Dormir con libros

Esas dos mujeres

Volvíamos a estar en esa sala tan llena de gente pero sintiéndonos tan solas. Ahí las miradas perdidas no se encuentran en ninguna parte e, incluso, en el ruido, hay silencio y huecos. En esas respiraciones ansiosas se comparten los huecos que todos tenemos dentro. El ambiente está tildado de una peste negra, que absorbe las energías. Y, aún así, ahí estamos. Imperturbables. Con las cejas erguidas, sin ganas de tomar café y ni siquiera de leer un libro. No nos quitamos los abrigos y miramos al frente, al techo, a los cordones desatados de nuestros zapatos, cargando con la bolsa naranja de aquí para allá como si fuera nuestro lastre.

Yo me he cambiado de silla y estoy cerca de la puerta. Sola por un momento. Me llama la atención que la mayor parte de personas que cuidan y acompañan son mujeres. Qué curioso. Tal vez sea coincidencia, tal vez no.

Frente a mí hay una señora mayor en una silla de ruedas que tiene magullada la cara y solloza. Está sola porque su familia vive lejos y tardará un par de horas en llegar. Me llama la atención su rostro: la vejez es latente, pero tiene los ojos achinados y sus mejillas redondeadas le dan aspecto de niña pequeña. Algo en ella deja entrever una angustia existencial que no la ha abandonado nunca, algo en ella pide cariño a gritos. Somos muchas mujeres jóvenes que estamos solas, también, que la miramos y nos inunda la pena pero no sabemos hacer nada. Qué torpes y, en cierto modo, qué egoístas somos.

Entonces aparece otra mujer. Lleva una de esas pulseritas blancas que la identifican como paciente que, tal vez no está tan grave, o tal vez siguen faltando camas dónde dejar descansar a los enfermos. Es también anciana. Ella no tiene cara de niña, pero si de chica poderosa. Tiene media melena blanca, lleva un poncho con motivos indios y un pantalón ceñido. Es juvenil. Y atractiva, desde luego. Ve a la otra señora que está sola y en ese instante se hacen amigas. Le dice que ella también está sola, pero ella no llora. No sé cuál de las dos es más valiente: si la que no llora o la que se atreve a llorar. Porque en aquella maldita sala casi nadie se atreve a llorar.

Las miro y escribo esta historia en mi cabeza al mismo tiempo. A la primera quise llamarla Angustias. A la segunda la voy a llamar Coraje (que también es un adjetivo femenino). La Angustias y La Coraje. Ahí están mis dos mujeres, a las que ya quiero y a las que probablemente nunca más volveré a ver.

La Angustias le dice a La Coraje que su marido no ha querido venir y eso la pone muy triste. Al parecer ha sido siempre así, admite encogiéndose de hombros, después de casarse él no quiso pasar con ella la luna de miel y volvió al trabajo. Coraje la mira con los labios fruncidos. Ella no habla de ningún marido, tal vez nunca se haya casado. Tal vez es una de estas mujeres rebeldes que no se han casado.. Mientras le acaricia la rodilla a Angustias le susurra ánimos y palabras bonitas. Angustias llora, pero ya llora menos. Mi marido superó un cáncer a la cabeza, dice, yo no me separé de él. Tú no te separaste de él pero él no está aquí contigo, parece pensar Coraje y todas las demás que estamos escuchando alrededor.

Pero yo lo quiero igual, dice Angustias. Toca ser fuertes, le dice Coraje. Ya verás cómo no es nada. Y entonces tú también estás sola, le pregunta. Sí, yo he venido sola porque la familia está muy lejos.

La familia siempre parece estar lejos y a las mujeres siempre nos toca ser fuertes. A ellos no, ellos están casi todos arriba en la cafetería porque hay un partido de no sé qué. Los cuento y creo que hay cuatro o cinco hombre en toda la sala. No los culpo. Permanecer ahí es difícil. Pero a nosotras nos toca ser fuertes.

