La playa en invierno

Marafariña, febrero 2002 

La playa parecía un paraje condenado en invierno. El frío y la soledad convertían la arena y el mar en un juego casi peligroso que no era conveniente interrumpir. El sol brillaba demasiado débil, pero lo suficiente intenso como para proyectar sombras desde las rocas, como si de una amenaza se tratasen. Si en Marafariña era complicado encontrar el silencio absoluto, en la cala resultaba imposible. La naturaleza bramaba salvaje, libre y mortal. Tan hermosa como aterradora, haciendo un alarde eterno de su innegable poder.

El juego de las olas, la fantástica marea y los misterios que albergaba podían ser una prueba irrefutable de la presencia de un Creador Todopoderoso. Precisamente, la fascinante creación era el principal argumento que las publicaciones de la Watchtower utilizaban para justificar la existencia de Dios. Nada tan complejo podía ser motivo del fortuito azar, pues el azar solo encerraba destrucción y fealdad. Si se contemplaba el universo como una obra de arte, como un cuadro espléndido o una novela estremecedora, estaba claro que un artista real tendría que estar detrás de tal ardua labor. Sin embargo, Ruth tenía más fe en la sabiduría de la propia Naturaleza, de la Madre Tierra. Observando Marafariña y sus rincones, podría defender firmemente que las raíces habían brotado por sí solas, que los troncos habían crecido donde lo estimaban oportuno y que la vegetación había surgido sin más. Que el cielo tan azul se había colocado en las alturas para contemplar su esplendor. Que los mares eran un pedazo de ese mismo cielo que no había soportado la tentación de bajar al mundo. Que las flores eran lágrimas derramadas de alegría.

Sería antinatural creer en un ser omnipotente que hiciera nacer la Tierra, su vida y al ser humano. Y más antinatural sería creer que había inculcado en las personas instintos que, sin más, consideraría pecaminosos y denigrantes. Era antinatural condenar lo natural. Y el amor, su amor por Olga, era tan natural como aquel océano mortal que acariciaba con ternura la arena helada, como aquellas rocas erosionadas por el viento melódico. Lo comprendía y lo aceptaba, lo tenía claro. Pensaba respetarse con pureza a sí misma y no culparse jamás, pues sabía que los latidos de su corazón y su voluntad seguían respondiendo a la honradez y benevolencia que siempre la había caracterizado.
Inspiró la brisa purificadora y catártica. Jamás en su vida se había sentido tan llena de vida, energía y optimismo. Su vitalidad era tal, que casi podía tocarla con la yema de los dedos. Su piel resplandecía en ese día gris, sus cabellos rojizos al viento también brillaban. Sus ojos lucían más verdes que nunca tras sus gafas, sus labios sonreían con la serenidad que otorgaba el aceptarse. Los últimos meses, en los que había recorrido en camino del autoconocimiento, habían sido duros pero había merecido la pena. Casi podía vislumbrar la meta, y no permitiría que nada se interpusiera entre ella y el destino que pretendía alcanzar.

Se agarró las rodillas. El anorak era como un abrazo de calor, pero los pantalones vaqueros no protegían del todo sus piernas. Sus pies estaban desnudos, necesitaba sentir el tacto de la arena para notar la sintonía de la playa.

Fluía la tarde con sus horas eternizadas y Ruth buceaba en sus pensamientos. No tenía prisa, no tenía nada que hacer, era una situación que se daba en contadas ocasiones. La estaba esperando, sabía que llegaría de un momento a otro. La simple idea de verla de nuevo, otra vez, disparaba los latidos en su pecho. La atracción hacia la muchacha catalana de mirada turbia era ya indiscutible, cada día tenía el privilegio de intimar más con ella, de conocer y memorizar sus gestos, cada palmo de su cuerpo, cada una de las entonaciones de su voz, el color de sus cabellos, la presencia de sus demonios y su admirable valentía. La amaba infinitamente, eternamente. Nada divino, nada irreal, podía manchar eso. La semilla que Olga había implantado en Marafariña, en ella, era imposible de extirpar. Perduraría para siempre, como lo que es eterno.

