sangrar las heridas ni un poquito (es que se infectan, ¿sabéis?).

Y, total, que les he cogido miedo. A esas mujeres, a sus fantasmas, al miedo al amor, a sus familias, a su pérdida, a sus desafíos, a su valentía. Me reconozco a veces y, otras, me pierdo. Soy torpe, inútil, a la hora de escribir escenas felices. Soy demasiado honesta en los capítulos sobre el dolor. Me desnudo otra vez. Yo me prometí no desnudarme jamás.

Que me pierdo, perdonad. ¿He hablado de Septiembre ya? Sí, con mayúsculas. Ella me dijo una vez que me alejara de los libros, que depender de algo tan frágil como las letras era como suicidarse. Me reí, pero sus ojos estaban tan empañados que tuve miedo. Pensé en Carmen Laforet (pienso tanto en ella) y en su Nada, y en su Isla y sus demonios. Ojalá hablar con ella, ojalá contarle lo que ocurre. Como ella se lo contaba a Elena Fortún. ¿Dónde está mi Elena Fortún?

¿Y mi Celia? ¿Mi niña traviesa que llena de aventuras las páginas de mis historias?

Le digo a «M» que desde la última sesión no había conseguido escribir apenas nada. Me pregunta por qué. Le digo que me duele. Pero que lo echo de menos. Me dice que hay que ser pacientes y que necesito descansar. Le digo que si no escribo no duermo. Me pregunta que si estoy leyendo. Eso sí, le confirmo. Villette de Charlotte Brönte, una maravilla. Eso es bueno, dice.

¿Sabes?, le digo (ahora hablo más sola, ahora casi no interviene, es como si ya no la necesitara), me estoy pasando estas semanas en casa, haciendo yoga y ejercicio, con el humificador de esencias y los libros por toda la casa. Las gatitas y sus pelos en todas partes. Y siempre, a todas horas (que mueren) suenan las seis canciones de Paula Mattheus. 

Apaga el Skype y así me quedo yo, otra vez. Quizás después de la sesión la ansiedad pellizca un poco menos. Sé que al cabo de un rato volverá. Ahora se puede salir a correr. Lo suelo hacer de noche, antes de dormir. De cualquier modo, he empezado a cogerle un miedo patológico a la cama y a veces me tumbo en el sofá y amanezco allí. Con todo dolorido (me refiero al cuello, la espalda, la cabeza, el orgullo, la nostalgia).

Ese día al despertar me doy cuenta de que no le dije a «M» que echaba mucho de menos a mi abuela. Y mientras me froto los ojos noto que tengo lágrimas. Joder (y otra serie de tacos). Como odio algunas cosas de mí misma.

Pero ayer también me reí, pensé mientras torpemente preparo café y analizo que tengo el estómago revuelto y que ese día tampoco podré desayunar. Sí, también me río mucho. Con mis amigas, salvándome sin darse cuentas, todos los días al otro lado del teléfono. Qué gracioso, pienso. Y yo sin contarles nada, y yo sin decir nada.

Y yo mintiendo, como buena escritora que soy.

Aquella mañana (esta, la de ayer) empieza encendiendo el Spotify y poniendo una canción de Paula Mattheus. Suenan seis antes de irme a la ducha (no deshice la cama). Qué rutina más triste y hermosa la nuestra, ¿eh?

(Me gusta escribiros por aquí de vez en cuando, mujeres mías, ¿cómo estáis?)


Lista de reproducción de Paula Mattheus (no os la podéis perder)


Photo by Harmen Jelle van Mourik on Unsplash

2019: El año que me encontré a mí misma

«É unha desas veces en que as cousas que se poden complicar complícanse absurdamente e, sen ningún ruído, levan por diante a vida que soñamos»

Le robo esta frase a Berta Dávila (de su novela Carrusel, Galaxia, 2019) para definir mi año completo. Como sabéis, ya es costumbre en esta casa resumir los años llegados a este punto. Casi siempre lo hacía por mí, pero en esta ocasión creo que lo hago más por vosotras. Si miro hacia adentro puedo cometer el error de pensar que no tengo nada bueno que contar de estos doce meses. Y, en realidad, esto no es cierto. 

