#LiteraturaSolidaria en diciembre

Se avecinan unas fechas muy señaladas. Días resguardados en el cálido hogar, rodeados de familiar y amigos. Con suerte, podemos disfrutar de un plato caliente y la calefacción encendida para combatir el frío del invierno, que puede resultar muy poético.

Pero, por desgracia, no todas las familias podrán vivir unas fiestas dignas. Casi un 30% de los españoles está en riesgo de pobreza. 1 de cada 4 niños no cuenta con una alimentación sana y equilibrada de acuerdo con su edad. 1 de cada 5 trabajadores son pobres.

Llegan semanas de compras, de regalos, de carros llenos de comida y de estirar un poco nuestros ahorros. No está de más que dediquemos una pizca de lo nuestro a los que lo están pasando verdaderamente mal. Por eso he decidido destinar el 50% de las regalías obtenidas por la venta de mis dos novelas en digital o en papel, Marafariña y Todas las horas mueren, al Banco de Alimentos de la Provincia de A Coruña.

De esta forma, a partir del día 1 de diciembre, comienzo mi campaña #LiteraturaSolidaria con todo mi entusiasmo y mis mejores intenciones. Animo a otros compañeros indies a sumarse a la causa.

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Enlace de compra: #Marafariña

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¿Pero eres escritor o tienes escritura?

—¿Tú escribes porque sí o porque no?
—La verdad, no me lo había planteado.
—¿Pero eres escritor o tienes escritura?

La cita pertenece a mi última lectura, La mujer loca de Juan José Millás. No siempre es sencillo encontrar un libro justo para lo que lo necesitas. Muchas veces los que leemos o escribimos somos tan torpes que sin una novela bajo el brazo no somos capaces de seguir.

Para mí esta mujer loca ha sido como una especie de antídoto agudo con efectos secundarios. Como otras muchas obras que existen, Millás ahonda en la gramática, en la lengua, en el trauma de ser escritor y en la mentira de querer serlo. Cuando me topo con historias así respiro tranquila. Para mí la literatura significa tanto, significa todo, que el poder encontrar referencias de otras almas que la viven como yo (o incluso más) me hacen creer que esta obsesión no es del todo perjudicial.

Hace tiempo, cuando asistí a cierta terapia, se me subrayó una faceta de mi carácter que, si bien no puede llamarse patología, se sufre como tal. Hipersensibilidad. No fue ninguna sorpresa, desde niña fui demasiado aprensiva y me pasaba los días sumida en una explosión de emociones constante. Recuerdo como siempre terminaba llorando en clase de música cuando la profesora encendía el radiocasete y era víctima de las risas de mis compañeros. La profesora se acercaba a mí y me preguntaba por qué lloraba. Y yo contestaba que lloraba porque lo sentía muy adentro.

Y lo sentía. Pero es curioso que esa sensibilidad tan humana solo se acentuaba con la música. Ni siquiera el cine o los libros lograban hacerme llorar de esa forma. Tal vez, por esa razón, comencé a refugiarme en ellos tan pronto y me obsesioné de esa manera. Y es que en sus personajes encontraba la manera de entenderme, de quererme y de saber que lo que yo sentía a veces era normal, que no era una niña loca.

Volviendo al tema de la hipersensibilidad. Aunque no se considere una enfermedad psicológica, como he dicho, yo quería encontrar la manera de mitigarla. Sentir tan fuerte las relaciones humanas, el amor, la amistad, los problemas en el trabajo me suponía un desgaste de energía brutal. Mi terapeuta me dijo: Pero tú escribes. Desgasta esa sensibilidad para escribir y conviértela en acero para la vida.

La profesora se acercaba a mí y me preguntaba por qué lloraba. Y yo contestaba que lloraba porque lo sentía muy adentro.

 

 

 

 

Escribir tiene que doler

Mientras Marafariña se unía a esa locura de los sueños convirtiéndose en lo real.

Nunca puedo sentirme libre del todo porque el vínculo con las letras siempre tiene un remanso en mi mente en cualquier momento, en cualquier circunstancia, en cualquier lugar. Digamos que la musa, o las musas, no se muestran demasiado respetuosas. No las culpo. Si yo tuviera dentro algo como Marafariña estaría berreando por dejarlo salir a cada momento.

Y yo, sin escogerlo, sin sentirlo, por lo caprichoso de la vida, todavía la llevo dentro.

