Senderismo: Fragas do Eume

Este espacio, como yo, todavía busca su identidad. Y estoy en la continua búsqueda de crear contenido, de acercarme a vosotros y de que vosotros os acerquéis a mí. Aunque esta web es, y seguirá siendo, un lugar para hablar de literatura, considero (y espero que vosotros también) que también hay un hueco para hablar de experiencias personales. Al fin y al cabo, de ellas nace todo lo demás, ¿no?

He de reconocer que la idea mi vino gracias a Javier Miró y a una de sus entradas en su web. También otorgo la mención que se merece a mi amiga Silvia Paz, que me animó a romper un poco con la tendencia que estaban teniendo las últimas entradas. Y, por supuesto, vosotros: los que miércoles tras miércoles estáis ahí para leerme.

Y como es verano, se escribe menos y se sale más, me gustaría compartir en este espacio, tan nuestro, nuestra casa, los lugares que voy conociendo y mis pequeñas aventuras. Si bien es cierto que no soy una persona que viaje demasiado (sí que lo hago dentro de España, pero apenas he salido al extranjero) me encanta conocer los rincones de esta Galicia que, de verdad, parece que cada día crece más y más. Siempre hay tesoros por descubrir en el fin del mundo.

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Aquí, una servidora, en Marafariña

Uno de los paisajes más hermosos y verde que podéis encontrar aquí son las célebres Fragas do Eume, uno de los bosques atlánticos de ribera mejor conservados de toda Europa, probablemente del mundo. Es, además, un paraje lleno de actividades diversas: desde baño en el río, picnic, senderismo, ciclismo, kajak, fotografía, pesca… Os lo advierto, una vez que vengáis, no podréis dejar de hacerlo.

Por mí parte, yo me acerqué allí por lo evidente: ya no solo por la clara similitud que tienen las Fragas con Marafariña, ni por mi amor por la Naturaleza, ni por la magia que se respira en cada rincón. Si no que, también, desde hace ya unos tres años, comencé mi formación como andadoraNo pretendo daros una clase de los beneficios de salir a caminar, de cómo empezar y cómo progresar (a no ser que estéis interesados, no tendría ningún problema) pero os puedo asegurar que a mí, personalmente, me cambió la vida, física y psicológicamente.

Digamos que la ruta de senderismo de las Fragas del Eume era un reto. Son casi 15 km (en un recorrido circular), 7.5 de los cuáles (los de ida) son por un terreno accidentado en la mayoría de los tramos y con complicaciones varias que exigen una buena formación física y, además, mantener la concentración. ¿Lo mejor? Que todo el camino transcurre a la orilla del fascinante río Eume, ancho, cristalino, poderoso… ¡Y helado! Se pueden tomar descansos para refrescarse en los diferentes manantiales naturales; incluso darse un chapuzón. También se pueden sacar fotografías realmente asombrosas. ¡Y desconectar! Porque no gozaréis de cobertura en casi ningún lugar de la totalidad de la senda.

Existen tres puntos claves que  marcarán la ruta y, además, nos permitirán hacerla en la medida de nuestras posibilidades. Los dos primeros son los puentes colgantes que cruzan de una orilla a la otra (la ruta es circular, si estamos exhaustos, es un buen momento para dar la vuelta), y un último puente de madera muy cerca de nuestro destino.

Que la magia también reside en la meta, nada más y nada menos, que el Monasterio de Caaveiro. Una edificación que data del año 934. Una auténtica fortaleza en medio de la espesura, totalmente alejada de la civilización. La imaginación se dispara al recrear el retiro real que los anacoretas de la zona disfrutaban en ese auténtico paraíso (por cierto, hay diferentes visitas guiadas gratuitas).

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Llegada al Monasterio de Caaveiro (después de una laaaaaaaarga cuesta)

Después de descansar, disfrutar y reponer fuerzas (hay una fantástica cafetería en la que sirven granizados helados de frutas naturales, deliciosos) la vuelta es recomendable realizarla por la ruta de la otra orilla, que transcurre por carretera asfaltada y es prácticamente llano. Por ese lado, tampoco tiene desperdicio. Podemos disfrutar de manera más relajada del paisaje del río, de la grandiosidad del bosque, de su melodiosidad y de infinitas curiosidades. Pero eso os animo a que lo descubráis por vosotros mismos.

