#CaféLibrería y nuevos proyectos para septiembre

Ya os adelantaba en este mini vídeo de Instagram y en los perfiles de Twitter y Facebook de A Librería la inauguración de un nuevo proyecto literario a “tres voces”. Junto con Carla Plumed de Café de Tinta y David Pierre (mi tan estimado compañero literario desde hace tantos años). Sí, amigas mías: un podcast. Un formato que funciona bastante bien, es dinámico y no sirve para hacer lo que más me gusta hacer: seguir hablando de literatura y, sobre todo, de #MujeresEnLaLiteratura.

A este nuevo espacio radiofónico, fruto de muchas conversaciones, complicidad y amistad durante las pocas horas que pudimos compartir en el Celsius 2018, lo hemos bautizado como Café Literario (podéis encontrarnos en Twitter con el #CaféLiterario), al que he dedicado una sección en esta web dónde iré actualizando con los nuevos programas que estén disponibles.

El primer programa íntegro lo podéis escuchar en Ivoox pinchando en este enlace.  En él analizamos muy pormenorizadamente La Compañía Amable de Rocío Vega. ¡Espero que disfrutéis de la charla! ¡Y que, sobre todo, os entren muchas ganas de leer el libro!

También podéis suscribiros a nuestro perfil (y dejar vuestros comentarios sería todo un detalle).

¿Ah? ¿Habéis visto ya la ilustración de Gemma Martínez para el proyecto? ¿no?

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Septiembre e Inflorescencia

Es un mes bonito septiembre. Después de agosto y sus horas de sol, de cierta libertad. Me gustaría decir que me he dedicado a descansar y a recuperar fuerzas durante el verano, pero ya hace tiempo que no suelo tener vacaciones en esta época del año. Aun así, no me puedo quejar. He tenido una temporadita de cierta desconexión de Redes Sociales y de actividad habitual en mis portales. Pero, ya veis, en realidad no he dejado de trabajar.

Cómo sabéis, Inflorescencia ya lleva dos meses en vuestras manos. Por el momento, la habéis tratado con cariño y con amor. La habéis leído y habéis dejado vuestros comentarios en Amazon y en Goodreads (¡corred si no lo habéis hecho ya!). Pero el camino de esta historia, y la de Marafariña, no ha hecho más que comenzar. Os aseguro que mi intención, con vuestra ayuda, es acercárosla mucho más. Que sea todavía más vuestra y menos mía. ¿Seremos capaces? Estoy segura de que unidas sí que podremos hacerlo.

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Por el momento, quedan algunas semanas para conocer el veredicto del Concurso de Amazon, donde esta historia participa. Y tengo mucho interés en saber cuál es el resultado este año.  Y aunque es verdad que me he mantenido un poco al margen de este premio en el ámbito público, he tenido el gusto de leer algunos de los títulos que he ido reseñando en mi otra casa, A Librería, ya sabéis dónde es.

¡Y relatos!

Sí, queridas mías. Agosto ha sido un mes de relatos y de nuevos retos. De explorarme a mí misma y de forzarme a mejorar. He presentado tres trabajos a diferentes convocatorias (una de ellas en gallego, algo que me hace mucha ilusión). Si las cosas salen bien, podremos saber algo muy pronto. Si no, pues tan solo tendremos que esperar un poquito más. Por paciencia que no quede, ¿eh?

En fin, que os puedo decir. Es un gusto volver, ahora sí, por aquí. Y espero que sigamos haciendo de este espacio un bonito lugar de letras y literatura.

¡Nos leemos, #MujeresEnLaLiteratura!

 

Photo by Hello I’m Nik on Unsplash

Agosto

No sabes nada, no busques nada. Eres una loca.

Tenéis que perdonarme, pero este post no es para vosotras. Es para mí.

Agosto siempre ha sido mi mes favorito del año, desde que soy una niña. Las vacaciones de verano, la playa, la ausencia de relojes, el perderme. El tener horas y horas a solas con lo que más amo en el mundo: mi literatura, solo mía, de nadie más. Agosto y el mes en el que aprendí a quererme, a mimarme, a ser yo. Agosto, el mes en el que esa niña con los ojos llorosos se miraba al espejo y me preguntaba a mí, a la Miriam adulta que todo lo debería saber, cuándo acabaría esto y cuándo llegaría la felicidad. Cuándo llegaría la libertad.

Agosto. Ya no encuentro a esa niña por ninguna parte. O sí, a veces sí. Cuando se me despeinan las cejas, cuando se me tuerce el labio y cuando tengo ganas de llorar pero no debo porque estoy en una oficina gris o estoy en un ambiente distendido en el que tales lágrimas no encajan. De niña lloraban con más facilidad y sin pudor. Nunca me dio vergüenza llorar, era mi manera de expresarme, porque hablar me costaba (aunque escribir me resultaba tan, tan sencillo. Ojalá todo fuera tan sencillo para mi como escribir), porque ser, simplemente ser, me costaba. Yo creía (en ese agosto) que eso se me pasaría al crecer. Pero crecí, crecí, crecí. Y esas sombras crecieron conmigo. Se anudaron a mis muñecas huesudas, a mis tobillos, a mi corazón sombrío. Lo ocupaban todo. Y, en cierto modo, lo ocupan.

Agosto. De niña miraba al mar. Sonreía. Había momentos pequeños en los que era capaz de ser feliz sin mirar nada más. Mi abuela y su olor a perfume (incluso en la playa) me hacían feliz. Mi abuela siempre fue algo importante en mi felicidad pero, las abuelas, se pagan poco a poco, sin remedio.

Agosto y esta niña ya no existe, pero la playa a veces tiene magia. A veces me duele seguir siendo esa niña, a pesar de que estoy más cerca de los treinta que de los veinte, que tengo un trabajo gris y una rutina estricta y precisa. El despertador suena cada mañana y solo yo puedo apagarlo, solo yo puedo tener energías para levantarme de la cama. Y sí, me arropa mi amor. Pero hay tantos vacíos alrededor, como precipicios, que a veces me da miedo, tanto miedo, salir del colchón. Agosto. Agosto. Agosto. ¿En qué te has convertido? Eres un mentiroso. Me prometiste que siempre serías así.

Agosto. Agosto y tu maldito agostamiento.

Esos círculos. ¿Los ves? Cada vez dejas que sean más pequeños. Pero me permites mis letras (mis letras, mis queridas letritas, mis personajes, mi yo, pequeña, mi yo) y es mi vía de escape. Me permites vivir y sobrevivir así. En cualquier punto. Literatura, yo te escribo y tú me contestas. Y me abrazas. Y me quieres. Me quieres como nada en este mundo ha sabido quererme y comprenderme. Tú me hieres, pero para abrirme y sacarme de dentro esa sombras tan oscuras. ¿Quién las provoca? ¿Agosto, tal vez? ¿Yo misma? ¿Esa niña que, de un modo u otro, se eternizó siempre dentro de mí?

Cuándo se iba a acabar todo, pequeña Miriam.

Dijiste que de mayor sería más sencillo.

Lo dije. Sí. Te lo dije, niñita de ojos redondos y lágrimas frías. Y siento que no sea más sencillo pero, al menos, te he enseñado un camino hacia el que escapar.

Rincones, playas, bosques, marafariñas, libros.

Nombres.

Tienes tu identidad, abrázala, quiérela como te enseñé a quererla.

¿Los ves? Son agostos, niñita. Agostos para ti, agostos eternos que te esperan.

