La pequeña literatura

Mi vida está ligada a mi literatura. Mientras viva, de una manera o de otra, en esto seguiré. En sus mil y una facetas.

Siempre temo que llegue un día que no sepa qué escribir en este espacio o en las páginas en blanco de los títulos de los que quiero llenar mi biblioteca. A veces temo que llegue el desgaste, la desgana, el desencanto. Esa sombra que puede aparecer de un momento a otro. Pero al final, de una manera u otra, siempre sucede algo, siempre ocurre el impulso, el trampolín. Un pequeño gesto, un gran acontecimiento y un mínimo detalle que lo cambia todo. Mi vida está ligada a mi literatura. Mientras viva, de una manera o de otra, en esto seguiré. En sus mil y una facetas.

El otro día publiqué en mi muro de Facebook una reflexión que tuvo cierta repercusión. En ella me desahogué un poco con vosotros en un mal día en el que tenía la impresión de que este trabajo vacío no me llevaba a ninguna parte. Por un breve instante, estaba muy perdida y necesitaba contarlo. La cantidad de mensajes fue tan abrumadora que me di cuenta de que desanimarme y entristecerme por los fracasos era mentirme a mí misma y también a los que confiáis en mí, depositando vuestro cariño y vuestro tiempo en el rastro de letras que voy dejando por aquí y por allá.

Los pequeños detalles

Por diferentes circunstancias, desde pequeña, he conseguido encontrarme alegre con cosas muy pequeñas. Ahora, algo más crecida, me he dado cuenta de que el marco familiar en el que he crecido me ha permitido reparar en la textura y en los sonidos de los momentos de una manera peculiar. Esto es debido a que siempre he vivido con la enfermedad crónica rodeándome de un modo u otro, por lo que el paso de los años y el disfrutar del aquí y ahora han sido casi como una ley para mí. Siempre he sido muy consciente de la fugacidad de la vida, de que necesitaba aprovecharla bien si quería llevar a cabo una mínima parte de los sueños que siempre he perseguido con ahínco. Nunca me he permitido parar, pero eso no significa que no sepa descansar.

Me refiero a que yo no doy por sentado nada. Un día tranquilo, sin sobresaltos, sin malas noticias es un pequeño privilegio que exploto al máximo. La literatura se abre hueco entre las horas vacías como el líquido que se vierte sobre la espesura de un bosque. Yo vivo así, con esa impresión. No deprisa, no corriendo, no asfixiándome, sino sintiendo. Me ha llevado algún tiempo aprender a hacerlo así. Pero, si lo he conseguido, solo ha sido gracias a que la pluma nunca ha estado a gusto durmiendo en mi bolsillo.

Siempre he sido muy consciente de la fugacidad de la vida, de que necesitaba aprovecharla bien si quería llevar a cabo una mínima parte de los sueños que siempre he perseguido con ahínco. Nunca me he permitido parar, pero eso no significa que no sepa descansar.

Y los pequeños detalles están en todas partes, como la pequeña historia de la que os hablé hace algunas semanas. O en los libros que voy leyendo, que implosionan en mí y se expanden de una manera que me resulta difícil de explicar. O las personas que están a mi alrededor, de las que siento su cariño, su aprecio y su confianza. O de mí misma, protegida en mi pequeña guarida junto a mis dos felinos y a la mujer a la que más amo en el mundo. Con un café caliente sobre el escritorio y un puñado de horas deliciosas para mí. ¿Cómo no aprovecharlas? ¿Cómo no disfrutar, tan si quiera un poco, de todo aquello que he conseguido por mí misma? ¿Qué derecho tiene la Miriam más débil y de arrastrar tras de sí a la Miriam llena de energía que no quiere dejar de hacer y hacer y hacer?

Y esas historias

Me amarga pensar en una novela anclada en la oscuridad, privada de ojos lectores, una novela que no ha tenido su oportunidad. Que yace soterrada. Cuando escribo, temo que esa historia en la que estoy derrochando mis energías, pedacitos de mi alma y mi tiempo no llegue nunca a nada. Pero qué es nada. Temía eso con Marafariña y ha conseguido más de lo que jamás podía llegar a desear. Tenía menos miedo cuando publiqué Todas las horas mueren y resultó más sencillo. Ahora, inexplicablemente, siento más pánico cuando la secuela ya es más tangible, ya la tengo entre mis manos, ya me he podido despedir de ella.

