Con seis canciones de Paula Mattheus

Mi nueva novela trata, a grandes rasgos, sobre el dolor que provoca la literatura.

De hecho, a día de hoy, si no hubiera ocurrido todo esto, ya estaría en vuestras manos y, quién sabe, ya habríamos hecho un puñado de presentaciones. Y eventos. Y nos habríamos estado abrazando y reencontrando en vuestras, nuestras, ciudades. En fin, la realidad no siempre es la que elegimos. Ahora nos ha tocado esta y, aunque la carencia de abrazos quema en nuestras pieles y la ausencia de voz en las gargantas nos llena de aridez el alma, debemos continuar un poco más.

No me gusta escribir aquí mucho sobre mi vida real, pero esta situación ha sido tan excepcional que me voy a permitir ciertos detalles. Como algunas sabréis, me dedico profesionalmente a las finanzas en el sector industrial y yo seguí desplazándome a trabajar desde que todo esto estalló. Aún así, las horas en casa empezaron a crecer por ajustes en las jornadas por seguridad. Dos meses, más o menos, a solas conmigo misma. Sin ver a nadie, sin abrazar a nadie, con la soledad abrasando mi propio trastorno de ansiedad.

Lo que tenía muy claro es que tenía que sobrevivir. Y escribí. Claro que escribí. Aprovechamos para revisar la nueva novela (que ya es una realidad, aunque vosotras no sepáis nada). También sigo trabajando en otra historia que terminé durante el verano pasado (el verano cero) y, además, en el confinamiento di por finalizada una novela corta. La saturación de historias, en estas primeras semanas, fue brutal.

Pero empezó a doler.

La literatura siempre ha sido algo muy frágil para mí. Algo que amo y odio. Algo de lo que he intentando desprenderme muchas veces porque, en ocasiones, se convierte en mi peor pesadilla esa necesidad imperiosa de transformar los sentimientos en historias intimistasY mientras escribí y releí esas tres historias, todavía inéditas, fui quebrándome un poquito más. Un día lo supe, supe que ya no podía más.

La escritora de antaño no se molestaba con ese dolor que albergan las páginas; pero ahora es distinta. Ahora tengo tantas cicatrices que no me puedo permitir dejar sangrar las heridas ni un poquito (es que se infectan, ¿sabéis?).

Y, total, que les he cogido miedo. A esas mujeres, a sus fantasmas, al miedo al amor, a sus familias, a su pérdida, a sus desafíos, a su valentía. Me reconozco a veces y, otras, me pierdo. Soy torpe, inútil, a la hora de escribir escenas felices. Soy demasiado honesta en los capítulos sobre el dolor. Me desnudo otra vez. Yo me prometí no desnudarme jamás.

Que me pierdo, perdonad. ¿He hablado de Septiembre ya? Sí, con mayúsculas. Ella me dijo una vez que me alejara de los libros, que depender de algo tan frágil como las letras era como suicidarse. Me reí, pero sus ojos estaban tan empañados que tuve miedo. Pensé en Carmen Laforet (pienso tanto en ella) y en su Nada, y en su Isla y sus demonios. Ojalá hablar con ella, ojalá contarle lo que ocurre. Como ella se lo contaba a Elena Fortún. ¿Dónde está mi Elena Fortún?

¿Y mi Celia? ¿Mi niña traviesa que llena de aventuras las páginas de mis historias?

Le digo a «M» que desde la última sesión no había conseguido escribir apenas nada. Me pregunta por qué. Le digo que me duele. Pero que lo echo de menos. Me dice que hay que ser pacientes y que necesito descansar. Le digo que si no escribo no duermo. Me pregunta que si estoy leyendo. Eso sí, le confirmo. Villette de Charlotte Brönte, una maravilla. Eso es bueno, dice.

¿Sabes?, le digo (ahora hablo más sola, ahora casi no interviene, es como si ya no la necesitara), me estoy pasando estas semanas en casa, haciendo yoga y ejercicio, con el humificador de esencias y los libros por toda la casa. Las gatitas y sus pelos en todas partes. Y siempre, a todas horas (que mueren) suenan las seis canciones de Paula Mattheus. 

Apaga el Skype y así me quedo yo, otra vez. Quizás después de la sesión la ansiedad pellizca un poco menos. Sé que al cabo de un rato volverá. Ahora se puede salir a correr. Lo suelo hacer de noche, antes de dormir. De cualquier modo, he empezado a cogerle un miedo patológico a la cama y a veces me tumbo en el sofá y amanezco allí. Con todo dolorido (me refiero al cuello, la espalda, la cabeza, el orgullo, la nostalgia).

Ese día al despertar me doy cuenta de que no le dije a «M» que echaba mucho de menos a mi abuela. Y mientras me froto los ojos noto que tengo lágrimas. Joder (y otra serie de tacos). Como odio algunas cosas de mí misma.

Pero ayer también me reí, pensé mientras torpemente preparo café y analizo que tengo el estómago revuelto y que ese día tampoco podré desayunar. Sí, también me río mucho. Con mis amigas, salvándome sin darse cuentas, todos los días al otro lado del teléfono. Qué gracioso, pienso. Y yo sin contarles nada, y yo sin decir nada.

Y yo mintiendo, como buena escritora que soy.

Aquella mañana (esta, la de ayer) empieza encendiendo el Spotify y poniendo una canción de Paula Mattheus. Suenan seis antes de irme a la ducha (no deshice la cama). Qué rutina más triste y hermosa la nuestra, ¿eh?

(Me gusta escribiros por aquí de vez en cuando, mujeres mías, ¿cómo estáis?)