Se levantó, notando su cuerpo entumecido. Se remangó el bajo de los pantalones y, abandonando sus zapatos en la arena, se dirigió hacia la orilla. El mar la atemorizaba y fascinaba a partes iguales. Parecía una manta gigantesca. Notó cómo la punta de sus dedos se humedecía por el oleaje que avanzaba por el terreno. Se acercó un poco más, hasta que el agua le acarició los tobillos. Maravilloso. Echó a andar, con la mirada perdida en el horizonte. Sus pies y el agua jugaban, ella los dejaba bailar. Alcanzó el éxtasis de la calma, que la ayudó a quitarse de encima el cansancio que arrastraba tras de sí.

Entonces la vio, en lo alto del acantilado, mezclándose con la negrura y las sombras. A pesar de las bajas temperaturas, llevaba puestos sus pantalones cortos de baloncesto y una gruesa sudadera negra. Su pelo libre e indomable como lo era ella misma. Tenía un cigarro entre los labios y la miraba. Ruth también la miró y no pudo evitar que destellasen sus pupilas. Era tan bonita, tan hipnótica, tan mágica. Era su mundo, al fin y al cabo. La vio descender despacio y con cuidado, casi con indiferencia, sin mostrar expresión alguna. Su pálida delgadez le daba un aspecto de cristal frágil. Llevaba los ojos maquillados, como era habitual, decía que la hacía sentirse protegida. Olía a tabaco, pero ya se había terminado el cigarro cuando estaba a pocos pasos de ella. Se detuvieron ambas. Ruth mecida por la orilla y Olga torturada por el viento. Mantuvieron un diálogo mudo de miradas y gestos, como una introducción al contacto y el reencuentro. Ruth todavía tenía que concienciarse de que era real.

Fue la muchacha catalana la que, después de descalzarse, se acercó a Ruth y la abrazó con firmeza. Ella se agarró a su pequeño cuerpo y lo atrajo hacia sí. Latido con latido en medio del poderío da Costa da Morte, con la intimidad cubriéndoles las espaldas y el tiempo detenido tan solo para ellas. Ruth sintió un escalofrío de emoción. Buscó su cabello y lo acarició, recorrió su cuello, palpó sus tiernas mejillas, el contorno de sus ojos y su nariz. Olga no dijo nada, con rictus divertido. Luego se separaron y se cogieron de la mano.

—Gallega mía —susurró Olga.

—Ya te echaba de menos.

—Si me has visto esta mañana.

Sus labios sabían a sal y a mujer. Aquello encendió todavía más el calor de su cuerpo e incluso el océano pareció convertirse en lava. Olga era hábil en aquel juego de boca con boca, aunque sus caricias eran tímidas todavía, prudentes. No le pasaba desapercibido el profundo respeto y la admirable paciencia que mostraba hacia ella. La hacía sentirse especial y única, la hacía sentirse querida, a rebosar de cariño, algo que nunca había experimentado con anterioridad. Desechó sus manos y buscó sus delgadas caderas, agarró hasta sus huesos entre sus manos y sintió la sangre que recorría sus venas. Luego, aun mecidas en el océano, se contemplaron durante un instante incierto, como ansiando memorizar sus rostros. Podía notar la emoción en la mirada oscura de Olga, la tibieza en la inclinación de sus cejas, la ansiedad en su aliento. El viento las importunaba con insistencia, quería estar cerca de ellas, parecía que las llamaba, que era el espíritu de Marafariña, reclamándolas.

Abandonaron el mar y regresaron a la arena seca. Se sentaron, espalda contra espalda, cada una contemplando una visión diferente. Olga, la costa; Ruth, el bosque en lo alto del precipicio. Sus cabelleras se entremezclaban. Olga comenzó a fumar, el olor del tabaco las engatusó como un hechizo. Estaba callada, más de lo habitual, sin embargo el silencio junto a ella no era incómodo, nunca lo había sido.

—Me encanta la playa en invierno. Me recuerda a un secreto —comentó Ruth, con aires soñadores.

—¿Un secreto?

—Sí. No sé. En realidad casi nadie suele ir a la playa cuando no es verano, pero se están perdiendo su verdadera magia. Es ahora cuando se muestra al natural, tan fría y poderosa.

—Esta playa es un secreto en sí. Podría decirse que es tuya.

—Nuestra —replicó Ruth.

—Nuestra —admitió Olga, y por su entonación sabía que sonreía.

Ruth buscó la mano libre de Olga y enredó sus dedos, pero no se volvió. El tacto de su huesuda espalda la hacía sentirse bien.

—Estás callada. Tal vez ausente.

