Olivia

Son ocho décadas peleando, eso se nota en la mirada.

Creo que desde siempre he pensado demasiado. A lo mejor es un problema inherente a la mayoría de los escritores, el dejar divagar la mente, el adentrarse en las partes más cavernosas de nuestro raciocinio. El querer radiografiar cada instante de la vida que se nos presenta, como un secreto, tan desconocida. Siempre he querido crecer, aprender madurar muy deprisa. Uno de los puntos claves para esto fue mi abuela.

Mi abuela, como ya he dicho en varias ocasiones, ha sido la figura fundamental que ha inspirado el personaje de Olivia de Todas las horas mueren. Y aunque su experiencia no se parezca en nada a la vivida por la anciana escritora de Fontiña, sí que es similar su espíritu, su coraje, su entereza y el reflejo del dolor de toda una vida que no ha dado tregua. Son ocho décadas peleando, eso se nota en la mirada.

De cría pasaba muchas horas con mi abuela. Le gustaba hablar y a mi me entusiasmaba su sabiduría. Además, siempre mostró gran interés por mi afán de escribir y recuerdo con ternura cómo le leía mis pequeños relatos en la cama, antes de dormir (sí, yo le leía a ella, cuando su visión empezaba a fallar). Ella siempre mostró esa docilidad complaciente, esa ternura en las mejillas y la templanza en su voz, como si ya nada de lo que pudiera suceder la perturbara. Poco a poco, fui viendo cómo envejecía más. Y, al mismo tiempo, cómo se hacía más fuerte.

Olivia nunca fue madre (al contrario que mi abuela, que tuvo cuatro hijos y un gran número de nietos), por lo que su vida transcurrió solitaria. Además, no tenía a sus padres ni familia directa. Creció sola y maduró sola, y en las sombras de ese silencio forjó un carácter desconfiado y huraño. Además, vivió en la represión del franquismo y sufrió la censura y la violencia. Fue en uno de los puntos más negros de la historia de España dónde se enamoró por primera y última vez. Mi abuela no habló demasiado del amor romántico, pero sí de la amistad y del cariño a los suyos. Conmigo fue amorosa siempre (todavía lo es) y respetuosa. Goza de esa elegancia y ese saber estar que viene intrínseco, que no se aprende. Olivia también es un poco así, tan constante, tan sobria, tan serena.

A estas alturas, mi abuela ya no puede leer mis novelas. Creo que mi madre le ha leído algunas de las partes más bonitas de Todas las horas mueren. A veces sonríe, aunque al rato no pueda recordarlo bien. De vez en cuando me pregunta si sigo escribiendo. Yo siempre le digo que lo hago gracias a ella. A veces, cuando está muy enferma en cama o durante sus estancias en el hospital, me pongo a leer un libro a su lado.

Creo que le da paz.

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¿Por qué no me presento al Concurso Indie 2017?

En ocasiones, he tenido la impresión de haber comenzando la casa por el tejado, de haberme lanzado a la piscina sin saber nadar.

Hace exactamente un año preparaba el lanzamiento de Todas las horas mueren. Había dejado la novela guardada en el cajón durante meses para presentarla al Concurso Indie de Amazon. Al final, el galardón se lo llevó Ningún escocés verdadero (en mi opinión, un trofeo muy merecido, como os conté en su momento en A Librería) y mi obra tuvo que conformarse con los resultados obtenidos que, también publiqué hace algún tiempo en esta web. Creo que el Concurso Indie de Amazon es un buen escaparate para que los autores noveles se hagan ver en medio de la gran cantidad de obras que se suben a diario a esa plataforma mundial. Además, diré, que también es una ocasión idónea para que algunos escritores estrechen lazos y se relacionen entre sí. En mí caso, lo viví con mucho compañerismo (yo tuve la suerte de encontrarme con Lorena Franco, Marta Sebastián o mi querida almeriense Fani Álvarez). , buen ambiente y nada de competencia desleal. No tengo ninguna queja al respecto.

Muchos sois los que me habéis estado preguntando en las últimas semanas si, acaso, la publicación de mi próxima novela será para el Concurso de Amazon de este año. Para confirmaros a todos os diré que no, no tengo intenciones de participar en el Torneo literario este año y, en añadidura, tampoco cuento con ningún proyecto concretado de publicar una nueva obra a lo largo de este 2017.

Vamos a hablar con calma, ¿de acuerdo?

Algunos me leéis desde que empecé, desde que firmé mi primera novela con M.B.Vigo, cuando no conocía muy bien el funcionamiento de las RRSS y, en general, del mundo literario y de la autopublicación. En ocasiones, he tenido la impresión de haber comenzando la casa por el tejado, de haberme lanzado a la piscina sin saber nadar. No me refiero exactamente al contenido de Marafariña ni Todas las horas mueren (en realidad, sigo amando y respetando esas dos obras), pero sí a mi forma de hacérosla llegar y a mi forma de presentarme.

