¿Nos ayudamos?

A veces cuándo acaba la sesión nos quedamos charlando unos minutos de cortesía. Los meses de terapia empiezan a cumplir el primer año e, inevitablemente, empieza a haber un estrecho lazo. «M» me dice que ha leído Todas las horas mueren y que está deseando empezar con Marafariña

Yo, que llevo cincuenta y seis minutos llorando, me limpio los rastros de lágrimas y saco a duras penas una sonrisa (aunque cada vez menos a duras penas) y le digo que muchas gracias por leerme, que eso me hace sentirme bien y feliz. Luego me quedo callada, cruzando las manos sobre esa mesa marrón y agacho la cabeza. Le digo que me ha ayudado mucho y que me gustaría poder dedicarme yo a algo así también, al oficio de cuidar y ayudar a la gente.

«M» suelta una risita, ya casi típica en esa habitación. Parece inmune a mi tristeza porque dice confiar en mí. Sacude la cabeza y yo la miro dudosa de lo que quiere decir. Coge el ejemplar y me lo señala con contundencia.

Me dice tenemos esto aquí.

Y yo le digo y eso qué significa.

Significa, dice, que yo hasta ahora no te había leído. Por lo cuál, cuando me hablabas de tu escritura no podía contestarte con conocimiento de causa. Pero te he leído y ahora lo veo muy claramente. Y ya no solo lo importante que es para ti, sino de lo que eres capaz de transmitir con ella. 

Y yo le digo, otra vez, y eso qué significa.

Y «M» me dice que aquí lo tienes todo. Un poder propio, personal, individual, tuyo. Para esto no has necesitado a nadie y, por fortuna, nunca la necesitarás. Estas palabras salen de ti, de alguna parte. Y permítete decirte que ayudan. A mí me han ayudado, me han transmitido y me han enseñado cosas. Aquí, Miriam, está tu tabla salvavidas. Y la de las personas que se acerquen a leerte y a ti. 

Quizás escribo estas palabras en esta entrada, como casi un acto jactancioso para creérmelas. Y para ser consciente de mi propia suerte y de ser consciente de lo que he sido capaz de hacer, blindándome a mí y blindando mi propia autoestima de mujer rota (como la de Beauvoir). Por eso, aún cuando me siento cada noche a escribir, y escucho el tecleo seco pienso que me estoy escuchando a mí misma.

Que tengo tanto que decir, que contar, que aliviar, que sé que no me llegará una vida pero que lo intentaré con todas mis fuerzas.

Me ayudo a mí, pero también quiero ayudaros a vosotras. Y en realidad, aunque «M» no me lo hubiera recordado (porque era algo que ya sabía, sino de qué dedicarme a este oficio), no podría dejar de hacerlo. Respiro en estas páginas, las que escribo y las que leo. Amo la literatura como nunca amaré a nadie y ella me ama a mí con honestidad y contundencia.

Y me promete, cada día, que nunca se irá a ningún sitio.

Y creo que escribo esto porque, como tantas otras veces hablé con mis compañeras (y compañeros) sobre por qué hacemos esto (recuerdo cuando María Fornet me dijo eso de y sino escribimos qué hacemos, como si fuéramos marionetas a su merced, como si nuestra vida no fuera otra cosa), quiero recordarme los motivos. Sí, quizás lo haga por mi. Para mantenerme con vida y alejarme del precipicio.

Pero, también, para ser una herramienta de ayuda. Un escudo de hielo contra la vida real. Un lugar donde podáis encontrar vuestra habitación, unas líneas que os comprendan y sepan cómo os sentís cuándo no hay nadie que sepa escucharos. Lo mágico de la escritura/lectura es que es una actividad individual e íntima que, al mismo tiempo, se comparte con multitud de personas que, como nosotras, se acurrucan en su sofá y dedican las horas a llorar en silencio cosas que no son capaces de comprender.

En definitiva, mujeres mías, pasan las horas (que mueren), las semanas y los meses y yo sigo aquí obcecada en seguir contándoos mis historias y seguir leyendo las vuestras. Pese lo que pese y cueste lo que cueste. Os lo debo y me lo debo a mi misma.

Así que, ¿nos ayudamos?

P.D. Qué gusto poder escribir aquí otra vez. Bienvenida a casa, Miriam.

Photo by Tim Chow on Unsplash

8 comentarios en “¿Nos ayudamos?

  1. Elisa dijo:

    ¡Qué bien que vuelvas por tu casa!Y menos mal que sigues obcecada en contarnos cosas porque sino ya ves que ibamos a hacer sin tus letras.”M” tiene razón,lo que transmites creo que supera a lo que escribes.Escribes para vivir y se nota.Un abrazo.

  2. Berta dijo:

    Te admiro, mucho, Miriam, eres pasión y autenticidad puras. Yo también creo y confío en tu potencial, entre otras razones, porque “Marafariña” fue una novela que me tocó de una manera tan profunda que nunca la olvidaré. Por supuesto, estoy de acuerdo en eso de no poder no escribir. 😉 Todo mi apoyo, a seguir avanzando siempre y ayudarnos mutuamente, ¡Abrazos!

    • Miriam Beizana dijo:

      Gracias por tu calidez y tu cariño, Berta. Me hace mucha falta en estos nuevos tiempos. Guardo tu mensaje en mi corazoncito, deseando que venga tiempos mejores y poder seguir dando lo mejor de mí. Un besito y un abrazo, Berta.

  3. Ana dijo:

    Mi siempre querida Miriam:
    <> ha dado en el punto exacto!! Ha dicho algo muy cierto y es que tienes un poder propio con el cual poder ayudar (te). Sabes que tienes talento y, si no lo sabes, somos much@s l@s que apreciamos tu forma de escribir. Esa forma tan auténtica y tan natural de plasmar un sentimiento o una emoción. Y lo más importante, tu literatura habla de ti, habla de mi, habla de ella… habla de mujeres, de personas. Habla de vida, de ganas de superarse, de lucha por alcanzar sueños…
    Agárrate a tu “bote salvavidas” y escribe. Escribe mucho. Escribe todo aquello que desees contar porque, sin duda, se te escucha, se te lee.
    Un abrazo y un beso enorme.

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