Lista de reproducción de Paula Mattheus (no os la podéis perder)


Photo by Harmen Jelle van Mourik on Unsplash

También esto pasará

Me he dado cuenta que llevo desde el 6 de febrero sin actualizar mi página web. Es justo lo que nunca hay que hacer, pero la verdad es que sucedieron muchísimas cosas que pusieron en stand by mi vida y, además, os he mantenido al tanto de todo en mis redes sociales. Os invito a seguirme en Instagram y Twitter sino lo estáis haciendo ya, porque allí sí que estoy activa casi a diario.

Como os habréis imaginado, la situación actual provocada por el Coronavirus ha paralizado toda actividad literaria y cultural, por lo que muchas de las presentaciones que Maite Mosconi y yo teníamos programadas con Guerreiras de Lenda han quedado suspendidas y ha limitando gravemente el lanzamiento y vida útil de esta obra infantil. La incertidumbre del momento nos impide saber qué decir al respecto, pero lo que sí estamos seguras es que cuándo sea seguro, volveremos a la agenda y a estar cerca de vosotras.

También hemos tenido que cancelar algunas de las presentaciones planeadas en diferentes lugares del país de Asalto a Ozlo que me ha provocado una pena enorme. Aún así, estamos organizando cositas gracias a las redes sociales. Estad atentas que el carrusel no se detiene nunca.

Supongo que para muchas serán días complicados. Estamos en casa, es verdad. Algunas en situaciones muy difíciles, otras han perdido el empleo o están pasando este confinamiento en la soledad más absoluta. Calma. Esta es una situación excepcional y dura. Nos ha paralizado la vida, los sueños, los planes y, estaba claro, no estábamos preparadas en ningún caso. Pero el peso de la resignación tiene que cobrar fuerza ahora, tenemos que asumir que el presente que nos ha tocado vivir es este y que una causa muy justificada nos lleva a paralizarlo todo.

En lo personal, estas semanas de pausa me están ayudando a sacar de dentro muchas cosas que no he tenido ocasión liberar antes. Al fin y al cabo, es muy probable que nunca vuelva a ocurrir algo así: algo tan fuerte que nos obligue a quedarnos en casa durante varias semanas, sin posibilidad de ver a nadie y con todo el tiempo del mundo para mirarnos. Sí, para mirarnos. Y sé que nos da miedo. A mí también. Pero lo que también sé es que lamentarse nunca ha servido para nada.

Me prometí a mí misma que sería fuerte desde el primer momento, como lo fui en los últimos grandes golpes que recibí en mi vida y de los que todavía no estaba recuperada. Es verdad, no os lo voy a negar. Todavía siento un dolor profundo y estoy aprovechando (¿esto se puede decir así?) para vivir un doble duelo por pérdida. Está saliendo a borbotones, como la sangre de una herida. Me detengo durante horas a analizar por qué me sigue doliendo el pecho, por qué sigo teniendo pesadillas y a razón de qué llorar resulta tan sencillo. Y calma.

Pero hay momentos para otras cosas. Para descubrir y dedicarle tiempo a las personas que antes no podíamos hacerlo. Parece paradójico, pero tenemos largas horas en el día para llamar y escribir a esas amigas y familiares que nos importan y para las que parece que nunca tenemos un hueco. ¿Lo estáis probando? Es lo más bello que me estoy encontrando en este confinamiento. A veces me paso más horas al día al teléfono que haciendo cualquier otra casa. Y videollamadas. Y nos reímos. Y luego fantaseamos en lo que vamos a hacer después. Nos prometemos que habrá un después. Claro que sí. También esto pasará.

Son horas, son días, para querernos. Para querer. Para mimar. Para tener paciencia con nosotras mismas. Para decirnos todo lo que nos queremos y para no renunciar nunca a mostrarnos tal y como somos. Creo que yo estoy viviendo lo peor y lo mejor de mí en estos días. Estoy echando de menos a personas que nunca volverán pero, también, me estoy dando cuenta de que cada vez menos y que me gusta en la mujer en la que me he convertido. Os reiréis, quizás, si os digo que pongo música y bailo sola. Que me cocino a mí misma. Que beso a mis gatas. Que escribo febrilmente sin tregua y anhelante de que me leáis.

Además, dentro de todo esto, aunque hemos tenido que posponer el lanzamiento de mi nueva novela, estamos preparando algunos eventos online para ir desvelando detalles y hacer más amena esta espera y amortiguar la desilusión.

Espero que estéis conmigo, que me acompañéis y que, juntas, sepamos llegar a un futuro que estoy segura será mejor.

Os quiero, mujeres mías.

Photo by Pablo Giménez 

 

Últimos días para leer la bilogía de Marafariña

Están siendo unos meses vertiginosos en lo literario. Muy atrás queda esa escritora pequeña e introvertida que publicó Marafariña (2015) bajo un psedónimo y que le daba miedo etiquetarse como escritora lesbiana.

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Marafariña

Sí, han cambiado muchas cosas. Y he cambiado yo. Y también mi manera de querer y ver crecer la historia que me ha impulsado a dónde estoy ahora y que me ha dado todo lo bueno de la literatura. Siempre querré Marafariña, a Ruth y a Olga, y todo lo que ha implicado. Con ella he aprendido a forjarme, he aprendido a crecer, a perdonar, a dejar atrás el pasado y a convertirme en una mujer libre. Pero lo que más feliz me hace es que he conseguido que otras personas también se sientan así.