Ya son dos años sumergida en la secuela de mi ópera prima de la que no he logrado desprenderme. Cuando finalicé, todavía sin ser consciente de ello, mi primera novela creí, ilusa de mí, que lo peor había pasado. Porque las lágrimas que derramé y, sobre todo, el miedo que sentí en mi viaje a Marafariña eran tan reales como el mismo suelo que piso, o como las secas teclas de este ordenador que golpeo a diario buscando la mejor forma de matar fantasmas inmortales.

No, desde luego. Lo peor no había pasado. Creo que lo peor no termina nunca, en realidad. Vuelve siempre, como las noches o como el invierno. Creer y abrazarse a lo contrario es una insensatez, es mentirse. Y yo no tengo ganas de mentirme.

Pero no quiero desviarme, ni quiero regodearme en lo que me apena. Quiero hablar de lo que es escribir para mí, para hacer comprender a quiénes no lo entienden por qué es lo que más amo en mi vida, por qué es lo que tantas veces me ha salvado del pozo. Por qué corro a refugiarme en mi literatura siempre que las cosas se tuercen demasiado, como una posesa, como una enferma de tinta.

Los últimos dos o tres meses estaba enfrascada en un capítulo crucial. El más crucial desde que esta aventura de Marafariña empezó a ser real y comencé a regalarle un trocito de mi alma a cada página. Desde ese año 2013 que este mundo de abrió, este dichoso capítulo ya rondaba en mi cabeza. Y ahora, llegado el momento, me temblaba el pulso y el alma, tenía miedo de enfrentarme a él. Tenía miedo de ahondar en el pasado, que es tan pasado que parece otra vida, para hacerlo resucitar en la novela, en la ficción. Pensaba que podría después de todo este tiempo, que mis heridas ya estaban más que cicatrizadas y que mi fuerza era infinita… pero es curioso cómo lo que ya no existe puede dañarnos tanto todavía. Porque hay sucesos vividos que siempre formará parte de una misma, aunque pretendamos esconderlos.

Anoche terminé ese capítulo, fue cómo sentir que un jarrón se rompía o una puerta se cerraba. Anoche terminé ese capítulo y yo temblaba como una hoja resquebrajada colgada de un árbol descrito en el papel. Anoche terminé, al fin, por fin. Y me sentí tan vacía, y me sentí tan llena. Y me sentí tan sola embriagada por una felicidad que no sabía con quien compartir, embriagada por una tristeza tan profunda que no encontraba la manera de llorar.

Creo que después de este momento no volveré a echar la vista atrás, porque lo que hay hacia adelante es más verde, más libre, más brillante. Dejaré que esa puerta cerrada se quede así y se pierda en las tinieblas del glorioso paso del tiempo que, de alguna forma, siempre es benevolente.


Para saber más…
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Tu personaje y tú

Según la Wikipedia, un personaje es:

Un personaje es cada una de las personas o seres (humanos, animales o de cualquier otra naturaleza) reales o imaginarios que aparece en una obra artística.

En el lateral, la imagen que aparece para encabezar el artículo es la de John Tenniel para la novela de Alicia en el país de las maravillas.

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La creación de cada uno de los personajes que forman parte de la obra literaria es, con total seguridad, una de las labores más complejas y divertidas a las que cualquiera que desee escribir una historia, sea del tipo que sea, debe enfrentarse. Y debe disfrutar.

En mi caso particular, los personajes suelen presentarse en mi mente cogiendo la mano de mi musa mucho antes de que lo haga el resto de la historia. Es casi (solo casi) como empezar la casa por el tejado. No sé si esto es lo habitual o no, pero creo que no me equivoco al decir que la relación que se crea entre el autor y su personaje, o personajes, es intensa, real y muy duradera. Es casi (solo casi) como una historia de amor. Es también un peregrinaje, un aprendizaje, porque mientras él crece y va tomando forma, tú vas creciendo y vas conociendo facetas de ti misma que desconocías hasta el momento.

Porque si un lector audaz es capaz de leer a través de la piel de tinta de dicho personaje, encontrará partes de tu alma que jamás confesarías. Encontrará fragmentos de tu pasado, miedos ocultos y anhelos sepultados. Encontrará todo aquello que extrañas y todo aquello que todavía te queda por ver. También tú puedes llegar a encontrar sentimientos que nunca, hasta ese momento, habías experimentado. Puede ser, incluso, como una preparación: nuestro personaje, nuestro mártir, puede sufrir y experimentar situaciones que nosotros todavía no hemos vivido pero que, con total seguridad, llegarán algún día.