¿Qué derecho tiene la Miriam más débil y de arrastrar tras de sí a la Miriam llena de energía que no quiere dejar de hacer y hacer y hacer?

Entonces, reflexionando sobre esto, he ido a pensar en Mangas Verdes. Mangas Verdes fue una saga juvenil que escribí durante cinco años de mi vida adolescente. La cantidad de horas en soledad que dediqué a esas aventuras son incontables, lo que significaba para mí tener ese micro universo en el que refugiarme me reportó mucha fortaleza y, sobre todo, motivos. Cuando la escribía, por supuesto, lo hacía para que otros, gente que la leyera, la disfrutaran y sintieran lo mismo que yo estaba sintiendo al hacer nacer esas historias. Si en esos momentos hubiera sabido que esas cinco novelas jamás verían la luz, que terminarían desestimadas y rechazadas (incluso por mí) me habría venido abajo, habría dejado de escribir, me habría sumido en un estado de desencanto absoluto. Pero eso yo no podía saberlo y, menos mal: inexplicablemente, de esa saga infantil surgieron muchas de las historias que estoy escribiendo ahora. Volvemos a esos detalles: en esto de la literatura nada, absolutamente nada, es vacío. Aunque pueda parecerlo.

Y no sé si en algún momento rescataré esas novelas. Lo que sí sé es que, de un modo u otro, siguen vivas y yo sigo queriéndolas. Y es en ese sentimiento donde todavía encuentro las ganas y el impulso de seguir escribiendo cada día, cada mes, cada semana, año tras año.

Volvemos a esos detalles: en esto de la literatura nada, absolutamente nada, es vacío. Aunque pueda parecerlo.

Literatura a pequeña escala

Aunque no estoy del todo de acuerdo con eso de pequeña, pero me quería referir a que la ambición es buena, pero la humildad también lo es. Sin atreverme a sumergirme en datos estadísticos, la literatura pequeña pertenece a esa mayoría de historias, textos, formas, novelas, cuentos, relatos… que no están en las estanterías de las librerías ni de los grandes almacenes. Son páginas sesgadas, algunas ocultas o leídas por unos pocos. No hablo aquí y ahora de la honorable literatura independiente, sino de todo lo que se muere durante el proceso creativo. Morir y proceso creativo, ¿por qué tendré esa facilidad para escribir dos contradicciones tan cerca? Pero ya entendéis lo que quiero decir.

Al escribir, como en la vida, tenemos que estar colmados de optimismo y de esperanza. Sino sería imposible. Y, aunque sabemos que muchas de esas letras a las que dedicamos empeño, fuerza e ilusión jamás llegarán a ser lo que queremos que sean, tenemos la obligación moral e implícita con nosotros mismos de seguir haciéndolas brotar. Primeramente, porque dejarlas dentro nos produciría demasiado dolor. Y, en segundo lugar, porque necesitamos vaciarlas para hacer hueco a unas nuevas. Esto funciona así, no para. El ciclo no se detiene jamás, no hay tiempo que perder… pero debemos perderlo al mismo tiempo.

Morir y proceso creativo, ¿por qué tendré esa facilidad para escribir dos contradicciones tan cerca?

Por eso tengo el ordenador lleno de novelas que no se han terminado con un inicio prometedor, de esquemas y borradores que ansío escribir y de personajes que nunca volverán a revivir en ningún caso. Y, aún así, ahí están. Solo míos. O de unos pocos. Y, si llegan a volar del abrazo de mi intimidad y dirigirse a la publicación, tan solo llegarán a unos pocos centenares. Unos pocos centenares que, para una escritora tan pequeña y llena de literatura como yo, es un infinito inabarcable. Me satisface, me hace feliz. Me regocija. Porque yo sé lo que siento con esto, y debería ser suficiente. Y también sé lo que he conseguido hacer sentir, y eso ya es más que suficiente todavía.

 

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Escritura íntima y la identidad personal

Muchas veces me hacen esta pregunta, que si no me da miedo. Miedo a qué, pregunto. Miedo a exponerte así en lo que escribes, a contar tanto de ti. Sonrío y tengo dos respuestas. La primera es que yo al escribir soy valiente, la segunda es que yo no me expongo. Es la novela la que lo hace.

