VÍDEO: Leyéndolas a ellas y dos relatos de género para este #LeoAutorasOct

Después de un pequeño parón, vuelvo para haceros dos recomendaciones especiales para este #LeoAutorasOct y contaros que he publicado dos relatos de género inéditos: – LUSCOFUSCO. En la lista de correo de https://david-pierre.com/ – MANGAS VERDES en https://www.editorialcerbero.com/inte…

Leyéndolas a ellas y a nosotras mismas | #LeoAutorasOct

El #LeoAutorasOct nació un agosto hace dos años a través de un grupo de tuiteras que demandaban la desigualdad escandalosa entre el número de autores leídos durante un año frente al número de autoras. El movimiento creció de manera burbujeante e imparable (tal vez porque resultaba terrible que en la actualidad algo así siguiera ocurriendo, tal vez porque nosotras ya nos hemos cansado de conformarnos). Además, coincidió con la instauración del Día de las Escritoras: toda una señal.

Me llamó la atención esta estadística publicada en el resultado de uno de los premios independientes que más fuerza han cobrado en los últimos años, los Premios Guillermo de Baskerville organizados por la revista literaria de género Libros Prohibidos. En pleno año 2018, de las 87 obras participantes en dicho premio, tan solo 23 estaban firmadas por mujeres. Esto nos deja un triste e insuficiente 26,4%. En cambio, en las obras nominadas, nos encontramos con un total de 5 sobre 10 escritas por ellas. ¿Esclarecedor? Sin lugar a dudas.

Algo diferente nos hemos encontrado en el Premio Indie de Amazon de este año. A pesar de que una abrumadora mayoría de plumas pertenecían a autoras, su representación dentro de las finalistas es de 2 frente a 5. Cuando alguna de las concursantes señaló dicha diferencia, recibió algún que otro comentario tipo: Yo leo las obras sin importar que estén firmadas por un hombre o por una mujer… Tal vez, cada cuál, deba plantearse cuánto hay de cierto en dicha afirmación.

wecan-e1509200955867
Siempre es un buen momento para recuperar esta preciosa ilustración de Gemma Martínez

Nosotras en A Librería somos unas infatigables amantes de las plumas de las mujeres. Desde nuestros más tiernos inicios, hemos tenido un fuerte compromiso con la literatura femenina. Nosotras practicamos en #LeoAutorasOct todo el año bajo la etiqueta #MujeresEnLaLiteratura. Y este camino lleno de proyecto seguimos y seguimos.

Me gusta leer a mujeres, me ha gustado desde niña. Las buscaba infatigable en ese dominio primordial de los libros masculinos. Buceaba en los pequeños atisbos de sus roles que la sociedad y la literatura les permitía. Hoy en día es más fácil, pero todavía no es igual. Nuestra dedicación y nuestras excusas, de algún modo, siempre tienen que ser mayores. Pero también es verdad que vivimos en la época violeta donde, de algún modo, nosotras reinamos, nosotras marcamos las nuevas tendencias, nosotras no vamos a dejar hueco sin el lugar que nos pertenece.

Creo que leernos entre nosotras nos hace fuertes. La sororidad literaria es imprescindible y debemos trabajar en ella. Es algo que debemos hacer a conciencia, día a día, infatigablemente. Leernos a nosotras mismas es lo que necesitamos para mantenernos vivas. 

No puedo negar que de un tiempo a esta parte, mi obcecación en este tema no ha dejado de crecer y crecer como un monstruo devorador. Un monstruo bueno, por supuesto, pero tan feroz e imparable como cualquier otro. Siento que se lo debo a ellas, que me lo debo a mí, y que yo también he sido víctima de esa invisibilidad. Pero gracias a tantas autoras antes que yo, hoy Marafariña, Todas las horas mueren e Inflorescencia, están siendo leídas y releídas con cariño y constancia, sin importar realmente, si se trata de novelas firmadas por un autor o por una autora.

¡Ah! Y para celebrar este mes tan especial tengo que decir que el viernes 12 de octubre mi compañero de letras David Pierre publicará en su lista de correo exclusiva mi relato inédito Luscofusco. Así que, sí queréis leerme en un registro nuevo, solo tenéis que seguir el siguiente enlace y los recibiréis en vuestros e-mails:

▶️https://landing.mailerlite.com/webforms/landing/m9a3j1

2.JPG


 

Photo by Katherine Hanlon on Unsplash

La supervivencia y el dolor

Leí este tweet de Nieves Delgado y pensé en cómo lo comprendía. Luego pensé qué era bonito y triste ver que lo comprendía.

No, hay muchas cosas peores que morirse.