 

 

Photo by Maksym Kaharlytskyi on Unsplash

Una escritora intensa en el #Celsius2018

Lo cierto es que, año tras año, disfrutaba del festival de terror, fantasía y ciencia ficción  Celsius 232 (que tiene lugar en la preciosa ciudad de Avilés) vía twitter. Y, a través de esta Red Social, disfrutaba de los eventos, de las desvirtualizaciones, del encuentro entre la literatura, los que la crean, los que la editan, los que la leen, los que lo hacen todo a la vez. Tras mucho tiempo, y aunque me resultó imposible ir antes del sábado (el día final), cerré todo lo que tenía que cerrar para plantarme allí y dar los abrazos pertinentes.

De Gaedheal a Avilés, pasando por Mondoñedo

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Mi compañera de viaje desde las tierras gallegas ha sido Maite Mosconi, escritora y gran amiga desde hace ya un tiempo, con la que compartí un viaje en coche lleno de anécdotas, algunas casi innombrables. ¿Lo más especial? Poder conocer los nuevos proyectos de esta interesante y hermosísima #MujerEnLaLiteratura con la que siempre es un placer compartir tiempo, charlas, libros y cafés.

A Librería unida

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Gemma Martínez (ilustradora), una servidora y David Pierre (escritor y crítico) en el primer encuentro oficial de A Librería

Conozco a David Pierre desde hace más de diez años. La amistad que nos une es una de las más sinceras y honestas que he conseguido hacer en los lares literarios de Internet, y nuestro vínculo es fortísimo. Sin embargo, en todo este tiempo, no habíamos tenido ocasión de vernos. Como sabéis, además, junto con Gemma Martínez, los tres llevamos a cabo desde hace más de dos años la web A Librería.

La sensación de llegar por las calles de Avilés y encontrármelos y poder abrazarlos muy fuerte en persona es indescriptible e impagable. Y, aunque hubo espacio para hablar de literatura y trabajo, lo principal para mí fue afianzar de una manera real una amistad como pocas he conseguido a lo largo de mi vida.

Los amigos de Twitter son reales

No podría negar que una de las personas a las que más necesitaba desvirtualizar era a Café de Tinta o, ya dicho con más acierto, Carla Plumed. En pocos meses, hemos empezado a trabajar juntas en nuestra actividad en la red y como reseñas literarias, mientras fue fraguándose una amistad sincera y única.

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Servidora #Intensa y Café de Tinta
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Foto de la comida del cachopo. Tres gallegas preciosas y tres catalanas. Laura, Carla, Maite, David, Gemma

Y después, me di cuenta de las calles de #Celsius2018 son mágicas. Y que, sin más, aparecían frente a mi aquellas personas con las que se comparten horas, aficiones, lecturas. Me topaba con mis lectoras y lectores, con mis escritoras y escritores favoritos, con aquellas con las que, sin saberlo, mantienes un vínculo tan especial:

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Y la #Intensidad

Tengo que decir que mi estancia en el #Celsius2018 fue fugaz. Llegamos al lugar cero el sábado al mediodía, por lo que apenas pudimos disfrutar de la fantástica presentación de Crónicas del Fin de Campbell y Cortina y llevarme un ejemplar muy especialmente dedicado (aunque lo más más bonito fue ver que Gabriella me reconoció).

Tengo que decir que una de las partes que más disfruté fue del encuentro con la Editorial Cerbero, su editor y sus maravillosas autoras. Cercanas, brillantes, mujeres preciosas, mujeres que escriben. Siempre #MujeresEnLaLiteratura. Una lástima que de estos intensos momentos no haya fotografías (aunque se ha colado algún que otro GIF por Twitter del que no me hago responsable).

¿Y qué hacía una escritora de literatura intimista en un festival de fantasía, ciencia ficción y terror? Pues, precisamente, vivir uno de los fines de semanas más #intensos de mi vida.

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Representación gráfica de mi misma. Por Gemma Martínez

P.D. ¿Mi espinita? Haber estado a pocas horas de diferencia de llegar y poder abrazar a mi tan querido Javier Miró. Pero en fin, para otro año será. Gracias por la firma, amigo mío.

Ya está a la venta Inflorescencia

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A principios de mayo anuncié la autopublicación de mi próxima novela con este honesto y sincero post, plagado de “fracasos” pero, también, de ilusiones. A finales del mes de las flores, por fin, hacía público el título y la portada de la obra, que tuvo una acogida cálida y tierna por vuestra parte, de la que no podía sentirme más feliz. Y, como último paso, os regalaba un capítulo inédito de la novela con la preciosa ilustración de Gemma que, no está de más, recordar aquí:

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Ruth y Olga llevan esperando casi tres años a volver a Marafariña, a ver cómo florencían los campos de esa espesura, para intentar recuperar la fe, la confianza o una parte de lo que el pasado les ha negado. Y yo, junto a ellas, mis mejores amigas, he estado ahí, paciente, mimándolas, cuidándolas, regándolas, haciéndolas crecer. Y durante los años que duraron estas páginas, me gusta decir que las tres (y yo en un segundo plano) compartimos una sororidad que, ahora, espero que vosotras sintáis en las páginas de Inflorescencia que ya está, ahora sí, a la venta.

Y, tal y como ocurrió con Todas las horas mueren, esta obra participará en el Premio Indie de Amazon de este año. Así que me gustaría que me ayudaséis a que estas flores brillaran más que nunca. ¿Cómo? Adquiriendo la novela y dejando vuestra sincera opinión en su ficha de Amazon y en Goodreads. Y, también, que le habléis a vuestra familia, a vuestras amigas, a todo el mundo, de ella. Tal vez así, entre todas, sepamos hacerla brillar.

Y sin más dilación, os vuelvo a recordar la sinopsis oficial y los enlaces de compra más abajo:

Una buena nueva guiará la vida de Ruth de vuelta a una Marafariña que luce sola. Lo que ella no podría imaginarse después de la catástrofe del Prestige, era encontrarse que luciría una espesura blanca. 

Han pasado años desde que abandonó la libertad y su ser de esas tierras, pero tal vez nunca son demasiados cuando se acerca al tintineo hipnotizante y fresco del río, cuando se enfrenta ante la iglesia tapiada de recuerdos o cuando alcanza la inmensidad de la playa. 

Nunca es demasiado tarde cuando la tierra todavía es capaz de florecer.

“Las flores mismas han aparecido en la tierra, el mismísimo tiempo de la poda de las vides ha llegado, y la voz de la tórtola misma se ha oído en nuestra tierra” (El Cantar de los Cantares 2:12)

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Visita aquí la ficha en Goodreads de las novelas

Y nada más, flores mías, espero que me contéis vuestras primeras impresiones. Que las páginas os abracen, que os encuentren y vosotras las encontréis. Yo, mientras tanto, estaré aquí, a un lado, dejando que Ruth y Olga sean las auténticas protagonistas de esta historia.

 

 

 

La playa en invierno

Marafariña, febrero 2002 

La playa parecía un paraje condenado en invierno. El frío y la soledad convertían la arena y el mar en un juego casi peligroso que no era conveniente interrumpir. El sol brillaba demasiado débil, pero lo suficiente intenso como para proyectar sombras desde las rocas, como si de una amenaza se tratasen. Si en Marafariña era complicado encontrar el silencio absoluto, en la cala resultaba imposible. La naturaleza bramaba salvaje, libre y mortal. Tan hermosa como aterradora, haciendo un alarde eterno de su innegable poder.

