Deliciosa flor

49h

El amor es una deliciosa flor; pero es preciso tener el valor de ir a cogerla del borde mismo de un horrible precipicio. Stendhal

No resulta insólito que haya sido en este romántico sentimiento donde ha recaído el mayor peso de la temática de todas las artes a lo largo de la historia. ¡Ay, el amor! Y lo complicado que resulta definirlo, explicarlo, transmitirlo, eternizarlo en las hojas de un libro. Millones de ocasiones se ha intentado buscar la fórmula perfecta de esta marea de sentimientos, tan única y tan especial, reservada solo para un puñado de afortunados y anhelada hasta la saciedad por la mayor parte de las almas. Amar y ser amado, buscar con insistencia ese camino de flores brillantes y rayos cálidos. Querer, con la simpleza de un niño, por toda la eternidad.

Por supuesto que adoro el amor. Es un ingrediente fundamental en mis historias, si es que existe algo que contar que de manera directa o indirecta no toque el músculo más fundamental del ser humano. Si bien es cierto que este protagonista indiscutible puede volverse enfermizo y demasiado doloroso en las historias novelescas. Nos gusta que así sea, nos gusta que desgarre, que duela, que sea imposible, que haya que pelar por él. Nos deleitamos en que nuestros protagonistas sufran mil y una desdichas antes de conseguir la merecida paz de los amantes. Y, al final, soñamos con que todo sale bien, que ese amor ha sobrevivido a mil y uno escollos en esa caída libre, que permanece sin fisuras. Irrompible.

Nuestros personajes se desgastan la vida en amar. Los mantenemos atados a ese mástil en medio de la marea y, en ningún caso, los dejaremos huir. Nos da igual que se ahoguen de ese cariño insano, nos da igual que sepamos que, pase lo que pase, sufrirán. No les dejamos irse, buscar otro tipo de salida. Somos tercos, crueles. Estamos locos. Pero creo que el amor nunca debería estar unido a este tipo de adjetivos, de ninguna manera.

Esto no quiere decir que dicho amor no haya que ganárselo y que no sea un camino arduo y duro. No existe la facilidad en el camino a la dicha, pero esto no quiere decir que sea una auténtica tortura. La constancia, la paciencia, la sinceridad y el cariño son claves a la hora de afianzar entre las manos el más puro y poderoso de los sentimientos. Sí, habrá flores deliciosas en este camino, pero también habrá maleza y días de lluvia. Tal vez duela, pero en ningún caso hasta el punto de destruirnos o anularlos.

Stendhal habla del horrible precipicio y me parece una metáfora acertada y preciosa para la historia literaria. En la realidad, no tendremos que acercarnos a ese acantilado en soledad. Habrá una mano fuerte que nos agarrará con firmeza y no permitirá, tan siquiera, que nos acerquemos a ese abismo.

Para Debie.

Pero corre. Corre.

205h

También lo has sentido alguna vez. Eso de estar desnuda, fustigada por ti misma. Maldita sea, también lo has sentido alguna vez. O muchas veces. Millones de veces. Jodidas veces.

Seguro que tú también lo has sentido alguna vez: esa impresión de que, al intentar agarrar la felicidad entre las manos, ésta se rompe en pequeños pedacitos de cristal y se esparce por el infinito. A veces esos pedacitos te causan terribles heridas entre los dedos y en el alma. La sangre emana delicada por la fisuras. Te vacía.

Pongamos que hay muros a tu alrededor. Esos muros representan los obstáculos que se interponen entre tú y tu alegría tan anhelada. Pongamos que, en un acto desesperado, intentas arremeter contra esas paredes gruesas y sólidas. Sí. El daño es real. Es probable que acabes tan debilitada que tardes varias horas, días, meses, años en poder levantarte. Esa pelea es inútil, además de devastadora.

Devastadora.

También lo has sentido alguna vez. Eso de estar desnuda, fustigada por ti misma. Maldita sea, también lo has sentido alguna vez. O muchas veces. Millones de veces. Jodidas veces.

Qué poco ortodoxa es la ira, qué poco tibia es la compasión. Y es casi obsceno usar la literatura para sacar de tu interior las lanzas sangrantes que la vida, el camino, ha dejado ancladas en tu corazón y en tu voluntad. Mermándola. Mermándote.

Pero corre. Corre.

Estás rompiendo la armonía de este texto mientras te balanceas en tu mar de dudas. La inutilidad es un cuchillo sin afilar que penetra igualmente por doquier. Es ese atisbo de sol a lo lejos que no puedes ver porque te quema en las pupilas. Te deja ciega. Y te hace sentirte perdida contigo misma.

Pero estás hablando. Hablas.

No reconoces tu propia voz porque está rota cómo nunca antes lo ha estado. Está tan rota que crees que nunca volverá a ser la misma. Gritas que odias. Odio. Odio. Y que no puedes. No puedo. No puedo. Y que pare. Para. Para. Luego todo es una espiral de un silencio que, sin más, es tan necesario como insoportable. El corazón te duele de tal forma que no puedes pensar con claridad. Después se para. Y, cuando vuelve a latir, notas que lo hace de manera diferente.

Olga

216h

Supe que nunca conocería a nadie como Olga.