Existe mucha tristeza en lo que he escrito desde siempre, es un secreto a voces. Tengo la impresión de que muchas de mis queridas amigas y lectoras lo hacéis precisamente por esa tristeza que se cuela entre los recovecos de las palabras. No podemos culparnos a nosotras mismas, es raro que la vida resulte fácil para nadie. Es difícil escapar, aunque sea un poco, de los ramalazos de desesperación, problemas, dolor e incomprensión. La existencia se nos complica demasiado, y lo hace demasiado a menudo. Los días se retuercen como serpientes que pretenden morderse la cola. Y a nosotras nos abraza en el medio, asfixiándonos, pero no lo suficientemente fuerte para matarnos. No, hay muchas cosas peores que morirse.

Desde muy pequeña, como ya sabéis, me he familiarizado con el dolor. Y la literatura siempre ha sido mi medicamento favorito y lo sigue siendo. Pero escribir también duele y se crea una dualidad desesperante en ocasiones. Por eso también he encontrado alivio en el deporte que es donde, tal vez, más refugiada y mas alejada de mi realidad me puedo sentir cuando lo práctico. Supongo que no viene mucho a cuento, pero esta es mi habitación propia (y la vuestra) y necesito contároslo todo, todo lo que hace que esté aquí.

Llevo tiempo arrastrando del mismo timón. Ese timón implica una situación personal muy compleja e imposible de explicar, que ha hecho que sintiera como, poco a poco, esos demonios de los que tan bien habla Carmen Laforet, hubieran vuelto poco a poco. Ha habido días en los que he pasado miedo, días en los que no he sido capaz de hacer nada, días en los que tampoco he sentido nada y días en los que, simplemente, me he esforzado por seguir porque siempre he sido una superviviente obcecada en serlo (gracias, Rosa Montero).

Espero que a vosotras no os sean familiares estos sentimientos. Pero estoy segura de que sí. Y por eso, como yo, estáis por aquí, buscando también vuestro propio alivio.

Pero cuesta, ¿sabéis?

Y este pequeño sitio, mi ventana, dónde puedo encontrarme y encontrarnos me exime de muchas cosas. Lo creáis o no, este espacio es el único dónde siento que puedo respirar. Donde soy esta Miriam que escribe y habla de mujeres que escriben, y es capaz de ponerse ante una cámara y sacar esa sonrisa. Luego todo lo demás se hace muy difícil, ¿escuece? Espero que a vosotras no os sean familiares estos sentimientos. Pero, tal y como dice Nieves Delgado, estoy segura de que sí. Y por eso, como yo, estáis por aquí, buscando también vuestro propio alivio.

Así que en ocasiones miro a mis libros en la estantería y me enfado con ellos porque no son capaces de ayudarme. Luego cojo esa nueva historia e intento sumergirme en ella pero no me deja. Y mis lecturas, a veces, se vuelven áridas en mi boca porque tienen más realidad que la propia realidad. Y en ellas encuentro las respuestas: que es posible que este dolor no se escape nunca, que permanezca siempre ahí, que no se vaya a ninguna parte.

A veces pienso que es porque desde siempre he sido una consciente obsesiva de que el tiempo pasa deprisa y que la posibilidad de enfermar y morirse está a la vuelta de cada día. Suena frío, pero es así. La enfermedad y la muerte prematuras siempre me han estado rodeando como un fantasma al que ya no tengo miedo. Y lo peor de la muerte es que no siempre implica la no existencia, a veces te permite seguir viviendo pero en un cruel estado de letargo.


Photo by chuttersnap on Unsplash

¿Te has quedado con ganas de más? ¡Puedes escuchar el podcast #CaféLibrería en el que inauguramos el #LeoAutorasOct! Nada mejor que las letras que curan.

1.JPG

Escribir sobre el amor [real]

Os voy a confesar algo (ya sabéis que me gusta contaros secretos aquí, en nuestra habitación propia, que nadie puede oírnos). Desde niña soy una enamorada del amor. Del amor en todas sus formas, motivos y colores. Del amor de todo tipo, del amor que se puede demostrar y del que no. Del amor imposible y del amor prohibido. Del amor que es fácil pero también del que es difícil. Del que te eleva a unos palmos sobre el terreno. Del que es capaz de hundirte (eso también es real). Del que te cura. Del que te duele. Del que te hace crecer y del que te hace seguir siendo una niña.

El amor. ¡Ay! El amor. Masculino y femenino al mismo tiempo. Abstracto y tan concreto. El amor. El motivo principal que siempre nos ha movido, ¿verdad? Una de las principales semillas que han motivado la existencia de la literatura.

