“No dejes de escribir”

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Hace algunas semanas, se publicó en el Blog La Bolleriza una reseña a mi primera novela Marafariña que terminaba con la frase que da título a este post: “No dejes de escribir, Miriam”.

El significado de estas palabras no es gratuito. No sé si sois capaces de haceros una idea de lo importantes que resultan para una autora pequeña como yo, que todavía sigo luchando con los lastres de los inicios. Porque escribir, desde luego, nunca será solo escribir. Implica muchísimo más: todo lo bueno pero, también, todo el sacrificio vacío que hay detrás de cada una de las páginas.

La cantidad de lectores que me han escrito esas palabras que coronan este post ha sido considerable. Sin embargo, hasta ahora no me había dado cuenta de lo que ello implica, de sus razones, de su verdad. Porque es cierto que nunca me he planteado seriamente dejar de escribir (más allá de algún que otro arranque de desencanto, pero en ningún caso definitivo) ni he anunciado tal cosa en mis redes. El hecho de que vosotros, con vuestras reseñas y vuestros comentarios me instéis a no dejar de escribir me parece un regalo maravilloso.

Precisamente jamás sería capaz de dejarlo porque os lo debo a vosotros. Porque desde el principio habéis estado ahí, queriendo y confiando en lo que había venido hacer. Regalándome vuestros halagos y también vuestras honestas críticas que tanto agradezco siempre. Y para decirme cada vez más fuerte que siguiera, que continuara, que estaríais ahí para seguir leyéndome porque os gustaba lo que hacía, porque os hacía felices leer las historias que yo había ideado.

Que alguien me pida que no deje de escribir me parece el cumplido más grande que puede otorgársele a un escritor (cuánto más siendo novel). No es solo un abrazo de aliento desinteresado, es una petición educada, un imperativo halagador. Es una mano tendida en medio de un laberinto del que, a veces, es complicado salir. Es la fe en la literatura nueva, en la que todavía no es nada pero aspira a llegar a serlo.

Sencillamente, quería daros las gracias. Porque han sido unas semanas muy difíciles y os he sentido ahí. Porque he elegido el camino largo y os habéis decidido a acompañarme y a no dejarme sola en ningún momento. Todo lo que hago es para vosotros. Porque nunca dejaré de escribir: os lo prometo, me lo prometo.

 

Ese edificio blanco

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La rutina en ese edificio blanco hace que la vida se vea desde otra perspectiva.

Las primeras horas pueden resultar realmente bruscas. Son un choque de amargura y ansiedad que a duras penas podemos soportar. Todo corre. Y nuestra rutina y esa cantidad de planes y obligaciones que figuran en nuestra agenda nos parecen una auténtica bobada. Tal vez, por unos instantes, nos podemos permitir el lujo de convertirnos en inválidos emocionales y quedarnos atrofiados por el terror. Ni siquiera necesitamos respirar, como un pequeño privilegio.

En esas preciosas (frías, impersonales, aisladas) salas de espera se congrega un grupo de gente con el que, en pocos minutos, se crean unos vínculos extraordinarios. Es en esas miradas huidizas, en esos suspiros un tanto melancólicos y en esas idas y venidas a la máquina de café. En ese ahora nadie podría comprenderte mejor que esas personas que, cómo tú, son ajenas al trajín urbano de más allá y se concentran en todo lo que ocurre al otro lado de esas puertas que son algo así como un abismo a otro mundo.

Porque, aunque a ti que estás ahí encadenada te parezca imposible que pueda haber alguien ajeno a ese mundo nuevo, sí que los hay. Y son gozosamente afortunados aún sin saberlo.

Cuando ya te has consumido las uñas, te has dado cuenta de que ese libro tan precioso no es capaz de deleitarte, que aunque tengas un hambre voraz los alimentos no tienen sabor en tu boca y la más estimulante conversación está plagada de torpezas, todo lo negativo termina convirtiéndose en el alivio de la resignación. Ya está. Eres una autómata más por esos pasillos largos y suaves. Sonreirás incluso a los que están a tu alrededor. Cuando te pregunten qué tal, podrías encogerte de hombros y decir bien, bien. Conoces ese momento: sabrás que durante esos días, quizás meses, serás capaz de alegrarte con muy poco.

A veces te cuesta respirar y dormir, pero no se lo dices a nadie. No quieres atosigar a los demás con ese agujero negro porque sabes que se terminarán alejando. Se compadecen, pero no lo entienden. Porque, aunque a ti que estás ahí encadenada te parezca imposible que pueda haber alguien ajeno a ese mundo nuevo, sí que los hay. Y son gozosamente afortunados aún sin saberlo. A veces puedes verlos a través de la ventana, libres cómo lo son los pájaros y cómo tú no sabrías serlo jamás.

Somos el sexo débil

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Somos el sexo débil porque no nos cansamos de luchar.

Porque hemos sabido triunfar a la sombra de los que nos tatuaban en la inferioridad. Las que hemos conseguido algunos de los mayores descubrimientos de la ciencia, la medicina, el arte y la humanidad.

Porque aprendimos a decorar con flores la fealdad y aprendíamos a sonreír con honestidad ante las lágrimas más amargas. Porque esas lágrimas siempre nos han pertenecido, pero a pesar de ello, limpiábamos las suyas olvidándonos de las nuestras.

Somos el sexo débil porque no nos cansamos de continuar.

Porque hemos allanado vuestros caminos y todos los caminos, con todo el peso de nuestras miserias que hemos convertido en oportunidades. Porque sabemos gritar más fuerte para quebrar en mil pedazos el silencio más sólido que hayas escuchado jamás.

Porque hemos roto los muros. Los nuestros, los vuestros, los suyos. Sin ayuda de martillos ni herramientas. Lo hemos hecho con nuestros puños que, si bien no son de acero, su voluntad es más inquebrantable que cualquier metal.