Quizás haya sido uno de los años más duros de mi vida. Y quizás 2020 también lo vaya a ser porque los problemas, sus dolores, sus raíces y sus enfermedades siguen su curso y no hay manera de cortarlos de raíz. En fin, tengo miedo. Y ese miedo me ha llevado a volcarme a escribir como una posesa, lo que resume un año lleno de literatura, editoriales que me han apoyado, grandes amigas que han estado ahí y, por supuesto, la nueva familia que me he visto obligada a crear.

La soledad me ha permitido encontrarme a mí misma y, dentro de mi dolor y de mi sufrimiento, he encontrado unas perlas de felicidad maravillosas. Citaría aquí vuestros nombres y llenaría páginas y páginas de agradecimientos. Pero me limitaré a daros todo lo bueno de mí a cambio de haber permanecido a mi lado cuando casi no podía ni parpadear.

Pero hablemos de libros.

De las historias que han culminado este año feminista, intimista, lésbico, plagado de sororidad:

De lo más bonito que me ha ocurrido ha sido toparme con las muchachas de Les Editorial gracias al Premio Misteria, en el que se incluye mi relato finalista A Raíña. Viajar a Madrid y conocerlas a ellas y al resto de autoras invitadas será un momento que no olvidaré nunca.

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No me quiero olvidar de que mi relato A Pastoriña también quedó finalista en el concurso Curtas de Animais Fantásticos. Mi primera publicación oficial en gallego que acompañé autopublicando en Lektu mi relato A Soa enfermidade con motivo de las Letras Gallegas.

A soa enfermidade

Como fin de fiesta, tengo que agradecer también a los chicos de Dos Bigotes por invitarme a formar parte de la antología de Nueva Narrativa Queer Asalto a Oz con mi relato Procura Olvidarme

Asalto a Oz

Y, como este año todavía no ha terminado, espero que estéis atentas a esta página web y a mis Redes Sociales porque en breves podré anunciar una nueva publicación para estas Navidades en compañía de mi querida meiga y amiga Maite Mosconi…

Como sabor agridulce, he de decir que cesé mi actividad en A Librería y Café Librería desde el mes de junio y que, desde entonces, leer ha sido una tarea pendiente y dificultosa, salvo maravillosas excepciones.

Aunque he de decir que este tiempo me ha permitido encontrarme y centrarme en escribir, por lo que he sacado adelante un borrador que, si todo sale bien, verá la luz en algún punto de 2020 y otra novela corta que busca un hogar (editoriales, queredme). 

Pero ha habido cosas bonitas: como el Ignotus que hemos ganado con el podcast#CaféLibrería en la Hispacon de Valencia y que me ha permitido volver a encontrarme con mis queridas Carla Plumed, David Pierre, Gemma Martínez… ¡Y además conocer a la famosa Elisa! Y aprovechar para reecontrarme con mi vieja amiga Gemma Jordán, a la que siempre llevo en el corazón.

Ahora la casa que David, Gemma y yo construimos e hicimos crecer con el resto de colaboradoras, se unifica con la web Café de tinta y da paso a un nuevo comienzo en el que les deseo la mejor de las suertes. De vez en cuando, ya sabéis, espero que podáis leerme y escucharme por esos lares.

Y, dicho todo esto, y sin querer despedir aún diciembre, quiero daros las gracias de nuevo por haber permanecido a mí. Por respetar mi espacio y mi silencio y por aceptar esta nueva yo que todavía lucha por saber quién es. De momento, tan sólo soy una escritora que vive con sus dos gatas, que sigue leyendo mujeres en la literatura y que anhela ser leída.

Feliz Año y Felices Letras, mujeres mías.

Photo by Hulki Okan Tabak on Unsplash

¿Nos ayudamos?

A veces cuándo acaba la sesión nos quedamos charlando unos minutos de cortesía. Los meses de terapia empiezan a cumplir el primer año e, inevitablemente, empieza a haber un estrecho lazo. «M» me dice que ha leído Todas las horas mueren y que está deseando empezar con Marafariña

Yo, que llevo cincuenta y seis minutos llorando, me limpio los rastros de lágrimas y saco a duras penas una sonrisa (aunque cada vez menos a duras penas) y le digo que muchas gracias por leerme, que eso me hace sentirme bien y feliz. Luego me quedo callada, cruzando las manos sobre esa mesa marrón y agacho la cabeza. Le digo que me ha ayudado mucho y que me gustaría poder dedicarme yo a algo así también, al oficio de cuidar y ayudar a la gente.