Estos sentimientos suelen ocurrir sobre todo cuando trabajamos durante años en nuestra opera prima que, de un modo u otro, es la novela a la que más ligados nos sentimos. De hecho, como he dicho en más de una ocasión, Marafariña la publiqué en un primer momento bajo el seudónimo de M.B.Vigo. Más tarde, por diferentes motivos, preferí usar mi nombre completo.

La identidad de la escritora

Creo que cuando escribimos, sea una historia personal o no, tenemos que aprender a desligarnos íntimamente de nuestras letras. Está claro que, de un modo u otro, muchas cosas nuestras estarán reflejadas ahí de manera inevitable. Pero no se trata de un diario personal, ni tampoco de nuestras memorias. Si escribimos ficción, debemos de considerar que de ficción se trata, y así lo entenderán nuestros lectores. Por eso los protagonistas no llevan nuestro nombre (o no siempre) y nos gusta describirlos de maneras diferentes. Esas mentiras son las que, tarde o temprano, nos terminan protegiendo.

Esta identidad del escritor debe ser reservada y tener el mismo derecho a la intimidad personal tanto si firma con un pseudónimo como con su nombre completo. Quiero decir, aunque en mis novelas figure en la portada Miriam Beizana Vigo, esa Miriam que se conoce a través de sus libros no deja de ser la Miriam escritora, sin más. Porque sí, es verdad que ser escritora es, tal vez, lo más importante de mí, pero hay mucho más que me pertenece y es una identidad desligada de mi otra identidad, la que no tiene miedo a escribir libros.

Digamos que estamos divididos en millones de cuadraditos. Muchos de ellos los compartimos en función de qué roles empleemos en cada situación: en el trabajo, con la familia, con la pareja, con los amigos o al escribir. Y después está la parte en la sombra, como la cara oculta de la luna. Esa parte, si hablamos sobre ella o escribimos sobre ella, lo hacemos desde el subconsciente. A veces nosotros ni siquiera sabríamos reconocernos en nuestros escritos, mucho menos los lectores. La verdadera ficción está, pues, saturada de una verdad escondida.

Sobre escribir de lo íntimo

¿A qué llamo escribir de lo íntimo? En un primer momento hablo de sentimientos, de heridas, de vergüenzas y ese tipo de cosas que tanto le cuesta expresar al ser humano. Una gran parte de este tipo de ideas surgen de la niñez y la adolescencia (donde lo horrible se vuelve aún más horrible; y lo bonito es lo más hermoso que se haya visto nunca). Desde una perspectiva más adulta, o eso quiero pensar, podemos analizarlo de tal forma que puede resultar muy útil en el ámbito de la escritura. Tanto si hablamos de un primer día de instituto, de los problemas para hacer amigos o de las horas de soledad en nuestro cuarto.

Yo nunca sentí demasiado pudor a la hora de escribir, porque cuando escribo no pienso en que esas palabras se vayan a publicar y serán leídas por otros. Esto es porque tardará mucho tiempo en que algo así suceda. Digamos que lo hago sin pretensión. Digamos que durante el proceso creativo Miriam está a solas con Miriam. Y Miriam no puede sentir vergüenza de sí misma. Y, si lo hace, se esfuerza por ser valiente no hacerlo. De ahí emana todo. De todas maneras, y siendo totalmente honesta con vosotros, he de decir que hicieron falta algunos años y mucha práctica para escribir de lo íntimo sin autocensurarme.

Sí. Es lo que estáis pensando. Lo íntimo incluye el ámbito sexual de nuestra novela, inexcusable en muchas historias. Para mí, una de las partes más difíciles de tratar. Sobre todo si pensamos en que nuestros amigos o nuestros padres leerán esas páginas algún día. Cuesta escribir sobre sexo, los dedos se congelas y el rubor sube por la faringe hasta las mejillas. Pero es un momento delicioso también, donde podemos ser inteligentes, dejar fluir la poesía. También podemos otorgarle fealdad, quitarme importancia, convertirlo en algo físico. A veces soez. En fin, las posibilidades son infinitas. Y por algo nos gusta llamarnos escritores.

La vulnerabilidad de nuestra intimidad

Pero, como he dicho, seguimos estando desligados de nuestra historia y jamás debemos de permitir que nada ni nadie traspase esa línea que nos protege y nos permite ser artistas libres. Por suerte y por desgracia, las Redes Sociales nos hace ser personas accesibles para nuestros lectores. Para mí es algo mucho más positivo que negativo, pero también me ha llevado a sufrir ciertas experiencias desagradables. Dado que, como sabéis, he escrito dos novelas hasta la fecha plagadas de verdad y de mí misma, los comentarios negativos han aparecido, en algunas ocasiones, colados entre los mensajes bonitos.