Todas las horas

Pero las etapas pasan y las metas de esa escritora, tan inexperta, tan pequeña, van variando y van cambiando. Mientras que Todas las horas mueren sigue siendo mi novela autoeditada más leída, Marafariña e Inflorescencia se han convertido en mis títulos más aclamados y ambicionados, de los que más habláis y los que son difíciles de olvidar. Tengo fe en ellas y creo que es una historia que puede llegar mucho más lejos.

A las puertas de publicar mi nueva novela (me cuesta mucho aguantarme y no deciros aquí el título, la sinopsis, la editorial, todo…) doy otro giro, otro cambio a mi vida en constante cambio, para deciros que he tomado la decisión meditada de descatalogar ambos títulos y dejarlos descansar.

INFORESCENCIA (1)
Inflorescencia

Antes de hacerlo, voy a esperar unos pocos días para las que queráis, podáis descargaros el archivo digital o comprar el libro en formato físico. No quiero negaros la última oportunidad de leer la que, probablemente, sea mi historia más importante y dudo que llegue nunca a escribir algo así nunca más.

De este modo, todavía podéis comprar Marafariña e Inflorescencia en Amazon y en Lektu por tiempo limitado. Esta será la última ocasión que tendréis hasta que consiga trabajar en un proyecto con ellas que, si todo sale bien, se demorará durante algunos años (sí, así es la literatura).

Además, como no podía ser de otro modo, ambas novelas tendrán un precio especial. Podéis adquirir los ebooks a tan sólo 0,99€ (antes 3,50€) y los ejemplares físicios con el precio mínimo legal permitido:

  • Marafariña por tan sólo 15€ (antes 19,90€) 
  • Inflorescencia por tan sólo 10€ (antes 16,50€). 

Os agradeceré todo el cariño y el apoyo que me deis ante esta difícil decisión. También las opiniones que podéis verter sobre estas historias y la difusión que le podáis dar, porque será de gran ayuda para su futura reedición.

Mientras tanto, abrazo con fuerza a Ruth y a Olga. Podéis despediros con calma yo, en cambio, voy camino a reencontrarme con ambas.

Gracias, mujeres mías.

Enlace de compra de Marafariña

Enlace de compra de Inflorescencia

No me instes con ruegos a que te abandone, a que me vuelva de acompañarte; porque a donde tú vayas yo iré, y donde tú pases la noche yo pasaré la noche. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde mueras tú, yo moriré, y allí es donde seré enterrada.

Photo by Riccardo Chiarini on Unsplash

 

Trans women are women

Escribo este post sintiendo un dolor agudo y una profunda decepción. También como una ignorante. Porque yo creí que eso de la sororidad unida al feminismo nos otorgaba un poder que nadie podría arrebatarnos: la fuerza de comprendernos, de estar juntas, de ser invencibles. Creí que dentro del movimiento para conseguir la igualdad de derechos entre mujeres y hombres no existía espacio para el racismo (error), la homofobia (error), el clasismo (gran error) o la transfobia (error, error, error).

Si bien es cierto que la controversia y la diversidad de opiniones en cualquier ámbito es inevitable, sigo sin apoyar ni comprender los discursos que, desde un punto de vista superior opinan y dan sus argumentos en contra de otro colectivo. Se les llena la boca, los teclados de sus ordenadores, los artículos de los medios digitales de comunicación para dar pie a sus ideas. ¿Y lo más terrible? Que eso está viniendo de parte de mujeres, en su gran parte escritoras (que son las que yo sigo más de cerca) a las que admiro, que ponen en tela de juicio que las mujeres trans puedan incluirse dentro del ámbito de los derechos de las mujeres no trans.

Me suena hasta raro escribirlo.

Entonces me doy cuenta de que no sé nada o que, quizás, soy una ingenua. Porque yo en ningún momento me planteé abrirle o no la puerta a nadie a una manifestación, a un debate, a un grupo, a una organización cuyo único fin es lograr la igualdad de los derechos de las personas. Pero poco a poco fui buceando, cada vez sintiendo más miedo y más dolor, y transformando ese dolor en rabia. 

Y esto me lleva a Kate Millet y a su política sexual. Y leyendo sobre su vida me doy cuenta de que fue duramente rechazada por su condición de mujer lesbiana dentro del colectivo feminista. Claro, podemos pensar que hace ya algunos años de esto y que hoy no sería igual. Pero cuando empiezas a hablar con una compañera mujer hetero sobre las diferencias entre ser una mujer lesbiana y una mujer hetero en materia de privilegios se produce una incomodidad.

No podemos decir que hay mujeres que tienen más privilegios que otras, eso atenta contra el feminismo.

¿No podemos decirlo?

Si no podemos decirlo, entonces es que estamos profundamente equivocadas. 

Luego llegan los ataques. Los ataques a dolor a nuestras hermanas, a nuestras amigas, a las mujeres trans que están siendo excluidas cruelmente de algunos grupos feministas. A las que se les están dedicando artículos que explican por qué ellas no deben estar en la lucha feminista. ¿Y lo peor? Es que estos artículos llegan, o son compartidos, por mujeres icónicas del feminismo para mí (y para muchas otras) lo que hace que el impacto sea más árido.

De pronto, sin más, empezamos a quedarnos huérfanas.

Leo y hablo a diario con mujeres trans. Las busco. Curioseo en sus Twitter, leo sus relatos, busco sus historias, entrevistas y novelas. Hace un tiempo no me gustaría etiquetarlas así, como tampoco me gustaba etiquetarme a mí misma. Me he dado cuenta que la no-etiqueta solo nos invisibliza. Por favor, perdonadme. Perdonadme si no lo hago bien, si me equivoco. Todos los días intento mejorar y aprender.