Os animo a que me comentéis si os gustaría que hiciese más entradas de este tipo, si conocéis alguna ruta en Galicia que me recomendéis hacer o si vosotros también habéis sucumbido a la magia de las Fragas do Eume.

Para saber más

Lo que Elena Greco me enseñó de mí

La literatura nunca es vacía (o no debería serlo).

Ha sido un viaje muy intenso el que he vivido con la saga Dos Amigas de Elena Ferrante, traducida al español por Celia Filipeto, y de las que os he hablado individualmente a lo largo de estos meses en A Librería. En ocasiones, una historia nos marca de manera especial sin saber muy bien las razones. Creo que, en este caso particular, lo que ha ocurrido es que me he sentido muy unida a la protagonista, Elena Greco (o Lenù, que estamos entre amigos) y me ha enseñado muchas cosas sobre mí misma.

Siempre he buscado el significado de mis propias letras al escribir. Las dos novelas que he publicado hasta la fecha son una buena muestra de ello. La literatura nunca es vacía (o no debería serlo). Tras ella existe un proceso largo, duro, hermoso, mágico de catarsis de sentimientos reales, de pensamientos humanos, de miedos primarios y de anhelos incontenibles. Es lógico que detrás de este tipo de novelas tan intimistas se esconda un halo intenso de amargura, porque la realidad es demasiado gris para mostrarse, simplemente, feliz. Tal vez por esto, la apuesta editorial por estas obras ha caído en picado, y son otros focos más despreocupados y comerciales los que ocupan los rankings de ventas. Pero, no lo olvidemos: que nos tapemos los ojos ante estos sentimientos sofocantes no nos impedirá tener que enfrentarnos a ellos algún día.

Por supuesto, no lo tuvo sencillo: en su entorno familiar nadie creía que los libros pudieran servirle para nada, mucho menos si ella era la encargada de escribirlos.

De todo esto me ha enseñado Lenù muchísimas cosas. Ella escribió desde pequeña, encontraba en la literatura una manera de identidad. Sin darse cuenta, se convirtió en una niña inteligente y estudiosa, muy volcada en convertirse en alguien que merecía la pena. En alguien mejor. Por supuesto, no lo tuvo sencillo: en su entorno familiar nadie creía que los libros pudieran servirle para nada, mucho menos si ella era la encargada de escribirlos. Durante toda su infancia y adolescencia luchó contra ese lastre de negatividad, las musas se impusieron. La hicieron fuerte. Me sentí muy identificada con esa niña solitaria que escribía, faceta a la que a algunos le resultaba curiosa y, por qué no decirlo, una rareza. Ha sido complicado unir mi pasión por escribir con las aficiones de otros amigos en mi edad más temprana, al fin y al cabo, es una actividad que se disfruta y se sufre en solitario.

Este afán de superación de Lenù la lleva a publicar, con éxito, su primera novela. Una historia más bien autobiográfica de ficción (algo así como mi Marafariña fue para mí), acogida con entusiasmo por la crítica y los lectores, pero con recelo y pavor por parte de su entorno familiar. Lenù se sintió desnuda, tanto como me sentí yo. Pero se sintió un poco más grande, un poco más de lo que me sentí yo. Escribir sobre nosotras, con cierta distancia, curó heridas que parecían incurables. Sacamos un coraje propio que no sabíamos que poseíamos. Y, por supuesto, Lenù se enfrentó a críticas negativas que la torturaban y la hacían arrepentirse de su obra, algo que a mí tampoco me fue ajeno en todo este camino.

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Imagen de la obra teatral The Story of the Lost Child. Lila y Lenù.

 

La inseguridad fue, a lo largo de toda su vida, una de las características principales de su carácter. Fue esta baja autoestima, esta timidez, el quererse demasiado poco, lo que la hizo anclarse a un irrefrenable amistad con Lila Cerullo, la llamada amiga estupenda. Yo también he tenido a más de una Lila en mi vida, amistades que proyectan sobre ti su sombra, que son casi como sanguijuelas, que te hacen daño. Tal vez no deliberadamente, tal vez sí. En ocasiones es difícil darse cuenta o escapar, no te sientes con la suficiente determinación, la suficiente autenticidad para decirle a esa Lila que ya no quieres seguir siendo su amiga.