«M» suelta una risita, ya casi típica en esa habitación. Parece inmune a mi tristeza porque dice confiar en mí. Sacude la cabeza y yo la miro dudosa de lo que quiere decir. Coge el ejemplar y me lo señala con contundencia.

Me dice tenemos esto aquí.

Y yo le digo y eso qué significa.

Significa, dice, que yo hasta ahora no te había leído. Por lo cuál, cuando me hablabas de tu escritura no podía contestarte con conocimiento de causa. Pero te he leído y ahora lo veo muy claramente. Y ya no solo lo importante que es para ti, sino de lo que eres capaz de transmitir con ella. 

Y yo le digo, otra vez, y eso qué significa.

Y «M» me dice que aquí lo tienes todo. Un poder propio, personal, individual, tuyo. Para esto no has necesitado a nadie y, por fortuna, nunca la necesitarás. Estas palabras salen de ti, de alguna parte. Y permítete decirte que ayudan. A mí me han ayudado, me han transmitido y me han enseñado cosas. Aquí, Miriam, está tu tabla salvavidas. Y la de las personas que se acerquen a leerte y a ti. 

Quizás escribo estas palabras en esta entrada, como casi un acto jactancioso para creérmelas. Y para ser consciente de mi propia suerte y de ser consciente de lo que he sido capaz de hacer, blindándome a mí y blindando mi propia autoestima de mujer rota (como la de Beauvoir). Por eso, aún cuando me siento cada noche a escribir, y escucho el tecleo seco pienso que me estoy escuchando a mí misma.

Que tengo tanto que decir, que contar, que aliviar, que sé que no me llegará una vida pero que lo intentaré con todas mis fuerzas.

Me ayudo a mí, pero también quiero ayudaros a vosotras. Y en realidad, aunque «M» no me lo hubiera recordado (porque era algo que ya sabía, sino de qué dedicarme a este oficio), no podría dejar de hacerlo. Respiro en estas páginas, las que escribo y las que leo. Amo la literatura como nunca amaré a nadie y ella me ama a mí con honestidad y contundencia.

Y me promete, cada día, que nunca se irá a ningún sitio.

Y creo que escribo esto porque, como tantas otras veces hablé con mis compañeras (y compañeros) sobre por qué hacemos esto (recuerdo cuando María Fornet me dijo eso de y sino escribimos qué hacemos, como si fuéramos marionetas a su merced, como si nuestra vida no fuera otra cosa), quiero recordarme los motivos. Sí, quizás lo haga por mi. Para mantenerme con vida y alejarme del precipicio.

Pero, también, para ser una herramienta de ayuda. Un escudo de hielo contra la vida real. Un lugar donde podáis encontrar vuestra habitación, unas líneas que os comprendan y sepan cómo os sentís cuándo no hay nadie que sepa escucharos. Lo mágico de la escritura/lectura es que es una actividad individual e íntima que, al mismo tiempo, se comparte con multitud de personas que, como nosotras, se acurrucan en su sofá y dedican las horas a llorar en silencio cosas que no son capaces de comprender.

En definitiva, mujeres mías, pasan las horas (que mueren), las semanas y los meses y yo sigo aquí obcecada en seguir contándoos mis historias y seguir leyendo las vuestras. Pese lo que pese y cueste lo que cueste. Os lo debo y me lo debo a mi misma.

Así que, ¿nos ayudamos?

P.D. Qué gusto poder escribir aquí otra vez. Bienvenida a casa, Miriam.

Photo by Tim Chow on Unsplash

Sobrevivir en estos libros

«¿Cuándo?» decía yo, queriendo decir: ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo nos sostendrán los libros, el amor? ¿Hasta cuándo serán los libros y el amor más fuertes que esta frase: Un día acabaré por matarme?

Caroline Lamarche, La memoria del aire.

Me he tomado a rajatabla eso de tener tiempo para mí. No sabéis todo lo que estoy leyendo y escribiendo. Y también haciendo mucho ejercicio. Dedicando mi vida y mis energías a mí, a la terapia activa que estoy siguiendo, a volver a ser otra yo. Es un camino difícil pero, tengo que decirlo, es hermoso. El autodescubrimiento siempre me ha parecido algo fascinante.

Lo primero que he intentando hacer es dejar de sufrir mientras escribo. No quiero que duela. Aconsejaba en una presentación mi admirada Rosa Montero que, con los años, hay que aprender a tomar distancia de lo escrito y de nuestras propias novelas. En un primer momento, yo no fui quien de entenderlo. Hoy por hoy, creo que sí, que sé lo que quería decir. Por eso yo también os digo (y me digo): separaos de ellas, que no os toquen demasiado, que no sean vuestro motivo primero para sobrevivir. Encaramarse a algo tan frágil como la literatura es muy peligroso.

