La Navidad está prohibida

Cuando te hallas sujeta en una cuerda, en tierra de nadie, tarde o temprano llegas a caer.

Ayer mi madre me decía que, a pesar de todo, seguíamos sin ser libres. Yo la miré con expresión de desconcierto, aunque sabía a que se refería con exactitud.

Crecí en un hogar donde la Navidad estaba prohibida. Digamos que en mi infancia no pude empaparme del todo del espíritu navideño por excelencia, al menos no sin sentir el burbujeo de mi conciencia entrenada quejándose por tener miedo a estar haciendo algo mal cuando me entretenía mirando adornos en las tiendas o soñaba con los anhelados regalos de esta época festiva.

Sin embargo, no fuimos de las más perjudicadas. Mi madre siempre hizo la vista gorda dentro de sus posibilidad y, aunque no celebrábamos las fiestas como tal, no podíamos desearle Feliz Navidad a los vecinos ni cantar villancicos en el colegio, sí que teníamos nuestra particular fiesta, escudándonos con motivos muy diferentes. Por ejemplo, los regalos que recibíamos mi hermana y yo eran debido a las buenas notas que teníamos ese trimestre. También podíamos ver los programas que emitían en la televisión e, incluso, disfrutar de las campanadas (eso sí, en lugar de uvas, era preferible buscar otro tipo de sustitutivo).

Supongo que, con el tiempo, fui olvidándome de lo que significaba la Navidad. A mi siempre me producía una profunda tristeza porque me hacía sentirme muy diferente al resto. Aunque esto no era una novedad. Mi vida era muy diferente a la de mis compañeros de colegio y, posteriormente, de instituto. Pero, al mismo tiempo, también era totalmente alejada de la de la Congregación a la que mi familia y yo pertenecíamos por aquel entonces. Cuando te hallas sujeta en una cuerda, en tierra de nadie, tarde o temprano llegas a caer.

Hace tres años fue la primera vez que pusimos un árbol en casa (en una nueva casa, junto con mi pareja) y fue toda una experiencia para mí. Me sentía rara y entusiasmada al mismo tiempo. ¡Un árbol! Lo puse cerca de la ventana, quería que todo el mundo viera las luces que, al fin, me sentía libre de poner. Podía decirle a mis compañeros de trabajo y a mis amistades aquello de Felices fiestas. Al principio me sentía estúpida y torpe, luego me dejé encandilar por la belleza de ese espíritu de fraternidad.

Pero volvamos a lo de no sentirse libre. Ella se refería que, aunque en su perfil de Facebook podía compartir imágenes navideñas con sus amigas, no se sentía segura de actualizar su foto de WhatsApp por temor a que los otros, los que nos juzgan, los que nos persiguen, fueran a ofenderse… fueran a sentirse mal.

Sentirse mal. Ellos.

Porque al ponerles un árbol de Navidad a nuestros antiguos hermanos tal vez les estamos hiriendo en sus creencias. El daño que nosotros hemos sufrido (y sufriremos, seguro, toda la vida) es una nimiedad comparado con la bofetada que supondría decirles que para nosotros, ahora, la Navidad no está prohibida.

Pero yo lo entiendo. Yo tardé una eternidad en sentir esa libertad, si bien nunca podré llegar a saborearla en su plenitud porque hay líneas que jamás podré cruzar. Ahora casi que estoy al otro lado del abismo, amando libremente a quien me plazca sin preguntarme si le haré daño a Dios y a sus fieles seguidores. Pero, eso sí, con prudencia. Siempre con prudencia y con cierto silencio. Por temor a dañar a alguien. Porque conocer eso podría causar mucho dolor. ¿Qué necesidad tienes de hacerlo si puedes evitarlo?

Si puedes estar callada. Si puedes esconderte. Si puedes fingir cuando estás delante suyo. De ellos. De los que lo quieren controlar todo, de los que tienen el derecho a decirte cómo tienes que vivir.

Con mis mis veintiséis años de ahora, toda la experiencia que cargo a mis espaldas y todo lo que he peleado para poder escribir este post sin miedo ya a nada, ya a nadie, creo que no me importa el daño que pueda causarle a alguien ajeno a mí. De hecho, a mí me importa más el bien que pueda hacerle a las personas a las que quiero. Y si mi familia (una pequeña parte de ella, la más importante en realidad) y mis amigos han sabido aceptarme y quererme como soy de verdad, carece de sentido para mí esconderme.

Y carece de sentido seguir prohibiéndome la Navidad.

18 comentarios en “La Navidad está prohibida

  1. Falacia genética: Se da cuando alguien intenta reducir el prestigio de una idea, una práctica o una institución simplemente teniendo en cuenta su origen (génesis) o su estado anterior. Esto se hace pasando por alto cualquier diferencia que se encuentre con respecto a la situación actual, generalmente trasfiriendo la estima positiva o negativa del estado anterior.

    Tirando de los orígenes paganos de las celebraciones del solsticio de invierno se invalida la Navidad en aras de un cristianismo puro.

    Las celebraciones del solsticio de invierno son tan antiguas como el hombre. Es la época más oscura del año y eso se compensa con festejos y regalos. A mi me la bufa que Jesús no naciese en esa fecha porque me la bufa el cristianismo. El árbol y los regalos son paganos y bien que molan.