Este afán de superación de Lenù la lleva a publicar, con éxito, su primera novela. Una historia más bien autobiográfica de ficción (algo así como mi Marafariña fue para mí)

Pero con Lila no todo fue negativo, de hecho, en gran parte de los momentos más crudos de su vida formó parte del pilar al que aferrarse. En muchas ocasiones, podría decirse que salvó a Lenù de sí misma. Así que de Elena Greco también aprendí que las relaciones humanas de amistad son un acto tan maravilloso como complejo, que hay que ser consecuentes, que hay que aferrarse a ellas y huir cuando es necesario. Pero que el verdadero cariño permanece, a pesar de todo.

Por supuesto, Lenù me enseñó muchísimas cosas sobre la intensidad del amor, al que ella se entregó sin medidas, con locura, sin temor a hacerse daño pero haciéndoselo igualmente. Me enseñó que, cueste lo que cueste, hay que perseguir lo que se ama. Y, también, que hay que saber cuándo hay que dejar de hacerlo. Que el fuego es hermoso, otorga calor, pero también puede abrasar las entrañas. Que a lo largo de los años puede crecer, hacerse sólido y dar poder. Que el amor es lo primordial. Y no solo el amor por los demás, el amor romántico, el amor fraternal, el amor familiar. No. Me refiero al amor por una misma, al propio, que es el que nos mantendrá vivas de verdad hasta la finitud de nuestros días.

Los errores

He cometido más errores en mi vida de los que podría detallar. Y, con ellos, puedo hacer dos cosas: aprender y escribir historias que me ayuden a superarlos.

Con esta frase comienza el prólogo de mi próxima novela en la que estoy trabajando con tesón (y en la que seguiré haciéndolo todo el verano, el próximo otoño, al caer el invierno y al florecer la primavera). Resulta un poco irónico que de esos errores a los que me he querido referir ahí pueda nacer una historia que, a su vez, abarca muchas historias.

Os voy a contar un secreto, ya que estamos en casa, ya que hemos formado esta pequeña comunidad íntima y cálida. Sé que puedo contar con vosotros, tengo esa confianza ciega en que trataréis con honesto cariño todo lo que os diga. Lo justo sería escribir un post cada día para daros las gracias por permitirme liberarme a través de esto (he estado tentada de hacerlo muchas veces), espero que no os olvidéis de todo lo que os debo por estar ahí, mes tras mes, con esa paciencia infinita.

¡Ah! Sí, sí. El secreto.

Hacía mucho tiempo que no podía llorar. Y cuando me refiero al no poder llorar me refiero al llanto de alegría y el de tristeza. Supongo que sabréis lo terrible que es no poder llorar, porque es algo que todos hemos experimentado. Además, sabemos que después de hacerlo nos sentiremos mucho mejor. Pero el estar congelados es un abismo extraño, cómodo e incómodo al mismo tiempo. ¿A qué narrador se le ocurrió la magnífica idea de que nuestra mente fuera tan compleja que ni nosotros mismos podemos dominarla?

Mi otra mitad y yo hablamos durante horas, en una conversación que a mí se me antojó muy dolorosa y, supongo, que para ella tampoco resultó sencilla.

Pues bien, sumado a mi interminable lista de errores, he tenido que añadir alguno más. Hace poco menos de un mes determiné que mi próxima novela (la secuela de Marafariña) ya estaba terminada y era digna de enviarla a mis lectores cero. Esto ocurrió después de que transcurrieran varios meses sin ser capaz de ni acercarme a ella. Entre mis propias páginas y yo se abrió un abismo terrible (pero terrible, terrible) y por eso empecé a publicar post tan apocalípticos como el de Abandona la novela o ¿Por qué no me presento al Concurso Indie 2017?. En fin, que me decidí a ser valiente… para volver a equivocarme.