El auto-amor

Creo que nunca he escrito nada en el que el amor no sea una parte fundamental de la trama y de sus personajes. Desde novelas de ciencia ficción y fantasía, pasando por la metaliteratura y la literatura intimista que es con la que más a gusto me encuentro. Y aun con sus delirios y sus desdoblamientos, el amor es fundamental para las vidas que habitan entre mis líneas. Y en las líneas de otras, porque cuando leo busco ávidamente esos ramalazos de cariño, de unión entre seres humanos sean cuales sean, sea cuál sea su situación, sea cuál sea su interior. Malvadas o benévolas. Pequeñas o grandes. Mujeres u hombres. No importa. Entre las páginas impresas de un libro siempre ha habido cabida para cualquier forma de cariño. Siempre ha sido más fácil querer.

Con todo, a veces el amor [real] puede ser diferente al que escribimos o al que leemos. Todo depende, porque no existe una ley universal escrita de cómo debe ser, cómo tiene que evolucionar y cuánto tiene que durar.

Vayamos a la RAE:

amor.

(Del lat. amor, -ōris).

1. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.

Nuestra insuficiencia nos lleva a buscar el encuentro y unión con otro ser.

O tal vez no es eso. Yo creo que el amor [real] es otra cosa. ¿Vosotras?

Seré osada. Pero solo cuando he sido capaz de encontrar mi propia “suficiencia” he podido encontrar lo que conozco como el amor real (ahora ya sin corchetes). Cuando he sido capaz de palpar mi propio corazón y abrazarlo, quererlo tal y cómo es, con sus carencias y sus virtudes, con sus vergüenzas y sus cosas bonitas. Con su inseguridad y su altivez. Ahí estaba en mi pecho, tan dentro. Y me ha costado una eternidad saber entender lo que quería decirme.

Las grandes historias de amor

Escribir siempre ha sido la solución a casi todos mis sentimientos, a esas incógnitas, a esas cosas que me daban miedo. De un modo u otro, cuando escribía lo que pensaba conseguía entenderme mejor. Hay muchas páginas que tan solo han existido para mí misma y luego se han destruido. No importa que su vida haya sido así de breve y se haya evaporada, porque a mí me han servido para llegar hasta aquí.

Recuerdo que una de mis primeras historias de amor era sobre una rana y un sapo. Se casaron al conocerse y se amaron para siempre. Una pareja heterosexual y feliz. Otra, titulada El Caldero Mágico, tenía como protagonista al más tímido de la clase que se enamoraba locamente de la chica guapa del instituto (tan altiva y prepotente, tan afilada, como siempre nos han dicho que eran las mujeres). Luego las cosas se fueron complicando. Teníamos a una compañera de piso enamorada locamente de su mejor amiga, mientras ésta ignoraba rotundamente sus sentimientos y terminaba con el héroe de la historia. Después una anciana enamorada de una joven fallecida años atrás. Una testigo de Jehová comprometida con un muchacho, pero enamorada de otra mujer.

2. m. Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear.

3. m. Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo.

4. m. Tendencia a la unión sexual.

Pero las grandes historias de amor no solo hablan de personas. Nuestros personajes también se enamoran de sus lugares, de sus recuerdos, de los libros que escriben, del aroma del café, del anhelo de la eternidad, de aquella playa, de aquel reencuentro, de aquellas flores. Podemos sentir un amor irracional por nosotras mismas o por nuestras hijas, convertirse en algo peligroso y fascinante. También podemos pensar en el amor que despierta en nosotras, tal vez, nuestro trabajo o nuestra vocación. 

7. m. Esmero con que se trabaja una obra deleitándose en ella.

A amar también se aprende

En mis años como escritora no siempre he tenido la misma concepción del amor. Esta ha ido evolucionando poco a poco hasta llegar a lo que es ahora. Sin lugar a dudas, amar sin ponerle límites a mis sentimientos, con confianza ciega y con sumo cariño, es lo mejor que me ha regalado la vida. Puedo considerarme feliz y afortunada, porque no falta la dosis de amor necesaria en mi día a día. Propia y ajena. Y eso es mucho más de lo que siempre he necesitado.

Pero para llegar a este punto y a este equilibro hay que aprender, equivocarse y sufrir un poquito por ello (¿cuántas páginas acaban en la papelera antes de llegar a la definitiva?). No pasa nada, esos pasos también son amor al fin y al cabo, amor del real, que es hermoso y feo a la par. Amor del día a día, el que nos ayuda a ser más libres y más nosotras mismas. Amor que es fundamental pero que no lo es todo de igual forma, en ese complicado y delicioso equilibro. Podemos jugar con él, podemos abrazarlo bien fuerte y podemos hacerlo crecer, pues es infinito y no termina nunca (¡Cómo Marafariña!).

Photo by Haley Lawrence on Unsplash


¿Te has quedado con ganas de más? ¡Puedes ver mi último vídeo en Youtube!

Ellas, nosotras, vosotras: Testigos de Jehová

Hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Tal vez es que yo ya no paseaba demasiado por las calles del pueblo donde me crié, porque muchos motivos habían propiciado mi mudanza hacia tres años. O tal vez cuatro. No supe cómo reaccionar, pero en ese instante me costaba caminar con normalidad como si me hubiera vuelto torpe de repente.