    Asi que, ¡viva lo pagano!

  2. Para mi la navidad siempre es algo triste porque tengo una familia disfuncional, pero creo que todo el mundo debería ser lo libre que quiera para elegir si desearle las felices fiestas a sus vecinos o no (yo tenía vecinos muy puñeteros jajaja).

    Me alegro de que estés feliz con tu árbol y tus luces Miriam.

    Felices fiestas :3

  3. Cómo ya sabes, yo también crecí sin navidades.

    Abriéndome del mismo modo que lo haces tú contándonos tus vivencias, te cuento como viví esa etapa de mi vida, en la que por culpa de la religión se me apartaba de todo acto por insignificante que fuera, que tuviera relación con la navidad.
    Por suerte, el trauma no ha dejado mella en mí, al menos eso creo. Aunque quizás, si no existiera mella, no estaría escribiendo esto aquí.

    Me refiero al trauma que puede causar, por ejemplo, que tu madre le diga a la maestra que tú no vas a pintar láminas de navidad, porque tu religión no te lo permite, mientras todos tus compañeros de clase lo hacen. Que no vas a cantar villancicos. O cuando la maestra pide que los niños lleven uno de los regalos que han tenido y tú acudes ese día sin nada. Cuando conoces desde bien pequeño que todos tus amigos están siendo engañados (que Papá Noel no existe…)

    Todo esto hace que el niño, en este caso yo, se sienta diferente a los demás sin entender el por qué. Y que los otros niños te cataloguen como “bicho raro”.
    Pero esto es sólo un pequeño ejemplo. Con infinidad de actos y fechas, que durante el año marcan la etapa de la niñez, que crean ilusión en los más pequeños, ocurren cosas similares: cumpleaños, carnaval, halloowen, el día de la paz… La lista es larga.

    En mi familia si fueron estrictos con estos temas. Sobre todo con el de la navidad. Algo curioso, es que al igual que tú has contado, mis regalos eran por las buenas notas. Lo más parecido que he vivido yo, a la sensación de despertar y abrir regalos bajo un árbol, ha sido esa.
    También hablas que no te has sentido libre. Que durante mucho tiempo has temido que tus palabras o actos dañaran o hirieran a la gente que quieres. En ese caso yo todavía soy prudente. En ocasiones me reservo ciertas opiniones delante de mis seres queridos si sé que mi manera de pensar o actuar puede herirles al ir en contra de las leyes que les impone su religión.
    Por ejemplo, reconozco que siento un pequeño miedo mientras escribo este comentario. Imagino que alguno de ellos pudiera encontrarlo por casualidad, y me hace sentir mal. Pero lo que aquí cuento, son mis principios, y mis sentimientos más puros.

    ¿Y por qué lo escribo?
    Porque una entrada tan sincera como esta, se merecía mi aparición. Enhorabuena Miriam. A pesar de que con este tipo de entradas remueves mis adentros, disfruto leyéndote cuando escribes sobre estos temas.

    Gracias, y un saludo.

  4. Hola Miriam, ojalá sigas “derribando” esas prohibiciones que solo son cadenas que muchas veces nos imponen y nos limitan ya sea en nombre de alguien o de algo. Yo siempre trato de tener presente que la libertad es libre por lo tanto hay que vivir para hacer lo que haga felices a quienes queremos y con eso a nosotros mismos. ¡Feliz navidad y felices fiestas!.

  5. Esther Morera

    ¡¡Feliz navidad, querida Miriam!!
    Me encanta tu valor y tu generosidad. Disfruta las luces, el arbol y la satisfacción del amor en tu vida. Y que el próximo año llegue lleno de éxitos y libertad.

    P.d. he visto que “Todas las horas mueren” está en las recomendaciones navideñas del blog de la reina lectora. Felicidades por tantas buenas críticas!

  6. Estíbaliz Durkheim

    Me alegro de que poquito a poco, monosiña, te estés liberando eslabón a eslabón de las cadenas que te sujetan ^^. ¡Feliz Navidad!
    Lo cierto es que no sabía que pudieran pasar esas circunstancias actualmente (supongo que por mi mentalidad, lo tenía por algo establecido en todos los hogares), y en cierta manera es cruel para la infancia de un niño… Supongo que eso no se tiene en cuenta cuando hay otras prioridades.

    En fin, mis navidades últimamente no han sido muy alegres, pero voy a intentar que éste año sí lo sean 🙂

    ¡Un beso muy fuerte para ti!

  7. Fernando Losada

    Amiga Miriam, es cierto que celebrar la Navidad puede ofender a alguien, igual que puede ofender no hacerlo. Cuando se trata de la libertad personal, lo que uno haga en su domicilio es decisión de cada uno, por mucho que a los demás les moleste.

    No olvides que el derecho a no ser ofendido no existe: a mí me puede ofender algo tan nimio como que se hagan tortillas sin un ingrediente (para mí) fundamental como es la cebolla; a otros les puede ofender que yo coma carne, que la gente salga a correr y se llamen a sí mismos “runners” o que a tí te guste un estilo musical minoritario. La gente está acostumbrada a meterse en la vida de los demás, como si los demás tuviesen la obligación de hacer lo que a nosotros nos da la real gana.

    Creo que has escrito un mensaje muy valiente, y te felicito por ello 😉

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