Escritura y sororidad: cómo, cuándo y por qué

Durante mi infancia y adolescencia, pues, fui prisionera en la realidad y libre en la literatura.

No sé qué me ha ocurrido últimamente, no sé dónde se ha quedado mi anterior yo. Por ahí anda, en un rincón. Navega a mi alrededor. La pobrecita Miriam de antaño está un tanto relegada a ir desapareciendo poco a poco. Pero yo la respeto, ¡vaya si la respeto! Al fin y al cabo, gracias a ella estoy aquí.

¿A qué me estoy refiriendo? Al recurrente crecimiento personal al que no dejo de referirme por activa y por pasiva. Y, tal vez más fuertemente después del 8 de marzo, empieza a perfilarse con más fuerza y con más garra. Es que me estuve haciendo preguntas, ¿sabéis? Me estuve preguntado cómo he llegado hasta aquí, cuándo ha ocurrido y por qué: ¿por qué de repente me importa tanto el movimiento LGTB y movimiento feminista cuando, hasta hace poco, renegaba de todo tipo de Hastags y etiquetas? ¿Estaba equivocada antes y ahora, sin más, he abierto los ojos?

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Una servidora, rodeada de “sororidad” en la manifestación del 8M (A Coruña)

Hay que darse tiempo

Seguro que a vosotras, vuestros padres, también os han dicho eso de: ahora te crees que lo sabes todo, pero espérate cinco años más y me cuentas. Cinco años es una eternidad a según que edades. Yo, mientras escribo este post, tengo 27. Toda una mujer que ya cree saberlo todo de la vida. Pero esto ha sido siempre igual. Cuando tenía 18 me comía el mundo, cuando tenía 23 era todo lo madura que se podía llegar a ser y lo sabía todo, pero todo, de la vida.

Y a mí, hasta hace muy poco, eso del feminismo me chirriaba. Y ya no digamos lo de tener que alzar una bandera de arcoiris por ser lesbiana. No me siento orgullosa de haber pensando así, de mi silencio, de mi hipocresía. Pero estamos en confianza, estamos en casa. Y, además, quiero dirigirme a todas aquellas, y aquellos, que podéis sentiros así. Encerradas en la cláusulita de la comodidad del silencio. Escondidas. Sin molestar demasiado. Sin discutir. Los micromachismos, al fin y al cabo, no molestan tanto. Y las bromitas sobre la sexualidad son inofensivas. ¿Verdad? ¿Verdad? Sí. Claro que sí. Pero poco a poco, en tu trabajo, con tu familia y con tus amigas, prefieres estar más bien callada. Hablar de tu pareja en un género neutro y, de paso, no escandalizarte demasiado por cómo algunos de los chicos del grupo tratan a sus novias y las cosifican. Hay algo horrible en eso, lo estás viendo. Lo ves. Pero no sabes qué hacer. Al fin y al cabo, desde niña, lo has bebido. Desde niña, eso es lo normal. Y tú, lo que tú eres, no es lo normal.

Lo normal

Y, poniéndome un poco firme, muy normal no soy. Menos mal. Siempre he sido una persona aprensiva, con ansias de querer y ser querida, poderosamente insegura, poderosamente altruista (demasiado, demasiado) e ilusamente ilusa. No importa. Me gusta esa yo, me gusta mi naturalidad, me gusta mis ganas de abrirme a las personas, de no tenerle miedo a la amistad, a los abrazos y la honestidad. Las máscaras nunca han ido conmigo, pero las he llevado puestas durante demasiado tiempo.

Esperad, que me pierdo del hilo. Pues eso. Lo normal. Una niña criada en un seno de una familia Testigo de Jehová (ultra religiosa = ultra machista = ultra heteronormativa) que ha llegado a mantener una relación con una persona del sexo opuesto que ha durado años y ha terminado, incluso, por ser algo oficial. Una niña que escribía a escondidas historias donde había mujeres que se vestían cómo querían y amaban a otras mujeres. Y mujeres que amaban a hombres pero tenían interés en otras mujeres. Durante mi infancia y adolescencia, pues, fui prisionera en la realidad y libre en la literatura.