Somos el sexo débil porque no nos cansamos de regalar vida.

Porque albergamos en nuestro vientre a vuestros hijos. Pero también a vuestros padres y madres. Abuelas y abuelos. A vuestros hermanos y hermanas. A vuestras amigas y a vuestros amigos. A vuestras mujeres y a vuestros hombres.

Porque hacemos crecer dentro todo aquello que más queréis, todo aquello sin lo cuál no podrías ni sabríais vivir.

Porque somos las mujeres, con o sin vagina, con o sin pechos. Todas y cada una de las mujeres que formamos parte de este mundo. Y de otros mundos.

Somos el sexo débil porque no nos cansamos de construir.

Porque construimos vuestros hogares. Esas casitas de muñecas. Hacemos las camas y la colada. Pero también construimos edificios importantes, trabajamos en fábricas y conducimos vehículos igual o mejor que lo hacéis vosotros. Somos el puente y tendemos los puentes.

Creamos el futuro con las herramientas que nosotras mismas fabricamos y os enseñamos a fabricar. Nos hemos vuelto imprescindibles, siempre hemos sido imprescindibles en el motor que ha movido el mundo.

Somos el sexo débil porque no nos cansamos de defender nuestros nombres.

Porque hemos escrito novelas en la sombra del rechazo. Porque hemos sido las protagonistas de historias terribles. De historias extraordinarias. Porque somos la definición de la hermosura más pura, femenina, masculina, ruda, delicada, real, fantástica.

Porque sabemos amar. Amamos a nuestros hombres y también a nuestras mujeres. Porque queremos disfrutar del sexo con la misma libertad y seguridad. Porque somos nuestras propias dueñas y porque poseemos la mayor de las fuerzas, esa que vosotros no sabríais entender.

Somos el sexo débil porque somos valientes, fuertes e invencibles. 

Porque somos las mujeres, con o sin vagina, con o sin pechos. Todas y cada una de las mujeres que formamos parte de este mundo. Y de otros mundos.

La hiedra contagiosa

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Estoy escribiendo una novela.

            Dejo constancia de esto el día 13 de junio del año 2016, en esta nota escrita que estará expuesta en el escritorio de mi habitación hasta la finitud de la misma, o de mí misma. Está redactada a mano, con un bolígrafo verde, asunto que tengo que lamentar. Al contrario de lo que cabría esperar de una escritora como yo, carezco de máquina de escribir. Tampoco tengo impresora, aunque sí un ordenador blanco, enorme y con poca poesía.

            Me gustaría explicar el motivo de dejar este folio pintarrajeado como testimonio del inicio de mi ópera  prima.

            Hay algo muy fuerte que ha brotado dentro de mí, como una flor inmediata en un anodino campo de césped seco. Más que brotar, ha aparecido, como si siempre hubiera estado bajo las raíces de la tierra pero que, por alguna razón, los rayos del sol y el agua de la lluvia no han sido suficientes para desenterrarlo durante todos estos años. Lo he sentido cómo una rotura en el pecho seguida de un fuerte dolor en un lugar indeterminado de mi cuerpo. He supuesto, creo que con acierto, que esa dolencia aguda procedía de la mismísima alma o conciencia, aquella que nadie sabe dónde está… tan solo donde perdura.

            Ese presentimiento se ha expandido desde mi boca, mis orejas, mis pechos, mis caderas, mi vagina, mis rodillas y mis tobillos. Luego, como una hiedra contagiosa, ha invadido el suelo de mi habitación, ha trepado por las paredes y se ha enroscado en la lámpara. Acto seguido se apagó la luz y yo fui prisionera de un pánico tan fuerte que apenas pude reprimir las ganas de orinarme encima como cuando era una niña. Durante unos instantes, unas horas, unos días, no pude ver nada. Mi mundo era blanco. Mi mundo era esa hiedra que quería matarme y el blanco. Recuerdo que intenté chillar, pero no pude. Moverme, pero no pude. Quise ser consciente de lo que me acontecía, teniendo la poderosa certeza de que había llegado mi finitud.

            En mi cuerpo y mente adulta se despertó mi niñez, y la heroína que me acompañó en mis sueños. La vi aparecer, como una bruma, en medio de ese océano blanco de ceguera. De lejos, muy de lejos. Casi no se acercó. Entonces mi corazón empezó a bombear muy deprisa, con tanta fuerza que creí que explotaría. No sé si lo hizo. Porque después me perdí.

            Desde esto han pasado tres días en los que apenas me he movido de mi habitación, que mantengo a oscuras y con las persianas a medio bajar. Tampoco tengo demasiado apetito, tan solo estoy poseída por un cansancio atroz, como si estuviera encubando algún tipo de enfermedad extraña. Tal vez es el pánico, que me está destruyendo por dentro.

            Pero no he comenzado a escribir una novela por motivo de tal cosa. Algo tan vulgar, tan triste y terrible como la hiedra que me ahogó en mi habitación no puede motivar el inicio de algo tan hermoso y vivo como lo es una historia que surge de la nada, como una melodía del viento con las hojas del bosque. Como el caprichoso baile de olas del mar con las gaviotas que las sobrevuelan. Y el atardecer que nunca se demora, ni nunca se anticipa. He empezado a empuñar el bolígrafo porque temo morir, morir de repente, y no haber escrito todo lo que tengo dentro. Y es tanto que, tengo la sutil certeza, de que es precisamente eso lo que me está haciendo perecer más rápidamente.

            Así que aquí permaneceré hasta que logre determinar qué voy a escribir y cómo lo voy a escribir. Lo único que sé es sobre quién voy a escribir. Sobre eso tengo la más absoluta certeza.

 

M.B.V.