Perdondadme también por escribir este artículo, fruto de una punzada de traición y de desasosiego acumulada durante semanas. Me quedo helada antes estos ataques, ante esta transfobia horripilante que viene de parte de las que debían de daros, darnos, la mano. No quiero ni imaginarme cómo os sentís vosotras, vulnerables, atacadas, siendo ignoradas y excluidas de un movimiento que necesitáis tanto, o incluso más, que nosotras.

Y podría citar los nombres que he identificado durante las últimas semanas como mujeres que consideran que las mujeres trans no son mujeres. Pero lo cierto es que no quiero que esto se convierta en una rivalidad, en una caza de brujas (como decía Kate Millet también). Sólo espero que, con el tiempo, podamos seguir luchando, trabajando y aprendiendo, solventar estos errores de pensamiento y caminar hacia un punto en común.

¿Mientras tanto qué podemos hacer?

Mientras tanto gritemos. Seamos activistas. No nos callemos. Denunciemos las injusticias. Tengamos debates pacíficos. Si son insuficientes, elevemos el tono de voz. Demos un golpe en la mesa.

Seamos consecuentes con el grado de injusticia y dolor que el pensamiento de las feministas TERF están inculcando entre nosotras: entre todas las mujeres, sin distinción, amen a quien amen y sean cómo sean, provengan de dónde provengan.

Trans women are women

Photo by Sharon McCutcheon on Unsplash


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En materia de género y feminismo, podéis verme en viernes 17 de enero en la Librería Berbiriana (en A Coruña) a las 19.00h acompañando a mi querida Silvia López hablando de La política sexual de Kate Millet. 

Lanzamento de ‘Guerreiras de Lenda’

Diseño sin título

SINOPSE:

Lobas brancas, lavandeiras máxicas, castelos encantados e damas castrexas.

Viaxade con nós aos lugares onde se atopan os contos.

Guerreiras de lenda é un compendio de relatos, poemas e actividades divertidas con protagonistas mulleres da mitoloxía galega.


FICHA TÉCNICA:

Editorial: Vanir
Nº Páxinas: 44
Formato: 21×27 cm
Idade recomendada: 5-11 anos
Precio recomendado: 19,95€


PUNTOS DE VENDA:

Páxina web da editorial

Librerías:

Pedidos por correo electrónico: m.beizanavigo@gmail.com

MÁS INFORMACIÓN


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O pasado día 4 de xaneiro presentamos Maite Mosconi e unha servidora o noso libro ilustrado de contos e poemas Guerreiras de Lenda. Trátase dun proxecto no que levábamos moitos meses traballando e foi para nosoutras un verdadeiro soño poder lanzalo oficialmente.

E fixémolo nun recuncho inmellorable, a librería Os mundos de Carlota en Santiago de Compostela que nos acolleu con moito agarimo e moita maxia, onde puidemos estar arroupadas por un grupiño de intrépidas guerreiras e guerreiros que quixeron escoitar as historias de lendas que levaban agochadas durante tanto tempo…

Guerreiras de Lenda é un libro infantil formado por dous contos e dous poemas, inspirados en lendas reais de localidades de Galicia que reescribimos adaptándoas ao noso presente e a nosa loita feminista e LGBT que, cremos, tamén forma parte das máis pequenas e pequenos.

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Ademais diso, inclúe diferentes actividades interactivas e didácticas para que non só se trate dunha obriña para ler, senón para vivir, revivir, aprender e desfrutar.

Quixemos elaborar un libro diferente e atractivo e, cremos telo conseguido, xa que as nosas encantadoras primeiras lectoras quedaron encantadas cos contos e coas actividades que puidemos realizar en primicia na presentación oficial.

Non podemos esquecer que as ilustracións de Gemma Martínez e a maquetación e deseño de Anna Melgar dan o toque de maxia e luz que precisábamos e que, damos fe, as lectoras máis esixentes encantáronlle. Tamén agradecer a editorial Vanir polo apoio a nosa idea.

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A nosa intención é levar ás guerreiras por diferentes librerías e bibliotecas de Galicia. Polo de pronto, podedes adquirir os primeiros exemplares nos Mundos de Carlota e, pouco a pouco, iremos indicando outros puntos de venda onde adquirilos (podedes consultar nesta web). Tamén podedes realizar o pedido dende a tenda online da editorial ou escribindo un correo electrónico a m.beizanavigo@gmail.com.

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Tamén estamos a vosa enteira disposición se queredes que presentemos as nosas lendas nalgún centro educativo ou lugar de interese. O noso correo electrónico está a vosa disposición.

Sen máis, as nosas guerreiras, meigas e lobas brancas non fixeron máis que comenzar a súa aventura.

Agardamos atoparnos nelas!

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2019: El año que me encontré a mí misma

«É unha desas veces en que as cousas que se poden complicar complícanse absurdamente e, sen ningún ruído, levan por diante a vida que soñamos»

Le robo esta frase a Berta Dávila (de su novela Carrusel, Galaxia, 2019) para definir mi año completo. Como sabéis, ya es costumbre en esta casa resumir los años llegados a este punto. Casi siempre lo hacía por mí, pero en esta ocasión creo que lo hago más por vosotras. Si miro hacia adentro puedo cometer el error de pensar que no tengo nada bueno que contar de estos doce meses. Y, en realidad, esto no es cierto. 

Quizás haya sido uno de los años más duros de mi vida. Y quizás 2020 también lo vaya a ser porque los problemas, sus dolores, sus raíces y sus enfermedades siguen su curso y no hay manera de cortarlos de raíz. En fin, tengo miedo. Y ese miedo me ha llevado a volcarme a escribir como una posesa, lo que resume un año lleno de literatura, editoriales que me han apoyado, grandes amigas que han estado ahí y, por supuesto, la nueva familia que me he visto obligada a crear.