Lo segundo es buscar silencio de manera desesperada. Hacía tanto tiempo que no me escuchaba, que no acercaba mi oído a mi propio dolor emocional e intentaba saber qué quería decirme. Ha sido curioso. Me sentía siempre sola y lo único que había ocurrido es que me había dejado sola a mí misma, totalmente abandonada de mis intereses. ¿Cuánto hacía que no escribís por mero placer? ¿Cuándo fue la última vez que me senté a releer mi propio libro, como tanto me gustaba hacer?

¿Por qué, Miriam, has dejado de dedicarte tiempo a ti misma?

Lo tercero ha sido leer. Leer. Leer. Leer libros de mujeres que, como yo, buscan desesperadamente sobrevivir y sobrevivir(se). Esto (y no se bien a qué me refiero con esto) me acompaña desde que soy una niña y sigue ahí, encaramado. Es un poco duro de admitir que siempre va a doler, pero me hace estar altera, no perder nunca la perspectiva. Esta tristeza que me acompaña me hace anhelar la felicidad. Por eso me esfuerzo tanto por reír, por hablar con mis amigas, por conocer escritoras y amantes de los libros con las que charlar durante horas de cosas que solo nosotras entendemos. Leer, leer. Incluso había dejado de disfrutarlo.

«M» me dice que lo más difícil ahora es mantenerme. Pero dice que ella tiene fe en mí. Dice que mi predisposición por quedarme aquí, en este filo, es admirable. Así que ahí me mantengo, me sujeto a las páginas en las que voy escribiendo mi presente y aquí me mantengo.

¿Sabéis? He terminado de escribir un libro esta semana. Otro libro más. Quiero gritar y contaros muchas cosas de esta historia y de las mujeres que aparecen en ella. Pero todavía es pronto.


 

2¡Y hablando de nuevas publicaciones! Ya ha salido a la venta la antología Actos de F.E.: El Hambre, editada por Cerbero donde podéis leer mi relato DOR. Podéis adquirirla en su página web y en los diferentes eventos que habrá en Madrid y en Barcelona.

Por cierto, si vivís en Barcelona, ¿hacéis algo el 23.02.2019?

 

 

Una Mujer Nueva

No tenía muy claro cómo ir retomando mi actividad después de la desconexión. Entonces tomé la decisión de no planearlo, de no pensar cuándo, ni cómo ni por qué. Que lo hiciera cuándo me apeteciera, cuando sintiera que tenía ganas de volver a hacerlo sin presión. Disfrutando de ello. Si yo disfruto, sé que vosotras también.

Me he tomado mi tiempo para reflexionar y, me temo, me lo seguiré tomando. Es más, me lo tomaré durante toda mi vida si me lo permitís. ¿Os suena diferente esta Miriam? Sí, me siento como una mujer nueva. No sé cómo ha ocurrido, no sé de dónde ha salido exactamente el impulso, pero estoy aquí y mi voz es diferente.

Todavía no sé qué me deparará este nuevo 2019. Bien, siendo honesta, algunas cosas sí que las sé… pero vosotras las conoceréis a su debido tiempo.

Sea como fuere he estado, estoy y estaré trabajando mucho en proyectos literarios. Algunos a corto plazo, otros a largo y otros sin fecha definida. Es curioso como al tomar perspectiva y dejarme respirar he conseguido encontrar el impulso necesario para continuar.

Tal vez no esta tan perdida como creía, tal vez solo un poco abrumada por un cúmulo de circunstancias. ¿Vosotras qué créeis? 

Libros Prohibidos publica mi relato de metaficción El tiempo de las cerezas

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Mis compañeras de Libros Prohibidos han publicado mi primer relato de este 2019. Una historia muy breve de fantasía y metaficción. La protagonista es una niña sin nombre y su amiga Septiembre. Yo que vosotras estaría muy atenta a estas dos mujeres, porque es probable que en un futuro sepáis algo más de ellas…

Podéis leerlo gratuitamente aquí.

A Librería da un paso adelante.