Sigo mirando a Angustias y Coraje. Son mis amigas y me han enseñado mucho sobre mujeres y sobre feminismo sin apenas darse cuenta, sin ser letradas y sin haber escrito un libro. Me despiertan tanta ternura que siento ganas de llorar. Me las trago y me retuerzo los dedos. Me acuerdo de una vez que íbamos en el tren y mi abuela le ofreció mantecados que acababa de comprar en Astorga a un muchacho que iba sentado a su lado. No sé por qué me acuerdo de ese gesto pero me parece tan precioso que me gustaría levantarme y contárselo a mis nuevas amigas. No me muevo.

En mi despiste veo que Angustias y Coraje se están abrazando muy fuerte. Qué preciosidad de estampa. Entonces Angustias dice que necesita agua y Coraje se ofrece a ir a por una botella pero no sabe a dónde ir. Es mi momento, me digo, yo las ayudo. Pero no, no puedo. Las enfermeras dicen que es mejor que no beba nada porque no saben si hay daños internos. Y es que la pobre Angustias se ha caído por las escaleras. Qué mala pata, dice Coraje. La vida es una mala pata, dice Angustias. Eso hace reír a Coraje, Angustias también se ríe. Yo me rió y unas cuantas más también. Es una risa discreta, porque reírse allí está tan feo como ponerse a llorar.

Por tu estar en las nubes

Me sucede a menudo, sí. Soy una privilegiada. Para mi la literatura es vida, por lo tanto la vida está llena de literatura. Me abstraigo con facilidad, por lo que el aburrimiento nunca ha sido algo que he llegado a sufrir de manera habitual, ni siquiera de niña en el colegio. Me bastaba con ponerme a jugar con las palabras en el espacio exterior que no paraba de hacerse grande en mi cabeza. Me alegra ver que la madurez me ha permitido quedarme con ese don infantil.

Y yo te envidiaba precisamente por eso, aunque creo que nunca lo has sabido, porque no veías barreras entre la vida y la literatura.

Esta es una cita extraída de Nubosidad Variable de Carmen Martín Gaite y me produce alivio ver que otras escritoras antes que yo se han sentido igual (o sus personajes se han sentido igual, para el caso, me vale). Tengo esa poderosa cura en mis manos, ese alivio, ese calor en cualquier parte. No necesito nada, solo mantenerme despierta y en ocasiones ni quiera eso. Bulle con espontaneidad, parece magia. Lo observo todo con la mente abierta de par en par, además, a mí nunca me ha dado miedo sentir. Me gusta sentir todo eso, lo bueno y lo malo. Mi corazón hace demasiado tiempo que está desnudo, entre mis manos, a expensas de lo que tenga que venir. Ya no hablemos de mi mente, aunque ella es más racional.

Como ocurrió con De la verdad, me he puesto a escribir este post de noche al llegar a casa. Era muy tarde y al día siguiente tendría que irme a trabajar porque los trabajos no entienden del componente emocional ni de las torceduras de la vida. Pero no los culpo, porque las musas tampoco (ahí están las jodías, que no me dejaban irme a dormir). Antes podía llegarme a sentirme incluso culpable porque las cosas malas que no dejan de suceder me sirven para rellenar huecos y silencios. Pero no puedo sentirme culpable por aquello que me alivia y me hace sentirme más fuerte. En fin, sé que vosotros lo entendéis.

Y dormir con libros

Después de escribir esto cogí el grueso ejemplar de V y V Violación y Venganza (violeta, hace juego con la colcha de mi cama) y lo coloqué sobre la almohada vacía. También el e-reader (estoy leyendo El Deshielo). En la mesita todavía esta Patria aunque lo he terminado hace tiempo. Y Marafariña (siempre lo tengo conmigo porque me demuestra lo que soy capaz de hacer y, también, que los fantasmas no sobreviven al influjo de la escritura). Ahí está esta pequeña mujer, con la luz apagada, mientras llueve en el patio de luces y pensando en qué debería dormirse allí. No tenía ganas de leer, pero no pensaba en otra cosa que no fuera leer. A veces pienso que me estoy volviendo extraña.