La soledad me ha permitido encontrarme a mí misma y, dentro de mi dolor y de mi sufrimiento, he encontrado unas perlas de felicidad maravillosas. Citaría aquí vuestros nombres y llenaría páginas y páginas de agradecimientos. Pero me limitaré a daros todo lo bueno de mí a cambio de haber permanecido a mi lado cuando casi no podía ni parpadear.

Pero hablemos de libros.

De las historias que han culminado este año feminista, intimista, lésbico, plagado de sororidad:

De lo más bonito que me ha ocurrido ha sido toparme con las muchachas de Les Editorial gracias al Premio Misteria, en el que se incluye mi relato finalista A Raíña. Viajar a Madrid y conocerlas a ellas y al resto de autoras invitadas será un momento que no olvidaré nunca.

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No me quiero olvidar de que mi relato A Pastoriña también quedó finalista en el concurso Curtas de Animais Fantásticos. Mi primera publicación oficial en gallego que acompañé autopublicando en Lektu mi relato A Soa enfermidade con motivo de las Letras Gallegas.

A soa enfermidade

Como fin de fiesta, tengo que agradecer también a los chicos de Dos Bigotes por invitarme a formar parte de la antología de Nueva Narrativa Queer Asalto a Oz con mi relato Procura Olvidarme

Asalto a Oz

Y, como este año todavía no ha terminado, espero que estéis atentas a esta página web y a mis Redes Sociales porque en breves podré anunciar una nueva publicación para estas Navidades en compañía de mi querida meiga y amiga Maite Mosconi…

Como sabor agridulce, he de decir que cesé mi actividad en A Librería y Café Librería desde el mes de junio y que, desde entonces, leer ha sido una tarea pendiente y dificultosa, salvo maravillosas excepciones.

Aunque he de decir que este tiempo me ha permitido encontrarme y centrarme en escribir, por lo que he sacado adelante un borrador que, si todo sale bien, verá la luz en algún punto de 2020 y otra novela corta que busca un hogar (editoriales, queredme). 

Pero ha habido cosas bonitas: como el Ignotus que hemos ganado con el podcast#CaféLibrería en la Hispacon de Valencia y que me ha permitido volver a encontrarme con mis queridas Carla Plumed, David Pierre, Gemma Martínez… ¡Y además conocer a la famosa Elisa! Y aprovechar para reecontrarme con mi vieja amiga Gemma Jordán, a la que siempre llevo en el corazón.

Ahora la casa que David, Gemma y yo construimos e hicimos crecer con el resto de colaboradoras, se unifica con la web Café de tinta y da paso a un nuevo comienzo en el que les deseo la mejor de las suertes. De vez en cuando, ya sabéis, espero que podáis leerme y escucharme por esos lares.

Y, dicho todo esto, y sin querer despedir aún diciembre, quiero daros las gracias de nuevo por haber permanecido a mí. Por respetar mi espacio y mi silencio y por aceptar esta nueva yo que todavía lucha por saber quién es. De momento, tan sólo soy una escritora que vive con sus dos gatas, que sigue leyendo mujeres en la literatura y que anhela ser leída.

Feliz Año y Felices Letras, mujeres mías.

Photo by Hulki Okan Tabak on Unsplash

Procura Olvidarme: Asalto a Oz, la Nueva Narrativa Queer de Dos Bigotes

Noticias felices que casi siempre vienen tan sólo de parte de mi gran pasión, la literatura. Donde es el único universo en el que saco fuerzas de flaqueza para seguir escalando por mis sueños, siguiendo las baldosas amarillas y no le tengo miedo a los rayos que pueden caer.

Así que si estoy escribiendo este post y compartiendo esta noticia tan bonita con vosotras es gracias en especial a Gonzalo Izquierdo y Alberto Rodríguez por haberle dado voz a escrita escritora, tan cómoda en su habitación propia y que en otro tiempo huyó de las etiquetas.

Y hoy, en cambio, las luce con orgullo.

Hoy por fin puedo hablar más pormenorizadamente de esta antología de relatos, cuyo título, Asalto a Oz, ya es toda una declaración de intenciones. Un viaje, una aventura transgresora, donde no existe el miedo a lo que está por venir. Nueva Narrativa Queer han querido definir los muchachos de Dos Bigotes. Y yo, tan pequeña, no puedo sentirme más orgullosa de formar parte de la llamada #GeneraciónOz.

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Portada por Raúl Lázaro

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Compartiendo cartel con Alana Portero, Ángelo Néstore, Aixa de la Cruz, Vicente Monroy, Gema Nieto, Miguel Rual, Lluis Mosquera, Darío Gómez De Barreda, Sara Torres, Álvaro Domínguez, Rodrigo García Marina, Pablo Herrán de Viu, Elizabeth Duval y Óscar Espirita, no puedo negar el absoluto entusiasmo y las ganas de que tengo ya de que lo tengáis en vuestras manos.

