Las puertas rojas

Dos insignificantes versículos que, aún hoy, son capaces de entorpecer el trabajo llevado a cabo tras las puertas rojas.

En cuanto los vi los reconocí. Y ellos a mí. Se produjo un cruce de miradas de lo más incómodo. Por mi parte, no esperaba encontrármelos en un lugar así y era lo que menos me apetecía en esos momentos. Por su parte, tuvieron la decencia de ignorarnos deliberadamente, como si fuéramos otros rostros desconocidos más.

La sala de espera es un estrecho pasillo donde hay un tráfico de médicos y enfermeras imparable. Cerca hay una cafetería y, en general, es de todo menos tranquila. Estaban muy cerca cuando tomé asiento, así que podía escucharles hablar con ese tono de falsa amabilidad que me daba escalofríos. Y un poco de rabia, aunque por suerte no soy una persona irascible. Vestían de riguroso traje, pero era un traje anticuado, nada pretencioso, más bien recatado. Digamos que les daba formalidad, como si fueran vendedores de seguros. En realidad, eran vendedores de algo. De falsas esperanzas. De mentiras. De fe. De vida eterna a cambio de una mínima cantidad de dinero y todo tu tiempo.

Entre las manos lucían unas lujosas carteras de piel que contenían sus herramientas de convencimiento, literatura que procedía del propio Altísimo. Yo los ignoraba pero me molestaba tenerlos cerca porque sabía lo que hacían allí. Miraba a las puertas de enfrente que eran rojas, dentro podía cambiarte la vida en un puñado de minutos. Todos los pacientes que esperaban ahí, estaban, más o menos, en una situación parecida. El color rojo me recordó al color de la sangre, precisamente lo que había traído a esos predicadores a las puertas del hospital.

El color rojo me recordó al color de la sangre, precisamente lo que había traído a esos predicadores a las puertas del hospital.

Formaban parte de un Comité de la Sangre que se encargan de negociar con los médicos métodos alternativos a las prohibidas transfusiones de sangre. Al rato, de hecho, sale otra pareja de hombres acompañados de tres médicos. Los médicos apenas se despiden con un seco ademán, pero ellos se van felices. Se reúnen con sus compañeros y mantienen una charla en tono sereno. Han accedido a operarlo sin sangre, aunque al principio no estaban de acuerdo. Puede ser peligroso para su vida, decían, porque las alternativas no son tan rápida como la transfusión. ¡Pero qué valor tiene hacer lo que la Verdad nos indica que hay qué hacer! Es difícil contener el impulso de levantarse y pedirles que se vayan de allí, que un hospital no es el lugar que les corresponde. Me pregunto si de estar ellos sentados ante las puertas rojas defenderían, con tanto tesón, la abstención de sangre. Al final sé que, con toda seguridad, sí. Es lo que tiene en fanatismo.

Cuando por fin se van, siento que puedo respirar tranquila. Devuelvo la mirada a mi lector electrónico (estoy leyendo La isla y los demonios) porque sé que leer me tranquilizará. Será una mañana larga, allí siempre lo es. Entonces una señora mayor dice a nadie: que farán estes aquí co dichoso tema da sangre. Otro señor le contesta sacudiendo la cabeza.

Me pregunto si de estar ellos sentados ante las puertas rojas defenderían, con tanto tesón, la abstención de sangre. Al final sé que, con toda seguridad, sí. Es lo que tiene en fanatismo.

Yo prefiero no intervenir, pero si lo hubiera hecho habría dicho que carecía de ningún tipo de lógica o de criterio. Que la razón por la que poner en riesgo la vida de un ser humano (según ellos, sagrada) se basa en tan solo dos versículos de la Biblia escritos muchísimo antes de que las transfusiones salvaran vidas. Dos insignificantes versículos que, aún hoy, son capaces de entorpecer el trabajo llevado a cabo tras las puertas rojas.

Photo by Kelly Sikkema on Unsplash

Yo no escribo novela lésbica

Ellas no son escritoras de literatura lésbica. Y yo tampoco.