Olga tardó un rato en responder, rodeada siempre por ese halo de misterio. Era complicado llegar a comprender los pensamientos en los que se hallaba abstraída. No parecía incómoda ni enfadada, tan solo lejos de allí.

—No puedo concentrarme en nada cuando estoy contigo, Gallega. Pienso en ti, en lo que te echo de menos cuando no estoy contigo. Pienso en otra noche más imaginándote, pienso en cada segundo que pasará hasta que vuelva a verte. Y cuando estoy junto a ti, pienso en lo poco que queda para separarnos de nuevo.

—Olga…

—Tú también lo haces, ¿verdad?

Ruth no contestó, pero era evidente que sí. Sin embargo, no le frustraba, sino que le otorgaba energía. Ruth aborrecía sus obligaciones, su rutina religiosa y familiar, el instituto. Pero era algo que siempre había dado por sentado. La presencia de Olga depositaba luz en cada uno de esos momentos.

—Eres mi mundo, Olga. Eres mi Marafariña —sentenció Ruth.

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Olga y Ruth en la playa. Ilustración de por Gemma Martínez

Notó cómo el porte de Olga se tensaba, tal vez de satisfacción o de nerviosismo. Imaginaba que estaría asustada, Ruth también lo estaba. Las olas incansables le recordaban que cada instante se evaporaba y que el tiempo avanzaba inexcusable. Cada nuevo día, la situación se volvía más difícil y peligrosa. No quería pensar demasiado en lo que podría ocurrir, pero imaginaba que Olga se torturaba con el futuro. Le gustaría poder mitigar todo su sufrimiento, apartarlo de ella, poder darle más, todavía más, de lo que le daba.

—Echo de menos la nieve. Ojalá nevara —murmuró entonces Olga—. Cada invierno mis padres y yo íbamos a los Pirineos. Lo adoraba. Durante horas podía estar contemplando la nieve. Siempre pensé que era lo más parecido que había a la magia.

—Yo nunca la he visto.

—Te llevaré, te lo prometo. —Olga se volvió, al fin. Notó su hombro pegado al suyo, su mano sujetándola fuerte. Estaba fría. La estudió, cada arruga, cada surco, cada palmo—. Y te encantará. ¿Te imaginas Marafariña llena de nieve? Sería todavía más hermosa.

—Sí, pero muy diferente, ¿no?

—No hay nada de malo en lo diferente. —Olga tenía la mandíbula tensa—. Tenemos que largarnos de aquí.

—Lo sé —susurró Ruth.

—Pronto empezaré a trabajar para Francisca en el café. Necesitamos dinero y no quiero tener que pedírselo a mi padre.

—¿En el Café Rosalía? —Olga asintió—. Vaya, pero entonces, ¿cuándo podré verte?

—Solo será un pequeño sacrificio, Ruth. Luego estaremos juntas todo el tiempo que queramos. Te abrazaré cada noche, te haré el desayuno todos los días, te acompañaré a la universidad. Nunca estarás sola, nunca más Ruth. Nunca más dejaré que tengas frío.
Olga hablaba con tanta verdad que no tuvo más remedio que creerla. Sus miradas se encontraron en el punto justo en el que los ojos de ambas se humedecieron. El sufrimiento y el pánico de Olga eran tan latentes en su expresión, que le dolía profundamente saberse conocedora de sus emociones. Se sentía inútil frente a la resolución de la joven a la que amaba, sin salida, sin nada que aportar. Pero su muchacha catalana no parecía reprocharle nada.

Entonces ella se puso en pie, dándole la espalda y acercándose de nuevo al mar. Rugía. Ruth la observó, la belleza de su figura tan pequeña, recortando la armonía de ese horizonte gris e infinito. El mundo parecía querer atravesar su fragilidad, pero Olga era imperturbable, indetenible. La persona más fuerte que jamás conocería. Por eso la admiraba tanto, por eso la amaba sin mesura. Le fascinaba en su totalidad, incluso en su amargura, incluso en su llanto. Porque era un llanto de lucha, no de rendición.

—¿Te imaginas que salga mal?

La pregunta de Olga le llegó tardíamente debido a la ferocidad de la brisa. La escuchó muy lejana, pero fue suficiente para que se estremeciera de pavor. No podía imaginárselo. Moriría. La idea de perderla, de no poder estar junto a ella, era insoportable. No quería contemplar esa posibilidad, porque se hundía, le flaqueaban las fuerzas y no atendía a razones. Su mundo sin Olga carecía de verdad.