Quería saber si me miraba o no. Y sí, me miraba. Incluso se detuvo en su caminar. Yo, por inercia, me paré también. Pensé en el análisis que estaba realizando de mí misma. La miraba. Conocía ese maquillaje tímido en el rostro pero, sobre todo, reconocía el uniforme del servicio de campo: una falda por debajo de las rodillas (preferiblemente hasta los tobillos) y una blusa recatada y formal. Llevaba la misma chaqueta de lana de siempre y el cabello recogido en una coleta sin gracia. No me salieron las palabras, porque me sentía culpable y avergonzada. Porque era consciente de lo que se decía de mí en la Congregación de los Testigos Cristianos de Jehová.

—Miriam.

Dijo. Y sonrió. Yo di un paso al frente. Yo también le sonreí, con una mezcla de alegría y extrañeza. Al fin y al cabo, Patricia y yo habíamos sido amigas durante algún tiempo. Unas amigas especiales, eso sí. Porque nuestros planes eran salir a predicar la palabra de puerta en puerta los sábados y los domingos por la mañana, o quedar para repasar la Atalaya alguna tarde de lunes. O nos sentábamos juntas en las reuniones y en las asambleas. Y hablábamos, sí. Hablábamos de muchas cosas. Patricia confiaba en mí, y yo confiaba en ella. Sin embargo, jamás le conté cómo me sentía en realidad, jamás le confesé la losa que arrastraba. Patricia, mi amiga Patricia, se enteró de todo como los demás: mis ausencias a las reuniones y el posterior anuncio de la expulsión pública de la organización.

Le tendí la mano pero ella me abrazó y me dio dos besos. Cuando la volví a mirar, elevando la mirada pues era muy alta, tenía lágrimas en los ojos. Sabía que ella no podía hablar conmigo. Que ninguno de ellos podía hablar conmigo. Cuando una testigo de Jehová era expulsada, se convertía en una apestada, una repudiada, en un ser detestablemente invisible. Me había acostumbrado a esa situación, pero no por ello me resultaba menos complicada. Para mí, por el momento, las personas no podían ser invisibles.

—Te veo tan bien, Miriam.

Volvió a decir mi nombre. Siempre me ha emocionado que las personas pronunciaran mi nombre. Me hacían sentirme viva.

—Gracias, Patricia.

—Te queda bien el pelo corto. Y se te ve feliz. Tenía miedo de que no estuvieras bien. Pero yo sabía que sí. Yo sabía que tú antes no estabas bien.

Llevaba en la mano una pareja de revistas. Por qué permite Dios el sufrimiento. Tal vez Patricia se hacía esa misma pregunta, pero seguía mostrando ese rictus eternamente sosegado. Sentí una punzada de dolor en el pecho.

—Sí… gracias. Pero han sido unos años largos. No ha sido fácil poder llegar a sentirme así —confesé, como queriendo otorgarme un mérito vacío.

—Lo creas o no, se te respeta. De verdad. Para mí fue doloroso escuchar que ya no estabas entre nosotros, ya sabes lo que eso implica pero… —Me cogió de la mano. Di un respingo—. Te conozco, fueron muchos años siendo compañeras. Sé que tenías fe auténtica, y también sé que pusiste todo de tu parte por seguir siendo quién tenías que ser.

—Ya —respondí, sin entenderla.

—Sé que eres lesbiana —replicó. Yo me atraganté con mi respiración y tosí—. Lo siento, no te lo he dicho como algo despectivo. Sé que intentaron hacer que fueras diferente. Estar con ese hermano no tuvo que ser fácil para ti.

No fui capaz de responder, pero asentí. Me sorprendía la libertad con la que las palabras de Patricia volaban de su boca. Una hermana bautizada y asidua predicadora aceptaba mi nueva orientación sexual con una tolerancia abrumadora. Quise abrazarla, quise preguntarle por qué había tenido que sufrir tanto. Y quise preguntarle qué pensaba de mi. Pero sus ojos eran limpios, bonitos, sinceros y amigables.

—Pero ahora estoy bien —dije, simplificando un puñado de años en una sola frase.

—Se te ve bien. Se te ve tú. Tú, Miriam, que siempre tenías esos ojos tan tristes.

Patricia tenía que irse. También sabía que miró alrededor para ver si alguien nos estaba mirando. Y que volvería a casa con cierto peso en la conciencia por estar hablando con alguien como yo, alguien con quién no debía hablar.

—A ti también se te ve muy bien, Patricia.

—¡Oh! Bueno. Me voy a casar en un mes con un hermano que conozco desde hace unos meses. Se apellida Ferreiro, como el cantante. Así que a partir de ahora seré Patricia de Ferreiro.

