Procura Olvidarme: Asalto a Oz, la Nueva Narrativa Queer de Dos Bigotes

Noticias felices que casi siempre vienen tan sólo de parte de mi gran pasión, la literatura. Donde es el único universo en el que saco fuerzas de flaqueza para seguir escalando por mis sueños, siguiendo las baldosas amarillas y no le tengo miedo a los rayos que pueden caer.

Así que si estoy escribiendo este post y compartiendo esta noticia tan bonita con vosotras es gracias en especial a Gonzalo Izquierdo y Alberto Rodríguez por haberle dado voz a escrita escritora, tan cómoda en su habitación propia y que en otro tiempo huyó de las etiquetas.

Y hoy, en cambio, las luce con orgullo.

Hoy por fin puedo hablar más pormenorizadamente de esta antología de relatos, cuyo título, Asalto a Oz, ya es toda una declaración de intenciones. Un viaje, una aventura transgresora, donde no existe el miedo a lo que está por venir. Nueva Narrativa Queer han querido definir los muchachos de Dos Bigotes. Y yo, tan pequeña, no puedo sentirme más orgullosa de formar parte de la llamada #GeneraciónOz.

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Portada por Raúl Lázaro

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Compartiendo cartel con Alana Portero, Ángelo Néstore, Aixa de la Cruz, Vicente Monroy, Gema Nieto, Miguel Rual, Lluis Mosquera, Darío Gómez De Barreda, Sara Torres, Álvaro Domínguez, Rodrigo García Marina, Pablo Herrán de Viu, Elizabeth Duval y Óscar Espirita, no puedo negar el absoluto entusiasmo y las ganas de que tengo ya de que lo tengáis en vuestras manos.

Y aprovecho parte del prólogo de Rubén Serrano para definiros lo que os vais a encontrar:

«Tenemos la necesidad de leernos, de encontrarnos y de identificarnos. Este libro es un espacio para todo eso. Nosotros, nosotras, nosotres, los maricas, las bolleras, las personas bi, trans, no binaries, de género fluido, queer, los viciosos, la aberración del sistema, los
enfermos, quienes estamos al margen, quienes no somos tan importantes, quienes somos la mierda para muchos, quienes recibimos palizas en la calle, a quienes nos insultan en el colegio, a quienes nos echan de casa, a quienes medicalizan sus cuerpos, a quienes aún
nos someten a terapias de conversión, a quienes nos hacen sentir vergüenza, a quienes  aún nos persiguen, asesinan y torturan. Nosotros también somos literatura»

Podéis adquirirlo a partir del 25 de noviembre (¡¡este lunes!!) en librerías y en la página web de Dos Bigotes

¡Ah! Y no puedo concluir este post que me hace tan feliz sin hablaros unas poquitas pinceladas de mi relato incluido en este colección: Procura Olvidarme. Una historia intimista, con pequeños tintes de realismo mágico, que trata el crudo tema de la enfermedad, la maternidad, el despedirnos antes de tiempo y la compleja convivencia en pareja. Nació un día en la playa, intentando huir de mi misma.

Poco después, fue la propia vida la que se me escapó.

Otra cosita más os voy a contar antes de despedirme y de desear que adquiráis el ejemplar. El nombre de la protagonista es Tensi, en honor a Lecturalifia, por darle luz a los días más oscuros de mi vida con la literatura.

Este octubre sin libros

Quiltras de Arelis Uribe y La política sexual en Kate Millet de Silvia López son las únicas lecturas que han conformado mi #LeoAutorasOctubre. En realidad, y siendo honesta con vosotras y conmigo, cuando una amante de la literatura no es capaz de bajar la pila de pendientes y tampoco de rellenar las líneas de las hojas del cuaderno es que algo no va bien.

Voy a rellenar este post, otro más después de varias semanas, con citas de estas dos lecturas (menos de las que me gustaría, pero tan importantes para mí) para rellenar mis propios huecos. Los míos, los que dejo por aquí. Los espacios en blanco. El no saber qué deciros y el no saber qué decirme.

¿Me perdonáis otra vez?

Acerqué mi nariz a su boca y sentí el sabor de su respiración. Tenía el mismo dulzor que a los diez años. Yo tampoco quería, le dije. Tomé su rostro con las dos manos, le sequé las mejillas y le di un beso hondo y pausado. Yo tampoco, repetí, antes de abrazarla y ponerme a llorar.