El juego de las olas, la fantástica marea y los misterios que albergaba podían ser una prueba irrefutable de la presencia de un Creador Todopoderoso. Precisamente, la fascinante creación era el principal argumento que las publicaciones de la Watchtower utilizaban para justificar la existencia de Dios. Nada tan complejo podía ser motivo del fortuito azar, pues el azar solo encerraba destrucción y fealdad. Si se contemplaba el universo como una obra de arte, como un cuadro espléndido o una novela estremecedora, estaba claro que un artista real tendría que estar detrás de tal ardua labor. Sin embargo, Ruth tenía más fe en la sabiduría de la propia Naturaleza, de la Madre Tierra. Observando Marafariña y sus rincones, podría defender firmemente que las raíces habían brotado por sí solas, que los troncos habían crecido donde lo estimaban oportuno y que la vegetación había surgido sin más. Que el cielo tan azul se había colocado en las alturas para contemplar su esplendor. Que los mares eran un pedazo de ese mismo cielo que no había soportado la tentación de bajar al mundo. Que las flores eran lágrimas derramadas de alegría.

Sería antinatural creer en un ser omnipotente que hiciera nacer la Tierra, su vida y al ser humano. Y más antinatural sería creer que había inculcado en las personas instintos que, sin más, consideraría pecaminosos y denigrantes. Era antinatural condenar lo natural. Y el amor, su amor por Olga, era tan natural como aquel océano mortal que acariciaba con ternura la arena helada, como aquellas rocas erosionadas por el viento melódico. Lo comprendía y lo aceptaba, lo tenía claro. Pensaba respetarse con pureza a sí misma y no culparse jamás, pues sabía que los latidos de su corazón y su voluntad seguían respondiendo a la honradez y benevolencia que siempre la había caracterizado.
Inspiró la brisa purificadora y catártica. Jamás en su vida se había sentido tan llena de vida, energía y optimismo. Su vitalidad era tal, que casi podía tocarla con la yema de los dedos. Su piel resplandecía en ese día gris, sus cabellos rojizos al viento también brillaban. Sus ojos lucían más verdes que nunca tras sus gafas, sus labios sonreían con la serenidad que otorgaba el aceptarse. Los últimos meses, en los que había recorrido en camino del autoconocimiento, habían sido duros pero había merecido la pena. Casi podía vislumbrar la meta, y no permitiría que nada se interpusiera entre ella y el destino que pretendía alcanzar.

Se agarró las rodillas. El anorak era como un abrazo de calor, pero los pantalones vaqueros no protegían del todo sus piernas. Sus pies estaban desnudos, necesitaba sentir el tacto de la arena para notar la sintonía de la playa.

Fluía la tarde con sus horas eternizadas y Ruth buceaba en sus pensamientos. No tenía prisa, no tenía nada que hacer, era una situación que se daba en contadas ocasiones. La estaba esperando, sabía que llegaría de un momento a otro. La simple idea de verla de nuevo, otra vez, disparaba los latidos en su pecho. La atracción hacia la muchacha catalana de mirada turbia era ya indiscutible, cada día tenía el privilegio de intimar más con ella, de conocer y memorizar sus gestos, cada palmo de su cuerpo, cada una de las entonaciones de su voz, el color de sus cabellos, la presencia de sus demonios y su admirable valentía. La amaba infinitamente, eternamente. Nada divino, nada irreal, podía manchar eso. La semilla que Olga había implantado en Marafariña, en ella, era imposible de extirpar. Perduraría para siempre, como lo que es eterno.

Se levantó, notando su cuerpo entumecido. Se remangó el bajo de los pantalones y, abandonando sus zapatos en la arena, se dirigió hacia la orilla. El mar la atemorizaba y fascinaba a partes iguales. Parecía una manta gigantesca. Notó cómo la punta de sus dedos se humedecía por el oleaje que avanzaba por el terreno. Se acercó un poco más, hasta que el agua le acarició los tobillos. Maravilloso. Echó a andar, con la mirada perdida en el horizonte. Sus pies y el agua jugaban, ella los dejaba bailar. Alcanzó el éxtasis de la calma, que la ayudó a quitarse de encima el cansancio que arrastraba tras de sí.

Entonces la vio, en lo alto del acantilado, mezclándose con la negrura y las sombras. A pesar de las bajas temperaturas, llevaba puestos sus pantalones cortos de baloncesto y una gruesa sudadera negra. Su pelo libre e indomable como lo era ella misma. Tenía un cigarro entre los labios y la miraba. Ruth también la miró y no pudo evitar que destellasen sus pupilas. Era tan bonita, tan hipnótica, tan mágica. Era su mundo, al fin y al cabo. La vio descender despacio y con cuidado, casi con indiferencia, sin mostrar expresión alguna. Su pálida delgadez le daba un aspecto de cristal frágil. Llevaba los ojos maquillados, como era habitual, decía que la hacía sentirse protegida. Olía a tabaco, pero ya se había terminado el cigarro cuando estaba a pocos pasos de ella. Se detuvieron ambas. Ruth mecida por la orilla y Olga torturada por el viento. Mantuvieron un diálogo mudo de miradas y gestos, como una introducción al contacto y el reencuentro. Ruth todavía tenía que concienciarse de que era real.

Fue la muchacha catalana la que, después de descalzarse, se acercó a Ruth y la abrazó con firmeza. Ella se agarró a su pequeño cuerpo y lo atrajo hacia sí. Latido con latido en medio del poderío da Costa da Morte, con la intimidad cubriéndoles las espaldas y el tiempo detenido tan solo para ellas. Ruth sintió un escalofrío de emoción. Buscó su cabello y lo acarició, recorrió su cuello, palpó sus tiernas mejillas, el contorno de sus ojos y su nariz. Olga no dijo nada, con rictus divertido. Luego se separaron y se cogieron de la mano.

—Gallega mía —susurró Olga.

—Ya te echaba de menos.

—Si me has visto esta mañana.

Sus labios sabían a sal y a mujer. Aquello encendió todavía más el calor de su cuerpo e incluso el océano pareció convertirse en lava. Olga era hábil en aquel juego de boca con boca, aunque sus caricias eran tímidas todavía, prudentes. No le pasaba desapercibido el profundo respeto y la admirable paciencia que mostraba hacia ella. La hacía sentirse especial y única, la hacía sentirse querida, a rebosar de cariño, algo que nunca había experimentado con anterioridad. Desechó sus manos y buscó sus delgadas caderas, agarró hasta sus huesos entre sus manos y sintió la sangre que recorría sus venas. Luego, aun mecidas en el océano, se contemplaron durante un instante incierto, como ansiando memorizar sus rostros. Podía notar la emoción en la mirada oscura de Olga, la tibieza en la inclinación de sus cejas, la ansiedad en su aliento. El viento las importunaba con insistencia, quería estar cerca de ellas, parecía que las llamaba, que era el espíritu de Marafariña, reclamándolas.

Abandonaron el mar y regresaron a la arena seca. Se sentaron, espalda contra espalda, cada una contemplando una visión diferente. Olga, la costa; Ruth, el bosque en lo alto del precipicio. Sus cabelleras se entremezclaban. Olga comenzó a fumar, el olor del tabaco las engatusó como un hechizo. Estaba callada, más de lo habitual, sin embargo el silencio junto a ella no era incómodo, nunca lo había sido.