Ha habido lectores que han arremetido contra mi creencia religiosa, también me han juzgado por mi condición sexual o por el simple hecho de ser mujer. Cuando suceden estas cosas, irremediablemente tiendes a sentir esa vulnerabilidad. Por unos breves instantes te preguntas si ha merecido la pena encajar esa verdad personal entre todas las mentiras de los libros. Pero sí, claro que sí. Claro que lo merece. Esa Miriam escritora tiene que saber responder con elegancia esos ataques, saber ignorarlos, saber dejarlos en su lugar. Cualquier artista que expone su trabajo tiene que ser consciente de que este tipo de comentarios y acciones llegarán en un momento dado; pero también se irán. Tenemos que estar por encima del pavor a las mismas para escribir libres, para escribir mejor.

 

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Dormir con libros

Esas dos mujeres

Volvíamos a estar en esa sala tan llena de gente pero sintiéndonos tan solas. Ahí las miradas perdidas no se encuentran en ninguna parte e, incluso, en el ruido, hay silencio y huecos. En esas respiraciones ansiosas se comparten los huecos que todos tenemos dentro. El ambiente está tildado de una peste negra, que absorbe las energías. Y, aún así, ahí estamos. Imperturbables. Con las cejas erguidas, sin ganas de tomar café y ni siquiera de leer un libro. No nos quitamos los abrigos y miramos al frente, al techo, a los cordones desatados de nuestros zapatos, cargando con la bolsa naranja de aquí para allá como si fuera nuestro lastre.

Yo me he cambiado de silla y estoy cerca de la puerta. Sola por un momento. Me llama la atención que la mayor parte de personas que cuidan y acompañan son mujeres. Qué curioso. Tal vez sea coincidencia, tal vez no.

Frente a mí hay una señora mayor en una silla de ruedas que tiene magullada la cara y solloza. Está sola porque su familia vive lejos y tardará un par de horas en llegar. Me llama la atención su rostro: la vejez es latente, pero tiene los ojos achinados y sus mejillas redondeadas le dan aspecto de niña pequeña. Algo en ella deja entrever una angustia existencial que no la ha abandonado nunca, algo en ella pide cariño a gritos. Somos muchas mujeres jóvenes que estamos solas, también, que la miramos y nos inunda la pena pero no sabemos hacer nada. Qué torpes y, en cierto modo, qué egoístas somos.

Entonces aparece otra mujer. Lleva una de esas pulseritas blancas que la identifican como paciente que, tal vez no está tan grave, o tal vez siguen faltando camas dónde dejar descansar a los enfermos. Es también anciana. Ella no tiene cara de niña, pero si de chica poderosa. Tiene media melena blanca, lleva un poncho con motivos indios y un pantalón ceñido. Es juvenil. Y atractiva, desde luego. Ve a la otra señora que está sola y en ese instante se hacen amigas. Le dice que ella también está sola, pero ella no llora. No sé cuál de las dos es más valiente: si la que no llora o la que se atreve a llorar. Porque en aquella maldita sala casi nadie se atreve a llorar.

Las miro y escribo esta historia en mi cabeza al mismo tiempo. A la primera quise llamarla Angustias. A la segunda la voy a llamar Coraje (que también es un adjetivo femenino). La Angustias y La Coraje. Ahí están mis dos mujeres, a las que ya quiero y a las que probablemente nunca más volveré a ver.

La Angustias le dice a La Coraje que su marido no ha querido venir y eso la pone muy triste. Al parecer ha sido siempre así, admite encogiéndose de hombros, después de casarse él no quiso pasar con ella la luna de miel y volvió al trabajo. Coraje la mira con los labios fruncidos. Ella no habla de ningún marido, tal vez nunca se haya casado. Tal vez es una de estas mujeres rebeldes que no se han casado.. Mientras le acaricia la rodilla a Angustias le susurra ánimos y palabras bonitas. Angustias llora, pero ya llora menos. Mi marido superó un cáncer a la cabeza, dice, yo no me separé de él. Tú no te separaste de él pero él no está aquí contigo, parece pensar Coraje y todas las demás que estamos escuchando alrededor.