Arelis Uribe

Es que estoy en otra parte. La parte en la que sólo me estoy dedicando a leer esas dos historias largas que están por venir (pero no sé cuándo, y me da miedo). Me da miedo por mí, porque de repente soy muy cobarde. Porque estoy sola con mi vulnerabilidad. Porque ya noto los huesos de mi espalda, mis rodillas ya se chocan cuando tiemblo. Pretendo ser fuerte, pretendo serlo todo, pero me astillo un poco cada día y la venda se ha roto. Y no conozco a nadie que sepa colocarla en su lugar.  

He aprendido a escribir para curar; pero no para curarme. Melancolía (ya la conoceréis) se ha alejado tanto de mí que no la reconozco. Emilia (ya la conoceréis) soy yo, y me da miedo que la veáis. Ahora creo, pienso, recapacito, que mi vida siempre ha sido este desastre apocalíptico pero que todo estaba disfrazado. 

¿Quién fue la careta? ¿Quién fue el disfraz? ¿Y dónde estoy yo ahora?

¿Por qué no soy capaz de quererme/de gustarme/de ayudarme?

¿Por qué pido gritos de auxilio a cada rato, casi desesperada, casi resignada en mi propio vacío?

¿Cómo lo hago?

Y me pregunto, ¿alguien sabría hacerlo en mi lugar?

Tengo miedo a la vida, miedo al trabajo, miedo a la muerte

Kate Millet

No hay baldosas amarillas. Sólo mentiras. De mentira en mentira. Mentireira. Y ahora temo decepcionaros, temo decepcionarte, temo decepcionarme. Desde que no escribo en A Librería me siento coja, me han arrancado una parte de mí. La realidad es que me gustaría poder, pero no puedo. Me gustaría responder a esos emails en los que se me pide opinión, me gustaría seguir formando parte de toda esta literatura que corre.

Pero no puedo.

No, mujeres mías, este octubre apenas os he leído. Tampoco os he escrito. He estado silenciosa y me duele haber fallado a la causa. Haberme fallado a mí y no haber sido capaz de abrir más que estos dos maravillosos ejemplares que, he de reconocer, me han roto más de lo que me han recompuesto. Me da miedo leer sobre ese dolor, porque se toca con el mío y me desmayo en mi propia incredulidad. 

¿Cómo escribo? ¿Cómo digo? ¿Cómo soy?

No lo sé hacer. No tengo palabras.

La escritora casi no tiene palabras ya.

Mi mamá creía que ese dolor era bueno, decía «si te duele es porque sientes y si sientes es porque estás viva»

Arelis Uribe

Ahora toco la armónica para escapar de no leer. Ahora traduzco mis novelas para escapar de tener que seguir escribiendo algo nuevo. Quizás es que no estoy lista para algo nuevo, quizás sólo aquí dentro estoy bien.

Porque amanece mañana y es otro golpe.

Y cae la noche, y es tan oscura, y no sé qué hacer con ella.

A veces viene alguien, tan siquiera, y trae una lucecita y la deja en la mesita de mi habitación propia. Como si estuviera enferma. Pero yo no estoy enferma, no soy yo la que está enferma. Yo he de levantarme y seguir. He de sonreír, preparar el café, conducir ese coche. Ir a dónde me reclamen.

No puedo parar, el lujo de detener el reloj y los kilómetros pertenece a otras no a mí.

Y duele mucho más que sea una mujer la que te hace daño […]. Las mujeres me han herido mucho más porque las amo mucho más.

Kate Millet

Entonces voy a ese lugar nuevo, intuyéndome valiente, creyéndome algo más que una mujer que no sabe quién es, a la que se la ha olvidado vivir y que tiene la facultad de hacer reír a las demás. No se está mal en esa calle, digo. Pero yo no dejo de sorber la cerveza y huyo todo el tiempo.

Ella me dice algo terrible. Terrible. Y yo noto el peso de las lágrimas de las que ya me creía recuperada.

«Pero estás muy triste, Miriam. Mucho. ¿Por qué?».

Claro. Es que no lo sabe.

Quise acariciarla, pero no supe hacerlo. Fue ella quien me abrazó. Después, me tomó la cara y me advirtió: escribir es peligroso.

Arelis Uribe

Y yo no sé qué decir. No es que no sepa, es que tampoco puedo. Si lo hago sólo podré decirle que tiene razón, y que me siento decepcionada por no haber sabido disimularlo mejor. Por convertirme en una persona triste.

«Pero es que no sé quién soy».

No, no lo digo. Porque me veo en esa ex Testigo de Jehová, en esa persona que apenas sabe dar pasos hacia adelante. A la que le da miedo que la toquen, que se acerquen, se sepan demasiado. Si se acercan, pienso, piensa, lo verán todo, lo verán todo otra vez. Y de ver las heridas, será mucho más sencillo que las abran.

O que las cierren.

Las cierren para siempre.

 

 

Para A.