—Me encanta la playa en invierno. Me recuerda a un secreto —comentó Ruth, con aires soñadores.

—¿Un secreto?

—Sí. No sé. En realidad casi nadie suele ir a la playa cuando no es verano, pero se están perdiendo su verdadera magia. Es ahora cuando se muestra al natural, tan fría y poderosa.

—Esta playa es un secreto en sí. Podría decirse que es tuya.

—Nuestra —replicó Ruth.

—Nuestra —admitió Olga, y por su entonación sabía que sonreía.

Ruth buscó la mano libre de Olga y enredó sus dedos, pero no se volvió. El tacto de su huesuda espalda la hacía sentirse bien.

—Estás callada. Tal vez ausente.

Olga tardó un rato en responder, rodeada siempre por ese halo de misterio. Era complicado llegar a comprender los pensamientos en los que se hallaba abstraída. No parecía incómoda ni enfadada, tan solo lejos de allí.

—No puedo concentrarme en nada cuando estoy contigo, Gallega. Pienso en ti, en lo que te echo de menos cuando no estoy contigo. Pienso en otra noche más imaginándote, pienso en cada segundo que pasará hasta que vuelva a verte. Y cuando estoy junto a ti, pienso en lo poco que queda para separarnos de nuevo.

—Olga…

—Tú también lo haces, ¿verdad?

Ruth no contestó, pero era evidente que sí. Sin embargo, no le frustraba, sino que le otorgaba energía. Ruth aborrecía sus obligaciones, su rutina religiosa y familiar, el instituto. Pero era algo que siempre había dado por sentado. La presencia de Olga depositaba luz en cada uno de esos momentos.

—Eres mi mundo, Olga. Eres mi Marafariña —sentenció Ruth.

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Olga y Ruth en la playa. Ilustración de por Gemma Martínez

Notó cómo el porte de Olga se tensaba, tal vez de satisfacción o de nerviosismo. Imaginaba que estaría asustada, Ruth también lo estaba. Las olas incansables le recordaban que cada instante se evaporaba y que el tiempo avanzaba inexcusable. Cada nuevo día, la situación se volvía más difícil y peligrosa. No quería pensar demasiado en lo que podría ocurrir, pero imaginaba que Olga se torturaba con el futuro. Le gustaría poder mitigar todo su sufrimiento, apartarlo de ella, poder darle más, todavía más, de lo que le daba.

—Echo de menos la nieve. Ojalá nevara —murmuró entonces Olga—. Cada invierno mis padres y yo íbamos a los Pirineos. Lo adoraba. Durante horas podía estar contemplando la nieve. Siempre pensé que era lo más parecido que había a la magia.

—Yo nunca la he visto.

—Te llevaré, te lo prometo. —Olga se volvió, al fin. Notó su hombro pegado al suyo, su mano sujetándola fuerte. Estaba fría. La estudió, cada arruga, cada surco, cada palmo—. Y te encantará. ¿Te imaginas Marafariña llena de nieve? Sería todavía más hermosa.

—Sí, pero muy diferente, ¿no?

—No hay nada de malo en lo diferente. —Olga tenía la mandíbula tensa—. Tenemos que largarnos de aquí.

—Lo sé —susurró Ruth.

—Pronto empezaré a trabajar para Francisca en el café. Necesitamos dinero y no quiero tener que pedírselo a mi padre.

—¿En el Café Rosalía? —Olga asintió—. Vaya, pero entonces, ¿cuándo podré verte?

—Solo será un pequeño sacrificio, Ruth. Luego estaremos juntas todo el tiempo que queramos. Te abrazaré cada noche, te haré el desayuno todos los días, te acompañaré a la universidad. Nunca estarás sola, nunca más Ruth. Nunca más dejaré que tengas frío.
Olga hablaba con tanta verdad que no tuvo más remedio que creerla. Sus miradas se encontraron en el punto justo en el que los ojos de ambas se humedecieron. El sufrimiento y el pánico de Olga eran tan latentes en su expresión, que le dolía profundamente saberse conocedora de sus emociones. Se sentía inútil frente a la resolución de la joven a la que amaba, sin salida, sin nada que aportar. Pero su muchacha catalana no parecía reprocharle nada.

Entonces ella se puso en pie, dándole la espalda y acercándose de nuevo al mar. Rugía. Ruth la observó, la belleza de su figura tan pequeña, recortando la armonía de ese horizonte gris e infinito. El mundo parecía querer atravesar su fragilidad, pero Olga era imperturbable, indetenible. La persona más fuerte que jamás conocería. Por eso la admiraba tanto, por eso la amaba sin mesura. Le fascinaba en su totalidad, incluso en su amargura, incluso en su llanto. Porque era un llanto de lucha, no de rendición.

—¿Te imaginas que salga mal?

La pregunta de Olga le llegó tardíamente debido a la ferocidad de la brisa. La escuchó muy lejana, pero fue suficiente para que se estremeciera de pavor. No podía imaginárselo. Moriría. La idea de perderla, de no poder estar junto a ella, era insoportable. No quería contemplar esa posibilidad, porque se hundía, le flaqueaban las fuerzas y no atendía a razones. Su mundo sin Olga carecía de verdad.

—No digas eso —imploró Ruth, a pocos pasos de ella—. Sería terrible.

—Si sale mal —prosiguió Olga con gélida calma—, si se tuerce, si algo se rompe, tienes que prometerme que no te olvidarás de mí.

—¿Cómo podría?

—La vida puede ser sorprendentemente cruel.

—Olga, me estás asustando. No te entiendo.

La muchacha no hizo amago de moverse. Ruth se acercó más y la rodeó por la cintura con intensidad. Temblaba, pero se aferró a sus manos. Besó su cuello, pleno de suavidad.

—Yo volveré. Si te separan de mí, volveré —masculló Olga en una mezcla de furia y ternura—. Si el destino nos hace alejarnos, volveré. Pero si me pierdo, si por alguna razón estoy nublada de dolor y sin sentido, por favor, recuérdame dónde estás y que vuelva a por ti. No me permitas seguir viviendo sin ti.

No le gustaba el significado ni la posible realidad de esas palabras. Ruth la apretó con más fuerza y notó cómo Olga cedía. Se volvió y la besó. Su aliento estaba impregnado del aroma del tabaco. También sabía a desesperanza. Sin embargo, pronto recuperó la sonrisa y la ternura se apropió de ella. Sus manos, agarrando sus mejillas, fueron un bálsamo.

—Tranquila, Gallega. Eso no pasará. Nunca me iré, no sin ti. Te lo prometo.

—Y yo no te dejaré marchar si no voy contigo —sucumbió Ruth al anhelo.

Abandonaron la playa cuando la noche amenazaba con su temprana llegada. Con los pies helados, subieron con cuidado la pendiente y caminaron por el bosque. Sus manos seguían unidas, sus cuerpos se encontraban. Detenían su camino de vez en cuando, dejaban que el bosque fluyera a su alrededor. La mata negra de la oscuridad las seguía como una amenaza pero, en esos momentos, la ignoraban. Marafariña respetaba su paseo, las observaba detenidamente, intentaba protegerlas. Pero aquello no era posible, no del todo, no tanto como le hubiera gustado.