Me gusta esa yo, me gusta mi naturalidad, me gusta mis ganas de abrirme a las personas, de no tenerle miedo a la amistad, a los abrazos y la honestidad

Que no. Que no es normal. Que mi cabeza un día, de noche, mientras no podía dormir (y no podía dormir porque los “demonios” me carcomían como pirañas) me reconocí a mí misma que las mujeres me gustaban, que mi fascinación por Hermione Granger no era un simple gusto personal y que aquella chica dos cursos mayor que yo me gustaba como se suponía que me deberían gustar los chicos. Y esa noche fue la más importante de mi vida. Sí. Lo fue.

Pero de la noche a la mañana no te vuelves homosexual y te das cuenta de que la sociedad te ha tratado peor, te lo ha puesto más difícil, por ser mujer. Que en las reuniones religiosas a las que asistías las mujeres tomaban el apellido de sus maridos, no tenían derecho a orar ni a hablar en público y que, además, estaba tan interiorizado que era de lo más normal. Era normal porque las mujeres son unas histéricas, unas criticonas y no saben ser amigas. ¿Os suena esto? Sin embargo, cuando yo quise irme de mi pareja y de esa organización, los que actuaron como histéricos, criticones y malvados fueron ellos, esos señores que mandaban, que tenían el poder. Esos señores que decían que, según la Palabra de Dios, las mujeres estaban por debajo de los varones.

Así que no. No soy normal. Nadie es normal. Nada es normal.

Y yo, entonces, también me enfadé. Y dije, ¿dónde estamos nosotras?

La sororidad

No me importa reconocer la ignorancia que en todos estos temas he tenido durante  años. Lo único de lo que me arrepiento es de haber llegado un poco tarde, de no haber dedicado más tiempo a crecer en mi interior a comprender. A comprenderlas. Me refiero a esas mujeres que, tan enfadadas, gritaban en voz alta y condenaban el patriarcado. Ni siquiera era capaz de entender el movimiento que hace muy poco (muy muy poco, lo sé) empezó a llenar las Redes Sociales con el #LeoAutorasOct. ¿Y por qué no lo entendía? Porque yo leí, desde siempre, a más mujeres. Pero el mundo no se acababa en mí.

Solo tuve que echar un vistazo a los títulos de las librerías. A los libros clásicos que con tanta curiosidad e ilusión leí en su momento, porque la crítica y la cultura me decían que era necesario que lo hiciera. En esos libros clásicos como El retrato de Dorian Gray o El guardián entre el centeno en los que nosotras apenas estamos, somos sombras, y no tenemos voz. Y sentimos ese vacío al terminar de leerlo. Lo sentimos y está justificado. Y yo, entonces, también me enfadé. Y dije, ¿dónde estamos nosotras?

Y “nosotras” estábamos en mis propias novelas en las que, sin darme cuenta, hacia un alegato feminista y de sororidad. Esta última palabra era desconocida para mi unos años atrás cuando, un día, HULEMS publicó un post sobre las novedades literarias en las que se anunciaba Todas las horas mueren. En él rezaba este párrafo:

Este libro es un verdadero monumento a la sororidad femenina

Qué importancia, qué belleza y qué transcendencia tuvo para mí, desde entonces, esa palabra. Y yo, sin saberlo, había dado un paso, había contribuido a que la literatura, a que el mundo, fuera un pelín más diverso, un pelín más feminista. Empecé a comprender muchas cosas, tantas cosas, que me volví torpe y me abrumé a la hora de manejar todos esos conocimientos.

sororidad. (Del ingl. sorority).