Soltó una risita cargada de pena. Otra mujer más, pensé, como yo. Mujeres cristianas, creyentes, sumisas. Casadas. Que perdían su voz y que perdían, incluso, su apellido. Le dije a Patricia que me alegraba mucho y que esperaba que fuera muy feliz. Ella me contestó que lo sería, estaba segura, con la ayuda de Jehová Dios.

—A ti también te ayuda, lo sé.

Me despedí con un abrazo más frío que el inicial. Mientras la vi alejarse con su maleta cargada de esperanza religiosa, pensé en que realmente estaba equivocada. A mí nunca me había ayudado ningún Dios. De hecho, prefería que el Todopoderoso excusara de mandarme su misericordia.

Sentí pena al perder de vista a Patricia y noté cómo me escocían los ojos. Me vi reflejada en el escaparate de esa cafetería y, al ser consciente de mi propia metamorfosis, sentí miedo. Y también, el sabor de ser una mujer libre.

Photo by Aaron Burden on Unsplash


PODÉIS LEER AQUI MI HILO DE TWITTER SOBRE ESTA EXPERIENCIA PERSONAL

 



Para saber más…

La homofobia no está prohibida

Mis novelas de ficción autobiográfica que hablan sobre mi experiencia:

Marafariña

Inflorescencia

¿Te has quedado con ganas de más? ¡Puedes ver mi último vídeo en Youtube!

La habitación propia se queda vacía

Cuando entrevisté a Pilar Bellver en A Librería, dijo esta frase que tengo muy grabada adentro:

Escribiendo la novela sobre el papel llevo unos 10 años. Y mira que todavía hablo en presente. Así que no sé si le he dicho “adiós”; parece que no. De hecho, si hubiera una segunda edición de la novela, ya tengo hechas, redactadas y enviadas a los editores unas cuantas correcciones: he aligerado párrafos, por un lado, pero, por otro, he añadido un episodio de cierto calado a uno de los capítulos finales. Me pregunto si algún día dejaré de escribirla.

La escritora egoísta

Terminar de escribir una novela es un fenómeno raro. No sé ese término existe en realidad. Supongo que todo depende de la implicación real que tengas con la historia, de la dependencia que se haya generado con sus personajes, o su función real en todo esto. En mi caso personal, Marafariña e Inflorescencia (comprendidas para mí como un libro único) siguen estando implicadas intensamente en mi rutina y en pensamiento en el día a día. Con Todas las horas mueren esa relación se apagó poco después de terminar la historia, tal vez como algo más saludable, algo que me hizo liberarme. ¿Cómo explicarlo? La novela de Olivia Ochoa me liberó, se acabó y se fue como algo pasajero. Pero Olga y Ruth siguen ahí, en su esencia poderosa. Como en la propia secuela, a mí también me aparecen hojas secas en la almohada, yo también siento la poderosa llamada de la espesura que no parece resuelta a dejarme marchar.

Creo que no es un hecho aislado, quiero pensar que no es parte de una divagación personal. Sigo hablando de esta historia en presente, como si de un modo u otro no estuviera cerrada. Tal vez no está cerrada porque es imposible cerrar algo en lo que he estado centrada gran parte mi vida. Algo que me ha hecho tan feliz y tan infeliz al mismo tiempo, como una deliciosa tortura en un bucle infinito que no puede terminar jamás.

Pero ahora es vuestra. ¿Y qué hace esta escritora, un pelín egoísta, que la quiere solo para sí? Que quiere ser generosa y abrir las puertas de ese lugar para vosotras pero, al mismo tiempo, tiene miedo, esta reacia, es pequeña, se encoje. Llora. Escucha a sus musas gritar en su cabeza que no se callan, que no se quieren callar.

Nos sentimos abandonadas en pleno aguacero y echamos a correr bajo el azote del agua.

Elena Ferrante

Nunca se termina en realidad

Entre mis compañeras y amigas escritoras, ocurre algo similar en la mayoría de los casos. Cuando, todavía ahogadas por el agotamiento y exhaustas del cansancio y de las energías depositadas en esta historia (historia que sale de entro, que germina en nuestro interior, que florece) una nueva empieza a colarse de manera incontenible. Y quieres descansar, pero ese afán creativo no te deja. ¿De dónde sale? ¿Quién lo empuja? No lo sé. Pero por mucho que se intente silenciar o dormir, es imposible. Él manda. Ellas mandan, las musas, quiero decir. 