Cuando traspasaron la linde del bosque y vislumbraron el muro de la casa de Ruth, de forma instintiva soltaron sus manos como si tuvieran ácido. Algo en ese gesto era terrible, pensó Ruth. Al regresar a la realidad, a lo que había más allá de su particular paraíso, debían fingir que tan solo eran amigas y ni siquiera les estaba permitido estrechar más lazos de los necesarios. Olga, resuelta a arañar los últimos minutos juntas, se apoyó contra las piedras y sacó un cigarro antes de irse a casa a cenar.

—¿Desde aquí nos verán tus padres?

—No, no te preocupes.

Aun así, Ruth se mantuvo separada de ella varios palmos. Olga tenía la mano libre escondida en el bolsillo de su pantalón. La escrutaba despacio, como si fuera la primera vez que la veía. Siempre la fascinaba su manera de entornar la mirada, como si pudiera hipnotizarla.

—Eres preciosa, Ruth. —Vibraba su voz, notó ese calambre en su pecho. Se ruborizó avergonzada—. Demasiado preciosa. Podría regalar mi eternidad para pasar la vida contemplándote.

Olga se acercó furtivamente y acarició su mejilla con sus labios. Ruth aspiró su aroma y reprimió el impulso de agarrarla del cuello y sentirla más pegada a ella, tan solo con el afán de escuchar el latido de su corazón una vez más antes de que se fuera.

—Prométeme que me llevarás a la nieve —dijo Ruth, a modo de despedida.

La muchacha catalana de mirada turbia rio. Era preciosa cuando mostraba ese rictus de felicidad.

—Si es necesario, te la traeré yo misma, Gallega.

 

 Publicación Inflorescencia: 2 de julio de 2018

P.D. Gracias a Gemma Martínez por la preciosa ilustración que acompaña a esta relato.

 

INFORESCENCIA (1)

La escritora está loca

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso
de mí murmuran y exclaman:
Ahí va la loca soñando
con la eterna primavera de la vida y de los campos,
y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado

De A Orillas del Sar. Rosalía de Castro.

A Rosalía de Castro le decían que era una tolaDe tal cosa encontramos constancia en varios de sus poemas y en sus desconocidas novelas. Estaba loca no solo porque escribía, sino porque era una mujer que escribía. Ahora que estoy rememorando este pasaje, me acuerdo que de esto mismo hablé en la presentación de Gaedhal, la opera prima de mi querida amiga Maite Mosconi.

Yo creo que, en mayor o menor medida, todas las que nos dedicamos a este oficio hemos escuchado en nuestro entorno algún comentario similar. Y no me refiero a que este haya sido lanzado de manera despectiva o a modo de insulto sino, tal vez, es una palabra que vuela con cierta extrañeza, con incomprensión, con dudas. En cierto modo, puedo llegar a entenderlo. Dedicarse a escribir es una pasión que es difícil saber de dónde surge, pero suele implicar una de las partes más importantes y trascendentales de la existencia de quiénes sufrimos esta preciosa maldición. Horas y días enjauladas en nuestras habitaciones propias, rompiendo las teclas de un viejo ordenador, y torturándonos a nosotras mismas sin saber muy bien por qué. Y es que escribir, lo sabéis queridas mías, es un ejercicio duro, vacío y poderoso. ¿Por qué escribir? Bueno, no he venido a hablar de eso exactamente.

Saudade

saudade. Del port. saudade. 1. f. Soledad , nostalgia , añoranza

La saudade es una de estas rarezas preciosas del gallego y del portugués cuya traducción directa al castellano pierde su significado concreto. La saudade, más que un sentimiento, es un estado perpetuo de morriña inexplicable e insoportable, pero también esta perfilado por gotitas de felicidad. El término, una canción en sí mismo, podría ser también un buen concepto para referirse a la escritura.

Cuando hace ya algunas semanas publiqué la entrada que resumía un poco el camino que me había llevado a la autopublicación de mi próxima novela Inflorescencialas respuestas y correos electrónicos que recibí de amigas y amigos, compañeras y compañeros de esta dignísima profesión, fueron honestas, reales, tangibles. Palabras tangibles como abrazos. Y me repetí en dar las gracias (y lo vuelvo a hacer en este post, porque me considero una gran afortunada por recibir tanto cariño, tantas cosas). En esas líneas existían los mismos sentimientos que yo expresaba en mi entrada: ese desasosiego, esa lítost, ese anhelo de llegar a alguna parte a la que, probablemente nunca llegaríamos. Existe dolor, pues, en esa desilusión. Pero también realidad. Y también constancia.

A veces me he planteado en dejar de hacerlo, ¿sabéis? O, más bien, deseé no tener esta necesidad de hacerlo. Dejar de ser escritora de cuajo, olvidarme de todo lo aprendido, y dejar de tener estos deseos de escribir a todas horas (porque, en realidad, el deseo poderoso es el que te invita a escribir, lo de publicar viene después pero, en mi caso, es mucho más leve, mucho menos importante). Pero no puedo. Es imposible. ¿Cómo dejar de escribir? No sería capaz. La saudade terminaría conmigo.

La locura y el cierre de un círculo

La publicación de la portada y del título de la secuela de Marafariña ha supuesto para mi uno de los sucesos más trascendentales de los últimos meses en el ámbito literario. Creo que este tercer título supone para mí demasiado pero, sobre todo, supone cerrar una etapa dura, preciosa y de la que he aprendido muchísimas cosas. Supone, también, asentarme como personalmente como escritora comprometida con mi oficio, con los valores que quiero transmitir y con todos esos mensajes que sentía la poderosa necesidad de hacer llegar.

Así que sí. Yo también soy esa loca que va soñando, que se pasa todo el día soñando, ideando personajes, haciéndome amiga de ellos y escuchándolos con atención. No exagero si digo que Olga y Ruth son, para mí, dos de las mujeres más importantes que he tenido y tendré en mi vida. Sé que ellas me conocen interiormente más que nadie en este mundo, porque tengo la certeza de que empezaron a nacer el mismo día que yo lo hice. Y que la culminación de su historia supone cerrar un círculo que me ha acompañado desde hace tanto tiempo que no soy capaz de determinar su inicio.

P.D. Es un placer deciros que he empezado a escribir artículos para la reconocida web de visibilidad LGTB+ HULEMS. Si os apetece, os dejo por aquí en enlace al análisis que hice a los primeros capítulos de La otra mirada.

Foto de Ryan Booth en Unsplash

 

 

Inflorescencia

Hace más de un año que anunciaba el punto y final de mi próxima novela, la especial y ansiada secuela de mi opera prima, Marafariña, que fue el inicio de un nuevo camino para mi colmado de dificultades, sí, pero también de alegría, de sueños y de literatura. Han pasado muchas cosas desde aquel 2015 que me lancé a la autopublicación y, como ya he dicho, llegar hasta aquí ha sido una feliz hazaña.

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Este post es la culminación de más de tres años de trabajo diario e incansable.

Por fin os puedo anunciar, con nervios e ilusión, el título de mi próxima novela, la continuación de la historia de Olga y Ruth. El mismo que corona esta entrada.

Inflorescencia

Florece, así, en esta tardía primavera aquel bosque virginal que hemos abandonado hace ya unas cuántas páginas. Florece así, de nuevo, esta Miriam que necesitaba cerrar aquel capítulo de su vida, tan lejano ya, pero tan vivo al mismo tiempo. Y florece, también, mi incansable lucha personal por la libertad, por los sueños, por la unión, por el amor y por la defensa infatigable de las mujeres.