Vivimos en el momento dorado de la diversidad y la variedad en la literatura. El auge de las plataformas digitales, la demanda de un público variopinto y el coraje de muchos autores y autoras que se han lanzado (¡por fin!) a escribir lo que realmente querían escribir ha fomentado que apenas quede ningún tipo de género literario por diversificarfantasía con personajes LGBT, ciencia ficción al más puro estilo feminista, mujeres escritoras que se atreven con todo y más y son aplaudidas por ello. Sí, los tiempos cambian (en algunos aspectos para mejor) y es algo que tenemos que celebrar pero, además, seguir luchando para seguir progresando.

Es algo de lo que se ha hablado muchísimo, pero cabe repetirlo de nuevo. Cuando yo era más joven nunca leí una novela por azar que incluyera algún personaje con el que me pudiera sentir libremente identificada. En las novelas de Danielle Steel o Nora Roberts el prototipo de romance heterosexual funcionaba muy bien y no era necesario cambiarlo, Ken Follet tampoco abogó nunca por una visibilidad específica y, mal que me pese, en el mundo mágico de J.K. Rowling tampoco pude disfrutar de ninguna bruja lesbiana. Poco a poco, sí que fui encontrando algún que otro referente, pero relegado a un segundo plano, casi invisible y que no moleste demasiado. Me viene a la mente la novela de El hombre equivocado de John Katzenbach, en la que me encontré una de las primeras parejas de mujeres (muy tiernas, y muy todo eso) dentro de la normalidad (pero no, no eran protagonistas, más faltaría).

Ya he citado muchas veces mi referente, pero nunca está de más. Tomates verdes fritos es otro de estos grandes descubrimientos: novela intimista, con una pareja de mujeres muy sutil, feminismo, racismo e historia en general. Una joya que no se repetirá nunca más. Pero luego ya se abrió ante mí el paraíso: el auge de la literatura indie dio a conocer a un grupo muy subrayable de autoras que apostaron por un tipo de novela cuyo premisa principal aseguraba que en ella nos encontraríamos una novela lésbica. ¡Una novela lésbica! Y no una en realidad: hasta dos, y tres, y cien. Y hay de todo: novela romántica, policíaca, ciencia ficción, fantasía, intimismo. Espera… espera… ¿Esto es real? ¡Qué alguien me pellizque!

Pero hay algo amargo en esto. ¿Lo veis?

Sí. Sé que lo veis.

Y a cuento de esto viene el título de este post. Porque aunque sea verdad que Gemma Jordán Vives, Emma Mars, Clara A. García, A.M. Irún, Adriana Marquina, Fani Álvarez, Marta Catalá y un largo etcétera se han dado a conocer bajo este sello de literatura lésbica os voy a contar un secreto: ellas no son escritoras de literatura lésbica. Y yo tampoco.

Cuando yo me sentaba a escribir mis primeras historias (hace ya mucho tiempo) recuerdo los fuertes reparos que sentía en mi vergüenza interna por querer que mi protagonista mujer se enamorara de otra mujer

No es que tenga en nada en contra de los conceptos y las guías para saber qué nos vamos a encontrar. Pero las etiquetas me resultan molestas. Cuando yo me sentaba a escribir mis primeras historias (hace ya mucho tiempo) recuerdo los fuertes reparos que sentía en mi vergüenza interna por querer que mi protagonista mujer se enamorara de otra mujer; pero al final me decía que eso era demasiado atrevido, que dentro de un tiempo lo leerían mis amigos o mis padres y que me pondría en entredicho. No os podéis imaginar la cantidad de veces que lidié esa batalla conmigo misma. Pero, ¿quería escribir yo una novela lésbica? ¡No! Solo deseaba que dentro de mi novela (en este caso era de fantasía) dos mujeres pudieran amarse de manera tan común como dos personajes de distintos sexos.