Así que hablar de una terminación en esta profesión dedicación es, en realidad, un eufemismo en sí. Como he señalando tantas veces, una de las pocas cosas eternas que existen es la literatura, su perdurabilidad, su desafío al tiempo. Qué descarada y qué hermosa es, ¿a qué sí? Que se enfrenta a todo, que abandona a sus autoras y autores sin remordimientos. Y nosotras, dejándola ir, poco a poco. Se escurre entre los dedos como un hijo que te abandona. Pero de pronto la nueva hoja en blanco ya no está en blanco, se llena de palabras, de heridas, de personajes, de vivencias, de lugares. No da tiempo a que la habitación propia se quede vacía. Nuestra propia literatura no nos permite sufrir de esa manera, en su inexcusable generosidad.

Por eso Ruth y Olga me han dejado este vacío tan lleno de todo. De esas opiniones que poquito a poco van llegando, me han transmitido parte de su coraje, me han dejado entrar en sus vidas. Son mis mejores amigas, siempre lo serán. Son parte de mí, como otras muchas cosas. Y, de algún modo, ellas y su Marafariña siempre están ahí, día a día, en el interior de esta habitación cálida y mía. Solo mía. De la soledad violeta tan ansiada.

Escribo mientras vosotras me escribís a mi. Mientras sé que, en algún lugar, alguien más está leyendo estas líneas que yo misma creé con el más cuidadoso del mimo que poseo. Tan inexperta. Tan arriesgada al palpar esas palabras, sílabas rotas. Las letras que, como a Millás, se me aparecen a todas horas, impregnadas de hojas, de esencia, de sueños.

Así que, queridas mías, flores mías. Sigo aquí. Agazapada en mi pequeño mundo. Silenciosa. Esperando con respeto lo que tenga que pasar, sintiéndome un poco más escritora (o la escritora que anhelo llegar a ser) y un poco menos esa Miriam llena de congoja, de morriña, de saudade

Inflorescencia me está haciendo feliz y me está haciendo melancólica al mismo tiempo. Tibia dualidad, que me mantiene viva.

Inflorescencia_portada_kindle

Photo by Anna Sullivan on Unsplash

Si te has quedado con ganas de más, te recuerdo que he inaugurado un canal en Youtube. Puedes ver aquí mi primer vídeo hablando de #MujeresEnLaLiteratura:

Una escritora intensa en Youtube

Os prometía una sorpresita por mis Redes Sociales y aquí esta.

El blog de esta semana viene en un formato diferente, digamos, más audiovisual. A partir de ahora, no solo podréis leerme sino, también, verme… ¡En Youtube!

Así que sin más dilación, os invito a suscribiros a ese medio y a que sigamos juntas hablando de #MujeresEnLaLiteratura.

¡Muchas gracias por verme y leerme!

 

 

 

#CaféLibrería y nuevos proyectos para septiembre

Ya os adelantaba en este mini vídeo de Instagram y en los perfiles de Twitter y Facebook de A Librería la inauguración de un nuevo proyecto literario a “tres voces”. Junto con Carla Plumed de Café de Tinta y David Pierre (mi tan estimado compañero literario desde hace tantos años). Sí, amigas mías: un podcast. Un formato que funciona bastante bien, es dinámico y no sirve para hacer lo que más me gusta hacer: seguir hablando de literatura y, sobre todo, de #MujeresEnLaLiteratura.

A este nuevo espacio radiofónico, fruto de muchas conversaciones, complicidad y amistad durante las pocas horas que pudimos compartir en el Celsius 2018, lo hemos bautizado como Café Literario (podéis encontrarnos en Twitter con el #CaféLiterario), al que he dedicado una sección en esta web dónde iré actualizando con los nuevos programas que estén disponibles.

El primer programa íntegro lo podéis escuchar en Ivoox pinchando en este enlace.  En él analizamos muy pormenorizadamente La Compañía Amable de Rocío Vega. ¡Espero que disfrutéis de la charla! ¡Y que, sobre todo, os entren muchas ganas de leer el libro!

También podéis suscribiros a nuestro perfil (y dejar vuestros comentarios sería todo un detalle).

¿Ah? ¿Habéis visto ya la ilustración de Gemma Martínez para el proyecto? ¿no?

dllzmqfx0aa5ac5

Septiembre e Inflorescencia

Es un mes bonito septiembre. Después de agosto y sus horas de sol, de cierta libertad. Me gustaría decir que me he dedicado a descansar y a recuperar fuerzas durante el verano, pero ya hace tiempo que no suelo tener vacaciones en esta época del año. Aun así, no me puedo quejar. He tenido una temporadita de cierta desconexión de Redes Sociales y de actividad habitual en mis portales. Pero, ya veis, en realidad no he dejado de trabajar.

Cómo sabéis, Inflorescencia ya lleva dos meses en vuestras manos. Por el momento, la habéis tratado con cariño y con amor. La habéis leído y habéis dejado vuestros comentarios en Amazon y en Goodreads (¡corred si no lo habéis hecho ya!). Pero el camino de esta historia, y la de Marafariña, no ha hecho más que comenzar. Os aseguro que mi intención, con vuestra ayuda, es acercárosla mucho más. Que sea todavía más vuestra y menos mía. ¿Seremos capaces? Estoy segura de que unidas sí que podremos hacerlo.