Olga suponía el descubrimiento de algo nuevo, como una brecha en la cordura, como el sabor a la libertad. Y era tan extraña, auténtica, original. Quería contener mis sentidos, cerrar mis ojos, tapar mis oídos, sellar mis labios… pero su fuerza era como un maremoto devastador. Venía para abrirme el camino, un camino que yo ni tan siquiera sabía que se podía desdoblar en más senderos, en más oportunidades. Fue, casi, como conocer el mundo entero de un plumazo.

Fue especial porque fue la primera vez en mi vida que sentí que podía ser sincera con alguien sin miedo a ser juzgada. Ella lo supo todo de mí. Yo desnudé mi alma, mis más secretos anhelos. Era como si fuera capaz de silenciar mi conciencia. Y, además, me protegía. Porque ella convertía mi cobardía en coraje, con una facilidad apabullante. Con total seguridad, lo hacía sin darse cuenta, como quien es capaz de hacer magia sin ser consciente de ello.

Gracias a Olga crecí mucho. Estuvo conmigo cuando dejé de ser una niña para aparentar ser una mujer. Era el único refugio, mi primera amiga real, mi confidente. Pronto, sus problemas y su amargura, pasó a formar parte de mí misma. Su malestar me torturaba más que el mío propio. Me desharía la piel para arrebatarle todo aquello que le hacía daño. Así transcurrieron primero meses, luego años. Parecía que no hacíamos más que pelear la una con la otra. Dos insignificantes rocas contra la marea. Ahogándonos un poquito más cada anochecer.

Por eso, y aunque no sea correcto decirlo, Olga Castillo siempre será el personaje más especial de Marafariña Libro Primero. Y, por eso, siempre la querré de esta forma tan especial.

No era el momento idóneo para habernos encontrado. De no ser así, era probable que yo nunca hubiera reparado en ella. Ni ella en mí. Éramos como una antítesis de una misma palabra. Muy similares, pero polos opuestos. Por eso me fascinaba tanto y por eso yo le fascinaba tanto. Mientras Olga me enseñaba a cantar, yo le mostraba lo hermoso que podía ser el silencio. Mientras Olga me enseñaba cómo liberarme, yo le enseñaba cómo avanzar a pesar de las cadenas. Mientras Olga brillaba, yo me apagaba.

Creo que lo supimos, siempre, que aquello estaba abocado al fracaso. O, más bien, a terminarse. Porque dudo que pudiera existir fracaso posible. Existió un tiempo y luego se convirtió en algo diferente. Aun así, Olga fue, es y será lo trascendental, el cambio, la barrera, el rugido, la tempestad. Creo que es imparable, creo que es incontenible. A Olga no se le puede sujetar. Pero tampoco se le puede perder.

Por eso, y aunque no sea correcto decirlo, Olga Castillo siempre será el personaje más especial de Marafariña Libro Primero. Y, por eso, siempre la querré de esta forma tan especial.

¿Quedamos?

camera-1700110_1920

Lo he dicho (y escrito) en más de una ocasión. Una de las mejores cosas de autopublicar son los lazos que consigues crear con otros autores y con tus lectores. Es difícil de explicar lo intenso y satisfactorio que es para mí tener la oportunidad de charlar y de conocer de manera cercana a aquellos que se esconden tras los comentarios y las compras de mis libros. Fruto de esto, he tenido el gusto de conoceros a muchos de vosotros cara a cara. Con otros, he trabado una sincera amistad en la distancia. Y, con la inmensa mayoría, disfruto de una interacción recíproca en nuestras Redes Sociales que hacen que me sienta cómo en casa, rodeada de amigos, cada vez que me conecto al Facebook o al Twitter.

¿Sabéis? Me encantaría poder conoceros a todos juntos. Hacer una gran quedada de autores y lectores para charlar, durante horas incansables, de libros, de inquietudes, de la vida. Sería fantástico poder poneros cara, voz y verdad. Es algo que, espero, poder culminar algún día.  Sin embargo, la maravilla de Internet nos regala la posibilidad de sentirnos más cerca a pesar de los kilómetros que nos separan.

¿Y si quedamos?

Me encantará estar más cerca de vosotros. Por eso, voy a comenzar una nueva aventura: los vídeos en directo.

¿Y si tenéis la oportunidad de conocerme/nos a través del inmenso abanico de posibilidades que nos regalan los medio audiovisuales? ¿Y si nos sentamos a hablar un ratito sobre literatura e inspiración? ¿Y si yo puedo hablaros, de cerca, de mi trabajo, y de mis letras? ¿Y si puedo conocer vuestra opinión de primera mano?

Me encantará estar más cerca de vosotros. Por eso, voy a comenzar una nueva aventura: los los vídeos en directo. Creo que son una muy buena ocasión de ganar calidad en esta relación social, de que podáis saber todavía más de mí (y yo de vosotros).

Por eso, os invito a seguirme en mi Página de Facebook y añadirla a favoritos para no perderos el Directo que tendrá lugar muy pronto. Además, me gustaría que me ayudaséis comentando este mismo post diciéndome en qué día y hora os vendría mejor quedar.

¿Tal vez un tranquilo domingo? #FelicesLetras