Las novelas mienten

Y las novelas, sin proponérselo, mienten

Citar a Woolf es una costumbre muy bonita que tengo en este espacio. Me vais a permitir que, de vez en cuando, sea repetitiva con estas referencias. Pero ya sabéis que hace tiempo decidí instalarme en esta habitación propia (con un pequeño escritorio, vistas al pueblo, algunos cables cruzando el cielo siempre nublado, la lluvia ensuciando la repisa de la ventana, la orquídea violeta ansiando encontrar un rayo de sol alguna tarde, los gatos durmiendo plácidamente sobre la cama llena de cojines…) ahondo bastante en mí misma, en el significado de lo que hago y en las razones que me hacen sentarme aquí, día a día, incansablemente.

Soy muy observadora. Pero ver el mundo y su vida tal y como es puede ser sobrecogedor, algo tétrico. Asusta. Asusta mucho, ¿verdad? Si me dejo llevar por el miedo que siento, puedo acurrucarme en un rincón y no salir de ahí nunca más. Sin embargo, prefiero ser un pelín más obcecada y transportar esa esquina oscura a las páginas de los libros que estoy escribiendo. Y no solo me refiero a las páginas físicas escritas, sino a la cantidad de palabras, frases, oraciones y personajes que se retuercen en mi mente de manera inmaterial. De ese modo escribo en mi cabeza durante todo el día, es la forma que conozco de recordarme que estoy viva, que sigo aquí, que puedo palparme. Que todavía me queda energía, esperanzas y sueños por cumplir. Lapido mi cerebro de letras que, luego, se traducen en un puñado de líneas en la realidad.

Y escribo, pues. Y cuando escribo huyo, me protejo, me cubro, soy libre. Y miento.

La eternidad de los libros

La literatura me ha salvado la vida muchas veces. Sé que lo seguirá haciendo. Es mi bote salvavidas, mi mejor amiga, mi guardiana silenciosa. Ella es capaz de entenderme a la perfección, de acoger mis ideas sin juzgarme, de enseñarme valores nuevos y mejorados, de reprenderme con delicadeza si flaqueo, si estoy equivocada, si me equivoco. La literatura, también, me enseña a perdonarme.

Me he dado cuenta que, aunque lo que escribo tiene tintes biográficos casi siempre (me resulta vacío separar mi verdad de mi ficción) y se enmarca dentro de una literatura que pretende ser realista, tengo una definición de las personas y de los lugares que dista de lo que puedo palpar, tocar y sentir a diario en el mundo que hay afuera de las páginas. Pero no diría que se trata de una reinterpretación, ni un reflejo artístico al uso. Es algo diferente. Y no, aunque sean mentiras, no son mentira deliberadas, sangrantes y malvadas. A mi mentir no me gusta, mis letras jamás pretenden mentir.

Pero mienten. Mienten como bellacas. Mienten porque a veces, cuando me duele, las dejo mentir. Las dejo que hablen de historias cerca del mar, rodeadas del calor del amor más puro e inquebrantable, cercadas por la amistad más honesta e inaudita, abrazadas por el amparo de la eternidad que otorgan los libros, a sabiendas de que la única manera de eternizarse está ahí. Ahí. Justo ahí. Y esta esa gran mentira: en los libros nada termina nunca. En la verdad todo tiene una finitud clara, concisa, inevitable. Este pensamiento, de hecho, fue lo que me llevó a escribir Todas las horas mueren.

Medias realidades

Me vais a permitir que vuelva a echar mano de una cita literaria. Esta vez de mi admirada Elena Ferrante:

—¿Sigues viviendo en la vía Tasso?
—Sí.
—Cae a trasmano.
—Se ve el mar.
—¿Y qué es el mar desde ahí arriba? Un poco de color. Más te valdría estar cerca. Así te darías cuenta de que es todo basura, barro, meados y agua apestosa. Pero a los que leéis y escribís libros os gusta contaros mentiras y no la verdad.

Puede que cuando Lila le dice esto a Lenù (protagonista de la obra, escritora por vocación desde muy joven) se esté marcando una muy acertada pauta entre los que estamos unidos a la literatura y los que no. Se adivina cierto idealismo, cierta ansia de mentirse, cierta necesidad de alivio. Es probable que suframos más, pero que tengamos más urgencia por curar esas brechas que se abren. 

Pero yo procuro no mentirme a mí misma, no contarme mentiras. A mí me gusta cerrar los ojos y sentir lo que siento. Me gusta interpretar de verdad que explosiona en mi cuerpo cuando me siento desolada, cuando lloro con intensidad, cuando me enfado, cuando la decepción me golpea, cuando el cariño me acaricia, cuando la ilusión florece, cuando tengo ganas de reírme a carcajadas o cuando, sin más, sonrió de manera espontánea. Y todo eso (eso de cerrar los ojos y de no mentirme) es escribir, es lo que luego, digamos tras un complejo proceso, terminará germinando en el papel.