Inflorescencia_portada_kindle

Por el momento, quedan algunas semanas para conocer el veredicto del Concurso de Amazon, donde esta historia participa. Y tengo mucho interés en saber cuál es el resultado este año.  Y aunque es verdad que me he mantenido un poco al margen de este premio en el ámbito público, he tenido el gusto de leer algunos de los títulos que he ido reseñando en mi otra casa, A Librería, ya sabéis dónde es.

¡Y relatos!

Sí, queridas mías. Agosto ha sido un mes de relatos y de nuevos retos. De explorarme a mí misma y de forzarme a mejorar. He presentado tres trabajos a diferentes convocatorias (una de ellas en gallego, algo que me hace mucha ilusión). Si las cosas salen bien, podremos saber algo muy pronto. Si no, pues tan solo tendremos que esperar un poquito más. Por paciencia que no quede, ¿eh?

En fin, que os puedo decir. Es un gusto volver, ahora sí, por aquí. Y espero que sigamos haciendo de este espacio un bonito lugar de letras y literatura.

¡Nos leemos, #MujeresEnLaLiteratura!

 

Photo by Hello I’m Nik on Unsplash

Agosto

No sabes nada, no busques nada. Eres una loca.

Tenéis que perdonarme, pero este post no es para vosotras. Es para mí.

Agosto siempre ha sido mi mes favorito del año, desde que soy una niña. Las vacaciones de verano, la playa, la ausencia de relojes, el perderme. El tener horas y horas a solas con lo que más amo en el mundo: mi literatura, solo mía, de nadie más. Agosto y el mes en el que aprendí a quererme, a mimarme, a ser yo. Agosto, el mes en el que esa niña con los ojos llorosos se miraba al espejo y me preguntaba a mí, a la Miriam adulta que todo lo debería saber, cuándo acabaría esto y cuándo llegaría la felicidad. Cuándo llegaría la libertad.

Agosto. Ya no encuentro a esa niña por ninguna parte. O sí, a veces sí. Cuando se me despeinan las cejas, cuando se me tuerce el labio y cuando tengo ganas de llorar pero no debo porque estoy en una oficina gris o estoy en un ambiente distendido en el que tales lágrimas no encajan. De niña lloraban con más facilidad y sin pudor. Nunca me dio vergüenza llorar, era mi manera de expresarme, porque hablar me costaba (aunque escribir me resultaba tan, tan sencillo. Ojalá todo fuera tan sencillo para mi como escribir), porque ser, simplemente ser, me costaba. Yo creía (en ese agosto) que eso se me pasaría al crecer. Pero crecí, crecí, crecí. Y esas sombras crecieron conmigo. Se anudaron a mis muñecas huesudas, a mis tobillos, a mi corazón sombrío. Lo ocupaban todo. Y, en cierto modo, lo ocupan.

Agosto. De niña miraba al mar. Sonreía. Había momentos pequeños en los que era capaz de ser feliz sin mirar nada más. Mi abuela y su olor a perfume (incluso en la playa) me hacían feliz. Mi abuela siempre fue algo importante en mi felicidad pero, las abuelas, se pagan poco a poco, sin remedio.

Agosto y esta niña ya no existe, pero la playa a veces tiene magia. A veces me duele seguir siendo esa niña, a pesar de que estoy más cerca de los treinta que de los veinte, que tengo un trabajo gris y una rutina estricta y precisa. El despertador suena cada mañana y solo yo puedo apagarlo, solo yo puedo tener energías para levantarme de la cama. Y sí, me arropa mi amor. Pero hay tantos vacíos alrededor, como precipicios, que a veces me da miedo, tanto miedo, salir del colchón. Agosto. Agosto. Agosto. ¿En qué te has convertido? Eres un mentiroso. Me prometiste que siempre serías así.

Agosto. Agosto y tu maldito agostamiento.

Esos círculos. ¿Los ves? Cada vez dejas que sean más pequeños. Pero me permites mis letras (mis letras, mis queridas letritas, mis personajes, mi yo, pequeña, mi yo) y es mi vía de escape. Me permites vivir y sobrevivir así. En cualquier punto. Literatura, yo te escribo y tú me contestas. Y me abrazas. Y me quieres. Me quieres como nada en este mundo ha sabido quererme y comprenderme. Tú me hieres, pero para abrirme y sacarme de dentro esa sombras tan oscuras. ¿Quién las provoca? ¿Agosto, tal vez? ¿Yo misma? ¿Esa niña que, de un modo u otro, se eternizó siempre dentro de mí?