 

Photo by Nicole Kuhn on Unsplash

¿Nos ayudamos?

A veces cuándo acaba la sesión nos quedamos charlando unos minutos de cortesía. Los meses de terapia empiezan a cumplir el primer año e, inevitablemente, empieza a haber un estrecho lazo. «M» me dice que ha leído Todas las horas mueren y que está deseando empezar con Marafariña

Yo, que llevo cincuenta y seis minutos llorando, me limpio los rastros de lágrimas y saco a duras penas una sonrisa (aunque cada vez menos a duras penas) y le digo que muchas gracias por leerme, que eso me hace sentirme bien y feliz. Luego me quedo callada, cruzando las manos sobre esa mesa marrón y agacho la cabeza. Le digo que me ha ayudado mucho y que me gustaría poder dedicarme yo a algo así también, al oficio de cuidar y ayudar a la gente.

«M» suelta una risita, ya casi típica en esa habitación. Parece inmune a mi tristeza porque dice confiar en mí. Sacude la cabeza y yo la miro dudosa de lo que quiere decir. Coge el ejemplar y me lo señala con contundencia.

Me dice tenemos esto aquí.

Y yo le digo y eso qué significa.

Significa, dice, que yo hasta ahora no te había leído. Por lo cuál, cuando me hablabas de tu escritura no podía contestarte con conocimiento de causa. Pero te he leído y ahora lo veo muy claramente. Y ya no solo lo importante que es para ti, sino de lo que eres capaz de transmitir con ella. 

Y yo le digo, otra vez, y eso qué significa.

Y «M» me dice que aquí lo tienes todo. Un poder propio, personal, individual, tuyo. Para esto no has necesitado a nadie y, por fortuna, nunca la necesitarás. Estas palabras salen de ti, de alguna parte. Y permítete decirte que ayudan. A mí me han ayudado, me han transmitido y me han enseñado cosas. Aquí, Miriam, está tu tabla salvavidas. Y la de las personas que se acerquen a leerte y a ti. 

Quizás escribo estas palabras en esta entrada, como casi un acto jactancioso para creérmelas. Y para ser consciente de mi propia suerte y de ser consciente de lo que he sido capaz de hacer, blindándome a mí y blindando mi propia autoestima de mujer rota (como la de Beauvoir). Por eso, aún cuando me siento cada noche a escribir, y escucho el tecleo seco pienso que me estoy escuchando a mí misma.

Que tengo tanto que decir, que contar, que aliviar, que sé que no me llegará una vida pero que lo intentaré con todas mis fuerzas.

Me ayudo a mí, pero también quiero ayudaros a vosotras. Y en realidad, aunque «M» no me lo hubiera recordado (porque era algo que ya sabía, sino de qué dedicarme a este oficio), no podría dejar de hacerlo. Respiro en estas páginas, las que escribo y las que leo. Amo la literatura como nunca amaré a nadie y ella me ama a mí con honestidad y contundencia.

Y me promete, cada día, que nunca se irá a ningún sitio.

Y creo que escribo esto porque, como tantas otras veces hablé con mis compañeras (y compañeros) sobre por qué hacemos esto (recuerdo cuando María Fornet me dijo eso de y sino escribimos qué hacemos, como si fuéramos marionetas a su merced, como si nuestra vida no fuera otra cosa), quiero recordarme los motivos. Sí, quizás lo haga por mi. Para mantenerme con vida y alejarme del precipicio.

Pero, también, para ser una herramienta de ayuda. Un escudo de hielo contra la vida real. Un lugar donde podáis encontrar vuestra habitación, unas líneas que os comprendan y sepan cómo os sentís cuándo no hay nadie que sepa escucharos. Lo mágico de la escritura/lectura es que es una actividad individual e íntima que, al mismo tiempo, se comparte con multitud de personas que, como nosotras, se acurrucan en su sofá y dedican las horas a llorar en silencio cosas que no son capaces de comprender.

En definitiva, mujeres mías, pasan las horas (que mueren), las semanas y los meses y yo sigo aquí obcecada en seguir contándoos mis historias y seguir leyendo las vuestras. Pese lo que pese y cueste lo que cueste. Os lo debo y me lo debo a mi misma.

Así que, ¿nos ayudamos?

P.D. Qué gusto poder escribir aquí otra vez. Bienvenida a casa, Miriam.

Photo by Tim Chow on Unsplash

Los trozos de las hojas que rompimos

Cuando era pequeña, arrancaba las hojas a mi paso y las iba quebrando entre mis manos. Era un gesto inconsciente, producto de mi nerviosismo. Y es que de niña vivía con un miedo constante a todo, como si fuera capaz de adivinar lo que me depararía la vida. Lo que era seguro es que ya al nacer la sombra negra se pintó bajo mis ojos y ya jamás me abandonó.