Y aprovecho parte del prólogo de Rubén Serrano para definiros lo que os vais a encontrar:

«Tenemos la necesidad de leernos, de encontrarnos y de identificarnos. Este libro es un espacio para todo eso. Nosotros, nosotras, nosotres, los maricas, las bolleras, las personas bi, trans, no binaries, de género fluido, queer, los viciosos, la aberración del sistema, los
enfermos, quienes estamos al margen, quienes no somos tan importantes, quienes somos la mierda para muchos, quienes recibimos palizas en la calle, a quienes nos insultan en el colegio, a quienes nos echan de casa, a quienes medicalizan sus cuerpos, a quienes aún
nos someten a terapias de conversión, a quienes nos hacen sentir vergüenza, a quienes  aún nos persiguen, asesinan y torturan. Nosotros también somos literatura»

Podéis adquirirlo a partir del 25 de noviembre (¡¡este lunes!!) en librerías y en la página web de Dos Bigotes

¡Ah! Y no puedo concluir este post que me hace tan feliz sin hablaros unas poquitas pinceladas de mi relato incluido en este colección: Procura Olvidarme. Una historia intimista, con pequeños tintes de realismo mágico, que trata el crudo tema de la enfermedad, la maternidad, el despedirnos antes de tiempo y la compleja convivencia en pareja. Nació un día en la playa, intentando huir de mi misma.

Poco después, fue la propia vida la que se me escapó.

Otra cosita más os voy a contar antes de despedirme y de desear que adquiráis el ejemplar. El nombre de la protagonista es Tensi, en honor a Lecturalifia, por darle luz a los días más oscuros de mi vida con la literatura.

Este octubre sin libros

Quiltras de Arelis Uribe y La política sexual en Kate Millet de Silvia López son las únicas lecturas que han conformado mi #LeoAutorasOctubre. En realidad, y siendo honesta con vosotras y conmigo, cuando una amante de la literatura no es capaz de bajar la pila de pendientes y tampoco de rellenar las líneas de las hojas del cuaderno es que algo no va bien.

Voy a rellenar este post, otro más después de varias semanas, con citas de estas dos lecturas (menos de las que me gustaría, pero tan importantes para mí) para rellenar mis propios huecos. Los míos, los que dejo por aquí. Los espacios en blanco. El no saber qué deciros y el no saber qué decirme.

¿Me perdonáis otra vez?

Acerqué mi nariz a su boca y sentí el sabor de su respiración. Tenía el mismo dulzor que a los diez años. Yo tampoco quería, le dije. Tomé su rostro con las dos manos, le sequé las mejillas y le di un beso hondo y pausado. Yo tampoco, repetí, antes de abrazarla y ponerme a llorar.

Arelis Uribe

Es que estoy en otra parte. La parte en la que sólo me estoy dedicando a leer esas dos historias largas que están por venir (pero no sé cuándo, y me da miedo). Me da miedo por mí, porque de repente soy muy cobarde. Porque estoy sola con mi vulnerabilidad. Porque ya noto los huesos de mi espalda, mis rodillas ya se chocan cuando tiemblo. Pretendo ser fuerte, pretendo serlo todo, pero me astillo un poco cada día y la venda se ha roto. Y no conozco a nadie que sepa colocarla en su lugar.  

He aprendido a escribir para curar; pero no para curarme. Melancolía (ya la conoceréis) se ha alejado tanto de mí que no la reconozco. Emilia (ya la conoceréis) soy yo, y me da miedo que la veáis. Ahora creo, pienso, recapacito, que mi vida siempre ha sido este desastre apocalíptico pero que todo estaba disfrazado. 

¿Quién fue la careta? ¿Quién fue el disfraz? ¿Y dónde estoy yo ahora?

¿Por qué no soy capaz de quererme/de gustarme/de ayudarme?

¿Por qué pido gritos de auxilio a cada rato, casi desesperada, casi resignada en mi propio vacío?

¿Cómo lo hago?

Y me pregunto, ¿alguien sabría hacerlo en mi lugar?

Tengo miedo a la vida, miedo al trabajo, miedo a la muerte

Kate Millet

No hay baldosas amarillas. Sólo mentiras. De mentira en mentira. Mentireira. Y ahora temo decepcionaros, temo decepcionarte, temo decepcionarme. Desde que no escribo en A Librería me siento coja, me han arrancado una parte de mí. La realidad es que me gustaría poder, pero no puedo. Me gustaría responder a esos emails en los que se me pide opinión, me gustaría seguir formando parte de toda esta literatura que corre.

Pero no puedo.

No, mujeres mías, este octubre apenas os he leído. Tampoco os he escrito. He estado silenciosa y me duele haber fallado a la causa. Haberme fallado a mí y no haber sido capaz de abrir más que estos dos maravillosos ejemplares que, he de reconocer, me han roto más de lo que me han recompuesto. Me da miedo leer sobre ese dolor, porque se toca con el mío y me desmayo en mi propia incredulidad. 

¿Cómo escribo? ¿Cómo digo? ¿Cómo soy?

No lo sé hacer. No tengo palabras.

La escritora casi no tiene palabras ya.

Mi mamá creía que ese dolor era bueno, decía «si te duele es porque sientes y si sientes es porque estás viva»

Arelis Uribe

Ahora toco la armónica para escapar de no leer. Ahora traduzco mis novelas para escapar de tener que seguir escribiendo algo nuevo. Quizás es que no estoy lista para algo nuevo, quizás sólo aquí dentro estoy bien.

Porque amanece mañana y es otro golpe.

Y cae la noche, y es tan oscura, y no sé qué hacer con ella.

A veces viene alguien, tan siquiera, y trae una lucecita y la deja en la mesita de mi habitación propia. Como si estuviera enferma. Pero yo no estoy enferma, no soy yo la que está enferma. Yo he de levantarme y seguir. He de sonreír, preparar el café, conducir ese coche. Ir a dónde me reclamen.

No puedo parar, el lujo de detener el reloj y los kilómetros pertenece a otras no a mí.

Y duele mucho más que sea una mujer la que te hace daño […]. Las mujeres me han herido mucho más porque las amo mucho más.