Luego este tema fue evolucionando. Con los mismos nombres que había utilizado para escribir mi historia fantástica ideé un mundo más real, enfocando una trama de misterio dramático en una aldea gallega. Fui un poquito más intrépida e hice que la mejor amiga de la protagonista se enamorara de ella, aunque esta nunca pudiera corresponderle de ningún modo. ¡Ay! No sabéis lo orgullosa que estaba de mi chica homosexual (aunque para mí era mucho más que ese término) que, ya entonces, se llamaba Olga. ¿Estaba escribiendo una novela lésbica? Creo que no.

Porque yo leo más cantidad de novela heterosexual que de novela lésbica, pero parece que el mundo heterosexual no puede asumir leer novela lésbica.

Y os contaré un secreto: creo que ninguna autora o autor escribe novela LGBT propiamente dicha. Escriben novela romántica, novela fantástica, novela intimista, novela de ciencia ficción en cuya trama se refleja algún personaje homosexual. No sé en qué clase de mundo seguimos viviendo que hace que este tipo de libros deban tener  un distintivo, como si solo pudieran enfocarse a un público general. Qué rabia. Como si fuera un problema, una barrera, un distintivo. Qué chirriante. Porque yo leo más cantidad de novela heterosexual que de novela lésbica, pero parece que el mundo heterosexual no puede asumir leer novela lésbica.

Publiqué mis dos novelas sin etiquetarlas en realidad, no quería hacerlo. Y esta vez no era porque me sintiera avergonzada o tuviera temor, sino porque no le encontraba el sentido y hoy en día no me arrepiento. Aunque he de reconocer que una buena parte de los lectores vienen de la mano de personas LGBT interesadas en encontrarse en los libros (como yo misma hago) no creo que sea un género exclusivo para ellas. ¿Qué sentido tiene, pues, la libertad y la visibilidad si no podemos llegar a todo el público lector? ¿Existe algún derecho que nos vete el acceso? ¿Es acaso la etiqueta de la bandera de arco iris una aduana a pagar?

 

Fotografía portada: Photo by Denise Chan on Unsplash

Preciosa reseña para ‘Todas las horas mueren’: Serena Vives

Es una hora difusa del sábado, te encuentras corrigiendo un manuscrito y planteándote a cada paso una y mil veces si tengo el suficiente talento para esto o si merece la pena seguir, si sigue habiendo alguien al otro lado. Qué os voy a contar de la desesperanza que produce a veces este oficio.

Entonces suena una notificación y es un mensaje de una lectora que ha leído Todas las horas mueren, que le ha gustado y que ha escrito una reseña preciosa. Y tú sonríes en la soledad de tu casa, con tu mesa llena de papeles de los que algún día saldrá otra novela. Es ahí cuando sabes que las ojeras y todo ese café merece la pena únicamente para recibir un mensaje así.

Muchísimas gracias a Serena Vives por haber mostrado interés en mi novela y dedicarme un rincón en su espacio web. Podéis leer la reseña si pincháis en este enlace, ¡espero que os entusiasme tanto como a mí!

Con una calidad y una profundidad narrativas que la alejan con distancia de la etiqueta de obra novel

Son los relatos que confluyen en una narración personal e íntima, entretejida con emotivas reflexiones llenas de madurez sobre la fragilidad y el paso del tiempo

 Y es que, aunque el tiempo y las horas mueran, lo que permanece vivo no es más que el recuerdo y la memoria.

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Podéis leer más reseñas aquí

O, si os ha llamado la atención, podéis adquirir la novela aquí.

Los rituales de escritura [BlogTag]

Es gracias al vídeo de Ana González Duque y al de Javier Miró que me he tomado la libertad de adaptar este BookTag para Youtube a mi espacio. En realidad he encontrado este desafío (o más bien, confesión) en otros blogs, tanto en inglés como en castellano, así que tampoco me voy a colgar la medalla de ser pionera en algo. En fin, que me ha parecido un cuestionario curioso, cuánto menos, y enfocado a lo que más disfruto (y sufro) haciendo: escribir.

Así que aquí estoy, en mi casa, respondiendo al Writing Rituals Tag o el reto de los rituales de escritura.

  • ¿Cuándo escribes? 