Pero yo lo quiero igual, dice Angustias. Toca ser fuertes, le dice Coraje. Ya verás cómo no es nada. Y entonces tú también estás sola, le pregunta. Sí, yo he venido sola porque la familia está muy lejos.

La familia siempre parece estar lejos y a las mujeres siempre nos toca ser fuertes. A ellos no, ellos están casi todos arriba en la cafetería porque hay un partido de no sé qué. Los cuento y creo que hay cuatro o cinco hombre en toda la sala. No los culpo. Permanecer ahí es difícil. Pero a nosotras nos toca ser fuertes.

Sigo mirando a Angustias y Coraje. Son mis amigas y me han enseñado mucho sobre mujeres y sobre feminismo sin apenas darse cuenta, sin ser letradas y sin haber escrito un libro. Me despiertan tanta ternura que siento ganas de llorar. Me las trago y me retuerzo los dedos. Me acuerdo de una vez que íbamos en el tren y mi abuela le ofreció mantecados que acababa de comprar en Astorga a un muchacho que iba sentado a su lado. No sé por qué me acuerdo de ese gesto pero me parece tan precioso que me gustaría levantarme y contárselo a mis nuevas amigas. No me muevo.

En mi despiste veo que Angustias y Coraje se están abrazando muy fuerte. Qué preciosidad de estampa. Entonces Angustias dice que necesita agua y Coraje se ofrece a ir a por una botella pero no sabe a dónde ir. Es mi momento, me digo, yo las ayudo. Pero no, no puedo. Las enfermeras dicen que es mejor que no beba nada porque no saben si hay daños internos. Y es que la pobre Angustias se ha caído por las escaleras. Qué mala pata, dice Coraje. La vida es una mala pata, dice Angustias. Eso hace reír a Coraje, Angustias también se ríe. Yo me rió y unas cuantas más también. Es una risa discreta, porque reírse allí está tan feo como ponerse a llorar.

Por tu estar en las nubes

Me sucede a menudo, sí. Soy una privilegiada. Para mi la literatura es vida, por lo tanto la vida está llena de literatura. Me abstraigo con facilidad, por lo que el aburrimiento nunca ha sido algo que he llegado a sufrir de manera habitual, ni siquiera de niña en el colegio. Me bastaba con ponerme a jugar con las palabras en el espacio exterior que no paraba de hacerse grande en mi cabeza. Me alegra ver que la madurez me ha permitido quedarme con ese don infantil.

Y yo te envidiaba precisamente por eso, aunque creo que nunca lo has sabido, porque no veías barreras entre la vida y la literatura.

Esta es una cita extraída de Nubosidad Variable de Carmen Martín Gaite y me produce alivio ver que otras escritoras antes que yo se han sentido igual (o sus personajes se han sentido igual, para el caso, me vale). Tengo esa poderosa cura en mis manos, ese alivio, ese calor en cualquier parte. No necesito nada, solo mantenerme despierta y en ocasiones ni quiera eso. Bulle con espontaneidad, parece magia. Lo observo todo con la mente abierta de par en par, además, a mí nunca me ha dado miedo sentir. Me gusta sentir todo eso, lo bueno y lo malo. Mi corazón hace demasiado tiempo que está desnudo, entre mis manos, a expensas de lo que tenga que venir. Ya no hablemos de mi mente, aunque ella es más racional.

Como ocurrió con De la verdad, me he puesto a escribir este post de noche al llegar a casa. Era muy tarde y al día siguiente tendría que irme a trabajar porque los trabajos no entienden del componente emocional ni de las torceduras de la vida. Pero no los culpo, porque las musas tampoco (ahí están las jodías, que no me dejaban irme a dormir). Antes podía llegarme a sentirme incluso culpable porque las cosas malas que no dejan de suceder me sirven para rellenar huecos y silencios. Pero no puedo sentirme culpable por aquello que me alivia y me hace sentirme más fuerte. En fin, sé que vosotros lo entendéis.

Y dormir con libros

Después de escribir esto cogí el grueso ejemplar de V y V Violación y Venganza (violeta, hace juego con la colcha de mi cama) y lo coloqué sobre la almohada vacía. También el e-reader (estoy leyendo El Deshielo). En la mesita todavía esta Patria aunque lo he terminado hace tiempo. Y Marafariña (siempre lo tengo conmigo porque me demuestra lo que soy capaz de hacer y, también, que los fantasmas no sobreviven al influjo de la escritura). Ahí está esta pequeña mujer, con la luz apagada, mientras llueve en el patio de luces y pensando en qué debería dormirse allí. No tenía ganas de leer, pero no pensaba en otra cosa que no fuera leer. A veces pienso que me estoy volviendo extraña.