He cometido muchos errores que, durante un tiempo, me han carcomido. He pagado algunas consecuencias que son, en definitiva, solo culpa mía. Y he hecho cambios en el camino. El primero de ellos fue respirar hondo, serenarme y tomarme las letras con mucha calma, porque tenía la impresión de ser víctima de una maratón que yo misma había organizado. En él, había tanto ruido que terminé exhausta sin conseguir apenas resultados.

Creo que el Concurso Indie de Amazon es un buen escaparate para que los autores noveles se hagan ver en medio de la gran cantidad de obras que se suben a diario a esa plataforma mundial.

Así pues, habréis notado que en los últimos meses ha habido cambios sustanciales en mi manera de comunicarme y de transmitir mi trabajo. Me he visto obligada a romper algunos lazos que me resultaba perjudiciales, pero he tenido la oportunidad de afianzar muchos otros. Esta fue una de las principales razones por las que cerré aquel blog, Las mentiras que escribí, por el que muchos llegasteis a conocerme: sí, muchos contactabais conmigo como la escritora de reseñas, las que os podía ayudar con vuestros libros, las que os podía dar algo de publicidad (aunque fuera pequeña). Tuve la incómoda impresión de que había muchos amigos ahí a los que solo le interesaba lo que yo pudiera ofrecer.

Sin querer seguir mi entrada por este camino, os diré que esta gran metamorfosis ha sido motivada por el trabajo en mi nueva marca personal. Me he decidido a tomar un camino más lento pero seguro, más pausado pero firme. Más como soy yo. Un camino que me permita seguir escribiendo, seguir cerca de vosotros, pero poder valorar mi trabajo por mí misma, sin necesidad de halagar a otros para conseguirlo.

¿Es probable, de todos modos, que autopublique la secuela de Marafariña? Es probable. No quiero fallaros en eso. Estoy trabajando todo lo posible porque en 2018 vea la luz el final de la historia de Ruth y Olga. Y, esta promesa para conmigo, para con vosotros, es la principal respuesta a la pregunta que da título a este post.

Abandona la novela

Hay que dejar que esa pasión aminore, porque te está desgastando y tus personajes te necesitan en plenas facultades mentales.

Abandónala. Rómpela. Déjala sola. No te necesita. Quémala. Cómetela. Devórala. Destrúyela. Lánzala lejos, donde no puedas recuperarla. Ahógala en el mar. No vuelvas a por ella. Huye, corre despavorido de sus garras de tinta. No te tortures más por esa novela, esa maldita novela que te está quitando algo más que el tiempo: te está despojando de la energía, del vitalismo del escritor, de la inspiración, de las ilusiones. Te está quebrando las perspectivas. Tú y yo lo sabemos, que ya no puedes más. Vamos, ya. No te lo pienses. Abandónala.

Yo a veces me preguntó por qué razón seguimos adelante con esta atroz tortura. Si escribís, creo que entenderéis a la perfección a lo que se refiere el primer párrafo. Existe mucha felicidad en el acto creativo: además de diversión está la capacidad de evadirte de la realidad. Pero a mí lo que más me gusta de la literatura es la catarsis. Desde que comencé a escribir, lo hice para arrancar de mi interior todo aquello que me hacía daño, convirtiéndose en la propia cura de mis heridas. Así que cuando escribir es tu particular manera de salir adelante, de llorar en cierto modo, tu mayor pasión se puede convertir en un auténtico desafío.

Supongo que ya sabéis a lo que me estoy refiriendo. Porque es imposible que nuestras letras no lleven algo de nosotros mismos. A veces una historia nace en un momento de nuestras vidas en el que la necesitamos; pero a lo largo de los años nuestras perspectiva cambia. Y digo años porque, por lo general, escribir una novela suele transcurrir en un periodo de tiempo largo. Sí, hablamos de años, de muchos meses, de infinidad de días y horas durante los cuáles esa novela, esa misma en la que estás pensando, nos absorbe cada uno de los pensamientos. Estamos a su merced.

Todos sabemos que no serás capaz de abandonarla para siempre.

En mayor o menos medida, para un escritor el libro en el que trabaja es importante. De la charlas compartidas con diferentes amigos y compañeros de las letras, las conclusiones que fui sacando son similares. La obsesión por querer hacerlo bien, por plasmar lo que tenemos en la mente en el papel, por mantener el respeto hacia el lector y hacia los personajes, el estar a la altura, el soportar nuestros estados anímicos…  en fin, ¡Qué os voy a contar!

