Ese edificio blanco

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La rutina en ese edificio blanco hace que la vida se vea desde otra perspectiva.

Las primeras horas pueden resultar realmente bruscas. Son un choque de amargura y ansiedad que a duras penas podemos soportar. Todo corre. Y nuestra rutina y esa cantidad de planes y obligaciones que figuran en nuestra agenda nos parecen una auténtica bobada. Tal vez, por unos instantes, nos podemos permitir el lujo de convertirnos en inválidos emocionales y quedarnos atrofiados por el terror. Ni siquiera necesitamos respirar, como un pequeño privilegio.

En esas preciosas (frías, impersonales, aisladas) salas de espera se congrega un grupo de gente con el que, en pocos minutos, se crean unos vínculos extraordinarios. Es en esas miradas huidizas, en esos suspiros un tanto melancólicos y en esas idas y venidas a la máquina de café. En ese ahora nadie podría comprenderte mejor que esas personas que, cómo tú, son ajenas al trajín urbano de más allá y se concentran en todo lo que ocurre al otro lado de esas puertas que son algo así como un abismo a otro mundo.

Porque, aunque a ti que estás ahí encadenada te parezca imposible que pueda haber alguien ajeno a ese mundo nuevo, sí que los hay. Y son gozosamente afortunados aún sin saberlo.

Cuando ya te has consumido las uñas, te has dado cuenta de que ese libro tan precioso no es capaz de deleitarte, que aunque tengas un hambre voraz los alimentos no tienen sabor en tu boca y la más estimulante conversación está plagada de torpezas, todo lo negativo termina convirtiéndose en el alivio de la resignación. Ya está. Eres una autómata más por esos pasillos largos y suaves. Sonreirás incluso a los que están a tu alrededor. Cuando te pregunten qué tal, podrías encogerte de hombros y decir bien, bien. Conoces ese momento: sabrás que durante esos días, quizás meses, serás capaz de alegrarte con muy poco.

A veces te cuesta respirar y dormir, pero no se lo dices a nadie. No quieres atosigar a los demás con ese agujero negro porque sabes que se terminarán alejando. Se compadecen, pero no lo entienden. Porque, aunque a ti que estás ahí encadenada te parezca imposible que pueda haber alguien ajeno a ese mundo nuevo, sí que los hay. Y son gozosamente afortunados aún sin saberlo. A veces puedes verlos a través de la ventana, libres cómo lo son los pájaros y cómo tú no sabrías serlo jamás.

14 comentarios en “Ese edificio blanco

  1. Estimada Miriam, gracias por plasmar en palabras lo que todos a los que nos ha tocado pasar por la misma situación hemos vivido. Mismas sensaciones y mismos pensamientos.
    Es un mundo aparte donde se pierde la noción del tiempo y el espacio, vives en una “realidad alternativa” en la que solo estas pendiente de lo que pasa en una habitación, cada gesto, cada sonido, cada nuevo informe. Donde cada persona que está allí comparte los mismos miedos, anhelos y esperanzas. Espero que muy pronto vuelvan a la rutina de una vida normal. Saludos

  2. Esther Morera

    ¡Qué alegría leerte de nuevo, Miriam! Espero de corazón que estés bien, y te mando muchísima energía. Porque esos edificios blancos se convierten muchas veces en una suerte de agujeros negros capaces de drenar la que atesoramos dentro.

    El mensaje que envías es, como siempre, bonito y potente. Me llena mucho tu visión de la vida, me parece infinitamente más constructiva que todo esa filosofía del «hay que ser feliz en todo momento sonriendo a las adversidades» con la que nos bombardean constantemente, y que a mi juicio solo consigue añadir culpa a los sentimientos «prohibidos» que a veces nos abruman.

    Yo me quedo con lo que transmiten tus escritos: en la vida hay momentos duros, que nos ponen a prueba, que nos hacen sentirnos abrumados, tristes, desgarrados. Y todo eso hay que sentirlo para poder dejarlo ir, no enterrarlo bajo una tonelada de sonrisas falsas donde no quede a la vista, hasta que un día estalle y nos destroce por dentro. Aceptarlo, sin perder de vista que todo acaba, abrazando los rayos de luz que seamos capaces de vislumbrar. Vivirlo y aprender de ello. E incluso madurarlo hasta ser capaz de vestirlo de palabras, y lanzarlo para que pueda ayudar a otros que se sientan identificados. Para que nazcan sonrisas de verdad.

    Gracias, gracias, gracias.

    1. Gracias, gracias, gracias…. ¡A ti! Más faltaría. Me alegra volver a escribir, y recibir este tipo de palabras son un aliento.

      No sé qué decir ante tanto cariño, Esther. Sencillamente, gracias por TODO.

      Me quedo con esta frase “Para que nazcan sonrisas de verdad”

  3. No tengo ni idea de por lo que estás pasando, pero está claro que no es nada agradable. Desde aquí te mando mucho ánimo y mi deseo de que la situación se resuelva lo antes posible. Y, perdona que lo mencione, pero es increíble cómo lo trágico puede ser expresado de forma tan bella. Espectacular tu forma de describir la situación. Un fuerte abrazo.

  4. Miriam Collazo

    Feliz de verte de vuelta.
    Yo soy experta en esos edificios blancos que tantas lágrimas me a robado y no podías verlo descrito mejor. Me quito el sombrero para ti.
    Espero todo esté bien contigo y los tuyos. Cariños

  5. Es precioso, monosina, me ha recordado muchísimo a Momo.. y es que ese libro dejó una pequeña señal dentro de mí de que el tiempo para nosotros es necesario, y que a veces no le damos importancia a ciertas cosas que sí deberían tenerla… Ojalá hubieran menos edificios blancos y más playas que disfrutar 🙂

    ¡Un saludín!

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