Kate Millet

Entonces voy a ese lugar nuevo, intuyéndome valiente, creyéndome algo más que una mujer que no sabe quién es, a la que se la ha olvidado vivir y que tiene la facultad de hacer reír a las demás. No se está mal en esa calle, digo. Pero yo no dejo de sorber la cerveza y huyo todo el tiempo.

Ella me dice algo terrible. Terrible. Y yo noto el peso de las lágrimas de las que ya me creía recuperada.

«Pero estás muy triste, Miriam. Mucho. ¿Por qué?».

Claro. Es que no lo sabe.

Quise acariciarla, pero no supe hacerlo. Fue ella quien me abrazó. Después, me tomó la cara y me advirtió: escribir es peligroso.

Arelis Uribe

Y yo no sé qué decir. No es que no sepa, es que tampoco puedo. Si lo hago sólo podré decirle que tiene razón, y que me siento decepcionada por no haber sabido disimularlo mejor. Por convertirme en una persona triste.

«Pero es que no sé quién soy».

No, no lo digo. Porque me veo en esa ex Testigo de Jehová, en esa persona que apenas sabe dar pasos hacia adelante. A la que le da miedo que la toquen, que se acerquen, se sepan demasiado. Si se acercan, pienso, piensa, lo verán todo, lo verán todo otra vez. Y de ver las heridas, será mucho más sencillo que las abran.

O que las cierren.

Las cierren para siempre.

 

 

Para A.

 

Photo by Nicole Kuhn on Unsplash

¿Nos ayudamos?

A veces cuándo acaba la sesión nos quedamos charlando unos minutos de cortesía. Los meses de terapia empiezan a cumplir el primer año e, inevitablemente, empieza a haber un estrecho lazo. «M» me dice que ha leído Todas las horas mueren y que está deseando empezar con Marafariña

Yo, que llevo cincuenta y seis minutos llorando, me limpio los rastros de lágrimas y saco a duras penas una sonrisa (aunque cada vez menos a duras penas) y le digo que muchas gracias por leerme, que eso me hace sentirme bien y feliz. Luego me quedo callada, cruzando las manos sobre esa mesa marrón y agacho la cabeza. Le digo que me ha ayudado mucho y que me gustaría poder dedicarme yo a algo así también, al oficio de cuidar y ayudar a la gente.

«M» suelta una risita, ya casi típica en esa habitación. Parece inmune a mi tristeza porque dice confiar en mí. Sacude la cabeza y yo la miro dudosa de lo que quiere decir. Coge el ejemplar y me lo señala con contundencia.

Me dice tenemos esto aquí.

Y yo le digo y eso qué significa.

Significa, dice, que yo hasta ahora no te había leído. Por lo cuál, cuando me hablabas de tu escritura no podía contestarte con conocimiento de causa. Pero te he leído y ahora lo veo muy claramente. Y ya no solo lo importante que es para ti, sino de lo que eres capaz de transmitir con ella. 

Y yo le digo, otra vez, y eso qué significa.

Y «M» me dice que aquí lo tienes todo. Un poder propio, personal, individual, tuyo. Para esto no has necesitado a nadie y, por fortuna, nunca la necesitarás. Estas palabras salen de ti, de alguna parte. Y permítete decirte que ayudan. A mí me han ayudado, me han transmitido y me han enseñado cosas. Aquí, Miriam, está tu tabla salvavidas. Y la de las personas que se acerquen a leerte y a ti. 

Quizás escribo estas palabras en esta entrada, como casi un acto jactancioso para creérmelas. Y para ser consciente de mi propia suerte y de ser consciente de lo que he sido capaz de hacer, blindándome a mí y blindando mi propia autoestima de mujer rota (como la de Beauvoir). Por eso, aún cuando me siento cada noche a escribir, y escucho el tecleo seco pienso que me estoy escuchando a mí misma.

Que tengo tanto que decir, que contar, que aliviar, que sé que no me llegará una vida pero que lo intentaré con todas mis fuerzas.

Me ayudo a mí, pero también quiero ayudaros a vosotras. Y en realidad, aunque «M» no me lo hubiera recordado (porque era algo que ya sabía, sino de qué dedicarme a este oficio), no podría dejar de hacerlo. Respiro en estas páginas, las que escribo y las que leo. Amo la literatura como nunca amaré a nadie y ella me ama a mí con honestidad y contundencia.

Y me promete, cada día, que nunca se irá a ningún sitio.

Y creo que escribo esto porque, como tantas otras veces hablé con mis compañeras (y compañeros) sobre por qué hacemos esto (recuerdo cuando María Fornet me dijo eso de y sino escribimos qué hacemos, como si fuéramos marionetas a su merced, como si nuestra vida no fuera otra cosa), quiero recordarme los motivos. Sí, quizás lo haga por mi. Para mantenerme con vida y alejarme del precipicio.

Pero, también, para ser una herramienta de ayuda. Un escudo de hielo contra la vida real. Un lugar donde podáis encontrar vuestra habitación, unas líneas que os comprendan y sepan cómo os sentís cuándo no hay nadie que sepa escucharos. Lo mágico de la escritura/lectura es que es una actividad individual e íntima que, al mismo tiempo, se comparte con multitud de personas que, como nosotras, se acurrucan en su sofá y dedican las horas a llorar en silencio cosas que no son capaces de comprender.

En definitiva, mujeres mías, pasan las horas (que mueren), las semanas y los meses y yo sigo aquí obcecada en seguir contándoos mis historias y seguir leyendo las vuestras. Pese lo que pese y cueste lo que cueste. Os lo debo y me lo debo a mi misma.