Agrupación que se forma por la amistad y reciprocidad entre mujeres que comparten el mismo ideal y trabajan por alcanzar un mismo objetivo

Tal vez, entonces, no somos tan malas amigas, tan criticonas, tan falsas y tan desdeñosas como siempre se nos hizo creer. Tal vez, el espíritu que nos mueve es más bondadoso, más altruista y más cariñoso. Tal vez no se nos acaba el amor por ser madres, por ser esposas. Tenemos amor que desborda para nuestras hermanas, para nuestras amigas, para nuestras desconocidas. Tenemos amor, amor que nos crece a cada segundo.

Lo que ahora quiero hacer

Llevo toda la vida intentando comprender, pues, quién soy. Creo que con este color violeta y con ellas, mis hermanas, estoy consiguiendo entender qué es lo que me sucedió desde siempre. Siempre he querido hacer algo, algo más, y creo que en este frente hay mucho que hacer. Siento cierta responsabilidad ahora, cuando empuño la pluma y hablo de esas mujeres. Ahora con conciencia, ahora con cierta rabia. Ahora ya no nos conformamos con que nuestros personajes femeninos hablen: queremos que griten, que griten bien fuerte por todas aquellas que han tenido que estar calladas. Incluso esa parte de nosotras mismas que, también, hemos tenido que mantener mudas. Esas heridas permanecen ahí, pero nos ayudaremos de ellas para continuar unidas.

Por eso desde hace la varias semanas, tanto en este web como en A Librería he enfocado mi actividad al hastag #MujeresEnLaLiteratura.

 

Photo by Victor Dittiere on Unsplash

Ellas, vosotras, nosotras: Alemania

Alemania

Que me dijo que no quería ir más al mar, porque hacía unos días había naufragado uno de los barcos en alta mar y habían muerto algunos de sus amigos. Y yo solo pude apretar los labios al ver a mi marido, un hombre de mar, fornido y fuerte, llorar como si fuera un niño pequeño. ¿Qué podía hacer? Si le habían salido arrugas y más canas que nunca. Pero el pelo no se le caía, ¡eh! era frondoso. Siempre lo había sido. Yo reconocía en sus ojos azules el temor, el reflejo de las olas, el miedo a ahogarse lejos de casa. Sé que tenemos cuatro hijos, mujer, y que tienen que comer. Pero yo al mar no vuelvo. Y yo trabajaba dando de comer a esa cuatro bocas, limpiándoles la ropa, limpiando sus cuartos, cuidando de mi madre mayor (mi padre ya había muerto) y de mi tía, también mayor y, para colmo, alcohólica. Pero no la culpo. Después de la guerra muchos hombres y mujeres se olvidaron de ser felices. Las obligaciones me tenían exhausta. Era una mujer joven, joven lo que se puede considerar hoy en día. Pero vieja en espíritu, de verdad. El pelo rubio y muy rizado. Era guapa, ¿puedo decir que era guapa o es una frivolidad? Si eso, si tal, si puedes, luego lo reescribes. Bien. Que no, que no, que no quiero volver al mar.

… Y claro, ya me dirás tú qué podía hacer. Además, pasaron varios días de marejada y en Carnota nadie iba a faenar. Estaba mi marido derrumabado en el sofá, llorando sus muertos, mientras yo no tenía un minuto de descanso. A pesar de la desgracia, a pesar de la marejada, los platos había que llenarlos y limpiarlos después. Y había que ir al río a lavar la ropa. Me dolían las manos porque la piel de los dedos se me levantaba. Y la niña más pequeña solo tenía dos años, y la mayor apenas diez. Pero la mayor era una mujercita y tenía que colaborar. El siguiente, con ocho años, era un varón. Acompañaba a veces a su padre, pero ya tenía su sillón reservado junto a la chimenea. Y la del medio, con siete años, era traviesa, todavía libre. Y digo todavía porque yo sabía lo que nos esperaba a las mujeres.