Mi habitación propia, mi otra casa. Nuestro proyecto web de divulgación literaria, que ya va camino de los tres años de vida, no para de crecer y expandirse. Hace poco anunciábamos que dábamos un paso adelante, un lavado de cara, que íbamos ofrecer cosas nuevas. Allí me podéis leer hablando de:

  • Mujeres en la literatura
  • Entrevistas
  • Editoriales emergentes
  • Clásicos necesarios
  • Artículos de divulgación

Aquí podéis echar un vistazo a mis primeras entradas del año:

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Seguimos dando voz a las autoras en nuestro podcast #CaféLibrería.

Inauguramos el año en nuestro podcast #CaféLibrería con un programa hecho a mí medida. Hablamos de Una Amiga Estupenda, tuve el gran honor de hablar de escritoras mujeres y lesbianas con Pilar Bellver, y analizar con ella su última novela  V y V Violación y Venganza en una charla enriquecedora.

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Leyendo novela lésbica para HULEMS.

Sí, el año pasado ya me pudistéis leer por el portal de referencia lésbica más reconocido de nuestro país. Y es que HULEMS (Hay Una Lesbiana En Mi Sopa) se dedica a otorgarnos la visibilidad que merecemos. He comenzado este año reseñando novelas croquetas para ellas. Espero que os guste esta nueva faceta y descubráis muchas autoras nuevas y diferentes.

Mis últimas entradas han sido:


Y esto es todo por el momento.

Yo ya estoy disfrutando de esta nueva Miriam, ansiosa por descubrir libros nuevas e historias propias. Y vosotras, ¿os quedáis por aquí?

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Photo by freestocks.org on Unsplash

La escritora transparente

Si miro mi mano a contraluz (pero no sé de dónde viene la luz) veo letras a través de la piel. Por mi sangre corren palabras disueltas, algunas no significan nada y otras lo significan todo. La claridad atraviesa, entonces, mi cuerpo entero como si fuera un algo sin materia, difuso, sin forma. Como una nube que se puede tocar pero se desparrama y huye. Huye sin huir. Entonces se forma un humo rosado que lo envuelve todo, impide que se pueda ver.

Ser escritora es un poco esto.

No sé por qué escribo esta entrada y pienso en mi compañera Ana Castro. Encima de la mesa tengo su fanzine 2º Izquierda. El librito se ha vuelto semi invisible cuando mi mano traslúcida lo ha tocado. Al recordar a Ana pienso en la literatura que nos une y pienso, también, en el dolor que ella conoce tan bien y que todas conocemos en realidad. Acaricio su pequeña obra y espero que, a pesar de los kilómetros que nos separan, sienta esa caricia. Sé que a ella, como a otras muchas locas que escriben, me he unido porque no soporta a veces esta sensación de soledad y no existir. Soy tan transparente que me tropiezo con el suelo que no soy capaz de mantenerme en pie.

Pero siempre estoy de pie. O flotando. Y me elevo. Con las plumas saliendo de mis uñas y la tinta, que es mi sangre, dejándose caer por los folios en blanco. Es como un hechizo maldito al que soy adicta y del que rehuyo constantemente. ¿Sabéis? De algún modo crezco y me pertenezco, pero cuanto más me acerco a mí más lejos me encuentro. Soy literatura, pero también soy una mujer que duda y tiene miedo. Miedo de lo que hace, miedo de por qué lo hace y miedo de a dónde la llevará este camino.

Cuando me siento a escribir aquí quiero decir tantas cosas que al final siento que no digo todo lo que quería decir. Me doy cuenta de que soy incluso transparente para mi propia voluntad, que mis palabras son anárquicas y vuelan a dónde se les antoja. Pobriñas, ellas no quiere tener dueña, no quieren pertenecerme. Pero yo sé de dónde surje este concepto y a dónde pretende ir, lo que es más difícil hacerme comprender a mí misma. Cuando intento encontrarme, vuelvo a perderme.

Creo que la vida no es más que un intento de encontrarnos a nosotras mismas, a nuestra propia voz. Esto lo leí en Feminismo terapéutico de María Fornet. A veces siento que mi voz es tangible, fuerte y sonora. Otras es frágil, no puedo ni escucharla, mucho menos transmitirla. Vuelvo a ser inexistente frente al mundo, y cómo me cuesta. La imposición a no existir pesa en mi corazón, que pasa de ser violeta a ser negro en un pequeño segundo profundo.