Dado que mi jornada laboral es partida, parte por la mañana y parte por las tardes, mis horas para dedicarme a escribir son reducidas. Hace algunos años, era una escritora nocturna. Escribía todas las madrugadas, como si no necesitara dormir, y cualquier día de la semana.

Esta costumbre fue evolucionando con la llegada de una vida más adulta con sus ineludibles obligaciones, así que suelo escribir en casa por la tarde (a partir de las seis hasta las ocho, más o menos) y, en ocasiones, después de la hora de cenar. Aunque he de reconocer que no es una rutina diaria ni mucho menos, son muchas las semanas en las que apenas me siento a dedicarle tiempo a las teclas porque otros temas personales me lo impiden o por propio cansancio. Y ya no hablemos de cuándo las musas no quieren aparecer…

Los fines de semana me gusta dedicarme una buena maratón al proyecto en el que esté trabajando. Ahí el horario es libre y puede variar de entre dos a ocho horas… ¡No sabéis lo bien que me siento después!

  • ¿Cómo te aislas del mundo exterior?

Tengo la suerte de que mi casa es bastante solitaria. Muchos meses mi mujer está trabajando fuera o, cuando está aquí, suele estar en su trabajo cuando yo llego a casa. Y los gatos aprovechan para seguir durmiendo… así que no necesito demasiado para aislarme del mundo: terminar lo que me ha quedado pendiente de la mañana, llamar a quién tenga que llamar, un café caliente y… ¡a escribir!

  • ¿Cómo revisas lo que escribiste el día anterior?

Como he dicho antes, no siempre puedo escribir todos los días (por motivos ajenos o por falta de capacidad de sentarme a hacerlo), pero suelo revisar lo escrito el mismo día que lo he hecho algunas horas más tarde. Generalmente, cuando en la siguiente jornada me pongo a escribir, prefiero hacerlo de manera directa sin más preámbulos. Por eso, procuro dejar acciones atadas al final de cada escritura.

Cuando esto no es posible (bien porque me atasco, bien porque se trata de una parte demasiado extensa) sí que suelo releer exhaustivamente esa parte en concreto cada día que voy a comenzar con ello. Lo hago despacio, deteniéndome en corregir lo más destacable, pero mi objetivo siempre es continuar: ya habrá tiempo de revisarlo todo al terminar.

  • ¿Qué canción es la que te gusta cuando te sientes poco inspirado?

No suelo escuchar música en el acto escribir (antes sí que lo hacía), pero sí que me tomo pausas muy a menudo, también me pongo dos o tres canciones antes de empezar y al terminar. Y, en general, me paso el día escuchando música (conduzco una media de dos horas al día, eso me da tiempo a quemarme varios CDs). Soy una fan incondicional de lo conocido como género indie en castellano (lo siento, pero no suelo seguir ningún grupo ni cantante en inglés…): Love of Lesbian, Rozalén, Vestusta Morla, Izal, Vanessa Martín, Andrés Suárez, Iván Ferreiro… os hacéis una idea, ¿no?

  • ¿Qué haces siempre cuando te encuentras luchando con el bloqueo del escritor?

¡¡Vivo en un permanente bloqueo del escritor!! Y me ha sorprendido leer la cantidad de escritor que afirman no haberlo sentido nunca. Aunque claro, antes de nada voy a definir lo que es para mi el bloqueo (de eso he hablado en otras entradas, como en la de Abandona la novela).

Existe el bloqueo en el que, sin más, las ideas no llegan y la narración no fluye. La mente se ha quedado yerma, como un campo sobre el que no llueve y, simplemente, no nace.

A su vez, existe una especie de parálisis terrible: las ideas están ahí, las ganas también, pero cuando me siento ante el teclado no sale, no puedo. Me vence una sensación de derrota inadmisible, me siento exhausta. Para mí este es un punto crítico y doloroso (tal vez motivado a lo que mis propias letras despiertan en mí) y me veo obligada a tomarme largos periodos de descanso.