…Una mañana fui a ver a un amigo mío que trabajaba en unas oficinas que buscaban trabajo en el extranjero. Llevaba ropa marrón. Hacía frío. O era el hambre. En invierno hacía frío y en verano también. Todos los días de esos años hizo frío, todos teníamos las entrañas congeladas. Y ese frío, niña mía, ese frío no se va nunca. En mis entrañas de mujer que ha parido cuatro vidas se conglomeraba el hielo como en cualquier otro útero. Era lo que tocaba. Solo era lo que tocaba. Total, que ahí fui, a la oficina. Y mi amigo, Carlos creo que se llamaba, tenía barba y estaba muy delgado. Me cogió de la mano y yo le sonreí. Me dio el pésame por los muertos en el naufragio, como dije, amigos de mi marido. Asentí. Y le dije que el hombre no me quiero volver al mar, le cogió miedo. Y el tal Carlos comprendió que le estaba pidiendo un billete a Europa. Un trabajo de esos remunerados, encerrados en aquellas fábricas, pero en tierra firme al fin y al cabo. Y Carlos me dijo puedo colarlo en uno de los trenes que van a Alemania, buscan mano de obra para la fábrica de bombones. Pero son cuatro hijos los que tenéis. Entre vivir allí y el envío de dinero, la cosa está justa. Y dudé, claro que dudé.  Porque yo era la que cuidaba a los niños, la casa y a mi madre. Pero al final le dije si había trabajo para allí, si allí podían trabajar las mujeres. Sí, puedes trabajar en las máquinas. Cobrarás menos que él, claro está, pero puedes sumarlo. Pero, ¿vas a dejar a los niños en España solos? Porque, ¿sabes? los niños los iba a dejar yo. Mi marido, su padre, no. Él no. Cuando se trataba de dejarlos solos eran solos mis hijos. Pero no te olvides, no se te ocurra olvidarte, que si nos íbamos a ir a Alemania con una mano delante y otra detrás es porque mi marido no quería volver al mar. Eso apúntalo en letras bien grandes. Y yo, como su esposa, intenté buscar la situación. Una mujer tiene que cuidar a los suyos, para eso hemos nacido. Si él era infeliz, yo tenía que buscar la manera de ayudarlo. Además, que quieres que te diga. Yo no quería que se me muriera en el mar.

…Nos íbamos en dos noches. Mi marido me dijo que no era normal que una mujer dejara a sus hijos y a su familia pero, al mismo tiempo, le daba miedo irse solo. Me apoyó, pero me apoyó solo en el silencio del hogar. Entre los vecinos tuve que aguantar las duras críticas de ser una mala madre y una mala hijaQue necesidad tendrá de irse ella también, con que el hombre trabaje es suficiente. Él era valiente, yo era una mala madre. Mala madre. Terminé creyéndomelo. Pero yo lloraba por mis hijos lo que no está escrito. Y yo rezaba mirando a la cruz y me prometí a mi misma que, cuanto antes, volvería a España para llevármelos. Se quedarán con mi madre y con mi tía, estarán bien. Mala madre. Mi marido era valiente y yo era una mala madre.

…Llegamos de noche a Berlín, dormimos en una pensión y, a la mañana siguiente, sin comer, mi marido y yo nos presentamos en Storck, la célebre fábrica de dulces. Ese mismo día empezamos a trabajar. Él con los hombres y yo con las mujeres. Y qué mujeres, querida, qué mujeres. Que no nos entendíamos, que una era polaca, la otra turca y la otra sabe solo dios de dónde, pero ya nos queríamos y nos besábamos y llorábamos por nuestros hijos. Nos trataban bien, era un trabajo largo enfrente a las máquinas, pero las condiciones eran muy buenas comparado con lo que conocíamos en España. ¿Sabes qué hacíamos allí? ¿Sabes estos caramelos con el papel dorado que son muy dulces? Sí, los Werther’s Original. Y también los Ferrero Rocher y los Mon Cheri en época navideña. Nos dejaban comernos algunos mientras los preparábamos. Yo a veces iba cambiando: estaba en las máquinas de chocolate o de envolver según las horas. Poco a poco fueron queriéndome, hice amigas, más bien hermanas. Me sentí parte de algo, de ellas. Ellas que habían dejado familia e hijos. Ellas que eran yo. Y yo era ellas.