Cuándo se iba a acabar todo, pequeña Miriam.

Dijiste que de mayor sería más sencillo.

Lo dije. Sí. Te lo dije, niñita de ojos redondos y lágrimas frías. Y siento que no sea más sencillo pero, al menos, te he enseñado un camino hacia el que escapar.

Rincones, playas, bosques, marafariñas, libros.

Nombres.

Tienes tu identidad, abrázala, quiérela como te enseñé a quererla.

¿Los ves? Son agostos, niñita. Agostos para ti, agostos eternos que te esperan.

 

 

Photo by Maksym Kaharlytskyi on Unsplash

Una escritora intensa en el #Celsius2018

Lo cierto es que, año tras año, disfrutaba del festival de terror, fantasía y ciencia ficción  Celsius 232 (que tiene lugar en la preciosa ciudad de Avilés) vía twitter. Y, a través de esta Red Social, disfrutaba de los eventos, de las desvirtualizaciones, del encuentro entre la literatura, los que la crean, los que la editan, los que la leen, los que lo hacen todo a la vez. Tras mucho tiempo, y aunque me resultó imposible ir antes del sábado (el día final), cerré todo lo que tenía que cerrar para plantarme allí y dar los abrazos pertinentes.

De Gaedheal a Avilés, pasando por Mondoñedo

IMG_20180714_165223037_HDR

Mi compañera de viaje desde las tierras gallegas ha sido Maite Mosconi, escritora y gran amiga desde hace ya un tiempo, con la que compartí un viaje en coche lleno de anécdotas, algunas casi innombrables. ¿Lo más especial? Poder conocer los nuevos proyectos de esta interesante y hermosísima #MujerEnLaLiteratura con la que siempre es un placer compartir tiempo, charlas, libros y cafés.

A Librería unida

IMG_20180714_165154451
Gemma Martínez (ilustradora), una servidora y David Pierre (escritor y crítico) en el primer encuentro oficial de A Librería

Conozco a David Pierre desde hace más de diez años. La amistad que nos une es una de las más sinceras y honestas que he conseguido hacer en los lares literarios de Internet, y nuestro vínculo es fortísimo. Sin embargo, en todo este tiempo, no habíamos tenido ocasión de vernos. Como sabéis, además, junto con Gemma Martínez, los tres llevamos a cabo desde hace más de dos años la web A Librería.

La sensación de llegar por las calles de Avilés y encontrármelos y poder abrazarlos muy fuerte en persona es indescriptible e impagable. Y, aunque hubo espacio para hablar de literatura y trabajo, lo principal para mí fue afianzar de una manera real una amistad como pocas he conseguido a lo largo de mi vida.

Los amigos de Twitter son reales

No podría negar que una de las personas a las que más necesitaba desvirtualizar era a Café de Tinta o, ya dicho con más acierto, Carla Plumed. En pocos meses, hemos empezado a trabajar juntas en nuestra actividad en la red y como reseñas literarias, mientras fue fraguándose una amistad sincera y única.

IMG_20180714_165254775
Servidora #Intensa y Café de Tinta
IMG-20180714-WA0008
Foto de la comida del cachopo. Tres gallegas preciosas y tres catalanas. Laura, Carla, Maite, David, Gemma

Y después, me di cuenta de las calles de #Celsius2018 son mágicas. Y que, sin más, aparecían frente a mi aquellas personas con las que se comparten horas, aficiones, lecturas. Me topaba con mis lectoras y lectores, con mis escritoras y escritores favoritos, con aquellas con las que, sin saberlo, mantienes un vínculo tan especial:

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Y la #Intensidad

Tengo que decir que mi estancia en el #Celsius2018 fue fugaz. Llegamos al lugar cero el sábado al mediodía, por lo que apenas pudimos disfrutar de la fantástica presentación de Crónicas del Fin de Campbell y Cortina y llevarme un ejemplar muy especialmente dedicado (aunque lo más más bonito fue ver que Gabriella me reconoció).

Tengo que decir que una de las partes que más disfruté fue del encuentro con la Editorial Cerbero, su editor y sus maravillosas autoras. Cercanas, brillantes, mujeres preciosas, mujeres que escriben. Siempre #MujeresEnLaLiteratura. Una lástima que de estos intensos momentos no haya fotografías (aunque se ha colado algún que otro GIF por Twitter del que no me hago responsable).

¿Y qué hacía una escritora de literatura intimista en un festival de fantasía, ciencia ficción y terror? Pues, precisamente, vivir uno de los fines de semanas más #intensos de mi vida.

Captura
Representación gráfica de mi misma. Por Gemma Martínez

P.D. ¿Mi espinita? Haber estado a pocas horas de diferencia de llegar y poder abrazar a mi tan querido Javier Miró. Pero en fin, para otro año será. Gracias por la firma, amigo mío.