Suerte de mí que yo no padezco de insomnio desde hace años y me dormí al momento con mis dos gatos mirándome con sus ojos entrecerrados. Incluso cuando duermo, los sueños componen historias y a veces al despertarme corro a anotar las ideas que se han ocurrido. En serio, ¿de dónde saca mi mente esas explosivas energías a cada instante?. Mientras me ducho, algunas de esas ideas desaparecen. Otras permanecen. Pero van creciendo durante todo el día porque, saben, que hasta la tarde no tienen permiso para salir frente al folio en blanco (ese folio que, en realidad, nunca está en blanco).

Me vais a permitir que este miércoles esta entrada sea así, tan mía. Tan de esta Miriam que se siente mejor después de haber escrito este batido de párrafos para desayunar. Esta es mi ventana al mundo y, hoy, necesitaba abrirla otra vez.

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La literatura y la visibilidad de las enfermedades mentales

El pasado día 25 de enero celebrábamos el aniversario del nacimiento de Virginia Woolf. Además de conmemorar a una de las mejores escritoras británicas (y universales) y de remarcar a un icono del feminismo de los años 70, existieron diversos hilos y artículos que hablaban sobre la importancia de la visibilidad de las enfermedades mentales también en el ámbito de las artes, en particular de la literatura. La autora vivió una vida marcada por una aguda bipolaridad que, finalmente, la llevó al suicidio en 1941.

Escribiendo este artículo no puedo evitar acordarme de Sylvia Plath. La autora de La campana de cristal se suicidó metiendo la cabeza en el horno con tan solo treinta años de edad, tras luchar durante toda su corta vida con graves altibajos emocionales.

Los demonios y las musas

No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente.

Virginia Woolf

Como otros muchos temas trascendentales, las dolencias de la mente fueron un tabú, motivo de una tortura oculta y enterrado en el secretismo más cruel. Hoy por hoy, su visibilización está mucho más naturalizada, pero todavía queda mucho por hacer.

Tanto Woolf como Plath dejaron la huella en sus obras del dolor que hirió sus mentes y mitigó su salud. Esa sombra era parte de ellas como lo era el color de su pelo o su don para la pluma. Casi podríamos pensar que se trata de una especie de maldición que acaece a un número cada vez más importante de personas en todo el mundo, tratándose de la primera causa de muerte no natural en España. Tal vez en su momento, ellas no fueran consciente del gran testimonio que dejaban tras de sí: un diario sincero y abierto de par en par para que, sus lectores presentes y futuros, pudieran saber cómo se sentía y cómo funcionaban sus mentes.

No resultan vacuas las referencias a la depresión y a otro tipo de enfermedades de la mente en las obras literarias. De hecho, se les ha otorgado cierto significado poético y romántico, tintándolas en el tupido velo del desamor o de la despedida. Pero, sabemos, estas dolencias no siempre están ligadas a un drama personal o a una tragedia íntima que nos ha desolado. En la gran parte de los casos, esa faceta oscura de nuestra cabeza nos pertenece casi al nacer. O aparece, sin más. Lo más grave es que existen personas que todavía no son conscientes de lo que les ocurre y que, además, tiene cura o, por lo menos, un tratamiento.

Aún era yo la criatura encogida y amargada a la que le han roto un sueño.

Carmen Laforet

Muchas otras grandes plumas sufrieron trastornos mentales que, sin embargo, no impidieron que su literatura brillara con luz propia. Tolsoi, Hemingay, Pizarnik o Allan Poe son otros nombres que vienen en a mi mente. Tal vez, si lo reflexionamos bien, no hay ninguno que, en mayor no menos medida, haya sido víctima de una dolencia psicológica más o menos intensa.

Ahora se me viene a la mente mi querida Carmen Laforet que se consideraba enferma psíquicamente. Ese espíritu y pensamiento torturado está impregnando en Nada y en La isla y los demonios. Una figura que, ahora, consideramos tan sobresaliente, vivió minada por la baja autoestima de sí misma hasta terminar consumiéndose. Es curioso como en su frágil fortaleza, los lectores que hemos llegado más tarde, podemos arañar las pinceladas de su camino, plagado de aprendizaje y de autoconocimiento. Y, además, podemos abarcar con un pesar inmenso la amargura y depresión que tintó su vida.