Y florece, así, la contraportada de la novela:

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Y florece, así, la portada definitiva. La imagen, de nuevo, de mi querida y admirada Elena del Palacio:

INFORESCENCIA (1)


SINOPSIS:

Una buena nueva guiará la vida de Ruth de vuelta a una Marafariña que luce sola. Lo que ella no podría imaginarse después de la catástrofe del Prestige, era encontrarse que luciría una espesura blanca.

Han pasado años desde que abandonó la libertad y su ser de esas tierras, pero tal vez nunca son demasiados cuando se acerca al tintineo hipnotizante y fresco del río, cuando se enfrenta ante la Iglesia tapiada de recuerdos o cuando alcanza la inmensidad de la playa.

Nunca es demasiado tarde cuando la tierra todavía es capaz de florecer.

“Las flores mismas han aparecido en la tierra, el mismísimo tiempo de la poda de las vides ha llegado, y la voz de la tórtola misma se ha oído en nuestra tierra” (El Cantar de los Cantares 2:12)

Y con el corazón encogido, mis venas llenas de emociones, nerviosa, feliz, atemorizada pero llena de esperanza, os digo que en julio de 2018 podréis al fin leer esta última historia.

¡Espero vuestros comentarios!

Y gracias, gracias, flores mías.

Un cúmulo de rechazos editoriales y…

Ya estamos en mayo. En Galicia la primavera se resiste a llegar plenamente, pero la Naturaleza no miente (no como las novelas) y ya hace semanas que las flores se dejan ver en los árboles, los campos y los arbustos. Llueve un poco menos, pero llueve. Y nos quejamos de la lluvia, pero déjala llover.

Ha sido un año largo si cuento desde ese abril de 2017 que decía que había terminado la secuela de Marafariña en un post de Facebook, tal vez os acordéis. Desde entonces, y tras muchas revisiones, correcciones y dudas, el borrador se terminó y estuvo dormitando fuera de los cajones, vivo, incómodo, pidiendo a gritos ser leído. Y con todo el amor, con todos los pedazos de mi alma que aún me quedan, esperé. La novela y yo esperamos juntas, rodeadas del cariño de esas personas que han creído, una vez más, en ella. Y empezamos otra batalla, una nueva. ¿Y si pruebo suerte con una editorial? ¿Y si, tal vez, lo consiga?

Hace tres años…

El #DiaDelLibro compartí una fotografía mía en la presentación de mi opera prima, allá por el 2015, celebrada en la Biblioteca de mi pueblo. Permitidme dejarla por aquí por si alguna de vosotras no la ha visto:

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Hay evidentes diferencias entre esa Miriam que se retuerce los dedos y sonríe plenamente y la Miriam que ahora está sentada con un café escribiendo este post. Y esas diferencias van más allá del corte de pelo y unos cuantos kilos menos (aunque sigo llevando esa camisa habitualmente). Esa Miriam fue la primera vez que jugó su papel de escritora, la primera vez que tuvo la ocasión de crecerse ante el público y demostrar lo que ella sentía frente a ese libro. Y sí, que está mal que yo lo diga, pero fue valiente, muy valiente. Tanto que a día de hoy, todavía, me sorprendo.

Desde entonces, como he dicho muchas veces, he intentando buscar mi lugar. Pero en ese año yo cogí carrerilla, estaba exultante, pletórica. Creo que fue uno de los años más importantes en mi vida, ese año con el que soñé desde niña. Y al año siguiente llegó Todas las horas mueren, una novela mucho más madura y donde muchos lectores apreciaron cierta evolución. ¿Y después? Después la carrerilla se paró y vino la realidad. La realidad que me indicó que el camino de la literatura era hermoso, mágico, que me había sembrado de nuevos amigos pero que, también, estaba lleno de soledad, de desengaños y de dificultades.

Me desmotivé. Y me hundí en varias ocasiones. Escribí la secuela de Marafariña durante dos años, años llenos de altibajos y de vacíos. De silencios. De dolor. Una Miriam del pasado ahogaba la garganta y la libertad de una Miriam nueva que quería huir. Quise dejar de ser escritora muy fehacientemente. No pude. Dejar esta pasión no resulta sencillo. Durante semanas, durante meses, mis letras eran vacías. A mi ese vacío me duele, me anula, me mata un poco. Es mi propia oscuridad. Puede resultar exagerado, pero no lo es.

Mi queridísima mujer me sacó a flote incansablemente y ella siempre creyó en lo que estaba haciendo. Tuve también amigas (¡qué afortunada soy!) que mantuvieron esa llama viva. Al final necesitamos que alguien tenga fe en nosotras, para que nosotras podamos seguir teniéndola en nosotras mismas.

Y aquí estamos otra vez. Todavía con las lágrimas resecas en las mejillas pero manteniendo la mirada viva de esa fotografía, de esa Miriam que ama la literatura sobre todas las cosas.

Buscando un hogar para Olga y para Ruth

Un sueño era publicar una novela. Otro era que fuera leída. Y otro era que fuera muy leída. Pero es verdad que cuando se alcanza un sueño, llegan más. Y más. Y más.

Y tenía la espinita clavada de encontrar un sello editorial que apostara por mi. Así que puedo definir el transcurso del tiempo de los últimos meses como esos en los que he buscando alguien que apostara por mi nueva historia con una ilusión de una niña. No creo que sea un caso excepcional, así que muchas sabréis perfectamente a lo que me refiero.

Pero el mundo editorial es opaco y difícil para mí. Busqué pequeñas firmas que, creía, podían encajar con mi novela. Además, quería que fueran algo que fuera fiel a lo que yo misma creía y esperaba de la literatura. Sí, el filtro es reducido, lo sé. Pero, ante todas las cosas, una escritora tiene que mantener el cariño y el espíritu que la ha movido siempre.

Para mi sorpresa, algunas de esas editoras y editores reconocieron mi nombre y mis títulos. Fue una alegría. Expresaron cierto talento y también decían algo sobre pocas posibilidades, títulos reducidos al año, falta de medios, noesloqueestamosbuscando. Si habéis buscado trabajo alguna vez durante un tiempo prolongado, la sensación es más o menos similar.

Aguanté el tipo. Mi nueva novela lo hizo conmigo. Pero las heridas iban estando ahí, como huellitas silenciosas. Y la motivación caía, peldaño a peldaño, como una daga deslizándose por la piel.

Y cuando mi esperanza daba los últimos coletazos, dos últimos mails negativos fueron la gota que colmó mi pequeño charco. Me permití llorar. Creo que es algo humano, admisible, lógico. Algo bonito, también. Llorar es como esa lluvia que mencionaba al principio. Llora, Miriam. No pasa nada. Eres fuerte igual.

Y al final…

Soy una idealista y una soñadora. Sino no me dedicaría a esto, sino no estaría aquí ahora mismo, escribiendo estas líneas. Y aunque en muchas ocasiones me he planteado abandonarlo todo (¿y quién no lo ha hecho alguna vez? ¡Perdónate, Miriam!), mi obcecación y mi amor real por lo que hago es mucho más fuerte. La literatura me salva la vida todos los días, no puedo darle la espalda así como así.

Han pasado muchas cosas, han sido muchos cafés conmigo misma y otros tanto con personas que me quieren y me comprenden. Y han sido muchos comentarios recibidos a través de estas fantásticas Redes Sociales que me hacen sentirme tan cerca de vosotras. Pero me hace feliz, realmente feliz, poder anunciar que…

Ninguna editorial ha apostado por Marafariña.