Suerte de mí que yo no padezco de insomnio desde hace años y me dormí al momento con mis dos gatos mirándome con sus ojos entrecerrados. Incluso cuando duermo, los sueños componen historias y a veces al despertarme corro a anotar las ideas que se han ocurrido. En serio, ¿de dónde saca mi mente esas explosivas energías a cada instante?. Mientras me ducho, algunas de esas ideas desaparecen. Otras permanecen. Pero van creciendo durante todo el día porque, saben, que hasta la tarde no tienen permiso para salir frente al folio en blanco (ese folio que, en realidad, nunca está en blanco).

Me vais a permitir que este miércoles esta entrada sea así, tan mía. Tan de esta Miriam que se siente mejor después de haber escrito este batido de párrafos para desayunar. Esta es mi ventana al mundo y, hoy, necesitaba abrirla otra vez.

Photo by Toa Heftiba on Unsplash

4 comentarios en “Dormir con libros

  1. Ana dijo:

    Un post como tú dices muy… tuyo… muy de esa Miriam visceral, con una imaginación desbordante y siempre con los sentimientos y las emociones a flor de piel.
    La verdad es que leerte nuevamente ha sido una delicia. Esa primera parte de esas dos mujeres, en ese lugar donde (como contabas) estaba mal sonreir donde se necesita que alguien te coja de la mano y te diga que todo va a ir bien te abre la mente y el corazón dejando aflorar una sensación de ternura, de cariño, de ganas, de fuerza… Esas dos mujeres te brindan la oportunidad de ver más allá y erizarte la piel con sus situaciones.
    Y, por supuesto, esa parte más personal donde dejas salir a borbotones ese amor por la escritura, ese afán por seguir creando, esa ilusión por contar historias aún cuando la noche apremia y toca caer rendida en la cama después de un largo día… esa parte hace que más personas te admiren por tu tesón, por tu trabajo. Hace que los que te leemos estemos cada vez más y más convencid@s de que tus letras tienen un valor incalculable y que siempre estarás dando lo mejor de tí porque, sin duda, para ti la escritura es tu salvavidas, tu salvaconducto, tu fé… tu vida.
    Una vez más gracias por deleitarnos con tus letras y sigue así que paso a paso se consiguen grandes metas.
    Un saludo.

  2. Ale dijo:

    Cada miércoles (aunque hoy que escribo esto sea viernes) vengo expectante a mirar si hay una nueva entrada. La de esta semana me ha sorprendido como cada una de las anteriores en que tus letras expresan la real tú, pero con la diferencia de que me he llegado a percatar de que todo lo que escribes tiene ese particular estilo tuyo, ese al que una simple historia (como la de las dos mujeres) le da vida y lo hace interesante de leer. Sabes, es increíble esa pasión que tienes por las letras, pero tómalo con calma, intenta no abrumarte, divertirte al escribir.
    Ojalá pronto podamos leer ese relato por el que recibiste un premio en un concurso literario por estar dentro de los primeros lugares porque nos hacen falta tus letras (mira que ya leí TLHM dos veces y con Marafariña voy por la tercera) y también bueno, tener noticias sobre la secuela de Marafariña, de la que creo, has estado evadiendo un poco el tema, pero bueno sólo nos queda ser pacientes, pero de todas formas quería que supieras que aquí hay una lectora expectante por leer algo nuevo tuyo, y estoy segura que hay mucha más gente como yo. Un abrazo!

    • Miriam Beizana dijo:

      Muchas gracias, Ale. De verdad. De corazón. Porque por estos comentarios encuentros los MOTIVOS que necesito.

      Y créeme, no lo estoy evadiendo deliberadamente. Pero estoy esperando a que llegue la oportunidad que esa historia se merece 🙂 ¡¡¡Un abrazo!!!

      GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS.

Gracias por comentar

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s