Así, esa mentira, es tan solo un velo. Una brecha. Un deseo o una crítica mordaz a lo palpable. Yo creo que es precisamente por eso por lo que nos gusta escribir y nos gusta leer: esas mentiras, tan plagadas de verdad. Creo que encontramos razones en ellas, encontramos alivio, fe, sosiego. Encontramos humanidad. Encontramos mucho de lo que nos pasamos el día, los meses, los años, la vida, buscando.

Y para comprender lo que sucede…

Porque esto me ha pasado desde niña. Cuando el exterior venía a rugirme tragedias, enfermedades, despedidas precipitadas, yo no quería comprender esas razones, no era capaz de lidiar con ese tipo de sucesos. Eran antinaturales, muy diferentes a lo que yo siempre había creído. Fui una cría hipersensible que lloraba en las clases de música, eso tenía que canalizarlo o sino me volvía loca. Me daba cuenta que cuando escribía esos cuentos, me sentía bien. Me daba cuenta que cuando estaba en mi cuarto, a solas, e ideaba esas otras vidas, no me importaba tanto no tener amigas, que mi madre estuviera enferma o comenzar a tener conciencia de la muerte.

Supongo que fue así cómo empezó mi más poderosa e interminable historia de amor. La de teclear suavemente todos los días un ratito, la de dejarme hacer, la de sacar un hueco entre tantas mentiras para contar esa verdad.

¡Ay, el amor! Pero esa gran mentira la dejamos, si queréis, para otro post.

Gracias por leerme… ¡Y felices letras!

 

Photo by Alexander Lam on Unsplash

¿Y qué hay de la novela intimista?

intimismo
1. m. Tendencia literaria centrada fundamentalmente en la expresión de los sentimientos y de las emociones más íntimos.

La literatura “comercial” del siglo XXI

Cuando estudié literatura en el instituto (de esa forma tan superficial y tan mediocre que solo consiguió que la mayoría de mis compañeros no volverían a querer leer un libro en sus vidas) al llegar a la escritura del XX y XXI las definiciones empezaban a complicarse. Los movimientos literarios habían desaparecido como tal, se publicaban historias con géneros tan variopintos como difíciles de clasificar. Recuerdo que la profesora hablaba de novela policíaca y novela fantástica, con una breve definición, metiéndolas en el mismo saco, sin tener demasiado cuidado en quemarse. Esa Miriam joven tenía dudas de lo que eso significaba, ¿ese batido indicaba el fin de la buena literatura y de su historia? ¿Nos habíamos perdido completamente? ¿Ya no había un espíritu real? Esa maestra había dicho, con cierto desdén, que hoy en día la única literatura que triunfaba era la comercial y que si queríamos leer de verdad debíamos limitarnos a los clásicos.

Me pareció una afirmación bastante arriesgada, torpe y desconsiderada. Por aquel momento, aunque no había publicado nada, escribía como nunca por las noches. Y me negaba a pensar que lo hacía con un afán comercial sin más. Tal vez, si no hubiera sido tan tímida, habría tenido el valor de replicarle algo. No sé, quizás decirle que eso no era del todo cierto. Que los escritores de hoy en día eran más reales que las clases sociales altas que en los Siglos de Oro eran los privilegiados que publicaban libros, obras de teatro poesía. Que las mujeres recién habían aparecido en las portadas de esos títulos y que su historia no había hecho más que comenzar. Que, ahora, hoy por hoy, incluso los que no teníamos un gran poder económico teníamos la posibilidad de contar lo que quisiéramos contar.

Eso, claro está, lo escribo con esta fuerza que me concede la edad adulta (bueno, más o menos). En esos años adolescentes mi visión era más idealista: poco me faltaba para ser J.K Rowling, conseguir un contrato millonario y pasarme el resto de mis años escribiendo si ningún tipo de preocupación. No me importó desilusionarme después, eso me permitió seguir dedicándome con locura a esto.

Mis primeras novelas “realistas”

Como ya dije en más de una ocasión, yo comencé escribiendo novela fantástica juvenil pura y dura. Tenía muy claro que quería especializarme en ese género y explotar toda esa imaginación que era tan fuerte, tan brillante y nunca se agotaba. No sé en qué momento dejé de sentir interés por seguir contando este tipo de historias y empecé a escribir lo que en aquel momento quise llamar novela realista.

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De real1 e -ismo.