Creo que nunca supe formar parte del mundo en el que me tocó vivir. Entonces sé que mi infancia, adolescencia y madurez fueron un compendio de errores de los que nunca he conseguido limpiarme las secuelas. Lo único que era seguro es que la religión y mi creencia en Dios marcaban mi vida. Lo reconoceré a duras penas, pero tenerlo a ÉL me mantenía anclada a la vida. Me otorgaba la identidad de la que muchas otras personas carecían. Me consideraba más inteligente, más afortunada. Una pieza que formaba parte de algo. Y había venido a esa vida con un propósito muy estipulado.

Tuve que dejar de creer en Dios porque no se me permitía ser quién era. No fue sencillo despedirme de esos pensamientos, de los rezos por las noches y de todas aquellas amistades y familia que formaban parte de esa vida. Tenía diecinueve años y lo había perdido todo a cambio de la libertad: mi cuerpo estaba golpeado por la violencia, mis emociones eran difusas y no sabía qué debía de sentir, a mi lado solo cabía el peso de la soledad. Ahí todo empezó a cambiar.

Luché mucho por recuperarme de todo aquello pero creo que nunca fui capaz. En lugar de salir reforzada de una experiencia dura y difícil, me quedé con las rodillas rotas y la autoestima inexistente. Pero seguí, porque me había hecho la firme promesa de intentarlo. Así que me esforcé por amar la vida que todavía me quedaba, aunque pesaba demasiado a pesar de mi juventud. Y creo que vi la luz.

Amar siempre me resultó demasiado sencillo. Creo que traspasé mi fe religiosa en la fe en las personas. Creí en la bondad, creí en el amor natural y desinteresado. Creí que entregándolo todo y esforzándome día a día por seguir haciéndolo todo cambiaría. Creí que podríamos construir un mundo mejor. Recuperé esa luz perdida, con parte de sus sombras. Y tuve ganas de sonreír, de disfrutar de cosas de las que nunca antes había sido capaz de disfrutar.

Tiemblo, ahora tiemblo, si me pongo a recordar la dicha que puedo sentir a mis espaldas y que ya no me pertenece.

Pero ahora mismo siento que vuelvo a tener esos diecinueve años. Estoy de frente a esa Miriam que ya no sabía caminar porque se le habían quemado los cimientos. Ahora siento que me he estrellado al caer de un precipicio inmenso. Estoy viva, pero no puedo salir de aquí. Sobre mí, no dejan de caer los trocitos de las hojas que alguien rompe desde lo alto. Muy alto. Tan alto que no puedo ni verla.

No sé lo que hago, no sé dónde están las horas que transcurren y no sé quién soy. No sé lo que valgo ni lo que valdré. Tampoco sé que he venido a hacer aquí. Obstinada creí que tú podrías salvarme y salvarnos. Creí que el sur también formaría parte de mi y que me regalabas su sol y sus gentes. Yo ahora pienso que quizás nunca tuve tal privilegio, que podía ver el oro de lejos pero que jamás sería mío. Aprieto los dientes ante este pensamiento. Me siento tan arrasada que, temo, no ser capaz de volver a ser lo que me gustaría ser. Me siento tan perdida que, quizás, encontrar el sentido de las cosas sea ya un imposible.

Me gustaría saber qué hago con las horas, con los teatros, con los paseos, con los cafés, con los viajes. Qué hago con las noches que no dormíamos y qué hago con el hogar que nos pertenecía. Qué hago con lo acontecido, cómo lo coloco en mi mente (de diecinueve años) en un cuerpo que se supone de una mujer fuerte. Y qué hago con las olas del mar que me cuesta tanto contemplar ahora. Y qué hago con las canciones, con los libros, con el olor a tabaco en el salón.

Y dime qué hago con la resiliencia que se ha roto. Qué hago con los pedazos de hojas que se canalizar por el pasillo blanco, cuando enciendo incienso para olvidarme de las sombras, cuando acaricio a Letra que me pregunta a cada rato a dónde me he ido que no estoy allí.

Y cómo crezco ahora. Cómo manejo la soledad que se cuela entre mis dedos y entre mis muñecas. Que ya no sé lo que se me permite hacer ni a dónde quiero dirigirme. Siento que me he olvidado de cómo se caminaba y necesito que alguien me coja de la mano y me lo indique. Que alguien regrese para llevarme a dónde los sueños todavía podían cumplirse, y dónde cabía esperar algo bueno de tanto dolor pasado.