Dejando a un lado las fichas técnicas, los datos que podemos rellenar de cada uno, la definición de su forma de vestir, el olor de su aliento, el color de su pelo, su mal hábito de fumar, su música favorita, relaciones de parentescos, el primer amor o su mascota… En fin, dando por sentado que todo esto lo conocemos a la perfección, llega el momento del diálogo. Un diálogo que proseguirá incluso cuando la obra esté finalizada, incluso mucho después. Porque no es tan fácil decir adiós a ese trocito que has dejado ahí para hacer latir otro corazón.

Hay que matizar que este personaje (o personajes) es decir, nuestra Alicia particular, no tiene que coincidir necesariamente con el protagonista. Resulta curioso, por cierto, que en muchas ocasiones cuando a un autor se le pregunta por el personaje favorito de su obra o relato cite a uno secundario que, tal vez, incluso al propio lector le había pasado más desapercibido.

El limbo que une a la pluma y a su creación es difícil y diferente en cada situación. No todos los autores se sienten, de hecho, unidos a sus vasallos, convertidos en meros peones que no le despiertan sentimientos. Tal cosa, creo, resulta fría y poco enriquecedora. Esa falta de vínculo hará que la literatura no sea del todo real, que le falte la chispa de lo que el miedo, la furia y el amor pueden transmitir en gran medida.

¿No se trata de imitar la vida, pero de hacerlo con franqueza, hermosura y metáforas?

O de inventarla, claro está.

Roast Yourself [La auto-critica]

A quien, más o menos, le guste sumergirse en las Redes Sociales, no le resultará desconocido el concepto de Roast Yourself Challenge. Este fenómeno se ha hecho harto popular en la plataforma Youtube y el ejercicio es tan creativo como atrevido: el desafío consiste en interpretar un tema de rap que contenga todos aquellas críticas recibidas por tu trabajo. Algo que puede servir cómo catarsis o cómo auto examen. Por desgracia, la música no es lo mío, pero no quería dejar pasar la oportunidad de ofreceros mi propio Asarse a sí mismo, un ejercicio divertido y también terapéutico:

Una ambiciosa ópera prima de más de 600 páginas, atiborrada de descripciones tediosas e insoportables.

El amor, tu amor, desmesurado por una Galicia que es tan incomprendida y anodina. 

Nada es tan hermoso cómo lo escribes. No existe belleza en absolutamente todo, tienes una versión demasiado idealista de la realidad.

Te regodeas en el drama. Eres la exaltación de la pena. No das tregua a las tristezas, por eso tu literatura nos ahoga con tanta fealdad.

Tu análisis religioso responde a tu necesidad de demostrar algo. ¡Es soporífero, no interesa en absoluto! Has escrito una novela solo para ti.

Tienes complejo lésbico. En tus dos únicas novelas es la concepción del amor que prevalece. ¿En serio no puedes entregarte a un amor heterosexual sin mayor atrevimiento?

Abusas tanto, pero tanto, tanto de las exageradas metáforas… ¡Eres atroz!

Autora autopublicada. ¿Sabes que en realidad eso te define como “nadie”?

Solo persigues sueños que tú misma conviertes en humo.

Peleas con fiereza por opiniones en tu ficha en Amazon…¡Seguro que las compras! ¡Seguro que no son sinceras!

Tu posición en los rankings de ventas dejan mucho que desear. Llegar al TOP100 es algo que ni siquiera puedes soñar.

¡Y aún por encima te atreves a realizar críticas literarias! Qué osadía ¡Con qué criterio puedes llevarlas a cabo! Si tan solo eres una autora pequeña, muy pequeña, casi invisible.

Dices que trabajas mucho, a diario, en esto, en tu sueño. Pero no eres capaz de ver que todo esto que haces no es una ocupación real.

Sí, lo haces con desmedida pasión. Pero ni la pasión, ni tu ínfimo talento podrán llevarte a lo más alto. 

¡Olvídate de leer! ¡Olvídate de escribir! ¡Eso no es la vida real! ¡Eso no te reportará jamás nada!

¡UAF!

Tenéis que probarlo, gritarlo en voz muy alta hasta romperos la garganta. Emplear esas frases que otros han usado para criticaros en su contra. Interiorizarlas para daros cuenta del poco sentido que tienen. Reíros de vosotros mismos, es una buena manera de crecer en todos los sentidos.

Gracias una vez más por leerme. ¡Espero que tanta dureza haya merecido la pena!