Últimamente me preguntáis si estoy bien. Yo también me lo pregunto a menudo, no os creáis. ¿No os parece una pregunta muy difícil de contestar? Creo que lo que necesito es dejar de ser una escritora tan transparente. De algún modo, necesito regresar aquí, pisar el suelo otra vez, agarrar la pluma y arrancar eso que no quiero arrancar porque tengo miedo de irme otra vez.

De agotarme.

Y miedo, también, a llegar a dónde quiero llegar y ser feliz. 

Photo by Audrey Fretz on Unsplash


¿Te has quedado con ganas de más? Puedes ver mi último vídeo en Youtube

Leyéndolas a ellas y a nosotras mismas | #LeoAutorasOct

El #LeoAutorasOct nació un agosto hace dos años a través de un grupo de tuiteras que demandaban la desigualdad escandalosa entre el número de autores leídos durante un año frente al número de autoras. El movimiento creció de manera burbujeante e imparable (tal vez porque resultaba terrible que en la actualidad algo así siguiera ocurriendo, tal vez porque nosotras ya nos hemos cansado de conformarnos). Además, coincidió con la instauración del Día de las Escritoras: toda una señal.

Me llamó la atención esta estadística publicada en el resultado de uno de los premios independientes que más fuerza han cobrado en los últimos años, los Premios Guillermo de Baskerville organizados por la revista literaria de género Libros Prohibidos. En pleno año 2018, de las 87 obras participantes en dicho premio, tan solo 23 estaban firmadas por mujeres. Esto nos deja un triste e insuficiente 26,4%. En cambio, en las obras nominadas, nos encontramos con un total de 5 sobre 10 escritas por ellas. ¿Esclarecedor? Sin lugar a dudas.

Algo diferente nos hemos encontrado en el Premio Indie de Amazon de este año. A pesar de que una abrumadora mayoría de plumas pertenecían a autoras, su representación dentro de las finalistas es de 2 frente a 5. Cuando alguna de las concursantes señaló dicha diferencia, recibió algún que otro comentario tipo: Yo leo las obras sin importar que estén firmadas por un hombre o por una mujer… Tal vez, cada cuál, deba plantearse cuánto hay de cierto en dicha afirmación.

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Siempre es un buen momento para recuperar esta preciosa ilustración de Gemma Martínez

Nosotras en A Librería somos unas infatigables amantes de las plumas de las mujeres. Desde nuestros más tiernos inicios, hemos tenido un fuerte compromiso con la literatura femenina. Nosotras practicamos en #LeoAutorasOct todo el año bajo la etiqueta #MujeresEnLaLiteratura. Y este camino lleno de proyecto seguimos y seguimos.

Me gusta leer a mujeres, me ha gustado desde niña. Las buscaba infatigable en ese dominio primordial de los libros masculinos. Buceaba en los pequeños atisbos de sus roles que la sociedad y la literatura les permitía. Hoy en día es más fácil, pero todavía no es igual. Nuestra dedicación y nuestras excusas, de algún modo, siempre tienen que ser mayores. Pero también es verdad que vivimos en la época violeta donde, de algún modo, nosotras reinamos, nosotras marcamos las nuevas tendencias, nosotras no vamos a dejar hueco sin el lugar que nos pertenece.

Creo que leernos entre nosotras nos hace fuertes. La sororidad literaria es imprescindible y debemos trabajar en ella. Es algo que debemos hacer a conciencia, día a día, infatigablemente. Leernos a nosotras mismas es lo que necesitamos para mantenernos vivas. 

No puedo negar que de un tiempo a esta parte, mi obcecación en este tema no ha dejado de crecer y crecer como un monstruo devorador. Un monstruo bueno, por supuesto, pero tan feroz e imparable como cualquier otro. Siento que se lo debo a ellas, que me lo debo a mí, y que yo también he sido víctima de esa invisibilidad. Pero gracias a tantas autoras antes que yo, hoy Marafariña, Todas las horas mueren e Inflorescencia, están siendo leídas y releídas con cariño y constancia, sin importar realmente, si se trata de novelas firmadas por un autor o por una autora.

¡Ah! Y para celebrar este mes tan especial tengo que decir que el viernes 12 de octubre mi compañero de letras David Pierre publicará en su lista de correo exclusiva mi relato inédito Luscofusco. Así que, sí queréis leerme en un registro nuevo, solo tenéis que seguir el siguiente enlace y los recibiréis en vuestros e-mails:

▶️https://landing.mailerlite.com/webforms/landing/m9a3j1

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Photo by Katherine Hanlon on Unsplash

La supervivencia y el dolor

Leí este tweet de Nieves Delgado y pensé en cómo lo comprendía. Luego pensé qué era bonito y triste ver que lo comprendía.