Justo tras enviar unos cuantos e-mails y mensajes tibios entre aquellos que esperaban leer cómo iba a terminar la historia de Ruth y Olga se sucedieron unas horas extrañas. Mi otra mitad y yo hablamos durante horas, en una conversación que a mí se me antojó muy dolorosa y, supongo, que para ella tampoco resultó sencilla. Porque decirle a alguien a quien quieres que está desgastada y que ha perdido (casi) las esperanzas de volver a escribir con las mismas ganas que antes, que consideras que no lo ha dado todo de sí, es un acto de rebeldía a la tan poco útil condescendencia.

Así que esa misma noche, a horas inciertas y poco adecuadas, comencé a escribir y llamar para disculparme a esos amigos que, con tanta buena fe, se habían dispuesto a leerme de nuevo. Y les pedí perdón por haberles enviado el borrador definitivo que no era el definitivo. Y me sentía de nuevo tan pequeña, tan torpe y tan ridícula que temía al rechazo y a la soledad. Sí, en efecto, me había equivocado de nuevo. Otra vez. El error un millón.

Creo que fue prudente por mi parte haber frenado, recapacitado para hacer resucitar la historia.

Aunque, ahora que lo pienso, decir que eso fue un error es ser un poco dura conmigo misma. Me decía mi otra mitad que si no me hubiera equivocado no me habría dado cuenta de que podría estar mejor y ser más justa con la novela. Lo cierto es que, aunque corrí el riesgo de que mis lectores cero me tomaran por una desequilibrada (aunque a estas alturas es posible que ellos y que vosotros esto ya lo sepáis, le tendré que enseñar a mi terapeuta todas estas entradas, a ver qué me dice), creo que fue prudente por mi parte haber frenado, recapacitado para hacer resucitar la historia.

Así que, error o no, lo que no me gustaría es llamarle fracaso. De todas maneras, creo que ese suceso me sirvió para despertar porque me permitió volver a llorar en esa mezcla de sentimientos que siempre me despierta la literatura (porque al escribir, no pudo evitar hablar de mí misma): tan felices, tan intensos, tan amargos. Fue una manera de pediros perdón y de pedirme perdón por estar tentada de abandonar tantas veces.

Otra vez. El error un millón.

Errores, benditos sean. Porque nos ayudan a crecer, a ser nosotros mismos, a odiarnos para volvernos a querer. Nos ayudan a buscar a nuestros personajes y rodearnos de su abrazo.

¿Vosotros también os habéis equivocado alguna vez?

Pero… ¿Por qué la literatura?

Supongo que tengo esa imperiosa necesidad de sentir que lo que hago sirve para algo más que para mi disfrute individual, quiero buscarle una trascendencia.

Seguro que a vosotros también os lo han preguntado alguna vez, que por qué dedicáis tantas horas a leer, qué clase de entretenimiento tienen esos libros, por qué disfrutáis tanto leyendo, qué es lo que os hace felices (¡feliz! ¡Qué estado de ánimo tan fuerte y complicado!). ¿Y por qué demonios estáis tan radiantes cuando escribís?

No sé a vosotros pero siempre me ha parecido una pregunta bastante difícil de contestar esa de “pero… ¿Por qué la literatura? sobre todo cuando me la lanzo a mi misma en este intento desesperado de buscar el sentido a mis pasos. Supongo que tengo esa imperiosa necesidad de sentir que lo que hago sirve para algo más que para mi disfrute individual, quiero buscarle una trascendencia. Esta semana tuve una charla con mi otra mitad en referencia a esto y, si os digo la verdad, no sabía cómo explicarme. Ni tampoco supe determinar cuándo empezó todo.

Puede parecer una respuesta banal. Pues porque sí. Y ya está. Desde luego, debería ser suficiente. Pero no todo es siempre tan simple y mucho menos cuando hablamos de la literatura (del arte en general, si queréis). Aquí abro un inciso. Como algunos de vosotros sabéis, de vez en cuando estudio algunas asignaturas por la UNED de Literatura y Lengua Castellana, cuando mi trabajo y la vida real me lo permiten. Una de estas materias fue Introducción a la Teoría Literaria en la que aparecían muchas de estas teorías defendidas a través de la historia que buscaban encontrar este sentido del arte. Y, aunque es posible que la literatura tenga una faceta objetiva, también lo es el hecho de que sus cimientos son bastante opinables.