Ahora echo de menos tener el privilegio de poder rezar. El no sentirme sola jamás cuando me acostaba por las noches y podía contarle, tal vez a la nada, todo lo que me atemorizaba. Lo he intentando hacer pero ya nadie responde. Qué frío. Frío al sentir que me he equivocado tanto que he obtenido lo que mis equivocaciones me hicieron merecer. Frío al sentir los trocitos de esas hojas que, todavía, permanecen en mi almohada.

 

Photo by Maite Tiscar on Unsplash

‘A Pastoriña’, relato seleccionado no concurso Curtas de animais fantásticos

O meu soño de comezar a escribir en galego e dedicar, así, unha parte da miña literatura a miña lingua nai está dando os seus froitos. Ler, escribir recensións e escribir relatiños (e unha historia longa que, pouco a pouco, vai tomando formas) foi a maneira que decidín para levar a cabo este compromiso comigo mesma e coas miñas raíces.

O concurso de relatos Seres fantásticos e onde atopalos, convocado dentro da celebración anual do cine e a banda Curtas Fest de Vilagarcía de Arousa, coa temática de este 2019 centrada no fantástico mundo de Harry Potter.

Dúas das miñas paixóns xuntas nun momento no que só buscaba arrincar este proxectos. E alí fun, mergullándome nas mellores lendas e historias onde atopar criaturas fantásticas na xeografía de Galicia. Ao final atopeime cunha pastoriña que… en fin, teredes que ler o relatiño que sairá publicado no contexto do festival, no mes de outubro.

Alí nos veremos, se queredes, enchendo as rúas de literatura e de maxia que é o que mellor se me da facer.

Antes de rematar esta entrada, quería agradecer a Maite Mosconi polo seu apoio nesta etapa de escribir en galego por confiar en mín. A Silvia Paz por crer na historia desta peculiar cadela branca. Que ela, por certo, tamén está seleccionada do cal non me podo alegrar moito máis.

Aquí vos deixo a páxina onde se fixo oficial o fallo e o precioso cartel do concurso.

Lémonos?

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Lo que pierdes por ser lesbiana

Yo creo que todas podemos estar de acuerdo en una única cosa: vivir es perder.

Desde que nacemos hasta que llegamos a nuestro fin, vivimos una constante pérdida. Perdemos tiempo, juventud, energías, ganas, alegrías. Perdemos belleza, vamos perdiendo sueños. Perdemos amores, familiares, amigas. Perdemos. Es algo de lo que, en mayor o menos medida, nadie es capaz de huir.

Por suerte, cada vez pesamos menos.

Transcurrimos por esta vida con dolorosa ligereza, de puntillas.

Con el alma más liberada y, al mismo tiempo, más aprisionada por nosotras mismas.

Es un hecho, además, que por ser mujer estás expuesta a perder más. Y, por qué no decirlo, y ya que estamos en el reinvindicativo Mes del Orgullo, particularmente por ser una mujer lesbiana.

Puedo dedicar este párrafo a hablar de todo lo que hay hemos perdido y es irrecuperable. Los años anteriores al 2005 en nuestro país, en los que el matrimonio era imposible. Así, hemos perdido incontables parejas que no han podido ejercer su derecho legítimo a unirse legalmente como el resto de las personas. Y, perdonadme, 2005 es una fecha tardía e insuficiente. ¿Cómo podemos devolverme esas vidas perdidas a las que no las han tenido? No podemos. Ese dolor, ese estigma, ese sufrimiento, siempre formará parte de todas nosotras. Lo sabemos: no podemos permitirnos el lujo de olvidarlas.

Pero no hace falta ir muy lejos. Esta misma semana, la imagen de dos mujeres violentamente golpeadas en Londres sacudía las Redes Sociales, los periódicos y nuestra libertad. La razón: su orientación sexual. A veces, todavía hoy, todavía en nuestro país (o en países muy cercanos) existen mujeres del colectivo que se quitan la vida por no poder soportarlo. O que entierran lo que son por el miedo y por la maldita culpa (la religión, el machismo, los valores…). A día de hoy, mientras lees este post, hay una niña muy cerca de ti sufriendo por esos sentimientos que, tal vez, nadie le quiera ayudar a entender.

Perdemos.

No solo lo perdido (que es, en cierto modo, irrecuperable) si no que seguimos haciéndolo. Y hablo con conocimiento de causa, de lo que a veces prefiero no ver ni sentir, pero está ahí. Aunque todavía tengo la gran suerte de convertirme en una mujer afortunada por el lugar del mundo en el que el sorteo me ha hecho nacer y crecer. No puedo olvidarme de las hermanas que viven en los 169 países donde los derechos de las personas homosexuales no están reconocidos. Y no solo eso, sino que en muchos de ellos es un delito incluso castigado con la pena de muerte.