Así pues, para vencerlo, el descanso es importante. Mimarme, leer mucho, escribir entradas para este blog, ir a conciertos, al cine, ver series que me motiven y me lleguen de verdad. Y, sobre todo, el deporte. El correr y el caminar para mí han sido dos herramientas que me han salvado la vida, es a lo que recurro a diario para mantenerme en equilibrio conmigo misma.

  • ¿Qué herramientas usas cuando escribes?

¿Herramientas? ¡Bendito Microsoft Word!

  • ¿Cuál es la única cosa que no puede vivir sin una sesión de escritura?

Un café (o dos, o tres) y mis gatos cerca. Eso sí, la mesa debe estar ordenada y la habitación tiene que tener una aroma relajante (incienso, vela aromática…) y estar bien iluminada (preferiblemente por luz natural).

  • ¿Cómo te alimentas durante tu sesión de escritura?

No me gusta comer delante del ordenador. De hecho, soy muy estricta con ello. Para comer, cenar y merendar me gusta levantarme y hacerlo en la cocina. Me obliga a separar una cosa de la otra, aunque esté sola en casa en ese momento.

Sí que es cierto que casi siempre estoy tomando café mientras escribo (puedo tomarme de dos a cinco al día) y, de vez en cuando, picotear algo de fruta o humus con piquitos (qué vicio, por favor). Y chocolate. Pero el chocolate forma parte de los motivos para vivir.

  • ¿Cómo sabes cuando termines de escribir?

Voy a tomarme esta pregunta en el sentido de terminar de escribir la novela, no así su corrección (ese es otro cantar).

La historia se cierra sola. He de confesar que escribo por impulsos, odio tener un plan establecido, odio hacer fichas de personajes, hacerme esquemas y demás. No puedo con eso. Pienso en la novela durante todo el día, pero jamás tomo apuntes de nada. Sí, lo sé, soy un desastre (por eso os digo que para mí, escribir, es lo menos disciplinado que existe).

Pero sé cuándo se termina, aunque a veces me cuesta interpretarlo. Por ejemplo, terminé la secuela de Marafariña cinco veces distintas. Supe que los finales no eran definitivos porque la historia seguía llamándome una vez terminada, los personajes me reclamaban y yo me sentía vacía. Cuando ellos dejan de hablarme, cuando la novela me deja descansar, sé que está terminada.

¡Y hasta aquí este Tag de escritura! Por favor, comentadme qué os ha parecido… ¿Os ha sorprendido alguna respuesta en concreto?

Gracias por leerme una vez más. ¡Felices Letras!

Escribir para mí

Hace unos días estaba tomándome algo con un buen amigo. Como casi siempre que quedo con alguien que me conoce bien, lo primero que ha hecho ha sido preguntarme por la escritura. El tema de conversación empezó a evolucionar por otros derroteros hasta terminar en una frase muy esclarecedora: «Es bueno leer aquello que tú disfrutas escribiendo. O, tal vez, debería decir lo que sufres escribiendo».

Es un secreto a voces el sufrimiento de cualquier artista, sobre todo el que se implica emocionalmente en esta tarea. Hace ya mucho tiempo que me di cuenta de que el gusto por escribir y la pasión por hacerlo está ligada de forma íntima a lo que nos cuesta y nos desgasta. Como cualquier otro compromiso, obligación o trabajo es, al fin y al cabo, una carga. Una carga que nos reporta maravillosos beneficios pero siempre tendremos la sensación de que estos llegan tarde y rara vez compensan el alma que nos dejamos en ella.

Es mi alma la que lo necesita antes que nada, me lo pide a gritos, es muy insistente y caprichosa.

No, realmente, no podríamos escribir solo para ellos. Para vosotros.

Por favor, no me entendáis mal. Una novela no sería absolutamente sin aquellos que la tomáis entre vuestras manos y la leéis con cariño y honestidad. No tendría sentido ninguna de mis páginas escritas si nadie dedicara su tiempo a leerlas. Lo sabéis, lo he dicho muchas veces, mis historias os pertenecen y tienen su razón de ser en los que las revivís en vuestras casas cuando yo ya me he despedido de ellas. Este es el ciclo y el acuerdo al que hemos llegado y lo valoro como el tesoro más preciado. Pero os puedo asegurar que, egoístamente, cuando me siento a escribir lo hago para mí.