—No digas eso —imploró Ruth, a pocos pasos de ella—. Sería terrible.

—Si sale mal —prosiguió Olga con gélida calma—, si se tuerce, si algo se rompe, tienes que prometerme que no te olvidarás de mí.

—¿Cómo podría?

—La vida puede ser sorprendentemente cruel.

—Olga, me estás asustando. No te entiendo.

La muchacha no hizo amago de moverse. Ruth se acercó más y la rodeó por la cintura con intensidad. Temblaba, pero se aferró a sus manos. Besó su cuello, pleno de suavidad.

—Yo volveré. Si te separan de mí, volveré —masculló Olga en una mezcla de furia y ternura—. Si el destino nos hace alejarnos, volveré. Pero si me pierdo, si por alguna razón estoy nublada de dolor y sin sentido, por favor, recuérdame dónde estás y que vuelva a por ti. No me permitas seguir viviendo sin ti.

No le gustaba el significado ni la posible realidad de esas palabras. Ruth la apretó con más fuerza y notó cómo Olga cedía. Se volvió y la besó. Su aliento estaba impregnado del aroma del tabaco. También sabía a desesperanza. Sin embargo, pronto recuperó la sonrisa y la ternura se apropió de ella. Sus manos, agarrando sus mejillas, fueron un bálsamo.

—Tranquila, Gallega. Eso no pasará. Nunca me iré, no sin ti. Te lo prometo.

—Y yo no te dejaré marchar si no voy contigo —sucumbió Ruth al anhelo.

Abandonaron la playa cuando la noche amenazaba con su temprana llegada. Con los pies helados, subieron con cuidado la pendiente y caminaron por el bosque. Sus manos seguían unidas, sus cuerpos se encontraban. Detenían su camino de vez en cuando, dejaban que el bosque fluyera a su alrededor. La mata negra de la oscuridad las seguía como una amenaza pero, en esos momentos, la ignoraban. Marafariña respetaba su paseo, las observaba detenidamente, intentaba protegerlas. Pero aquello no era posible, no del todo, no tanto como le hubiera gustado.

Cuando traspasaron la linde del bosque y vislumbraron el muro de la casa de Ruth, de forma instintiva soltaron sus manos como si tuvieran ácido. Algo en ese gesto era terrible, pensó Ruth. Al regresar a la realidad, a lo que había más allá de su particular paraíso, debían fingir que tan solo eran amigas y ni siquiera les estaba permitido estrechar más lazos de los necesarios. Olga, resuelta a arañar los últimos minutos juntas, se apoyó contra las piedras y sacó un cigarro antes de irse a casa a cenar.

—¿Desde aquí nos verán tus padres?

—No, no te preocupes.

Aun así, Ruth se mantuvo separada de ella varios palmos. Olga tenía la mano libre escondida en el bolsillo de su pantalón. La escrutaba despacio, como si fuera la primera vez que la veía. Siempre la fascinaba su manera de entornar la mirada, como si pudiera hipnotizarla.

—Eres preciosa, Ruth. —Vibraba su voz, notó ese calambre en su pecho. Se ruborizó avergonzada—. Demasiado preciosa. Podría regalar mi eternidad para pasar la vida contemplándote.

Olga se acercó furtivamente y acarició su mejilla con sus labios. Ruth aspiró su aroma y reprimió el impulso de agarrarla del cuello y sentirla más pegada a ella, tan solo con el afán de escuchar el latido de su corazón una vez más antes de que se fuera.

—Prométeme que me llevarás a la nieve —dijo Ruth, a modo de despedida.

La muchacha catalana de mirada turbia rio. Era preciosa cuando mostraba ese rictus de felicidad.

—Si es necesario, te la traeré yo misma, Gallega.

 

 Publicación Inflorescencia: 2 de julio de 2018

P.D. Gracias a Gemma Martínez por la preciosa ilustración que acompaña a esta relato.

 

INFORESCENCIA (1)

La escritora está loca

Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso
de mí murmuran y exclaman:
Ahí va la loca soñando
con la eterna primavera de la vida y de los campos,
y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado

De A Orillas del Sar. Rosalía de Castro.