Tal vez esto no sea la noticia que yo esperaba dar, tal vez tampoco la más entusiasta. Pero si la vida no nos allana el camino, nos toca allanarlo nosotros con un poquito de constancia. O plantar flores (violetas) en lo alto de esas colinas para que sea más bonito alcanzar la cima.

La auténtica buena nueva feliz es que ya tengo fecha, ya tengo libro, ya tengo portada, ya tengo sinopsis. Y, una vez más, será la honorable auto publicación la que me permitirá acercar el desenlace de Olga y Ruth a vosotras.

Mis lectoras queridas y amadas serán mi sello editorial, serán mi garantía, lo serán todo una vez más.

Y yo lo estoy disponiendo todo para que este proyecto florezca este verano.

En unos días publicaré en este mismo espacio la portada y la fecha de lanzamiento… ¿Os quedáis para verlo?

 

 

 

Ellas, nosotras, vosotras: Cuéntalo

Esta entrada no estaba programada. De hecho, ahora, mientras la escribo, no estoy segura de si terminaré publicándola. Me sudan un poco las manos y el corazón palpita fuerte. Estoy sintiendo cosas mientras pienso en lo que voy a decir. Contarlo es difícil, pero callarlo es atentar contra nosotras mismas.

Nosotras. Usaré en este espacio (y en los que tengo a mi disposición) el género femenino para enmarcar a ambos. Al fin y al cabo, llevo veintisiete años haciendo lo contrario. Y, aunque muchos se empeñen en ridiculizarlo, no es ninguna estupidez. Así que eso, nosotras.

Escríbelo

Reconozco que no soy demasiado valiente, a pesar de lo que pueda parecer. La única diferencia entre lo que yo puedo contar y lo que otras muchas se han visto obligadas a callar son las herramientas. Y a la literatura es una herramienta poderosa, que puede incluso hacer grande y darle coraje a alguien tan insignificante como yo. Y, como he dicho tantas otras veces, la literatura no es más que la expresión de la verdad (y las mentiras) de la vida. De ahí su importancia, de ahí su trascendencia, de ahí su eternidad.

Y yo escribí una pequeña parte (pequeña, sí) de lo que yo misma sufrí y lo que todavía arrastro y arrastraré toda la vida. Algo que en su momento no fue interpretado como algo importante, algo tomado como lo normal, algo que era lícito en las relaciones entre personas de distinto sexo. Intentaba comprenderlo. No quería sentirme sucia, extraña, manchada. Yo no quería. Como, en Marafariña, Ruth tampoco quiso. Si habéis leído esa parte, os estará viniendo a la cabeza. Fue gracias a ella por la que muchas de vosotras, a lo largo de estos tres años, me habéis escrito repetidas veces para contarme vuestras propias experiencias. Compartimos nuestro silencio, compartimos ese dolor, esa herida que no hemos podido mostrar. Lloramos juntas, las mismas lágrimas, la misma extrañeza. ¿Qué nos han hecho? ¿Y por qué creíamos que tenían el derecho a hacernos esto?

Me dio mucho miedo publicar esa parte y, al hacerlo, lo hice sin ninguna intención de demanda feminista o reivindicativa. Salió de mi, sin más, como un demonio agazapado en el pecho que necesité vomitar. Ahora analizo mis propias letras y me siento orgullosa del análisis, de la profundidad y de la comprensión. Me siento orgullosa, ¿sabéis por qué? Porque me perdoné y porque me dejé comprenderme.

Ruth sintió compasión por él, una compasión que la ayudó a serenarse. Llevaban años juntos, desde muy jóvenes, cuando ni siquiera sabían lo que era amar. Se había reprimido, habían evitado todo tipo de contacto, todo tipo de muestras de cariño que pudieran suponer un peligro o un riesgo para su moralidad. Aquello estaba prohibido, terminantemente prohibido. Era fornicación, estaba castigada por la Biblia, por Dios, por la Organización de los Testigos de Jehová, era sucumbir a los pecados carnales más impuros. Al simple deseo de ese mundo carnal. Jaime, que presumía de una conciencia impoluta, se había contenido de manera admirable, sin insinuaciones, sin apenas quejarse. Sin embargo, era evidente que había sufrido con eso, por la necesidad del sexo, de tocarse, de sentir el calor de Ruth, de amar a su novia sin tapujos.

Ella se resignó totalmente a complacerlo, por mucho que todo aquello le resultase difícil, por mucho que no estuviera disfrutando, por mucho que se sintiera casi humillada al verse obligada a comportarse así. Como él quería.

Compasión por él. Compasión por tener que reprimir unos instintos fuertes que no pueden soporta. Qué duro es para ellos, tener un objeto a su lado del que disponer a placer sin preguntaré si ellas así lo desean, si se sienten cómodas, si están bien. Pero más duro es ver que fuimos capaces de excusar esas conductas, que nos sentíamos mal sin saber por qué, porque la Palabra Escrita divina nos decía que no sigan privando de ello a sus maridos, representando los rancios principios tradicionales que todavía arraigamos en este país. ¿Todavía hay alguien que crea que el feminismo no es necesario?

Ruth sacudió repetidas veces la cabeza. ¿Cómo podía contarle eso a Olga? No la entendería, posiblemente le parecería ridículo. Diría que es lo normal, que los tíos hacen esas cosas y que no hay nada de extraño en eso, que era una tontería que se sintiera de ese modo. Probablemente le diría que ella lo habían hecho millones de veces sin reparo, que ya se acostumbraría, que al principio era difícil pero que después todo le resultaría más simple.

La violencia

Pero la violencia se puede llevar a cabo de diferentes formas. La violencia no es solo levantar el puño y pegar, o atenazar las muñecas e inmovilizar. La violencia puede ser más sutil y más dictatorial, más difícilmente denunciable.

Aunque no he vuelto a sufrir episodios tan crudos como aquel (pero he escuchado los vuestros y, creedme, me duelen, me duelen muy adentro), sigo siendo golpeada por los estigmas del machismo del que jamás fui consciente de que estuviera tan arraigado y tan vivo, incluso entre los sectores más jóvenes de la sociedad. Empecé a apreciar esto cuando quise ser parte activa del movimiento, cuando me identificaba con el color violeta y con el #feminismo en sí en Redes Sociales y en mi vida cotidiana. Pero el estallido más importante ocurrió en el 8M.

Durante esa semana, soporté conversaciones muy desagradables y violentas con personas de mi entorno antes las que, a mi parecer, debía excusarme y explicarme por mis razones y mis motivos. Debía mostrar una actitud impoluta no solo ante esta lucha, sino ante todas las demás luchas del universo que, repentinamente, eran también nuestra responsabilidad. Escuchar como esos principios eran ridiculizados por un hombre, con tono socarrón, y sacándome de mis casillas para luego señalar la histeria femenina hizo que me temblaran las manos y el corazón. Me sentí estúpida y me sentí violenta.

Le di muchas vueltas a esa conversación. Recuerdo llorar de pura impotencia y preguntarme por qué razón tenían que atacarme por reivindicar los derechos de las mujeres, junto con otras muchas. Y, durante esos días, floreció en mi el pensamiento de esos episodios de mi pasado y pude sentirme igual de mal, igual de sucia e igual de insignificante. Con veintisiete años, siendo una mujer independiente y con cierta fuerza, habían conseguido volver a derrumbarme como cuando era una cría. ¿Y para ello? Para ello solo necesitaron palabras.