1. m. Forma de ver las cosas sin idealizarlas.

2. m. Modo de expresión artística o literaria que pretende representar fielmente la realidad.

Pero las historias que yo escribí no eran realistas exactamente. El primer libro “adulto” que escribí tenía 400 páginas y se titulaba Una luz en la oscuridad, algo que recordaba a una de esas canciones de Alex Ubago que tanto sonaban por aquel entonces. Por si tenéis curiosidad, la trama trababa de una mujer que había rescatado a un niño en un terremoto en Ecuador y lo había llevado a España de manera ilegal para criarlo junto a su otra hija, después de quedarse viuda. Al poco, la mujer es enviada a prisión y los dos niños deben criarse solos. El núcleo de la historia comenzaba cuando la madre volvía a salir de la cárcel y se encontraba un mundo nuevo y a dos hijos desconocidos para ella.

Realista no es, pero tampoco se trata de una novela fantástica. Creo que podía catalogarse como narrativa de ficción a grandes rasgos. Tampoco llegaba a ser intimista. Pero en el fondo comenzaban a verse esas pinceladas: los sentimientos de la madre (Penélope, como la tía de Olga en Marafariña) y de su hija (Elisa) eran claves para llenar las páginas y páginas de esa historia.

Después escribí una bilogía de novela negra, ambientada en una comisaría de policía de A Coruña. La protagonista se llamaba Olivia (como la anciana que regentaría el Café en Fontiña tanto tiempo después) y era, como no, una heterosexual al uso que se enamoraba de otro policía con el que trabajaba. Pero le había dado una importante vuelta de tuerca y esta joven convivía con Olga, su mejor amiga, la cuál se habría enamorado de ella e introduje así mi primer bollodrama antes de si quiera haber salido del armario. Qué cosas. Otra vez, de nuevo, afloraban los sentimientos.

El género intimista

La novela intimista se fue convirtiendo, poco a poco, en mi tipo de literatura favorita. Casi todo lo que buscaba leer respondía a esa necesidad y fue así como me especialicé en leer a autoras sin darme cuenta de ello. Y es que han sido ellas, estas grandes mujeres, las que han focalizado su escritura a desengranar este género tan humano, tan poco comercial, y tan necesario. La literatura que habla de cómo nos sentimos, de por qué, que tiene un fuerte componente filosófico y que, sin embargo, carece de especialización.

Marafariña Todas las horas mueren son dos novelas claramente intimistas, aunque abarquen muchos más géneros (porque la especialización única, creo, ya no existe). Cuando yo trabajaba en ellas todavía no sabía cómo catalogarlas, eso ocurrió después. Hoy sigue siendo difícil ya que, tristemente, no es un tipo de novela que esté en auge y que despierte interés. En ese sentido me encuentro un poco perdida: no existen revistas online para autoras de este género, tampoco blogs especializados (aunque en A Librería tiene su clara representación semana a semana) ni cuentas de Twitter que compartan este tipo de obras exclusivamente. Se ha quedado ahí, como una minoría dentro de la minoría que es la literatura en sí.

Supongo que esto no es del todo negativo, que las épocas de cada cual fluyen y es un ciclo natural. Sin embargo yo estoy resuelta, desde mi humilde oportunidad, de seguir reivindicando un género tan necesario, tan vital, tan literatura pura y dura. Aquel que no entiende mucho de normas narrativas al uso, que experimenta, que se explaya sin miramientos y que ahonda en el amor, en la amargura, en la amistad, en la familia, en la búsqueda de la felicidad. Que pretende abrirse paso entre el corazón del lector que se decide a abrir sus páginas. Que quiere, sin lugar a dudas, dejar una huella que nunca se podrá borrar.

 

Foto de Morgan Basham en Unsplash

El tren

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Hace ya algún tiempo, os anuncié en este portal (¡muy feliz!) que mi relato El tren había conseguido quedar finalista en el XI Certamen de Cuentos Interculturales de la Ciudad de Melilla. Desde entonces, muchos me habéis pedido que lo hiciera publico para que pudieseis leerlo libremente.

Así que, gracias a la oportunidad que me brinda la plataforma Lektu, podéis adquirir en pdf del relato (con una extensión de 17 páginas) mediante pago social. Tomároslo como un pequeño regalo por mi parte por todo el apoyo, el cariño y la paciencia que me demostráis día a día.

Espero que abracéis bien fuerte a estas dos mujeres poderosas, Lucía y Kamila, que a partir de ahora también son un poco vuestras.

Podéis descargar gratis El tren pinchando aquí

Y por mi parte solo me queda agradecerle a las personas que lo leyeron y me dieron sus sinceras opiniones.

¡Felices Letras!