A Rosalía de Castro le decían que era una tolaDe tal cosa encontramos constancia en varios de sus poemas y en sus desconocidas novelas. Estaba loca no solo porque escribía, sino porque era una mujer que escribía. Ahora que estoy rememorando este pasaje, me acuerdo que de esto mismo hablé en la presentación de Gaedhal, la opera prima de mi querida amiga Maite Mosconi.

Yo creo que, en mayor o menor medida, todas las que nos dedicamos a este oficio hemos escuchado en nuestro entorno algún comentario similar. Y no me refiero a que este haya sido lanzado de manera despectiva o a modo de insulto sino, tal vez, es una palabra que vuela con cierta extrañeza, con incomprensión, con dudas. En cierto modo, puedo llegar a entenderlo. Dedicarse a escribir es una pasión que es difícil saber de dónde surge, pero suele implicar una de las partes más importantes y trascendentales de la existencia de quiénes sufrimos esta preciosa maldición. Horas y días enjauladas en nuestras habitaciones propias, rompiendo las teclas de un viejo ordenador, y torturándonos a nosotras mismas sin saber muy bien por qué. Y es que escribir, lo sabéis queridas mías, es un ejercicio duro, vacío y poderoso. ¿Por qué escribir? Bueno, no he venido a hablar de eso exactamente.

Saudade

saudade. Del port. saudade. 1. f. Soledad , nostalgia , añoranza

La saudade es una de estas rarezas preciosas del gallego y del portugués cuya traducción directa al castellano pierde su significado concreto. La saudade, más que un sentimiento, es un estado perpetuo de morriña inexplicable e insoportable, pero también esta perfilado por gotitas de felicidad. El término, una canción en sí mismo, podría ser también un buen concepto para referirse a la escritura.

Cuando hace ya algunas semanas publiqué la entrada que resumía un poco el camino que me había llevado a la autopublicación de mi próxima novela Inflorescencialas respuestas y correos electrónicos que recibí de amigas y amigos, compañeras y compañeros de esta dignísima profesión, fueron honestas, reales, tangibles. Palabras tangibles como abrazos. Y me repetí en dar las gracias (y lo vuelvo a hacer en este post, porque me considero una gran afortunada por recibir tanto cariño, tantas cosas). En esas líneas existían los mismos sentimientos que yo expresaba en mi entrada: ese desasosiego, esa lítost, ese anhelo de llegar a alguna parte a la que, probablemente nunca llegaríamos. Existe dolor, pues, en esa desilusión. Pero también realidad. Y también constancia.

A veces me he planteado en dejar de hacerlo, ¿sabéis? O, más bien, deseé no tener esta necesidad de hacerlo. Dejar de ser escritora de cuajo, olvidarme de todo lo aprendido, y dejar de tener estos deseos de escribir a todas horas (porque, en realidad, el deseo poderoso es el que te invita a escribir, lo de publicar viene después pero, en mi caso, es mucho más leve, mucho menos importante). Pero no puedo. Es imposible. ¿Cómo dejar de escribir? No sería capaz. La saudade terminaría conmigo.

La locura y el cierre de un círculo

La publicación de la portada y del título de la secuela de Marafariña ha supuesto para mi uno de los sucesos más trascendentales de los últimos meses en el ámbito literario. Creo que este tercer título supone para mí demasiado pero, sobre todo, supone cerrar una etapa dura, preciosa y de la que he aprendido muchísimas cosas. Supone, también, asentarme como personalmente como escritora comprometida con mi oficio, con los valores que quiero transmitir y con todos esos mensajes que sentía la poderosa necesidad de hacer llegar.

Así que sí. Yo también soy esa loca que va soñando, que se pasa todo el día soñando, ideando personajes, haciéndome amiga de ellos y escuchándolos con atención. No exagero si digo que Olga y Ruth son, para mí, dos de las mujeres más importantes que he tenido y tendré en mi vida. Sé que ellas me conocen interiormente más que nadie en este mundo, porque tengo la certeza de que empezaron a nacer el mismo día que yo lo hice. Y que la culminación de su historia supone cerrar un círculo que me ha acompañado desde hace tanto tiempo que no soy capaz de determinar su inicio.

P.D. Es un placer deciros que he empezado a escribir artículos para la reconocida web de visibilidad LGTB+ HULEMS. Si os apetece, os dejo por aquí en enlace al análisis que hice a los primeros capítulos de La otra mirada.

Foto de Ryan Booth en Unsplash