Pero recuerdo, como si fuera hoy, esa impresión de euforia y de cariño hacia esos personajes y ese suceso que me pertenecía a mí.

Las explicaciones acerca del nacimiento y los motivos de la literatura han sido muy varios. Por un lado está el afán de eternizarse, el de encontrar la belleza, el simple deleite, la distracción, la denuncia social y política, la manera de mostrar la fealdad del mundo, el aprendizaje, la ficción… Pero en realidad dudo que, cuando somos niños y empezamos a escribir cuentos porque sí no estamos motivados por nada de esto (o tal vez sí).

Creo que, cuando era pequeña y escribí mi primera historia breve, lo hice sin pensar, sin más. Pero recuerdo, como si fuera hoy, esa impresión de euforia y de cariño hacia esos personajes y ese suceso que me pertenecía a mí. Es cómo alargar un trocito de tu alma y de tus esperanzas. Como pisar sobre una nube y lanzarse a volar. ¿Sabéis a lo que me refiero? Ojalá ese sentimiento pudiera permanecer para siempre tan inocente y tan tierno.

A mí la idea de dejarlo me enloquecía. De hecho, los años que no pude escribir fueron los más fríos de mi vida. Era como no poder respirar.

Con los años ese alegría pueril fue madurando y volviéndose más ambiciosa. Dejó de ser un juego y se convirtió en un alivio para lo que me preocupaba o una manera de distraerme. Pero esa euforia seguía apareciendo. Crecí y eso creció conmigo. Y seguí escribiendo y seguí leyendo, sin plantearme por qué lo hacía, sin plantearme por qué no podía dejar de hacerlo. Por qué yo seguía encadenada a las letras y mi hermana, que también leía y que escribía poemas, podía dejarlo de lado como si tal cosa. A mí la idea de dejarlo me enloquecía. De hecho, los años que no pude escribir fueron los más fríos de mi vida. Era como no poder respirar.

Y hoy día, ya cerca de los veintisiete años, me acuerdo de esa niña que escribía con vergüenza frente al ordenador en su habitación y me abrumaba la ternura y la verdad que había y hay en ella. A la que muchos le decían que eso, en realidad, no servía para nada. La que no paraba de pensar para qué servía, sin esperar a encontrar la respuesta para seguir haciéndolo. No sé por qué seguí, a pesar del cansancio, de la desesperanza, de que nadie me leía, de la ausencia de recompensas. Pero seguí, seguí hasta ahora. Ahora que todavía pienso seguir.

Como si el coraje de mis musas se materializase en mi misma. Y vuelvo a preguntarme por qué demonios escribo a pesar de todo. Y, aún sin saber la respuesta, no dejo de hacerlo.

Lo único que sé es que a mí la literatura me salva la vida día tras día. Porque a veces me siento triste, siento miedo, me siento mal. A veces la vida se me viene grande y no sé cómo afrontarla. Además, por si no lo sabéis, soy una persona débil y pequeña, insegura que anda siempre perdida. Soy todo eso excepto cuando escribo (y, sobre todo, cuando vosotros me leéis) que me vuelvo fuerte, grande y segura. Como si el coraje de mis musas se materializase en mi misma. Y vuelvo a preguntarme por qué demonios escribo a pesar de todo. Y, aún sin saber la respuesta, no dejo de hacerlo.

Este post es un llamamiento a todos vosotros. A los que estáis conmigo. A los que leéis, a los que escribís, a los que pintáis, a los que componéis música o tocáis un instrumento. A los que aprendéis a bailar, a los que diseñáis, a los que imagináis. A los que hacéis todo eso sin saber por qué, sin importar ningún tipo de beneficio material, pero sacrificándolo todo como si vuestra vida dependiera de ello. Porque en el fondo lo sabemos: nuestra vida depende de ello.

Respondedme, por favor, a la pregunta. Tal vez, entre todos, logremos saber cuáles son las respuestas.