Y dado que en mi caso personal la novela se encuadra en un mundo realista, dentro de unos sentimientos realistas y conocidos por mí, el agujero entre la ficción y la verdad es hueco. Se produce una unión mágica e insoportable. Una unión que llevo arrastrando desde hace una eternidad. Tengo una extraña impresión de no haber descansado nada en la última década (empecé Marafariña con diecisiete años) y por eso he decidido abandonarla. Y tú, si te sientes así, también deberías hacerlo.

Pero, ¡eh! que no cunda el pánico. Todos sabemos que no serás capaz de abandonarla para siempre.

Aunque esa separación, ese tiempo de libertad, te permitirá respirar y renovarte. Ayudará a mitigar el dolor que te produce volver a ella y, también, que tus sentidos no se emborrachen con la pasión que te hace sentir. Necesita enfriarse. Hay que dejar que esa pasión aminore, porque te está desgastando y tus personajes te necesitan en plenas facultades mentales.

Llevo varios meses sin tocar ese borrador abandonado en el ordenador. E intentando inundarme de energías y de frescura. Poco a poco lo he ido consiguiendo y echaba de menos esta sensación. En parte es gracias a todo el apoyo y entusiasmo que mostráis, día a día, por mi trabajo. En parte es gracias al silencio que he conseguido. Sí, la he abandonado y ha sido una decisión acertada, coherente y egoísta. Pero este abandono voluntario me está permitiendo volver a ella, poco a poco. Si no hubiera sido una huida a tiempo, tal vez no habría podido recuperar las fuerzas.

Por eso, escritor, no temas en abandonarla durante unas semanas. Unos meses. Un año. Créeme que cuando regreses, ella estará ahí, viva y fuerte como el primer día. Y tú la enfrentarás con más fuerza, con más pasión, con más musas.

El Tren: Relato Finalista del XI Certamen Cuentos Interculturales

Disfruté (o mis musas disfrutaron) de la creación de una nueva historia con sus nuevos personajes, referido a un público más profesional que no me había leído nunca.

Hoy toca estrenar, al fin, una nueva sección en la web. Es posible que no se actualice tanto como me gustaría, pero de vez en cuando espero traeros noticias nuevas a la Categoría de Premios Literarios.

Como ya he mencionado en más de una ocasión, enzarzarse en la senda de cualquier arte es un tortuoso camino lleno de posibilidades. Creo que es importante enfrentarse a todos los retos que podamos y no rendirse a pesar de todo. Descubrirse. Hace muy poco anunciaba en mis Redes Sociales que iba a probar suerte en esto de los Concursos Literarios y, como siempre, recibí muchos mensajes de apoyo de otros colegas escritores y lectores que son un auténtico privilegio para mí. Pero, además, me di de bruces con la realidad: como no podía ser de otro modo, dichos Certámenes son complejos y muchos son imposibles de ganar.

De todas maneras yo ya iba armada de paciencia. Durante algunas semanas trabajé en un relato breve de temática concreta para presentar a un concurso. Hacía muchísimo tiempo que no tocaba este tipo de género y lo mejor que me llevo es que me sentí realmente entusiasmada. Disfruté (o mis musas disfrutaron) de la creación de una nueva historia con sus nuevos personajes, referido a un público más profesional que no me había leído nunca.

Así acabé El Tren, un relato breve cuyo tema central es reflejar la interculturalidad. Dos mujeres desconocidas se encuentran en un vagón, cuando viven dos momentos crudos de sus vidas. Como una metáfora, mientras el viaje avanza para llegar a su fin, esas dos almas inician su propio camino.

Cabe agradecer a Deborah su entusiasmo y apoyo incondicional a la hora de ayudarme con la elaboración de la historia de Lucía y Kamila; a mi querida Silvia por leer el relato y darme su opinión y consejos; y a mi admirada Emma Mars me ayudó con la corrección ortotipográfica y de estilo y por mostrar siempre esa fe que tanto se agradece en el futuro de mis letras.

Así fue. Y en tres sobres, tres copias mecanografiadas a doble espacio, viajaron a la otra punta del país, fuera de la Península. A mi Melilla amada, mi otro hogar, mi casa. Un paquete que inauguraría la nueva etapa. Era mi primer concurso. Y se convertiría en mi primer premio literario.

El viernes 2 de junio, en la Ceremonia de entrega de premios se hizo público el fallo del jurado. Para mí sorpresa y gran alegría, El tren había conseguido en 2º puesto como finalista en el XI Certamen de Cuentos Interculturales.

En parte, este post es un agradecimiento a la confianza que muchos habéis depositado y depositáis en mí. Me siento feliz, orgullosa y satisfecha porque esta apuesta ha salido bien. Y, aunque muchas veces (la mayor parte de las veces) esto no vaya a ser así, es importante tener la vista fijada en estos pequeños trofeos que los sueños nos regalan.

¡Ah! Y no me olvido de vosotros. Próximamente publicaré de alguna manera accesible y gratuita el relato para que lo podáis disfrutar.

Siempre vuestra. Lo sabéis.