Eso lo estamos perdiendo hoy en día. Ahora. Ahora mismo. Ahora mientras izamos las banderas de arcoiris. Que no son banderas, que son lágrimas de rencor y dolor. Que intentamos disfrazar con las ansias de reivindicar y de la alegría. Pero estamos rotas. Aunque eso, tal vez, solo nosotras podemos saberlo.

Y yo también he perdido mucho. Creo que por eso tengo ojeras y, a veces, me cuesta respirar. He perdido a casi toda mi familia, he perdido el derecho a ser una más y he perdido el amor de algunas personas a las que quería y, creía, me querían a mí. He perdido una religión que amenazó con destruirme y me he convertido en una expulsada, en una persona a la que le tienen que girar la cara por la calle. Y que, a veces, debo pedir perdón por el daño causado.

Eso lo pierdo. Aunque ya tenga casi veintinueve años, haya resuelto mis conflictos y sea independiente. Y pierdo la libertad de pasear por mi pueblo de siempre (prefiero huir de allí) o de encontrarme con mis amigas de siempre (que muchas no se esfuerzan en entenderlo, que te juzgan, que te preguntan, que te pierden). Y pierdo la libertad de expresar mi vida en pareja en mi lugar de trabajo, con temor a incomodar a alguien (más que de incomodarme a mí).

Pierdo sí.

Y pierdo cuando al escribir me preguntan si soy lesbiana, si escribo para lesbianas, si voy a escribir alguna vez algo que no sea de lesbianas.

Ser de lesbianas.

Perdonarme. Os pido perdón. Os pido perdón por tener que ser yo la que os abra los ojos, aunque os duela, y os tenga que decir que la ignorancia y la falta de afecto os ha corrompido y os hace perder también. Sí. Perdéis. Porque nos estáis perdiendo a nosotras mismas. Nosotras, que tan solo anhelamos amarnos y traeros luz.

Photo by Chase on Unsplash

Nueva edición para ‘Todas las horas mueren’ y… #LeeOrgullo

Fue en julio de 2016 cuándo mi segunda novela vio la luz. Todas las horas mueren ha sido una historia especial, ya no solo por lo que ocurrió cuándo llegó a vosotras, sino por lo que viví durante los dos años que estuve escribiéndola.

Mi miedo al paso del tiempo, a la vejez y a la muerte me llevó a conocer a Olivia Ochoa y a ubicarla en un Café en Fontiña, un pueblo situado en algún punto en la carretera N550 de camino a Santiago de Compostela. ¿Cómo llegó allí? ¿Quién es? ¿También habéis oído por ahí que era una aclamada escritora?

Parece que Dorotea, una joven que huye de su propio infierno, ha llamado a la puerta de la anciana para encontrar esas respuestas. Respuestas que, yo misma, pretendí resolverme cuándo escribí esta historia. Fue en un momento de crisis de fe existencialista. Me salvó la vida.

' A lovely read '- The Seatown Press
Portada 1º Edición de Todas las horas mueren

ANDRÉS ÁLVAREZ“ES ESA HUÍDA, EN LA MISMA DIRECCIÓN QUE EL CURSO DE ESE RÍO IMPARABLE”

HAY UNA LESBIANA EN MI SOPA “ESTE LIBRO ES UN VERDADERO MONUMENTO A LA SORORIDAD FEMENINA.”

LESBICANARIAS“TAMPOCO ES UNA NOVELA PESIMISTA, SINO ABIERTA A LA ESPERANZA Y A LA VIDA.”

LECTURAFILIA “LA AUTORA CONSIGUE ESBOZAR A LA PERFECCIÓN UN ESPACIO EN EL QUE SITÚA A UNOS PERSONAJES CON LOS CUALES REFLEXIONA SOBRE EL PASO DEL TIEMPO, SOBRE LAS CICATRICES DE LAS HERIDAS Y SOBRE CÓMO SIEMPRE SE PUEDE CURAR TODO. Y QUE NO HAY MAYOR PAZ QUE LA CONVERSACIÓN Y EL SOLTAR TODO FUERA.”

Sí, la novela poco a poco fue llegando al corazón de nuevas lectoras que no se atrevieron con Marafariña por su extensión o por su temática. De esta forma, mi ensayo de corte intimista ha pasado a ser, con el tiempo, mi obra más leída hasta la fecha.