Somos Manada

Estas cosas van a seguir ocurriendo, queridas mías. Dirán que es una moda, dirán que exageramos, dirán que queremos beneficios. Nos llamarán feminazis. Pero no, lo único nazi es el machismo inherente, el que sufrimos a diario. El machismo que viola a nuestras mujeres en las calles, el machismo que las golpea con puños o con apalabras. El machismo que hace que aparezcan muertas.

Y para terminar estos párrafos, que me han resultado tan difíciles quiero agradecer a mis amigas y a las personas con las que durante tantas horas he hablando de estos temas y me he sentido escuchada. Quiero agradecer, por supuesto, a mis amigos por entenderlo y por estar de parte del feminismo. Por siempre respetarme como mujer y por mostrarse a nuestro lado. Esta lucha también es vuestra.

Somos manada, mujeres. Y haremos que esta guerra contra nosotras termine.

 

Foto de Johannes Plenio en Unsplash

Las novelas mienten

Y las novelas, sin proponérselo, mienten

Citar a Woolf es una costumbre muy bonita que tengo en este espacio. Me vais a permitir que, de vez en cuando, sea repetitiva con estas referencias. Pero ya sabéis que hace tiempo decidí instalarme en esta habitación propia (con un pequeño escritorio, vistas al pueblo, algunos cables cruzando el cielo siempre nublado, la lluvia ensuciando la repisa de la ventana, la orquídea violeta ansiando encontrar un rayo de sol alguna tarde, los gatos durmiendo plácidamente sobre la cama llena de cojines…) ahondo bastante en mí misma, en el significado de lo que hago y en las razones que me hacen sentarme aquí, día a día, incansablemente.

Soy muy observadora. Pero ver el mundo y su vida tal y como es puede ser sobrecogedor, algo tétrico. Asusta. Asusta mucho, ¿verdad? Si me dejo llevar por el miedo que siento, puedo acurrucarme en un rincón y no salir de ahí nunca más. Sin embargo, prefiero ser un pelín más obcecada y transportar esa esquina oscura a las páginas de los libros que estoy escribiendo. Y no solo me refiero a las páginas físicas escritas, sino a la cantidad de palabras, frases, oraciones y personajes que se retuercen en mi mente de manera inmaterial. De ese modo escribo en mi cabeza durante todo el día, es la forma que conozco de recordarme que estoy viva, que sigo aquí, que puedo palparme. Que todavía me queda energía, esperanzas y sueños por cumplir. Lapido mi cerebro de letras que, luego, se traducen en un puñado de líneas en la realidad.

Y escribo, pues. Y cuando escribo huyo, me protejo, me cubro, soy libre. Y miento.

La eternidad de los libros

La literatura me ha salvado la vida muchas veces. Sé que lo seguirá haciendo. Es mi bote salvavidas, mi mejor amiga, mi guardiana silenciosa. Ella es capaz de entenderme a la perfección, de acoger mis ideas sin juzgarme, de enseñarme valores nuevos y mejorados, de reprenderme con delicadeza si flaqueo, si estoy equivocada, si me equivoco. La literatura, también, me enseña a perdonarme.

Me he dado cuenta que, aunque lo que escribo tiene tintes biográficos casi siempre (me resulta vacío separar mi verdad de mi ficción) y se enmarca dentro de una literatura que pretende ser realista, tengo una definición de las personas y de los lugares que dista de lo que puedo palpar, tocar y sentir a diario en el mundo que hay afuera de las páginas. Pero no diría que se trata de una reinterpretación, ni un reflejo artístico al uso. Es algo diferente. Y no, aunque sean mentiras, no son mentira deliberadas, sangrantes y malvadas. A mi mentir no me gusta, mis letras jamás pretenden mentir.

Pero mienten. Mienten como bellacas. Mienten porque a veces, cuando me duele, las dejo mentir. Las dejo que hablen de historias cerca del mar, rodeadas del calor del amor más puro e inquebrantable, cercadas por la amistad más honesta e inaudita, abrazadas por el amparo de la eternidad que otorgan los libros, a sabiendas de que la única manera de eternizarse está ahí. Ahí. Justo ahí. Y esta esa gran mentira: en los libros nada termina nunca. En la verdad todo tiene una finitud clara, concisa, inevitable. Este pensamiento, de hecho, fue lo que me llevó a escribir Todas las horas mueren.

Medias realidades

Me vais a permitir que vuelva a echar mano de una cita literaria. Esta vez de mi admirada Elena Ferrante:

—¿Sigues viviendo en la vía Tasso?
—Sí.
—Cae a trasmano.
—Se ve el mar.
—¿Y qué es el mar desde ahí arriba? Un poco de color. Más te valdría estar cerca. Así te darías cuenta de que es todo basura, barro, meados y agua apestosa. Pero a los que leéis y escribís libros os gusta contaros mentiras y no la verdad.

Puede que cuando Lila le dice esto a Lenù (protagonista de la obra, escritora por vocación desde muy joven) se esté marcando una muy acertada pauta entre los que estamos unidos a la literatura y los que no. Se adivina cierto idealismo, cierta ansia de mentirse, cierta necesidad de alivio. Es probable que suframos más, pero que tengamos más urgencia por curar esas brechas que se abren. 

Pero yo procuro no mentirme a mí misma, no contarme mentiras. A mí me gusta cerrar los ojos y sentir lo que siento. Me gusta interpretar de verdad que explosiona en mi cuerpo cuando me siento desolada, cuando lloro con intensidad, cuando me enfado, cuando la decepción me golpea, cuando el cariño me acaricia, cuando la ilusión florece, cuando tengo ganas de reírme a carcajadas o cuando, sin más, sonrió de manera espontánea. Y todo eso (eso de cerrar los ojos y de no mentirme) es escribir, es lo que luego, digamos tras un complejo proceso, terminará germinando en el papel.

Así, esa mentira, es tan solo un velo. Una brecha. Un deseo o una crítica mordaz a lo palpable. Yo creo que es precisamente por eso por lo que nos gusta escribir y nos gusta leer: esas mentiras, tan plagadas de verdad. Creo que encontramos razones en ellas, encontramos alivio, fe, sosiego. Encontramos humanidad. Encontramos mucho de lo que nos pasamos el día, los meses, los años, la vida, buscando.

Y para comprender lo que sucede…

Porque esto me ha pasado desde niña. Cuando el exterior venía a rugirme tragedias, enfermedades, despedidas precipitadas, yo no quería comprender esas razones, no era capaz de lidiar con ese tipo de sucesos. Eran antinaturales, muy diferentes a lo que yo siempre había creído. Fui una cría hipersensible que lloraba en las clases de música, eso tenía que canalizarlo o sino me volvía loca. Me daba cuenta que cuando escribía esos cuentos, me sentía bien. Me daba cuenta que cuando estaba en mi cuarto, a solas, e ideaba esas otras vidas, no me importaba tanto no tener amigas, que mi madre estuviera enferma o comenzar a tener conciencia de la muerte.

Supongo que fue así cómo empezó mi más poderosa e interminable historia de amor. La de teclear suavemente todos los días un ratito, la de dejarme hacer, la de sacar un hueco entre tantas mentiras para contar esa verdad.

¡Ay, el amor! Pero esa gran mentira la dejamos, si queréis, para otro post.

Gracias por leerme… ¡Y felices letras!

 

Photo by Alexander Lam on Unsplash