No, hay muchas cosas peores que morirse.

Existe mucha tristeza en lo que he escrito desde siempre, es un secreto a voces. Tengo la impresión de que muchas de mis queridas amigas y lectoras lo hacéis precisamente por esa tristeza que se cuela entre los recovecos de las palabras. No podemos culparnos a nosotras mismas, es raro que la vida resulte fácil para nadie. Es difícil escapar, aunque sea un poco, de los ramalazos de desesperación, problemas, dolor e incomprensión. La existencia se nos complica demasiado, y lo hace demasiado a menudo. Los días se retuercen como serpientes que pretenden morderse la cola. Y a nosotras nos abraza en el medio, asfixiándonos, pero no lo suficientemente fuerte para matarnos. No, hay muchas cosas peores que morirse.

Desde muy pequeña, como ya sabéis, me he familiarizado con el dolor. Y la literatura siempre ha sido mi medicamento favorito y lo sigue siendo. Pero escribir también duele y se crea una dualidad desesperante en ocasiones. Por eso también he encontrado alivio en el deporte que es donde, tal vez, más refugiada y mas alejada de mi realidad me puedo sentir cuando lo práctico. Supongo que no viene mucho a cuento, pero esta es mi habitación propia (y la vuestra) y necesito contároslo todo, todo lo que hace que esté aquí.

Llevo tiempo arrastrando del mismo timón. Ese timón implica una situación personal muy compleja e imposible de explicar, que ha hecho que sintiera como, poco a poco, esos demonios de los que tan bien habla Carmen Laforet, hubieran vuelto poco a poco. Ha habido días en los que he pasado miedo, días en los que no he sido capaz de hacer nada, días en los que tampoco he sentido nada y días en los que, simplemente, me he esforzado por seguir porque siempre he sido una superviviente obcecada en serlo (gracias, Rosa Montero).

Espero que a vosotras no os sean familiares estos sentimientos. Pero estoy segura de que sí. Y por eso, como yo, estáis por aquí, buscando también vuestro propio alivio.

Pero cuesta, ¿sabéis?

Y este pequeño sitio, mi ventana, dónde puedo encontrarme y encontrarnos me exime de muchas cosas. Lo creáis o no, este espacio es el único dónde siento que puedo respirar. Donde soy esta Miriam que escribe y habla de mujeres que escriben, y es capaz de ponerse ante una cámara y sacar esa sonrisa. Luego todo lo demás se hace muy difícil, ¿escuece? Espero que a vosotras no os sean familiares estos sentimientos. Pero, tal y como dice Nieves Delgado, estoy segura de que sí. Y por eso, como yo, estáis por aquí, buscando también vuestro propio alivio.

Así que en ocasiones miro a mis libros en la estantería y me enfado con ellos porque no son capaces de ayudarme. Luego cojo esa nueva historia e intento sumergirme en ella pero no me deja. Y mis lecturas, a veces, se vuelven áridas en mi boca porque tienen más realidad que la propia realidad. Y en ellas encuentro las respuestas: que es posible que este dolor no se escape nunca, que permanezca siempre ahí, que no se vaya a ninguna parte.

A veces pienso que es porque desde siempre he sido una consciente obsesiva de que el tiempo pasa deprisa y que la posibilidad de enfermar y morirse está a la vuelta de cada día. Suena frío, pero es así. La enfermedad y la muerte prematuras siempre me han estado rodeando como un fantasma al que ya no tengo miedo. Y lo peor de la muerte es que no siempre implica la no existencia, a veces te permite seguir viviendo pero en un cruel estado de letargo.


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¿Te has quedado con ganas de más? ¡Puedes escuchar el podcast #CaféLibrería en el que inauguramos el #LeoAutorasOct! Nada mejor que las letras que curan.

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Una escritora intensa en Youtube

Os prometía una sorpresita por mis Redes Sociales y aquí esta.

El blog de esta semana viene en un formato diferente, digamos, más audiovisual. A partir de ahora, no solo podréis leerme sino, también, verme… ¡En Youtube!

Así que sin más dilación, os invito a suscribiros a ese medio y a que sigamos juntas hablando de #MujeresEnLaLiteratura.

¡Muchas gracias por verme y leerme!