Esta historia es una paradoja de la que me gustaría hablar pero, en realidad, me gustaría que las nuevas lectoras lo descubrieran por sí mismas (las que ya las conocéis, por favor, respetad mi secreto). Por eso he apostado por lanzar, un tiempo después, una reedición de mi novela corta: porque vosotras mismas la habéis mantenido viva durante todas estas horas

Este mes de junio, que se celebra cómo ya sabréis el #LeeOrgullo en diferentes espacio de la blogsfera, lo celebro con:

Todas las horas

Ahí la tenéis. El café y el tiempo en una imagen que refleja bastante bien el espíritu de la novela. Una vez más, se trata de un trabajo autoeditado por mí misma con todo lo que conlleva. Así que sabéis que en cada página, en cada letra, encontraréis un pedacito de mí misma.

Esta edición, además, nace por la necesidad de sacar una tirada generosa de ejemplares que irá a parar a… ¡Las biblioteca municipales! Gracias a la petición de diversas lectoras, podréis encontrar Todas las horas mueren en las bibliotecas de algunos puntos de Galicia.

De cualquier modo, si deseáis que en vuestro pueblo (a nivel nacional) dispongan de ejemplares de esta novela, tan solo tenéis que solicitarlo y decirles que se pongan en contacto conmigo. Así podréis acceder de manera libre y gratuita a su lectura, porque es un derecho universal para todas.

PODÉIS ADQUIRIRLA EN EBOOK Y EN PAPEL EN AMAZON LEKTU

Y si necesitáis cualquier aclaración por mi parte, no dudéis en escribirme.

¡Estoy deseando saber qué os parece la nueva portada!

Relato: A soa enfermidade

Xa fai un tempo que levo deixando caer polas miñas redes (e, tamén, na miña actividade en A Librería) o meu afán por recuperar a literatura escrita na miña lingua nai. Esta semana, que se celebran un ano máis as Letras Galegas en 2019, quixen aportar unhas palabriñas propias. E persoais. Xa sabedes, moi intensas. 

Así que aquí tedes, para vosoutras, un pequeno agasallo. Un relato intimista e costumista. A soa enfermidade é un adianto dunha etapa que quero emprender, xa sabedes, desta muller nova.

Espero que o disfrutesdes moito!

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Marta corre preto do río. Os pensamentos doen no seu interior. Enférmana. Ten a impresión de atoparse nunha estreita rúa sen saída posible.

Dispoñible en Lektu de maneira gratuita (pago social)

A la segunda persona

No puedo permitirme seguirme mintiendo.

No, no puedes.

Este domingo, como otro de tantos domingos, estaba caminando hacia la playa. Hacía sol y había personas por las calles, dirigiéndonos al mar como si fuera lo que nos puede salvar. Al final buscamos esa pequeña liberación, porque ninguna de nosotras estamos cómodas dentro de la urbe gris. Somos animales salvajes, aunque intentemos negarlo. La Naturaleza es el latido que nos da razones para abrir los ojos un día más.

Hay un puñado de kilómetros hasta la costa. Así puedo pensar mientras los rayos me miman y el aire cálido me irrita los ojos y me despeina. Qué capricho. Y yo que me creía perdida estoy podando mi propio laberinto. Lo estoy poniendo bonito —las tijeras pesan pero ya no me cortan los dedos— y lo decoro a mi gusto —el color violeta, las pisadas blancas de los pensamientos—. Y abro la ventana para que entre esa luz. No voy a seguir privándome de mi misma.

Miro las ovejas. También gallinas. Es la magia do meu país, que parece ajeno a las cosas feas que ocurren más allá. Tengo música en mis oídos pero no la escucho. Entre los recovecos se cuela el sonido de mí misma. ¿Cómo es ese sonido? No lo sé, pero me gusta. Siempre me he respetado mucho. He luchado por mí cada día desde que soy pequeña. ¿Alguien se atreve a negarlo? El sufrimiento y los dolores se han traducido en una persona con grandes metas y afán de crecimiento. Que, al mismo tiempo, disfruta de las pequeñas cosas —como este paseo a la playa, como el café en la terraza de mi bar favorito, como leerme esa novela— en la que otras personas no encuentran más que vulgaridad.

Estoy creciendo —¿me ves?— aunque nadie más sepa darse cuenta. No me importa. Siempre me he bastado. De niña besaba mis propios labios en el espejo y hoy no tengo problemas en hacerlo. Arranco algunas hierbas a mi paso, me las llevo a la nariz y luego las acaricio. Negarme a mí misma sería un crimen, un ultraje. ¿Te acuerdas de cuándo era capaz de reírme? Claro que te acuerdas, me río cada día, con más esfuerzo que nadie pero también con más verdad.

Pasáis la vida de puntillas pensando que es más sencillo, pero arrastráis tras de sí el vacío hueco de no ser nada. O de ser lo que todas las demás son. 

Perdonad. Ya abandono la segunda persona.