Así que, ¿nos ayudamos?

P.D. Qué gusto poder escribir aquí otra vez. Bienvenida a casa, Miriam.

Photo by Tim Chow on Unsplash

Los trozos de las hojas que rompimos

Cuando era pequeña, arrancaba las hojas a mi paso y las iba quebrando entre mis manos. Era un gesto inconsciente, producto de mi nerviosismo. Y es que de niña vivía con un miedo constante a todo, como si fuera capaz de adivinar lo que me depararía la vida. Lo que era seguro es que ya al nacer la sombra negra se pintó bajo mis ojos y ya jamás me abandonó.

Creo que nunca supe formar parte del mundo en el que me tocó vivir. Entonces sé que mi infancia, adolescencia y madurez fueron un compendio de errores de los que nunca he conseguido limpiarme las secuelas. Lo único que era seguro es que la religión y mi creencia en Dios marcaban mi vida. Lo reconoceré a duras penas, pero tenerlo a ÉL me mantenía anclada a la vida. Me otorgaba la identidad de la que muchas otras personas carecían. Me consideraba más inteligente, más afortunada. Una pieza que formaba parte de algo. Y había venido a esa vida con un propósito muy estipulado.

Tuve que dejar de creer en Dios porque no se me permitía ser quién era. No fue sencillo despedirme de esos pensamientos, de los rezos por las noches y de todas aquellas amistades y familia que formaban parte de esa vida. Tenía diecinueve años y lo había perdido todo a cambio de la libertad: mi cuerpo estaba golpeado por la violencia, mis emociones eran difusas y no sabía qué debía de sentir, a mi lado solo cabía el peso de la soledad. Ahí todo empezó a cambiar.

Luché mucho por recuperarme de todo aquello pero creo que nunca fui capaz. En lugar de salir reforzada de una experiencia dura y difícil, me quedé con las rodillas rotas y la autoestima inexistente. Pero seguí, porque me había hecho la firme promesa de intentarlo. Así que me esforcé por amar la vida que todavía me quedaba, aunque pesaba demasiado a pesar de mi juventud. Y creo que vi la luz.

Amar siempre me resultó demasiado sencillo. Creo que traspasé mi fe religiosa en la fe en las personas. Creí en la bondad, creí en el amor natural y desinteresado. Creí que entregándolo todo y esforzándome día a día por seguir haciéndolo todo cambiaría. Creí que podríamos construir un mundo mejor. Recuperé esa luz perdida, con parte de sus sombras. Y tuve ganas de sonreír, de disfrutar de cosas de las que nunca antes había sido capaz de disfrutar.

Tiemblo, ahora tiemblo, si me pongo a recordar la dicha que puedo sentir a mis espaldas y que ya no me pertenece.

Pero ahora mismo siento que vuelvo a tener esos diecinueve años. Estoy de frente a esa Miriam que ya no sabía caminar porque se le habían quemado los cimientos. Ahora siento que me he estrellado al caer de un precipicio inmenso. Estoy viva, pero no puedo salir de aquí. Sobre mí, no dejan de caer los trocitos de las hojas que alguien rompe desde lo alto. Muy alto. Tan alto que no puedo ni verla.

No sé lo que hago, no sé dónde están las horas que transcurren y no sé quién soy. No sé lo que valgo ni lo que valdré. Tampoco sé que he venido a hacer aquí. Obstinada creí que tú podrías salvarme y salvarnos. Creí que el sur también formaría parte de mi y que me regalabas su sol y sus gentes. Yo ahora pienso que quizás nunca tuve tal privilegio, que podía ver el oro de lejos pero que jamás sería mío. Aprieto los dientes ante este pensamiento. Me siento tan arrasada que, temo, no ser capaz de volver a ser lo que me gustaría ser. Me siento tan perdida que, quizás, encontrar el sentido de las cosas sea ya un imposible.

Me gustaría saber qué hago con las horas, con los teatros, con los paseos, con los cafés, con los viajes. Qué hago con las noches que no dormíamos y qué hago con el hogar que nos pertenecía. Qué hago con lo acontecido, cómo lo coloco en mi mente (de diecinueve años) en un cuerpo que se supone de una mujer fuerte. Y qué hago con las olas del mar que me cuesta tanto contemplar ahora. Y qué hago con las canciones, con los libros, con el olor a tabaco en el salón.

Y dime qué hago con la resiliencia que se ha roto. Qué hago con los pedazos de hojas que se canalizar por el pasillo blanco, cuando enciendo incienso para olvidarme de las sombras, cuando acaricio a Letra que me pregunta a cada rato a dónde me he ido que no estoy allí.

Y cómo crezco ahora. Cómo manejo la soledad que se cuela entre mis dedos y entre mis muñecas. Que ya no sé lo que se me permite hacer ni a dónde quiero dirigirme. Siento que me he olvidado de cómo se caminaba y necesito que alguien me coja de la mano y me lo indique. Que alguien regrese para llevarme a dónde los sueños todavía podían cumplirse, y dónde cabía esperar algo bueno de tanto dolor pasado.

Ahora echo de menos tener el privilegio de poder rezar. El no sentirme sola jamás cuando me acostaba por las noches y podía contarle, tal vez a la nada, todo lo que me atemorizaba. Lo he intentando hacer pero ya nadie responde. Qué frío. Frío al sentir que me he equivocado tanto que he obtenido lo que mis equivocaciones me hicieron merecer. Frío al sentir los trocitos de esas hojas que, todavía, permanecen en mi almohada.

 

Photo by Maite Tiscar on Unsplash