La habitación propia se queda vacía

Cuando entrevisté a Pilar Bellver en A Librería, dijo esta frase que tengo muy grabada adentro:

Escribiendo la novela sobre el papel llevo unos 10 años. Y mira que todavía hablo en presente. Así que no sé si le he dicho “adiós”; parece que no. De hecho, si hubiera una segunda edición de la novela, ya tengo hechas, redactadas y enviadas a los editores unas cuantas correcciones: he aligerado párrafos, por un lado, pero, por otro, he añadido un episodio de cierto calado a uno de los capítulos finales. Me pregunto si algún día dejaré de escribirla.

La escritora egoísta

Terminar de escribir una novela es un fenómeno raro. No sé ese término existe en realidad. Supongo que todo depende de la implicación real que tengas con la historia, de la dependencia que se haya generado con sus personajes, o su función real en todo esto. En mi caso personal, Marafariña e Inflorescencia (comprendidas para mí como un libro único) siguen estando implicadas intensamente en mi rutina y en pensamiento en el día a día. Con Todas las horas mueren esa relación se apagó poco después de terminar la historia, tal vez como algo más saludable, algo que me hizo liberarme. ¿Cómo explicarlo? La novela de Olivia Ochoa me liberó, se acabó y se fue como algo pasajero. Pero Olga y Ruth siguen ahí, en su esencia poderosa. Como en la propia secuela, a mí también me aparecen hojas secas en la almohada, yo también siento la poderosa llamada de la espesura que no parece resuelta a dejarme marchar.

Creo que no es un hecho aislado, quiero pensar que no es parte de una divagación personal. Sigo hablando de esta historia en presente, como si de un modo u otro no estuviera cerrada. Tal vez no está cerrada porque es imposible cerrar algo en lo que he estado centrada gran parte mi vida. Algo que me ha hecho tan feliz y tan infeliz al mismo tiempo, como una deliciosa tortura en un bucle infinito que no puede terminar jamás.

Pero ahora es vuestra. ¿Y qué hace esta escritora, un pelín egoísta, que la quiere solo para sí? Que quiere ser generosa y abrir las puertas de ese lugar para vosotras pero, al mismo tiempo, tiene miedo, esta reacia, es pequeña, se encoje. Llora. Escucha a sus musas gritar en su cabeza que no se callan, que no se quieren callar.

Nos sentimos abandonadas en pleno aguacero y echamos a correr bajo el azote del agua.

Elena Ferrante

Nunca se termina en realidad

Entre mis compañeras y amigas escritoras, ocurre algo similar en la mayoría de los casos. Cuando, todavía ahogadas por el agotamiento y exhaustas del cansancio y de las energías depositadas en esta historia (historia que sale de entro, que germina en nuestro interior, que florece) una nueva empieza a colarse de manera incontenible. Y quieres descansar, pero ese afán creativo no te deja. ¿De dónde sale? ¿Quién lo empuja? No lo sé. Pero por mucho que se intente silenciar o dormir, es imposible. Él manda. Ellas mandan, las musas, quiero decir. 

Así que hablar de una terminación en esta profesión dedicación es, en realidad, un eufemismo en sí. Como he señalando tantas veces, una de las pocas cosas eternas que existen es la literatura, su perdurabilidad, su desafío al tiempo. Qué descarada y qué hermosa es, ¿a qué sí? Que se enfrenta a todo, que abandona a sus autoras y autores sin remordimientos. Y nosotras, dejándola ir, poco a poco. Se escurre entre los dedos como un hijo que te abandona. Pero de pronto la nueva hoja en blanco ya no está en blanco, se llena de palabras, de heridas, de personajes, de vivencias, de lugares. No da tiempo a que la habitación propia se quede vacía. Nuestra propia literatura no nos permite sufrir de esa manera, en su inexcusable generosidad.

Por eso Ruth y Olga me han dejado este vacío tan lleno de todo. De esas opiniones que poquito a poco van llegando, me han transmitido parte de su coraje, me han dejado entrar en sus vidas. Son mis mejores amigas, siempre lo serán. Son parte de mí, como otras muchas cosas. Y, de algún modo, ellas y su Marafariña siempre están ahí, día a día, en el interior de esta habitación cálida y mía. Solo mía. De la soledad violeta tan ansiada.

Escribo mientras vosotras me escribís a mi. Mientras sé que, en algún lugar, alguien más está leyendo estas líneas que yo misma creé con el más cuidadoso del mimo que poseo. Tan inexperta. Tan arriesgada al palpar esas palabras, sílabas rotas. Las letras que, como a Millás, se me aparecen a todas horas, impregnadas de hojas, de esencia, de sueños.

Así que, queridas mías, flores mías. Sigo aquí. Agazapada en mi pequeño mundo. Silenciosa. Esperando con respeto lo que tenga que pasar, sintiéndome un poco más escritora (o la escritora que anhelo llegar a ser) y un poco menos esa Miriam llena de congoja, de morriña, de saudade

Inflorescencia me está haciendo feliz y me está haciendo melancólica al mismo tiempo. Tibia dualidad, que me mantiene viva.

Inflorescencia_portada_kindle

Photo by Anna Sullivan on Unsplash

Si te has quedado con ganas de más, te recuerdo que he inaugurado un canal en Youtube. Puedes ver aquí mi primer vídeo hablando de #MujeresEnLaLiteratura:

10 comentarios en “La habitación propia se queda vacía

  1. ldana dijo:

    Querida Miriam, me siento tan identificada con tus letras. Cuando explicas esto a alguien que no está en nuestro mundo de las letras, te miran raro como si lo que contaras fuera extraño. Pero es tan real que a veces tus personajes, esos que a lo largo de mucho tiempo les has dedicado tu vida, parece que llaman y te dicen, yo quiero seguir viviendo. ¿Un poco loco? Puede ser, no digo que no pero maravilloso.

    Gracias por decirlo tan bien.

  2. Ana dijo:

    Mi querida Miriam:
    Cuando de lo más profundo de tu alma y tu esencia ha salido “Marafariña” e “Inflorenscencia”, dos obras pulidas con mimo, escritas con valor, con unos personajes tan vivos y tan reales; es lógico que te sientas vacía, como si todo lo que viniera después no alcanzara la brillantez de estas dos obras. Ambas novelas han sacado lo mejor de ti misma y, al mismo tiempo, han sido tu mayor esfuerzo y dedicación. Si quieres una similitud, es como una madre que quiere que educa, que mima a sus hijos y que estés, una vez ya mayores, empiezan a vivir su propia vida y esa madre se queda “vacía” (una madre siempre es una madre).
    Tus obras a pesar de haberlas terminado nunca dejarán de ser tuyas. Siempre estarán ahí, contigo. Pero debes seguir creando. Debes seguir dejando que las musas se apoderen de tu imaginación y sigas creando historias fantásticas. Tienes mucho talento, amiga, y por muy “vacía” que te sientas, un sinfin de nuevos personajes y de nuevas vivencias están deseando salir, están deseando llegar a miles de lectoras y de lectores.
    Sigue adelante. Nunca para atrás.

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