Me ha costado llegar a entender que a nadie le tiene que importar lo que hago y lo que soy. Desde Dorotea sé que nadie va a querer y comprender mis historias y mis relatos —y a mí— como yo misma. Son mis mejores amigas, nadie sabrá verlo. Al principio esto me dolía, me parecía que el esfuerzo era fútil y estéril.

Pero María Fornet me dijo: Y si no escribes, ¿qué haces?

Nada.

Lo dicho, os parecía un esfuerzo fútil y estéril.

Y yo, sin embargo, en esos rincones propios —habitaciones—he encontrado las razones para vivir. Mi anhelo y mi esperanza. A través de eso me he escapado muy lejos —y vosotras no podéis—. Voy un poco por encima de las nubes. Da vértigo, da miedo. Da libertad. A veces miro al mundo con indiferencia.

He crecido demasiado. Ahora puedo me puedo permitir detenerme a jugar.

Photo by Dexter Fernandes on Unsplash

Es que necesito intentarlo, ¿sabéis?

Es que esas entradas personales que escribes, Miriam, no le interesan a nadie.

Escribes y te dibujas. Te expones. ¿Puedes dejar de hacerte daño?

¿Y si cambias de enfoque y de género? ¿Y si intentas escribir algo más comercial?

¿Y si eres diferente a cómo eres?

Sí, ¿y si te conviertes en otra persona mejor? No puedes seguir siendo así.

No, no puedo. Tenéis razón.

Pero necesito intentarlo, ¿sabéis?

Buscar lo que soy porque, creo, todavía no lo tengo muy claro. Lo bueno es que ya no estoy cansada, ya no me encuentro derrotada ni me arrastro por los suelos del desencanto y la desesperación. Me he vuelto a reencontrar, solo que no de la manera que esperaba. El viaje que estoy llevando a cabo me fascina, en serio. Algún día, os prometo, compartirlo con vosotras porque estoy segura de que os puede ayudar.

Llevo meses haciendo cambios en mí y en mi vida. Por inercia, también está cambiando mi literatura y mi forma de leer. Estoy menos pero estoy mejor. Estoy dejando huecos entre mí y entre mis historias, un escudo de defensa, una distancia prudencial. Tal vez estoy intentando ser inteligente y, tal vez, lo esté consiguiendo. Lo único que sé con certeza es que la tristeza me estaba abrumando demasiado y, poco a poco, me iba apagando como una vela expuesta en una tormenta.

Mi rutina y mi presente no son sencillos. Mi situación profesional y personal es delicada. En ocasiones, sentirme sola y desprotegida me hace querer hacerme un ovillo y desaparecer. O no volver a salir de casa. Ni de la cama. Pero cada día me he esforzado por encontrar un atisbo de luz y salir y continuar. Con una obcecada terquedad. Y tengo que agradecer al grupito de personas que, cada día, con una paciencia deslumbrante, sacaban parte de su tiempo en recordarme por qué estoy aquí.

Sé que mi sentimiento de soledad es injustificado.

Y contándoos un poco más de mis proyectos literarios, cómo os contaba hace unos días en mi Instagram, tengo entre manos una antología en gallego (¡autoría compartida!) y mi próxima novela. Esta última está siendo tratada con mimo y cariño y, además, buscando una casa bonita que quiera darle vida. Pero todo se andará y, espero que más pronto que tarde, os pueda dar una feliz noticia.

Lo sigo intentando.

Espero que os esté gustando esta nueva Miriam. Que me echéis de menos por esta habitación propia tanto como yo a vosotras. Y que tengáis paciencia, que sigáis ahí cuándo el tiempo pase y yo pueda volver a traeros cosas nuevas. Yo, os prometo, que aquí permanezco. Que no dejo de leer novelas de mujeres y comentándolas en A Librería y en HULEMS. Y lo hago por mí, pero también por vosotras.

Hablando de mi novela (qué bonito será poder deciros el título), os adelanto que gran parte de la trama se ambienta en Melilla. Que me voy a ir unos días a refugiarme allí entre sus calles, sus mares y sus gentes. Que pensaré en ella y pensaré en vosotras. En ese rincón del mundo dónde siempre vuelvo a nacer.

¿Nos leemos?

 

Photo by Brian Patrick Tagalog on Unsplash


Aprovecho para recordaros que hemos grabado un nuevo podcast en el que hablamos de Las Mujeres que Rompen el silencio. Contamos con dos entrevistas muy importantes: una charla extensa con Tensi de Lecturafilia en la que hablamos de María Fornet, Tránsito Editorial, Dos Bigotes y Alpha Decay. Y también, una entrevista con la editora jefa de la editorial Crononauta, Elena Lozano.

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