…A los meses, pudimos comprarnos una casa a las afueras, una casa de campo, muy grande. Entonces me enteré de que mi madre estaba muy enferma. No pude viajar a España. Y me dolía por ella y por mis hijos, pero necesitábamos seguir ganando dinero para asegurarnos un futuro. Además, por muy buenas que fueran las condiciones, eso de las vacaciones y los permisos era otro cuento. Allí se trabajaba sí o sí.

Tardé doce meses en poder ir a Galicia. Fui sola, mi marido no pudo acompañarme. Lloré la tumba de mi madre, aguanté las injurias de los vecinos y soporté cómo mis hijos, sobre todo la pequeña, me miraban como una extraña. Durante un tiempo para ellos solo fui la mujer que los había abandonado y vuelto para llevarlos a tierras extrañas donde no entendían cómo hablaban los otros niños. Sufrieron, sí. Porque no fue fácil la escolarización ni la vida. Además, estaba mucho tiempo solos, porque había que trabajar. Y trabajar y trabajar.

… Yo les llevaba caramelos y bombones. El capataz nos regalaba bolsas llenas todos los viernes. Y un extra muy generoso en verano y navidad. Cuando las trabajadoras salíamos cargadas de dulces, algunos niños corrían para que se los dieran. Qué momento, querida, qué momento. Y con qué poco se podía hacer felices a esos críos. Fui feliz trabajando, sí. Muy feliz. Yo en el trabajo descansaba.

…En casa me encargaba de las tareas, pero mis dos hijas mayores crecieron y fueron siendo las responsables de la comida, la compra y la colada. Al tiempo, el niño y la niña mediana entraron a trabajar en la fábrica. La mayor se había casado y se había ido a España. Sí, así de rápido pasan los años. Y en todo este tiempo, el valiente de mi marido cayó en los demonios del alcohol, como mi tía. Y nos pegaba y había gritos. Te lo cuento así, tal cual, pero era algo tan común que ya ni nos sorprendía. Yo le decía a mi hija pequeña que se encerrara en su cuarto con un cubo por si tenía ganas de ir al baño hasta que yo llegar a casa. Qué cruel, ¿verdad? Pero antes no se podían denunciar esas cosas. No.

…Odié a mi marido. Lloraba con mis compañeras en la fábrica, hasta que caí enferma. Del corazón. Lo creas o no, tal vez no lo creas, fue una bendición.  Porque mi estado de salud me permitió volver a España, ya jubilada, con un sustento mínimo para empezar una nueva vida. Compré un piso en Cee con mis dos hijas. Volví sin él. Lo abandoné allí, a él y a su alcoholismo. Mala mujer, decían. Sí. Pero ya no me afectaba. Pero él, el hombre que no quería volver al mar, regresó a las cercanías de ese Océano para morir. Cirrosis. Una muerte lenta, terrible, en soledad. No lo fui a ver al hospital, mis hijas sí (qué benevolentes). Tampoco al entierro. Pero, te parecerá una tontería, aun así lloré su muerte. Supongo que es lo que hacíamos las mujeres, sufrir. Sí. Habíamos nacido para querer y para sufrir…


Apuntes sobre el 8 de marzo: El Día de la Mujer

El Día Internacional de la Mujer se celebró por primera vez el 19 de marzo de 1911 en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza.

Menos de una semana después, murieron 146 mujeres y 71 resultaron heridas en el incendio de la fábrica de Triangle Shritwais de Nueva York. Habían sido quedado encerradas en el edificio sin posibilidad de escapar.

Este día y este pequeño homenaje lo celebraré por ellas.

Nota: Este texto pertenece a un relato real de una mujer muy importante en mi vida. Es mi forma de homenajear su fortaleza, su tesón y su valentía. Este 8 de marzo también es por ella.

Gracias a Deborah por ayudarme a escribir esta historia real.

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