Mi experiencia personal

Siempre que he dejado marca en las páginas que he escrito hasta ahora sobre trastornos mentales no lo había hecho siendo consciente de la importancia que recae en su representación. Tal vez desde hace muy poco tampoco tenía identidad de ningún tipo de movimiento social como la libertad LGBT o el feminismo. Pero mis ideas van madurando y mi necesidad de lucha lo hace con ellas. Si he escrito pensando en otorgar justicia y comprensión al romance homosexual y el papel de la mujer, ¿por qué no iba a hacerlo saliendo en defensa de aquellos que sufrimos algún tipo de dolencia psicológica?

Tenía que estar tan emocionada como la mayoría de las demás chicas, pero no lograba reaccionar. Me sentía muy tranquila y muy vacía, como debe de sentirse el ojo de un tornado que se mueve con ruido sordo en medio del estrépito circundante.

Silvia Plath

Si habéis leído Marafariña podéis encontrar múltiples referencias en Esther, Olga, Valentín y la propia Ruth, quiénes reflejan diferentes trastornos tales como la depresión, la psicopatía o el TLP. Lo más importante en la trama radica en la manera en la que esta enfermedad afecta tanto al personaje que la padece como a su alrededor y a las acciones que lleva a cabo. Creo que es un retrato bastante fiel de cómo la ausencia de tratamiento (o un tratamiento poco efectivo) puede llevarnos a sufrir nosotros mismos y a resquebrajarnos de nuestros entorno.

A lo largo de mi vida he conocido de primera mano y en mi círculo más íntimo cómo actúan y cómo nos pueden afectar estos problemas. Con ocho años sufrí lo que se etiquetó en su día como depresión infantilpor la cual estuve a tratamiento psicológico durante varios meses. Creo que fue muy importante la decisión de mis padres de proporcionarme ayuda externa y, así, ayudarme a no estigmatizar mi problema. Para esa niña de ocho años que una profesional me indicara que cómo yo me sentía tenía una explicación real, fue un auténtico alivio.

Por supuesto, esta enfermedad volvió varias veces a mí (y lo seguirá haciendo durante toda mi vida). Pero con tiempo nos hemos hecho amigas, nos hemos unido y he sabido identificarla y manejarla. Al fin y al cabo, forma parte de mí. Llegar a este equilibrio no es fácil, exige autodominio y ayuda de un terapeuta especializado. En mi caso, fueron casi dos años de tratamiento intensivo y, diré, muy afectivo. A día de hoy, me considero una mujer nueva y muy capaz. Sobre todo capaz.

La visibilidad

Escribir ha sido mi mejor medicación, como para otros muchos antes que yo. Escribir me permitió exteriorizar esos sentimientos negros y comprenderlos mejor. Además, vi que los lectores los identificaban y eran capaces de sentirlos. Una vez más, ahí estaba, la herramienta más valiosa que poseo ayudándome a estar bien; y ayudando a otros a encontrarse. Tal vez esto sea un poco pretencioso, pero soy escritora. En un punto pequeño de mi ser soy pretenciosa.

Pero no solo escribir me ha ayudado. Sin duda, lo que más alivio me ha reportado ha sido la lectura y conocer esas grandes figuras que han vivido episodios similares a los míos. Y que, aún así, han sido capaces de escribir grandes obras maestras que perdurarán en el tiempo. El mérito es doble, o triple, en este aspecto. Es una hazaña que Woolf luchara con su trastorno bipolar y fuera capaz de trabajar en obras como La señora Dalloway Las olas, que Carmen Laforet tuviera la fortaleza de escribir Nada y ganar el Premio Nadal a pesar de su durísima depresión, que Silvia Plath nos dejara su La campana de cristal y sus preciosos poemas. Que dieran visibilidad a aquello que las estaba destrozando poco a poco.

¿Que qué es para mí la felicidad? Creo que carezco de conocimiento, sentimientos y argumentos para dar una respuesta a tal pregunta. Pero diría, con cierta valentía, que la felicidad es el imposible más posible que existe para el ser humano

Todas las horas mueren

 

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