De lo contrario, no podría hacerlo. Es mi alma la que lo necesita antes que nada, me lo pide a gritos, es muy insistente y caprichosa. En la literatura reside (y ha residido siempre) mi motivo de vida desde que soy una niña, aunque no siempre he sabido verlo. La necesito. Si no estuviera ahí no tendría sentido nada para mí. Y no es una frase poética ni un alarde, es una realidad. Las veces que he intentado apartarme durante un tiempo de la literatura el resultado ha sido desastroso.

He discutido mucho este tema con otros compañeros de profesión y me he dado cuenta de que hay tantos tipos de escritores como novelas. No es algo que me extrañe, aunque a veces es complicado que nos lleguemos a entender unos con otros. Envidio a aquellos que son capaces de darle a la tecla y que admiten divertirse y evadirse con facilidad, un ejercicio que les permite relajarse (yo escribí así durante muchos años). También a los que no soportan dentro de sí la presión interna por escribir, los que no se torturan por tener que hacerlo, los que lo hacen sin más porque fluye. Y a los que dicen que nunca han sufrido el bloqueo del escritor… ¡Dichosos sean!

Las veces que he intentado apartarme durante un tiempo de la literatura el resultado ha sido desastroso.

Hay una espinita que ronda por ahí a veces. No sé explicarlo del todo bien, pero es una sensación que soy capaz de notar que me produce un placer y una paz. Es la escena de verme a mí misma escribiendo una parte de la que he disfrutado especialmente y, como una adicta, me siento frente al texto en blanco para volver a sentirla. Eso me lleva a frustrarme en ocasiones, porque cuando quiero escribir siento miedo y me angustio. Y no puedo. A veces tardo demasiado en recuperar dicha sensación (¿cómo podemos llamarla? ¿felicidad?). Casi podría recordar esas partes escritas en mis novelas en las que he sentido esa sensación.

Cuando Ruth conoce a Olga en aquella cena familiar.

Cuando Olga se baña en el río y se ríe a carcajadas.

Cuando Dorotea llega a Fontiña por primera vez.

Cuando Olivia y Laura viajan a Argentina.

Cuando esa flor violeta… ¡Ups!

Hay muchas más.

A veces le digo a mi mujer que sufro mucho escribiendo y que antes eso no me ocurría. Entonces ella me dice que siempre he sentido lo mismo pero, una vez transcurrid el tiempo, me agarro a lo positivo que sentía y me olvido de lo que me ha costado. Y yo le agradezco esa honestidad, porque es increíble la facultad de mi mente de intentar colmar mi pasado de optimismo (gracias, mente) y de hacerme creer que ahora todo es más difícil. No, Miriam, esto siempre ha sido igual de duro.

Pero cómo disfruta, en realidad, esta gallega cuando escribe. De verdad. Y ahora pensaréis que soy una contradicción. Pero escribir me permite entenderme y encontrarme a mí misma. Perdonarme. Me permite dejar de estar sola y comprender las razones de ciertas vivencias y las mentiras de otras tantas. Me ayuda a aprender a despedirme, a mitigar la angustia. Escribir me mantuvo a flote siempre, fue mi motivo para respirar. Mi mundo no se puede terminar porque todavía tengo que escribir esta novela.

Cada vez que escribo entradas así me acuerdo de La mujer loca de Millás.

—¿Tú escribes porque sí o porque no?
—La verdad, no me lo había planteado.
—¿Pero eres escritor o tienes escritura?

Así que espero que no os enfadéis conmigo por mi egoísta dedicación a la escritura, por reconocer que, en primera instancia, lo hago todo por mí. Sé que lo entenderéis. Porque sabéis que los que estáis ahí, al otro lado, sois los que me ayudáis a afrontar los bloqueos, a mitigar el cansancio, los que me dais alas, los que le dais poder a mis letras. Si yo me rindo cien veces, vosotros me animáis un millón más.

Pero cómo disfruta, en realidad, esta gallega cuando escribe.